Siento como si hubiera sido atropellada en la curva de afuera. Y una zombi mirada que taladra la luz y canta juglares.  Mis palabras son brechas de crisálidas. No recuerdo casi nada de anoche. Tu risa pegada a mi risa. Ese baile de locos en celo de hallar Marte. Y de ahí el siguiente recuerdo es ese despertar desabrochado al grito. Ahora tengo que ir al hospital a ver al abuelo. Y siento que soy niebla. Que no tengo volumen ni peso. Que la ciudad no existe. He echado a lavar todas las sábanas. Y pienso en ti y me grita todavía el whisky tu nombre. Busco las algas. Busco ser convencida por la mar y volar.
Despertar con el sueño de una revuelta, ir a beber agua, recordar escasamente la noche de ayer. Un vómito en la almohada. Tengo que ducharme cuando me despierte un poco más. No sé qué baile de fantasmas. Qué última copa ni qué lugar que nos vio. Sé que me puse a clamar poesía improvisada a voces.Y cuando hago eso. Cuando me embriago y hablo surrealismo ya no vuelvo a poner la luna encima de mi cabeza.
La noche en la ciudad. Hoy tengo ganas del calor de tu frío. Tú, gótica cigarra de mis sueños vagabundos. Hoy quiero beber a boquetes, la noche agujereada de tus abismos. Reirnos de la muerte. Y de la silla vacía que aulla a nuestras espaldas y tiembla una página, un amor y un cadáver. Hoy tengo todas las trincheras abiertas al estertor eléctrico de tus cantos.
En un par de horas, salir a pasarnos de la línea. Con el vino y el disfraz que llevo dentro de mi sangre como la promesa de lo honesto. Crujir en tu boca, la boca devorada de mi olvido.  Pasarme con el juglar el dolor de la tormenta. Hoy quiero acabar reptando contigo por los suelos. Ya estamos absueltos del quedar mal y ríete hasta espantar a las piedras. Lo haré todo por amor. Ese amor indefinido que no recuerda mi nombre. Ese amor de ranas remando con tijeras al ardor de la mar. Hoy quiero beber hasta que empiece a hablar en arameo y pueda convencerte de que la tierra es una legaña de elefante dentro de un barco.
Llegar. Del ajetreo. Hospital, nada grave, ese virus fastidioso que cosquillea al abuelo. El viaje en el que sonaba ese tango y la de alfonsina y el mar y la de vagabundear y ese rock de callejón y mi corazón agujereado en una nube. Y miramos y somos mirados, por lo que el otoño se mete ropa para adentro.  Hago cola con el abuelo en los datos de urgencias mientras P. aparca. Hablo con él de uvas y viejas bodegas y se nos olvida la muerte.  Luego llega P. y salgo. Tengo malos recuerdos de ese sitio. Cuando me trajo la policía, tres veces. Y me metió esa droga por las narices y me golpearon. Y me ataron. Tres veces. Violentamente. Y yo no podía volver al bosque.  Fumo un cigarrillo en la puerta. Voy al coche a por mi bolsa. Cruzo el puente sobre la autopista. Me quedo mirando los coches. Y siento una abrasión del horizonte. Un vértigo de salitre. Una hipnosis de huellas tiroteadas. Y me digo mientras crea que en cualquier momento, puede cruzar un ciervo. Estaré a salvo. En cualquier circunstancia.
Ahora el viaje. Con la prisa de tu lágrima. Y la puerta que no se cierra. Ese descampado de tu diluvio en celo. La carretera y lo que debo a tus ojos y lo que ya no debo. Salir a toda prisa. Sin recoger la brújula de opio ni enterrar el aullido que rasura otra vez esos nombres en un retrovisor de sal.
Encuentro un viejo vestido de invierno a cuadros negros y verdes. Tiene tal vez cuarenta años. Y me sabe a todo lo que no haré contigo en los muelles. Pagar rápido el vino y salir como pescador sin barca, mar adentro. Me hiere la posibilidad en la raíz cuadrada del fracaso. Y el amor que tengo es improductivo. Como lo que amo de los trenes que no conozco. Te dije no será inútil. Y no lo es para ese púrpura delirio. Pero para todo lo demás, es alucinación poética o sabandija en celo, a la hora de pasarse con el whisky.
Recoger los esbozos de una ínsula de olvido ataladrada con tu voz hasta el desborde en mis orillas del fuego verde. Ya no hay calendario que recoja ni tierra que presiente. Nos condenamos a un poema que no caería en un papel ni se calmaría en un canto. Y lo que tengo ahora para vivirlo, es ese inefable, que a veces sabe a cuchillo y a veces a piano. Como si te hubieras quedado entre mi costilla y los esqueletos de pez escarbando en los fondos submarinos un sueño.
Si quieres hacer negocios conmigo, nos saldrá rana, el agujero de la morosidad y crecerá como espuma de cerveza hasta hacernos jilgueros sin sombra.
Tengo en el abstracto mi plan de pensiones. En el sueño de los jabalíes y los lobos, la utopía de mi riqueza.  Me hago materia negativa cuando me quieren vender el producto. Y el llanto de la porcelana cuando alguien me pide algo que no lo tenga la luna o la muerte.  No entiendo el amor, ni siquiera como una simbiosis. Lo entiendo como el delirio de la mar bruñiendo el cosmos. Menos voy a comprender que tenga algo qué hacer con él, en el contrabando del callejón.
Tú pusiste el problema.
Y mi solución, es el mismo con alevosía.
Yo no pacté condiciones.
Jamás acepto ni pongo condiciones.
Mi verbo es promiscuo. Mi ecuación es dada.  Lo que llamo materia es ebullición.
Sentía algo bello, al cambiarle sus pañales. Y hacer el rito de la lluvia. Con su cuerpo casi paralítico y a la vez ingrávido.  Con su voz gorrión y parapente.  Con su piel de tomillo y castañuelas, arándanos y lejanas nevadas en un mundo en guerra. Prefería mil veces sus heces, que la cara del vecino, que la voz del presidente.
Hay una bañera en el prado de enfrente que da de beber a las vacas cuando las meten en la finca a parir. Y la miro ahora y veo una promesa de cobalto entre nuestros dedos de hacer trampas. No era puro. La pureza no existe. Es lo disociativo y lo ambivalente. Todo lo que supe de la sinceridad lo aprendí con los esquizofrénicos.  Yo quería amar tus buitres. Y quería serte fea hasta la trombosis de los pianos. Serte la alevosía de todo lo contrario que esperas del amor. Pero tú maldito burgués de los parámetros te tomaste muy en serio la sangre de los muertos en el vino para dos bocas y en el mismo trago. Quien no ame las cloacas, nunca podrá amar. Quien no encuentre belleza en las ruinas, está condenado al ambipur y a los museos, a la etiqueta de los ovejunos con la marca registrada de los cagados en la fábrica como el ratón de disney o la vírgen maría.  Quién no ame a mi cucaracha nunca podrá quedarse conmigo. Y tal vez mi cucaracha vagará sola todos los desiertos.
Me hubiera arrastrado como las serpientes entre los dedos de tus pies. Por oír tu grito. Por ensuciarme con tu sangre y tu sombra, todos los presuntos. Te hubiera rogado el sadismo de la luna. La lágrima de los vagabundos en mi pecho como un cuchillo a través de tu voz de gorrión y de muerte. Pero no sé qué cuervo del insomnio me hizo armadura entre los añicos de mi amor. Tal vez se interpuso el exilio. O vinieron a comer los insecticidas el vals. O nos hicimos, una contra uno el pleito de la inexistencia.
Un pie al filo y el otro a la pérdida del pie. Sobre ese verbo, siempre tendremos pánico, como si nos comieran las daturas los ojos y soñaramos un heroico suicidio que devolviera a las pistolas la acuarela del viento que salvara a los lobos de la dinastía del hormigón. Y en aquella otra, éxtasis de los desprendidos, luz de la hojarasca. Aunque en ese trago me sepa a sangre, la lengua de los montes, en el opuesto cáliz, es libertad, el juego con los grillos. Se trata de no quedarse. Moverse como pájaro migratorio el amor de la nieve.  Probar el dolor y la melancolía, con todos los bolsillos rotos hasta mancharse el hueso y seguir, como su poema, el devenir de la brizna. Hay una guadaña apuntando mi cuello desde el día que nací y a veces viene en tu nombre a desintegrar los techos. Mi miedo es mi recurso. Mi miedo es la mano negra que luego eyacula el pentagrama.
Hoy no tienen sentido los epílogos con la lágrima de absenta que apadrinan las urracas en mi acto de fe. Se despertó agrietada la lógica de los pasos con el rumor de lo conseguido o tiroteado. Y se desenvuelven en la ingravidez las palabras que atormentó tu soledad en mis carbones. Todo es absurdo y bello. Congoja de las articulaciones de los ríos en el centro de la hoguera. Soy pobre de porvenir y de pasado. Ha crecido en el pasillo el ánima de un esquimal hablando con los osos polares. Y yo miro el naufragio al que vamos con la misma vehemencia que una vez amé tus ojos. Nunca te pedí nada, no quería casi nada. Pero a veces sueño que me llega al buzón, la patita de un gorrión y un trozo de papel destintado, una hoja de árbol o un poco de arena. Y que al abrirlo ya sé.
Las pisadas de barro. De tus pronombres en mis llaves. La puerta está arrancada desde que preguntamos vizca luna a la soledad. Ayer me acordé de ti en el desvelo. Y hoy la memoria es como esas hojas que caen de los chopos y aderezan los nombres bajo el agua, rompen los rostros en el viento. El interrogante no responderá. Lo sabe el grito de la madrugada en el regazo del filo que vuelve y se va, de tu gota de sangre al buzón ahorcado en el fondo de tus ojos. Hace un día de verano y los despieces de tinta te buscan y no te buscan. Saber del exilio que saca a la intemperie a las muñecas de jabón y humo. Espero a alguien que me prometa vivir como los lobos en el bosque. Que me abrace mi muerte cuando los pianos no tienen nada qué decir y no callan las tormentas el jugo de las nubes.
Me despierto con las palabras "antes hay que pasar la flor por la chapistería". Antes había una especie de poema que olvidé al abrir los ojos. Sonó el despertador y seguí durmiendo. Ahora el sol ya ocupa la galería. Me pregunto para quién era la flor que tenía que pasar por la siderurgia. O qué desasosiego besó el cuerpo del olvido que despereza en la ceniza. Hace cuatro años que se murió Thor. Era el día de los difuntos, cuando su cuerpo apareció dormido en el monte, mirando al pico de la montaña.  Y hoy lo recuerdo como esa promesa de la nieve.
 El asesinato de Diego Pérez en manos de la policía:
http://primeravocal.org/lo-llevamos-a-la-playa-para-que-se-le-quitara-la-paranoia/
Pintar cacharros en las paredes y paredes en la fisuras que tu horror dejó para dar de comer a las trompetas. Hacer nada y nada elevada al cubo de tu fregona de agravios. Gracia de la lejía. Y ya es de noche. Me echo vino. Me pregunto lo que no que no quiero responderme. Me hiere micromina y acto tercero del soborno de la obra que no acabará como dicta el guión. Te echo de menos un gargajo de óleo. Y cambio de tema porque el fondo del vaso sostiene otra vida. En la pared me salió una rana y un juglar-unicornio. Cuando pinto se me surrealizan las formas que perdí en tu muerte. Y me digo para adentro cosas raras como "y aquí amarillo que el amarillo cuida de todos los fantasmas y aquí naranja que el naranja también estuvo en el callejón cuando perdiste la cartera y más amarillo que el amarillo lo arregla todo todo menos la fractura de ese nombre en la pocilga que abonó el viaje del nunca jamás.. y ahora A Z UL! como la quemarropa del boicot de tu olvido pagando el coñac." y me hablo como si jugara en un manicomio con espectros de gato y se me cura la tristeza o alguien que no ha nacido está quemando flores para la mar y todo es dicha, menos el código postal.
te acercas por la metasalida de emergencia en apuros de formar un argumento en mi pasado o en tu futuro
si somos esa descomposición cromática de un parecer atornillado a lo que perderemos a cambio de quedarnos aquí
yo quería fingir que esto valía por una casa y tu amor por un horizonte, un tiempo, el invierno, las puntas y colgantes, golondrinas y  trozos de barro, un tiempo, infinito que no pregunte o tumba que no reclame
y no ese vértigo al mirar la noche y sentir que no entran mis manos en el papel, ni reposan al fuego de tu cuerpo, yo quería jugar, un tiempo, a que habíamos acertado y más felices no podíamos ser, porque engañaban las palomas y el cartero sólo traia LSD
y no se torció fue que se puso a derechas la putada y mirarnos y sentir esa tijera cósmica buscar el cordón umbilical de la fiebre que cada noche en nuestra cama, doblegaba las razones, los destinos, las ciudades y los chanchos dando a luz otra razón más perra
que nos acechaba al callejón
que conocía tu nombre
cada uno de los detalles de tu destierro
y por qué querías hacerme una herida allá, donde los trenes se van y no regresan, ni preguntan, ni cargan ni la quimera ni el reloj
ahora somos dos interrogantes pegándonos el fuego
dos brechas buscando Itaca en el lado contrario al que nos empujan las sombras
con dos marcas de imposible y quebranto en la pistola que nos da la luna
no somos culpables, no podíamos hacer las cosas de otra manera, porque la manera en la que las hicimos era la que más quemaba la madrugada de las tormentas
y allá, el mismo pájaro que quisimos antes de querer ninguna otra cosa, nos sujeta las alas y nos empuja...
antes de conocerte yo tenía una manera planificada de escupirle a la muerte
pero en tus telas de araña se me hizo queroseno y salió por la culata de tu amor cuánto invertí en ésta historia
así como dos vagabundos que al cruzarse se regalan agujeros y se bendicen la pobreza, en tu cama yo era, un puente colgante, entre la nada y la navaja barriobajada de un romanticismo con glamur de insolvencia, desdeñando la cultura y la buena educación del peligro que te sobornó tu madre, por un gramo de éxtasis o otra manera de perder el pasado
no sé si querías hacerme daño o un favor
y yo que nunca pregunto antes de servirme el éxtasis y desflorar el diccionario por una mentira que valga por una eternidad
me entrego, a la mitad sirena, a la mitad de otros
aquella noche no debimos acabar de hablar, yo no quería saberlo y tú tampoco tenías en tus manos la posibilidad, e hizo el vino el camino más fácil para perdernos y tu cuerpo era ese pecado que cantaron los gorriones de la sangre en mi promesa de asentar la cabeza contra los pies de la duda y barrer para afuera la gasolina de un porvenir que no quisimos y no era sino todo lo contrario que salió de las botellas y tus huesos en aquella curva, que se sirve fría y sin lavarse las manos
qué pena hemos pasado en vano
qué horror te vendieron las floristerías que viniste con la rosa entre los dientes y me pareciste el mayor error de mi vida
que luego la ginebra convirtió en la bonanza, fortuna lasciva de mis tierras quemadas
Me sirvo un poco de vino. Y me lo digo en el lado que me lo niego. De camino a tu casa pérdida de los cardinales y no sé si he llegado o tú ya no estás en la tierra. Si acaso la morada de los lobos. O la rueda pinchada sacrificando el traje de bodas y los anillos. No sé si eres producto de mi imaginación o de la impostura. O acaso fue esa noche en tu cuerpo la última guía.
no me aferro al poema ni de tu agravio ni de tu éxtasis, ni a la hez, del olvido o de los puentes
es disociativo el gozo que regaza el verbo en la promiscuidad del predicado y de la tinta
es mutante el cáliz que recoge el quebranto y la dicha, y la voz que te llama, pende de otra voz que por las noches fruncirá la mar o la cacharrería

no tengo un destino ni ningún motivo para defender lo que hago o lo que no hago, lo que persigo o lo que pierdo, tengo la conciencia de los pájaros y de las pulgas y algo me impide siempre ser consecuente con el realismo, un mundo paralelo, de  vapor y cubismo, frota mis pasos, hacia algo no pactado y no medible, tengo la misma filosofía que las piedras para defender la vida, los mismos aranceles que las algas, para respetar o blasfemar los hechos, tengo el mismo argumento que los murciélagos para buscar tu amor o tu marihuana y las mismas ganas que los peces, por nadar panza arriba bajo la luna...
El monte ya está a la mitad cubierto de sombra. En cinco minutos el sol caerá en la montaña y la galería se llenará otra vez  del frío ambulante y negociador de tu nombre y de las faltas de tu nombre en el ciclo del alfabeto del G o el engaño de un libro.  Y me pondré ese viejo vestido de medio lana que tal vez tiene cincuenta años y es negro como tu mirada en mi fraudulenta luz. Y empezaré a buscar el ocio para entretener a la rosa de jericó que se exilia entre mi quebranto y la dicha de las urracas.
hemos roto tantas veces
que se hace una bola china el sacrilegio de nuestro desahucio
que es un acto vandálico el pago a la floristería
que es un puñado de queroseno mi grito a la distancia y una libélula mi lágrima

tantas veces tu cuchillo alumbró como antorcha el desguace
que mi pequeño corazón es un motín de vudú y compradores de humo que trafican con alfombras y paraisos

tantas que mi fe es datura y mi promesa alegoría
y no hay dios que mate al pez que vive en el retrete
antes quería parecerte graciosa o tal vez una maniacadepresiva de los desordenes de la patria, para sobornarte esa caja musical de tu destierro, tal vez también un poco puta, para que pagaras el vino sin preguntar por los verbos, luego quería que no comprendieras a qué clase de árbol me arrimo para ni qué clase de sombra me somete

y al pasar el tiempo perdí las estrategias en esa cara de gato que se te ponía cuando rebuscábamos en el cajón y en los secretos de la basura

y ahora no sé, dímelo tú ¿dónde estamos? ¿ha sobrevivido el terrón de la lujuria, la locura o el salmo?

sólo veo salamandras
sólo lloro y río salamandras
maldigo y compro y vendo, invierto y abogo, escupo y recolecto, salamandras y ese dada de tu semen y el de los teatros, emboscándome un motivo de corta y pega que todavía está muy lejos, la salida, la entrada, el manicomio, la iglesia, las cantinas y los mares.
un poco de alcanfor y anís
una bola china del cinismo que resucita al móvil del crimen de la quimera
y tres cuartos del día después comprando en el callejón flores prohibidas

y se te pasará la pena

hay mucho sitio para meter agujeros y muertos
todo el planeta guarda dentro de si, un cementerio vanguardista y oceánico, para evitar gastos de la metafísica y arreglos florales, misas o matar peces

por cada herida que fecunda en el pecho
una biblioteca eyacula la historia colateral de un cazador de anacolutos, desenredándote el pelo con maría y haciéndole un masaje cardiaco a tu olvido y a tu esperanza

no hay que ponerse ni tremendista ni quebrantarse
tu propio cuerpo tiene el néctar de la nada y de la metasolución en ese delirante problema que vino de fábrica y trafica amanitas con tu insomnio
El sol ya entra por la ventana del oeste y me desnudo para dorar al olvido con lo que mentirán las madreselvas. Al invernadero de las galerías que escucharon ahorcarse los campesinos y en la noche meten dentro todas las heladas. En ésta casa murieron unas diez personas y otras tantas nacieron. De niña jugaba a buscar sus espectros en los anacolutos del crujir de las paredes. Con miedo y ansia, invocaba a través de las platilinas los parpadeos de la distancia. Tenía una pesadilla recurrente. Las cosas a mi alrededor se hinchaban con un helio macabro y yo misma sentía que cambiaba de volumen mientras no podía tocar lo que tocaba. Y a veces, se hacían más pequeñas, y una especie de agujero-negro hipnotizaba el aniquilamiento del espacio. A veces aún cuando tengo fiebre, tengo esa sensación, pero ahora, me es casi placentera.
Los ventanales me dejan al lado del monte y lejos del civismo. Desde acá, veo tu sonrisa de tomillo, irse con los vencejos, y borrarse de la tierra. Así un día yo también me iré. Y ya no necesitaré ni los nombres ni mis manos, ni la tinta, ni el fuego. Ya no quiero la fiabilidad de lo abarcable. Mi sueño está en algún lugar entre la nada y tus labios que están lejos para siempre de mi vida que está en la abrasión inefable de una acuarela que destruya las paredes.
Quiero recoger las hojas caídas. Y hacer ese collage, para tener contenta a la mariquita de mi lágrima. O al hachís del exilio. Yo hago las cosas a mi manera o al dictadodel lado contrario del destino en el que pierdo los papeles, las llaves y el tren. No suelo hacer nada siervo de la funcionalidad. Coso harapos para olvidarme de él y lo recuerdo en el rojizo de los árboles. Lloro con los dedos de los pies, lo que sonríen las ventanas en la búsqueda del rocío. Me finjo una posibilidad en la brecha que discordia mi pasado o compra esas cajas de musica tartamudas y con la carcoma de los teclados del salitre.  Ya no hay sitio paa mí, acá. Sólo allá. Cada parpadeo. Allá. Cada timbre que escancia vino en la lejanía.
No hay ni una nube en en cielo. Están todas, bajo ese sombrero agujereado, que huele a las mujeres de antes, contando palabras en el río. Cuelga en un gancho de una tabla de madera que sobre una pared cementosa y con aristas, apadrina la casa que huirá de mi nombre a tu nombre. Y no sabré decirlo.  Yo quería algo me quisiera, incondicionalmente. Como yo quiero a la luna, al fuego y a los animales. Yo no quería negocios de metáfora, ni sobornos de muerte ni de opio. Sólo un sí, sobre un sí, bruñiendo en la mar, las constelaciones. Y precipitándose, como se ponen a hervir las flores azules.
Ya no podías dolerme, en el quebranto del amor-wherter, porque esa zona de mi corazón, es desde hace un invierno, a la mitad un prostíbulo y a la mitad un circo con la banda sonora de las hormigas soldado, haciendo punto de cruz, entre el ocaso y el éxtasis de las letanías.

Sólo se llora una vez en la vida, como una metadigestión, las cagadas de las ovejas. Sólo una vez. Sino te conviertes en un hipócrita o en un estúpido.
Sólo se ama una vez, el semen de la luna, entre los carruajes como kalashnikov. Y una vez que llega el ardor de su ruina. Se cambia el oficio por luciérnagas. Y los bienes, por un apretón, en una puta estación de autobuses con neurosis por perfumar a Itaca y robarle su transporte urbano. Si no te haces, una caperucita roja o una zorra vieja católica estreñida creyendo que dios es el cuarto de baño.

Mis aristas de esa ética que me persigue cuando mi casa se hace un nido de golondrina, a punto de pulverizarse o un callejón con cisternas farmacéuticas. Sólo se arreglará, cuando vuelva la cucaracha que pueda amar suicidamente.
Me gusta ponerle alfileres y puntas,  a esos muñecos que hago con cartón y pegamento. Les pego hojas de árboles y ramas que saben al grito que te mató de mí. Me gusta mirar tus ojos, en el monte cuando va a anochecer y hablar contigo, a través del cieno, lo que ya no hablan nuestras vidas. Permanecerte en esa alucinación de caligrafistas y entintados juglares y asesinos. Cambiarte. Usarte. Perderte. Y cuando las floristerías son hospitales que apadrinan nuestra muerte. Me gusta menstruarte, en el asesinato de la paloma, como la última manera de quererte, que recuerdan mis abismos.
Lo que dijo la polvorienta puerta que se abrió por última vez cuando estabas a 200km de la sombra que conocía tu muerte. Vivirá entre tus huesos y el crujido de tus pasos, como el único salmo.
Hoy lo sé. Lo que perdí en tu cuerpo, hablará a los autobuses que apresuran los crematorios de mi intransitable casa y la luz de lo pinceles.
Fue mucho antes de conocerte, cuando tú y yo pactamos, nuestra destrucción. 
Antes de que tus labios hipnotizaran a mis culebras, tú y yo ya habíamos salido, con nuestra historia, como el cadáver de un gorrión a buscar la nieve, a buscar la nada, que nos indujera como semen, el valor del acto.
Déjame perdonarme, en la despensa de tu olvido. Y curar mis heridas, en el rencor de tu noche, como si yo fuera, ese parpadeo que te hace creer que estás en el sur, cuando el viento sabe a suicidio. O un fugaz gesto de los matorrales, cuando huyes o cuando vuelves.

No podías salvarme de ti mismo. Como yo no podía osbrevivirte entre los espantapájaros.
nos rompimos la cabeza contra la quimérica verdad de las matronas homicidas
y ofrecimos nuestro amor materno al regazo de esa gasolina que pagaba las antorchas de la medianoche
y tu ternura-insecticida de mis manicomios, era una deuda con el afilador y en mi cuerpo-curva del insomnio, pagaaba el peaje de los malnacidos

ahora me duele el antónimo de tu nombre en la mano de robar infecta de jabones, portadora de la pandemia de mi sueño viudo

y persiste a pesar de nuestro entierro, el perfume de tu sangre embalsamando la necesidad de la escritura que también tu alterego entubó en mi cama y sacrificó en el plural que vendimos para poder hablar todavía con los girasoles
me muevo a través de la zarpa-garrapata de tu amor en las nubes, máscara de mercurio para las noches sin dormir que desvelan de tu fosa, a mis salmos y vuelven sin ti y sin mi, a labrar el redil de los sueños de nadie

y es ese agravio de los nombres propios destruyendo mis diarios, la herradura de opio que relincha el camino que no encontraré porque busco una hoguera y no un destino, porque tus labios eran vino y no tierra y tu cuerpo, droga y no morada

mi vida, el efecto colateral de una historia que contaron una vez los cocodrilos a los marineros suicidas y no era tránsito, y no era poesía
no necesito mucho del mucho
sino a poco lascivo, a todo por la parte, desmenuzada y vanidosa
de una huella-cuchillo, en la senda que no pretende, ni lleva a Roma, ni a la muerte, ni a tu corazón, ni a mi sacrificio
pequeños escalofríos de la dosis del fracaso, de tu belleza furtiva o prófuga llegada cada noche contra tu cobijo, palabra de micromina, a la escultura, de la contrafuncionalidad, alajas de la certeza, aderezando en orujo, otra manera de contarlo que no se lo crea
podría llorar y quebrantarme hasta que las muñecas de porcelana fueran puñales de lluvia en manos del verdugo que quiere prostituir tu muerte
pero la pena emblandece la pistola del cubismo que el viento da a tu cuerpo desarmado para amotinar el porvenir por la utopía de los ambivalentes
pero si me lamento y me dejo bañar en el coñac del naufragio no tendrán violines los muertos que cortan conmigo la carne en la mesa...

y perdería un invalioso tiempo en el maltrato de las palabras y la tortura de los puntos cardinales, a cambio de malversados rosarios de la flaqueza de las moscas

y es exactamente igual, el vacío que aprieta mi cintura, entre las amantes ruinas del opio y el exilio
e igual hablan los posos de café y la lejanía, el amor de los ladridos y el filo del ciprés
y lo será en el cementerio o en el baile... como escrita está mi muerte y el jazz de las tinieblas

sería estúpido que lamentara el pleito de los gusanos que comen el cuerpo del corzo

y si tú, amor del contrabando, me dejas un cuchillo en mi nuca
sería infructuoso que mi sangre alfabetizara el llanto de las rosas
cuando puede persignar el ardor de las algas en el promiscuo destino

escupo a todo el catolicismo de la tristeza en el esperma del dada
mis caperucitas de la lírica del romanticismo ya no hacen arreglos florales
hacen lo culinario de la flor alucinógena y los sapos, con aceite de nube y muerte enamorada
no te lo supe nunca explicar
pero todo aquello existía sólo porque tus ojos al otro lado de la mesa servían el cáliz del licor
no era real, en mi vida lo único real, ha sido el aullar de la descomposición de las formas en el pincel del cubismo de la letanía y el desacato...

al poco de conocerte, la amanita, frunció una metaexistencia acorralada de arenas movedizas, tú eras el único mundo tangible, antes de la violenta deriva y suicidio de todos los orígenes

yo no podía salir de la caracola de la nada, y debía blasfemarte un agujero negro, para tocar contigo el piano y creer luna, en la brecha y luna, en la lágrima
yo no podía vivir fuera de la sangre de la libélula entre el carmín y el destino, a mi alrededor los cadáveres tocaban nanas al macabro filo que cosía la soga por la noche para asfixiar la vehemencia de lo imposible

por eso no he sabido perderte ni tenerte
ni podré olvidarte, ni recordarte, sino en promiscuas intermitencias, de un cuaderno del delirio y del pasto de constelaciones entre una guadaña y la mar
no lo entendías
aunque tu retórica me follaba la empatía de las crisálidas en celo de convencer al Aqueronte de la necesidad de echar más leña y pájaros al fuego de ese olvido
pero nos separaba de la comprensión
los aullidos blancos de un manicomio y la sosa cáustica de una medianoche en la abrasión del callejón sobre el baile de los perdidos
y estaban solas las cajas de música en el agravio del opio, criatura huérfanas apretando en el corazón el viaje del no retorno

la piedad no se sirve sino nos pasamos con el whisky, con la autopista o con la extinción de ese verso en el sexo anal de nuestras sombras

y quien aprendió a hierro fundido el nombre de las estrellas, es a siderurgia como entrega su alma a la muerte
es ciencia ficción
no puede ser otra cosa
porque nacimos debiendo medio cuerpo a la palabra que entre dos olas asfixia el destino y escupe calendarios de usar y tirar, ternura de amapola
fui maltratada en mi niñez por los hombres que no amaban a los perros
y mi soledad se escogió entre los olvidados y mi piel se hizo, a la caricia de la medusa, una risa de cobalto
no quedaba una gota de amor, en esa habitación en la que fui oida por un futuro que se destruiría al amanecer
y aprendí a colocar mi fe, en el mismo sitio que se sacian las moscas, se quedó grabado en mi cuerpo la suspicacia al realismo, como ese coñac que maldije en tus labios, cuando me hablaste del amor y de quedarnos y todo era un hospital
por perdido ya está dado, manipulado y llorado, a cuchillada de óleo y alcanfor
ahora boquean sus tiritadas alas el alcance de la sombra masturbada en los cipreses
y el hueco se queda y pregunta, se queda y no sabe nada, y huye como todo lo mío al mal trago que una memoria desordene contra los bienes

no voy a llorar nunca por el París que me robaron y se tragaron los cadáveres
lloraré por el enterrador que con misericordioso odio afila el cuchillo para persignarse el rito de los agujeros
la tramposa luz de tus desvelos, en mis encías, en mis codos, en mis uñas
como ese mercado de los desposeídos, aferrándose con locura a la ciudad rota de tu muerte
yo quería alcanzar el lirio de tu evanescencia, pero los perros ladraron el escenario de una herida

ahora sola coloco las pelucas del cieno en esos cuerpos de cartón que hago cuando no quiero vivir
y peino en su sangre la entropía que atormenta a mis patios con tiempos que no existen

lloro con las pulgas, la sombra que no se quedó en tu cama
y palpo a ciegas el hundimiento

pero no quiero renunciar, quiero estar despierta, con las palabras goteando en mis párpados, el instante que el naufragio precipite sus antorchas contra nuestras vidas como la segunda oportunidad del poema que matamos
Despertar tarde de la lluvia. Limpiar el vaho de los ventanales. Mirar con suspicacia la página que mastica nociones a cambio de un crujir que en las manos tirita la distancia. Preparar el café. Y abrir los ojos despacio al canto del rocío. Estar triste con la ropa que cuelga de la intemperie a la humedad del invierno. Buscar la escritura mientras mi pensamiento voltea entre añicos de barro y goteos de niebla. La tijera que dejaste en mi cuerpo reclama la erosión del blues que murió en tus ojos. No sé nada de las ciudades. Gritos sonámbulos destruyen los timbres. Y yo floto entre la hojarasca de la contrafuncionalidad. La pobreza me rodea. El desprendimiento. Y esas ganas de vivir en escenarios de queroseno. Contándole mentiras al rostro quebrantado de una luz.
La fe cuando se convierte en la líbido del rencor, ahorra el IVA del olvido en el agujereo de whisky, y abarca a todos esos pronombres como un  gargajo de salvia divinorium de la deidad que siempre huyó contra tus huesos. Y se mezcla en el paladar el vino con el chili y todas las cabras tiran al monte, menos esa puta que va en busca del romanticismo. Y se parece a nosotros, tan pálidos y floridos, en el encargo de un muelle que acabó a acuchilladas con el plan de pensiones. Ahí supe que no volvería a firmar una nómina y tendría que vender alajas para robar posibilidades a algún impostor que como yo quiera olvidar dónde estuvo.
Vuelvo a la mesa. El cigarro que dejé en el cenicero. La ya oscurecida y ese frío apacible que guarda los secretos de tu nombre y de tu muerte. Ladran los mastines. Y el negro invisibiliza el monte. La ventana refleja la puerta de mis espaldas y tras ella la otra puerta. Se mezcla el morado con el rojo y el negro. Y como si viera el meta-pasado que se comieron las chinches, pastar tus gotitas de sangre. Húndeme el daño con alevosía, para hacerle un favor al blues. No me hagas responsable. Házme cómplice del aullido, del vaso roto, de los trastes por los aires.  Pero no lo des a mi voluntad ni el friegaplatos ni ese credo macabro del destierro. No quiero llorar la flor. Prefiero cardar el cardo y darme a ese arista enamorada de ti y de tu infierno.
Dejar las palabras. Y mutarme al contexto de la espuma de cerveza saboreándote el manicomio. Agitar los acrílicos en la paleta de pintura. Y empezar a esparcir mis tripas en las paredes. Hay tantas paredes en ésta casa y tan largas y altas y frías, que tengo todas las migraciones para cubrirlas y no terminaré ni cuando tú te conviertas en salitre.  Es tan absurdo el verbo de las afirmaciones, que el anacoluto masturbará insaciable al pincel. Me gusta pintar para evitar mis ataques de odio o de llanto de calcitas y nubes. Para no recoger arreglos florales ni ser fiel ni al salmo ni a la morada, ni a ti ni a mí, ni al poema ni a la muerte. Pinto horriblemente. Pero no se estriñen los colores por la servidumbre a la belleza. Y todas mis ratitas se ponen contentas.
Ya atardece. Las reses siguen en el monte.  Desde estas ventanas se ven cuatro montañas distintas. El viejo puente que cruza el río y el lugar exacto en el que tú y yo nos hicimos la tercera persona de una historia fraudulenta. Veo pinos y chopos y perales y ciruelos, un abedul y genistas, salgueiras y esos lirios de la fe inhóspita y acuchillada en tus labios. Quisiera ver tus zapatos entre el barro y el viento, oir el mugir de tus pasos, como el confinamiento de mis lunas. Sentir tus lágrimas, como rosas de jericó y tu risa, como océano. Pero sólo podré verte, en la ausencia que cruza las tormentas y reposa el fuego en senderos de rocas y flores prohibidas. Porque te has muerto sin dejarme tu cadáver, ni la memoria ni el olvido.
Tu alcohol desabrochado donde esa herida se hace una piedra que sostiene una mano culpable siempre,  pero menos que el pretérito que nos unió en ese hotel.  Me lloran los ojos, en los ojos de ese desconocido que cruza y corre sin mirarte. Parece que alguien ha quemado los olmos. Y las huellas de fuego no han salvado esa ventana. Pero sigo viéndote en la misma posición y bajo el mismo embrujo que sobornaste a las concubinas de tu insomnio. Quieres guerra. Y te dan la razón los olivos, las cerraduras y los vasos sedientos de la embriaguez de los olvidados. Yo ya no tengo ni puta idea de lo que sonó cuando se murió de hambre el gorrión entre nuestros cuerpos. Y sólo oigo tu voz, en mí, como la obstinación de un barco que arde.
O me subo por las paredes o me bajo por las cloacas. Pero la amapola tiene que estar en el nudo del pelo y a un puño de luna y tres vocales de calima. Me pone tu quebranto tanto como tu éxtasis. Y yo miro mi dolor con el mismo recurso poético que a mi dicha. Por sapo o por alfabeto. Hagamos lo que hagamos, gana el poema. Si lágrima o coñac, si mi sangre en tus uñas o tu boca en mi salmuera. Si la pistola o el fin de semana contigo al lado de la mar. Si se cortan los cables o traen leña para el fuego. Si me vengo contigo encima al opio o al cementerio. Es igual el baile de la estrella. Todo se va. Todo se mueve. Nada sabe quedarse. Nada sabe trazar su territorio ni exigir ni palco ni retrete. Empiezo a configurar mis emociones como metamorfosis de insectos. Y la medida de mi ética como un proceso de evaporación.  Mi salmo es una cebra con daltonismo corporal a punto de ser atropellada por un helicóptero.
Azuza el clamor inerte de esos espectros de las reses la belleza de la caliza, con un verde grisáceo que sabe a la venganza del tiempo entre arpones de luz. Frente a una mesa, le doy mi esperanza de comer a la búsqueda de la nieve. Y hago lo mismo que en los confines de tus burdeles. La hechura es una musaraña que dormita entre claveles. Los pasos no vuelven sobre los pasos, y la marca es una gota de sangre que no se seca ni se escribe, ni se borra de lo que jamás te he dicho. Lloraría llena de rabia, sino escuchara a los gatos agrietar la noche con las mismas armas con las que mi pasado huye. Nunca sufro del hastío porque tengo personalidad disociativa al nexo de una metáfora que manipule los sudarios. Cuando soplan los desierto, sufro angustia de inexistencia o se me contagia la fotosíntesis de los cactus. Pero nunca me aburro. Me reseteo. Me infamo. Me vomito. Y persiste la ceniza en palpar las alas del olvido. El día que me aburra me volaré la cabeza con las palabras que se llevaron las palabras cuando queríamos escribir batiscafos.
Ya no es. Sino la alucinación de un viaje en las mudanzas de una lágrima y una paloma. Pongo un lirio cada noche, al crujir de la puerta, en tu anacoluto, por si veo tus ojos, en el agujero. Pero hace meses que no ocurre nada y que creo que ya no ocurrirá. Otros sobornos queman los papeles y hacen hollín para la pintura. Tu vino se quedó enterrado en el huerto, abonando los días sin sentido, con sonámbulas canciones que bajan la lámpara a una brisa de nadie. Me he acostumbrado a tu ausencia como se acostumbran las tejas a fruncir goteras donde los líquenes quieren bailar. Como se acostumbra el mármol a llevar una fecha y un nombre, si alguien silba todavía el fuego.
Llorar a tiras la cebolla en ese barro. No me hagas caso cuando el amor es un muerto en el maletero. Espérate en el callejón a que soplen las daturas. Hoy no sé calibrar la ternura y el insomnio. Y todo se mezcla con la presunción de culpabilidad de la literatura que mancillas en mi cuerpo. Hoy hay que dedicarse sólo a cosas inútiles, como prender alfileres en las plastilina, para simular un erizo y toser una guitarra. Y que nadie pregunte. Hoy nada del porqué ni la tijera, de la pasión o a dónde coño vamos o qué ciudad se murió anoche. Hoy pisar con las madreñas la hojarasca para vendimiar cantos de elefante en los grifos. Hoy nada de determinantes. Ni negociaciones. Hoy no podemos hablar de la esperanza de vida de las crisálidas en nuestra cama de cerveza. Hoy sólo silbar. Comer onomatopeyas con chinches y clavar punas y lienzos en el árbol que se secó.
Pensar ferrocarriles para alimentar a tus contrabandistas del presunto de una fecha que perpetre el armisticio entre nuestros huéspedes. Y beber mientras el misticismo de los olvidados. En esa llaga que suda desde la escayola los añicos de una canción. Mentirme de las razones del otoño, el carmín que busca el hocico de una tormenta. Y piso charcos en la singladura de un tiempo que no me pertenece. Los días son muy largos desde que tus labios no escancian el peligro o me reclamas el peaje del olvido en tu cama. Y yo que lo que sé lo aprendí del fracaso. Cuento urracas mientras se va el cartero. Y miro ese camino polvoriento que acaba en un motín de piedras y de viejas vigas que pudren el sonido de los olmos. Y creo que en sus mandíbulas está la voz que se quedará conmigo. Un rio sucio habla de la extinción de esos peces y de la memoria alquilada de un exilio.
Me sabes a sacrificio y a siderurgia. Y hoy tengo los ojos, en el virus, del dada. Todo lo que te dijera, agravaría la afrenta. Y mataría al caballo antes de que tu cuchara me probara la sangre en ese fuego verde.
Te equivocaste con el día de la semana, la hora, la resina, la tijera, el verso y el caldero de pescado. Estaba puta la luna ahí encima bebiendo las sombras. Y te viniste del lado al contrario a la muerte de mi jardinera. No trajiste el opio. Y me sacaste a empujones de una alegoría. Y por eso sonó tan feo el desprendimiento de la luz entre esas piedras y esa goma de Melilla quemándote cubismo.

Ahora miramos con espanto a la silla moverse sola. Hay que saber lo que hay dentro del horno antes de pagar el recibo de luz. Hay que saber qué perro canta en el monte, antes de deshacerse de los huesos.
Deja que pasen unos días. Házte la manicura en el granero con el amor de los chanchos abonando las flores con espinas. No trafiques tu presencia ni alimentes a las palomas. Apaga el móvil. Cuenta una mentira. Di que estarás lejos. Que el cerca es ahora un gusano con anemia. No tomes decisiones, tómale ventaja al olvido y al licor. Y piérdete, dentro de ti, todos los mares. Que sólo te mire el rocío. Que sólo te exista el viento. Que le jodan a todos los reclamos, a las apariencias, a los poemas. No digas nada. Hasta que no se acerquen las estrellas a crinar al oido.
Paso de los rezos y de los esparadrapos. A la brecha brecha que dilate la guitarra. Ya no negociamos. Ahora nos dedicamos a vender herrumbre al cromático del otoño para que el cartero se lleve también el porvenir y no se olvide de tus ojos metileno. Entendimos que cualquier resolución sería un fraude para el cabaret del cubismo. Se me agotaron las estrategias para bajarme las bragas salvando el graznido. Atormentas a la paciencia de mis cañas de pescar. Y me haces del reloj, un juego de chapas. Cada cual se llevará su razón para cantarla a los cocodrilos o a las túneles. No fue mi capricho, el campo semántico que interpuse. Era inamovible para tocar el blues. No lo respetaste. Y mis muñecas de tropo se llenaron de cloroformo e inhaló la lluvia el dolor de las vendedoras de nubes.
¿quieres meterle el serrucho?
hagamos del daño una razón para masturbar el mañana con una voluntad más vehemente
golpe en la mesa y los papeles se suben a tu doble moral, hacen pértiga en el préstamo de un suicido y eyaculan la tinta, en ese crujir inefable, que ni pagará ni preguntará antes de servirse
no me quedan estaciones de servicio para prostituir mi pasado
¿quieres sangre en el retrovisor? ¿escupir las llaves? ¿hacer cebollas con la promesa del viento?
que sea abrupto, que no sea vano, que me deje una cicatriz de Mercurio, que me cave tu nombre en el sanatorio de huesos
No sé dónde ardió esa manzana, cuando tú y yo bailábamos con las trapos sucios como ropa de gala el insomnio. No sé de dónde vino ese llanto. O en qué fatiga renunciaron las palabras, a los cuchillos y tenedores. Y acogimos, los crujidos, de la cal y el salitre, en nuestros cuerpos, como una morada o que nadie escuche, que nadie se quede a mirar. No puedo culparte ni culparme. Miro los chopos. Oigo arbolar la necesidad de nieve esos cobertizos.  ¿por qué no trajiste la dicha del payaso que llora cervatillos? ¿por qué no el coñac que duermevela el insomne perecer de la angustia?. Quería oir una amapola innegociable, tributar su opio, a los barcos. Y no esa puta y enmarañada falta. Estuve dos días en la intemperie. Al meter mis dedos en el cieno. Quería tu risa. Y no tus contradicciones. Quería tu droga. Y no tu deuda.