Con la pintura que me sobra me mancho las palmas de las manos. Y dejo mis huellas en la fachada. Como tocando el puto timbre de ese agujero cósmico lágrima de rata risa de sardina tripa de queroseno y aquí paz y gloria ahorcada y rematada en el ídolo apedreado cien veces por el salitre y el espanto de haber nacido sin pistolas en un mundo de verdugos.

En esa ventana de verja, la huella de la mano, me parece el orín de un fantasma advirtiendo a los vecinos que no son bienvenidos ni malmarchados. Y que es el ladrido del perro o la nada. La sangre del perro o el fractal. Y nada de por favor ni gracias que la esperanza es un conejo que sale del retrete para digerirnos la amapola. Y ladra!!!!!!!!
Pintar las paredes. Alegría de los amputados por la evanescencia del hollín con la mano siempre dentro del agua. Ese verso de Kavafis "ni al salvaje Poseidón encontrarás si no lo llevas dentro de tu alma" se me mete en la retina que va a la tripa del reloj y trato de recitarlo con las uñas de los pies o sangre de ciervo. Me arrebato. Me da esa dicha policía muerto. Pinto debajo del reloj de la cocina el reloj despechado de los obtusos. Voy a escribir "el tiempo sólo da hijos sordos" pero dibujo una pistola. El tiempo no existe. Sólo existe el orgasmo que tuvimos en el ático del manicomio. Con esas esculturas de rostros sin rostros tapadas por trapos.

el poema qué
espera que despiado cortes la periferia de su semántica
y allá donde el jugo gástrico del buitre es el amor sin la misericordia
agites la bolsa de las palabras cortadas, que son lágrimas y rodillas y penes y conchas y piedras y cerillas y muestres desnuda la voluntad de la batalla
que es esa manera de arrodillarse ante el mendigo y llorar las ciudades muertas que enfrascan esa humanidad de cotillón y mantilla, llorada, como se la da un hijo a los lobos, para guardar la abrasión del viento

de mi cuerpo sacaste dos cadáveres
y los dos te aman donde ya no existen los hombres ni la memoria se queda
y los dos maldicen el arpón que era amarte sin poder nunca amarte ni morirte
A la hora de la rasura del oficio, pimienta. Y si tu cama, puercoespín en la bombilla. De ventana, tus garras. De cielo, el queroseno de tu participio en subversión de follarme la amapola. Hay que esperar a que sea propicio el reloj biológico y el desencanto del tiempo, para hacernos como zorros, chupando la estrella. Si llegas antes o después, estropicio sintáxico. Para que me mojes las bragas tienes que acertar con el vino o esperar a que el vecino se tire del noveno y hacernos el contexto fuera de esa intención de cortar y pegamento y te dije que ese jugo no servía para unir, que por eso lo sacamos del éxtasis y del tono.
No queda tanto tiempo. Además el reloj padece la alergia de los amnésicos destructores de moradas. Y la vida ocurre igual en las cloacas que bajo el fuego del ciprés. Si sacas ahí afuera la mano sentirás la pestilencia enamorada de la pérdida de los suelos. Sólo los tristes tienen patria y algo qué hacer con el destino. Los tristes o los revolucionarios con pistola.
Bebo el café frío, que quedó en el vaso. Me gusta ese sabor abandonado. El café solo y sin azúcar. Tal cual que el destino. Como tus ojos viudos en el campo. Leña para mis gritos innombrados. Me empieza a gustar el ardor del cementerio que dejamos sobre las cigüeñas. Creo que es ahora cuando está cosiéndose la cicatriz sobre la parra. Y deja ese vino amargo para compartir con los peregrinos apátridas.
Me convenció la cucaracha de lo que tú nunca fuiste capaz.
Al mirarla en la contemplación metafísica de mi esperanza laboral. Lo supe. Voy a dedicarme a arrastrarme por los suelos en los que nunca crezca ni una semilla de la ciudadanía. Y policionar alas, al olor de la peste. Y hacer bolitas con la mierda, para devolverle a mi familia sus esfuerzos en culturizarme.
rómpete la silla en las mandíbulas para sentarte de una vez en tu quimera
y que dejen sitio las floristerías al abono de tanto porvenir por el que tu madre te extriñió el cordón umbilical y te salió una plaza fija en el ayuntamiento
Ya no me lavaré la vergüenza contigo ni con la ética de tu madre escribiendo su nota suicida o lo que le pide al farmacéutico por la puerta trasera.
Me la quedo conmigo. Toda sucia y zorra. Manchada de tu esperma como una utopía que se hace gasolina y mecheros.
Ya no acabaré esa frase en tu cuerpo. Me la llevo rota a promiscuar el horizonte. Ya no me absuelvo como tantas veces en ti. Me voy culpable, a contar trenes y olas. Con mi condena en el mismo sitio en el que el opio canta.
Cuando el corral se llene de hojas. Voy a recogerlas. Para hacer una ventana en la habitación que te debe una letanía. Y voy a pegar ramas en la pared de las humedades para hacer ese árbol rizoma de tu salvia. Ya no eres una presencia muy productiva. Por alguna razón, dejamos una gota de sangre en agravio. Un libro pegado al culo del proxeneta de nuestro olvido. Y esa herida. Eso que ya no podré explicarte y que a veces me atormenta. Como la deuda con un verso. Como una lágrima corrosiva. Como unas ganas de vomitar hojas como los árboles y sudar aguardiente contra el viento. Ahora sé que me lo llevaré conmigo. E imagino que un blues nos coagula y nos baila. Libres. En paz con el mismo cuchillo. Como gotitas de nube que se disgregan. Tal vez ha sobrevivido algún animal plural del valle. Y pela manzanas y hace hogueras a la misma hora del insomnio, y conoce la misma canción. Y aunque ya nunca de los nunca. Nos lleva en algún lugar de sus gemidos, a la noche.
Ya no tengo nada qué hacer ahí. Que no sea robarte el predicado y empezar contra el techo, a blasfemar la morada.
No es tan largo el invierno, si hay agujeros que hacer con la nieve. No te pido tanto. Te pido el reloj-datura. La prisa del paramecio. El timbre-droga contra la formación cierta de un recuerdo. Una orgía de intenciones robándonos la razón.
E invernar el acto poético en tu sexo y en tus cuchillos.

Te doy a cambio. La amapola viajera y puta del destino.
Hago fotos desde el suelo. Metiéndome debajo de la cama, entre la mesa, pegada a la pata del gato, al inverso de la ventana. A esa puta silla que nunca sirvió para sentar ni al porvenir ni a los muertos. Me gusta serpentear por los suelos. Y verlo todo desde allí. Desde que era niña. Cuando tenía miedo. Me tiraba al suelo. Y esperaba ahí una canción. Me gustaba mancharme la ropa y las manos. Hallar la perspectiva que no tenía mi brecha de tierra. Me gusta también amar en los suelos y sorber desde ahí el jugo de luna. Tus manos ahora son un cuervo sobre los maizales. Y la memoria de nos, una avería poética. Pero te recuerdo llama en el suelo, desabotonando el dolor de las cerraduras en la gravedad enloquecida de mi voz sobre tus mares.
Vender la belleza de tu cuerpo al alarido del beleño. Meter las ganancias en la saca de irresponsabilidades que perpetrar contra tu riqueza. Sueño que lo hagamos como los árboles. Que rompas a tiras mi porvenir en un encuentro de hogueras flotantes contra la permanencia. Aún recuerdo su grito, barco pirata, en el ardor de la maleza. Ahora tan lejos de mí y sin embargo, rezo su aquelarre contra la tierra. Conocemos el amor al desconocer la patria y destruirla. Mudamos serpiente, de manzana en manzana, al néctar de la tripa de la noche. Que no queden marcas. Que no haya señal ni retorno. No te pares nunca. No te anilles. No dejes de no saber.
Antes siempre quería irme. Y buscaba en otra vida, el puente de mi insomnio. Ahora, en la pobreza de mis ojos en los ojos del mastin, he sabido que todo está acá, donde cruje la hojarasca, el rumor de la selva. Y que no necesito nada más que desprenderme de los mapas que he querido conservar. Caen hojas del chopo como una lluvia amarilla de bailes de salón y en algún lugar de su expresionismo nos ama la muerte. Ser feliz, al mirar las piedras, las sombras, cada parpadeo del monte puede ser un biblioteca viva y vehemente de una obra clasdestina y vital. He acabado el último sorbo de café y en el poso he visto, un pájaro en un nido, el nido era casi ingrávido, con una especie de escaleras de hollín, y era un nido también cáscara de huevo. Y he pensado que algo está naciendo en mí, algo nuevo que aún sólo asoma pico y tiene que aprender a echar a volar. Me gusta a veces leer los posos de café. Desde que supe que Nazim Hikmet lo hacía.
Bruma la tarde el movimiento de la deshora de esa tinta malversada con tropiezos entre nuestro manicomio. Y yo aún tengo una mano sobre la madreselva y otra en la pena que la página repite extraña del nombre propio ahorcado en el monte. Empieza a llover. Abro la ventana para que me entre el olor a tierra mojada y el diástole de tu olvido. Me gustan los caminos sin asfalto. Desde aquí veo el río y recuerdo mi niñez, antes había zarzales de moras y el huerto de mi abuelo. Había un arroyo que bajaba al ras del camino al monte. Y hacíamos presas como los castores desviando el curso del agua. Y ese señor de la cachaba y las malas pulgas se enfurecía y trepábamos monte arriba en vertical y nos quedábamos cerca de él pero él no podía cogernos y cantábamos esa canción de los sapos y una vez tiró su palo contra ti y te rompió las narices.
Se me pone lasciva la melancolía y se me arregla la rueda pinchada de la bicleta en el odio de tu whisky.
Antes eras mundo, ahora eres sarampión de mi alergia a quedarme. El tiempo está haciendo las masturbaciones que me deben tus muertos. Favor de los insolventes. Ya no me sabes a cuchillo. Me sabes a un error gramatical del transporte urbano. Y de vuelta nos entretenemos con el opio y se encarga él de pagar el billete y matar al vecino. Su sangre es lo que nunca nos confesamos, mas plato de tres tenedores y cristal de bohemia. El postre sólo lo tiene tu fosa. Y tú y yo somos, promiscua literatura sin raíces. Te quedaste los mejores años de mi muerte. Y me han crecido enanos en la amanita. El color verde te hace felaciones en escenarios de cebolla y cobalto. Dice infinito a alguna zorra que pisa conmigo huevos de gorrión y calza en mis sandalias orillas inabarcables.  Escupir un jazz y decir tu nombre y los cuchillos. Una silla viene siempre conmigo para sentar a la culpa y que tenga descanso eterno. Y yo, hago lo que puedo, con los murciélagos y con la luna.
Hoy te recordé tanto en sus ojos. Tanto en los trapos sucios del alcanfor de la nieve. Tan bonita, ahí, como el poema que se han llevado las gaviotas para enterrar a los peces. Y quise pronunciar tu nombre, en el hueco de mi pecho, para serme nombrada en tu voz de carbón a través de las belicosas nubes del color naranja.
Se ha despejado el cielo. Y clavícula el sol, el perfume de tus botánicas de trilero en mi noción de indigencia para escupir de una vez el hueso que me dió mi madre al saberme humana. Y luego me contagió la escuela con un cuento aburrido y seco, sin gracia ni de lírica ni de ultratumba.

No quieras hacer de nuestro amor un plan de pensiones.
No quieras matar a mi esquizofrénica ni darme pastillitas para no oir a los fantasmas empalmados del infierno alucinar con las daturas y con tu familia ahorcada en el g de mi vehemencia.

No me quieras civilizar el espanto. Ni cuadricularme el desasosiego para pedir una hipoteca a la impostura.

Deja de querer comprenderlo para liberar al pajarraco de la virulencia que viene intrínseca por tener la condición humana. Házte la erótica del desconocimiento elavado al pi, del vals lunático de los catadores de estrella. Yo te daré todas mis esquinas y agujeros para que me indemuestres la teoría.
de las exigencias del guión, gasolina para la vieja recolectora de motivos de ídolos de hojalata
yo sólo quiero hacer lo que me dé la gana cuando me salga por ahí y me entre por acá, bajo la ley, de mi muñequita de vudú y beleño, matrona de nubes púrpuras y moradas sofocadas en la premura del emigrante

no quieras meterme en la cama la voluntad de una arquitectura, un cementerio o un prostíbulo

de voluntad ya está en parapente el secreto del dada en la anarquía del vuelo
el problema es directamente proporcional a la salida concupisciente de su alevosa avería en tu cama o en tu manicomio
arreglándome el anacoluto con tu saldo de pólen

no quieras  tragedias prostituyendo los lirios

me pone más la no solución enmarañada con tu cuerpo en la intemperie del despropósito de los incapaces a ser culpables de nada, sino de la música y el fuego

no harás que me sienta mal porque yo sólo tomo de ti lo que me hace arder de gozo
dime por qué, no puedes sentir al amor de la zorra, arroparte, cada vez en el abismo, con maternal ternura y abrasión paradisiaca 
dime por qué, no puedes amar a la proposición del dada, como a un lubricante, fiel e incondicional de cada una de las gotas de tu semen 
 y escuchar mi voz, ahí, ahí, como la urgencia con la que la tuya se mete en mi cajon de bragas y centenos..........
No sé qué metáfora te aprieta el pecho en las noches de nadie y de cacerías de olvido. Ni de qué manera quemas entonces las hierbas en tu pipa del insomnio. No sé si debería ser mi morada, el sanatario intermitente de tus guerras o un coche-cama con la flor del delirio entre las uñas. Tampoco sé si tengo alguna responsabilidad con la palabra que muere en tus techos, como una pistola, cuando acampa el diluvio en tus heridas.
Me afecta, como soy afectada por el puto verso, del no porvenir de la tierra que se nos viene encima. Sólo tengo la salida ambulante de tu fuego en mi piel. Y los tratos con los lobos para masturbar a la duda que luego la noche, germina en nuestro árbol.

No sé desde dónde lo haces, pero sometes la angustia de la datura en mis cuadernos. A veces me eres un desconocido con un epílogo entre mis piernas. A veces soy esa cortesana que quiere robar tus libros y dárselos a la hoguera de nadie.

Si pusiéramos en medio la saliva, sería más fácil comprender el pleito que nos separa en la muerte.

Te deseo y no te alcanza mi vehemencia para escupir el hueso del pájaro a la flor carnívora.
Me deseas y no subyace la guerra química la lingüistica del exilio.

Sin darte cuenta me empujas a la cama de la gasolina y a los brazos de la tormenta. Y no sé librarme de tu sangre en los peinados de la noche.

Yo quisiera que tu desavenencia fuera como la marihuana en la furia de los indios.
Y egoistamente quisiera que sólo tuviera capacidad a masturbarme y a llenarme de ginebra el baile del dada y piedras contra piedras frotando fuego para las nubes.
Zorramente quisiera que tu infierno me eyaculara la dicha del gozo a mis intrusas.
Caprichosamente que tus disputas me bañaran de beleño y tus enfados me mearan de risa el no destino al que me ofrezco cada noche en tu vida.
Dedicar esos veinte minutos, a la labor del patio, de la lavadora, de las camas. Dar de comer a los animales. Regar las azaleas. Mirar los lirios a punto de florecer.  Encuentro en el armario un viejo jersey de lana, de esos que pican, con una hoja de marihuana. Y recuerdo aquella nevada contigo en la que lo llevaba y caminamos km porque el autobús no quiso continuar y me dejaste grabado en la piel un sueño. Casi nunca me atrevo a recordarte. No sé si estás muerto. Después de aquello, nadie cogió nunca el teléfono en tu casa. Y aún aquel impúdico delirio, que no podré explicarte, ni justificar, aunque tú aquellas cosas las comprendías como un pianista ve teclados en la indigencia.
Yo quiero una paz-cabaret con tus intrusos.
Una paz-sin puertas. Sin verdades. Sin mapas. Que traiga el crujir del pielroja a la vehemencia de tu luna. Una paz locos con un timón de opio teclando mares al futuro que no tendremos.
Yo quiero contigo sinestesia de óleo y brugmansia Con un orgasmo indisoluto en los tratos debajo de la mesa y en la estación de trenes.
Yo no quiero la sangre en la bañera. No quiero afilar el cristal de la ginebra. Quiero la lasciva afirmación del duende verde y el ácido lisérgico, cada vez en tus labios y en la nocturnidad de tus jugos. Soltar las armas en la apología del gozo. La pelea sólo cuando la noche nos haga, lobos blancos.

No quieras traerme la desavenencia con la neurosis de tus zorros delinquiendo las uvas. Párate encima del ocaso y exprime sangre de ballena. Que tu lágrima sea, whisky. Que tu puñal, la dilatación de un G. 

¿No te das cuenta que ya todo a mi alrededor es guerra? Y yo quiero tu cuerpo-heroína. Tu noche-singladura. El paraíso artificial de la vanidad del gozo destruyendo patrias. Necesito el reposo de la evanescencia en tu intemperie.
No sé por qué lo haces todo tan difícil. Con lo bonito que es no tener ni puta idea y apadrinar soldaditos de plomo para la fragua del hachís mientras bailamos locos el punto cardinal que ya no existe.
Pero me quieres atormentar el anacoluto con ese sueño de brujas buscando cabezas de murciélagos. Y llueven ripios escritos con sangre sobre las tejas y en los canalones crecen polillas y flores de la neurosis de la fotosíntesis robando de tu sexo el sol.
Y yo me vuelvo una mentira por culpa de la vanidad de tus verbos.   Que sólo obedece a la noche evanescente del exibicionismo de tu alma y sus puñales.

No sé cómo hacerte entender que el alba es una jauría con el néctar de tu selva, bañándome la mar en los agujeros. Para que no culpes al tren del espanto, con la retractora del poema de una muerte.

Tienes que abandonar en mi cama la medida de esa lógica que custodia el desamparo. Y soltarte deriva la morada que enviuda a mi niña de los espectros.

Tienes que matar al interrogatorio entre mis piernas. Y no pedirme nada. Para que todo sea nuestro.
Siempre la puta misma desavenencia. Y volvemos inocentes y crueles, al mismo timbre cortado en la mirada del fuego que el zorro oculta en el bosque. 
Y tengo que acudir al recurso lingüístico para explicarte mi pena de barro sin que suene a afrenta o a dobles intenciones del anís en tu cuerpo.
Y me angustia la luna que acuchillas en mi espalda y sin embargo la sé esa morada de la ética para lavar los trapos sucios con tu semen y con tu no porvenir.
Necesito sacarte el conejo del sombrero y que me hables con el orin de los monos la explicación que no podemos darnos sin que salga el hedor de la vanidad de una estrategia.

Yo sólo quiero tu risa de pez entre mis larvas. Todo esto no era necesario. O si lo era, hay que empezar por el perfume de selva en la sábana y no por la concordancia con el predicado.

Me estresas al colibrí con ese fuego que arrinconan tus tempestades en mis pechos. Y yo siento que estoy escribiendo una zorra letanía a mi pasado o a esa conclusión que sacamos ebrios contra las paredes. Mientras te miro y soy mirada por las estaciones de autobuses que tu cuerpo calza en mi deriva, con esa abrasión de lava y mediodía encharcándome el callejón con brugmansias.
Pensé en ti y en él. Y luego pensé en la descomposición de la maleza sobre ese pincel de teatros amordazados en el grito de los animales. No sé si eres tú el culpable de la ambivalencia del puñal en el perfume de cera de la noche que es un exilio. O qué coño. Que me desperté ajena a mí, a la escritura y a ese dedo que señala en la vía láctea el error de una memoria. No puedo decirlo sin acudir a la metáfora para que haga de la segunda opinión que no quieres oir. Me falta ese gozo de los capós de los coches pinchados por gasolina o alud de viajes ambulantes.  Todavía proferir el engaño de mi espejo. Repartir la cebolla en el amor del chancho que ha velado los corrales mientras los viejos morían. Tardo un poco en retornar al deseo. Y ese muerto ya no tiene capacidad de conmover a la apología de las bestias.
Hacer el café. Y mirar ese deseo de sosa, en la embiaguez de la caliza, volviendo de tu calle, con el vacío dentro de los ojos.  Ese olor a intemperie en mi pecho como si hubiera vuelto otra vez a aquella noche. Mi desasosiego es el rumor que traerá las palabras a ese pasillo de espectros. Tengo que conjurar la llamada a esa vanidosa indecisión para mojar los pies en la mar que tu olvido delinque del anis de los nacidos. Y otra vez lo mismo. En el promiscuo contexto de una sed.
Soñé con lirios azules. Y una angustia  irracional al abrir los ojos. El cielo está cubierto. Los cristales no están empañados. Se oyen cuervos. Tengo que despertar a la escritura. Mientras siento que me devora el significado que roza mis labios. Creo que algo de lo que soñé lejanamente me busca la acentuación de ese desfalco. Necesito salir de la sensación del subconsciente y esa manzana sangrienta. Y volver a la empatía con el monte. Las vacas están en el mismo sitio que las vi anoche por última vez. Tengo que escribir esa carta. Tengo que vaciar la amapola del bolsillo de la deuda. Pero antes tengo que volver sobre la caligrafía del viento.
Asar manzanas con mermelada de arándano y vino y miel. Mirar a las reses en el monte y ese bermejo de la tarde moviendo al sur la melancolía. Ya no te encontraré en la forma que una vez, nunca. Tal vez te coman las chinches y me escupan un óleo que te regrese. Pinto la pared de la fachada que cada vez se parece a una mesa de mezclas más que a una casa. Mientras el viejo corta leña para no sé qué cocina de carbón con la que soñó en mayo. Cualquier día hacemos la fotosíntesis dentro de una botella de anís. Escribo "ne me quitte pas" dentro del agujero negro de tu voz. Ya no hay nadie que se lo crea. Pero nadie necesita nadie. Y creer es lo mismo que la salvia en el dibujo del elefante que pisó las plantaciones de ese porvenir del tapón de la bañera y creció una araña, que lo recuerda todo.
Quiero comprar pinturas para la intemperie y una mesa para clavar el olvido al peral. Pero hace meses que el dinero no alcanza para liberar al pez y alimentar al pez. Así que hacemos, roto sobre cosido, y mejunge de reciclajes. No hace falta tanto, si el sol ama a los chopos. La mayor parte de los productos que venden en las tiendas no los necesitas y son mierda enfrascada en la vida domesticada entre pocilgas con ambientador y nº de serie.  Es de los ciervos de los que hay que aprender a pisar y no en las escuelas y no con los semejantes. Es el río cuando canta la hojarasca el que conoce la riqueza y no esos trajeados resabiados de hormigón y maquillaje. Es a la dicha de la rata a la que debes envidiar y no ese tipo del yate.  Es a don nadie con el blues, al que hay que ir a pedirle trabajo, consejo y patria. Es el vagabundo el que sabe sacar amapolas del bolsillo y conejos del sombrero. Es el jefe ahorcado dentro del corte inglés a punto de arder y propagar el fuego al ayuntamiento y al registro de la propiedad, el único que sabrá con su sangre derramada devolver el canto del lobo, a todos los bosques. Y hacerte libre.

Mientras haya jefes vivos. Gobernará la peste.
Ahora tengo alegría tartamuda, de pelucas enmarañadas en el espantapájaros de cabezas de cuervo y un modus operandi de psicóticos tocando el violín para matar en secreto al alma de las vecinas y sustituirlas por las de urracas y murciélagos.  Contigo tenía alegría, del bien, de la bienaventuranza, del infinito, del sol y las florecitas y ahora se me pegó tu manera de escupir y de pelar peces.  Despecho de un cristo en la sopaboba de los mártires, contando clavos, para sacarse el extreñimiento de los santos, que prefirieron el dolor en lugar del paraíso y la quimera en lugar del fuego.
Nos fue desafortunado. Pero ya te dije que la clase de suerte que te rozaba a ti te empezaba siempre por el culo. Y se me contagió la rectal marena de desperdigar el vino.

Tal vez un día nos haga gracia.  Y ya no nos parezca lo más triste que le puede pasar a un mosquito debajo de un zapato.

Yo tenía otra vida antes de esa noche que se la ha comido el gusano de la manzana. A mí antes no me hacía reír el ensacado golpe del pozo encima de esa hiel que cae como estampita de la vírgen y la anciana se pone azul y las cisternas echan humo de rata y empieza a llorar el último de la fila y me da alergia no tener cuchillos o una cloaca de segunda mano. Antes lloraba con tu voz como mi cuna. Antes tenía media ética en la escabechina del lienzo y no era todo éste vanidoso sin sentido de maleantes adictos a buscar una manera de morir que salve al puercoespín.
Eso me lo tenías que haber pedido hace dos años. Ahora se lo han comido los muñecos de nieve para engordarme la tragedia del escarabajo en el ardor uterino de las abreviaturas del ripio y tus profilácticos.  Llega tarde el reclamo de la seriedad. Tarde el compromiso de los allegados a la genética del mono encima del capó bailándonos la vida en rosa y pagándonos el tren para que el casero se quede sin cobrar.
No es que tengamos un sólido plural. Pero tampoco tienes que hacerte la fotosíntesis encima del promiscuo verbo. Es cosa de gas y zíngara letra para aderezar el almibar. Un poco averiado del timbre. Un poco sobrado del jugo para el resplandor de ese pecado que te gusta a las en punto de mis irregulares ciclos de la venta del caballo para relinchar los agujeros. No podemos presumir de presunciones. Pero no es para quejarse de dadas para atajar al postre.
Te haces el sordo. O es que ya no te colorea el colorín colorado del buitre en tu cama de agujas.
Ya no te mojas en mis aguas o es que te secas de camino al cementerio y me engañas fotografías sepias para mi recolección de crisantemos y el marcado del aullido con la pata arriba en el callejón y ese labor de perros en tus sábanas. Con tan osada pulcritud de pulgas. Y tu sangre es perfume y senda.
Hay que echarle chili. O sobra del harapo de luz cotizada en ese sudario, de tus años gastados para contentar a mamá y nunca te enteraste que tu madre criaba cuervos a escondidas. Que ya cansada de sus ojos quería sangre a la buena causa de una causa que la perdonara tanto extreñimiento por levantar una familia. Nunca me fié de tus buenas costumbres. Prefería quitarles las pulgas a mi perro y restallarlas entre los dedos, soplando las velas del insomnio.  Tu familia me era más rara aún que la mía comprando estropajos y perfumes de cera para dar por zanjadas las deudas con el enterrador. Y entre ellos me sentía como un insecticida en manos de un peluquero para el día de la boda.
Del horario en tu mandrágora le da el síndrome de estocolmo a la ginebra con tus líos de pronombre en mi cama. Y me quieres sedienta y mi sed se hace un colador-prostibulo de la lluvia que más moje a la noche de los desrelojados. Y me hago un sudoku con la esperanza de levantar contigo un huerto mientras me fumo la flor y digo el pólen al presunto de tu culpabilidad en algún lugar que valga por éste si somos gatos pardos cuando llaman al timbre y salga lo que salga, en el teorema, sale pleno de las vides y la zorra, y ya tenemos vino, para todas las heladas.
Me llama un tipo raro al teléfono y me dice no sé qué de Angelines, el prefijo es de la zona, le digo aquí no vive Angelines, y me dice Angelines de los cojones qué haces ahí? y le digo, que te has equivocado y me dice con resabio ¿seguro? y le digo, sí, no sé si para bien o para mal, pero esta es otra casa.

Al colgar imagino, una historia de cuernos, de amores-prozak y cerbatana, prisas sin salvación y un perro aullando encima de las cloacas.
Estoy distraida. Y pienso en escribir, pero despienso, al sonido del moscardón, de un cristal a otro cristal, como esos viajes con la mochila-abono del tren que volveremos a perder y pregntarán y no habremos sido nosotras. Y recuerdo no sé porqué a P.  esa mañana, cuando teníamos unos 7años y quedamos en la esquina de siempre para ir a la escuela y fuímos pisando charcos y embarrándonos y salpicándonos y la maestra nos volvió al llegar otra vez para casa a cambiarnos y a la vuelta volvimos a pisar todos los charcos y tardamos mucho, nos entretuvimos una eternidad en cada gesto, en cada futuro que no queríamos. Y veo en esos amarillos, ese avión de papel que soborna, a la tierra que se está perdiendo para huir de una vez al luhar que prometimos a los escarabajos de la papata.
Hay una especie de moscardón grande como el dedo gordo de un pie que siempre viene a libar la madreselva y nunca lo he visto en otras flores. Lo miro con asombro y alegría del desván que esconde las bicletas. Me da un poco de asco, pero asco andante, asco-guiño del arcoiris en sus ojos-espejo de mi intemperie. No es como el asco seco que siento cuando te pones grave. Es misterio de sus cuatro alas, a un palmo de mis dedos. Los bichos suelen ser los acontecimientos del piano de huesos de la casa que destripa su exilio. Los humanos aquí somos calcomanías de un estupor sin nombre.
Del socavón y el préstamo. Fe patrocinada por el muérdago de tu ultratumba. Dicha con seguro a terceros en el trance que presta la sabandija enamorada. Tómatelo a la ligera en la salmonelosis de tu noche entre mis agujeros. ya de atormentarmos mañana, ya de tirarnos los trastes cuando pase el chatarrero, ya de ponernos dignos, cuando la ética no sea del mono y el anís a su hora.
No quieras deprimirme con la puta solemnidad que esperas de la noche en el desfalco del poema y nuestro perdido porvenir.
No quieras darle poder a las defraudadoras cebollas en la tragedia y la cochambre que hace bolitas chinas en la hoguera. Que no ganen los tristes. Que no ganen los viejos. Que no saquemos nada en claro. Que no te sea útil para defender una vida. La historia es sólo para los payasos que corren el rimel en el ardor de su pobreza. 
Quiéreme circo y no tierra. Cúlpame LSD y no cuerpo. Que no cuenten los relojes el tiempo, sino los carboncillos. Que mi cama de sea, tragedia griega dándole los paños a los locos o porno-metafísica y no morada. Que ésta relación del todo inaceptable para tus zorros materialistas, se haga jauría y no recta, fuego y no depósito.
También fui feliz, el instante es que moriste, con mi mano en tu mano. Porque sentí la eyaculación de los duendes sorberme el peligro. Y nuestros juegos de canicas y chapas, cruzando la selva. Y ese vértigo de un poema indomable, de tus ojos a mi miedo, cavándome nubes y secretos de brujas.

El velatorio era triste. Y el abuelo, perdió todos sus papeles, en el tráfico de los hollinadores. Y el abuelo hablaba paraguas con pistolas.  Y mezclaba la paloma del espiritu santo con el cuervo en celo y fumador de marihuana. Y yo imaginaba que si estuvieras, le gritarías, como solías hacer cuando se ponía así, que se callara la boca, y un ¡caramba! que cruzara todos los infiernos.

El abuelo y yo, fuimos a comer a ese bar de carretera y nos echamos mucho vino y pocas legumbres. Y al volver al tanatorio, el abuelo estaba aún más loco y yo más hierro incandescente. Y empezó a proferir un discurso de palas y juglares. Y no me pude resistir y me entró un ataque de risa, esdrújulo como esdrújulo el llanto. Y salí corriendo afuera para no ser del todo improcedente. E imaginé que me abrazabas muy hondo con el amor de la salamandra.
Puede que un día mi pena me masturbe brugmansias. Y sea huevos y sardinas, para tirarle al aburrido vecino que se queja de que mi perro ladra pero no le molesta que ladre en vano su cerdo corazón.  
Puede que mi pena esté aprendiendo a correrse haciendo el pino. Y pronto sea mi casa de muñecas de opio ofreciéndole viajes paradisiacos a mi huella echada al balde de los morosos e insolventes domadores de pulgas. Puede que cualquier día  me lleve al cielo por la izquierda del agujero de la conciencia de dios encima de la amanita.
Ni una mentira quisiste contarme para salvar la risa de la hiena entre los terraplenes. Y mira que eras especialista en recursos lingüísticos del suicida y el que se está desenganchando y puede que mañana estemos limpios si tira a favor del sur el norte y la cigüeña nos caga el Sena encima.
Ni una onomatopeya para hacer feliz a mi zorra caperucita o abrillantarme a la parca en la ruleta rusa de la margaríta y aquí ya no queda ni una afirmación ni una negativa, todo es según se mire, mandrágora para cegarnos llenos de lascivia y ver por fin sin ver nada al puto semen de dios.
Cuelgo una toalla en el tendal para que no me dé el sol en los ojos. Si hubieras tenido negro sentido del humor, hubiéramos salvado a la mariquita correteando por los dedos de la tumba para echar a volar. Si no te hubieras tomado tan en serio, la tragedia de Sísifo tendrías ahora la montaña de Mahoma corriéndose entre tus piernas.
Ya no me quieres. Y mi pena es una manzana que nace entre avellanas y orujo de los desterrados.
Ya ni guardar las apariencias ni los vicios. Y se lo digo todo al perro vagabundo. Y busco tu rastro por la red y sólo hallo el contestador automático de la noche puta en tus burdeles. Y yo te quiero todavía que es lo mismo que fumar el hash con la salvia divinorium y alucinar un pez que me dicta ripios del manicomio en el que nos veremos las caras cuando seamos dos protozoos.
Viene un técnico a cambiar el contador de la cuadra. Voy a abrirle la vieja puerta de agujerito de carcoma con mis zapatillas y mi vestido de lágrima de escarcha a punto de hacerse el trapo sucio que perdonará el 24 de agosto. Espero medio impaciente a que termine de una vez, medio en busca del maullido de los espectros de los gatos que quise del pajar y ya no están. Me habla del invierno. Y yo le hablo de guantes con los dedos cortados y perros que duermen en la nieve. Luego le hablo de que esos nuevos contadores dejarán a gente en la calle y de la explotación del patrón y la luz eléctrica. Es un hombre bello. Con peinado de gato. Le digo que antes aquí había vacas y cerdos. Y que ahora están fuera. Hace tanto que no hablo con un desconocido, ni con nadie, que me parece una eyaculación de materia lingüistica y extravagante de mi rata ovillada al llanto del rocío.
Viene P.  del viaje, para un par de horas de traqueteos y sintomatologías del olvido escalzado en la flor amarilla. La grito desde la galería, ya ni saludas, ni me das un beso y me grita desde abajo, estoy cagando y yo ya ya y es más importante cagar y la depuración de la torcida noche. Luego nos reímos una culebra y nos damos un beso de gnomo.
haces bipolar mi ya impúdica ética
haces trampas en mi grito de los desiertos y las malezas y me hollinas la tristeza de las recolectoras de tomillo en la cazuela al fuego de una oblicua cocción de futuro y vehemencia 
me niegas la afirmación a través de guerras apátridas y rizomáticas causas de los descausados 
me impides quedarme en la zona ultrajada de la memoria de los olivos y me empujas a la vagabundia de nos, el sol y la puta locura de los mecheros
ni contigo ni sin ti
vamos a salto de rana
en esta obsesión de posesos catadores de imanes perturbados

y me metes la amanita en el buzón
y mi marcador automático se hace adicto a la entropía

y me sale la tercera moral del amor, bañada de ácido, para el debajo de la lengua bipolar de una medianoche y un atraco a la farmacia

y luego nos quejamos del doble sentido de la persiana en esa habitación de hotel, barriendo cada cual para su luna y pagando las deudas con flores prohibidas
y luego me reprocharás que soy contradictoria, cuando todo lo que te toca es por obligación promiscuo y ambivalente para acertar con tu nombre
Yo quiero amar como una puta caperucita.
Pero tú insistes en estropear la pulcritud, con tus tormentos de hollinador de desengaños. Y depresiones post-traumáticas de tormentas de degenerados.
Y me malversas el corazón en orgías de juglares y de locos. De agujeros negros y marmóreas metafísicas de los desterrados.
Y me quitas el caramelo de la boca con tu neurótica adicción a la vitamina C o a no sé qué queroseno del hambre de los que nunca llegan con la sombra, ni a favor, ni del viento ni de la tumba.
Me bajas la líbido de la monogamia.
Me llenas de trampas mi ya impúdica manera de rezar amapolas.
Y me metes espectros en la cama. En nombre de algo que sólo solucioná nuestra lascivia.
ya no sé si era literatura o un caballo bebiendo del río bajo el diluvio
confundo la luz del día con los urinarios de las gasolineras y con tu manera de quitarme la ropa y preguntarme hash en la usura de mis poros
confundo el amor con una tapadera para blanquear olvidos
tus ojos con Marte, Marte con una tumba babeante de helechos
mi engaño con mi pago de los recibos, mi pobreza con el perfume, mi pecado con el recurso lingüístico
tu noche, con el billete de tren bañado con ácido, con la mar como destino o una manera de matarse para acabar el poema sin usar la tinta
el sin sentido
son también tus labios mordiéndome mandarinas
es la mala compañía que me ejerces en el cuaderno
y ese km cero, de nuestras muertes, sombreando, una manera de mentirnos

me vienes a decir que soy una infección y que necesitas olvidarme
y yo lloro pulgas, porque ya no soy dueña ni de los ríos, ni de las rocas

y oigo otra vez el crujir de una vida entre el cieno y la alegría de los jabalies
desbarajustar el principio del olvido y del recuerdo, en el trato contigo, encima de la mesa, debajo de lo búfalos

y se me hace más cínica la noche y el corazón se me embriaga del contrabando del azúcar y de la pistola, en el mismo burdel, que tus lunas interminables
Soñé con un trato que cerraba un juglar. Y nada era tan serio, para ponernos tristes. Abrí los ojos. E hice lo que hago cada vez que me despierto. El sol está asomándose sobre el monte, aún ese resplandor de legañas de tiempo. La casa está fría y más fría que estará. No sé qué tan grave para hacernos daño, como los viejos sin esperanza en las pulgas. Ni qué coño te ocurre para estropear la canción de las cebollas. Si es un juego buscar el piano que siga a la sombra. Un juego tiene que ser, el violín del desvelo, entre los portazos. Me entra hambre de micromina. De mi soledad cortada por las esquinas y colgada de la huella del ave que no recuerda. Quiero ir en diciembre a la mar. Tendré algo de dinero de mis chanchullos de mariquita contando tus dedos. Aunque tal vez se pongan las puertas del revés. Las urracas están en el patio comiendo los restos de la comida del perro. Antes había lobos en estos montes. Y hasta que no regresen la humanidad estará perdida.
ya no es que me duela, es otra cosa, desvirgada en la noche que pagaste del prostíbulo para que te amaneciera por una vez fuera de tu espanto y no lo conseguiste, porque te dio el gatillazo por la culata y con el embargo en tu todavía propasándote con el whisky de la usura que te pagaron mis putas para estar en paz del sacrilegio
lo mires como lo mires lo mirarás mal
porque para verlo bien tienes primero que poner patas arriba a ese protozoo de tu ética metida en el aparato digestivo que no cagaste para ahorcar a tu familia y su gen impostor de los monos
te lo dije, te lo dije cuando viniste con esa rosa a apaciguarme la peste
que para calmar al usufructo del devorador lenguaje del horizonte-autobús en llamas, tienes que convencer a mi suicida de que tu amor es sincero y para eso, un poco de daño retractor de la misericordia, antorcha que pagaron los olvidados camino al cementerio que creció en nuestra cama
me entretengo al cantar esa nota desentonada en mi pecho
porque así me sabes menos a sapo y más a otoño
y el anacoluto que insiste con mi vida se hace los favores en el mismo retrete que tu alma
y así en ese clamor de la cuerda vocal haciéndote de soga, la canción sale despavorida como un río de llanto en el salmón erecto de tu líbido del eterno retorno
y se me hace más bonita la idea de la destrucción absoluta de una memoria con tu sangre perpetrada en el lugar en el que vuelven a hablar mis ermitañas de ese desvío que a la medianoche compró tu pecado

no lo sabíamos entonces y no lo sabremos
en algún lugar del desierto que implora a la siguiente palabra
tu insomnio y mi insomnio, son la misma piedra en la misma mano contra la misma vida que nuestras vidas perdieron
qué he de hacer qué he de hacer qué he de hacer crajjjhhhhhhhhhhxxxxxxxxxxxx
para que me encaje el descosido en el roto
y mi corazón en tus añicos
qué coño tendré que robar a las palabras para que tenga sentido esa fecha en el panorama cubista que cada día entiendo menos y se me hace alcanfor en la morada cuando pregunto cuántos han quedado aquí, que no sé dónde se me meten las manos ni qué coño hago sujetando ese vino que sabe a ti
el sentido no está muy claro desde que vino con él esa mujer ahorcada en un cuervo
a lavarte las mesas con esputos de una ética apurada por el clamor de un libro que se que cayó encima como estampita de la vírgen a punto de arder

lo único aquí sabido es que ya no estamos ni para hacer apaños ni para reparar memorias
y que lo nuestro ya está cogido por el desfalco y el oficio que no nos dieron

aquí lo único que se puede hacer es tirar hacia delante
porque atrás hay un panorama del todo cochambroso, que invoca a la locura ¡(º...º)!
y atrapa la musaraña y te la mete en la tripa y luego ya no distingues tu estómago de tu voz para cantar
o esa cisterna que clamó lo que es del viento y se perdió en noches oscuras contagiándote de esa historia paralela que al final la puta vino a escribir lo que yo quería aquella tarde en la que fui a pedirte amor