Asar manzanas con mermelada de arándano y vino y miel. Mirar a las reses en el monte y ese bermejo de la tarde moviendo al sur la melancolía. Ya no te encontraré en la forma que una vez, nunca. Tal vez te coman las chinches y me escupan un óleo que te regrese. Pinto la pared de la fachada que cada vez se parece a una mesa de mezclas más que a una casa. Mientras el viejo corta leña para no sé qué cocina de carbón con la que soñó en mayo. Cualquier día hacemos la fotosíntesis dentro de una botella de anís. Escribo "ne me quitte pas" dentro del agujero negro de tu voz. Ya no hay nadie que se lo crea. Pero nadie necesita nadie. Y creer es lo mismo que la salvia en el dibujo del elefante que pisó las plantaciones de ese porvenir del tapón de la bañera y creció una araña, que lo recuerda todo.
Quiero comprar pinturas para la intemperie y una mesa para clavar el olvido al peral. Pero hace meses que el dinero no alcanza para liberar al pez y alimentar al pez. Así que hacemos, roto sobre cosido, y mejunge de reciclajes. No hace falta tanto, si el sol ama a los chopos. La mayor parte de los productos que venden en las tiendas no los necesitas y son mierda enfrascada en la vida domesticada entre pocilgas con ambientador y nº de serie.  Es de los ciervos de los que hay que aprender a pisar y no en las escuelas y no con los semejantes. Es el río cuando canta la hojarasca el que conoce la riqueza y no esos trajeados resabiados de hormigón y maquillaje. Es a la dicha de la rata a la que debes envidiar y no ese tipo del yate.  Es a don nadie con el blues, al que hay que ir a pedirle trabajo, consejo y patria. Es el vagabundo el que sabe sacar amapolas del bolsillo y conejos del sombrero. Es el jefe ahorcado dentro del corte inglés a punto de arder y propagar el fuego al ayuntamiento y al registro de la propiedad, el único que sabrá con su sangre derramada devolver el canto del lobo, a todos los bosques. Y hacerte libre.

Mientras haya jefes vivos. Gobernará la peste.
Ahora tengo alegría tartamuda, de pelucas enmarañadas en el espantapájaros de cabezas de cuervo y un modus operandi de psicóticos tocando el violín para matar en secreto al alma de las vecinas y sustituirlas por las de urracas y murciélagos.  Contigo tenía alegría, del bien, de la bienaventuranza, del infinito, del sol y las florecitas y ahora se me pegó tu manera de escupir y de pelar peces.  Despecho de un cristo en la sopaboba de los mártires, contando clavos, para sacarse el extreñimiento de los santos, que prefirieron el dolor en lugar del paraíso y la quimera en lugar del fuego.
Nos fue desafortunado. Pero ya te dije que la clase de suerte que te rozaba a ti te empezaba siempre por el culo. Y se me contagió la rectal marena de desperdigar el vino.

Tal vez un día nos haga gracia.  Y ya no nos parezca lo más triste que le puede pasar a un mosquito debajo de un zapato.

Yo tenía otra vida antes de esa noche que se la ha comido el gusano de la manzana. A mí antes no me hacía reír el ensacado golpe del pozo encima de esa hiel que cae como estampita de la vírgen y la anciana se pone azul y las cisternas echan humo de rata y empieza a llorar el último de la fila y me da alergia no tener cuchillos o una cloaca de segunda mano. Antes lloraba con tu voz como mi cuna. Antes tenía media ética en la escabechina del lienzo y no era todo éste vanidoso sin sentido de maleantes adictos a buscar una manera de morir que salve al puercoespín.
Eso me lo tenías que haber pedido hace dos años. Ahora se lo han comido los muñecos de nieve para engordarme la tragedia del escarabajo en el ardor uterino de las abreviaturas del ripio y tus profilácticos.  Llega tarde el reclamo de la seriedad. Tarde el compromiso de los allegados a la genética del mono encima del capó bailándonos la vida en rosa y pagándonos el tren para que el casero se quede sin cobrar.
No es que tengamos un sólido plural. Pero tampoco tienes que hacerte la fotosíntesis encima del promiscuo verbo. Es cosa de gas y zíngara letra para aderezar el almibar. Un poco averiado del timbre. Un poco sobrado del jugo para el resplandor de ese pecado que te gusta a las en punto de mis irregulares ciclos de la venta del caballo para relinchar los agujeros. No podemos presumir de presunciones. Pero no es para quejarse de dadas para atajar al postre.
Te haces el sordo. O es que ya no te colorea el colorín colorado del buitre en tu cama de agujas.
Ya no te mojas en mis aguas o es que te secas de camino al cementerio y me engañas fotografías sepias para mi recolección de crisantemos y el marcado del aullido con la pata arriba en el callejón y ese labor de perros en tus sábanas. Con tan osada pulcritud de pulgas. Y tu sangre es perfume y senda.
Hay que echarle chili. O sobra del harapo de luz cotizada en ese sudario, de tus años gastados para contentar a mamá y nunca te enteraste que tu madre criaba cuervos a escondidas. Que ya cansada de sus ojos quería sangre a la buena causa de una causa que la perdonara tanto extreñimiento por levantar una familia. Nunca me fié de tus buenas costumbres. Prefería quitarles las pulgas a mi perro y restallarlas entre los dedos, soplando las velas del insomnio.  Tu familia me era más rara aún que la mía comprando estropajos y perfumes de cera para dar por zanjadas las deudas con el enterrador. Y entre ellos me sentía como un insecticida en manos de un peluquero para el día de la boda.
Del horario en tu mandrágora le da el síndrome de estocolmo a la ginebra con tus líos de pronombre en mi cama. Y me quieres sedienta y mi sed se hace un colador-prostibulo de la lluvia que más moje a la noche de los desrelojados. Y me hago un sudoku con la esperanza de levantar contigo un huerto mientras me fumo la flor y digo el pólen al presunto de tu culpabilidad en algún lugar que valga por éste si somos gatos pardos cuando llaman al timbre y salga lo que salga, en el teorema, sale pleno de las vides y la zorra, y ya tenemos vino, para todas las heladas.
Me llama un tipo raro al teléfono y me dice no sé qué de Angelines, el prefijo es de la zona, le digo aquí no vive Angelines, y me dice Angelines de los cojones qué haces ahí? y le digo, que te has equivocado y me dice con resabio ¿seguro? y le digo, sí, no sé si para bien o para mal, pero esta es otra casa.

Al colgar imagino, una historia de cuernos, de amores-prozak y cerbatana, prisas sin salvación y un perro aullando encima de las cloacas.
Estoy distraida. Y pienso en escribir, pero despienso, al sonido del moscardón, de un cristal a otro cristal, como esos viajes con la mochila-abono del tren que volveremos a perder y pregntarán y no habremos sido nosotras. Y recuerdo no sé porqué a P.  esa mañana, cuando teníamos unos 7años y quedamos en la esquina de siempre para ir a la escuela y fuímos pisando charcos y embarrándonos y salpicándonos y la maestra nos volvió al llegar otra vez para casa a cambiarnos y a la vuelta volvimos a pisar todos los charcos y tardamos mucho, nos entretuvimos una eternidad en cada gesto, en cada futuro que no queríamos. Y veo en esos amarillos, ese avión de papel que soborna, a la tierra que se está perdiendo para huir de una vez al luhar que prometimos a los escarabajos de la papata.
Hay una especie de moscardón grande como el dedo gordo de un pie que siempre viene a libar la madreselva y nunca lo he visto en otras flores. Lo miro con asombro y alegría del desván que esconde las bicletas. Me da un poco de asco, pero asco andante, asco-guiño del arcoiris en sus ojos-espejo de mi intemperie. No es como el asco seco que siento cuando te pones grave. Es misterio de sus cuatro alas, a un palmo de mis dedos. Los bichos suelen ser los acontecimientos del piano de huesos de la casa que destripa su exilio. Los humanos aquí somos calcomanías de un estupor sin nombre.
Del socavón y el préstamo. Fe patrocinada por el muérdago de tu ultratumba. Dicha con seguro a terceros en el trance que presta la sabandija enamorada. Tómatelo a la ligera en la salmonelosis de tu noche entre mis agujeros. ya de atormentarmos mañana, ya de tirarnos los trastes cuando pase el chatarrero, ya de ponernos dignos, cuando la ética no sea del mono y el anís a su hora.
No quieras deprimirme con la puta solemnidad que esperas de la noche en el desfalco del poema y nuestro perdido porvenir.
No quieras darle poder a las defraudadoras cebollas en la tragedia y la cochambre que hace bolitas chinas en la hoguera. Que no ganen los tristes. Que no ganen los viejos. Que no saquemos nada en claro. Que no te sea útil para defender una vida. La historia es sólo para los payasos que corren el rimel en el ardor de su pobreza. 
Quiéreme circo y no tierra. Cúlpame LSD y no cuerpo. Que no cuenten los relojes el tiempo, sino los carboncillos. Que mi cama de sea, tragedia griega dándole los paños a los locos o porno-metafísica y no morada. Que ésta relación del todo inaceptable para tus zorros materialistas, se haga jauría y no recta, fuego y no depósito.
También fui feliz, el instante es que moriste, con mi mano en tu mano. Porque sentí la eyaculación de los duendes sorberme el peligro. Y nuestros juegos de canicas y chapas, cruzando la selva. Y ese vértigo de un poema indomable, de tus ojos a mi miedo, cavándome nubes y secretos de brujas.

El velatorio era triste. Y el abuelo, perdió todos sus papeles, en el tráfico de los hollinadores. Y el abuelo hablaba paraguas con pistolas.  Y mezclaba la paloma del espiritu santo con el cuervo en celo y fumador de marihuana. Y yo imaginaba que si estuvieras, le gritarías, como solías hacer cuando se ponía así, que se callara la boca, y un ¡caramba! que cruzara todos los infiernos.

El abuelo y yo, fuimos a comer a ese bar de carretera y nos echamos mucho vino y pocas legumbres. Y al volver al tanatorio, el abuelo estaba aún más loco y yo más hierro incandescente. Y empezó a proferir un discurso de palas y juglares. Y no me pude resistir y me entró un ataque de risa, esdrújulo como esdrújulo el llanto. Y salí corriendo afuera para no ser del todo improcedente. E imaginé que me abrazabas muy hondo con el amor de la salamandra.
Puede que un día mi pena me masturbe brugmansias. Y sea huevos y sardinas, para tirarle al aburrido vecino que se queja de que mi perro ladra pero no le molesta que ladre en vano su cerdo corazón.  
Puede que mi pena esté aprendiendo a correrse haciendo el pino. Y pronto sea mi casa de muñecas de opio ofreciéndole viajes paradisiacos a mi huella echada al balde de los morosos e insolventes domadores de pulgas. Puede que cualquier día  me lleve al cielo por la izquierda del agujero de la conciencia de dios encima de la amanita.
Ni una mentira quisiste contarme para salvar la risa de la hiena entre los terraplenes. Y mira que eras especialista en recursos lingüísticos del suicida y el que se está desenganchando y puede que mañana estemos limpios si tira a favor del sur el norte y la cigüeña nos caga el Sena encima.
Ni una onomatopeya para hacer feliz a mi zorra caperucita o abrillantarme a la parca en la ruleta rusa de la margaríta y aquí ya no queda ni una afirmación ni una negativa, todo es según se mire, mandrágora para cegarnos llenos de lascivia y ver por fin sin ver nada al puto semen de dios.
Cuelgo una toalla en el tendal para que no me dé el sol en los ojos. Si hubieras tenido negro sentido del humor, hubiéramos salvado a la mariquita correteando por los dedos de la tumba para echar a volar. Si no te hubieras tomado tan en serio, la tragedia de Sísifo tendrías ahora la montaña de Mahoma corriéndose entre tus piernas.
Ya no me quieres. Y mi pena es una manzana que nace entre avellanas y orujo de los desterrados.
Ya ni guardar las apariencias ni los vicios. Y se lo digo todo al perro vagabundo. Y busco tu rastro por la red y sólo hallo el contestador automático de la noche puta en tus burdeles. Y yo te quiero todavía que es lo mismo que fumar el hash con la salvia divinorium y alucinar un pez que me dicta ripios del manicomio en el que nos veremos las caras cuando seamos dos protozoos.
Viene un técnico a cambiar el contador de la cuadra. Voy a abrirle la vieja puerta de agujerito de carcoma con mis zapatillas y mi vestido de lágrima de escarcha a punto de hacerse el trapo sucio que perdonará el 24 de agosto. Espero medio impaciente a que termine de una vez, medio en busca del maullido de los espectros de los gatos que quise del pajar y ya no están. Me habla del invierno. Y yo le hablo de guantes con los dedos cortados y perros que duermen en la nieve. Luego le hablo de que esos nuevos contadores dejarán a gente en la calle y de la explotación del patrón y la luz eléctrica. Es un hombre bello. Con peinado de gato. Le digo que antes aquí había vacas y cerdos. Y que ahora están fuera. Hace tanto que no hablo con un desconocido, ni con nadie, que me parece una eyaculación de materia lingüistica y extravagante de mi rata ovillada al llanto del rocío.
Viene P.  del viaje, para un par de horas de traqueteos y sintomatologías del olvido escalzado en la flor amarilla. La grito desde la galería, ya ni saludas, ni me das un beso y me grita desde abajo, estoy cagando y yo ya ya y es más importante cagar y la depuración de la torcida noche. Luego nos reímos una culebra y nos damos un beso de gnomo.
haces bipolar mi ya impúdica ética
haces trampas en mi grito de los desiertos y las malezas y me hollinas la tristeza de las recolectoras de tomillo en la cazuela al fuego de una oblicua cocción de futuro y vehemencia 
me niegas la afirmación a través de guerras apátridas y rizomáticas causas de los descausados 
me impides quedarme en la zona ultrajada de la memoria de los olivos y me empujas a la vagabundia de nos, el sol y la puta locura de los mecheros
ni contigo ni sin ti
vamos a salto de rana
en esta obsesión de posesos catadores de imanes perturbados

y me metes la amanita en el buzón
y mi marcador automático se hace adicto a la entropía

y me sale la tercera moral del amor, bañada de ácido, para el debajo de la lengua bipolar de una medianoche y un atraco a la farmacia

y luego nos quejamos del doble sentido de la persiana en esa habitación de hotel, barriendo cada cual para su luna y pagando las deudas con flores prohibidas
y luego me reprocharás que soy contradictoria, cuando todo lo que te toca es por obligación promiscuo y ambivalente para acertar con tu nombre
Yo quiero amar como una puta caperucita.
Pero tú insistes en estropear la pulcritud, con tus tormentos de hollinador de desengaños. Y depresiones post-traumáticas de tormentas de degenerados.
Y me malversas el corazón en orgías de juglares y de locos. De agujeros negros y marmóreas metafísicas de los desterrados.
Y me quitas el caramelo de la boca con tu neurótica adicción a la vitamina C o a no sé qué queroseno del hambre de los que nunca llegan con la sombra, ni a favor, ni del viento ni de la tumba.
Me bajas la líbido de la monogamia.
Me llenas de trampas mi ya impúdica manera de rezar amapolas.
Y me metes espectros en la cama. En nombre de algo que sólo solucioná nuestra lascivia.
ya no sé si era literatura o un caballo bebiendo del río bajo el diluvio
confundo la luz del día con los urinarios de las gasolineras y con tu manera de quitarme la ropa y preguntarme hash en la usura de mis poros
confundo el amor con una tapadera para blanquear olvidos
tus ojos con Marte, Marte con una tumba babeante de helechos
mi engaño con mi pago de los recibos, mi pobreza con el perfume, mi pecado con el recurso lingüístico
tu noche, con el billete de tren bañado con ácido, con la mar como destino o una manera de matarse para acabar el poema sin usar la tinta
el sin sentido
son también tus labios mordiéndome mandarinas
es la mala compañía que me ejerces en el cuaderno
y ese km cero, de nuestras muertes, sombreando, una manera de mentirnos

me vienes a decir que soy una infección y que necesitas olvidarme
y yo lloro pulgas, porque ya no soy dueña ni de los ríos, ni de las rocas

y oigo otra vez el crujir de una vida entre el cieno y la alegría de los jabalies
desbarajustar el principio del olvido y del recuerdo, en el trato contigo, encima de la mesa, debajo de lo búfalos

y se me hace más cínica la noche y el corazón se me embriaga del contrabando del azúcar y de la pistola, en el mismo burdel, que tus lunas interminables
Soñé con un trato que cerraba un juglar. Y nada era tan serio, para ponernos tristes. Abrí los ojos. E hice lo que hago cada vez que me despierto. El sol está asomándose sobre el monte, aún ese resplandor de legañas de tiempo. La casa está fría y más fría que estará. No sé qué tan grave para hacernos daño, como los viejos sin esperanza en las pulgas. Ni qué coño te ocurre para estropear la canción de las cebollas. Si es un juego buscar el piano que siga a la sombra. Un juego tiene que ser, el violín del desvelo, entre los portazos. Me entra hambre de micromina. De mi soledad cortada por las esquinas y colgada de la huella del ave que no recuerda. Quiero ir en diciembre a la mar. Tendré algo de dinero de mis chanchullos de mariquita contando tus dedos. Aunque tal vez se pongan las puertas del revés. Las urracas están en el patio comiendo los restos de la comida del perro. Antes había lobos en estos montes. Y hasta que no regresen la humanidad estará perdida.
ya no es que me duela, es otra cosa, desvirgada en la noche que pagaste del prostíbulo para que te amaneciera por una vez fuera de tu espanto y no lo conseguiste, porque te dio el gatillazo por la culata y con el embargo en tu todavía propasándote con el whisky de la usura que te pagaron mis putas para estar en paz del sacrilegio
lo mires como lo mires lo mirarás mal
porque para verlo bien tienes primero que poner patas arriba a ese protozoo de tu ética metida en el aparato digestivo que no cagaste para ahorcar a tu familia y su gen impostor de los monos
te lo dije, te lo dije cuando viniste con esa rosa a apaciguarme la peste
que para calmar al usufructo del devorador lenguaje del horizonte-autobús en llamas, tienes que convencer a mi suicida de que tu amor es sincero y para eso, un poco de daño retractor de la misericordia, antorcha que pagaron los olvidados camino al cementerio que creció en nuestra cama
me entretengo al cantar esa nota desentonada en mi pecho
porque así me sabes menos a sapo y más a otoño
y el anacoluto que insiste con mi vida se hace los favores en el mismo retrete que tu alma
y así en ese clamor de la cuerda vocal haciéndote de soga, la canción sale despavorida como un río de llanto en el salmón erecto de tu líbido del eterno retorno
y se me hace más bonita la idea de la destrucción absoluta de una memoria con tu sangre perpetrada en el lugar en el que vuelven a hablar mis ermitañas de ese desvío que a la medianoche compró tu pecado

no lo sabíamos entonces y no lo sabremos
en algún lugar del desierto que implora a la siguiente palabra
tu insomnio y mi insomnio, son la misma piedra en la misma mano contra la misma vida que nuestras vidas perdieron
qué he de hacer qué he de hacer qué he de hacer crajjjhhhhhhhhhhxxxxxxxxxxxx
para que me encaje el descosido en el roto
y mi corazón en tus añicos
qué coño tendré que robar a las palabras para que tenga sentido esa fecha en el panorama cubista que cada día entiendo menos y se me hace alcanfor en la morada cuando pregunto cuántos han quedado aquí, que no sé dónde se me meten las manos ni qué coño hago sujetando ese vino que sabe a ti
el sentido no está muy claro desde que vino con él esa mujer ahorcada en un cuervo
a lavarte las mesas con esputos de una ética apurada por el clamor de un libro que se que cayó encima como estampita de la vírgen a punto de arder

lo único aquí sabido es que ya no estamos ni para hacer apaños ni para reparar memorias
y que lo nuestro ya está cogido por el desfalco y el oficio que no nos dieron

aquí lo único que se puede hacer es tirar hacia delante
porque atrás hay un panorama del todo cochambroso, que invoca a la locura ¡(º...º)!
y atrapa la musaraña y te la mete en la tripa y luego ya no distingues tu estómago de tu voz para cantar
o esa cisterna que clamó lo que es del viento y se perdió en noches oscuras contagiándote de esa historia paralela que al final la puta vino a escribir lo que yo quería aquella tarde en la que fui a pedirte amor
si tú me lo dices que sea con descaro
que sea para que no te lo crea o algo parecido que se lleven los osos
yo aquí todo lo que miro es ilógico, empatanado, lleno de la hiel que perdieron los puntos cardinales cuando te me hiciste una cucaracha en el plato y el hambre esa inyección que nos dieron los proxenetas de una religión que no convenció ni al llanto que tanto te molestaste en encubrir para que siguiera queriendo de ti la roca cuando mano a mano éramos una avería que no había dios que arreglara ni nuestra tercera persona ni la sed para mañana que...(* y aquí llaman al timbre y me joden la canción y bajo a abrir con una tripa de gato porque sé que me han oído cantar y que piensan que soy una perturbada)
no lo hagas vano
hazlo vanidad de tu fetichismo de descosidos en el roto
mojados en mi cama y a la centrifugadora de tu mujer y ahorro familiar del tetabrik y del espanto
no lo dejes como lo insensato
cómetelo como amanita limpiando la puta educación que te extriñó tu madre y nos salió murciélago en el desván
sácale rendimiento con la vehemencia del anacoluto
y no con la mesura de los beneficios del bífidus activo
Asar manzanas. Y cocer arrieros en ese lugar prepulsor del fracaso que se agrava en tu cuerpo como la flor prohibida.
Palabrita de pescado a tu espina.timón, de mi fraude enamorado.
Si te encuentro en el bar de la esquina y no me sale de la boca un estropajo de opio. Será que todo ha sido mentira.
Te entretienes, peinando piedras, y lo llamas, tus deberes. Exoplas con no sé qué melodrama la futilidad que cotiza en el civismo la muerte del fuego, y lo llamas tu tragedia, y dices me costó sangre y lágrimas y se te pone cara de jornada laboral pidiendo horas extras.
Y me vienes ocioso y lascivo, a redescubrirme el poema muerto, adoctrinador de luciérnagas en lo que señalas como mis defectos y son ese cubismo que rapiña el lugar que no ocuparemos, ni entre la gloria ni entre ninguna utilidad que tenga la deshonra de servir a la ciudadanía.
pasó un tren de ánimas, con las bragas de tu madre recolectando mi nueva ética en un tendal de mercurio y lagrimones del efecto retardado de tu esperma en mi metafísica

y yo me hice la interesante en la apología a la ausencia

placenta del calcetín que se come la polilla para darle a tus huellas camino espolvoreado y promiscuo de una diárrea romántica o sin sentido con el conejo enconejeando la reproducción lingüística que perdiste en mi cuerpo cuando te extreñiste de un ataque de religiosidad y se nos puso el plural incognitizado en las raíces del cura acuchillado por su propio recto
me hice roca en tu roca
para salvar la virtud de tu estercolero
me hice agujero en tu agujero
para lavarle los dedos a tu melancolía
con toda esa fiesta de frutales pagándote el perfume
que tu carne fresca perdió en mi alcoba y en mi asíndeton con efecto lubricante y retardado

y la lágrima era igual que un gusanito de seda
pasión de estropajos y micromina

si me lo repites entro en trance religioso y el último girón se hace un tajo en las venas del puto vendedor de humo que nos salió de los genitales al frotarnos la vehemencia con esa muerte sin bragas
saco a mis muertas a pasear entre tu sombría esperanza
y se me hacen amapola en celo cuando señalas entre mis piernas tu alevoso hastío de ociosos comedores de opio y masticadores de obras de queroseno que hacen del romanticismo una pistola entre tu sien y mi ninfomanía

vienes a callar a la enésima el silencio del tapón de la bañera cuidando de la trucha de la gasolina
en mi cuerpo, como una afrenta de cazadores de anacoluto

vienes a hacer un fuera de campo con nuestro plural entre los murciélagos

y como un santo masturbándose el camino al cielo, me desseñalizas el rencor del orgasmo en el expresionismo que compraron nuestros indigentes para hacer de la limosna la venganza de un acto
El sol cae en el monte. Y yo me vuelvo a vestir, la blusa llena de las manchas de la pintura que no quiso para sí ni la pared ni el lienzo ni tu fosa. Y la chaqueta de botones y agujeritos que cogí del armario de la abuela cuando se murió. 

¿es acaso aquél fuego una infamia?
¿vienes a escribirme el tercer acto con el salpicadero lleno de hash y borrones de tinta?
¿vienes a decirme con el impúdico despecho de las aves de rapiña que todo fue engaño o nosotros éramos la rana alucinógena saltando charcos?
estás enfadado? 
el silencio te es mejor vehículo que la obscenidad de la noche?
ya no quieres la virulencia del yo atormentado y masturbado a la calavera del viento y la mandrágora?
o se te ha muerto el jilguero y andas de luto? 
te escondes de mi cama o de mi tumba? o le salió sarampión al reloj de los desencajados?
ya no te hace gracia la sabandija del óleo?
Me desnudo para tomar el sol mientras escribo o pierdo lo que escribo. Los ventanales dan al sur y al oeste. Mis sobres de azúcar se han ido con los cactus.  Pienso en una luz extravagante que recoloque mi olvido entre los estantes de calaveras y micromina. Haga parir a la ratita azur, esa lluvia que pagó el tráfico de influencias de tus sapos, de tan mala manera y con tan poca lógica. Te doy por causa perdida entre mis descausadas maneras de infectarme de luna. No te guardo rencor es otra puta cosa que insiste en mancillarme la semántica. Tal vez te guardo un agujero de carcoma en el lienzo del hollín. O la mano del robo, en la mano que se limpia entre el cieno. Tal vez un puto amor enfermo de sí mismo. Y que ya no sabe dónde guardarse cuando ríen las hienas el infinito de su pólvora.
A veces nos devora el mismo fuego que una vez llenó de violines los cementerios.
Y los sueños se hacen, añicos de palabras de gaviota en busca de la tripulación de los espectros.
Y eso que tanto queríamos, se hace un cuchillo en el cuello, escarbando el lado oscuro de las cuerdas vocales.
Y sólo el lobo, de la nieve y de las galernas, se queda entre nuestras ruinas, para amar amapolas al mundo de los olvidados.
Si me hubieras querido hacer feliz, sólo tendrías que haberme regalado una cucaracha. Aunque fuera coja, tuerta y medio demente senil.
Yo lo hubiera entendido, maldito mecanografista de la zorra benevolencia. Maldito recolector de estampitas de la vírgen. Yo lo quería. Quería la afrenta del cianuro o la descomposición de los girasoles.Mi corazón frito en la sartén de los desterrados. Y no tu puto civismo de enterrador con guantes de latex.
El perro ladra. Hay un gato negro con una patita blanca encima del chopo. Bajo a guardar el perro. Y el gato me mira.  Se me parece a ti. Se me parece a todo lo que he olvidado. Lo llamo con risa de sauco. Y mira lluvia. Salta al otro lado de la finca. Y corre despavorido prado adentro. Me entran ganas de llorar por no sé qué canción que ya no recuerdo.
Deberías de tener el valor de la cacería, del esperpento, del nado en la cloaca, hacer de la llave la cabeza cortada de un mirlo y darle de comer a las larvas.
Deberías venir aquí a mancillar la memoria y a destruirnos ebrios del fuego y no del vacío.
Porque te quise tanto. Sembrar un sólido cuchillo. Una lágrima de elefante. Un colmillo de Léolo. Un pez del aqueronte. Una razón para desintegrarnos, sin soltar mientras al infierno.
Venir a robarme todo lo que te quiso. Y clavar el barco, ahí, en el cementerio de hojalata. Y el sol momificado, en el motivo de los lobos. 

Aunque sea sólo por el blues de la muerte. Deberías haber matado a mi puto jilguero.
Te miro en las rocas ennegrecidas que el monte parece morder a la destrucción del monte. Y estoy cansada de verte y de oir el anacoluto persistir en mi página, como apología a la herida y al terrorismo de los puntos cardinales en las lágrimas de queroseno.

Quiero marcharme. Empezar entre jabalies y lobos. Empezar habiendo olvidado la escritura y la vida. En un lugar sádicamente lejano de cuánto he vivido y cuánto aún perderé y conservará el océano.
No tenemos ni a los personajes ni al argumento ni al boceto ni del final, ni de la tumba, ni del océano.
Pero persistimos guión-camaleónico de los evanescentes. Con el autor haciéndole felaciones al alter-ego y al suicida. Y los derechos, entre los animales excluidos por la fealdad o por el espanto. Negocio de los insolventes. Apetito caníbal del amor que nunca se quedó a limpiarnos la sangre.
Ha pasado un siglo, desde tu parpadeo en mi cama, al invierno estercolado, en la criminología del beleño. Y no te han comido los gusanos ni me han matado los cuervos.
Sólo tiempo. Tiempo de antorchas y de ríos subterráneos que van a secarse a la mirada de las gaviotas. Sólo tiempo de arena y de queroseno. De papeles que valen lo mismo que los gritos miopes del fuego en la intemperie o ese amor de estraperlo y era mentira porque para llegar a la verdad teníamos que destruirlo todo, empezando por el propio cerebro en busca de la dopamina de la nube y el pielroja. 
Ahora soy una alegoría sobre el plagio de un libro que se lleva el equipaje de la roma destruida, en tu cuerpo en mi cuerpo, y en todos los que conocimos.
Un suicida sin pistola es más peligroso, que toda esa jauría de rabiosas dentaduras, señalando tu muerte sobre el piano. Un suicida que nunca se mata, es más manipulador, que la luz del alba, en esa tumba florida.
Yo quiero el trato de las uvas con la zorra. Del abono de mi pasado con las ortigas y la hierba que crece con salitre. 
Salir escupida de todo lo que aprendí entre los semejantes y darme al crujido de los pájaros sobre árboles en llamas.
Para ser libre hay que extinguirse de la pertenencia, a la especie, a la tierra y a una misma. 
Sólo mi muerte comprobará el gemido de mi sangre. Y se la llevará al ardor de los agujeros negros cantándole lunas a la lejanía.
Ya no creo en ninguna ley de los humanos. Ni siquiera en esa de no matarás. Pienso en la entrópica vejiga del espanto. En esos buitres acariando alamedas encima de los estercoleros y esa erección de la transversal sobre todas las tierras prostituidas bajo ciudades vendidas al dinero, a la usura y a la esclavitud. E imagino un cuchillo temblando en las manos de alguien lleno de fuego y azufre. Y veo las mismas palabras, que dentro de las catedrales. Los mismos actos, que en libros, charcos y suburbios. La misma sed, en el criminal que en el místico. Y pienso, que yo misma podría, haberte matado en lugar de escribir poemas. Y tu sangre sería la misma sangre que ahora. Y mi herida la misma herida, buscando las mismas alas. A veces imagino que el esperpento se cansa de una vez de los cuenta gotas de la podredumbre cívica. Y que como en el "teatro sólo para locos" nos hacemos el carnaval de la sangre, las armas y los cantos. Y hacemos de nuestros cadáveres abono para las brugmansias.
Hay que darle salida y poner a cocer la rabia. Fecundarla de la obra. No civilizarla como las viejas con mantilla, en la descomposición de los lirios y volverse muda y volverse cartón y volverse gusano.
No censurar el instinto del fuego y la navaja. Porque allá dónde el odio busca la tiza, tus tripas, levantan la senda entre los muertos.
El amor y todos esos apóstrofes que han escupido la blasfemia y cochambre de las religiones, también es un arma contra tu libertad y por tu servidumbre, cuando domestica en nombre de un amargo sosiego el fuego de tu pasión.
Nos educan para abominar y cautivar al salvaje que vive dentro. Y la ética amuralla en su estreñida hacienda, ese rumor que los volcanes comparten con el viento.
En nombre de una engañada perfección cívica y cagada,  a veces, acallamos el lado oscuro de ese espejo que luego se vuelve serpiente contras nuestros propios ojos. Porque hay que abrir todas las puertas y llegar solas hasta su extremo.
Me es ajeno ese tipo de canto. Yo vivo en la metaestancia de una pisada de ginebra y un destino huidizo y abyecto contra la ginebra.
Creo en el proceso del aislamiento, mugiendo, los violines de cicuta, hacia la salvaje indisposición a la pertenencia.
Llevar la primera persona del singular, al sadismo de su desvencijamiento. A la pistola que lleva la mano, la sien y el horizonte, en la misma canción, en la que somos manchas de acuarela. Y esa alienígena continuidad del sarmiento y de la mar, en silencios embarazados de distancias que apresan lo tangible en pipas de salvia. 

Y tú allí. Mi daño y mi cuchillo. Mi recurrente pérdida, de intenciones y de futuro. La mariposa negra. Sangre de un libro en el cuerpo desnudo de un viaje hacia el éxodo. Y ese crujir, indeble y acorazado, por el mismo sueño, casi cadáver, casi recien nacido. 

A él le conocí en el cabaret. Mentí mi prisa y mi pasado. Se trataba de no sacar los papeles de cajón ni el contexto de la vehemencia. Cubrirnos como personajes de un guión alquilado y delirante de un promiscuo final que sacie la noche del insomnio.
Las flores que nacen en octubre. Miro el desconcierto en esos aullidos de hollín que repoblan mi mala memoria con hilachos de desfiladeros que entregar a la naturaleza muerta para que mueva los pinceles y se encargue de pagar al olvido.

Todavía me siento violenta de un campo semántico que sucede en el poso de tu vino. Y hace de mi casa, postilla de una tristeza, tantas veces mancillada por el rencor de otra realidad que ya no pronuncia la sapiencia del canto, ni en tu boca ni en tu lágrima.

Escribo y a veces no hallo ninguna utilidad a las palabras. Sólo la búsqueda de la legaña de la nieve. Te he mentido pero nunca te importó la verdad. Y no creo que hubiera una gran diferencia entre el ojo arrancado del gato y la helada sobre los olivos. Me importaba tu opinión. Y ahora me importa su bypass en la masturbación de las metáforas. Me digo silbando hacia el mar que un día me hartaré de hablarle a la presencia de las rocas en mi vientre. En algún momento se agotará el rizoma gaseoso del olvido. Y otra tierra recogerá el grito. 

Si vivo lejos de las gruas. No escribiré gruas. No sufriré gruas. No engañaré gruas.
Contar mentiras con las yemas de los dedos a los glaciares que abonan el silente de ese crujir. No me tomo en serio, a mi rencor de amapolas. Sólo que a veces escupir para que no se atragante la estación de autobuses en tu velatorio.
De todos modos sólo es discutible, en la materia orgánica de un cuaderno cruzando ladridos en un monte de nadie.

Y será la ceniza en mis bolsillos y el carmín de ginebra, la leña que promiscue el fuego del olvido. Y ya no lo sabrás, ni lo sabré, sino dentro del vals de los perdidos.

Los sentimientos son mutables. Y sólo gestos, del profundo de una brecha y una canción. Contradictorios y fugaces. Camino ingrávido que valga por una noche, un escarceo en la orilla o una gota de sangre.
Ya no cruzarás esa coraza. 
Tú eres como todos ellos.
Mi pájaro está en el balcón, entre gasolina y sosa caústica. Lo dejarás morir sádicamente, antes de cruzar el desierto. Y me matarás a mí antes, porque nunca pondrás tus pies en el río del olvido, que gimió mi muerte.

Tendríamos que haber empezado por ahí. Y no por el cuento de los suicidas cortando florecitas para los chanchos.

Te lo perdono todo, menos la cobardía de no mostrarme tu desprecio.
A aveces hago radicales, ciertas manipulaciones, de la lágrima escalzada entre el amor de los cerdos.
Y me siento mejor, vestida de cristal. Con la rosa del delirio, sangrando en mi boca, y frotándose la lamparita en la ultratumba de los exiliados.
Nunca me quisiste a mí. Como yo nunca te quise.
Quise la proyección del poema de mis sueños y mis abismos.
Quise la erótica de mi muerte abrazada a los encinares.

Yo no sé querer a los seres humanos, como no soporto que me quieran humana. Me desintegro. Me hago un fuera de campo en busca de los cadáveres de los ciervos. Hacia la pistola de mi amada esquizofrenia.
No podrás quererme. Tu amor será una obra de teatro. Será sangre de sanguijuela en la erótica del Leteo. Y cuánto de lo que protestes por saberlo, será el engaño necesario, para ahorcar a las jardineras.

Lo sé porque ha sido así desde que la placenta en la que nací dejó un maullido para las asesinas matronas.

Guárdate para la lírica los cortejos del romanticismo. Yo no necesito más manipulación semántica que la de la noche tripas afuera. 
Sacaste lo peor de mí. Y me vistieron las larvas la luz de los furtivos.
Y me hice un agujero negro en  tu pecho. Y me hice mi enemiga, en los pactos de tu suicidio.
Y me hice el asco, la deshonra, la muerte, en la belleza de tus ojos. Y me hice ese ave de rapiña en la insinuación de tu poema, mordiendo bosque adentro la vanidad de un exilio.
Y te me hiciste tempestad sin sentimientos, sin memoria, sin nombre. Y me sentí un animal maldito en ese cuchillo que dejaste en mi cuerpo.Y me juré a los lobos. Y escupí tu nombre a la nocturnidad del destierro.

La sangre que ha quedado es el principio de la biblioteca que me debe tu desfalco. Y la literatura que se ha ocupado de enterrar y profanar a los muertos y de los trapos sucios de la no absolución, será la única que lo recuerde.
La sinestesia, de la metáfora-dentadura postiza, del síndrome de abstinencia de un puñal. Ya te ha pagado la habitación y el entierro. Ya ha malgastado su tinta, en la comisura de tus labios, como la momificación de mi pecho en el graznido que tu muerte regaló a mi silencio. 
Ya he triturado la mies, en vano, noche tras noche. Para lavarme las heces con las heces del eclipse, de una memoria vencida, en el ardor de tu llanto.
Ya he dado kilos de paja, al coágulo de nuestro destierro, con la cerilla del pudor y rencor de tu madre y la gasolina, de mi suicida vestida de blanco con zapatos de sangre de salmón.
Y como las perturbadas e insistido con la cisterna, en el bucle de las perturbadas que insisten con la cisterna, para escribir, el término, de la reproducción del asco, el desencanto y el infinito. Donde las cocineras se ponen los delantales de las tripas de los cerdos y usan las cucharas de la deshonra como materia prima de esa justicia de neuróticos fuegos en la alquimia de los delinquidos.
Ya he vendido en los burdeles, el epílogo y el promiscuo final, de ese aullido que es cualquier cosa que se quede con hambre a la furia del primero que pase y escupa en nuestras vidas su muerte o la palabra de los avasallados.
Ya es la hora de partir los relojes, con la literatura colateral de un desengaño en el despecho de la duda y de la marmórea rosa del espanto.