Ya no me molesto en angustiarme en el opio de ese deseo que me hace sentir que no puedo respirar y que van a salir flotando cadáveres de los viejos campanarios que doblan la lluvia cuando no se puede dormir. Sólo lo hago cuando está torcida la luz de la luna, en el arpón de mi pecho corrompido.  Y en esos instantes, si oyeras, como se desintegran las costillas de la tierra al llamarte y cómo se retuercen ornitorrincos en los túneles imposibles de tus labios en mi morada destruida. Suelo censurar con calcitas, el reclamo de los valles. Y hacerme mano a mano, cuerda vocal de la ausencia. Maleza que acaricia lo que ya no será.  Y dejo que todo se vaya alejando. Y regalo mi ansia y mi sueño, al primer poema, que boquea el callejón en algún vagabundo.
Creo a la mitad, con un tercio en el crematorio. Con su cabeza degollada en la palabra que atormenta la urraca en los sanatorios.
Desde esa fecha desmembrada en mi diástole. Mi vida gravita entre y su destrucción, entre y su teatro, entre que alguien vendrá a inconcluir la salida, y si el vino no está pagado, alguien pagará.
Hago sitio al sitio que se muere cada noche cuando va a ponerse melancólica la helada. Y de vuelta recojo tomillo o piedras, según cante, el camino que pierdo al pisar el camino. 
No he dejado de pensar en ti entre manipuladas fórmulas de la conclusión semántica. Y como eres un bucle de sangre de gnomo y de muerto. Te echo sardinas por el agujero. O lágrimas zarrapastrosas de la dilatación del hash. Y donde dice laberinto la luna, desdice la muerte, muros de caramelo.
No tengo amigos. Tengo pleitos de manzana en el licor del lagarto. Una soledad con la salida de emergencia pinchada en la calada de maría. Y hablo con las paredes la erosión de los ríos en las cajas musicales en las que oí por última vez a tu olvido aconsejarme lo qué hacer con las goteras. Y como quiero jugar juego con las cascadas inefables de crujidos de hojarasca en la hojalata del silencio. Y me digo yo sola, soy un regimiento, la noche y el día, la cerbatana y el trabajo escupido al amor de los ciervos, no hay aro por el que pasar que no se torne rana alucinógena cuando te calzas la medida del desamparo o transfusión de sangre de sirena. No necesito ni quiero nada que no emerja del sin sentido como un gargajo de óleo al arrebato del pintor esquizófrenico amante de todos los parias y arriba. Ni a ti que te amo, te necesito para nada, ni vivo ni muerto, ni en Francia o en Mercurio, ni ni... para amarte.
Me froto con el guión todo lo que no pienso hacer para perfumar mi sombra ni para ganar nada nunca entre los seres de dos patas.  Sólo busco a alguien rabiosamente loco que me demuestre que la tierra no es redonda, que tiene un espejo-agujero de gusano, dislocador del eje y desvencijador de la geometría,  para que no tenga que fingir mi soledad ni mi disposición al fracaso ya nunca.
Mirar en los armarios, recuerdos y recuerdos abrochados a daturas. Esos pendientes de mi tatatarabuela, en forma de trompa de falopio y plata. Si ella supiera que aquí nadie conserva la riqueza. Desde que P. murió sólo nos crecen lagartijas del huerto. Me dio un poco de pena oler los trapos de su lluvia prófugos en manos de arcilla. Y esos ojos de tomillo clavándome ventanas que mataría por abrazar en aquel otro cuerpo de opio.

Al gato le gusta el nuevo suelo de madera y escarbar y facer entuertos en el escanciado de humo que me hace maldita a la muñeca de trapo. Encuentro una espada de juguete con la que juego con el gato y me la rompe y le digo teatralmente con el arma humillada entre mis dedos aquellas palabras de Hamlet "sufrir los golpes o los dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra las calamidades y acabar con ellas" le persigo encendida y huye.
Tengo que erradicar la pena que me contagian los caracoles cuando los miro en el figurativo zapato de esas heces de bacalao atándose los cordones a no sé que cuello qué pregunta dónde coño tengo la cabeza.
Quiero estar en paz con tus muertos. Con tus fines de semana atascados en la rayuela de los curvi-plurideformes-empleados en la incógnita por el sacrificio del realismo a la erección del dada. Con tus calcetines. Con las quemaduras de hash de tus camisas. Y con tu puta madre, maestra de mi canto del diluvio. En paz. A secreto de trashumancia. A hollín de mapa en la lengua libadora de los desequiláteros. A abrazo de trapecistas. Y amor de neuróticos y calcomanías de nube en la crisis existencialista. Al por los siglos de los siglos, risa de avestruces y de pumas. Contigo.
No quiero conservar la deuda con el carnicero. Quiero dársela a su machete, a su luna en medio, indigestión del arroyo.  Y que campeen en el monte las ánimas, libres ya, del servir al hambre o al poema. 
Yo sé que era amargo, daño e ira. El cuaderno que escribí al dictado del vino de los huérfanos. Yo sé que era mi culpa, el retorcijón de la lágrima, contra ti, como una diárrea de piedras. 
Y no vive la felicidad de la cucaracha si se busca responsabilidades en la sangre derramada que no sea el mismo violín de la vida, vals de dos tropezadas sombras queriendo plagiar a los caballitos de mar.
No hay nada más triste que coronar un campo semántico en la tristeza.  Y hacerle casa. Y prepararle zorras tisanas de la brecha de los mundos. 

Tú eres mi espinita de cactus y sangre de rosa de jericó.  Pero te quiero ornitorrinco jugando con las hierbas entre mi amordozado verso de un cielo destruido. Te quiero alud de blues en el baile zarrapastroso de los sin destino. Te quiero manos de barro haciendo un barco de papel. Te quiero como te quise. Libre e indómito contra la fe y la morada. No culparte la brecha. Culparte sólo canción y que te abracen todos los peces en los nados oblicuos de la mar arbolada.
Hace calor de verano en la galería. Y en el resto de habitaciones el teclado del polo sur fantasea con vencejos. No me has dicho nada de tus problemas para calzar la luna en el agujero de tu mano. Ni porqué te escabechea mi nombre tu agenda de teléfonos.  Y a mí me filtra en la deshacienda el principio de la frase. Me da el calambre del surrealismo festejando las plantaciones en una marmórea tabla cromática para dar pincel al diluvio. Y todo se me hace vapor. Y cuando quiero decir algo sólido me comen las amanitas la boca. Es díficil tratar con los que tratan con la nada como si fuera un concubinato. Ella es mi primera persona del plural más un masaje cardiaco de nube. Si te hubiera conocido hae diez años tendría un conejo en el taxi. Pero ahora lo tengo entre el papel de fumar y la lengua muerta de las afirmaciones, cantándome el arameo de la materia inerte y las indecisiones en apología de hacer algo que deje en bragas a la historia. Y te saque el problema de la identidad por donde te entra la declaración de hacienda, haciendo un apaño de obtusos defraudadores.
Cualquier tipo de política que no se ejerza y se haga desde el anarquismo, es buche de cochambre, de trampa y de asiento coronado por un robo.
No sé qué coño filosofea la izquierda entre paredes.
La anarquía es indiscutible. Ni aunque caguen los papones los clavos y nos quieran hacer creer que es la patria. Ni aunque se estriñan otra vez las urnas con las lágrimas del payaso. Porque el sol es sol. Y el viento no es de nadie. Porque nada encima ni debajo. Porque no quiero perder la voz ni ceder la voluntad y quiero oírlas todas.
Tú tienes eso. Ese pez de dos cabezas. Pero aunque te acerques ya ha meado encima, el río subterráneo su calima de mares fosificados en el graznido.
Nunca podré robártelo, ni matártelo. Y tú no podrás borrarlo de tus cienos. 

Deja que el muñeco de nieve se haga sangre de cigüeña. 
Ahora vive en esa casa, también el pornodrama de tu masturbación a la medianoche haciéndote del cuerpo una vejiga de aqueronte, tropezándose con mi puta inocencia como un recurso poético que mean los zorros en los gallineros. 

Y yo me dedico a hacer esquejes con la sombra y que broten lienzos en los pergaminos de sangre y quimera para que la curva del km cero, se parezca a ti y a mi muerte debajo, friccionándote con su vagina la palabra del coral.
Yo quería la pronunciación del cuchillo. Tener la puta piedra en mi mano. Ver cocerse la desintegración del horizonte en tus ojos. Y oír el alarido. Y galopar el desprecio y su evanescencia, con un motivo irracional o invertebrado, gaseoso o de ortigas en la ternura de los gorriones, oblicuo o insensato, pero un motivo para cantarle a los cuervos cuando no tiene sentido estar viva. Yo quería el espejo hecho añicos y metido en la jeringuilla darle fuego a la cuchara y beber como los locos el fruto de la destrucción.
Pero eso no ocurrió. Ocurrió la nada. La biblioteca de huesos, en la casa de citas del carnicero y sus viudas follando con la virgen de la concepción la venganza de los corderos.
Apostrofar tu gota de sangre en el embudo de la zorra ortodoxia que te enfermó la educación.
Desestimaste el carnaval del daño. Quien no se quede para la poética de la enemistad nunca podrá darte amor ni nada cierto. Yo te quería noble enemigo en mis insomnios. Habíamos descorchado ya el jugo de la serpiente. Y en ese cuarto éramos gatos pardos que no debíamos ni calendario ni baraja. No mancharse las manos era una deshonra. No probarnos la gangrena, era un suicidio. Y el resto ocurrió porque éramos una ratas con mechero. Al menos yo si metí mis manos en tu recto. Lo recuerdo como un salmo cuando veo esquilarse al alfabeto en la cloaca.
Comer manzanas y arroz.  Hacer el café. Mirar las reses del monte. Sueño de madreselvas. Paz de los vomitados contra una tierra que se quede. Dentro de un rato me pondré a trabajar los suelos. Raspar y quitar la cola. Quise perder todos los trenes, menos el del jabalí entre los robles. No es quejumbre tu ausencia sentada conmigo cediendo los diarios. Soy esa falta entre los nombres propios. Soy muerte en el realismo. Necesito estar sola para sentir la compañía del viento. La otra vida ocurrió hace mucho sobre un lugar que huyó hacia ese otro que es un pez con forma de manzano.
Tú estabas justo en el lado opuesto que mi destino.
Como todos los seres de dos patas, incluyendo mi zorro espejo hecho añicos y mi identidad, mi morada, y lo que sé hacer con las cazuelas.

Jugamos a sacar violines del olmo e intemperie de las peras. Y jugamos bien, sin prudencia, sin quejumbre, sin seriedad, sin buscar beneficios.

Y la cabra tira al monte y el monte al paraíso, que vale por cualquier sitio, menos las catedrales.
Un día no estarán los ornitorrincos en el lienzo. Como tantas veces nos pasó cruzando agujas en el pajar de tu olvido. Y miraré con miedo el canto de la carcoma. Hasta que otra vez no seas tú el vicio recurrente de los asíndeton. No te cambiaré por nada. Tú me descambiarás el nombre con el que te llamo.  Huyo de lo que puede conocerme como huyo de poseer el conocimiento. Me hice río abajo, una bolsa de plástico con gatitos dentro en busca de unas manos-piano que los vuelvan al monte. Y fui contigo, todos esos años, lo que aún no había perdido de mi fe entre molinos de cobalto. Feliz. Fui feliz también con ese destierro. Y ahora es polvo de sol. Golondrina en la tripa del manzano. Te juré que me quedaría atrapada en el verso, en lugar de romper la botella en tu cabeza. Y cumplo el designio de lo que amo. No me pesa la soledad porque sólo ella sabe hacerme reír en el monólogo interior del sapo y la cerilla. Y la he buscado cuando buscaba el rencor de tus ojos. Y la encontré cuando perdí el tren, la cita con el cartero y los papeles. Siempre tan vehemente y dichosa de apelotonarnos en busca de la marea alta.
Regar las flores. Descubrir un nuevo clavel, entre la flor, cabizbaja de tu piano de huesos. Soy feliz en la atemporalidad de ésta casa. Como si desde aquí no existiera la civilización y no me llegara la sintonía del s.XXI ni de lo qué haces tú ahora, con mi suicidio. Como si viviera en un agujero del monte. Y sólo la calada púrpura dijera del antes y del después. Apología al meta-cuento de los que ya no tienen donde ir ni a quién contar la escarcha o el síndrome de estocolmo de la nieve.
Al principio, cuando la herida va palpando el territorio del prostíbulo de tu corazón, los zorros están asustados y ciegos. Y parece un abismo juntar dos palabras, en el grito de la tragaperras y la fiebre del coñac.
Pero sus garras van templándote la vagina y peinándote la peluca de larvas. Y el invierno te presta, un marzo a más, para cavar muñecos de nieve al hambre de los pirómanos. Y el poema masturbador se empieza a humedecer y a empalmar, con tus lágrimas, tu quebranto y el hedor de la cochambre. Y dónde tenías una pálida blancanieves, toda debilidad y llanto, van lloviendo manzanas y amapolas y se hace la misericordia un juego de opio que la da a los cuchillos muñecas de trapo y esperanza de zarrapastrosos.
La sangre se pone de tu lado que es el lado de los nadie y no se coágula, amor de los coladores, pero se embaraza de desiertos de rosas de jericó y pleitos de trueno, y la pobre alma, que había antes, se llena de cascos de metal y espadas de cartón y amanita, para bailar el vals de los poseídos y llevar la guerra como un sueño de lobos y traficantes de la gravedad.
Mi parte de la culpa ya se la di, al avasallado trapecista. A la promiscua salamandra. A la colateralidad de mi suicida entre las medusas escanciando tu sangre como una perturbada a punto de follar con la vírgen maría y ahrrea los pastores.
Mi remordimiento de antemano se va con el primero que pasa a ver si hay un 2x1 de katxis en la plaza. 
Yo nunca me quedo con el rosario. Lo aprendí cuando era niña. Y mi puta familia me obligaba a ir a catequesis. Y yo creía en ese espectro de dios. Y hacía tratos con él debajo de mi cama. Y rezaba cómo me daba a mí la gana sin aprender nunca ni un salmo. De tú a tú. Y con chantajes si media terraplén.

Si todo nace por metáfora y sangre. Sólo se le da cuentas al anacoluto. 

Todo lo que hago, me sale por ahí y por ahí me entra. Nunca hago planes. Nunca entiendo porqué coño estoy viva. No quieras que llore por la rana alucinógena lo que se mea de risa por la rata de las nanas.
Tal vez necesitaba una herida para decir infinito y lo otro era teatro de amanitas. Carne blanda de putos credos, contando cuentos y cuentos, a mi tuerta luna. Hambriología y quimera. Pásate luego a por el hueso. Los perros ya están en el monte.

El amor no dejó muchos barcos de papel en la hoguera, ni sacrificios de rata en la liturgia de los cloacados de Paris o cualquier otro sitio que no nos quisiera. 

Dejó una pistola en la almohada. Y ese canto para los desequiláteros. 

Tal vez quería sangre en licor. Y te prefiero así, calavera y bandera negra. Cierta muerte. Cierto cuchillo.  Y mis pies descalzos y solos, obscenando tambores en el desierto. 

Hay heridas mucho más bellas que las obras. Y pérdidas mucho más fecundas que los encuentros. Necesitaba esa ruleta ruta, con todas las balas en mi sien. Para seguir buscando el peyote con la inocencia de las cortesanas coleccionistas de dedos arrancados.
Recuerdo esas semanas con fiebre. Un hombredelsaco dándole pulguitas al cuervo. Y mi corazón en la sartén de vuelta y vuelta y que vengan pronto los lobos o voy a perder toda mi cordura. La memoria me ha hecho pocos favores. Y suele empezar desde el alma del ahorcado. Insiste en la virulencia. Para que no me olvide de afilar los cuchillos y los violines. Aunque en esas semanas no era muy consciente, me tragaba la manzana, el aullido, y me sostenía flotando.  Me pasa cada vez que se me abre una herida. Me salgo de la órbita. Y luego tienen que venir las nieves, para posicionar la puerta, el cementerio y el baño entre las algas. Yo tengo una zorra enfermedad que me la regaló un gnomo. Contigo quería cruzar el aqueronte, aunque eso ya no importa mucho. Tal vez no soy capaz de amar ni de ser amada, sino media un mundo que no existe. Y no te puedo sostener las manos si a la mitad no eres la parca.
No tener a qué agarrarse. Para que la inercia sea una contradicción. Y la patria un error sintáxico. El clavo ardiendo, una fosa, abierta las 24h y con derechos a terceros en su caligrafía de salitre. Llévate el punto de retorno en uno de esos poemas que escribes cuando no queda nadie en tu tierra.  El estramonio tiene la línea de sus efectos activos y la mortalidad, muy cerca. Y cada una de sus plantas contiene una medida distinta. Lo recuerdo a veces. Como recuerdo el diario que dejé en ese banco de Sevilla. O tu voz, en las rocas de granito, que recuerdo cuando llueve y se hace barro en el andén que me sostiene las onomatopeyas. 
No hay un ácaro de funcionalidad en mi búsqueda del poema. Desde hace unos días ya no me duele el 24 de agosto. Es como una canción que se desapiada del amarillo de los chopos. Cubriré de sal, el recorrido del olvido. Pensaré en el interrogante la teatral certeza que ponga contentas a mis campesinas de hojalata. Y sola, pondré el broche de luna, a remojar, en una memoria que valga de literatura.
Despertar con un poema y era triste. De un espantapájaros suelo y cocina de carbón. Que cruzaba el abismo para llevarte la flor, pero la flor había cambiado de materia en sus intentos de hablar. Casi nunca recuerdo los versos que sueño. Sólo ese fondo de detrás. Abrí los ojos y lo primero que vi fue el suelo de madera con la luz del día desmembrando mis pozos. Y algo me arrebató al mirar sus tonos de negrillo enfermo. Como si adivinara una peonza de la niñez que nunca fue mi niñez. O un otoño que nunca vino a abrir los buzones. Un deseo de palabra de naranjos. Y esa búsqueda sin predicado del amarillo de mis cuadernos a la calima que arrincona en la belleza de tus ojos mis vanidosas indecisiones.
La galería a oscuras. Entran las sombras de las ramas de peral como si pegaran a la ventana y quisieran morder el rumiar de la luz en tu diario perdido, contra mi vida, ahora tu nombre no es tu nombre y no me sabes a vino, ni a lluvia, ni a un cuerpo entre gotas de lava y marisma. Eres vida de otros. Memoria en mudanzas del gotear que cae en mi soledad sin permiso y se va. Y yo sólo busco rugidos en el monte.
Ya he libertado la madera de dos habitaciones. Pero me falta mojar y pasar la espátula de las zonas pegadas con cola. Sentí que por fin barría el suelo sin olvidar tus ácaros ni ese invierno sin trenes en tu copa de vino. Ahora bebo una cerveza y me repongo. El viejo quiere reutilizar el ule para quién sabe qué clase de suelos. Tenemos ya cubiertas las tardes de lluvia para espantar a la muerte del abuelo y al desacato de mis huéspedes. Ahora la noche y se oyen los cencerros invisibles a un palmo del lugar en el que la sidra juega a las chapas con tu olvido. Mis manos estan llenas de tierra. No lloro la media luna de tu distancia. Creo en el crinar del hachís recordándonos sólo donde es anónima la prisa.
Levanto el ule. Debajo se descubre un tablado de madera de hace tal vez 70 años. Que me es inmensamente bello. Siento euforia al arrancarlo. Como devolverle las huellas al ornitorrinco. Hay una parte que sale del tirón como pelar un trozo de nube para limpiar la chimenea de la ley de la gravedad. Canturreo salamandras mientras se me ríen las uñas. Hay una parte que no sale con la mano y le tendré que meter cuchillo. También encontré un agujero-pez que lleva a un doble fondo del suelo amaca-de los insomnios. La madera tiene ronchas del árbol, virutas donde su crecimiento apostrofó un poema para los jabalies. Y lo siento más cálido. Más suelo de mis sueños.
Ya no sé comprometerme como una vez des-supe en ese cuerpo-escalera de caracol del opio y el infortunio, en ese hombre-cementerio y canción de sangre, eternidad de los destituidos.
Ahora lo hago a plazos del impago de la nube. A retorcijón de mandrágora y nos salió del vino un pájaro con pulgas.

A veces lloro el trozo vacío de mi corazón. La soledad puta y vanidosa de la alcoba de los murciélagos. Ese crujido viudo de un cabaret sin champán. Despose con las flores clandestinas, mi pólen y las polillas libadoras de tu insomnio.

Házme reír con el triángulo sobre el lecho promiscuo de los buceadores de faros oblicuos.

Ocúpate de matar a la innoble gravedad y los hechos, con grana de maría o verso del concubinato de los ociosos del paraiso.

No sé quién coño pronunciaré el destino, cuando seamos pinzas de fuego en el tendal de la deriva secando la lágrima de Wherter y comprándole las uvas a Emily Dickinsos, para que se nos haga marabunda el crimen de los anacoretas pluriempleados entre las avispas.
No vamos a ir hacia delante. Vamos a ir de lado con zumo de floripondio. De torcido y no quieras los detalles. No quieras un amor-media naranja. No quieras el beneficio ni de la duda. Si apostaste algo ya lo perdiste. No quieras muñecas de porcelana masturbándote la ternura. Si fuiste a tiro fijo la culata te dio sexo anal. Quiérenos volando con la escoba, barriendo el horizonte, a la dulzura de la cloaca sin muros. No hay amor sino hay peste. Y nada dura si no lo mancillas en el burdel del dada.
Las nubes son empujadas por el viento. Y provocan en el paisaje una hoguera cromática que arrebata las hierbas y las otorga movimiento, interlunio y alma. Al mutarse las sombras ese gris que decía Van Gogh que estaba en todos los colores de la naturaleza parece moverse como un buzón de humo.
 Tengo ganas de entrar al invierno cigarra de tus violines. Hacer fotografías, pinturas y coser diarios de hojalata a la brecha de tu escritorio, coágulo de salmuera y no hemos perdido nada porque lo que teníamos era materia negativa. Pienso en volver a grabar canciones aunque cante horriblemente. Y poner esparadrapo de opio en los agujeros de la escayola. Tal vez hacer fíguras de barro y cocerlas en el horno de J. Cuidar la botánica de la galería y coserme unos calcetines de nube por si viene a buscarte la parca. Tengo ilusión por desataponar los desagües de su metafísica en la lágrima del muñeco de nieve y mancharme las coartadas en su cama para no deberle literatura a mi fosa. Como la fe de los ornitorrincos. Miro con entusiasmo lo que no comprendo. Lo que ansio y no visiono. La tripa dl presente escanciada en el cáliz del viento.
Es luciérnaga en celo, rompiendo el despertador. Una gota del perfume de la selva en esa profanación de tumbas- vuelta de tuerca al romanticismo. Creo que tienes que razón y que necesito una puta obra para desabotonarme la blusa y poner carmín en tu copa de vino. Una zorra apología al fracaso para dejar mis bragas sobre tu mesa y pagar con tu esperma el billete de autobús. Cuando me descubres, juego a que es mentira, y le robo a la lluvia segundas opciones y osados motivos que no habría pensado si no fuera por tus pupilas clavadas en mis corales.
He ido a tres juicios, de los cuales sólo en uno pagué la multa, para evitar ir los ocho fines de semana a prisión a los que me condenaron. En otro era, inimputable. Y siempre insolvente. En uno leí un poema-discurso anarquista.  Mientras me grababa esa cámara. El juez hizo tres preguntas. Respondí onomatopeyas. Y que me mantengo en que la justicia no ha llegado a éste edificio y en mi poema. Me dieron a firmar las preguntas del juez no incluyendo mi poema. Y firmé la declaración tachando luego esa parte. Se enfadaron. Gritando no sé que de que no puedo tocar un papel oficial. Me largué de allí a lo súbito.
La sinestesia de un sosiego. Como la alegría de una infancia cruzando río arriba. O es que oigo la nieve bloquearse en esa danza de los chopos a la busca de la cólera de un viento que no diga ni de ti ni de mí y no olvide la mar ni a todos los que no fuimos remado el cordón de la salvia. El amarillo embriaga ya a la naturaleza mordido hacia el rojo como batiscafo que porta la distancia. Y hoy golpea el sol y brinde el vino la selvática manera de defraudarnos. 
Voy a levantar el mimbre de los suelos. Para volver a tener al poro la madera. Tal vez haya carcoma. Tal vez haya un espantapájaros roncando. Quiero ese crujir de los pasos y su tacto en las palmas de mis pies. Tal vez barnizar. Engañar a las heladas. Hacer de la casa, una fragua de invernaciones. No quiero que la ruina y la necesidad de huir destruyan el ovillo de cloroformo y hierba que me habita en ésta casa. Lo que me une aquí es lo intangible. Es la manera de callar de las montañas. Es la materia viva que siento habita lo inhóspito a través de las paredes y los renglones esparcidos de los suelos. Son los fantasmas que hablan con mi soledad en la paleta de pinturas de las habitaciones. Me llama otro lugar. Me empuja otro viaje. Pero no quiero que esto se entierre.
Tomar un vino en el corral con el perro buscando el rastro de los sin huella. Envilecer mi retina prestamista al mirar la madreselva, algo de esa zarza me arrebata otra memoria, me llena los huecos que se llevó ese cementerio de las palabras. Soy feliz con el olor de la violencia del otoño entre los renglones que ceden las floristerías a los enterradores y juglares. Ahora ponerme a hacer el guiso. A manchar su nombre en la página que no he escrito.  Y a sentirme una jubilada llena de vicio. Insolvente y hambrienta del oficio ambulante del suicidio de la paloma.
No es un juego. Es la líbido de una ironía que viene innata desde aquél estropicio de peces en la cometa de los desterrados. No me culpes de lo que es mi viento. No me reproches la ética de las sillas cuando me siento sólo a pierna suelta en la diéresis de un anacoluto.  Hay que partir de que partimos sobre lo que no se queda. Mi amor es un cascanueces en las manos de un oso hormiguero. No me puedes pedir olmos al peral. Ni un nombre al concubinato de ese alfabeto de amanitas. El burdel no es burdel por lo que se hace en la noche, si no por lo que se hace con la luz eléctrica. Y yo no soy zorra ni por la moneda ni por la triple interpretación de ese esperma en la ventana. Lo soy por el canto del bosque enviando animales salvajes a desenterrar tumbas y comer carroña como se canta un blues.
A veces te espero. Aunque sé que no vendrás. En la vera del río, cuando las reses, son frutos de la tormenta que mascan el oficio que no era nuestro oficio. Y creo que hemos acabado de hablar, como tantas veces, en la gota de anís. Y que las ramas crujen, tus párpados y va a subir la marea, y entro desnuda al agua fría y los inefables tocan las trompetas de tu biblioteca en llamas. Y creo que tengo tu sabor en la boca. Te quería tanto porque tus huellas nunca dejaban la forma de tus zapatos en el camino ni de lo cierto en mi cuerpo. Y eran como una guerra que me hacía adentrarme a la tripa de una metáfora que se extendía y extendía, rizoma. Y eso ha pervivido, aunque nosotros no pudiéramos sobrevivir. Te juré con vehemencia que no sería inútil. Y te dije que nunca te irías de allá dentro. Y aunque me tenga que salir yo y toda la realidad, para acariciarte. Tú persistes, como un soplo, al lado de mi muerte.
Ya he soñado tres veces que trabajo en un prostíbulo, con violines de humo y antorchas de si preguntas pierdes la morada. Con ese vals de piedras que se frotan y alquilan el fuego a un libro que alquila los ojos que lo comprenden.  No sé si tiene qué ver con el anacoluto de mi corazón, con la colcha de corales o la indecencia que a veces apuro para no llorar el mismo arcoiris.
Hoy miro con paz el relevo de tu equipaje en el nido cementoso que la golondrina hormigonó encima de esa ventana de vaho. Y miro mis mudanzas en constante remodelación de su código postal, dirección de los apátridas. Pincel de carbón que juega a robarte la voz para hacer de tu boca por un instante el horizonte de los alfileres oceánicos. Y quitarme el nombre y la historia en tus labios, ahora que tus labios son la premura de una obra que hollina alucinaciones en la concupiscencia de mi soledad. Recurso poético de los resucitados en la indigencia. De ti no se vuelve. Y no volví. Elegí la hoguera colateral de un tiempo habitado por mariposas de hojalata y ámbar.
Ir a comprar pan, en zapatillas y con la legaña de los insectos en el remolino de la persiana-autobús que me dejó tu hueco para masturbar a la ironía. Hacerle al abuelo el café con chocolate. Me habla de su padre, me dice que murió a los 92 años y que en la pelliza que llevaba, dejó en sus bolsillos un montón de trozos de pan, que él llevaba pan siempre en los bolsos y a la cantina y lo mojaba con el vino, era cacharrero y se dedicaba al canto trilero entre los callejones, que nunca tomó una pastilla y que le robaba los bizcochos al vecino de al lado. Que cortó leña dos días antes de morirse. Y que le dijo dame un beso hijo, que es el último que me vas a dar.
Nunca me dijiste tus motivos.
Sólo me dijiste brecha. Terrón del tsunamí. Y échale imaginación.
Y yo que soy una obsesa del secreto del lenguaje de las pulgas y de los rayos. Imaginé todos los cuchillos, los desiertos, los gritos del anacoreta, la labor de las heces de los perros de Diógenes y mi propia ahorcada poniendo la lavadora de tus sábanas del festín de la cucaracha y el arcángel y centrifugando en tu fosa. Amor de suicidas en el celo de la micromina corteando la puta hucha del cielo que se hizo cieno enamorado cuidando los glaciares entre las ballenas. Y vi mi culpa y la dejé marchar, pobre y encendida, al beso negro de la arena en el alma de los solitarios. Y vi mi sangre y la dejé correr, hacia la sinestesia del sueño que una vez cavamos juntos entre los avasallados. Y allí te supe lobo, con la misma pistola que hay debajo de mi almohada, con la misma condena de la eyaculación del ocaso.
Era quimera y LSD.
Porque lo otro era muerte.

Conmigo todo funciona así. A mi pesar y a mi mandrágora.
Ingravidez o estropicio de tenedores con carne pútrida calentando la tripa del buitre y dándonos cobijo en la desalmada hacienda de los muertos a la mitad. 

O teatro o el puto final infeliz que no queríamos vomitar mientras estuvieran vivos los cuervos.

Yo soy mi propia alucinación. Y lo que me rodea es helecho para el fósil, carbón para la lumbre de un desacatado poema. Y así, amo, comprendo, esculpo y tiro de la cadena.
Quiero vivir sola. Cerca de la mar. Tener un horno para el barro. Un perro lobo. Cerca un monte para la hierba clandestina. Y leer los libros que siempre dejo para otro día. Descivilizarme completamente de todos los recuerdos de la civilización. Y enloquecer con la alevosía del arrebato cóncavo de los habladores de la materia inerte.  No aspiro a nada más. Quiero el extremismo del aislamiento. Aprender a hablar con los lagartos. Cavar mi huerto, mi impropia tumba y mi éxtasis.
Viajar con mis pensamientos a cobertizos en ruinas. Mirar de lejos la página. Y estar ahí, en el mundo destruido. Como revolcarse en el cieno para robarle el llanto a los cerdos y aullar el rojizo de los bosques, en tu fotografía sangrienta. Es ya vicio de mi tren de juguete. Oscuro vicio de la búsqueda de la paloma canibal. Blanda lágrima de cobalto, barriendo para los jabalies, el drama de los destituidos. Cuando hago eso, tardo un tiempo en recomponerme para la escritura, en recordar dónde coño estoy y qué traen los perros que arden las montañas en sus pezuñas.
Pienso en la mar. En esa soledad que era tu soledad y era la vulva cósmica de un barco de fuego. Y ya no sé dónde estás ni qué palomas mascan en los parques tu lágrima ni en nombre de qué. Insiste octubre en envolver los recuerdos con laberintos de fuga. Y yo me muevo entre callejones que han destituido los mapas por el humo de esas flores enmascarando los trapos sucios con amor de cloroformo.
No me libraré de la erección del sin sentido dilatando óleos en las puertas que se cierran al cruzar. Vivo por la artesanía de un grito en la selva de ese sudario que defrauda tu nombre entre los alfabetos. Busco a lo que vuela. Busco al escarabajo de kafka con una pipa de la paz y hachís de puertos eyaculando crisálidad para revocar el cordón umbilical del destino.

Juego y miento. Porque carezco de verdad. Afirmo con su esperma lo que engaño con los olmos. Y sólo quiero que venga el cuervo albino a cantar. Que nazca un porqué terrorista entre las sandalias de polvo y la hoguera de san juan, que me niegues con sadismo, para afirmarme con marihuana. Necesito la masturbación de la disyuntiva para moverme de sitio sin deber la sombra. La insaciable contradicción para cantar el teatro, sin perder la ética del pájaro migratorio.
Despertar con ese extraño sueño de un burdel metafísico. Se movían de sitio los verbos. Y sólo había una manera de salir. Me sueño cortesana de una poética que obscena las amapolas. Sucia de un predicado que tirita mi conciencia en aquelarres que desacatan el viento. Y abro los ojos con ese sentir de vacío y de pajares atrapando la luz naranja. Lio el cigarrillo y busco en ese amarillo de los chopos, tu legaña de olvido o una excusa para rasurar la memoria en los pliegues que deshace la duda en la caricia de un tiempo que no será mío.

Cuando suelto el bolígrafo y me propongo desmembrar el cotidiano en baños de vapor que me retornan la intemperie y pasan las horas y nada pasa, me cuesta volver a las palabras. Y a éstas horas se hace la angustia un escenario para caer con las fatigas coleccionistas de esos ojos rotos en mi patio o ese nombre preso en mis dedos de cavar charcos y regalar la memoria al primero que no pregunte cuando mire.
Y es mi noche una caja de cartón con agujeros. Una melancolía violenta de poseer la brecha que gangrena la hoguera de san juan en ese cuaderno en el que lo perdí todo. Una escritura sin tinta, abocándose al delirio insomne que las paredes acurrucan en mi pájaro de la amnesia.
A veces busco el blanco. La debilidad de la madreselva. Una mirada que cubra con cubismo mi soledad y me arranque los ojos, en el sonido de las goteras en los cazos y de las huellas de barro en el pasillo. Y me busco inocente, la pronunciación del cuchillo. Y creo que viajo adentro del monte. Y que me oyen los muertos pisar ramas y coser olvidos. Y me da una ternura viuda. Un recargo de algo que no existe. Y digo tu nombre como la enfermedad o un ferrocarril que destruirá mi casa. Porque a éstas horas busco la herida. Abrir las tripas del engaño de la prosa. Cobijarme con la nieve. Pensar en los mastines que llevaban peonzas al ahorcado del verano. Pensar en barcos que hundieron tus orillas en el poema que nunca escucharé. Dejarme maltratar por el inefable. Entrar al sueño con los huesos para afuera. Al apagar la luz y sentir mi cuerpo como un arpón a la deriva. Y oir a la ruina cantarme una canción de cuna. Despegarme del suelo a mordiscos de cucaracha costurera de las excepciones. Creo que la tristeza me cierra los párpados. Me moja con agua de mar las articulaciones. Y me deja dormir apretada al cordón umbilical de mi ausencia.
me empiezas a saber a abono y no a sangre

a ese raro abono que lasciva las tablas cromáticas de la mies y el orujo
a ese raro encargo de la muerte en las vacunas de las reses y lloran por las rodillas las montañas unas fuentes que estropean los diarios y quitan la sed al asesino que vive entre nosotros

me chupas manzana el equipaje que pactan mis sombras con el hórreo al que debo un fuera de campo para que tu esperma explique dónde estaba yo cuando perdí el favor de la mandrágora

y me doy cuenta que el cuchillo que me diste no es motivo de la afrenta, sino materia prima del infinito que obscenó tu pene en la vida que tomé prestada de la mar

y no quiero olvidarte, ni me hace daño la ambulancia que trajeron las ratas a cavar en el huerto el suicido de Itaca

porque sigues aquí, en mi mitad muerta, y sigue el fulgor que esa barca del asesinato grabó en Marte, con tu voz-cunnilingüis de mis abismos, jeringa que le daré a lo que jamás ocurrirá y sin embargo es lo único que sabe mi nombre.
Tus gemidos de arte sólo los oye el prado cuando se hace un barrizal. Y jamás tendrás mejor crítico. No te quejes de la soledad del barro. Que es de la nada el último grito. Y es el fuego el único museo en el que la obra no es una puta marioneta o un tiesto con flores de plástico.
Es muy fácil manipular la vejiga que te recoja el sacramento para saciar al concubinato del presidio que elegiste antes que apegarte. Lo saben los gatos. No lo han dejado de gritar los sapos pegados a ese poema que usabas para mostrarte sin dar nunca tu brazo a torcer. Y creer que dabas la luna y el infierno.
Yo como tú, todo lo que sé lo aprendí de un payaso y de mirar las peonzas caerse en las polillas de arena.
Y así voy al amor como se va a la presunción de culpa. Herida-esparadrapo del todavía enfrascado en un hotel de paso, al lado de la gasolinera en la que su nombre ardió antes de que lo llevara el olvido.
Sé que todavía me dan a veces descargas de la suspicacia psicótica. Que me mezclan la vanidosa soledad con un desierto hervido entre las brugmansias. Como hoy en esa tienda que tienen el estanco aparte y hay que esperar a que venga un dependiente. Me dicen que ahora. Pero a partir del segundo minuto. Empiezo a sentir ese ansia. Como si estuviera en una jaula y escuchara los ladridos llamarme. Y me siento suspicaz de un agravio. De perder el tiempo. Y comienzo a sentirme idiota y violenta. Y entro encendida a que me den de una vez el tabaco. Y se abre ese anacoluto. Ese rostro del maniquí hecho pedazos y meándonos encima el redil del civismo.
Lo que se separa crece de cada uno de tus parpadeos en tu sótano-agujero de biblioteca que paga los trapos sucios de la casa de citas que inaguró tu cuerpo en mis putas inquilinas usurpadoras del cobijo. Éramos muchos dentro de esa cama. Y el rencor no saciaba a la bombilla intermitente de tu ansia alquilándome la zorra luz de los destierros. Ahora que lo sé ya estás muerto y enterrada la paloma que podría agitar nuestro remordimiento hasta retractar la sombra. Ahora ya es demasiado tarde. Excepto dentro del verso-torniquete de tu aullido en el burdel, de tu lágrima en la farmacia.
Las vacas corren empujadas por unos perros. Y se siente una galerna. Como si rumiaran el viento para tragarse la noche. La tormenta encima, cortando los cables del teléfono del cabaret de tu insomnio. Y allá el cortocircuito de nuestras vidas separadas por los ríos del hambre.
Encuentro dentro de una vieja caja-nevera. Que usamos una vez para vender cervezas en viajes trileros con amigos de los que ya no sé nada. Monos de la mina, gafas de la fragua, mascarillas y una chaqueta de trabajo con cremallera y bandas reflectoras que me huele a camión y al insomnio de F. antes de largarse para siempre. Y me gusta mucho. Y me pongo contenta como cuando cruzaba contigo el río antes de que te volvieras un canto rodando por los aguaceros del olvido. Le voy a coser un pegatina de tela que me dio ese chico de CNT.  Y será mi abrigo para explicar por qué coño ya no voy a Madrid ni entiendo las puertas sin la sierra o las heladas sin los lobos.
Voy a la cuadra con el viejo, traemos dos tablas de metal. Recolocamos las manzanas en mesas improvisadas en la habitación de nadie, habitación servicio, habitación cama de invitados que traigan ovejas negras para destocar el piano en la siesta del hachís. Me cruzo con los vecinos al salir y me caen mal y me da una arcada en el molino de viento, prefiero ver las vacas en el monte. Sólo me llevé bien con los vecinos cuando vivía en casas de paso y pueblos de los que no sabía nada y que no se quedarían ni en mis ojos ni en mi pasado. Aunque ésta casa es de paso. Del paso divergente de un destino que torció sangre de rosa para oir ladrar a la nieve.
Viene J. con prisa. Que abra la cochera. Avalanza su coche y derrapa a un segundo de mis rodillas. Sale como un carretillero en paro con el juego de la subasta en el parabrisas del rayo. Bromea la teja que perdieron las urracas por vernos crecer. Me da dos bolsas. Nos escupimos un poco de arcilla y risa de truchas y se larga. Sólo lo veo los bisiestos. Y creo que sólo lo veo en la hoguera de San Juan del verano del 97 cuando aún no debíamos un crematorio al estado.
Recuerdo esa terapia de grupo. Yo nos refería, como los locos. Y el terapeuta avisaba que midiera mis palabras que podían ofender a mis compañeros. Y yo le dije que lo que ofende, es llamar enfermedad al fuego. Y los eufemismos que alimentan la saca de los cuadriculados y etiquetados como reses por el DSM. Dar pastillas para controlar la vehemencia y apoltronarnos silla en el juego de las ovejas.
Llega el viejo en media hora.  Y yo abro mis despensas de la hiel púrpura de los pactos del diluvio con las enamoradas ruinas. Abandonar en ese reloj-tripa, el trato con la escritura. Y vestirme de magnolias el teatro de la desesperanza. Procurar el juego de la obra que no se sella en el significado. De la identidad que no se refleja entre los pronombres. Y no ha aprendido nada entre los semejantes. Te quiero porque eres un viejo loco. Pero abomino de ti, los rasgos humanos que han hablado en la pobreza de las fábricas. Te quiero porque mis exiliadas no fingen junto a ti. Porque te miran con recelo las señoras repeinadas. Y se te acercan los perros cuando ladras en el monte.  Sólo me fio de los locos. Porque en aquél manicomio reconciliaron mi suicidio con los pájaros de fuego. Porque ese hombre de desequiláteros que sólo hablaba de su amante muerta hacía quince años, me leyó sus poemas y me abrazó la bala de la luna y no me volví ceniza y no tuve ganas de marcharme.
Al gato se le dilatan las pupilas justo antes de tirarse a morder. Como a ti cuando me dabas explicaciones del asesinato de la nieve, mintiendo alevosamente la acritud del vino en tu amarga contienda con la fe que también me incluía a mí, como a una pérdida. Yo me hacía la babel con ese jugo que perdían tus articulaciones en mis vestidos. Y ni tú ni yo nos dábamos cuenta de que cada vez estábamos más lejos de la guadaña que unía nuestros exilios.
Lavarse el próximo desfiladero con las pitonisas del psiquiátrico. Nos dolerá. Y las heridas nos darán las metrelletas de los ornitorrincos. Para el dónde caernos muertos sólo necesitamos un agujero en la capa de ozono que nos antoje al colibrí en la erótica y el vino en tu después. No te cambies de ropa todavía. No te peines. No pidas ambientador al puñal del otoño. No te quites las pulgas. Hay que llegar a la última vez del esqueleto de ese blues como si nunca hubiéramos tenido ninguna razón para seguir y sin embargo.
Truena. El viento agita el amor del polvo. Y tus ojos, son una descarga eléctrica en el cunnilingüis de un verso que robará otros versos para llevarse la razón y dejarnos la entropía. Suena el teléfono y me narran el surrealismo trágico de nuestra casa-cisterna con el faro en el culo del trapecista. Nos meamos de la risa por no llorar el imposible sentido que arregle los desagües. Algo dirán las hiedras sobre tu corazón, cuando te sientas perdido, tiritando un suelo que no se queda. Sólo hemos sido culpables de no saber hablar con escupitajos de arena. De todo lo demás, palabra de rana en el cabaret.  Déjame robarte tu miedo y echarle pólen, meterlo en la pipa y advenizarnos en una hoguera.
Comer compota de manzanas y un trozo de queso. Hacer el café de pote. Mirar sobre el fuego el otoño que salió escupido al barco de papel a que otros pagaran la cuenta. Jugar con el gato. Y soñar otra tierra para nosotros.  Me gustan los cielos cubiertos y ese viento. Como si me sacara el balcón a un baile de la tiniebla y mis huesos fueran de vaho. Siento otro cromático en el monte. Y el amarillo torna la violencia del rojo en la ausencia del cielo azul. Vi en la caja, los botes de pintura. Y me entraron ganas de dibujar tu rostro en forma de un puente y de río mi sangre o lo que no nos contó el olvido, a cada lado, montañas-tenedor y un cielo de llamas que se mezcle con el fondo del agua.
ya sólo esa meta-cucaracha de tu cerebro saliendo por el grifo
tiene capacidad de hacerme llorar, del resto de la humanidad, un truño, en la chimenea, haciendo señales de humo, a mi destierro

ya sólo ese cementerio de hojalata y tripas de gaviota, me sangra el tango
de lo otro lo marmóreo porque se pusieron blandas las piernas en la decapitación de los gorriones y salió el camino a la pipa de hash, como un regimiento de locos buscando el amor del cuervo