Pongo esas canciones que busco cuando he perdido todas las llaves y las canto a gritos para que me oiga la sombra que me espera en el callejón y se soborne con la vehemencia de mi exilio y campeé en mi regazo como una criatura de micromina y cal, amamantada por el estertor que cruza en la cicatriz de mi brazo el diástole que apuntala noche tras noche tu nombre con los cierbvos.
Quisiera que estuvieras tú para cuando empiece a ponerme borrachae. Para cantarte onomatopeyas con los ddos de los pies, saltando encima del fuego, la proposición que no encajaba con la muerte y sin embargo perseguimos con el alquiler de cad´veres para quemar la luz que nos abondonó y lo volverá a hacer, cada noche que quiera la afrenta recordar Madrid. Pero que te de igual. La única promesa, la traición de todas las promesas. Nos abandonamos, nos ensuciamos, como perros mordiéndose, pero la luna, ama tu ojos, clavados en el mismo imposible.
Me la suda.
Bailar esa canción con las uñas.
Con la dentadura postiza clavada en el alarido del ciervo y en el pudor de tu madre.
Franquear a cuchilladas tu soborno. Gritar. Desentonar. Estropear las canciones. Y ser dueños de las manzanas corrompidas que ofrecen su licor como una eternidad.
Ya he bebido una botella de sidra y la segunda empieza con tu espectro tocando el piano de los escombros y las azaleas que afilan cuchillas en las lágrimas de cebolla y lsd. He puesto siete veces esa canción. Ya no le llamo, porque la noche que hay en medio, me llama muerta, al canto del camino que huye. Tendría ganas de llorar si me quedara quieta, si miraraa la noche, pero engaño al predicado, con nubes que abandonan las huellas para seguir sin mí, el estruendo.
Las palabras balancean lo que nunca trajo el cartero. No era para mí. Vuela tú. Yo me quedo acá a velar el fuego que las ratas arrinconan en las ciudades destruidas. Acá, con los espectros de los perros que corrieron en la cacería contra los cuellos de los que llevaban rifle. Acá, en mi casa de intemperie que ya cuelga de un billete de tren. Con el alevoso desamparo de las luces que chillan pájaros donde no llega la lengua. No me necesita tu vocación. vendrá viento de rocas y correrá con la cuenta el vagabundo que hace flores de papel.
Si hoy hemos firmado el trato del queroseno con la muñequita de cera. Y todas las puntas, son arpones si alguien se acerca y lloran ahí, los matorrales sendas destruidas. Si es una explosión sin nombres lo que no ha conocido mi memoria, y no deja de sonar el rubor que impone, tu voz torturada en esas hierbas para quemar coordenadas y que no vuelva por el mismo sitio el sitio que huyó de mi cama, en tu cuerpo, para matarse contra el destino y robar las razones a los relojes de arena que ahora gritan nuestra epifanía con sangre en el retrovisor.
No lo dejaré así. Mañana buscaré una droga entre tus ruinas. Una mecha viuda de ti, de mi, de la tierra, Para lanzar piedras malditas al hueco tránsfuga que vive en nuestro corazón y se pasa los dedos de la boca al semen del olvido que lleva esa pistola como el último credo.
Hoy querría que alguien me llevará donde juren que no para nunca de llover. Y bailar desnudos y borrachos en medio del temporal.
O que me soborne la página el grito de mis lágrimas-tasca de putas, al robo, de tu casa, de tu patria, de tu cuerpo.
Qué frío que el frío toma prestado otro vaso para insaciar la sed que acurruca hoy que se partió tu historia de mis cuadernos y mis manos no alcanzan a ensuciar el teclado o sangrar las trampas que teníamos con aqueronte para no llorar por las rodillas lo que los pasos cavarían como semillas trashumantes.
Pero porque tú. Porque hoy. Y los cristales. Y las fotos por el suelo. Bebo a tu salud y a la de todos los cuentos que robaron maiz de los brujos para bailar la marihuana que nos robó el tiempo.
Por lo que podría haber sido y todos sus fantasmas encima. Jugando amapola. Esnifando en las retinas túneles de violas que llevaron todas las que llegaron solas al suburbio a cortar una canción como se desvencija un insomnio en tu boca en finiquito de mis palabras de beleño.  No podré pagarte. Sólo manchar de tierra la nube que ahí va olvidando la gotera que estiliza el rubor que desboca un beso, como perfume de lirio y cera.
No hay vino. Pero encuentro dos botellas de sidra con restos de pintura en su cristal y quiero beber hasta exhalar tu nombre y abocar contra el mismo destino las palabras que insisten en tomarte del lado de la muerte. La pena finge cuando se oyen esas canciones. Y  el tránsfuga ardid de los cuerpos goteantes cruza islas que fueron una vez el tren que pasaba a la hora que tu canto reclamaba mis brechas y es ahora el disfraz de tus negocios malpagados por una tierra que giraba contra nuestro porvenir. No quisiste saberlo o tal vez por eso mordiste con saña sus arpones en la pobreza de mi arena y ahora tiemblan rencores la mandrágora que volverá a delinquir el viento.


Hoy no quería hablar. Y ahora vuelvo con la boca entre portazos que desmembran corales de una historia que no era para mí. Hay que trepar la tristeza entre las vísperas de su criminalidad, con las mismas botas rotas que tropezó su olvido. No podemos pararnos todavía. Y hoy era cal, el verso en los tendales, cosiendo a puñaladas los labios de una invernación. Tu recuerdo ya no sabe lo qué hacíamos con la arcilla. Hace frío. Y ya nadie llora sobre las azaleas ni estercolan los buzones los pasadizos de la helada.
Ya la noche. Lo ventanales tienen vaho. Hoy he palpado la desesperanza de los carruajes suicidas de la mies que decoró el ladrido de luz del olvido. He escrito en esos cuadernos. Pero siento que he estado lejos de la escritura, de mis muertas, del oficio de la luna en los coche-nido de los que huyen. Y he perdido el tiempo, fracturando flores por la taxidermia de una canción en la lejanía. Ahora se oye el silencio enfrascado en esas plantas que van muriéndose en los tiestos. Y una especie de desacato de mis ojos busca encontrarse con el abono que desoirá la ficción de esa tragedia que los dos compramos.
Tengo que prepararme a las desgracias. Cuando se muera el abuelo todo cambiará. No puedo ir cargando melancolías fuera del pretexto de los corzos. Ahí, en algún lugar del desconcierto, unas manos teclean una noche como aquella noche y podría sintonizar el embrujo de la muerte en sus legañas de girasol.
no te puedo negar la decadencia
ni es posible no volver a volver al despojo de tu amor tiroteando las ventanas que doy de comer a los gorriones para coser todo lo que he perdido ésta noche en tu olvido...

y de paso, tantear, boquear, torcer, la calle, en el parquínson del cielo

y el as de picas en tu caja musical rota, pagando todas esas fechas....

ya no tengo más expiaciones, soy la que me voy, la que nací marchándome, no sé retener esa canción en mi tumba, y te preguntan los nómadas, el cuchillo que usaste contra mi voz, para hacer sangrar a los cables de la luz, la tierra que no nos amará
escuho esa canción que nunca había escuchado
y veo la llave de queroseno del finiquitó que pagó mi vida en tu noche rodada en mi cuerpo, como un barco de papel en las llamas
y tengo ganas de llorar pero se desboca tu voz en mis agujero de carcoma
y es desolada la caída de la luz en los botijos de barro que aún conservan el coñac de tu destino imposible

y se me rompen las coartadas en esas ganas amputadas por tus ojos...

si supiera me iría donde roncan los osos a prescribir la salida de emergencia de tu concubinato a pelar a cachos la luna para darle a ese suicida que corre contra la ciudad llena de niebla

se acabó el carrusel de esa historia en la última copa que dejamos a deber y no sé si fuimos dos a la inabarcabilidad de un grito sin morada
¿qué dejarás?
caer otra vez al pleito de tu noche
garras de un destino que se hizo de todos esos otros
y nos dejó boca abierta al licor de los golpes... ahora preguntan por ti los rostros desvencijados y yo me presiento venta ambulante de tu puta luz de la abrasión de los girasoles

no era viable en la honra de un verbo y despedazamos esos poemas para servir a la música, el insomnio que pagó la ronda que quedó allá flotante y vieja, de las flores masticadas en tu canto, de la taxidermia de la luna en tus heridas...

quién no salve el pájaro no sabrá acudir
Se pospone el viaje. A. dice que comprará alcohol para mañana. Si no fuera porque me necesita el grito de los girasoles. Me subiría con él a un tren, con lo puesto, menos ese crematorio, para irme muy lejos y encontrar la muerte en la boca de un salmón.

Tengo que marcharme. Me pesa el sabor corrupto del óleo, insistiendo en la llamada a cobrorevertido de tu aueronte en mis huesos de aluminio y sal. 

Me he olvidado ya de hablar con la taxidermia de tu olvido. Y caen los días, como gritos de casas que en la ruina ponen sus centrifugadoras.

Tengo rabia hacia él. Y amor de cloroformo. Y despecho de cuchillos. Y molinos-ultratumbas masturbando al viento. Pero todavía no quiero hablar, porque esa calada me llevó al lugar dónde no sobreviven loos verbos. Y soy presa de una sinfonía que profesa mi exilio entre los gatos.

Tengo que volver pronto a la boca de ginebra. Tal vez hacer esos collage. Vomitar el espanto en los labios encendidos de ese niño-murciélago y aceptar las proposiciones deshonestas para amortiguar el cuchillo de él en el recado de las estrellas muertas.
Las palabras mascan el crujir de puentes que se inmolan en tus labios. Y ya no puedo gritar sino con los trozos de porcelana enterrados en ese blues que estercola los caminos que han muerto. Me reposo en la lengua avara del precipicio y el deseo de la mar destruyendo las cajas musicales y dando de comer hogueras de luz a los perdidos.

Hoy estoy extraña. Y tus palabras me han hecho más extraña. No recuerdo ninguna ciudad, ningún muelle, desde el grito de los montes hasta la calima matrona de los libros que arden.

Me siento una escalera que se derrite y reza musgo y salitre, al rizoma que cuida del charco de sangre de esa noche en nuestra noche que se fue con otros para no recordarlo.
Si no lo entendías. Se moriríann de hambre los jilgueros cuando llueva del revés las lágrimas perdigón. Mejor masticarnos ahora, el cementerio. Y herirnos ahora, que la fe es tránsfuga del aullido de un agujero que ensanche las cuerdas vocales. Si no podías sostener en tus manos sin matar a mi mariposa. Mejor que te largues. Mejor que la retórica acampe el vino en la intemperie de los extraños.
Sopla la lejanía, como un animal herido a muerte. Y yo enhebro hilachos de la insolvencia que acurruca un cuaderno entre las tripas de paloma. Mejor así. Esa muerte estaba escrita desde que cantamos borrachos esa canción. Los daños colaterales serán la bondad de la meretriz costurera y su razón para entonar hasta el vuelo de los cuervos la música del olvido. Hasta aquí se bajara la tramontana para enverdecer los tejados arrancados. La soledad quita la anemia a la criatura nocturna que vela al cloroformo.
Hoy has roto conmigo. Y yo rompo los rompecabezas de la datura hacia la extorsión del ciervo. Más añicos de mi corazón no salen si no los pegas con pegamento. Para mi siempre ha sido demasiado tarde y he estado demasiado lejos. Es la puta metáfora la que te enviará el cobrorevertido del viento cobalto y del hilo de cobre, braceando peces en el infinito. Conmigo no se puede romper porque soy de la montaña tragada en los cipreses. Nunca he tenido nada. Ninguna verdad. No me duele en mí. Y ojalá me doliera para engañar a la caja de cerillas. Pero soy ese cohecho de piezas de acuarela enjabonadas en dentaduras de lobo. Pronto me tendré que ir de mi casa, porque mi casa se irá con los olvidados. Y hoy ese violín sube hasta las nubes a abrir la botella de las carreteras que rompen en tus labios a los labios que siguieron el dictado.
Sonó el trapecio de tu insidia en mi esquina cóncava. ¿qué era? que a cuchillo y sin dejar acabar de comer a los gusanos. Yo me voy con ese piano a la cuerda de peces de un camino metido en la pistola.  Los chopos lo recuerdan. Hay que volver a la intemperie. Hay que lavar el váter de esos jugos con sangre de gorrión y coser tu voz a los tubos de escape. El devenir aulla las mudanzas en soplos que el fuego contiene en el filo.
Ya no tiene ningún sentido. Lo crujieron tus ojos en el parpadeo de las tierras incendiadas. Y sabe a cobre y a barcos de papel que incendian en unas manos vacías el predicado que huye. No me siento triste. Estoy en ese lugar donde la escritura es una contienda con el abono que llueve el silencio encinto de paredes tiroteadas. Camino con una distancia entre mis labios mordiendo puertas que acuchillan pasos. El cinismo se despachó entre tus palabras como un pájaro maldito. Haciendo añicos la historia que no cantarían los barrenderos a la nieve. Está tan lejos el lugar donde salían a correr mis exilios que es una alucinación poner pronombre a la ventana de gas.
Me despierto ahora de ese sueño de nenúfares y calcetines manchados de queroseno en la llama de tu camino. El sol agita los chopos con la malversación que me negó tu cuchillo de la tabla cromática y de la afrenta. Mi emoción es el exilio de un espantapájaros haciendo cruces en la boca de cerámica con soplos de hash y mala fortuna.  Está en dispersión la hoja afilada que acurruca tu copla de la sangre.
Me sabe a estercoleros de tejados lascivos de lluvia. Oh que terrible día elegiste para ensuciar un verso en esas fosas del hambre. Me pasa pocas veces. Pero hay días que no quiero escribir. Que soy verdugo de un temporal de ventanas en la jeringa de un golpe de rocas y siento que me debo a la apología de la indecencia y el absurdo. Y esos días es como si no me hubiera despertado. Como si no hubiera acariciado ninguna guerra ni orilla mi pecho. Como si aún tartamudeara ese nombre el fondo del cielo. Y hoy elegiste dejarme hiel y se la llevan las urracas sin asfixiar el verbo en la luz concupisciente de mis patios. Como añil indecoro. Como pornografía sobre tus páginas. Y el punto álgido de la cochambre goteando en tu boca. Y yo sólo soy el presunto de una zanja. No viene conmigo porque estoy muy lejos de mis huellas.
En un rato la carretera. El viaje al sur de tus ojos. La necesidad de callejar vino con A. o con alguien que me simule ser un muerto. El desencanto hoy no tiene limites. Y ni tus lascivos geston detienen el crujir del carbón en la embarrada canción del destierro.
No sé qué querías. Hoy no lo quiero saber sino con el lenguaje de la quema de rastrojos. Los ladridos que recogen el poso del vaso, en la lasciva violencia, de dos bocas que se parten, mordiendo la prófuga luz de un infinito.
Hy no quiero estar todavía. Me siento embalsamada por el hollín que pregunta a un sueño desvencijado. Fuera de contexto, de tierra y de sanatorio. Ansiosa por escribir pero atraida por un tipo de destrucción de la escritura en paisajes que huyen.  Voy a ir a pintar. Voy a crujir el inefable desencuentro de mi voz entre arcillas.
Mis emociones están dentro de un embudo que acuchilla mis cuerdas vocales. Creo que todo empezó al abrir los ojos y gritar todo esto es un engaño y sentir ese canto suicida, desdoblar las sendas en la dislocación de un ladrido. Y siento que todo se mueve sin preguntar a mi muerte. No alcanzo a ver a nadie desde aquí. Sólo esa obsesión de tus legañas de cicuta, apretándome el fuego donde todos se han ido. Si no hablo con mi angustia, mi angustia crecerá hasta hacer humo de las palabras. Es esa sensación de que se ha tirado por el puente el nexo que sacude el vino, en heridas de cuaderno que cayeron desde ti, a la soledad de las farolas.
No puedo irme. Sé que el detonante me espera como el rezo de tu madre en tu cuerpo ensangrentado, en algún lugar de la página que aún no he visto. Y aunque me taladreé el principio de la extorsión del verbo y los cadáveres de grulla. Si aguardo el pulso evanescente del vacio, enhebrará la fe decapitada, el sótano que nos vio atormentar las ciudades.  Es esa angustia me falta la dosis de rabia para dejar marchar a los gorriones la lluvia. Y mi alrededor me acusa del armamento de la carretera que explota, en esos juegos de vajilla. El gozo de la tinta está de luto. Pero esos manos siguen ahí, despedazando la hechura de las nociones.
No me sostengo en una fecha ni en una mirada. Hoy sabe al estercolero de las nubes el viento que acusa la salida en el cuchillo. Hoy soy un valle agujereado dentro de una maleta que un tren aparta y aparta del paso que deja huella. La escritura está en lucha dentro de mí. No fluye. Duele. Y un deseo de correr ampara el maullido que el tejo escurre en mi boca. Son esos días de zapatos rotos. Y desconocimiento planchado en los cadáveres de los gorriones. Tal vez debería dejar las hojas y empezar esas pinturas. Conmoverme en la pieza desencajada. Hasta regresarme. Pero a pesar de todo siento una belleza lasciva en el monte. Como caricias de ceniza cubriendo los agujeros que no cubrirá la sed si me preguntas.
Cruza y es ficción. Porque insististe en romper en mi piel el principio de esa noche. Veo niebla. Y alguien sobre el tejado. Mis lagrimas son danzas de escarcha hacia los ladridos. Sentir la escritura rota en el fondo de mi voz. Unas ganas de taladras esquinas de papel, en la secuestrada canción de tu muerte. Me hiere y su daño me engaña. Como ese deshaucio del renglón que blasfemó tu cuerpo en mi prosa. Me siento violenta. Morada de las razones del olvido en la copla de la distancia. Como abrir la puerta, deber un pasillo al cadáver que gime en las uñas que escarban la tierra.
No despertar y ese ansia. Todavía lejos de las palabras. La poesía es una criatura torturada en tu lágrima de helio, ahora que el despertar empuja a alpacas vizcas de valles del destierro. No quería abrir los ojos.Y un vacío dentro de mí serraba ventanas que preguntaban mudas, por ti y por el exilio. Una pena que interroga el polvoriento designio del hormigón en la herida del nombre. Tardaré unos minutos en escribir, en sentir que escribo, porque hoy esa historia, es un pez que se desangra sobre mi cabeza y no tiene sentido la calle que ladra la pobreza de mis ojos. No te vi. No te reconocí. Y ese coche esperaba en la puerta. Hubiera robado las fechas en tus labios si el caliz quemara la memoria.

en el cementerio


Hoy en el cementerio criznaba un violín de matorrales. Metí la cámara por debajo de la lápida rota y saltó el flash y al mirar los fotos en el portátil vi que encima de ti se había colado un trébol de cuatro hojas y otras hojas de árbol, trozos de teja y las plumas de pájaro que allá eché. Y volví a olerte la sonrisa. Tu gesto de amotinada de nube. Y ese puñado de arena de mar con trozos de cangrejos ermitaños que rascará el mármol con indómita antinacionalidad. Y el abuelo tan cerca que la salvia nos oscureció un blues.  No había vuelto deste el día de tu entierro. Y no creo que la memoria se conserve nunca entre ritos ni en la quietud de una roca sino es abrasada por sí y la marea, por sí y el viento. Aún vendrá la nieve. Y tus pupilas bajarán a beber con grullas el devenir que sólo tributa la mar sin pasajeros que quieran quedarse. El abuelo y yo miramos con mandrágoras el hueco que falta ahí. Pero la música lo llenó todo con un vino que no pide ni pregunta. Y luego los pasos.

Ahora me voy al cementerio. Al debajo de los chopos. Con el perro y el perro que ladra donde aún no he nacido. Necesito viento. Que me coman las ramas, el crujido de los versos que la página decapita y malversa en tu cuerpo como si tu semen supiera hablar y mi boca mentirosa le escupiera la insinuación dada de la funcionalidad de la escritura. Me excita que rompas las botellas contra mi salud y que borrachas las sombras mamen el infinito. Creo que te amo más cuando dejo de amarte y cantan los truenos. Me subes dopamina. Me encharcas las oquedades con flores malditas que hacen volar a mis fuegos. Cojo las viejas botas. La cámara. Y el prófugo frío de mi desalmada patria. Tengo ansia de morder los agujeros de esas fosas y lascivar todas las luces en mi credo polvoriento de hojarasca y hoguera. Se hará de noche allá y bajará la helada mientra subimos nómadas al poema que bebe de nuestros pechos la guerra la eternidad.
No me rompes el corazón.
Porque lo metí en tu cama, con alevosos añicos.
Porque ya estaba desposada con fantasmas de lascivia intermitente y codiciosa de mar y galernas.

Me sabes a pólvora. Y a sexo ilegítimo con los animales que juegan con tu noche, como obras de teatro de dinamita y fuego. 

Me excita que me manche la sangre. Que Wherter se clave un cuchillo desde el pozo de la tierra donde habla con las medusas y se vuelva a matar, más henchido de romanticismo y semen de eternidad. Y que se te ponga cara, de cerilla  y a mi alma, de tren que no para porque ya no tiene vías. Y los pasajeros son todos tránsfugas que andan pactando con las pulgas a quién coño cargar el muerto.
Me hablas de la aerofagia para romper nuestra relación de gases promiscuos. Y por fin lo comprendo. Tu recto buscaba una vía de salida que te hiciera cicatriz entre el codiciado abono para que florecieran sonrientes las daturas, y entre esa muerte-meretriz vestida de puta por tus posesos. 
Si no fuera por que hoy ya fumé esas hierbas. Me hubiera dado un ataque de romanticismo tan abrasivo que me caerían encima todas esas novelas como la lluvia dorada que cantaba tu mamá en misa.
Nunca nadie me había conmovido tanto en una ruptura de techos, guitarra y condones. Hubiera pagado mi vida por que él me hubiera hablado de la aerofagia entre cuchillos. Hoy sé que por eso, jamás podré olvidarte. Sobre todo cuando coma setas púrpuras y el váter sea la patria.
me gusta hacer monólogos interiores en la intemperie de mi disociación existencialista
si hubiera habido escenario para hacer la taxidermia de aquél agujero, me hubiera dedicado sólo al teatro y a deshacer abrigos los inviernos sin peces
me conmueve la locura del silencio cuando los ciervos se llegan hasta aquí y sus heces son la materia que usa tu arte para tributar su muerte en mi corazón
te escribo en el mensaje sólo, ¿callas?, le doy a enviar y me cae encima esa canción: ¿callas? oh perros de dios, lo vistéis como yo florecer en mi vagina, como yo, cortear el callejón en la flor puta que hizo callar a todos los enterraderos y ahorcó la fe de esas iglesias de cemento con la vehemencia de los alaridos y tú, oh ¡callas! como calló el sacramento aquella noche infinita contigo que tal vez endeudamos en la hoguera que abocó el pluscuamperfecto de tu semen en el pentagrama y tú CALLAS y ya ha empezado a partirse la escalera y pronuncia tu nombre el infierno.

Me lo dices. Y me mientes por el favor de la noche puta, entre nuestros cuerpos.
Y yo finjo que soy engañada, por el mismo favor, más el vino, a tu cuenta y cobro-revertido de mi olvido en las hierbas que quemas para que vuele el puñal contra el promiscuo destino que malpactamos a las menos cuarto de él. Y haciendo geometría de desencajados para que no lloren los románticos con lo que quedó de luna.
Ni rayón.
Ni cobijo.
Ni porqué.

Jamás te lo explicaría.
Porque en su intento traicionaría la alevosía de su desamparo.

No necesito para nada tu comprensión.

Es la brecha la que cae en la paleta de pinturas. Maulla el exilio. Y jazmines en las botas viejas desarrapan una y otra vez el comienzo. 

Si te mentí fue para decir la verdad al afilador que volvía cada noche a mi cama con rosas de arena y esperanzas kamikaces.
De todas formas la verdad no vale mucho. Y si nos basamos en el abstracto, los dos estuvimos a la hora exacta, haciéndolo todo perfecto. Ni una gota de vino ni de memoria desperdiciada.
Tiene que nevar. Apriétame en el lugar que quemas los mapas. Como beleño o país prostituido en cagadas de rana lisérgica.  Ya somos inmunes a la pérdida. Franquea en tu rubor el odio de mi casa, la carretera oblicua de ese grito en tus sábanas. Un libro sigue leyendo en voz alta, a la abrasión de una muerte vestida de acuarela en tu cabello, en los pelos púbicos que dejaste en mi sofá. 
En todo ese tiempo me he hecho una extraña sin contar con tu perdón ni con tu tumba. Sigues en las metáforas. Pero zorro su cobijo y maldita e interesada, su memoria.  Hoy hay luna nueva y los perros no ladran por tu muerte.
No puedo aceptarlo. Cuando voy al mar voy sola. Cuando hago esos viajes los hago contra mis recuerdos, contra mi destino, contra las presencias. Me sabe mal, dejarte hielo. Pero es el rito de la sombra. Aunque lo pagues tú todo y llenes de vino todos los vasos. Yo no soy sociable cuando busco la mar. Me molestarías tanto que se agrietarían mis cuerdas vocales y me llenaría de queroseno. Estaría en guerra. Y acabaría odiándote por interponerte en los ojos de la mar. Es la canción de un lobo la que cruje los huesos en las rocas de salitr,e arranca la ropa y balancea en las aguas del invierno al nado de todos los silencios preñados de abismos que danzan. Mi sociabilidad sólo funciona por horas sueltas. Sino me convierto en lava y en rencor. Estoy condenada al piano del muerto. A todo el tiempo en el tiempo inerte que cava pozos en las garras de un oleaje que arrasará todo. Mi soledad es una droga y si no me inoculo las suficientes dosis me hago añicos de cristal y canibal de los rostros.
Aquí me vivo dentro de esa burbuja bisiesta. A confinamiento de fechas desgajadas. Lágrimas imprudentes y lascivas de, y ya da igual, sólo lo recuerdan los zarzales. Cuando las ganas de gritar caños de flor a la duda y fumar esos diluvios que malvenden tu desvelo. Hago de la casa, un naufragio que estría las orillas en el abstracto. Y violentamente me aislo de la hechura que secuestra el alarido de los corzos. Cuando huyo al mar, el mar me impone su viento y soy más libre. Pero acá, habito esos suelos que no lo son si preguntan los pájaros. Y sólo la metáfora interviene en la quema de las ventanas.  Aunque hoy quiero ir debajo de los árboles. Tal vez entrar al cementerio. No sé si encontraría tu lápida. Tal vez dejarte, una concha. Hablar allí con él del olor de la piedra. Cortar los cables.
La hora torcada y ese olor a leños quemados que pliega el sol en los bermejos que el matorral hunde. Es distancia y distancia tus párpados como cuchillas en la espuma de mar que ha callado del tiempo. ¿dónde? si son espectros los labiios que dictaban y tu cuerpo tan frío allá bajo la tierra mueve molinos donde mis manos no responden. Hoy me culpo de una melancolía que ha ocurrido en una ciudad que no conocí y me empuja, a esos otro patios, apedreados, en tu hueco. Lejana como lejana la voz que pulsa el deterioro del silencio.
Ahora dejar los papeles. Los encargos insolventes. La luna pinchada en el desguace de ese olvido vizco y taciturno que ya no sabe nada del néctar y los agujeros y vive en ti, como sudario, o aroma de rosa devorada en cera. Ya no te escribo esas cartas del vudú o ouija de la piedra que flota. Me di cuenta, que sólo el poema y cuando nada lo pregunte, nadie lo espere, sabe todavia hablarte. En ese instante dónde es destruido y ocupado por saliva de pez y roca. Me hacía daño escribir esas páginas. Me convertían en una figura de cal haciendo parapente en la tripa de un buitre. Es mejor así. Embudo de la abstracción del jugo de ciprés en labios de fuego. Y si algo quiere declararse, darse al quiebro y al aparca-coches de los ingrávidos.

Tengo que hacer la comida. Poner a secar la ropa debajo del chopo. Beber un vaso de vino, mientras se tuesta el invierno entre las cebollas. Y hacer qué, en sus ojos, cada vez, un viaje que nos hará una cometa de opio. Los carteros ya nunca llegan.
me mantengo fuera de contexto
para no darle explicaciones al cementerio que nos arregla las goteras
ni fingirme fingida de la humedad de "lo he olvidado" y esa piedra que frota en tu piedra el fuego que no aguanta al suicido de la paloma pero persiste en tus ojos en acuchillarme el cubismo de una historia paralela en la que nunca nos hubiéramos cruzado al norte del crujido del sótano que en esa habitación de hotel habló de la tributación de las jeringuillas para sustituir el oficio que jamás aceptaremos por un viaje en globo...

no soy lógica ni con mi quebranto, ni con tu nombre oxidándome los tenedores con los que pincho los mendrugos para que no me duela el otoño

ni soy consecuente ni con mi conocimiento ni con la melancolía prostituiba en tu vaso de ginebra

vivo como el apareamiento de las pulgas en transfusiones de aullidos y déjalo ahí que la intempérie sabrá dónde tirotearlo y un viento le cerrará los ojos, como levantando valles en el filo de una barca
se lo juré al pozo sin fondo de una página
cuando las naranjas vuelvan a hablar del sur o me vuelvan a fiar las estaciones
iré a buscarte, para darte al pájaro que no muere ni aunque le arranques la cabeza con las mandíbulas del olvido
o para matarte y ya poder perderme en las playas sin deber una noche estrellada a los cuchillos

mi desesperanza
huele igual que tus manos
cuando me metías a parir un tren
al despiece del sol en esas ruinas

y yo jadeaba arcoiris armados por exilio y se me salían de los dedos muelles donde ahogarte ahogándome en tu salida de emergencia que nunca pasaba por aquí cuando las ciudades ardían

te amaba como un animal herido de muerte
y el presunto de tu letanía era cuánto necesitaba para llenar de migas de pan las cuencas de los gorriones, con sus ojos arrancados y triturados sobre mis pechos

luego vino el silencio-bola china, de lo que no que no me cuentes que no quiero saberlo que no era yo que no era así, que no fue en tu fosa dónde empezó a secuestrar la mar mi muerte
Hoy me dedicaré al carbón de tus retinas. No era para mí, nada de lo que se desangró en tu techo. Nada de lo que esperó mi sombra al cruzar la esquina. Hoy pertenezco al aliento de la fotosíntesis que inverna en un cuaderno de versos tachados. No tengo prisa. No tengo nada qué hacer. Busco. Y me busca más fuerte la inutilidad masturbadora del sol.  Como si esa calada me hubiera traido la tripa del piano. Escribo pero es que como si no escribiera. Estás vivo. Y los cocodrilos han hechó un vidé con la nota suicida de aquél niño que sólo quería embarazarse de un elefante con las trompas de falopio de la luna. Mis pretensiones se han despotricado contra su gramática. Y yo actuo, por la serotonina, de una marihuana invernada en un lienzo-aguja de coser de una hoguera y un cadáver que al fin nos arranque lágrimas, como obras. Un razón para llorar con la pistola cargada en el olvido. Y tú ya no. Porque te busco y me encuentro con la otra tipa que rompe botellas sentada en mi silla. Y no tú ni la posibilidad de enterrarte.
Destronados. La segunda persona del singular ya no me come las arterias. Es una promiscua vscosidad de la pobreza del verso. Quiero decir que es pagar el hachís y perderlo en un barco con patas ortopédicas que pretenden el naufragio donde tú mataste mi alegoría. ¿lo ves? Ya no tienes rostro. No posees capacidad para estercolar mis huellas. Me conmueves lo mismo que la zorra luz del carrusel de un secuestro pactado, con la tercera. Porque si aprieto las manos, saltan los plomos, del puto cartel de la publicidad del "haría" y sin embargo, esas sábanas flotan como espectros el arar de mi olvido.
Me siento empañada. Lejos del blues de los vidrios en tus ojos hambriología de mi después. Como atraida por la saliva del otoño, metida a cuchilladas, en las maletas que se llevan la memoria al embudo de tu noche. Caerán tal vez, rotas mis uñas en tu mesita. Y mis ojos despotricados, en el alfiler de tu escritorio. Tal vez la violencia de ese desconocimiento es que te estás matando de mí y sólo lo palpan los pájaros que se fueron de nuestra vida. No sabrán mis semanas trazar el beleño que invoque tu canto. El tiempo ya no sé qué quiere de la arcilla. Todo me parece extraño. Y yo más extraña afilando lapiceros con sangre de mirlos. Esos dibujos, como una manera de malversar la memoria. Y el hueco que lo es porque no se mató el cartero en tu casa ni tu casa en mi ausencia. Busco en los amarillos, una manera de decir adiós sin que el pleito de la nube destruya el camino que el camino ha entregado a unos ojos cerrados que duermen el fuego ode tu cuerpo en piezas de plomo.
No habla. Me mira. Desfallecer el fruto en esas manos hortelanas de mi lágrima. Y es tan glaciar el pronombre en la esquina que penetras en la página, que es un juego o una manera de olvidar. Miro y soy mirada, lejanía. Juegos esquívos de la tabla cromática. Y ausencia es todo lo que puedo ofrecer a esa pregunta.
No estoy en la escritura. Estoy en la envolvente luz que tus trampas siembran en mi manera de mentir. Y silencio, gorriones. Misterio de cal en las uñas del abedul.
El sol baña la melancolía de octubre colgada en la deuda con tus trenes. Yo me visto leve de esa otra ansia, del coñac en las sábanas de la lejanía. De a poco, hablo con las sombras, de tijeras y pegamentos y collage y formas de largarse sin endeudar palabras en cuerpos.  Es casi absurdo, el lenguaje amortizado en la emoción acuchillada entre tu sexo y el vencejo que se mató en esa ventana.
Ahora despertar al abuelo. Nosotros que vivimos entre esqueletos de golondrina. Y montañas de silencio dentro de la cocina de carbón. Cuidarle con el amor, de las nieves, el recuerdo que siembra en los corrales. Y viajar en sus ojos, tan lejos, que no sepa hablar la historia, de la arcilla secuestrada por los lobos que bajaron a cantarte la soledad colgada con pinzas de la luna. Hacer el café y el chocolate. Algún tipo del motín de mi infancia será destruido en la tumba del abuelo. Algún pájaro de papel y barro, será olvidado en el cadáver del abuelo. Pero mientras ese vino iinverne. Jgar a que somos esquimales, dsuniendo las piezas del collage de los perdidos. Fuera de las leyes de los humanos. Extorsionados contra el peso de la tierra.
Lavarme el ansia de tu sacrificio entre mis urracas. De camino me perderé cada noche, cien noches, en la violencia del whisky que dejaste en mi vaso, para explicarme la lejanía que te impedía comprar ese billete. No importa cuándo llegue. No importa si jamás. El gorrión ha visto en el fondo de esa bañera, la prosa pornográfica del amor de tu destrucción. Meterse en mí. Secuestrar mi ternura. Manchar toda mi piel del semen del olvido por el que pagaste ese poema de amor.
Nos iremos. Porque el aquí, se pondrá en huelga, contra tu huella de micromina y esa polvorienta garra de tu futuro.
Dejaré enterrado en el patio, el muñeco de harapos y cartón, la sidra y el porqué. 
Tanto que correremos que nos olvidaremos de que hemos nacido y que alguien nos espera.
Soñaré las noches en las que piense en la muerte, con tus labios manchados de vino, y tu tez vagabunda, secuestrando mi pasado.  Tal vez, tu fosa sepa como la mía, que nos debemos un tajo en la yugular o el perdón de la rosa de arena.

pasan y pasan los días
y el 24 de agosto es un baño de ácido sobre el cartón en el que estaba escrito "estuve aquí antes que las ratas"
no se mueve un sólo ácaro de la codicia de tu carne en las sártenes que nos regaló la gitana, para tentar al viento, con la datura que llovió en el nombre que el nombre devoró de tu cuerpo y arrancó del mío, a la sota de espadas que yacía en el suelo de ese bar, como un presagio del coche que iba a salirse en la curva y a matar al hijo que no tuvimos
yo paso por los días, como la contra de sus huesos, pierdo la noción, al oir la hojarasca vomitar cuadernos en las cabezas inocentes de los decapitados del porvenir y ahí suele caer tu recuerdo en mi techo como una gotera, pongo debajo el cazo y comienza a tintinear el sanatorio la destrucción de la geometría
no te molestes mucho en transformar la basura
no podemos quedarnos, da igual que levantes corales en el agujero de mi pecho, no podré devolverte la clandestina luz de tus martillos
allá, dónde aún el espanto te impide ver, crece la flor de gas, que encaja con tus cerillas, no podremos sortear, el asesinato de las tejas, ni el suicidio de las ventanas, sobre la legaña del tren que ya acuchilló tu destino, cuando tenías 15años y un amor de queroseno, en la lengua muerta de tu sombra
¿que para qué? para aseverar la ignorancia
llevarla como cóctel molotov y restregarla en las vulvas de la vieja pasajera que ladró tu nombre cuando querías morir
sólo eso tendrás, lo que en tu puta vida, ordenarás entre papeles, ordeñarás entre olvidos
lo que nunca comprenderás cuando tu vehemencia se vuelve una criatura maldita  y tu madre llore puntas contra tus ojos y tus ojos se creen la maquinaria de la muerte que compré para ti, entre los insectos que nadaron sobre el charco de sangre de ese historia que se volvió otras historias para que no te suicidaras.
Viniste cuando ya no quedaba nadie en el cementerio.
Y esa flor que robaste a los gusanos, labró en mi amor, una distancia irreversible, que me pegaba a ti, como a farmacia de heroina cuando acercarse, es desahuciar los pies del camino y el camino de las palabras.
No sé cómo matarte. Y los colibries han decepcionado al sur en el cuchillo de tu olvido.
No sé cómo dejarte mi memoria. Y los pasos lascivos acaban en el envés de tu tumba. Y mi cuerpo te busca como el pólen que se abandona al viento y atormenta su destino en los ojos del lobo.
Pongo a secar la soledad sobre la escarcha. Sólo crece el cielo vizco de tus sobornos, en la copa de ginebra. Si hubiera sido antes, el perdón se quitaría la ropa y follaría en la intemperie, el rencor de tu noche. Pero ahora fuimos nacidos por la historia rota. Y se hizo la piel, a la esquina, mandíbula de viento. No puede guarecerme, de tus muertos, ni en el pozo de óleo. Como si esperara mi propia muerte haciendo crucigramas, con las fechas perdidas, enhebrando coñac, al cáliz que tiembla los nombres propios como un desfalco. Y a la vuelta, nadie. 

Eras un atormentado. Pero el pincel del abismo, se movía en tus dedos, como el rock de los horfanatos.
Eras cicuta en mis agujeros de tiempo. Pero te amaba con obsesión pictórica. Por alguna razón, tus suicidas, eran los únicos capaces, de cavar la tierra en el confín de mi exilio.

Y ahora ahí vuelan cuervos y las ratas se preparan para el hielo. Las ciudades son animales rabiosos, desgajando en las mochilas, la pobreza abrasiva, de un destino, que jamás, dirá aquí.