La anochecida. Y he estado todo el rato lejos y dormida de las palabras, de los fantasmas de las palabras y de los sueños cortados en cabezas de cera y al mechero del ansia. Imbuida por la calada púrpura he viajado con zapatos de cartón hasta la catacumba de tu invierno y creí verte y estirar mis costillas y mis lenguas para tocar tu canto y toqué el frio y la luz bastarda de las puertas que no son puertas y funcionan como articulación de versos que nunca existen pero crujen en tus pupilas lo que somos cuando no hemos sido el favor de ningún tiempo.
Hoy esa rareza de voces de roca. Abstraida por las persianas que se cerraron en tu cuerpo y empujaron el alba a las barcas sin destino. Como si ahora no estuviera y fuera una ilusión el lenguaje, la piel, la copa de vino que tiembla desde tu mano a la flor que mugrió en aquél jazz que nos vio perder las calles. Tengo que regresar. Al acto y a la lengua. Desperezar contra la atracción de las horquídeas. Hoy a la noche me voy. Tengo que meter en esa maleta, los trozos de savia que necesite allá. Quiero llevar lo menos posible. Quiero zanjar en las encías de tu ausencia las canciones de barro.
Rejuntar los ingredientes que quedaban en la despensa y hacer una ensaladilla del para aquí, el allá y el ninguno, la dejo enfriar mientras pienso en ti con la ética de los autobuses y esos malos favores de la huida para evitar la retórica del quizás. Apriétame a la pobreza para que no nos volvamos engaño. Ya hemos sido destruidos de nuestro plural ya no puede hacernos daño ningún propósito.
No nos rebajaremos a ese tipo de pozo. De bajarse a puñaladas y sin fondo. Tú todavía esperas algo. Y se te estropearía la fe, entre cristales. Hay que ser más mendigos para tocar esa tonada. Y de las medidas de desesperación ya le crecieron a las paredes ojos de cartón y trapo, ruina en el cartucho de las condicionales.
Tal vez ya no quieras oir cómo desatajaba y desviaba porvenir esa canción entre nuestros cuerpos. Y haya sido un error en tu vida. Un desliz de opio. Un no se lo cuentes a mamá.
Yo baso mis frutos en la equivocación. Gozo de revolucionadas vueltas contra el eje. Y si se rompe, no será la elegía, sino el regusto de gasolina en la nube. Ya no tengo capacidad para ese tipo de nostalgias. Mi emoción funciona cuando cruza la urraca. Sino hay urraca, no hay parra a la que subirse y mear un punto cardinal. Me encomiendo al vicio del presente. Y a la masturbada no necesidad en el vínculo. Sino placer. No anclaje. No labranza. No porvenir. No propósito. Si llueve la amanita comer la amanita, si alguien sujeta un vaso, hacerse comisura en el licor. Si no hay nadie, nadie corriéndose entre los tejados. Y dándonos cañonazos de clandestina tierra.
Cuando estábamos locos y queríamos morir apadrinados por el fuego. Como un poema que eyacula y un agujero cósmico que labra tenedores para sacar las tripas de los burgueses y al escupir los huesos, levantar barcos. 
Recuerdo esas noches de la adolescencia, con amapolas entre los dientes. Esa vez que había dos maderos en un concierto en una plaza. Y me puse a bailar como los indios a su alrededor y a empujarlos y a gritarles dada. Y cuando iban a detenerme vino en mi ayuda ese amigo de ojos de avellanos y les pudo convencer de lo etílico. Y aquella vez que asaltamos performáticamente una procesion de la vírgen de las miserias y vinieron diez policías a pegarnos, mientras los católicos y papones les animaban. Y éramos sólo tres y tardaron media hora en meternos al coche. Y yo rompí una gafas de policía, dos de esos de sus teléfonos y me tiré a la espalda de uno, como si fuera una ardilla mordedora y cuando me tiraron al suelo y me hicieron una llave que parecía partir mi brazo, agarré con mis dientes, la pierna de ese guardia y apreté todo lo que pude, hasta que me soltó. Y me sentí libre como un orgasmo de guitarras, poderosa y encendida de arrebatos, como si una fuerza mágica, una catarsis de gozo y vuelos.
Cuando estábamos locos no había cadena, ni muro, no había nacido sistema capaz, a someternos.
Lo hicimos mal. Pero podríamos haberlo hecho peor. Y a pesar de los pesares, fuimos fieles a la vehemencia. Y tu mordisco de peyote, grajea, en el camino destruido, como una hoguera de coral. No te promiscuo rencor, porque reservo todos mis rencores al imposible y a la trampa de cloroformo de la palabra caligrafiada en el espejo del meta-yo y no llegamos. La salida se corrió de gozo contra la salida. Y si alguien lo pregunta tendremos que mentir para no parecer unos insensatos.
He pensado que tal vez escribirte. Pero he pensado que necesitaría el subterfugio del vino o de un amante fracaso. Erótica de cráteres. O desdén y apología, de una ubicuidad. Que me queme la rosa. O me desqueme la luz. Que el destino ya lo perdimos. Que no es sensato. Que no es fecundo en relacción a lo conseguido. Que sería saltimbanqui frotar genital de muelles al batiscafo de una piratería de estrellas. Y tal vez ya me tengas asco, por el dada del derroche o lengua vipertina de una luna en celo. Y me mandes a la mierda. Y si abono de pistolas y vueltas de campana, me mancharía toda, sin reparos en defraudarte o en perder. Porque soy del vicio de los irreparables. Y me gusta ese olor a irracionalidad en el instinto de la amapola.
No hay casi comida en casa. Reservamos el dinero, para la mar. Estamos acostumbrados a comer una vez al día, como los perros y los cocodrilos. Luego canciones y humo. Al borde de un abordaje. Con preocupaciones de cangrejos ermitaños. Un vive hoy y mañana dios proveerá y sino proveé, le proveeremos.
Tal vez el labrar de tus ojos en el filo que quedó en la mesa. Pasan las semanas y te vuelves licor. Como un perfume de exceso en las cinturas de una autopista que destruye las ciudades. Como la memoria de una amanita en una carrera figurativa de un hachazo. No me dejé manchar de la tragedia de las historias que terminan. Ni puse elegías en mis bragas. Pero hoy eres el vado permanente de un poema que endeuda un pronombre entre ese barro enamorado de la derrota.
Las palabras todavía no están conmigo. Se agitan en unos labios distantes. Expían en las puertas murmullos de algo perdido. A veces tardo en despertar. Y el subconsciente baja a los despensarios donde los peces no llevan ningún nombre y regurgita un tipo de marea que dispersa el lenguaje de lo tangible. 
Floto contra mis nociones. Y para volver al verbo, tiene que haber muchos anticentros en el rizoma de una canción. Mis porcelanas están caidas con tu aliento, en el ramaje de un presunto que se deshace de tu sangre.  hoy no me duele como me dolió. La derrota va soltando sus piernas y masticando piano. Agasaja ese nunca, con palas sepultureras llenas de carbón y coral. 
Siento que tengo que hacer algo.  Recuperar un cuaderno. Perpetrar cierta manera de agotar y prostituir los días por un fuego más lejano.
Creo que hoy soñé contigo y estabas hermoso en algún lugar de lluvia. Aunque todo es lejano. Y los sueños estaban en una consciencia más profunda que no logro recordar. Sólo como una imagen en movimiento de ti, con un gesto-marihuana en algún nocturno. Tardé mucho en abrir los ojos, como si atraida por el bucle del agua. Luego hacer el café. Lavarme la cara para abrir las manos en alguna playa que lo ha olvidado todo. Y la ciudad, quieta. Me gusta a veces estar aquí, pero de paso. No podría vivir entre el hormigón.
El vino y aguantar la terraza aunque hiele. Se cruza un tipo, me dice N. éste es el ex-alcalde.  Le grito todo lo alto que puedo, ¿cómo te atreves a salir a la calle sin agachar la cabeza, maldito zorro?. La gente se gira. Pero él se aleja rápido. Luego nos vamos hacia el río. Hay una niebla mística en los adoquines.  Siento que deberíamos hacer mucho más. Que tendríamos que hacer mucho más. Y me acurruco en la risa de ellos, el labrar de esa uva que soborna el camino que nunca será nuestro. Me acordé mucho de ti, al volver sola, entre ese parque, la niebla contenía la luz y gemidos azulados y verdes prensaban el cielo, con la noche que dilataba el frío como un licor. Y los pasos ya no eran pasos, eran inefables collage de una historia mucho más lejana.
Sólo los locos cambiarán el mundo.  Los que permanecen cuerdos en un mundo de hienas, adquieren la pesadumbre de las hienas. Lo decía León Felipe: "Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos.
Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto y... ni en España hay locos.
Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.(...)

¿Cuándo si no es ahora (yo pregunto, loqueros),cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos,sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento?(..)
Si no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos que el orín de los perros;  si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora... ¿cuándo se pierde el juicio?"

Ese hombre que trató de volar la sede del PP. Es el primer acto de verdadera cordura en años en éste país, aunque sin la precisión de lo incendiaro. Pero política, consecuente contra la infamia, por el acto, por la veracidad, por la legitimidad del yo existo y quiero ser libre y estoy hartx de los que se han subido encima de la jerarquía y gobiernan para sus bolsillos aplastándonos, ese hombre actuó por nosotros, por el derecho, por el sentido común. Era un hombre solo contra toda esa mierda.
Tengo media hora. Y perderme en tus ojos, con la excusa de otros ojos, que aún no conocemos. Y aullar las ruedas y perecer arena, en los vidrios para levantarnos canto. El vino da, lo que tú le das al vino. Te muerde dónde le muerdes. Te arma, donde te entregas. Te baña como una nube y te cose alas con hogueras, si te tiras a la fe de su fondo oscuro, con una amapola entre los dientes. 
Se acerca el solsticio. Y las derrotas ya lucen sus antorchas, en tus bellas heridas. Sólo tu sangre fresca, preña el aliento, de mis huellas perdidas, con barcas impenetrables.  Luego correr. Y que no sepas nunca nada del futuro y el pasado sea una amanita en la mano de no pagar lo bailado sino en la insolvencia prevaricada de la estrella perruna.
Del diástole que tu labranza cerbatanó en mi mano de la pobreza, acariciamos con la tierra que no nos pertenecía esa rayuela de fuegos fatuos, que sólo los que se van mar adentro llevan en los huesos.
Y a la vuelta la nada. Con tu camisa manchada de vino. Y tus dedos de tierra. Esa saliva que robamos a los peces y pusimos en medio, para salir ganando de los bares.
Te quiero porque te conocí cuando no éramos personas y éramos aviones de papel y hash y en la noche anterior se había destruido el mundo y estuvimos en primera fila con una pistola de opio hasta que llegó la policía y nos llevó a ese no lugar con carceleros de paja y prisioneros de fuego y cuchillos. Tenías ese vendaje en la muñeca. Y todos íbamos en pijama. Menos D. que se quitaba cada poco la ropa y lo encerraban y cuando lo volvían a soltar se volvía a quitar la ropa y a correr con la luna sólo para él, en su corazón de gorrión y de puma.
Letras de nieve, en tu amor-bufón de las estrellas postizas que sacamos a mordiscos en los pozos que no nos aman. Me siento festiva de tus ojos, de tu piel, de tu esternón, tus tripas y tus uñas. De la sed que tendrás que tener para des-sujetar el vaso en nuestro exilio, juegos de dedos contra las calles, sílbame un fuego azur. Que no nos tomen por humanos. Que se ponga en celo la luna y te maluse y te malversé en mi corazón y contra los adoquines.
Tuve que pasar un instante al centro comercial con T. por fuerza mayor y de comodidad para que T. sacara esos 20euros. Me entró un rabioso estrés. Me sentí intrusa, espectral y a punto de que me crecieran antenas, le dje a T. estoy a punto de hacer lo que aquél amigo cuando se trastocó en el autobús y le pidió que parara y el conductor, serio y autoritario, que sólo en la siguiente parada y él gritó y saltó de un sitio a otro y rugió y onomatopeyó y vaya que sí paró el autobús y lo mandó fuera. ¿Te imaginas que nos ponemos a tirar todo por los aires? ¿que nos arrancamos la ropa y hacemos ópera navideña? ¿qué quemamos esos estantes? ¿que nos volvemos amapola, como aquella vez?
Llego a la ciudad después de una especie de misticismo, en un viaje de alegría y encuentro con lo desencontrado. Esa niebla y a lo lejos las montañas de las que venía. Y como si una inmensidad que se abría a empujones y posaba cadáveres de guitarra como levantados puños. Y J. que ahora es comunista. Y pone esa música rusa. Y grita. Y garjea. Discutimos de las diéresis, los medios y el fin último, garbeado como una hoguera. Le digo que "no hay libertad sin anarquía" y él se pone ortodoxo de no sé qué disciplina espectral de los kalashnikov e imagino que hay osos y hay nieve y fusiles que cargan tormentas y se adentran bosque y sudamos ferrocarriles por los dedos y dejamos atrás todas las ciudades.
Me gusta el frío de hoy. Como si la ginebra bajara a beber de las rocas. Y espejara cubismo donde las huellas no son huellas.
Las horquídeas se han olvidado de la ética de las devoluciones. Y somos agujeros amantes de agujeros que valgan por semilla en la dinastía del nadie y está verde el sol y se fuman verdes las palabras cuando no hay ningún sitio al que ir.
Esa paz de las llagas en pianos de niebla. Ese agradecimiento a las heridas que me hicieron no creer, no ceder, no quedarme. No hay nada más dulce que la propia sangre entre los dedos, para levantar la negativa, como pistolas de arcoiris. Tu canto lo arma, el dolor y no la dicha. Lo que perdiste y no lo ganado, es lo que alza el espiritu y musicaliza las hogueras.  Hoy amo a todo lo que no me amó porque me mantuvo altiva en mis infiernos. A lxs niñxs que no me "ajuntaron". A todos los trabajos que no me dieron, porque me devolvieron el blues de mi indigencia. A todo lo que no se quedó conmigo, porque así mi soledad fertilizó sus sombras y arrecifes. Al guardia de seguridad que me echó del corte inglés. A los que me metieron en la lista de morosos y por los que me juré no salir. A la insolvencia enamorada. A las siete multas que no podrán cobrarme. A los que me llamaron esquizofrénica y me empujaron al amor de los perros y la luna. A ti que te fuiste cuando eras todo y en tu muerte trajiste el todo de marte en migraciones sin términos y amores inapresables por tipos de dos patas. Al no país. Al no gobierno. Al no futuro prevaricado por las estrellas. A la no casa. Al no destino.
Entra el sol en la galería y viajo de través a él, a las montañas de mi infancia, donde los osos, roncaban cerillas y la libertad eran los pies en el barro y en su rostro, arcillando, el cielo, a nuestra imagen y semejanza, dueños de los orcos y las hogueras de san juan, con tantos piojos como ganas de poseer la luna. 

Me quedé sola con vanidad a los 18.
No me fiaba de ningún cuerdo. Mi delirio no torcía el brazo. Había premeditado el exilio. Cuando salía de mi cueva, quemaba el monólogo interior de la pólvora que me desvelaba contra otros ojos. 

Sólo volví a sentir el calor de otro pecho, en el manicomio, ese hombre-pájaro, esa mujer-pielroja, esa pistola de ácido. Esa razón para destruir las ciudades.

Mi código lingüístico me separaba con una vehemente atracción de mis semejantes. Me sentía un trapo sucio. Me sentía una brecha. Una amanita en pozos. Con una herida chorreante en mi tripa. 

Hubo un tiempo que era incapaz a formar una frase. Incapaz a traducir lo que otros hablaban a mi alrededor. Estaba poseida por una guerra interna que no usaba esas palabras. Como si una muerta ladrara en mi sangre.  Sentía electricidad en mi pensamiento. Estaba muy lejos de la tierra y de la vida. Sufría en un proceso-médula, la angustia, el dolor de tener cuerpo, de conocer los nombres, de que existiera la noche y de que existiera el día. 

No tenía ni un solo amigo. Porque no tenía una identidad humana. No podía empatizar con nadie, ni conmigo misma. Se habían destruido todos los vínculos sociales, terrenales, de pasado y de futuro. Flotaba en la hipnosis de una atmósfera de vacío y de calambres.  Como si una metáfora se pusiera en medio de la comprensión a lo ajeno. Y me partiera en mil pedazos.  Mi pensamiento sólo cosía cuando escribía. Sólo entonces era capaz a tener algún significado.
Alargar la mano silenciosa en el pronunciamiento que el exilio pagó en el temblor del vaso. Ya estamos a vuelta de todo, porque nunca llegamos, ni quisimos catar el sabor de la huella. Siento una profunda avaricia con ese libro. No quiero acabarlo. Pero dentro de sus páginas me cuelgo y soy poseida por sus términos. Quiero agotarlo cuando esté en la mar. Allá tan lejos, tan sola. Siento una especie de deja vu futuro en la elegía de tus huesos mordidos en el oleaje. Como ese epílogo de toxos y horizontes impenetrables. Con la desvergüenza de las palabras cortando pasadizos de viento en la pobreza de todos mis futuros. Sentirme arrojada de salvia. Colgante. Libre de cualquier sujección o vanidad del paso. Como si las porcelanas que se rompieron entre nosotros hubieran brotado trenes de niebla que flotan en la mar guadañas de luz. 

Un escupitajo valdrá para salvarnos. Gargajo cómplice de los desposeidos. Nada me tendrá. Nada tendré. Codicio sólo la música.
De entre esa tierra ya sólo me acaricia una migración que no quiere ninguna gloria ni reconocimiento ni pertenencia, entre los humanos, sino con que planean contra los suelos aquelarres vagabundos.
Cae el orvallo. Recordé a ese profesor de lengua y literatura, yo tendría unos 15. Propuso mi expediente. Pero algo de él me gustaba. Había leido muchos libros y amaba la poesía. Recuerdo esa redacción que me suspendió por tacharla de apología al terrorismo. Me dijo, eres la clase de persona que nunca dejaría salir con mi hija y me lo tomé como un cumplido. Yo amaba discutir con él. Porque tenía algo de anacoreta y de saltimbanqui. Aunque había sido civilizado por algún sueño incumplido. Una vez al echarme de clase me levanté encendida y él se amedrantó y asustó. Ese año todo fue raro. Había sido expulsada al menos cinco veces. Una vez por hacer una huelga contra los apercibimientos y sus sistemas de castigo, alegando que la educación no se basa en medidas coercitivas y que si hay un sistema piramidal, no crece la cultura, sino la doctrina. Hicimos propuestas paralelas que fueron desoidas. Gritamos que no estaban creando librepensadores, sino ovejas. Que en éste centro no se adquirían los conocimientos, se memorizaban. Y nos mantuvimos en el patio. Pero ante las amenazas de expulsión, la mayor parte de los alumnos volvieron a sus clases y fuimos castigadas dos personas por propulsores. No se daban cuenta que no podían echar al instituto entero y que éramos fuertes, que unidos, éramos indestructibles. Creo que fue por culpa de la clase de educación que recibieron. Potenciales votantes del circo de la democracia y asiduos trabajadores del capitalismo.
Esa niebla sobre el pinar que desaparece hacia el norte. El gato me despertó con su ronroneo. Y el perro empezó a ladrar antes que de costumbre para salir. El cielo está muy blanco. Ese blanco de alientos invisibles en páginas que ardieron, abonando las madreselvas. Empiezo a despertar. El frío se parece a esa mirada que cayó en el vino de tu indigente amor. Cantan los gorriones. Hemos estado muy lejos de ese grito de matorrales que durmió entre nuestros cuerpos el otoño del olvido. Y su lejanía retorna para desabrochar los interruptores del viento en la materia inefable que las palabras abandonan en los papeles o en esos amores de tres cuartos de hora e ingente luna de la fractura del tiempo.
Cae la helada, despacio y vehemente, como si no tuviera que ver con nadie, con una clandestina invisibilidad taladradora, que rasga las almohadas, con insomnes luces que se trepan en los ojos. No tengo sueño. Estoy muy despierta. Evoco el daño que me ofreció ese canto. Abro las tripas a mi memoria. Y voy entrando a ese lenguaje fotográfico encinto de perfumes envolventes que empujan al centro que comulga en la intemperie la tinta de las vueltas de campana.
el vino nos ama cuando amamos el vino
la noche... cuando amamos la noche
el miedo cuando somos su cuchillo
el mundo cuando somos su contra-camino

tú cuando no pertenezco, no te busco, cuando no existes

¡grita ahí! como un ardilla que se sube a las farolas y roba su luz y la lleva donde los humanos duermen envueltos de cebolla

bebe como si fuera tu sangre, como si fuera tu destino, como si fuera tu muerte
como si la montaña entrara en tu tripa y nevara dentro rayos de libertad
y no hubiera nacido vida que someta ni a la más pequeña rata, ni palabra que encarcele el alarido que nos lleva donde nada nos conoce y nada conocemos sino un baile

la canción te canta cuando tú cantas tu derrota
cuando todo es cantable desde la piedra hasta la espiga
desde la pena de los perros hasta la furia de los arrabales

la sombra y el cuchillo de la sombra es música cuando saltas al vacío de tu fuego

cantando todo vuelve a ti porque tú te vas de todo
y todo te lleva porque no eres llevada
y todo es tuyo porque nadie
osé mentirte porque la verdad era mucho más triste
y no tenía nuestros respetos, ni hacia favores al secreto que silbamos en esa cama con la erótica de los perdidos
y la mentira valía mucho más que ese laberinto plomicio también levantado con otra mentira mayor y más cruel, la mentira hecha por el despojo de la sombra
porque mentir era un recurso para volver a la vida a la bailarina de cera que salía de la caja musical de ese abismo
en medio del vaso la taberna entre nuestras noches, un trago y dos bocas al mismo estertor del fuego que bendecía las huellas que mal-logramos para levantar un camino como sujeta una espada un loco con tejados de amapola, saltando casas como se tiran muros, de nuestro corazón a los añicos de nuestro corazón, torturados por una música mucho más abrasiva que nos llevó tan lejos que ya no podemos llorar las películas interminables de aquel sueño, sino con nuestras manos armadas de pobreza
te hablé con la excusa de que podía hablarte porque el vino hablaba por mi boca otra excusa mayor y más zorra, que se parecía a ti, cuando tu madre te exorcizó de aquella historia
y nos quedamos huesos entre huesos emolando-inmolando-evocando al pielroja
de destacapado la tripa del vino que nos hizo hablar como hablaban las piedras entre ellas, de la erosión del río, de la acuñada muerte, en cada canto, en cada grito
qué triste recurrir al amor para hacer hablar a los murciélagos
qué triste hablar de la bancarrota para que estercolen los versos una salida de emergencia
qué bajo hemos caido para recurrir a los huecos como estufas de estrella en la noche puta que llevamos parida en las cuerdas como el prometido desacato en la voz de las culebras
y sólo recurro a tu cuchillo por pobreza semántica y hoy me sincero porque ese vino sabe a la sangre del cocodrilo que me apadrinó cuando no había tierra
¿para qué la voz sino hace agujeros en el cielo? ¿ si no levanta esas casas como un tsunami, como la piedra homicida de un niño que no ha querido crecer en esa tierra?
al fantoche de tus noches gobernadas por esas caries que se parecían a ti a mí y a la pistola que cayó de tu mano cuando tu mano inclinó un trozo de la luna en el amor que yo ya no tenía y aunque no lo dijeras entonces tú tampoco eras capaz de dar ningún tenido, de pisar ningún pisable, de formar ni familia ni partido, ni de dejar ni una verdad que no se llevara la noche como disparos
como dos lobos cuando se cruzan en la cacería de un instinto, que agita como agitó el hachís, ese yo existo, en atmósferas mutables y extinguibles a través de nuestros cuerpos, como si poseyéramos lo que nos aborta
yo no era capaz a ser tu amante porque era cómplice de lo que cantó tu muerte
yo no iba a ser tu muñeca, ni el final de tu camino, ni ninguna canción en tus poemas, porque estaba del lado de tus exilios, porque estaba en la misma intemperie de tu destierro
y ahora purga el tiempo las desbandadas de otros tiempos que queman en el cielo como nubes de lava
ya no nos debemos a nadie, nadie espera ni desde dentro de nosotros ningún bautismo
la sacristía es ese crujido que nos hace el otro lado de la luz, sólo baile, sólo un cordón umbilical, desposado con la nada y con las canciones que ya no pueblan los nombres ni acaban nunca
Canturrear las malgastadas sombras de tu voz en los arrabales que mi cuerpo perdió en tu noche.
Porque sólo perseguir un sueño. Y que sea del todo inviable.
Da igual lo que perdimos, lo que hicimos mal, peor, o a medias del tercio de la ginebra, en esos colchones de fuego o a la luz de las cunetas. Y menos lo conseguido.
Porque sólo, una razón que no contenga razones. Una pasión de locos que desertan. Ese motor incontenible de destinos que promiscuan su salida de emergencia.
Algo que nos exalte como una jauría de murciélagos, llevándonos a volar a lo desconocido. 
Sólo eso. Ni marido. Ni tierra. Ni oficio. Ni gloria. Ni lo vuelvo a contar.
Escribo porque casi siempre tengo ganas de hablar. Y no hay nadie desde hace toneladas de luz cavada entre el hueso y el esputo de gaviota, ni en esa noche, ni en ese filo.  Las palabras se dejan, sobornar, morder y malversar, aunque ellas hacen lo mismo con nos. Como a trato de esquina en el estraperlo del blues. Tiras y eres tirada con la contrainercia a una bañera lisérgica con un embudo de fastasmas a la apología del teatro que escarbe al fin verídica sangre. Sentencias y eres sentenciada con su contra a un alud abstracto que embota los espejos de las dilataciones semánticas en onomatopeyas.

Soy mi monólogo interior desde que me da asco la tierra pero no pretendo llegar a puerto ni convencerme de algún convencimiento. Huyo de mi identidad desde que no me gusta ser humana ni mis vecinos. Yo no padecí psicosis, yo premedité mi psicosis, para corroborar la voluntad de mi cucaracha púrpura y la pena de las piedras a un tirachinas que aguante la explosión...
Pongo cerca esa estufa porque tenía mucho frío y en ésta galería hay agujeros que conectan con la intemperie. Y derrepente veo que está ardiendo mi abrigo. Y hay un agujero por el que se muere una urraca. Y me da pena que se haya roto. Porque era un regalo de él. Porque lo llevé cuando bailamos un vals etílico y pisoteamos la nieve desde los ojos de los peces como apisonadoras de salvia.
Lo dejé marchar en la misma canción que vino.
Y desde entonces el vaso tiene una excusa de gasolina para perder los modales. Y franquear en otros cuerpos el destino inencontrable al cual pertenezco. Y a la vuelta hollín. Quédate las flores. Quédate la masturbación del futuro. Mías las tachuelas de la nube al invertido diluvio de ladridos que hagan de casa. 
Si fueron los vagabundos los que nos dieron las razones para volver del suicidio. No iba a hacer llaga, el inconsolable grito de mamá. Ni el rebuzno de la tierra que se tiroteó como el jamás en todos esos edificios. 
Si el único ejemplo que nos sirvió, fue el del terrorista-suicida y sin religión y sin patria que perseguía perpetrar el aullido y la canción indómita en las calles.  No iba a dolernos el derroche de la cultura de todas esas cajas de cartón con traje que pagaron una educación que se llevaron los cuervos a estercolar en los fuegos fatuos de la vehemencia.
Los ojos cenizos de lo que hemos abandonado, devoran en las huellas, la mirada alquilada del rubor de un abstracto.

Hemos sido arrancados de otras historias, como hemos arrancado otras vidas del garfio de nuestras noches.

Quien no duerme en la cacería de nuestro abismo, tampoco a la hora del vino, alcanza el canto.

Y de estar solas, hemos estado, la llenura de las calles, en la sangre de la urraca. Pasado de quita y pon que macerar al aguardiente de alguna flor prohibida que nos vuelva a las armas desde el olvido.

De matarte desde mi pecho, tú que fuiste una vez todos, la extranjería paga los tragos de clandestinas llegadas al ningún sitio. 

Los lirios ya no saben del amor. Y las confesiones parten de la trampa intrínseca a las palabras.

Si lloro me salgo por mis ojos y me voy a agarrar al empuño de la tierra. No tiene fondo ni materia lingüística mi quebranto. Y no es por el sí, ni la cerilla, ni la tierra. Tampoco acudo al lugar. Ni nada me hace volver. La mística me es una metáfora devorado por los colores y arrojada con el trapecismo a una cuneta que aulla.

No haré familia. No tendré oficio. No venderé nunca ni un poema ni harina ni noche. No seré parte de la parte ni del todo.

Ya es muy tarde para eso. Sólo crujen estrellas fugaces la umbilical escarcha de un estremecimiento.

La soledad tiene que ser una barricada. Brotar de los cadáveres de la voz estiércol que haga la fotosíntesis a los versos suicidados en el camino que nunca tomaremos. Ser todas las cosas que miro. Y no ser nada. Ser poseída y abortada por el grito, por el suelo, por la hoguera, ser la intención no declarada e inviable de mi pensamiento.
Teclea un silencio ahora el megáfono de tu aliento taladrado en mis venas.
Como si hiciera lo que hiciera me encontraré sola bajo la lluvia con sombras perrunas dialogando puertos a la luna que no habla.
O qué alto gritamos que las cuerdas vocales se hicieron sogas de olmo, cayendo en los charcos.
Y los huecos, arpones, en las máquinas de escribir caminos imposibles.

Y ya no tengo ni tu vida ni tu muerte, para saciar ni la prosa ni el canto. Ni me justifico en tu agravio el desdén de la ginebra. Somos como vinimos, devenir de fuego. No se quedaría ni la letra ni la historia. 

Tiritar de madreselva. Amo al hombre-murciélago, pero nunca estaré en su destino. Y mi destino es aquél que no me tendrá.
Cuando veo a una urraca siento felicidad. Ellas no se acercan al patio si sienten nuestra presencia. Y echan a volar al mínimo ruido. Cuando ellas están, siento como un rugido, como si fueran muchas en cada una de ellas y atraparan el resto de movimiento del valle.  Como si me obligaran a perseguirlas con los ojos y deshacerme de la memoria de la escayola.
Alejarme de ti, contigo.
Defraudar las alamedas en bares que el humo esparció sobre tus labios.
Y no volver de tus ojos ni sujetar tierra ni con tus manos ni con la nada.
Seguirán las urracas tostando aviones en la tristeza de los carteros. Y cada vez que nos dejemos vencer, también brotará una amapola del cuchillo del tiempo. 
No sabíamos lo que íbamos a perder y en su vértigo acarició luna el exilio de los pasos. Ahora no tenemos nombres que peremnar ni en la lágrima ni en la risa. Somos esos intrusos que se sufrieron bufones en el gozo de las islas. Esos ludópatas de la trashumancia de los que nunca llegan.
El martes en la madrugada voy camino a la mar. Me estresa un poco, el antes de los viajes. Por eso dejo los preparativos para el último día. Aunque ya voy soltando ésta realidad hacia su exilio. Hacia la fractura del cotidiano. Y todo flota en los paréntesis de un indefinido abstracto. No saber cómo. Ni porqué.  Pero sentir que algo distinto aparecerá dentro de mi sombra. No hay equipaje. Tal vez la carga de una metáfora, de cierto grito del olvido que aún no agasajado el término de la copa. Y como un sueño ceniza de romper la sintáxis de las huellas. Me inquieta ese renglón de lo desconocido. Deshacerme de mí, de mis memorias, en la acentuación de algas invernales. El éxtasis del agua fría. De las playas solas. De un pronombre anónimo, tocando párpados de opio, en un pentagrama de deriva.
Ese sol de diciembre relincha como rocas roncadas en barcos. Viene un tipa del ayuntamiento, pero tiene miedo al perro y da una voz, me asomo y dice que viene a dejar la felicitación navideña pero que ya la deja en el buzón, le mascullo que ya podían gastar el dinero y el tiempo en otras cosas y dice que ella es una mandada y se va. Pienso que en un mundo de mandados, sólo tienen razón de ser, los perros y sus pulgas.
No me preocupa la belleza cuando escribo.
No aspiro a la perfección ni a la estética.
No retoco. Porque si una vez es gargajo, dos veces, es estupidez.
¿para qué coño un producto? si la materia prima, es como un váter.
¿para quién si somos polvo atragantado en un ombligo que eyacula LSD a un espejo sin destino?
Si no es bella la tierra con todos esos buitres que nadie ha matado sentados en la silla del parlamento. ¿cómo habría de serlo el arte?
Si somos asco. Si llenamos de mierda los mares y los bosques. Si atragantamos nuestra tierra con productos cancerígenos y es la usura la que supura de las ciudades cielos de cianuro. ¿cómo osar taparnos de rosa? ¿supurar ambipur en nuestros gritos?
los gallos cantan, siempre he conservado en ese sonido, los convexos de lo que he olvidado, amarrados al sueño de la tramontana, viajo al oirlos a algún lugar de la infancia que nunca quiso saber del mundo de las personas y le juró a una rata que se parecía a un cráter de luna, la dirección y la puesta en marcha, a secreto de brugmansias. Pase lo que pase, seguimos allá, con una calavera, como barco, para las heridas-colibríe. No nos convenció la tierra y en la escuela sólo aprendimos a decir que no a los libros de historia, de matemáticas y de la literatura de los poderes, a decir que no, a todos los antepasados y herederos de esa gran mierda que habían hecho desde que el 36 volvió a matar al Quijote, dar la patada e irnos a pedir trabajo a los vagabundos, no queríamos un lugar entre esos edificios,  ni una posición en esa lista, no queríamos ser productivos en el sistema generador de basura, preferimos ser pulgas cantando de perro en perro.
pero no tiene que ver con lo personal
es lo impersonal en la masturbatoria de una tierra que huye
huimos en su regazo de gasolina como palabras que se arrancan las tripas para pertenecer a la página que flota y no es encarcelada ni por la caligrafía ni por la belleza ni por un destino

si me pongo debajo de ese árbol, te amo todos los desiertos
pero un paso más allá y sólo eres, la diéresis de un charco, que pobla en las pupilas, un lienzo de nadie

ya no hay nada personal, ni lo habrá, sólo hay abstractos que juegan a quedarse a dormir, pero se matan al primer tiritar de los espejos

ya no importa mi historia,  ni mi identidad, sólo lo que muerden las montañas en las barcas de las migraciones, lo que matan de su esencia, en la venganza de los pájaros

lo sé, no podré volver a amar, porque ya no me soy algo creible, ni constante, ni tránsito, ni sujección, muto como muta lo que interpreta mi piel y mi muerte, nada me vuelve, nada se queda y no creo en mis semejantes, como yo misma despoblo mis nociones y mis orígenes....
estoy mucho mejor sin ti
porque así no tengo que masturbarme la ternura
ni fingir que tengo el conejo de Alicia en algún lugar pulcro
además ahora si doy una patada, me crecen piedras del peral y el olmo eyacula cuervos que al roce del viento se hacen olas

no podíamos mantener una relación sensata ni insensata, ni
porque manteníamos ya una relación de fuego con la nada y los genitales del surrealismo

y lo que salía de ahí, era alguna traición, con alguna otra cosa que nos derretía hachís en las venas....

y del pacto, los mecheros
y de va a empezar a llover y que me cubra un sudario de hiedras
que el grano de arena se haga la montaña encinta de los aviones del destierro y al apretarme las manos, sienta el cuello del gorrión cantarme el blues en mi prometida pobreza

contigo era yo, más el latrocinio de un teatro de mandrágora
sin ti, soy yo, más el empalmado verso, del amor a tus crematorios y mil años de perdón para matar a los vecinos y ganar credenciales para ahorcar la burguesía

el sol sigue muy lejos y nos empaña ventanales de mar para aullar como animales en guerra

en ciertas épocas tener un amante, es afilar cuchillos en las afrentas metafísicas, es desovar culebras en el jugo de las nubes, es un agravio excitado del pecar, y fueras quién fueras, sería la desvergüenza de un destino asesinado de antemano jugando a las chapas con la erótica de una muerte...

¿cuándo podré amar sin ser literatura? tal vez cuando luevan ranas que maten a la ciudadanía o cuando aparezca una galerna que me corra la muerte
para volver a casa
tuvimos que echarle gasolina
hacer de los buzones garfios entre las tripas de los ciervos y las canciones marineras
sacarnos por las costillas las cenizas de los mapas
bañarnos de la sangre malgastada por la memoria en pozos del bucle del grito del hachís
arrancarnos el corazón y dárselo a comer al murciélago que nunca duerme
perder las razones para vivir, para quedarnos, para escupir tinta y acabar los vasos, como si fueran las transfusiones del Leteo al amor eterno de los inllegados

y luego devorarnos, la noción de la pertenencia, hasta salir precipitados, como una galerna, al cáliz de la eyaculación de la derrota que escupe ese poema como las migraciones de cada cosa que supimos, en palabras-taladro y palabras-cóctel molotov, de los que sólo dormirán en el regazo del Imposible
fue tu traición la que pobló el poema, el horizonte, la pulga-cromática de las transfusiones de tiempo y barricada
tu amor valía mucho menos que el fuego de su destierro, era legañas de unicornio, pobreza enamorada y droga, no se manchó, no supo sujetar ni el cuchillo ni el imposible, pero en cambio, tu espectro, tu vómito de islas ahorcadas en los alaridos, persistió un piano, de libertad en el desfalco de la luna
y nació de mí, muchas otras, buscando el labrar de los pájaros, en las noches ingobernables de los perdidos

me dio una razón, a través de la muerte, a través de la soledad tiroteada en los cadáveres de los girasoles y los ocasos que no respetan las memorias, como volver a esa morada de la intemperie, sin la quimera de la fe, ni los equipajes del teatro, sino en el cartucho de las venas

saberme sola, todos los mundos, con una insobornable canción acariciada por tu semen y por el devenir de todos los pasos contra el destino, contra la voluntad en otras vidas y contra las otras vidas que no arden en los ojos, como antorhas de la deriva de los se aullan huesos adentro
de las riendas que partimos aquella noche alrededor de un gin-tonic, tu cuerpo-colador, de un amor-agujero del teatro y hagas lo que hagas, una máscara de carne y LSD se pondré en medio de nosotros, no me amas, te lo juro, es sólo una ilusión, no te amo, sólo creo que tienes una amanita capaz de despertarme al filo de la selva, es un juego, no quieras construir, sino tierras destinadas a la ceniza, amor del extraperlo de los que vinieron sin orígenes, no me engañes con sentimientos, el abismo de las mutaciones, no caigas tan bajo para hablar del futuro que el tiempo sólo sabe arder, no seré nunca la que crees que soy, ni tendré lo que necesitas
Dormirme en tu voz de pólvora. Que ya no roza el principio que ya no lleva la muerte, ni sabe del piano de mi insomnio la decapitación de la margarita. Pero que es, como un agujero en el tiempo, retorno de los fantasmas a la maquinaria de cloroformo del cielo contra el que nunca nos abandonamos.
Me llaman los del 1004. Me exalto. Le digo al teleoperador, que sus jefes son unas ratas, que si tienen que andar limosnando la clientela, bajándose como serpientes, que borren mi número de sus listas y que no me vuelvan a llamar. 
Me duele todavía tu lágrima de estaño en el lago de la muerte de los jabalíes.
Hoy soñé con mi abuela Elvira. Que murió hace trece años. Estaba en una especie de selva-albergue. Y yo la pedía que me llevara con ella. Que la cuidaría. Que pasaría todo el tiempo con ella. Ella me cogía de la mano y caminábamos. Sonreía.  Todo el tiempo que llevaba sin verla, era como si yo me hubiera exiliado. Y sentía una especie de culpa. Pero sus ojos me traían cerezas y salitre.
escupir la melancolía
el pasado, el porqué que no siguió las trompas de la derrota
que engarzaron en tu cuerpo el suicidio de un pájaro que contagió mi vida

por vueltas que le doy su eje sale disparado cuando voy a empezar a hablar de aquél otoño
o a lavarme entre los brazos la brecha del tiempo que nos pagó esos trenes cuando nada valía nada

perdura la mística de los nadie en la variz de ese whisky deshilachando fechas en el ejercicio de los agravios y te usa a ti, como soy usada, por su etílica angustia, de labrar en los rediles, opio que lo niegue todo, que lo luche todo, por la voluntad de los no nacidos

nunca me gustó la gente como yo y mucho menos los otros, por eso exilié con la prevaricación de lo no palpable mi vida al relincho de los girasoles
no importa que mi razón dure sólo la vida de una polilla, es mía y la tomo también con las pinzas de su coacción, no me afectan los teoremas de los otros, ni su estadística, ni su santidad, prefiero mil veces pagar mi error hasta la dislocación de las piernas y las neuronas, que comulgar con otros esperpentos, la clandestina luz de las palabras


Hay escarcha por dentro de las ventanas.  Y siento tu voz como un espejo-DIU de un infinito en la maldición de una guitarra, que ya no nos nombra ni ha conocido el fuego que propuso el jamás en esas orillas que orillaron los labios del hachís donde las manos no volverían a ser el cuenco de ese poema.

Estamos muy lejos del sí y del todavía.

Bajo ruedas glaciares de los caminos que se precipitan a la piel de la naranja en esos cabaret de no saldrás siendo el mismo. Lo masticamos con la vehemencia de los poseídos. Y ahora hay que cavar en la voz la digestión de sus abismos.
La escarcha. Y ese sueño de no sé qué nirvana en medio de un laberinto. Anoche no dormí hasta muy tarde. Y empezó muy lejos de ti una cercanía de pólvora. La helada impregnó todo y la galería es un congelador en el aliento del olvido. Empiezan a desempolvar en los crujidos del tiempo y en la ira de los valles, las máquinas de escribir la niebla al cobrorrevertido de un ataque de silencio y opio. Todavía soy el espejo del subconciente que no se mató en aquél cuerpo. Todavía las palabras son criaturas del desamparo que emergen humilladas el cuchillo de su rubor, ante las islas que exterminan sus orillas en el taladreo de un amor sin destino.
Ese tipo de libros abren el espacio a pedradas, con ondas incorruptibles. Que hacen de la mesa, un bosque cruzado en los ojos de un zorro con 500km del tiempo resucitado en una taberna que destruye todas las paredes. Ese tipo de libros eyaculan universos que embarazan a una gota de arena, con guerras y mares, con historias en las que las ballenas, las putas y los ladrones, las trapecistas y los lobos cantan cóctel molotov. En sus páginas, mi casa se suicida bajo la mandíbula de un eclipse. Se paran los relojes y empieza a darse cuerda desde la tripa del sádico-yo que recoge cebada por si la pistola equivoca a los vecinos, con molinos que no pagaron la canción. 
Quiero leerlo muy despacio y muy aprisa. Cuando esté en el mar. Quiero que sea como un rito de peyote. Como un licor indestructible flotando los abismos. Porque me transforma. Porque me resquebraja los huesos y me trae cadáveres de pieles rojas, a mi cuerpo muerto en un río de olvido y erupciones. Porque destruye la tierra. Quiero que esté encendida la piedra que no cae, en mi pecho y en la pobreza de mis ojos estercolados en los ojos que nunca supieron de mí.

Porque es un libro que si se lee en prisión, lapida a todos los carceleros con los mismos muros y sobre sus sombras cava la luna en venganza de mares.

Porque es un libro que son muchos libros que nunca supieron de las bibliotecas ni de los escaparates, que nunca estuvo quieto en las páginas, ni en la voz, ni en la muerte. Y su sombra son muchas sombras, como balas de opio, taladrando en las venas, la multiplicación de un cuerpo que valió todas las vidas y que nunca ha abierto el puño, ni cedido ni una guerra, ni un ácaro, ni una lágrima.
Me alegro de estar sola. De que sean esos balcones de carbón orfandados de cerillas los que tornen en mi boca la intemperie de los viajes.  La inabarcabilidad de un tiempo que no hace escenario en más voluntad que en la incandescente. Y se tira la obra a aquelarre de cuervos y lunas asaltantes de nómadas orillas. Como si todo fuera pobreza enamorada. Y estuviera y no estuviera en el teclado del viento a un segundo del sabotaje y la labranza. Leí por vicio de anacolutos de marihuana una vieja carta que te escribí y reconocí en mí una enfermiza vinculación. Una necesidad de ti. Que hoy me parece flaca y estéril. Como si entonces no tuviera a mi ánima de mercurio. Ni a la habitada copa del desamparo desabrochando el blues de los perdidos. Y pensé que tal vez el infinito de ese mar, era el bramaje de su muerte en la luna y en mi pecho, como el arma, como el canto, flor que brota en lo intangible, persignar de los inllegados.
Echo de menos abandonar en tus oídos los calambres del abstracto y brotar en tu risa, los motivos de la nieve. Pero estás muerta y jamás descansaré en tus ojos el fuego que rebosa en mis cunetas. Ha crecido una flor a esa planta que tiene decenas de años y tú trajiste de ese pueblo con mar. Nada de flaquezas entre los agujeros que agujeros somos. El vino lleva tu sangre. El vino moja tus párpados en as zanjas del tiempo. Un día yo también estallaré en forma de hueco. Como el DIU de un espejo, tragándose los pinceles y haciendo de la naturaleza del rostro una metáfora. Los bolsillos cada vez son más profundos porque su ruptura nos embriaga de la derrota que acaricia pianos. Los llevo dentro de mis costillas como máquinas de escribir el rubor del desconocimiento.
no sé coser, pero coso, y se me arrebujan los harapos como liendres que te roban el cubismo y me hacen ropa, anticiudadana, al baile de las sombras emboscadas en manillas que nunca llegan a ninguna casa, ni vienen de ningún destino, pero saben a vino cuando tu sabes a lo que se acaba

se me cronificó una ebriedad cuando en vano traté de lavarme las manos de tu noche y sacarme otro pronombre de la muerte y ahora lego en su insomnio la antifuncionalidad de todo lo que hago

prefiero que estén contentas las arañas a que se enorgullezca de mí un semejante o que se despeje el cielo dentro de una taberna y nuestras amigas las plantas hagan su fotosíntesis en un calada de vuelos oblicuos que hagan de la atmósfera un matadero de poemas y modales que sólo los manicomios saben enhebrar con precisión literaria y sepulturera en los tuétanos de quiénes somos

cuando me volví loca le compré a una rata un subterfugio abstracto que vale para el roto, el descosido y el desamparado y desde entonces ya no pierdo el tiempo tratando de encajar algún sentido con mi vida y me doy al rubor de lo que muta y al perdón de la amanita

tú eres una borrachera no zanjada, pero fueron los huecos los que eyacularon las más altas historias de lo bajo, con indestructibles versos de la vagabundia y así te quiero ahora, brecha insolubre que masturba metáforas donde no se llega la letra y la pena es de pájaros, mares y volcanes y no somos humanos, somos canciones rotas buscando el amor eterno con la luna
voy al servicio y mientras baja la helada y las ventanas gotean por dentro los glaciares de las lejanías, me imagino que hablo contigo y te digo, no me querías, no pasa nada, no hay porqué camuflar la pasión de datura, tampoco me quiere éste suelo, ni ese interruptor, ni ésta cisterna,  ni el cielo de ahí arriba y yo sigo amando la mar y al tabernero que llena hasta arriba el vaso....
Soy una alucinación. Ahora ya lo comprendo y entiendo porqué el conejo de la gasolina se saca de la manga el hachís que supura desde tu sombrero y hace cebada de tu cerebro en el orgasmo de mi dopamina. Y se hace la luz en el neumático que arde a la vuelta de campana del rosario de tu abuela atascado en tu puta intelectualidad. Porque te crees mejor que los perros. Pero ellos ya ladraron la pobreza que tú temes y llevan en sus huesos el abismo contra el que luchas. Házte caso de la diárrea lingüistica que te cae encima cuando te preguntan de dónde vienes, quién eres y cómo compraste esa botella, "oh mi yo, oh mi vida" y déjate de esa supuesta sensibilidad de la vez en la peluquería y la notoriedad de los ombligos que son sólo pistolas que carga el diablo.

hay que hacer nudo en la tripa y tirarse a la tijereta por la meta-digestión del aullido

somos lo poblado sólo cuando somos destierro

lavarse el decorado y lo prescindible, tildillas gongorianas del asco, es matar a tu jefe, al de la zona azul, a la policía, al gobierno y a los que dicen que necesitamos un porvenir cuando sólo el fuego lleva el canto.
Lo que he vivido me ha empujado a esa no vida enamorada. Vanidad del anacoluto en el alter-ego de las babas de jabalí sobre tu tumba, mi tumba y el extreñimiento eclesiástico que todavía supura cochambre en las casas, arrodillamientos en la ética-ambipur que ladra en las televisiones y en las escuelas las ruinas de la guerra que debería estallar hasta que todos los representantes, representen su suicidio en las gran festividad de lo humano. 

Tú no tenías ni puta idea porque te creíste el cuento de formar un familia, encontrar un lugar, un oficio y tener pagado de antemano la funeraria.

Maldigo amapolas en tu sombra. Maldigo bypass de espantapájaros en lo que dejaste en mis sábanas. Y miles de pulgas contra tu perfume de sabandija ciudadana del ganarse la esclavitud con el sudor de tu frente y la censura en tu cuchillo de estrella, apoltronando atragantadas vejeces que envenenan todos los hastíos de mi prometida muerte.
No me amabas. No te amaba.  Nos corríamos de arrebatos esdrújulos y pasajeros de las migraciones de los que tocaban el piano de los escarabajos cuando los muertos se ocupaban de ir al supermercado a robar y de fregar la cocina. 

Hoy lo sé. No podré amar ni ser amada, sino dentro de la amanita. La identidad es una mecha que rompe su cáscara y se hace cada vez, en otras tripas, el orgasmo de otra tumba. Infinito vals de los sin patria.

No me conociste. No te conocí. Sólo jugamos a soñar en el mismo nido de rocas que cantaba el pájaro que no se posa en el suelo.

Fuimos un experimento en la masturbatoria de una utopía plural que rizomó en el tercer ojo de la metadigestión de la literatura o la hoguera. Cisterna abrasiva de Babilonia en el recto de una Itaca. Datura de gaviotas.

Y qué lástima. Que ya no podré abandonarme nunca en un cuerpo. Nunca ser tocada por otra vida, hasta el término de la mía.

Hoy lo sé. Sólo puedo encomendarme a la deriva. Pedirle ternura al astro que ya arde su extinción. Y escupir ebriedades, en amores de usar y tirar, como arpas, como nubes. Hasta que el vaso queme la mano y en vez de sujetarlo sea sujeta por la abrasión del vino hasta la exterminación de los suelos.

Pero ya no me queda ni la inocencia ni la estupidez para creer en los cuentos de hadas que no sean también un ejército de muertas, nihilistas, deformadas, vagabundas y trapecistas de luna y alevosa pobreza.
Tal vez un día me harte de las palabras. Y me busque y me embosque, en la calima. Y sea devorada por cada una de las huellas que posé en el camino que no era el camino sino una alegoría. Porque no hay nada cierto que no sea capaz a destruirse en sí mismo, al rozar el presunto de su plenitud.
Porque la nada, es medio cuerpo, buceando las quiméricas ciudades que abandonaron es nuestro no destino sus sombras de queroseno.
Porque somos el infinito otro lada de cada variz del soy, estoy y quemo. El inverso motín de lo que tomamos y sus guillotinas de luz y penumbra, cosechando campos de evanescencia.
Porque nacemos con una herida incerrable que se adhiere al trapecismo de los ojos y el cubismo equilibrio en una tierra que vino en la alergia de un poema maldito y pacificador de muertes y canciones de cartón y beleño.
Hay zonas de escarcha en el monte. Donde no se posan los rayos del sol. Y no hay tiempo para cambiar de manos las manos que escarban de la tierra branquias de las ciénagas que se perdieron dentro de tu boca. 
Ya no te tomo por un ser vivo. Por eso no te hablo con condicionales ni al interrogatorio del alcohol ni al pliegue de la nieve. Ni la lápida es lápida. Ni el tiempo una oportunidad.
Eres algo mucho más lejano y mucho más cercano, que el grito que me sobrevivirá debajo de mis pies y que no he sabido arrancarme ni agotarlo ni en las páginas ni en las estaciones.
Tampoco me eres parte de mi vida. Ni de la de otros. Ni materia inerte, ni olvido, ni inefable, ni presunto ni de Leteos ni de imposibles.
No me acuerdo de tus labios, ni de tu voz, ni de mi vida, en tu cuerpo. No tengo ni un recuerdo contra el que abandonar los lirios ni las guadañas. Ni un golpe en el que cantar un suicidio o un asesinato.
Es otra cosa. Como una biblioteca psicótica, imperdible, intransitable y abrasiva. Como una brecha temporal babeándome rocío en la vanidosa nocturnidad de las palabras descreyentes. Como un sudario que frota una isla donde yo no he nacido. Pero por la que miro una manada de lobos recolectar mares con colmillos de muerte y de infinito y aullarlos en los agujeros negros que apadrinan todas las historias y las acaban.