Apuro el café. La mochila. La tarde fuera. Hacia esa playa de rocas y silencio. Hacia la desnudez y exhumación de lo que rodeaba mi vida. La búsqueda animal para sentir el horizonte. El éxtasis de lo frío y el vaciamiento de los recuerdos entre lo salvaje de la materia inerte. Fundir las paredes que emboscaban mis aislamientos, en ese viento penetrante. En la sacristía del nado. La anarquía, tu sangre, la razón de la deriva, el misticismo de los olvidados. Los papeles hechos ceniza que los fondos submarinos se llevan mar adentro. Ser poseida por ese estremecimiento de olvido y furia. Hasta gotearme. Hasta sentirme una gota de la mar y nada más.
Ahora ir a los acantilados. Masturbarme entre los árboles que caen hacia la mar, tu fuego y el peligro. Comerme esa belladona de las ínsulas que dispara el envés negro de la mar y oir tu respiración de pólvora como el fluir que cae de mis lados hacia el fulgor de una extinción fecunda de ese orgasmo metafísico que me penetras hacia mi fosa y vuelve por mis poros como el viaje lisérgico de los poemas hacia las manos de la escribiente del olvido en conjura del éxtasis de ese arrebato que me eclosiona bicha alienígena y empapada por la iracundia del océano y de tus brujos de la ultratumba y los caballitos de mar.
Y tus ojos traficantes entre esas infusiones de pétalos carnívoros. Y tú dentro de mí afilando las azadas de mi utopía y bajándome la selva a esa playa vacía con el rito de los desterrados enloqueciéndome de gozo. Y tus huellas de metal, sobre el Leteo, absolviéndome cada quemadura. fecundando mis heridas de pianos de mercurio. Y tu lascivia, sacra, como una jauría comiendo carne cruda, salvándome los purgatorios en esos vasos de vino gaseoso que nos canta el terrorismo de la equidad, contra esa tierra, como la venganza de los lobos.
No hay vuelta atrás.  La piedra masturbó en el aire tu sangre chorreando. Yo lloré primero como una niña sin flor. Y escribí muchas veces la palabra arena, sobre tu nombre. Y tomé mis vestidos rotos por tus garras como se toma un muerto entre los maizales. Y esperé. Esperé sin relojes, un suicidio o un volcán. Un cuchillo o un abismo lleno de ratas y pez espada y golondrinas y todas esas plegarias sangrientas y amantes. Y se hizo la luz, entre el fango, como una rosa de jericó bendiciéndome el destierro y eyaculó un nuevo destino, el pasado hacia la hoguera, entre esos brujos que tocan rock and roll y se les sube la líbido entre las calaveras.
Si es posible que sea, como ese aborto que los dos pactamos de nuestra historia a la lágrima de Nietzsche haciendo añicos la compostura que daba de beber a nuestra lujuria todo esos versitos que luego hallamos en las heces de las gallinas, estiércol de primera calidad para que brillara en el floripondio lo que jamás brilló entre nuestras vidas.
No me culpo. No me hostigo. Ni me persigo. Ni me abrillanto ni pulo ni decoro. No perfecciono el canto del asco ni el de la empatía. No me reprimo ni me direcciono. No me doy a, ni me niego a. No me sujeto ni en los orígenes ni en tu cielo. No me ley jamás de tu ley y por exclusión de hachís ni de la mía.
Cuando me hablas. Se me caen por la boca, glaciares de algas. Se me abre la carne y bautiza tu semen la semántica que las hilvanadoras de misticismo queman en mis cuerdas vocales a través de tu saliva. Cuando llegas se abre a un tajo el paisaje y lo ocupas todo y me drogas y me abismas tu grito de fuego y me desnudas y me vistes las guitarras de la guerra y el absolutismo de las galernas enamoradas de ti. Y eres el opio y el navío y la deriva y la muerte y mi casa y las ruinas de mi casa y todos los hombres y sus sombras rojas y sus insinuaciones de plural volcanizado. Y eres los patios y los desfiladeros, la isla y los bares, el burdel de la metafísica y la sacristía de mis ánimas y mis ardides y mis santas y mis putas y las que no soy y las que empiezan en tu lengua, desde la utopía de mi muerte y del fulgor de la anarquía.
Ese barco del plomo de un desencuentro. Cortando los navíos en mis venas. Bajo un cielo de azufre que apostrofó el poema donde tu cuchillo rompió el pacto de mis inclinaciones.  Fuiste sólo tú quien encendió la pólvora de ese no retorno del romanticismo. Tú que comiste las golondrinas en mis pechos, arbolándome la sed de los cuervos, en mis diarios de lluvia. Tú que dejaste que la erosión de la noche se encargara de las floristerías con esas espadas de nuestra sangre cortando la cabeza a la ternura y al juramento que duró lo que tarda en empezar la deriva a buscar el útero de las glaciaciones. Tú el que te convertiste en una rosa de polvo haciendo de agujero negro en mi nueva ética de los comedores de opio.
Pero te quiero con todo el querer, el poético y el farmacólogico, el de la carne y los salmos, el del sueño y las pistolas, el que conjuga al verbo y a los pronombres, sólo en tu cuerpo y en tu selva, cada vez que te vienes sobre mí. Con todas las que soy en tu nácar cósmico. Con todo lo que muta de las leyes físicas en el absolutismo de tu realidad fundiendo todos esos suelos y gravedades a exalto de esa canción perturbadora que me viaja lisérgica a ti infinitamente.
El amor de la monogamia es mucho más sucio que el de los monos.
Es el que te quiere con altar e incensarios sacando el olor a mierda que emiten los crucifijos.
Es el de prostituir una seguridad y patria frente al exalto de la deriva e incertidumbre del existo. Y volver arrastrándose como serpientes, a ese hogar hecho a base de exclusiones y alarmas de seguridad, retechar y llamar a los fontaneros y tener a mano la guía teléfonica, un seguro para los cristales y el nicho familiar pagado hacia terceros.
Es el de los ídolos y mayúsculas.  El de te ofrezco mi alma y mi nihilismo, a raciones de carne y de flores frescas cada amanecer en la ventana. Es el de me cierro el infinito con tu sangre en la yugular y me marco res de ganado en dicha hacia el matadero del matrimonio y las cerraduras, ansiosa de sacar beneficios en la carnicería.
Es eso que tienes tú y que no sabe traducir ni la metáfora. Ese olor a pólvora, a callejón y a ternura de lobos. Ese tilo colgante de las nevadas. Ese loco de fuego y arcoiris que te sale del caparazón y me hace escurrir fuegos fatuos. Esa voz que te debió nacer entre ultratumbas, con tu ídolo de los avasallados muerto en tus brazos y vistiéndote con su sangre. Es tu manera de hacerme perder el control y extasiarme de flores carnívoras y orgías entre tus olvidados y mis ánimas. Eso que mezclas en la cuchara de la noche y me quema el suelo, la ropa, y lo que es bueno para mi porvenir, en un exalto de cielos de magma, evaporándome la ética, la filosofía y la fosa, las verticales que me provocan tus labios, los libros que me escribe tu sexo, el poema que delinque tu caligrafía en mi cielo y en mi infierno mientras jadean los orígenes su violenta abolición y nos convertimos en un agujero negro porfiando y cantando con violencia en medio del universo.
La alegría gaseosa de ese destino homicida e incierto que bajas por mi espalda. Y los tirachinas que se afilan de estrella. Y las islas que en nosotros serán de los extraños, como la blasfemia, nos acurruca la intemperie que atrinchera nuestra amor de alas de polilla y jugo de lobo en celo, asaltando desfiladeros con garras de noche. No necesito un propósito ahí afuera si cae en fundición el existancialismo con restos de tu semen y de tu selva. Ni fingirme ciudadana. Ni poner la máscara de cordura. Ni tender a un plan de jubilaciones. Si tu whisky rompe las paredes y la ira de tus bichos folla el amanecer y se lleva por delante la historia de la humanidad.
La mañana silenciosa. No empezar a escribir mientras el gusto a tus aves en la boca. Y esa otra palabra difuminando un comienzo en la piedra que no cae al suelo. Distraerme los renglones en la ventana que da a ese pajar, hiedra y hórreo. Pulverizarme la razón en la interferencia de tu voz entre los matorrales, invocando salvaje, nuestro sueño, combatiente de todos los caminos perdidos que gritan entre el sístole y el diástole y van a eyacular entre tu cuerpo el alfabeto de los faros de las barcas que no quieren volver a la orilla. Eres tú el opio que exigen los ocasos a la insinuación de la muerte. Tú, el estandarte de la risa de la anarquía y los bichos voladores.
Ese sueño de la paz. Había ciervos. Un pregunta que aseguraba en el paisaje la perfección de la respuesta a través de ese bosque y los animales.
Tu osadía me madruga sobre la amapola todas las coartadas. Tu fruto de la nocturnidad atraviesa la geometría y arde el horizonte contra mi cuerpo mientra vuelo en gozo. Tu presencia es el diluvio que encharca mis madrigueras de misantropía y de triángulos de magma, y me conjura, anarquía en tus velamenes negros y noche cortada de esquinas en tus colchones de selva.
Te vienes y mutan los campos semánticos la fiebre que conjuras flotando sobre mi cabeza como una trinchera que poner en fundición contra todos esos que señalaron nuestros nombres. Te y muere todo en puro orgasmo y empiezan a llover esas arañas rojas y mi cuerpo se abre y el nihilismo se vuelve nuestra pornografía y ya niego lo que dije entre las pieles de manzana, porque a través de tu fuego dan a luz esos otros enunciados del ácido lisérgico y el terrorismo.
Ir en busca del atardecer. Con las palabras sustituidas por bailes de salón entre los charcos de sangre de rana. Ésta sed no me la quitarás. Tu cobijo nunca abarcará la intemperie. Ya no es tiempo de cuentos de hadas. No sabré tampoco, calmarte la noche, ni con mi cuerpo, ni con lo que miente la poesía. Te hierro incandescente. Te usura de los vidrios entre la vendimia. Te ese mano a mano, con las guitarras rompiéndonos la ropa. Y un poco de anís entre las heridas y la fe que se nos murió por el escorbuto. Correr. Pasarnos las cerezas con la boca. Acostarnos, con ese naufragio en medio probándonos la postura de los funambulistas. Te amaré. Sin fidelidad y sin esperanza. Pero rabiosamente cada día qué.
Cuando me siento sola de las soledadas prestadas, me hago en el rito del nihilismo la apología de la rosa de jericó que pasó por mí como unaaaa galerna despidiendo a las orillas. Y busco entre la basura y la evolución de la humanidad, esos papeles amarillentos y mojados para esculpirme una caligrafía que me haga de ruleta rusa. Y me quejo en cólera, con fuego en lo que tienen mis manos, a la plegaria que se llevan los trenes hacia islas que se hunden en la mar y grito y me pongo azul de gritar puntos de fuga hasta que entre las flores pútridas que pierdo por la boca hallo esa vacuna de los desarrapados follándome la guitarra donde nadie preguntará por mí.
Es pagano el juego de los pronombres personales. Está abolida la equidad del reproche. Entre cuerpos agujereados por gusanos no hace caja ni el credo ni el interiorismo. Y nunca el perdón dignifica ni al azufre ni a las bailarinas de fandango.  No hay normas que excluyan la realización del cuchillo. No me queda ni una gota de censura ni en el soliloquio ni entre tus jugos, ni de fango ni de selva. No hay ley que cambie de marcha ni al esperma del desierto ni al de los antros en los que te retuerces como el escarabajo de kafka haciend música clásica. Todo vale. Como todo nos ha costado ya la cordura y la patria.
Es pasión de una sola noche porque jamás se puso el sol en el fondo de tus ojos. Lubrica la impostura y los limones que le di a cortar a la vendedora de pañuelos. A veces viene con la ropa sobre los cables de la luz y se parece a todo lo eterno, hasta que otra vez, el cortocircuito y esas preposiciones del séptimo whisky debajo de las piedras anexando enunciados que se separan insaciablemente en la eclosión de nuestros cuerpos. Y nos sale un horfanato como pan para nuestros hijos y no sé qué espantapájaros como código postal de ese hogar que soportara a nuestros apátridas en lucha por un rayo de sol que fingiera un último día para que tuviera sentido.
Ya perdimos lo más díficil de perder. Y traicionamos lo que pasaría la malaria al afilador de cuchillos. Ahora es todo recto y sin embrague. No escatimar estropicios ni crucigramar jeringuillas tóxicas. Tirarse. Arderse empezando por los pies y acabando sobre esas señoras con abanicos que conocen tu nombre de pila y te tienen de buen ejemplo. 
Porque me produce incomodidad, ansio que vuelva, contra lo que creía conocer de la oblicuidad. Porque me lasciva. Porque me desprotege. E insinua el veneno de la flor entre la cosecha. Porque hace que mis certezas pernocten entre tripas de gaviota y me sube la adrenalina y el vapor y se afila coñac y dueñe y acuna la náusea en delicada pesadilla y pisotea las uvas por el furor de la amargura en el vino que luego cae de tu boca como trepadora que me desnuda. Porque es dinamita le guardo un trozo de mi corazón en la nevera.
El agua fría. Mi sepelio curvo de destinos mancillados inabarcablemente entre la saliva de las medusas. Y colgarse los caballos al viejo charco que no ha dejado de rodearte la muerte. Y ese santuario del salitre, la marejada y la ola que me tira y me clava en su furor el desconocimiento que siempre tendrá las de ganar. Los turistas de mapa y terraza. La tristeza de los bares cuando hacen caja en lugar de fuegos que azoten las calles. Pero esa roca. Esa senda llena de naturaleza muerta. Perderse bosque y hallarse imposibilidad. La lengua salvaje de la materia inerte del océano, abriendo cuevas en el pecho por las que nunca pasará una carretera.
Ahora salir hacia la mar. Comulgar mis anacolutos con el estremecimiento de las escaleras de ceniza que ocultan los toxos hacia los desfiladeros. Y amarme en el predicado homicida y en la absoluta pérdida de la lógica, de entre tus eclipses y mis insomnios. Luego ponerme violeta. Y quererte como la primera vez con el ácido fólico, afilándome las uñas, sin rencor con los pájaros muertos y con ese sabor a coñac descarrilando los trenes. Hasta que guiñe el infinito las nuevas inclinaciones de los astros y ver sus ojos de fuego, saltando cuerdas de guitarra en la víscera del bosque. Serme dos o tres mujeres en el diálogo con la arena y alquilarme el cuerpo entre las gaviotas. Perseguir ese verso de los traficantes con tendencias a la beatitud y a la multiplicidad del yo soy y existo entre tus drogadicciones como esa cisterna de neptuno. Dejarme arder entre todos los presuntos, con un sabía que no iba a salir bien y llegados hasta aquí hay que tirarse a ver si funcionan las alas del gozo entre los profilácticos de sólo quiero dejar de legado una crisálida de mariposa en la boca de mi único muerto, que se adapta a cualquier malformación de la semántica y del poema enamorado (siempre) de ti.
Eso te lo dije sólo por zorrear. Como ese perdón que se soluciona con la lascivia de los otoños descompuestos. Con los pianos quemando la heroína del cantautor en esos antros de qué larga y gongorina letra para el argumento de los gritos animales. Se arregla entre garras lo que la universidad despercició en buscar larga esperanza de vida. De ese zorro sosiego, nos quedó la zanja para sodomizar la fortuna que jamás tendremos. Era una farsa la delicadeza que te adjetivicé cuando me hablabas de la percepción de la saliva de los pájaros en esos lienzos expresionistas que cagaba la monja en el arrebato de música clásica. Sólo lo hacía para que vieras en mis pechos un bodegón con aroma de algas y me sintieras fruta y me desearas fundición. Pero mi ideación artística empezaba entre los animales que en tus ojos devorados aullaban el indecoro de la sangre y me eyaculaban la patria destruida.
Cuando empiezas a picar la maría. Ya cambié cien veces de parecer. Agoté el sacrilegio de mis estrechas y amorfas santas. Comí el saco de manzanas y escupí las semillas al estómago de los cuervos. Crucé la calle y perdí el código postal, los papeles y el transporte urbano. De vuelta no volví. Y me distraje lo que tarda una vida en acabar, con las heces de pájaro que brillan en las hojas de ciprés. Amé los pianos y a los alcohólicos, al taciturno amor de los románticos locos y a su proceso digestivo de las enciclopedias, clavando cuchillos entre los burgueses. Y me llené de mierda y me lavé en el barro y fui a buscar una coartada al desliz del amnésico. Y tomé ese tren y ese agujero negro. Y lloré cigüeñas y reí la plaga que destruyó el huerto.
No quiero las medias tintas de tu lencería de enfermo de la tragicomedia. Sino el bocajarro. Que me muerdas mis luciérnagas miopes. Que me inyectes la osadía y acunes mis suicidas entre la lava. No quiero esa angustia del tiempo fermentando la sidra, en un verso de esos que tardan un mes en escupir. Tengo las vírgenes de cera derretidas junto al hachís. Ya del esperar en la roca del salitre, me cayó tres veces mi vida, vestida de zorra de las uvas y los comas etílicos. Ya lloré en el collage de las ortigas, la longevidad de las secuoyas y ese mirlo que no murió de hambre. Necesito el cuchillo o la espadana. La gasolina en la iglesia. Y la sangre de vencejo como bragas. La adrenalina del peligro. La pasión de los escarabajos que dentro de nosotros siempre vieron primero el horizonte.
Vas a lo seguro. Si sueltas predicado es porque llevas al sujeto hirviendo en tu infierno.
Y sabes hasta dónde profanarán tus heridas mi ternura de bichos y tus sádicos mis branquias.
No me gustas cuando no eres suicida ni delincuente. Porque se me cae la culebra entre tus larvas y ya todo habla de nuestra metamorfosis en cucarachas románticas.
Yo te quiero dispuesto a abrirte la yugular. A masturbar a mis asesinas. A arriesgar el desastre que por otro lado nunca supimos detener.
Sé que volvió a mí. Como un disparo océanico. Y que mis solas se dejaron ahorcar por la insinuación de la barca de las galernas. Salvando en sus cuerdas vocales desgajadas la procreación de las tormentas. No sé decir nunca que no, a un estremecimiento, aunque se corten las muñecas, entre mis dientes y caigan esas caracolas de fuego en la búsqueda de un epitafio. Acudo con la promiscuidad de los campos semánticos y ese infinito, sangrando en mí, esa noche que vi en tus ojos, fundiendo las ventanas en las algas sin raíces. Y me hago una sábana cayendo y balanceándose hacia los charcos de sangre, ansiosa, adicta.
Conozco esa turbulencia. Empieza como la deuda y ese sed de ensuciarse.  Como el dolor y las porcelanas en las cajas registradoras del burdel. La indestructible flor de la atracción de las espirales oblicuas. Y un grito entre verde y medusa. Luego es, el verbo que la página utiliza. El núcleo que invierte el rostro de los desconocidos. La malsana intención de dejarle tinta a las bestias. Y mi canción de carnaval sádico y maizales que aman.
 Saltarme ese renglón. Dejárselo a las heces de la gaviota. Masticarme su tristeza en ese viento que agita lo inconcluso. Y tirarme hacia lo que cae y no lo que busca. Mirarme en la densidad de los que huyen. Ya maldije, sangré y vomité, ese pez, entre tus pies mojados. Mis manos están libres.
Saber que todavía. Sin gota de esperanza. Sólo la mandíbula nocturna de una ola. Y esos pentagramas de fondos submarinos acuchillándome las uvas. Que corre por mis venas y que no tiene la palabra que retorne. Que sigue ocurriendo en mí, con el sadismo de una metáfora caníbal, y no sabe acabarse y no se colma y no tiene modo de sobrevivir.
Mirar tu rostro de tormenta, oculto entre los zarzales. No recordar cómo y sin embargo sentir como se destruye y se rehace insistentemente, en mi silencio. Y ese místicismo flaco de las lágrimas de madreselva. O es que son las ganas de suicidarse salvando sólo la mar. Sentir esa atracción de la distancia, de los nombres deshaciéndose en el vino, ese temblor de una última vez, penetrándome y desconocer el método de censura para el veneno de las flores.
 Lo que se expresa en su disolución. La mecanografía de la niebla deshaciendo miradas oblicuas. La detención de ese bucle en el expresionismo de su propia sombra. Naciendo dentro de mí, un desalojo evanescente.
El sol. Lo que aún no se despierta  La herida que se abre con el inconsciente, como cada despertar. Las palabras que mezclan carruseles de la memoria. Mi es demasiado tarde avanzando las páginas a la comprensión de la materia inerte. Esas ganas irracionales e ilícitas de manchar el verbo en ese buzón. No lo reflexiono. Me dejo encharcar por el impulso. Teclear mis impares. Cruzar mis ánimas y mis anoréxicas de la invertebración de un existencialismo en el puño americano de un desdén de sal.
No despertar del todo. Ese sueño. La huelga de trabajadores. La pelea. Tener a los empresarios acorralados. Luego ellos rompen el trato a traición. Voy con uno de ellos. Alguien me pide que no lo comunique porque lo matarían. Me niego y le grito que es una hiena. Luego las escopetas. Cambia el paisaje, es un tipo de país de nunca jamás. Los niños llevan fusiles.
Ahora coger la manzana y el palo. Adentrarme bosque. Esperar el atardecer con tu nombre en las rodajas de salitre y éste ansia de tus callejones penetrándome naturaleza en los ardides que gasifica la mar. Llevar la prisa del paso que no quiere recordar huella. E ir a esa piedra en la que no hay nadie, con la materia inerte fecundando el paisaje que sustituye a todas las patrias. Hacer mis salmos de insecto y tanta tinta para nada en ese murmullo de savia que en el horizonte exhuma todos mis recuerdos. Mis ritos de vapor. Mi soliloquio ala de cucaracha y un pez que haga de agujero negro. Perderme. Perderme. Hasta que caiga la noche y empiece a tener miedo de las ánimas del bosque, con mi palo y mi manzana, andando a titubeos de sardina y acecho de neptuno.
No recordaba lo feliz que fui aquí. Sin páginas. Sin destino. Sin un quién y un ha amanecido. Sin esas cuevas de renglones de arcilla que me emboscan la soledad dentro de la soledad, sin poder contárselo a los ácaros del bosque. Y sólo necesitar la desnudez para la acusación y el recibo. Las infinitas impares inquilinas insolventes que me nacen de la sombra para hacer astillas la silla y darle el fuego a ese embaucador de lirismos que amortajen mis navajas para toser la de clavelitos y menstruar la fiesta pagana. Con uno más uno, el anacoluto que no sabe conjugar el verbo sin el LSD o esa monjita ahorcada del campanario por amor a la belladona que nunca tuvo su dios.
Te pienso con la alegría de las colas de la urraca, levantando columpios de fuego y pértigas de naturaleza que atraviesen nuestra maldición un segundo antes de perder la vida, ganando el alfabeto de la galerna, salpicándolo todo de lo que se llevan los arcoiris al vapor. Me habito en tu nombre de los nombres que perdió mi boca entre otras bocas y esos navíos de la noche alejando las orillas. Y me da esa ternura de pólen que arranca el viento y me empiezo a sentir el teclado de una luciérnaga y amo a todos los invertebrados y malas hierbas que germinan lo que siempre quedará fuera del civismo y soy feliz como esa crisálida de mariposa que hoy hallé en una rama partida y esas flores rojas que emergían campana de pájaro en las ortigas, como un secreto de oblicuos abismos, cantando el arrebato. Yo no sabía que las ortigas daban flores. Como no sabía que podría seguir queriéndole. Y en ti aquellas marejadas que insulan la luna entre mis piernas.
Ya no te miro con esa herida. No es la mar que en el invierno te enterró entre su espuma, ni la que brandía esos cadáveres enamorados en réquiem de hierro fundido y coaccionaba en los desfiladeros la altivez de lo arrancado. Es otra mar que no excluye los viejos pianos de la niebla. Y mira de reojo la insinuación de las barcas que llevan las gaviotas en su furia y recoge, como se abren unas manos, ese rocío rojo del interior.  Ya no son las hoces, sino el tiempo que los filos ofrecen a las páginas del agua que la sal fecunda de otras páginas y es sonoro su reverso, como un cuervo que deja su sangre en la roca de la isla.
Aquí no necesito de la memoria. Sólo tu sangre empapándome las cartas que ir a cantar a los desfiladeros y el amor de las cucarachas verdes jurando sobrevivir a la humanidad. Sólo las esdrújulas de mi promesa de pobreza para mancharme de tierra tras el picaporte hundido en la mar que da todos los lunes a tu ventana y luego la sidra y ya las pieles de manzana se ponen de vestido y no sé si me lo dijiste a mí o al afilador de cuchillos que se muere por ser como esos árboles que nos oyeron llorar.
El compartir de vinos en la mandíbula de una orilla que invoca la marea y el viento solidario de esa barca que pulveriza el destino, entre dos aullidos que comprenden la cercanía de todo lo que huye. Ese llegar a casa cuando se comprende que nunca se llegará. Y arder de dicha, en tu soplido que es como esas algas hilvanadoras del lenguaje de la mar. Con la huella de caballos sin rienda y pólen que abril apresura en las bocas para mojar anarquía, un 14 y hace ocho décadas que en España no hay justicia. Y sólo porque tus ojos lo gritan, crepitan las galernas el muro que romperá.
dique roto en Cudillero

 La felicidad del agua. El frío cuando se vuelve éxtasis y arbola ese disfrute de barcas sin destino. Como ser poseída por la llama inefable. Y hallar las certezas submarinas. El embiste de las olas, como cuchillas de una paradoja que une. Y en la espuma, sentirme rodeada, por esa saliva mística del destierro, dialogada en ese ansia que al fin verbaliza su movimiento. Y pensarte allí con el vapor. Allí con lo que no queda en mi cuerpo. Dejarme a la deriva con los brazos abiertos y sentirme ese cristo de las algas hasta que la ola apura el bajar al fondo de la arena. Moriría allí, feliz de haber sentido.
Ahora ponerme mi vestido descosido en aquél carnaval. Abocar el soliloquio de las cucarachas verdes. Y recordar el estribillo de esa canción punk. Meterme en el bosque hacia el acantilado. Buscar las setas alucinógenas que me envía tu desencanto y masturbarlas en mi perversidad. Absolverme cada vírgen extreñida de mi humanidad, entre los bichos, cada error de mis enamoradas, en la pasionaria sobre los pinos, cada maldad que te posó mi apasionamiento en mi utopía de algas. Hacerme mi bien y mi mal, en ese estremecer del océano hacia la destrucción de los barcos. Estallarme de gozo delirante como si nunca hubiera nacido traspasando cada palabra que conozco al eyacular de mi idioma cuando esté dentro de la mar y el agua fría sustituya, mi oficio, los amantes y el porvenir.
No te fíes de mí. Me debo a la traición para que el verso se corra entre lo que fuimos y lo que se llevaron los cuervos, más todo ese amor que atragantó a las cloacas. No te de mí como yo de ti jamás. Es antes ese estremecimiento de los sótanos para que se nos ría el escarabajo de Kafka en la ternura que prostituimos en los cuerpos. Es la estepa la que calienta el romanticismo en su promiscuidad para que nos canten los lobos y las lombrices. No te fies de los que pasan mucho tiempo solos. Y menos de los que escriben poemas de amor.
Tengo dentro una tarada que llora madreselvas y busca whisky entre los desconocidos con tu nombre clavado en mi proceso digestivo. Una puta histriónica de tu muerte prometida entre los olmos, que en aquella palabra se hace un infecto de manzanas y lacera sidra con tu sangre y se emborracha hasta que el suelo decide irse.
Yo te quiero mi negra inspiración.
El último barco que llora de verdad el naufragio y la borrachera.
Y ese trágico esparabán de mis suicidas vistiéndome el traje de bodas de entre las culebras y el romanticismo de las trasnochadas paticurvas y kamikazes, todas locas e infectas, que darían la vida y la muerte por ese orgasmo entre tu fosa y mi calavera.
Yo te quiero así, farsante y mercenario, que no te pareces a ti cuando me explicas. Anís de más en copas de menos. La razón de mi despropósito y me encharco en la muerte de la creencia y me pongo líquida de gozo y me subo a la nube contigo como cocaína y las golondrinas cagándose sobre Becquer
Te lo había dicho verdad verdadera. Y era tal. Y se abrió y se derramó y se murió así.
Ya no hay que fiarse de lo que conozca nuestros nombres. Ni de lo que diga venir a quedarse. El nihilismo nos masturba mientras soñamos, con cabezas de pez saliendo del culo de los ciudadanos. Y procura esa risa vidriera, la desfachatez y qué afilados dientes tiene la noche cuando se nos eyacula encima.
Las heridas son la urgencia de la promiscuidad de la inspiración. El canto sobre el canto, para justificar excesos y apadrinar desgarrados que vuelvan el coñac a la boca que no pide salvación. Son el salmo de mis místicas defendiendo su estrecha decencia para el antes de los bailes de salón con la lluvia de larvas bendiciendo el bosque. No las cambio por flores, ni por tu cuerpo, prometiéndome todos los amaneceres en mi cama. Las quiero porque me queman el hachís como fuegos fatuos derritiendo el arco iris. Y tienen infinitas lenguas para perpetrar la farsa, el desliz y la beatitud.
La división de la identidad en la masturbación de belladona. Me sale una hexaedro de historias paralelas ficcionando mi cuerpo entre las medusas, y mi pasado, en la flor roja de las ortigas. Soy también la colada de tu literatura, mintiéndote que soy cierta. Y esa herida de tus bolsillos, jurándole la luna a Calígula y comiéndole el pasto a los ciervos. Me necesito gas, para recordarte. Sólo lo anexa la metáfora que va a morir a tus ojos. Cayéndote por la piel como lascivia. Era verdad, es indiscutible, pero le salió esperma de nocturnidad, fecundando la interpretación del cubismo. Y yo ya lloré una salamandra y savia de tejo. Hice todo lo que pude, por clavármelo en la yugular y me creció otra cabeza, entre las heces de mariposa y tu rabia rompiendo los muebles. Ahora todo es un infecto de presuntos sin disposiciones. No renuncio al estremecimiento de la fosa. Me pone ese bocajarro de aniquilamiento. No me quito el sabor de sangre con flores en la boca. Quiero el ángulo obtuso y agudo, en la misma palabra tiroteada en tu vida. Quiero el romanticismo, el burdel, el tango, la sangre por el suelo y el grifo imbatible de vino y ácido lisérgico. Te quiero mirlo y buitre. Clarear de mis óvulos y profiláctico con estramonio.
Tus ojos invocando el pecado libertado entre los juegos animales. Esa manera que tienes de artesanar el fuego y envolver lo trágico de sudor de aves negras y saliva de lobos. Esos dientes afilados que muerdes en la luna y bajas por mi cuerpo. Tu furia. Tu osadía. Tu destrucción de los convencionalismos. A saltos de los que aprendieron a caminar dentro de los ríos. De los que aprendieron a amar entre las celdas. Ese cuchillo de estrellas que eyaculas en los términos de la moral y con el que me quemas las bibliotecas en la pretensión a la intemperie.  Hallarte como al hachís en columpios de niebla sobre la mar. Con tus versículos de sangre, destruyendo los nombres propios. En mí como jauría. En mí, como la eclosión, contra la humanidad. Sólo vi, esa bestia rebosante de semen de dioses, en tus ojos. Sólo esa gravedad, deshaciendo las órbitas, en tu lágrima, como fusil y estandarte. Sólo ese predicado del amor sacándome la tierra, en tu cuerpo, arbolado de perdición y sueños de marte.
Me existes también en lo intransitable.
Esos gemidos de corzo que se vienen sobre los caminos de tierra. Mirar los caracoles que son los helechos antes de abrirse y sentir en su metamorfosis, tu voz en canto, de la rebeldía de los bosques. Hallarte como el que me ha escuchado llorar y no ha dejado de escribirme sobre mi espalda esos poemas del relámpago y la muerte. Tu ternura salvaje y alienígena. Tu lucha contra el asfalto, abierta en tus cuerdas vocales como la venganza de los lobos. Y te sé coñac mirando el declive del capitalismo llorando en el vuelo de las águilas. Y te sé resistencia casi maldita, entre sueños de flores azules y venenosas, invocando hacia tu regazo, el esperma de los cielos.
El cuchillo que me clavaste se quedó conmigo. Aunque la herida cicatrizara entre la maldad de un verso destazando golondrinas y con su sangre levantando un nuevo credo para los olvidados. Se quedó flotante entre mis sueños, siempre a mano de la contienda de estorninos y laberintos esculpidos entre la arcilla y la sal.
Será la importancia que tú le des. Pero lo importante ya no cuenta con nosotros. Es la vanidad de sentirse pintores atormentados entre las lágrimas de las piedras, si lo miras bien, es un infecto de flores corriéndose de gozo entre las heces de los cuervos.
Me necesito en el desorden. Con tus labios como chubasquero. Tu jurar no prometer nunca nada. Y tu pecho pervertido por otros pechos. Extranjero con los floripondios encurvándote la música clásica. Y mi cuerpo, otros cuerpos, en tus brazos. Ya no quiero esa palabra entre nuestras lenguas. Ni enquizasar mis porqués en tus lados. Esa alcoba está llena de mierda. Mierda proclive a las metáforas. Mierda con exquisita delicadez para nuestros desdenes. Un poco de anís y malahierba. Y en esa noche, es casi, el mundo entero. Pero huirá después de que te corras. Lo dirán las algas o los locos. Y en mí pasará otra vez con tu cobijo lleno de gasolina.
La alegría abstracta de las habitaciones desnudas colgantes entre matorrales. Mi predisposición a la realización de la niebla tiránica de dejarme sola entre los interrogantes. Todo lo que giró en la noche de tus puñales hacia la destrucción como el autoafirmarse entre los verdes. La extrañeza de un tiempo que se penetra en otro tiempo y trae las porcelanas flotantes, negadas del hecho, como esperma que un poema invoca. Y lo que, es, sin embargo, la artimaña de una soledad.
Despertar con el pensamiento aún en esa ciudad de mi sueño llena de culebras y zapatos. Hacer el café. Hallar en el patio el olor a hórreo entre la lluvia.  El sol entre la niebla. Las viejas heridas abiertas y entre los dedos, para buscar otra vez lo que dentro se sale de mí y huye en el paisaje que transforma mi silencio. Él entre los alaridos que ocultan los parajes a los que no va nadie. No estoy despierta del todo.  Ese sentir subconsciente y amapolas que estallan en el cristal.
Esperar la noche, entre ese piano, el humo, los carboncillos. Hay una bailarina de porcelana en la mesita. Esas mesitas en las que no se guarda nada y en las casas de paso son un elemento decorativo. El pueblo a lo lejos. Y ese pensamiento que aún no sabe hacia dónde se formula. Las ganas convexas de llorar pero sin pena, como la acidez que verbaliza el impulso. O una uva flotante. El olor de alguien que separa las paredes. Las ganas de pensar a oscuras. De coser cajones hacia tripas de pájaro. De enunciar en lo evanescente, la dicha y el grito. Y sentir que todo me arrasa. Todo me clava. Todo me nombra. Sin pretensión de lavarme. Dejarme poseer por cada rizoma que esculpe el verbo en su tiranía no soportable sin los deslices que lo niegan.
Me extasio de esa mar. Y ya no sé volver. Lo que me habla me arranca las uñas hacia las manos de no sé qué ánima submarina y huyo de lo que me trajo hasta aquí. Y me florece un interrogante que desvía a todas las certezas que creí de mi pasado. No sé posarme. No sé ser una. Escucho tizas borrar la urbe. Y no hay molde que reproduzca al verbo en el que se corta el cielo como ropa vieja. Soy feliz como una tela de araña abandonada, que se pone negra pero brilla y anguliza la pared como una ventana. Y me siento las espinas de un matorral agradeciendo lluvia. O esa desterrada que en cada ojo, se ha ido, tres vueltas al ciprés, expresionismo de los daltónicos. Lo qué. Es en su pretensión de abandonarme. Y no me necesito ayer ni en tu todavía.
Te pienso tierra mojada. Traspasando callejones al grito de los corzos. Acunando en tus brazos el cuchillo y defendiendo esa alienígena flor a branquia de whisky y jugo de oso en la madrugada. Sirviéndote la criminilogía de la calle como vistiéndote de barro y derritiendo los edificios. Entre dos segundos, que ocurren como un libro, que vuelve a mí y me fecunda de ese aquelarre que insinua cuerdas de fuego que la guitarra perpetra en esos ojos que han visto morir a los olmos. En tu nombre, es bella la muerte. Y afilan las trincheras contra el cielo el canto de los lobos. Y continuan las orillas hambrientas de mar adentro el persigne del calambre que nos otorga extranjeros con la patria babeando en las costillas un barco pirata que exhume a la tierra.