Hay tormenta. Y se pone contenta mi niebla. Eufórico mi fracaso. Se me mete ese gusano de mar en la sed que le contaré a tus vinos para que me escancien el blues y haga todo lo contrario a lo que debería hacer, para que el lexico encajara con esa ética. Recojo el tabaco de picadura. Me meto eso en el bolsillo.La incógnita de la X en la mano de dar. Sin sembrar ni recoger.  Quiero bailar borracha, hasta que me nazca otra esquina! Quiero atormentarte con el surrealismo hasta que me reconozcas que eres un pez verde!
Ese alegría vengadora. Vendimiadora del vino que escancias mi miedo y se hace batiscafo en erección de esa locura, que saldrá de nuestros huesos, como la destrucción del realismo y la venganza del canto de los lobos.  Me guardo en la vagina, las cosas que querré hacer con tu copla. Luego te lo susurro. Luego te lo obsceno, mientras las medias se llenan de marihuana y las venas, de ese fuego oblicuo que sólo ilumina a los nómadas.
Me llama A. Me dice que tiene vino y canciones, que vaya a su casa. Yo me extasio por dentro de esa otra singadura. Me borboteo. Me escurro. Me pongo eufórica. Le bromeo de ese triángulo que le rueda entre los dedos. Se ríe a carcajadas. Desaparezco desde el cable del teléfono, me meto por su laringe y me hago gas en su risa. Le digo no cierres la boca, que en cinco minutos estoy ahí.
Ahora esa ventana oculta en un parpadeo. Esa pérdida de los cardinales. Como si las hierbas me drogaran la sien, de una pistola sin predicado. Como si flotara sin destino, sin pasado, sin acto. Dichosa en la absurdez de la luz exprimida en tus vasos. Y te iba a llamar para ir a bares, pero no tendré un duro hasta dentro de 10días.  Tal vez perdernos en el parque. Aunque una inmovilidad de cortocircuitos de amapola. Ese olvido recaudado entre las escobas y calada de hash. Ya no me pesa. Es una lágrima de acrílico. Hice todo lo qué. Y ganó el desconocimiento. Soltamos las caballos y ganó el terraplén. Apuramos el vino y se nos agujereó la ebriedad en las cuerdas vocales. No te lamentes. Quema tus ojos en la luna. Que no te haga llorar, que te folle un verso. Entre tú y yo, no hay porqué velar un cementerio.
Llueve a chaparrón y ese sueño en la alegría del agua. Tus labios mojados de salitre. Recogerme en tus alas lisérgicas. Cerrar los ojos, frente al mar y abrirlos encima de una nube. Sortear las calles que mienten, dentro de coches llenos de la ira de la noche roja. Tirar del hilo, de los nudos que ese rizoma te mezcla en el tabaco.  Y contraer la vida, como una marabunta, al oleaje que no ha dejado de sonar.
Aún no estoy despierta.  Me siento siembra de una lluvia exiliada. Aleteo de una lejanía. Se oyen truenos. Y aún tengo sueño. Recuerdo esa vez que tomamos ácido. Las risas y el exceso. Y luego paramos un rato a dormir, al lado de una gasolinera. Luego continuamos hasta asturias. Y ese silencio lleno de música. Las horas en ese acantilado. Detenidos. Los tres callados. Henchidos de mar. Y el raro camino de vuelta. Teníamos que echar gasolina. Todas las gasolineras quedaban atrás. Estábamos imbuidos por esa branquia. Con una poderosa sensación de paz. Luego tuvimos que retroceder. Y cuando llegamos, ya era otra vez de noche. Y dormí 48horas seguidas. Soñando olas y olas, infinitas.
Dormir la siesta y despertarme al sonido del chaparrón y la tormenta. Estaba soñando contigo. Y eras tú, aunque no conozco tu rostro. Nos íbamos al monte. No había mucho en la nevera de esa casa. Recuerdo unas manzanas de tamaño muy pequeño y sabroso. Cogíamos lo poco que había. Yo estaba feliz de que estuvieras. Te decía, me dan ganas de ir a por gasolina y quemar no sé qué y bromeaste y señalaste un punto de fuego en el horizonte que me cayó viento en las retinas, y te decía, estoy harta de que vaya un paso detrás de otro paso y gesticulaba con mis zapatos, que eran una especie de sandalias de polvo. Luego paramos en un bar para comprar vino. Y al abrir la puerta me acariciaste e hiciste una broma que me hizo feliz y reír a carcajadas. En ese bar estaba mi abuelo, me preguntó dónde ibamos, le dije al monte de los no sé qué nombre. Le besé y cogí el vino.
El café y la hora de los deshorario.  Ese alcanfor de la luz, en la animalidad de un recuerdo. Pienso en ti, mordiéndome los labios. Con un treen que llega y otro que se va. La estación ofrece un viaje que portan los desconocidos, como a punto de venirse, sobre la copa. Y es melancolía, pero ebria, mojada, de esos rastros, cuando van a cerrar, y se oyen las cazuelas de hierro, dilatar una distancia. No somos. No nos preocupa. Sino ese ave de fuego. Dilo despacio. Dilo sin mirar atrás.
Tuvo que quedar literatura del porno-drama. Porque no supimos conservar ni uno de los insectos que habíamos apadrinado, y murieron de repulsión y pena. Tuvimos que pernoctar retórica, porque las noches nos tragaron al extraperlo y no dimos ni una explicación. Del todo a la nada. Y ese verso del coser, del drogar y del hacer añicos. Ni un viento atrapado en un pincel, supimos salvar. Y sólo la lírica ha quedado, como el arreglo floral, los respetos y la fosa, pecho sangrante, lágrima de limón y tequila. Testigo, curandera y enterradora. Alquimista del cuchillo, de lo eterno y de la quimera.
Hoy le di muchas vueltas a la tapa, a la piedra y al mechero. Y llegué a la conclusión, de que se fue de madre en madre al engendro de un vientre huérfano y viudo.  Ya no hay nada qué hacer.  El teatro, escupió contra nosotros. El teatro nos drogó y se vengó del día que nacimos, a través de una obra promiscua que nos busca el diente y otro guión, cada vez que estamos a punto de cerrar el libro.
Ya no quiero que se me explique. Ni que me convenza. Ni que me cuadre. Ni que se cierre, se abra, o se vaya tomar por el culo o a destomar entre tus alcantarillas.
Lo quiero inefable. Perturbado. Ilógico. Infiel y promiscuo. Lo quiero el siguiente vino del vino a mayores. Y que sea, lo que le salga por ahí, por allá, y entre mis jugos.
Sé que vienen tormentas. No te apures, nunca estarás preparado, ni con la ropa colocada, ni con la maldición correcta, ni con el vino frío en la copa. Cuando se vaya la luz y el trueno, suene a cadáveres de ganado. Dime que ponga en pie, que empieza el baile, que saque toda las coartadas, que me ponga esa blusa del roto y el descosido. Y que vayamos a nacer un barco, entre tu sexo y mi vagina, o una hoz y un martillo, en el pulso de nuestras sombras.
La pérdida ha de ponerse en erección, para que los hilachos de luz, que dejaste en mis sábanas, simulen un nudo de estrella a mi flor carnívora.
Rompo tu bucle, hacia la líbido de ese otro, con una metapuerta intermitente y loca. Que me ofrece ese semen como si quisiera ser madre.
Hablo con V. Se me manipulan las escopetas. Me desdoblo presa de creerme, una sola cosa. Y empiezan a desastillarse mis libinidosos juegos de cartas. No hay apuesta. Nadie gana. Ya no sé qué es juego y qué son dos ardillas en un columpio esperando la muerte de la nieve. Sólo me acerco las cerillas. Por donde sale, es. Y es, inevitable. Y es, esa flor que te sale del oido.
Las horas sin escribir. Erosionadas sobre un mundo que no existe para la violenta inutilidad, que me despierta esa excitación de la trampa y el mancillamiento de mis suelos. Las horas entre hospitales y bares con extraños, silbando en los oídos, noches descompuestas, que vienen caer a mi destierro como nítida promesa del hachazo y corre, que nadie recuerde que has nacido. 
Y los ojos del viejo brillantes, diciéndome, eso que me hace sonreír. Que me abraza los pozos de la tierra y me los inocula en la nube azul.
Y mi zorra prisa. Tengo una cuenta pendiente con esa humedad y esa pistola. Cruzo el paso de cebra, creyéndome humo. Desprecio hasta que me hago daño, el civismo. Esa distopía que se ríe de nosotros desde las opacas y ácidas fachadas de hormigón.
Me desengaño engañándome con la dicha del cuervo. Cólera de la mar, rebosante en esa zanja, que me protejo con rabia entre las cosas que nunca debieron ocurrir.
Salir y cruzar las calles, perderme hacia el despertar del musgo sobre capós de coches. Con la escritura en el agujero del bolsillo. Esa sucia guerra de predicados en siderurgia, entre las uñas y las palabras que borra el viento. Ese sueño, en la difuminación de la arquitectura, en el tajo de los ojos contra la ciudad, curva que manipula una voz para cavar un pentagrama.
Me despierto bajo ese críptico sueño. Con esa pena abierta en los poros, esa pena subconsciente, encerrada como una polilla en un vaso, a punto de defraudarse hacia el titubeo de otro día sobre éste día. Mis preocupaciones se atragantan hacia los ojos de un camaleón. Ahora tengo que salir, mutar la angustia sobre calles que no me preguntarán nada. De algún modo me gusta sentir la descomposición al abrir los ojos, porque me obliga a elegir los contrarios campos semánticos.
Ahora la carretera, el viaje a la ciudad. Las voces que se quedan quebrando los pasillos. Ese grito de coñac, que custodian los rosales. Mi preocupación en proceso de desacato. Hacia la singladura de un blues. Formalidad de urraca. Utopía de las tranfusiones de las chinches. El verbo manipula al sujeto y éste sale a mangar ropa al corte inglés o a tributar la sidra en un baile con tejos. Aprendí a inocularme en una burbuja de vapor de mandrágora cuando oía rezos en lugar de bicletas, y llantos, en lugar, de chirridos en la puerta. Me meto la procesión tan dentro que creo ya no la voy a encontrar para los tributos.
Yo ya estaba absuelta, antes de conocerte, de tu cuchillo, del agravio, y del nos vamos a estrellar. Cuando se rompa esa puerta, no te librarás del cuervo y su amor de tubos sodomizando tu idea de la lógica. Yo ya estaba limpia, de nuestra comprometida muerte. Con la misa pagada y un cura poseso, tocándose con el cristo y buscando la rectitud de sus intestinos. Ya libre, como un copo de nieve, en en la cornamenta de un ciervo. Ya pagana, de las gotas de sangre, en la copla, en el delantal y en el barco de los infinitamente absueltos y taconeadores de una nueva culpa que suba la líbido. Ya, antes de beber contigo de esa copa la copa había escanciado la ebriedad de la omnipresente música, de los sádicamente perdonados, tiroteados a pierna suelta, a la pista del baile y el ardor.
No es para la pena. Ni para la esperanza. Ni uno más uno y nos sale pi en la eyaculación de un bicho. Ni fosa que grabarse. Ni pelo en la boca. Ni dilo otra vez, con el cuchillo en la mano. No es para nada de lo que puedas imaginar. Te lo aseguro. Ni zorro que te pongas, culto, o gasificante. Su para qué, es todo lo contrario, a lo que diría, el idioma, la carne y la sangre entre las agujas.
Cargo mis ánimas, mi herrumbre y mi cloaca, con el mismo entusiasmo que me creo sirena de tu erección. 
Me siento a salvo en mis pozos insolventes. Con ese gérmen de una lágrima libadora. Y ese sarcófago de un verso de usar y tirar. Tus ojos son las palas que exigiría mi cadáver si entonces tuviera pupilas. Eres mi preferida equivocación. Mi fracaso excitador de la marea.  El peor de todos. El más fecundo por esa cochambre que suelta lienzo y alegoría. 
Nunca me lavaré la mano, de esa mierda, que pactaron nuestras cuadras. No hay agua que se la lleve. Y me orgasma el tacto del rizoma. Carretera y la manta, sobre la cabeza del que se dijo a salvo.
Beber ese voluntario destierro.
Estertor de la luz que balancea portazo y apura, el agua que evapora, en tus ríos de muerto.
Las horas sin escribir, en esa i griega  me graznan, otra vida, alguna vez en una estación de autobuses, hacia algún viaje que no llevaba hacia ti, porque sólo iba hacia ti. 
O deshueso de la angustia. Miro los gorriones. Sólo pienso en gorriones. Me surco mi amor psicótico, al suicidio que portan los olmos. Desmenuzo esa página. Me cuelgo como vestido de muerta, al tacto de los ácaros. Siento la caligrafía de tu sudor, boquear mis paredes. Me invoco a esa huida, disfrazada de vino. Hago todo lo posible, por transformar los gritos del piso de abajo, en osos blancos, tumbados entre las mies, imagino que va a empezar a nevar, que tu nombre es el poso de una copa, que romperá contra la frente de un extraño. Yo no lo veré. Yo sólo veré osos blancos, entre la mies, cuando empieza a helar.
Estoy preocupada por esa ecuación. Y cuando estoy preocupada de verdad por algo, me viola el surrealismo la irresponsabilidad y se me embaraza, del salmo de los perros. Me hago teatro en celo. Se me carga en la lengua, la lengua muerta de los olmos. Y me toman los desvíos, de los desencontrados. Los dedos de los pies, fieles al problema, cosechan el resquemor de los valles, como telas de araña, provocándome, ese temblor del equilibrio, mientras me empiezo a mojar, de un lascivo guión contra la lógica y el realismo y esas flores, flotan en las pupilas dilatadas, como un fuego verde.
Hoy tengo ganas de esa caverna agujereada de tiros de violín y agua estanca de tu tributo decapitado. De despacharme en tu esperpento, la palabra que siempre le sobra, a mi puto diario. Y usarte como la bola china, de esa pena de piedras en apología a la combustión.
Llama A.  Me cuenta la turbia historia, de ese desfalco que le hizo malpagar la canción. Le digo, entre una risa de cirigüeña, no me bajes la líbido, ábreme los sucios detalles, como se rula la maría o llámame cuando estés borracho.
Cuando me tocas, le crecen manos y vaginas a mis lascivas. Y le sale al amor, el retractor empalmado, para procalmar el alcance de su fuego, al boicot de las leyes cósmicas. Y mis verbos, se hacen la mitosis rizómatica, de los ambivalentes. Y me entra el sí y el no, en el mismo agujero, con esa jadeo insobornable de pájaro.
Y la ética entra en orgasmo. Y te empiezo a sentir como a un lobo, como a un volcán, como a un extranjero, como el asteroide que caerá contra la tierra. Y yo soy esa, que será todo lo contrario, si me toca el fuego, en la sorpresa. Y esa que dirá infinitos diegos, a tu semen y a tu muerte, con la maría encima y en delirio místico. Proclamándonos la orgia de los desposeidos.
Lasciva, la coacción, que traes en la ruina, que nos abona la huella. Mi canción de hachís. Y palabra de indecencia, que permuta cualquier pago o tributación. Sólo pedirá cuentas lo bailado. Lo que se amó, como heroína y como semen de cristo en la nocturnidad de un pintor. De lo demás deja que se denigre en el orgasmo. No salves ni cuides nada. No defiendas un puto teorema, ni una cultura, ni una vida. Sólo el fuego. Sólo la canción. 

Ya le di al fracaso, la perfección del verso, la cotización del oficio y el traje de novia. Ya le di, la patria, los beneficios que había sacado, con el virus y el fulgor. Le puse la vela, la deriva y mi masturbada corriente. Tu amor en erección y mi ninfomanía romántica, mi metafísica contigo perpetrado en mi pecho y con él en mi vagina. Le di por si acaso, los cadáveres de los vecinos, mi fosa empalmada y ese rimbombante secreto que dicen los viejos, que tiene el mundo, con una gotita de ayahuaska y Diógenes escupiéndonos a todos, la eternidad.
Se me da vuelta la calada, en tu amatoria.
Se me hacen los cementerios, posturas tántricas, en tu voz de viento de azaleas y metales.
Y yo me dejo ir. Como gota de sangre que resbala en la jeringa de la aceptación. Doy un golpe de brugmansia en los escritorios. Y huyo contra la responsabilidad, de tu sexo a saturno.
Se me alergian las lágrimas, en la dicha, de los sabinares. Narcocorrido del vino que me penetras. Y sólo el fuego ingrávido ofrece señales de pertenencia.
Eres mi puta muletilla, de la maldición del estramonio. Mi si se hace carroña la luna, tus buitres me cruzan en los ojos. Mi si cae sudor de hielo, en mi carne, tu whisky empieza a cantar a los muertos. Eres mi amado veneno, del tengo oculto, en el agujero oculto en la brechas de mis tripas, un pájaro del delirio, preñado de tu cadáver. Eres ese, indefinido, mitad, perro, astro, y heroína. Que habita en mí, como la venganza, de nuestra historia y de la escopeta contra el civismo.  Eres ese que ya no eres el que me fuiste y sin embargo, me folla los mismos versos. Sinestesia, de dos criaturas malditas, que jamás debieron encontrarse, pero y, en su escalofrío, eyacula la belleza, ese horizonte de fuego, destino de lobos, al celo de la luna. Aullarás como Calígula, tovavía estoy vivo!! Y en ese hilo de voz eléctrica, volveremos a sentirlo.
Se cocina el carbón, allá donde tu sombra tiembla, el alfabeto del viento encendido. Abre tu corazón, a los cuchillos. Hagas lo que hagas, caerán, enamorados, contra tu utopía. Abre tus venas, a esa infección de vacío. Digas lo que digas, dirá el trueno encima, el ardor. No vayas de puntillas. Vete con los brazos abiertos, como si te fuera a abrazar, el agujero negro del infinito. Mete en la misma pistola, tu cabeza y la cabeza de la muerte. Quieras o no quieras, dolerá. Que duela con el fuego. Que duela con la música. Que duela, con la sangre en el pentagrama.
Hoy me importa una mierda, el guión de los tejos, todas esas heridas, y sus vinos y sus cloacas.  Hoy siento que se abren las ruinas, contra mucho de lo que amo en mi vida. Y que un aguijón de tormenta, busca la sangre de los vendimiadores. Hoy siento temblar en las porcelanas, el versículo del humo. Y hacerse trizas la puerta, tras la que las palomas se reproducen. Hoy preparo en mi laringe, el opio de los cuchillos. Y dejo correr la lágrima, como sustancia corrosiva, que hará polvo el muro.
Me hago ese cigarrillo. Busco el cáliz de los truenos. Mi palabra de madera, del pensamiento de montaña. Ese cuchillo de viento. Y róbame. Quema todas mis propiedades. Haz de mi nombre una brecha. Que me atraquen los pájaros. Que quede de mí un braznido. Un charco de óleo, en la pistola del tiempo.
a veces no me atrevo a perpetrarte en mi instante, como un mecanismo de defensa, de la noche que te arranque de mi vida, y te miro, con la guía, de la materia inerte de la mar, en el nudo de mi tráquea, y piso lo que me rodea, como si jamás fuera mío, como si estuviera a punto de extinguirse, y hoy, un pavor, al sentirte enfermo, al sentirte caer, ave peregrina, en la pena de los metales, y los ojos de la abuela, en tus ojos, como una tempestad y ese agujero negro, abriéndose en los patios y azotándome la angustia de las madreselvas,  y tu rostro triste, y en tus manos, creí ver las plantaciones de los tiempos del río, las cuerdas de las vides, tocando la canción de la madera y clavándose en mí, como una hoguera de san juan
Ese temblor.  Esa angustia que me empezó en tus ojos. En no poder detener, el agujero negro, encinto con mis venas, al nudo de tus zarzales. Olor de aludes de inviernos eternizados en la garra plateada de los chopos. Ese relincho anochecido en tu alba. Que me toca y me clava mandíbulas de bosque. Y ese mirar la muerte, entre nuestras retinas. Mi zorra droga de los papeles, haciendo un muro de gasolina a la vez que se me abren las muñecas, del chillar de tu querer y del no poder parar a la inexistencia.
a veces me excita que nuestra historia haya acabado en el jugo gástrico de los buitres sobrevolando la sabana en busca de cienos que les cosan en el idioma, el escalofrío
a veces me sube la depomina, al sentir en mi pecho, ese agujero indisoluto, de nuestros cadávares, follando por la propagación del abismo
a veces no te lloro y siento a través de nuestra muerte, el arrebato, de un cielo en llamas, desposándome con la gaviota negra y me siento fecunda, de ese cuchillo de la sinestesia que clavaste en mi espalda y me encaja como dedo a la vagina, el sepelio, me embaraza de vino y blues, me folla mariposas... me da, a la mar.
me es terriblemente fácil
manipularte el verbo
como soy dada a las ambivalencias
y el agua y el aceite se enloquecen cuando me cruza la urraca la densidad
me es infamemente simple darle la vuelta a la cazuela en el fuego y que se me cocine el cielo en la vagina
porque la certeza es un orgasmo que no acaba de eyacular y se lasciva, de cualquier penetración, que le saque viento por la boca
ya estamos en paz amor
porque nos quedamos con la guerra
con el agujero, con la infamia, con esa brecha lasciva, masturbando la semántica, la tumba y la profanación del cadáver
en paz y es la única manera
porque le dimos los respetos sólo a la sangre, al agravio, al déjame echar vinagre en las heridas, destruir esa catedral y abrirle las piernas a la cloaca, preñarla con nuestro amor ratuno y bailar borrachos la copla
en paz porque no arreglamos nada y los dos, manejamos, el fuego del crematorio y sufrimos, como animales de la noche, el fulgor
A veces busco, el amor psicótico, el fulgor psicótico. Cuando me tiemblan los pasos. Busco esa bolsita de sangre metiéndome las vías por la sien. Y oigo una música. De esa belleza de la ultratumba que sentí una vez en mis delirios. Ese orgasmo, de está ardiendo el cielo. Tú eres el demonio y eres dios. Esas alas de gasolina que sentía en mi boca. Ese arrebato, de todos los favores de las drogas en mis pupilas.  En la locura, el mundo, era semen, deslizándose por mi vagina. Sentía que los murciélagos, los buitres y los lobos, me besaban la sombra. Estaba sola, como están todos los locos. No había un sólo semejante al que confiara mi amor. Me sentía una alienígena en un orgasmo constante, devorador, en una sinestesia del exorcismo de todos los placeres. Sentía una belleza enloquecedora, en los bosques, en la madrugada, cruzando la ciudad.  Sentía una bestia indestructible dándome todos los gozos. Sentía que yo era mi muerte empalmada. Que los muertos, me cantaban canciones de cuna, y los aullidos de los perros me daban el salmo.
Salgo a por tabaco. Cruzo a prisa, con esa canción excitándome, las calles a las que no volveré. Me dice una tipa, hombre Mareva si ya no te conozco, le digo, yo a ti tampoco.  Sólo veo extraños. De mi pueblo natal, se tiró por la cisterna, hace ya demasiado, la raíz. Me cae bien el tipo del estanco, no pregunta nunca nada, recuerda que fumo pueblo, me atiende rápido, y me regala mecheros. No sé nada de su vida, ni su nombre. No parece de éste lugar. Huele a algún viaje cautivo, como si tuviera otra historia esperando por él. Cuando paseo por éste pueblo, me arrebata un ferrocarril. Recuerdo un trabajo de redacción en la escuela, ¿qué es lo que más te gusta de tu pueblo?.  Yo hice una oda, a las vías del tren, con esos plásticos y basuras, entre las piedras, esos horizontes de los carriles con olor a polvo y a lárgate de aquí, allá, está la mar, deja esas putas redondas cabezas, entre los cuadrados. Y tírate a la curva.
Te perdí, como perdí una vez el blues, del fondo de la copa, a la cochambre cachonda por tanto entusiasmo y malgaste de versos y éramos siempre impares, aunque nos mataramos por los números exactos y la humedad precisa, de tu cuerpo a la pistola.
Después de que pasan las nevadas y la sangre en el suelo, ya no dice nada de las heridas, ni de marzo, ni de ti ni de mí.  Se hace literatura, el tajo de la garganta. Y lo que una vez fue infinito, araña en celo, polvo en busca de la cama promiscua, de la casa de todos, haber si damos a la luz, entre tantos jugos un bicho que recuerde y toque la guitarra, ciego a opio.
Ese sabor de tierra descompuesta.  Queríamos cocinar el cordón umbilical que se perpetró contra nosotros, el día que nacimos. Queríamos beber la placenta de ese cielo en ebullición que cayó sobre nuestras cabezas, cuando oímos el espanto. Y fuimos a la locura, como se va a una madre. Con las órbitas folladas en la pupilas. Y los cuerpos animales dentro de nuestros cuerpos. La historia de nuestra vida, decapitada en nuestras manos. Y ese fulgor, que sólo haber cruzado la línea, quema como se quema la heroína en la médula. Éramos peligrosos, porque el infierno babeaba en nuestra lengua, contra nosotros, contra quien mirara. Ya no éramos hijos de nadie. Y nuestros ojos en los ojos de los semejantes, eran agujeros negros. Y el calambre, de esa alucinación, ofreciendo metralletas, a la sed, esa sed neurótica y asesina, esa sed, que eyaculaba volcanes contra la realidad. Fuimos a la locura, como se acude a la última oportunidad. Con las heridas, como piedras de hachís, en el bolsillo. Y esa tempestad, en la muerte, ofreciéndonos la miel de la destrucción, el único grito, que calmaba a las bestias que vivían en nuestra sombra.
Se lo doy a la líbido de la ruina.
Al regazo desalmado del sepelio en la profanación de la música. 
Ya no hay retorno. Sólo la ouija del verso. Ese verso que matará a su madre para beber la sangre del paraíso.
Ya no lo quiero en otro contexto. Sólo en el falo empalmado de la abstracción, que lo traicionará tod para que nunca se ablande.
Me digo, eso ya no lleva a ningún lado, sino punto suspensivo, entre gasolina. Róbale al tango, el sí de los perros. Hambriología entre ruinas enamoradas. Mi balcón oferta cabezas de pájaro, a ese tipo que viola a mi despropósito. Y el vuelo me cruza las piernas entre ese esperma de valles e insomnes gritos del no deberíamos haber llegado hasta aquí.

Ya escribe, su renglón, el espectro. Y las lenguas de plata entre los cubiertos, masturban a la luz, para que la carne en tu boca, te sepa, a viaje de LSD. Apareamiento de perdidos, pulverizando la brújula en un jadeo de lobos.
Entrar a esa disputa sin pronombres. Mi pensamiento se hace gas. Me torturo gozosamente del mundo extinto sobre tu boca. Mientras ese cuchillo de savia, deletrea el deseo, entre las fosas. Me procura, el otro yo, de ese lado de los despeñaderos. Con todo lo contrario en el útero de la lágrima. Y esa mojada traición en el filo del pincel.
Anoche el insomnio y ahora abrir los ojos, al titubeo de los chopos ivernados en una vieja historia que abre su corazón de cebolla y cicuta, en la afirmación de la lejanía, como ese tributo de los olvidados bailando borrachos el blues de un batiscafo en guerra. Y me dejo llenar por ese rencor de la cirigüeña mientras despierto.
Se me empiezan a poner blandas las coartadas que dejar morir, en tu ginebra. Blanda la promesa de mis oquedades a tus retóricas. Blanda la petunia del ventanal. El ocaso en la tijera oblicua de tu aquelarre amándome la noche en esa luz que le robamos a los ciervos en celo. Blanda cada letra que el alfabeto me alquila, para el dictado de tu cuerpo en la sinestesia de los campos. Blanda la hora que huye a la hora de tu ardor.
Me froto la insolvencia. El portazo-escópico de ese cubismo de una flor indestructible. Todos rezaban por verla muerta, menos nuestras lágrimas sádicas y asesinas. Sé que por la noche, cuando la manzana, se corte en mi piel, volverás como la caligrafía de mi chillido de maizales, de mi amor de sarcófagos y de eternidad de los torcidos, desvirtuados innoblemente por el fulgor de una mies en cólera. Y sé que volveré a llorar, amapolas por los codos y esqueletos de pez, por los lagrimales. Y me derriteré como un suicidio, en el recuerdo de tu voz. Y un pétalo de opio, debajo de mi cama, custodiará, la traición.
Esa sensación de que podríamos haber hecho más para salvarlo. Como un agujerito de coñac en mi tráquea. Y sin embargo hicimos todo lo que estaba en las manos, de esa tercera persona. Y no era decoroso, para contarlo.
La atardecida.  Y ese sabotaje al DIU de tu metafísica por el canibalismo de un verso en apostasia. Cierro los ojos y eres tú o un protozoo que se te parece. Nos tomo por tubérculos, buscando la humedad de la tierra. De tal palo, tal hoguera. Y nos juntó lo que habría de separarnos. Envuelve la lágrima en el peta y rúlamelo que necesito surrealismo para darle de comer a mi muñeca de estaño y que no se me caiga mi idolatría a la inutilidad.
Me sirvo un vino. Pongo "la bien pagá". Me trastoco de los fondos insolventes. Y cojo las castañuelas. Soy feliz a sorbos de licores zíngaros y teatralidad. Viene el perro. Se pone como loco con las castañuelas. Y baila contra mí. Y " na te pido na me llevo" "no me eches en cara que too lo perdiste también a tu vera yo to lo perdí" "porque tus besos compré y a mí te supiste dar". El perro ladra. Se mueve al ritmo de los golpes de madera. Soy feliz de todos los aullidos.
Tú me conviertes a la apología del benceno.
Haces de mis contradicciones, oquedades en erupción. Y me follas las terminologías del amor, donde su otro-yo se pone púrpura, de nihilismo, vagabundia y flores tóxicas. Haces del amor, el desguace donde siempre encuentro pilas, para la dentadura del espantapájaros masturbador de los puntos cardinales. Y lo haces, eso que no encaja en mi vida, pero encaja como vagina al dedo en mi muerte. Y esa mano de fuego que sostiene una pistola. Y mi sobredosis de surrealismo, obligándome a la ninfomanía para salvar al cuervo albino. Lo haces el baile de las tabernas, al pacto de los traficantes. Nido de usar y tirar, pero aprovecha hasta la última gota la erección de las alas. Y lo haces, mi copa de más, mi patria de menos. Mi si me pongo a recordar esa noche, se caen de mis bragas, ferrocarriles rumbo a Moscú, a la vuelta de las metralletas sobre las plazas, con mis campos semánticos, salvaguardados, en ese fuego ingrávido que me orgasma un cielo en alquiler para promulgar la hacienda de tu semen, en mi utopía de chinche extraterrestre.
El orden que teníamos en el plan de pensiones, se cambió de barrio. Tributamos inútilmente, un sentido. Y ahora estamos condenados a la entropía. Óyelo. Tus huesos en la tierra, serán entropía. El cubito de hielo, en el whisky y en las zonas erógenas, la líbido del Cristo de los vecinos y el sarampión, del no insistas, que de dónde no hay no se puede sacar, asume la deuda, como yo la asumo. Que no te encaje el léxico por favor, que me estropeas, la compota y ya tengo comprado un billete de tren. Que no te encaje el suelo, en tus suelas, que durará poco y de lo ya visto, todo oídos, en la galerna. De los cuatro días ya tiramos de suplentes, y creo que están locos.
Viene una amiga de S. a por los mendrugos de pan para sus gallinas. Abro la puerta y se me cruza ese humor surrealista, de no sé qué aroma, de sus ojos y el vidé que hay puesto con cemento en el patio. Se me contagia esa risa que no puedo reprimir. Le doy el pan. Me mira extrañada. A la vez que con cáscaras de huevo flotante, a la luz del sol. Me parece hermosa. Imagino su gallinero. Una a una sus gallinas, como la apostasia, acorazada con espadas de cartón en el pecho de los recolectores. Creo que tengo que dejar las flores púrpuras si tú no estás en mi habitación.
te me arrancaste de mi vida, como un chute en el brazo ortopédico que tenía para robar manzanas mientras fingía que estaba cosiendo el agujero de mi calcetín
y mi vida se dio a la impostura, tomé tu sangre derramada, como la bendición y oía: hagas lo que hagas, lo harás bien, vayas donde vayas, acertarás, se rompa lo que se rompa, el descosido encontrará un roto empalmado, y me di así, a la voz, gires donde gires, la curva te ama, y es curvo el deseo que echará gasolina en el pasado, en el futuro y en los techos, por la supremacía de la luz incendiable

ya no tengo de nada que preocuparme

así que me entretengo buscando gusanos de seda
y erecciones que hagan del hastío de mis anémonas un collage de flores alucinógenas que perpetren la mar
Ya no practico el melodrama. Sino el guión post-porno de su viaje nómada. Ya no me sale natural, ponerme pálida y llorar un esqueje de rosal o una costilla de jabalí. Ya nadie me cree cuando cuento mis problemas, porque me sale sin querer acento sobre la lagartija y la ginebra. Y se me desastra el nudo del pelo en el que busco una caracola. Sólo lo comprende el gato. Y esa pared en la que hay una rata-puercoespín, dibujada, como crematorio del infinito y seguimos adelante, ya es todo ficción, menos eso que sale de tu cuerpo y al secarse por la luz, se vuelve moho de estrella.
Me siento distraida, como esa mariposa amarilla que al despertarme se posó en mi solapa y la soplé y subió a mi hombro y luego hizo un vuelo tornillo a la ambivalencia, ligera como mi moral. Me siento poseída por una droga y siento cómo el reloj es inmolado a través de los verdes que empuña el azul en venganza. Lo que había aprendido contigo, lo olvidé con el extraperlista. Lo que había hecho eternidad en aquel tren, hizo agujero de gusano cósmico, en el aparcamiento con esa furgoneta llena de tubérculos y ese amor de fareros, a punto de dejar de pagar la luz.
Pongo esa música. Bebo un sorbo de vino. Trato de hacerme garra de tierra. Calmar ese túnel lisérgico que me cruza la sien. Sentir tu sangre en mis uñas, en mi mesita, en la vela que le pongo a la tormenta. No me preocupa, ir a tientas con ese tercer ojo en tu proceso digestivo, agitando en mi bañera, el patito y arañándome la rosa de jericó, donde callo y soy hablada, por esa curva. Los chopos miran. Los chopos nunca olvidaron la promesa de tu muerte. Me recorren el teclado, sádicos de poseerte donde no has nacido o eres las vértebras de un camaleón, enterrado junto a las espigas. Te querré. Y mi amor valdrá polvo. Valdrá nadie. Y me columpiaré en la absoluta vacuidad de haber aprendido a escribir hasta que ese playa a través de su cuerpo me robe todas las páginas.
La corriente. El portazo. La ventana chorrea tu retina, como un remo. Estoy agitada. Con las manos frías. Con la descomposición de una acuarela en la entrelínea. Como salir al verano, arrasando las plantaciones con los párpados. Y ese éxtasis, sin suelo en el que posarse. Celo de brugmansia. Un campo semántico perforador en mi pecho. Esa náusea de ingravidez. La metamorfosis de los balcones de tu afrenta, en mi copa de vino. Como si hubiera fumado esa hierba. Y una manada de criaturas nocturnas, peleara debajo de mis pies.


Ya no recojo. Ni siembro.
Me dedico a la contemplación obtusa.
A sacar partido, de ese cuchillo de plata, que me embalaste entre las tripas de una golondrina y el surrealismo en erección. Y luego a abolirlo. Y "sin dios, sin marido y sin partido" proclamarme mi despatria roji y negra. 
Me doy al amor ornitorrinco de la mies y los peces.  Al frígido favor, de un fracaso consumado y en alevosía, dilatándome entre los dedos, el pronunciar, de algo que no encaja y no insistas que no entra y si lo pones en pie, se le rompe la nuca. Déjalo ahí torcido y apedreado, por el rumor del viento. Que sólo la desequilateridad sabrá poner la canción.
Nunca me dices que me quieres.
Me dices coñac. Pon otra vez esa canción. Hay que rozar dos piedras para quemar el pólen. Desnuda te encuentro mejor la medida del éxodo.
Y yo cuando digo del amor, alargo las vocales, hasta el útero de la luna, y encurvo las consonantes hasta la singladura de la marihuana. Nos ponemos heptaedros, moldeables, abrasivos. Como a punto de encontrar un nuevo trabajo y no aceptarlo. Con lencería nueva. Y esas ganas, del métete por el culo el aro. Que yo sólo paso, si me lo haces una postura tántrica.