Ahora me guardo, como una polilla entre la ropa. Le pido al sol que se va, que me preste las sombras que se lleva. Cierro mi boca a la boca que agita un eco que la página lasciva, en un tipo de luz avara y traficante de hacer de mi residencia, la invitación a los derribos, que a éstas horas se me pegan, como trenes de esperanza. Me hago a un lado del lado que siempre es curvo y me suspendo, como el celo de los chopos, hacia un presunto del todo indemostrable. Me mojo con el amor de esos cuerpos. Sin frontera. Voluntades rizómaticas en el diálogo de la identidad con el fuego. No niego a nada. Ni busco su control. Pienso en los muertos. Y en las noches que se arrancaron jadeos de infinito y baile de mis aledaños. Pienso cuántas palabras sujetaron los posos de vino que soltaron a nuestra memoria contra las cloacas de un no destino que a su vez, nos evocó, como una posibilidad. Y ya no distingo de lo perdido, de lo encontrado. Porque es otra, la noción de la medida, cuando una se desposa, con esa lasciva erupción de lienzos. Y es lo que soy y lo que no soy. Con los ojos que amé. En todas sus vertientes, también en sus cuencas arrancadas.  Desordenadas de la carga del ser y de su vacío. Porque es ahora, el fulgor taciturno, de una conservación que desacata de sus campos semánticos.
A veces creo que cuando me volví loca, lo que ocurrió fue, que mis metáforas tomaron vida propia y quisieron llevarme a su universo, darme una explicación fiable, imperecedera, insobornable. Y todo encajaba en mi delirio. Lo que había evocado con la escritura volvió para escribirse en mi sangre, con la inmaterialidad indestructible de sus propias armas.
No sé nada de ti. 
Si eres tú, ese que entreabre la puerta de una desventura.
O tu espectro jugando a las chapas con mis adictas al fracaso.
No sé si estás muerto.
Si fue cierto qué. Si sólo lo sería si se conserva en tu memoria.
No hay señales. Siempre he tenido una predisposición tuerta a la hora de cortarme las uñas y buscar la flor adecuada. Ha sido la imperfección el verso que procede al perfume con el que los carniceros transforman el asesinato en un paladar.
La atardecida, ese otro teclado, en la cuadra revolviento entre los viejos trastes, encontrar dos posa-tiestos de hierro oxidado de quién sabe qué año y que flores sostuvieron, qué esperanzas hundieron en sus oquedades, pintarlos de verde, transplantar una azalea y un romero, mirarme en la distancia, con esa otra medida que ya ha sido defraudada para que el verbo siguiera conjugando, hacer una compota de peras, de todas esas que sobre la mesa del cuarto sin ventanas se estaban estropeando, merendar peras y una lata de pimientos de piquillo, aguardar esa señal impúdica mientras desvío mi propia atención hacia algún sin sentido que me haga sonreír, y tú ahí, como una fogata, transpapelando mi escritorio, mi humedad. Sólo necesito para... esa gota de vino que no viene de las uvas.
Ahora ponerme algo de ropa encima. Cruzar la calle con esa canción en mis huesos. Ya no tengo amigos en estas tierras, tenía sólo una colección de cromos que le cambié al que vendía maría, por una noche en el envés de un arco-iris. Cuando me muero por beber vino con alguien, busco una perpendicular, desde el abedul, al amor del cuervo, y sólo existe él, como el ultimatum del paraiso. No me puedo sujetar a nada, porque si mis manos toman algo con esa intención, mis manos se vuelven el graznar de una diatriba y se pone todo del revés. Cuando me siento sola, busco metáforas, que pueda tocar, meter en el bolsillo, o frotar entre los chopos. No me molesta la soledad, porque es en la soledad, donde he aprendido a hablar y donde soy capaz a oir los mugidos de la nube embarazada de playas ambulatorias. A veces estoy muy cansada. Y duermo debajo de la galería, como si nunca jamás tuviera nada qué hacer y me despierto con iracundas fuerzas y dicha para hacer nada.  Sé que moriré, si mi página un día lo quiere. Si ella quiere.... pero y mientras, todo va bien.
No me afecta. Le afecta al título que nunca pongo. Le duele a lo que cedí a la ética de los vecinos, para ser libre como un puercoespín. Sólo llora por mis ojos, cuando me siento la histeria de una flor que tiene que maldecir lo que sea, para que siga libando la lluvia el temporal. Y entonces me entrego sin semántica, como si toda yo, fuera el aullido de una brecha. Es como un arreglo exprés, un parche lisérgico, para mis desamparados renglones goteando entre tus piernas en busca de ese verso que sabes que te robaré para poder hablarte de los cosechadores.
Tendrás que ir a buscarlo al olvido. A eso que dejamos sin pagar en la habitación. Pasaron tres meses, lo suficiente para echar la culpa a otro que no tenga porqué dar explicaciones. Se hicieron medusas, dentro de ese afrodisiaco, en pos del collage, del alter ego, del pintor bisiesto y con adicciones que nunca entendería esa suegra, que ambos tomamos por igual, necesitados como estábamos, de un vínculo que el triángulo, asemejara al ojo de dios, pasados de nocturnidad y tengo un vacío que me lo explica todo cuando me confundecon una puerta de emergencia que carece de paredes.
Como de ti, a través de la contemplación de la belleza ratuna. Y me duras y me duras, como un pleito que sube la dopamina. Palabrita que destruirá el verso. Casamiento que abortará la metáfora que da los anillos. Tómame por una perturbada. Así nos encajará mejor el razonamiento. Yo te tomó a ti a la buena de dios y bola de hachís, cruzando el aeropuerto. Ahí dentro de mí donde vive mi última novela. Trágica como la sangre que le dimos al vendedor de alfombras. En tus ojos comprendí el acto del coágulo en esa obra que me haces por las noches.
Me metes esas cosas en mi cuerpo. Y se muere de gozo sobre la mesa, mi notaria. Me haces esas cosas, y se me ahorca en el olivo, mi religiosa con todos sus motines de rosario. Como si fueras tú mi heroína y cuchara de mar.  Paraíso artificial tiroteando a la retórica. Y yo me suelto de la tierra. Y mi pena y mi somba se mete en la tripa de la serpiente, a boquear manzanas a la luna. Me extasia esa alegría del cuchillo en la misma mano de la eternidad. Y comprendo con eso que aún no he alcanzado, que lo importante,son los libros y las patrias y los porvenires y las memorias... que se mueren en el orgasmo.
Me doy a la ropa de los que ya no existen y sigue en los cajones de la mesita.  Esta casa está llena de rincones de mundos perdidos, como mi memoria.  Una vez hace ya varios años, lo perdimos todo. Abrí los ojos, y no tenía ningún significado, mi vida, ni tu vida, ni la puta vida del sol. Había olvidado casi hablar. Había olvidado mis sentimientos, no entendía lo que decían a mi alrededor, mi pensamiento era una masa incandescente de ecuaciones de combustibles. Eso sólo lo saben los que se vuelven locos y desde aquél lado, ahorcan con venganza a los suelos. Volvimos. Por el camino de la curva. Por el amor de los murciélagos. Una vez me dieron limosna en Madrid.  Una vez un tipo me hipnotizó supuestamente y me dijo que me encontraba en el vientre de mi madre y qué que ocurría fuera, yo no me encontraba en el vientre de mi madre, sólo en una surrealista y estúpida situación y le dije que mi madre estaba tomando cocaína, en una cocina en la que había un paraguas encima de la mesa, un vaso de agua y un libro. A él le empalmaron mis invenciones y seguimos jugando a la terapia del beleño. Una vez quise matarme en las calles de Sevilla, y tres meses después, entendí que lo había conseguido y que por fin lucía el ocaso esa barca que codicio en la mar.
Te he buscado. Tú a mí no, si no hubieras sabido. También busqué una vez, una hija adoptada de la luna, que diera de comer a los buitres y a mis muñecas de cera. Y ella tampoco me buscó. Y no hallé sino la sed y ese néctar que colocar en la pipa para que se hicieran los suficientemente largas las noches para que me diera tiempo a ponerles botones a las cicutas. Me hice un tajo en el brazo, para llorar por ahí lo que mis ojos ofrecieron al olvido. Y en su sangre lo supe. No importa que te encuentre. Sólo importa lo que la rosa de jericó le dé a los ríos.
Esa historia tiembla en el papel, una metáfora que nunca haya acariciado. Te lo llevaste, desde el lugar, en el que la herida era más profunda. Y me negué. Y no supieron mis manos, ni mi equipaje. Y lo porfié, en el engaño de las aves. Los árboles lo recuerdan y cuando los miro, soy recordada, por el sombrero de la muerta, el rosal y el charco que se secó dejando la forma de una guitarra y un hueso de jabalí. No sé hablar desde qué, de aquella manera, ni aquella manera, me toma la cincura, ni la muerte. Sabe a derribo y a usurpadores, frotándose el esperma, en la bendición del fuego. Y algo mucho más lejano, algo perdido que no sabe nombrar su propia falta. Y ocurre, como que el sábado, traerán el hachís. Y no soy de aquí ni soy de allá, me cantarán esos ojos. Y luego, si pudieras llevarte los pasillos, me estorban tanto, para imaginar que los rayos de sol, tienen cuchillas. Y otra vez al torniquete, de perder la voluntad, contagiada por la flor, como si quisiera hacerme una piedra, hablando con los elefantes. Ni gota de acto, ni de creación. Ni decido. Ni otorgo. Ni poseo. Sólo siento, algo que desconozco, no sé dejar de sentir, y me empuja, como la violencia, de un imponderable hacia algo que a la vez soborna a la sed de mis pupilas. Y fumo. Y oy parte del lienzo que equivoco en los cadáveres de polillas. Parte de la materia prima de una inexistencia, que cabalga el rencor de horizontes divergentes de un nombre que ahora es muchos sexos. Y ninguno me hará madre. De mí sólo nacerá un verso condenado a desaparecer. Y es ahí, donde mis pechos se sienten alimento de lo que la mar me roba. Y soy casi feliz como un buho, con un gato en sus garras.
Quiero un tiempo huir de ellos. Apartarme. He aprendido a ocultarme de los árboles para oír la dicha de su sombra. Sé que un día, este lugar, será ruina y no querrá venir el apuntador ni a embriagarnos un nombre. Sólo lo comprenderá la urraca.  A veces hablo con el gato. Palabras que yo aún no entiendo. Y creo que él las otorga, el ventanal y el suicida. Él, las aprisiona en mi sangre y las infecta de esa intemperie que libera, la condena de la página. A veces todo depende de lo que el cuaderno olvide. Y me declaro muerta, frente a ese mundo. Y me digo, eso no será para ti, conozco esa alegría sólo de los libros, sólo de asomarme a la ventana que da a ese pajar. Y me digo, si no fuera así ya estaría en el cementerio. Si no lo aceptara, no hubiera resistido a ser tragada por la mar.  Hay muchas formas de llegar, todas están húmedas, todas presienten un aullido entre dos trenes a punto de chocar. Se llega sólo cuando ya no se quiere llegar. Y todos los sitios, son esa boca de fuego.
He llegado y estabas muerta. Era un error el sueño. Tal cual te recuerdo, en esa silla. Tal cual queríamos los que no sabíamos querer, con los ojos presos en los ojos, cosidos por la luz de los irretornables. Haga lo que haga, no resolveré ese anacoluto. Y la sed. Porque es la única patria. Vendrá a buscar el canto. Primero en forma de cieno y cuchillo. Como la automutilación del verano, en mi cuello, en los brazos que protegía como remos, para cruzar el río y no volver a hallarte.
Buscar esa calada. El cuaderno de los crípticos sellados bajo la metáfora de los prestados. Obligarme a la sangre. Punzarme hasta que sienta algo definido. Algo que no sea leve, ni negociable. Algo, aunque sea sufrimiento. Que me desperezca, cubierta de esas sobras que no se llevará el tiempo. Erosionar en mi interpretación, ese agujero, invocarlo, hacia el acto del pronombre, en ese carnaval, del gira y sigue a lo que negabas. Hasta despertar. Hasta que la tinta sea otra vez, esa sombra de murciélagos. Y posea, al espacio, a la memoria, a la intención. Y me mute a su antojo. Y destruya lo que el día quiso dar de pastar a los corderos.
Hoy estoy separada de los papeles. Como si esa guerra hubiera contaminado la mies, en tus ojos salpicados en el autobús que pasó a las 11.30 y era equilátero de perpetrar el desorden del olvido que no hemos terminado de cubrir y tal vez nunca sepamos. Sólo se arregla escribiendo. Pedazos para los contenedores, para tu mano temblando la afrenta de un vino, en la calle que cruzaste por última vez para despedirme de todo lo qué y fue insobornable.
A veces soltar. Imprudente de la inconservación de su verso. Tal vez será peor cuando no tenga la capacidad de hacerme sufrir. Oigo a Shubert, desde que leí esa página, desde que cambiaste el nombre del sol, sobre los cadáveres que apila el Sena en la alevosía de su olvido. Y siento que corre por mis cuerdas, el aguijón de un viento que apartará lo mismo que nos trajo hasta aquí.
Llegar a mi habitación después de más de diez días. Reconocer ese olor a madera y frío. A corriente de sombras que disipan en mis manillas otras distancias. Mis bolígrafos, el tiempo que no ha ocurrido, que nunca ocurre en esos armarios. Empezar a abrir los ojos. A buscar la escritura a la vez que una parte de mí quiere huir a esa otra lengua muda de barcas que atornillan el viento donde los pasos no pronuncian.
Abrir la puerta. Estresada. Tirante. Óxida de esa canción de arena. Sacar las cosas del coche. Regar las plantas. Tantear la cocina. Hacer esa llamada. Al tanto de y de. Pero reconocer el mugir del río. La casa al fin fría. Los chopos, la montaña. Respirar. Abrir el tiempo a ese otro tiempo. Pararme en la madreselva. Oir el alfabeto de esa pupila soterrada. El encuentro de algo mío y lo inefable.
Soñaba que jugaba. Que todo era una manera de jugar. Al abrir los ojos, pienso en ti con ternura. Jugamos mal, pero perseguíamos la inocencia y la belleza, el amor. Lo perdimos todo, pero sólo jugábamos. Me hago el café y el cigarro, aún no estoy escribiendo. La ciudad me mira como la retórica que abandoné en aquella costa. No tengo dinero para ir a la mar. Busco sustituirla en un agujero de la página, en algún trato con los montes. 
Ahora tengo que salir. Comprar unas plantas y pinturas. Y en una hora, volver al pueblo. Echo de menos los chopos. Echo de menos la manera de escribir allí. Me urge unirme a las metáforas. Al tipo de tajo que pronunciar desde ellas hacia el acto.  Adentrarme. Dislucir la angustia de las líneas de mi mano en las bañeras de esa nocturnidad.
pongo música clásica, siento que se apacigua mi ira, que en algún lugar una isla cava mis huellas contra el pronóstico de un mapa.... 
pienso en tus labios desvirtualizados en el whisky... la distancia fue una lágrima que no supimos cruzar... hoy leí esa carta que escribí en mi cuaderno en la primera nevada del otoño,  mientras el cadáver de mi abuela estaba dentro de una iglesia "Querido K. estoy entre la nieve a bocajarro de una puerta de fuego que se silencia entre las distancias. Pienso en ti. Y no pienso. En mi abuela. Y no pienso.  En todas las palabras que hacen costura invernada entre la música. Te has ido hacia los árboles. Vela en la iglesia el cuento que no conoce tus ojos, que no conoce ningún ojo. Y te despide el rito que no conoce tu sonrisa ni nada de la muerte. Mientras la nieve y se abren ríos de silencio como portazos. {...} Es a ti a quien busco. Tus manos. Abrazarme a ti. Tengo encharcados los pies de los caminos que no recuerdan los nombres. Avanzar el silencio entre las manos, savia de nuestras bocas.{...} "
hoy tengo un mal día
hoy tengo una esdrújula escurriendo como una polilla en mi espalda, marcando el veneno de alguna mancha que el surrealismo devoró en mis noches
me llaman y me interrumpen el poema
siento temblar en mi pecho la ira, un odio irracional, perforador, como si el instinto de la noche buscara al hedor de los jabalies
oigo el reclamo sólo con un poro y me doy a lo cortante, no me importan sus motivos, no quiero ser la comprendedora, ni dar ahora ni una mano, quiero que arda el teléfono y todas las coberturas, la discusión se desvía a otras discusiones, me siento insaciable en la crueldad, electrificada al romper de todas las vinculaciones
hay días que no soporto a las personas, cuando mi interior es gas y voy a la página en busca del nexo, en busca del aire y me viola una realidad que no quiero, no puedo contenerme, siento que pierdo la medida, las emociones, cualquier otro pacto
he estado fuera de mí, en la mandíbula del cordero, o con las sillas del revés , sobre tu mesa de sangre, cuando decir verano es perderse para siempre, no he estado con la complicidad del olvido, ni la memorio pagó los vasos, como esperando a alguien, con la esperanza ahorcada en mis sienes, y esa fiebre que me da a veces, cuando siento que es alucinación mirar atrás y recapitular motivos y que los insectos son cuchillos buceadores que oyen lo que no quieren oir las personas
desde que he vuelto, mis pies son la sombra de algo que se subió ayer al tren y no dejó noticias
o esa manera de pestañear una posibilidad que es digerida por una semántica que cuelga de tu cuello, desde mi ansia, sólo figura hacia tu espanto, como ese verbo que uniera al fin los vacíos o mi maleta agujereada con tu afrenta, óxido de las ciudades que murieron entre nuestras bocas
no he estado, ni cuándo, ni tu madre lloró lo bares perdidos, ni si te acercas, me caeré por tus ojos y seré descampada, no, hoy no, si en la semejanza de ese olvido agrietado que follaste en mi pelo, cuando el campo era una manera de quedarse, y luego el nudo de viento, un desierto prestado, no dejes una silla libre, que nadie te vea llorar, abre sólo tus manos, cuando el reparo le devuelva el nombre a los lirios
Llegar desgajada de las palabras, alsorvida por una noción de tiempo divergente, como si mi pensamiento se hiciera tránsito de algo lejano que no se usa de mi idioma. Como vegetación sobre las piedras. Creí ver el tiempo dilatarse cruel, a la vez que adquiriendo las vértebras de algo inerte, en sosiego, como las piedras de sal en los prados para el ganado. Algo distinto al hastío. Como una fiebre. Un motin de la inspiración chorreando tejados. Un punto de fuga apadrinado en la lengua de las abejas. Y eso me empuja, al deseo de huir. O de hallar la vertical que desangre el orden. Esa extraña sinestesia de vientres sin raíces abiertos a metáforas sin destino.
He acabado el libro. Y sentí al leer la última palabra que se ponían a hervir hacia el olvido, las otras 500 y pico páginas. Como si la urgencia y el gozo que había sentido cuando la historia estaba abierta, se dislocara, como esa semilla del sueño a otro lugar dentro de mí que se convertiría en una intuición y todo su conocimiento, en una fotografía sepia, colgada de un tendal, en una habitación abandonada, aguardando al cuervo y la luna. Supe, que lo que permanecería de ese libro, era lo que esperaba leer pero no apareció en la obra. Lo que yo quería, lo que me mordía como el fuego y no fue nombrado, ni resuelto. Mi subjetividad en celo.  A la vez que ese olor, de cuartos que gimen y se transforman en otros cuartos, en dos bocas que se unen o una brecha que separa, la médula de un aullido, en la erosión de un yo, frente al viento.
dejo aquí para cuando regrese, mi anacoluto precintado, entre tenedores de viento y cuchillos de afirmaciones que se desafirman crueles si te acercas y me desnudan y me atraen a ese olor que emiten tus metáforas en mi celo, como el opio

voy a la mitad dormida por una polisemia de insomnio, como si hoy no fuera del todo persona, y mis piernas se cruzaran dentro del barro mientras esos ojos expiran en mis ojos, la comprensión de la luz y del destino, por un volcán que presiente la cópula de las sombras entre matorrales que el olvido quemó

voy atravesada por un abstracto, como si no pudiera reconocerme, en el eco que envio a los semejantes y una especie de niebla sin raices me custodiara hacia algo no transitable, sino en mis venas

voy suspicaz de no llegar nunca, con el síndrome, de los poemas que no podré escribir, al ansia que agujereé a la realidad, por un vocablo de ciervos en las líneas de mi mano, mientras muevo la silla, te invito a sentarte, me abro el pecho, te lo ofrezco todo y oigo a esa urraca, gemir la inviabilidad como el furor de un lienzo que arde sobre nuestras cabezas
otra vez la tarde fuera
ese libro que temo acabar y no puedo dejar de leer
el cuaderno con el guión de los perdidos y tu sudor clavado entre los tachones y sus cursivas
el misticismo que entrego a la desesperación de lo inerte, como una dicha invertida, de la alegría del vino, agujeros en las paredes apuñalando puertas en mi esperanza, como una música metálica desgajándome la ropa y ese sentir que entro a un mundo que se sale de éste y que soy poseída por el desacato de mis sombras hacia el oficio del delirio de un pintor en el terrorismo de una vegetación que fractura su metafísica hasta el dislocamiento de la noción de la realidad por un furor robado a las bestias
mi desosiego
del sí robado en tu sexo
traficado en mis flores
incendiado en el abandono que ofrecen tus manos al silente del viaje
que cada noche en tu angustia, boquea mi sudor, como esa insobornabilidad, de nuestros cuerpos unidos, por la misma luz que oscurece, el terror del romanticismo, en el whisky, como el claro de luna, violencia del puerto, soterrado en tu garganta, por la que entro desnuda para vestirme, de las ruinas que proteges contra la muerte en mis pechos, en ese porvenir que nos defiente y ebrios desposamos, con el jadeo plural de un rosal derrito en las aves de la noche
Tengo como varios yoes, con sus cuadernos, sus esquinas, sus cloacas y sus vinos, amotinados hacia una búsqueda, contradictoria entre sí. Cada uno de ellos, lasciva con violencia, la manipulación, de sus metáforas, hacia la conjura que la mies deja en los cuervos. Se muestran en la página, ahí tal vez, se anexan y dialogan. Pero fuera de ahí, me exorcizan, hacia algo casi imposible. Cada uno de ellos, es pleno con alevosía. Con su pecho y su sombra y su sueño.  No sé cuando se separaron de un total. Tal vez desde siempre. Tal vez porque, un divergente horizonte. Porque una cruel contradicción exigía una múltiple vagina y un alma, con un teclado de cosechadoras de distancia e hilvanadoras de intemperie. Conozco el fulgor de sus ciclos irregulares. Su menstruar de la canción del tornillo y el exceso de ginebra.  No sé si hay un hueco en medio o una metáfora.
Tu voz, entre mi ropa, como un abismo de indefinible gozo. Me posees catedrales, al filo de la gasolina y los mecheros. Expiras en mi cuerpo las otras vidas. Y soy atraida en tus intenciones, como el coñac porta la saliva de los pájaros, en esas cantinas de insomnio y de inabarcabilidad. Cuando, te aparecs, como una guerra, en la entrelínea que el silencio copula en mis poemas, sólo tú, penetras en mi idioma, la humedad insobornable de las lenguas muertas.
No llevaba nada. No quería nada. Sólo deshacerme de ese rosario de hachís de mi sombra. Al cruzar el río, lo supe, nada se quedaría, pero ese escalofrío de tus ojos salpicando sangre de salmones en la pobreza de mis manos, sería una llave que no podría tirar a la basura, ni dársela a los lobos. Me puse triste. El intento mancillado del olvido, en mi cuerpo, como un esqueje de mandrágora. Y ese autobús, al otro lado, trayendo y trayendo, el otro lado.  Y un hollín en erupción traficando con mi memoria.
Siento tu presencia. Desde el asombro de las ruinas. Como un cadalso eléctrico, en la tripa de una trucha, portando el río, como se porta la enfermedad de un infinito. Dentro de mí, no como una afirmación, ni un hecho, ni una esperanza, sino como un tren que cruza, cada mañana a las 7. y 8 minutos. Y yo llego siempre, demasiado pronto y demasiado tarde. Y soy atraída cada amanecer, cruzo las calles y me pongo en las vías, como si otra vida, dentro de mi vida, velará por ese destino del todo trágico. Alcanfor del otoño, protegiendo los vestidos de los muertos.
La posesión del abstracto. De ese inefable teclado de los objetos en la oblicuidad de mis retinas. Premura del éxodo que sólo tu cuerpo bateará en mis orillas defraudadas. A veces soy esa que no tiene donde volver.  Como si lo hubiera elegido en el amor de ese cadáver. Y viera en los rosales, la plasticidad de una constelación extinta, haciendo muñecas de cera derretidas sobre tu sangre, coloreándose por el mismo grito, que compartieron nuestras bocas. Creo que en algún momento, elegí lo inexistente, no sé si con mis poros, o con ese poema que olvidé en tus sábanas y busco hambrienta en la sombra de los ciervos, sabiendo a la mitad que jamás recordaré ni una de sus palabras.  En algún momento, elegí desaparecer. Y esa críptica voluntad se aparece en mis sueños. Sólo la escritura me otorga una sombra. Sino creo que me volvería, el respiro de un animal entre los matorrales. Tal vez no pudiste entenderlo, o mi urgencia de explicártelo, lo volvía todo lo contrario, como una maldición de una metáfora.
Recuerdo ese bar en el pueblo. La camarera me pidió en voz baja que me quedara, que tenía miedo de esos tres tipos que habían entrado. Tenían diferentes edades, mochilas y algo estrafalario, profundo, desarraigado. Bebían whisky. El más viejo de todos me empezó a hablar. Yo sentí una atracción innata a su voz. Recuerdo que me dijo, tú no eres como ellos, eres como nosotros, lo dicen tus ojos. Me relató una leyenda que casi he olvidado, sobre un asesinato y un lirio, un lirio que creció en la sangre. Todo lo que él hablaba, poseía en mi subconsciente, algo paralelo, algo que en aquella época me rasgaba con violencia. Algo surrealista, sangriento y a la vez oscuro. Una extraña empatía de un viento de polvo, de una entraña.
No creo que haya algo determinante. No creo que me pueda equivocar. No creo en todo eso, del saber elegir. Del camino correcto. De la culpa y la pérdida y. No creo en el destino. Lo qué. Es irrenunciable. Corre por las venas. Permanece. Habita como marabunta en el pecho. Hagas lo que hagas, te empujará así mismo, a través de la angustia, el espanto o la mar. No creo en los caminos de ahí afuera, no creo lo que implique la realización en base a los semejantes, al oficio, a la posición. Creo en la patria de los abstractos. Lo otro para mí es materialismo, azar y decoración.
Una zona de mí muda, oculta, pretendiente de esos objetos ensilados en los andenes o esa manera de recordar sujeta a la evaporación. Inmigrante verbo, de ese verso que aprendí con tus cuchillos y que no eran tal, sino la densidad de una biblioteca de huesos y mochilas y trenes y vacíos, sin agravio, sólo la entraña vinculada a los espacios externos y a sus fueras de campo perpetrados en la manera de abrir la puerta, cruzar el patio, mirar el buzón o tomar un bolígrafo. No nos perteneció el daño que nos hicimos. Pertenecía a algo mucho más lejano y profundo. A un tipo de llamada hecha fuego en la insomne rosa de los caminos que se parten. En el fondo no pudimos obscenar una responsabilidad y creo que ni siquiera una voluntad. Devorados por las mismas pinturas que soñamos trazar como puente.
Ahora miro el ocaso también con el silencio placentario de una renuncia. Lascivo hacia el surrealismo la corrosiva alegría que una vez en tu cuerpo. 
Ayer algo distinto, al caminar ese sótano del hospital. Como si supiera algo. Entendiera algo que hacía mucho que se había presentado, como una intuición y una angustia. Y sentía un brillo especial sobre la interpretación ocular en la materia muerta. Algo que me unía también a todo aquello que viví en mi locura. Como un tránsito entre esas opuestas dimensiones. Como si viera mis manos de bebé y un llanto, a la vez que una luz violenta en ese olor a barro que conectaba, todo lo que alguna vez. Me sentí sola y a la vez fuerte. Como si tuviera sentido, cada milímetro de la velocidad y cada kilo del vacío. Y sintiera ese otro camino que emana de las cosas quietas, con la furia, de lo irreprimible.
Llevo muchas horas sin escribir, cuando me veo obligada a abandonar mis papeles, me posee un desarraigo, un síndrome de abstinencia, que me hace cóncava la insinuación de la búsqueda. Me divide una especie de licor, la complicidad con los significados. Y luego al acercarme a la página, tiembla el filo de una distancia adoptada por mugidos. Creo que hoy soñé con reses y con ese libro, cobraba vida a través de personajes, una anciana, que a veces era un adolescente, creo que vivía en un cuarto de baño y al hablar, se le abría el pecho. Había un objeto que le vinculaba con ese otro personaje, un objeto ambulatorio, que se movía y entraba y salía de esos paralelos escenarios. Yo no estaba en el sueño, sólo mis ojos.
Despertar con ese sueño, dentro del libro. Pensar en el libro al abrir los ojos. Ese libro que me lleva a él o al espectro de él, en ese lugar donde las cosas se detienen, no se puede decir que existan, pero carecen del olvido y de la muerte.  Saltar de la cama profundamente dormida, actuar por inercia, reconocer así el espacio, el camino al servicio, a la cocina, el café, liar el cigarro, sentir otro lugar que me llama, otra noción del tiempo a la que pertenezco. Hallar un desasosiego de alguna semántica, una fractura que se hizo en mí a través de la naturaleza del rostro de los desconocidos o algo que temblaba al filo de tu puerta y ese desarraigo qué. Me vienen palabras que alguna vez le dije " a veces sólo te soy fiel en la herida y no quiero cerrarla". Reposan flotantes en la construcción de una especie de omnipresencia agujereada. Y la ciudad se mueve, a la mitad muerta, como todos los domingos.
Coger mi cuaderno y salir. Todas las preguntas beben de los mismos pechos, que una playa, una biblioteca y un escalofrío. Todos mis errores, entre las piedras, bucean, al tacto de las algas, que los convierten en la misma semántica que mis soluciones y mi dicha.  Nunca nada ha salido mal. Todo ha sido comida y vino, para la canción. Hoy lo sé. Con tu sudor, en ese lugar de mi vestido. Todo ha sido perfecto. Has de venir a las cinco para que te lo demuestre.
Tengo que arreglar esa interjección y sólo en el amanecer del después de los excesos aparecen esas místicas soluciones, de la alquimia de los maleantes, a punto de encontrar un oficio. Hoy sé exactamente lo que tengo que hacer con esa sota de amapolas y ese lirio con el alfabeto de tu semen. Hoy sé qué hacer con la escoba y el patio envuelto en esa retina. Y cómo cicatrizar el desfiladero hacia tu alma de tomillo y whisky.
Comprar ajos y cebollas. Tabaco de liar y frutos. Pasear con mi desvelo derrapando en mis sandalias. Como a punto de hacerme una flor amarilla. Mirando en todo la distancia y tu salmuera. La distancia y tu coche aparcado en mis corrales. La distancia y la caligrafía que le debo a los agujeros de mi memoria. Cuando se camina con resaca, es otra ciudad y otro el olvido. Los ojos de los desconocidos parecen invitar a una perversiva confesión de fuego. Como si todos supieran algo que hemos perdido en el envés de una copa al escanciar de luna. Como si todos ellos hubieran estado conmigo en ese lugar de la no tierra. Y una erótica de hojarasca pronunciara la luz del sol, en las hilvanadoras del tiempo que gotea en mis poros como fruto de la imperfección.
Hoy tengo que ir al hospital y creo que hoy sí, me escurriré entre los ojos de mi abuelo como las mismas sábanas blancas y esa luz tardecina de los cristales presos entre los álamos.  Hoy seré del todo, amotinada, por el verde de su mirada. Sin ni una coartada, ni un quizás. El abuelo no está enfermo, sólo esa infección. Me habló con una lucidez que nunca le había oido, de su pasado y sus heridas, sus 92 años de memoria, como si al fin, las tuviera ordenadas en sus manos como barro, en paz, en furia. Jugamos al tute. Y paseamos por esos pasillos, yo lo quiero llevar al sótano, al patio, al bar de enfrente, pero él dice que le han dicho que no puede salir de la planta, pero y qué lo que digan, nadie nos ve coger éste ascensor y los viejos ya son libres, pero no cede a mis reclamos. Aunque sí que quiere que le suba un café con orujo. Él allí se aburre. Sin su corral y su arena y cemento y su lavar a mano su propia ropa y su creación de sillas y mesas y sus brochas y pinturas y sus serruchos y martillos, sus puntas reciclables y sus ganas de hacer y vivir. Anda muy despacio, con dos muletas. Tan despacio que le da tiempo a escuchar todas las estrellas. Pero es capaz a tirarse al suelo. A ponerse de rodillas para escarbar la tierra. A subir escaleras de pintor, incluso el otro verano se subió al tejado del cortechín. Es capaz a traer calderos y leños. Y a desprenderse de sus muletas, cuando su fuego le exige atizar vientos.
Hoy soñé algo que no he podido olvidar. Algo que me delató desvergonzadamente, me procuró el éxtasis y una mecha de gasolina. Me dijiste pero y? y yo te ofrecía un teclado, para esa otra semántica. Un teclado de niebla y alcohol. Un teclado surrealista. Adaptativo, promiscuo y divergente, para lo concerniente al compromiso y al amor. Y te ofrecía fuego en mi vagina. Y sentía esos dos mundos separados. A la vez que peleábamos y nos amábamos, entre esas dos realidades como de dimensiones empíricas.
Me impongo a mi misma, reaccionar.  Buscar el deseo. El estado de la perpendicularidad, también procura un surrealismo más poroso al gozo, a la sinuosidad. Una pupila dilatada al mugido y no al verbo. Un misticismo desobedecido de su intención, de su utilidad. En sí mismo, portador de alguna esencia. Siento lejanos todos los días que he vivido. Pienso en la mar, en esas horas sentada a la roca, absorbida. Tal vez consiga dinero para poder ir unos días, aunque creo que será complicado y dependeré de algún factor sorpresa y excepcional.  Pero creo en los pactos de debajo de la mesa. 

Hoy mis campos semánticos han sido arados por un loco. Me acaricia un espejo derretido. Evito cualquier letra del remordimiento. Y me doy a ese recuerdo en el remache de una metáfora en la que creo que reías como un obseso.  No sé qué que debimos a hablar a más. Y qué puerta no debimos abrir pero su luz batió como una gaviota en celo. 
Ducharme y sentir una inmensa paz en el agua, como si se me lavaran todas las brechas de anoche. Hoy tengo algo de resaca y mi página lo sufrirá. Lo acepto. Hoy no escribiré de los cosechadores al trino de la luz tramposa que en su cuerpo llevó mi vida a otras coartadas. Hoy tengo afonía de haber tomado ayer quién sabe qué palabras y no recuerdo cómo vine a casa, pero todos los caminos llevan al mismo sitio, cuando se niega la permanencia y se sabe que vendrá otro viento.Las sombras recuerdan los ojos que nos hicieron reír.
El día abre una fractura y a la vez una metáfora hipnótica. Voy a dormir. Se me cierran los ojos. Soy poseida por una barca de humo. Por unos ojos que se polisemian de la niebla.
Abrir los ojos a la sed, sentir un tambaleo, un zumbido en mi cabeza, un punto de fuga en la atmósfera de la habitación, recordar levemente la noche de ayer, salir de la cama a las piernas de la tijereta, beber agua, sentir mi pensamiento en un lugar lejano, cubierto por hojarasca, inaccesible. He dormido con el vestido, con las medias, con no sé qué lágrima de autobuses en mis labios, no quiero recordar nada de ayer, no me importa, abstraerme hacia la incandescencia de hoy,  tomar las manchas de la amnesia como lo bello.
Hoy tengo sed. No sé qué grito de algo que falta. De algo que se me anuda en la laringe, como una combustión. Esas ganas de enloquecer. De cruzar la línea. De volver a sentir en los puños, la fiebre. En mi cuerpo la juventud y la locura. Dar una patada, contra el órden, contra la salud mental. Contra el civismo. He renunciado a algunas cosas, al volver de la psicosis. Como si mi propia idea de la locura me hiciera de velo. Yo sé aquellos fuegos de entonces, no eran viables para vivir en éste mundo, pero ésta sociedad no es viable para vivir en la dignidad. Hoy tengo esas ganas de mear en la acera, enfrente de la comisaria, De embrujarme de whisky. De boicotear mi propio sosiego.  De tirar por la cloaca mi responsabilidad, mi mesura.  No temblar. Y hablar sangre. Contra todo sentido común. Contra el convencionalismo. Mirar como mi carne se abre. Me duele haber nacido. Me duelen esos ojos de cordero pagando impuestos mientras les sacan leche y costillas. Me jode la pistola que no tienen mis manos y ese tipo al que nadie le ha cortado la cabeza y se dice presidente. Me jode el orden en las calles, que no se oiga el alarido del hambre y la injusticia, tirando las puertas de los que tienen techo. Me jode que no haya una hoguera en medio de la plaza. Que los coches de la policía no teman al cruzar que les caiga un bote de gasolina. Me jode vivir en paz hoy, cuando no existe la libertad y somos consumidos por cajas registradoras de la indecencia. Me jode que no estés tú conmigo para planear algo, algo que nos salve la impotencia y nos vuele como pájaros.
Pero me quemaré en esos ojos. Y beberé hasta que halle el ardor que me abrace la muerte.
Tirítame ésta noche, la luz de los desamparados. Nunca me dió una borrachera llorona. Las peores eran las de los mundos hacia dentro hasta que el cuerpo digiere todas las palabras, sobre calambres de hundimiento y pérdida de sentido, cuando ya se ha perdido todo. Luego aquellas del exibicionismo, que a veces acababan a pelea y derroche y mis vergüenzas han sido del todo asesinadas, piensa mal de mí, yo vengo con las ganas del indio, a perder y no pagar. Recuerdo aquella en ese pueblo cerca del mío, que fui yo misma a la comisaría, cogí piedras y se las tiré sobre una ventana que había luz. Se asomaron. Les expresé mi desprecio. Y les dije que su oficio estaba destinado a la muerte y no sé qué otras cosas. Me insultaron. Y reían. Cerraron la ventana.  Les tiré otra piedra. Y luego vino a buscarme un amigo, librándome de más jaleo. Ahora ya no bebo así. No me hace ese efecto casi nunca el alcohol. Y no sé si es algo que va a peor.
Ese vacío. Placentado en mi inclinación. Como mi brújula. Mi inversión al alfabeto de la gasolina enverdecida en tus labios, como el digas lo que digas, saldrá perpendicularmente, al fuego de lo contrario de lo que esperábamos encontrar henchido y cachondo, en eso qué y es ahora mismo. 

Un liendre recorre mi columna. Me guía a través de la imperfección. En su mundo demoniaco, mi misticismo se pone púrpura. Y se me abre en canal el mar muerto con tus manos en mis manos y el tacto en la estrella de ginera. Es la perjura omnipresente de mis teorías.  Y en el envés de su canibalismo mis pacifistas se hinchan de un orgasmo de salmuera.

De demonizar al grito, ya ha salido escupida, ésta sociedad, como el sádico circo.

Déjamelo todo. Aunque sepa a estiércol. Aunque sea herrumbre, en tu miraba blanca. Lo quiero hasta las últimas consecuencias y de ahí la causa-efecto, del peyote y tu amor de dinamita.
Hago unas llamadas. Y me arreglo imperfectamente mi imperfecta sed. Baste si suena un vals o si llegando hasta aquí nos volvemos a perder, me dirás qué y será culpa de que hemos aprendido un idioma renunciado a los gemidos animales y al versículo de los paramecios. Lávate las manos, en mi cuerpo. Absuélvete de los errores que estás por cometer, al filo de la canción y por una eternidad. Yo hago lo mismo, valga el culo veo culo quiero y si la gota de vino se te atraganta en la teoría de las cuerdas, házte uso de la tijera que apasiona esa manera de quedar mal cuando la tierra es la que no hemos conocido.
Tengo ganas de emborracharme. Pero si llamo a N o a A.. me colocarán las ganas sobre un terraplén a la empatía de las piedras y el va a empezar a llover y el reloj se está empezando a impacientar, tendremos que volvernos locos, antes de que empiece la noche. Cada trago de vino, requiere una banda sonora. Cada deleite, un embrujo. Y hoy en mi tráquea, pienso en R. y en G. y en ese tipo de la corriente que me empuja a pecar. Y no están. Y tendré que manipular mis ganas, para que se amolden a una posibilidad prostituible, desdeñosa, ácida y embaucadora. El amor, será el mismo.
Ya no compro ropa. Si se me hace un agujero lo dejo tal cual, porque amo los agujeros y sólo los agujeros arreglan los problemas de la metafísica. Si el agujero se hace muy grande le coso un descosido. Porque sólo los remaches, confiarán mi vino a una sed que me escuche de cerca, confesar el licor que escancia, esa otra vida, que no y te digo que no, y es más bonito así, a la mitad muertos. Ya tengo armario, hasta que crie malvas. Otra cosa es la cosa de las perchas. O cómo delimitar el amor de la carcoma. Pero para el carnaval ya voy cubierta.
Yo también me hubiera marchado. Pienso al cruzar el paso de cebra. Se me ha hecho una carrera en las medias que me sabe a tus labios, traicionando la canción. Yo también lo hubiera hecho, pienso mientras pienso cómo negar a esa estrategia mis contradicciones. Si prefiero que salga mal y a buen recaudo el fuego que habrá que atizar sobre las autopistas. Hoy me siento más yo y más bicho, más estrecha y más ancha, más furiosa y más brillante. Como si me hubiera hecho efecto ese raro néctar que pierden tus traficantes en mis lechos.
Llevarme el tiempo encerrado en tu lascivia, al furtivismo de las agujas que presienten ese vals de los torcidos, ebrios de la desequilateralidad, de un pronombre eyaculado, entre nos, como el plagio de ese verso, pagando los favores de nuestros mercantes y enamorados, al bar y a la hora, que siempre exacta, debajo de tu cuerpo. No hay posibilidad de error, si en ti, gota lisérgica, de un diluvio de expatriados.
Dentro de un rato, coger el cuaderno, ponerme mi ropa vieja, para los cantos tristes y la alegría de los ornitorrincos e ir al hospital, entre silencios erosionados de la polisemia de esa lágrima de gasolina. Velar como se vela al surrealismo, la insinuación del barro. Y cuando ellos duerman, escribir, en esa mesa de ruedas, la premura de un destino por convertirse en otro inefable. Y bajar a fumar al sótano, deambular por la zona de lavandería y abrir y cerrar puertas en las que nadie me ha invitado a entrar. Sacar el café de máquina. Buscar la excepción, entre esos ojos que deambulan también bajo la excepción y el fuego que provocan los hospitales. Entrar y salir de la habitación 324. Evitar cualquier trato con el personal médico. Mi inconsciente les guarda odio. Ayer vino una tipa, a decirme que cómo le trajimos unas zapatillas tan viejas al abuelo, creyéndose poseedora de alguna moral y autoridad, le dije medio sonriente y eso que le quitamos los trozos de abono de debajo. Pero me dieron ganas de escupirla.
Ya es polvo. Polvo de luciérnagas en mi cintura, cuando canto a las tapas de las cloacas, el amor eterno y busco la rata verde que me atraviese en sangre el coágulo de la luna. Ya es ese poso de vino, en el sucio vaso, de una estación que perdí, al subirme al tren, de la guerra que no estabas dispuesto a acabar pero sus pistolas, flotan sobre nuestras cabezas, como versos robados. Ya es esa razón, por la que nunca doy explicaciones y me permito toda clase de motines y la sangre de la rosa de jericó recoge mi inocencia. Es eso que versifico, en la luz de los espectros de los perros. Y tira las ventanas, como se escupen huesos, a los castillos de arena.
Los cosechadores, de tu olvido, en mi copa, en mi persiana, en mi fragilidad. Te arrancaste agujero. Y así, hombre de las lágrimas de mercurio, sonries en mi fosa. Así, libro quemado en mis pechos, cruzas el verano hacia los inviernos de Estocolmo, como un pasadizo abandonado, como una flor, en la boca de un ciervo que ya no presiente, la dicha del maíz en la cólera de mi silencio.
Cuando era adolescente. Ellos estaban violentamente desconcertados.  Y la cólera hacía agujeros en las paredes. Me pidieron cita para un psicólogo. Acepté excitada por la porfía.Entonces me gustaba leer a Freud y a Lacan y esas cosas. Y me ponía el rollo.  Hambrienta. Con ganas de las desavenencias. Fui a dos sesiones. En la primera, la esquina de la carta. La declaración de lo que es la enfermedad  y lo que es el fuego bajo el guiso. Y el sacar todas las ratas de mi familia y ponerlas cachondas en la mesa. Explicarle que son ellos los que necesitan tal profunda terapia que aún no se ha llegado a inventar. Y que ya que van a entrar cuando yo salga, que les ofrezcas tu semen terapéutico, a  ver si se pone a llover, en tal éxtasis de la cochambre. En la segunda, un poco de sacramento y la despedida, le dije que con lo que lo vale su sesión me cotiza la terapia un fin de semana entero, a la intemperie y los ídolos de las hierbas. Y para hablar de,  tendría que igualarse la balanza, en los tratos de bolsillo, porque sino me sentiría una gilipollas y eso es denigrante para mi salud psicoLógica.
De niña prefería jugar sola o con los perros... y me poseían mis fantasías, hasta el absolutismo del sarampión de la luna. Innatamente, sabía, que no debía nunca, expresarlas delante de los otros. Y ahí creció en mi pecho, mi alma ratuna. Una barrera, infranqueable, con mamá y con todos ellos. Un secreto. Y todos necesitamos la violencia de un secreto, para comernos los ojos sin la contaminación de los semejantes.
Es un circo querida. Un circo con una flor de plástico en la mano de mi ánima, atrayendo, esa conjura que jamás reconocerás, ni en los pronósticos, ni en las señales. Es una puesta en escena, de un trozo, de mi carnaval, jugando a la inocencia, jugando, a la verdad con una insolente mentira, como su lengua. Es la hipocresía de una bolsita de sangre, en el teatro de las transfusiones. Es el juego de la lectura, y yo me trago y me reservo el verbo. Te ofezco, su hollín, te ofrezco las sabandijas de la sociabilidad, a la medida, en la que sé que tu comprensión se pone cachonda. Me quedo dentro, el tornillo de lava y el paracaídas y el cuchillo. Nunca lo sabrás. Y a mí me gusta así.