No tengo ambiciones.
No tengo nada qué planear para mañana.
Sino el gozo. 

Quien dijo que hacían falta, era un prisionero.
Quien lo dijo, os quería ganado, rapiñando sobras para construir palacios de esclavos cargadores de quimeras.
Andar al filo. Si me paso de surrealismo, me crece una droga de la mesita y me envenena mis ya escasas maneras de ser inmune y disimularte civismo. Trato más con insectos que con personas. Y a veces se me olvida el cuento. Y creo que tengo antenas. Para volver a tocar el suelo, fumo ese cigarrillo. Y tú te me abres, como mi amado réquiem. Lloro. Y cuando lloro me digo, si soy capaz a llorar, es que aún no está todo del todo perdido.
No me entro en la tierra. Sino me salgo por tangente. Lágrima de cocodrilo en el cuaderno agujereado. Los girasoles se mueven en esa tumba que me dejaste en el bolsillo, para ofecerle al comprador de flores. Tú eres, la última vez de algo que no sabe acabar. En cada trago de vino, veo nítido tu rostro y oigo tu voz, como escopetas, como armónicas. El vino nunca se acaba. Nuevos vasos temblarán en manos aún desconocidas. Alguien pisará las uvas. Alguién servirá y abrirá la caja registradora. Y para nosotros, la pobreza, amor. Como el único baile.
La luz vidriosa de esa galería. Todo me empuja hacia la conversión de la materia inerte. Ser devorada por las metáforas. Juegos de arena. Juegos de mar. Renunciar con violencia a cualquier otro rol. Amar tanto la luz abstracta de los valles, que volverme espigas reflejadas en los ojos de un ciervo.
me dices que cuando los conejos se hacen plagas, son muy dañinos para las cosechas, te digo si yo fuera conejo procuraría reproducirme como el ébola sobre las plantaciones, me dices últimamente hablas como los del psiquiátrico, te digo, entonces es que voy bien.
No espero nada del realismo.
No quiero una nómina que no me la firme el caballito de mar.
No pienso releer, ni mejorar, ni uno de los versos que escriba.

Sólo quiero no saber, algo nuevo, cada noche que cierre los ojos.
No comprender una palabra, cada vez que vaya a hablar.

Sólo quiero esa droga entre mis sinapsis y el atardecer.

Ser libre como una cucaracha entre el estiércol.
Cuando era niña, y G. y T. se emborrachaban en el salón y a bocajarro de poner las calles encima de la mesa,  me ponía contenta, como si entonces sí, estuviéramos tratando con el mismo ojo y no me separaba de ellos, hasta que la noche se ponía esdrújula.  

Dime amor que aún una ebriedad te roba las razones que las razones del silencio, siembran entre los dos. Que aún crees en las ranas de tres ojos y en el sena lleno de cadáveres púrpuras. Que en algún lugar nunca hemos tenido cuerpo, ni nombre y seguimos afilando el cuchillo de la estrella para volvernos fuego. Que no lo has olvidado del todo. Que la lágrima, sabe a un cangrejo ermitaño. Que te drogan las tormentas y el olor a tierra mojada, afila la cuerda de la guitarra y nos salen canciones como se pierden destinos. Que en algún aún me quieres. Aunque sea esa que nunca fui. Por esos que nunca. Como que los invertebrados gobernarán la tierra!
Pasan los meses. Pero no hay cuerda. Ni eje. Ni principio ni fin. Los márgenes son ese pliegue que se llevarán las golondrinas y cantarán los jabalies a la dicha de la nieve. Cada noche que caigo en ese vaso, te me separas un trago de la ebriedad y te me acercas, una gota de sangre. Esa mano ya no hay quien la lave. La tengo como una guadaña a la vela, de tus diluvios. Un día bajaré las escaleras y S. estará en el cementerio y la puerta de entrada flotando contra mi pecho como un delirio de óleos. Y romperá en mis uñas, otra vez el principio y el fin. Yo le digo al abuelo, cuando clavamos puntas, entre esos viejos maderos, que colocamos, haciendo una mesa. Que lo que estamos haciendo, se escribe contra el tiempo, contra la memoria y contra el olvido. Y que tal cual estamos ahora. Estaremos siempre. Parpadear y aquí nos tendrems, pensando aún qué color y qué planta poner encima. Yo le digo a P. que ya tiene edad para empezar a fumar marihuana y cambiar la pena de los mármoles por penas de avutardas. Que peor del norte no se va a poner. Y que con un poco de suerte hallaremos el quinto punto cardinal que siempre estuvo debajo de los pies.
De tu voz. Un regazo de zarzamoras, con sus espinas señalando el viento. Cobijado al coñac. Que dejamos en el vaso de aquella barra. No pudo ser. No había suficiente espacio o había demasiado.
Recuerdo ese niño que jugaba conmigo a los trenes. Yo iba a su casa. Nos poníamos en ese suelo de piedra. Sólo venía los domingos al pueblo. Recuerdo que tenía miedo a su madre. Porque él obedecía absolutamente todas sus normas. Era una casa rica. Sin gritos, no como en mi casa. Era una casa en la que nos ponían la merienda con servilleta.  Y todo era sí. Y todo era como gustes si te derrites en mis brazos. Amaba a ese niño. Porque con él viajaba a un mundo extraño. Y tenía la sensación de que estaba haciendo algo malo.
esa lluvia, eléctrica, teclados de ácaros, memoria de tu vaso, en mis dedos, me la presta la culebra azul, de mi infancia recuerdo el escarabajo de la patata en el huerto de mi abuelo, iba allí, en las tardes de verano, y jugaba a moverlos de sitio y ofrecerles nuevas casas, los recuerdo anaranjados, y hablaba con ellos y les daba voz a cada uno, los juntaba y los separaba, de entre todos los insectos, yo amaba a aquellos y recuerdo aquel pastor velga que también se llamaba Thor, negro, feroz, que había mordido a tres personas, y que yo quería infinito, recuerdo que sentía que estaba triste, lo tenían siempre atado, y yo pasaba horas cada día sentada en el suelo, al lado de él, para que estuviera menos triste y pedía por su felicidad a los rayos, recuerdo cuando se lo regalaron a un hombre, que les odié, y lloré y les maldije y recuerdo cuando unos meses después lo volví a ver (por última vez) y se tiró a mí jugando y lo vi feliz y más hermoso y me lamió y comprendí.
tronó y relampagueó, mientras el abuelo comía, le pregunté desde cuándo está el pinar en el pico de la mata, y dice los plantaron en el 34, y antes había otros árboles? y dice no, había mata. En la revolución del 34, la policía cerró los caminos para evitar que la gente fuera desde León a unirse a Asturias. En el 34 el hermano de mi abuelo estaba en Asturias, siendo fusilado dos años después. Y los pinares un día tendrán que remover la tierra hasta que hablen las zanjas y el viento vuelva a ocuparse de las raíces.
no sé colocar ese lugar en el que estalló un reloj que se aguijoneó en mi pecho... no sé qué hacer con él, ni a qué diablo rezarle, me fragua la autopsia del ocaso sobre la mar, en una barca de gasolina o es ese rizoma de óleos apretados a la cintura de un olvido que es tan sangriento que se olvida de olvidar, miro las vides y te hallo, en la misma palabra y te quiero con los mismo anacolutos, pero no estoy segra de que ni tú ni yo existamos, el vino expía las putas canciones de amor, en forma de campos de cultivo, entre la cuchara y la goma, de ese hombre, que nos lloró encima, el grito de los mirlos, y yo sólo te miro a ti, cuando cierro los ojos, y me dejo caer por el grifo, como barro en las manos artesanas de un mercenario de tiempos
antes buscaba la metamorfosis, poseía una violenta fe en la ametralladora ingrávida y en cambiar las leyes de la gravedad y cada cierto tiempo, entraba en la psicosis, como un cóctel molotov,  mi locura era, de esas de toda la plaza mirando, de mamá llorando floripondios y el cura llamando a la policía, mi locura era, de esas del informe de irreparable y comisarías y correas y ese juicio, insolvente e ininputable, ahora no es que me haya curado,  es que acepto los agujeros negros y el fulgor de la nada.
imagino los suelos que pisas, aceras con colillas y chicles pegados, recodos de hierbas y arcos de beleño, grava y polvo y fuego, desfiladeros con sangre de polilla, papeles cortados en trocitos, por la tijera del estrago, con tinta que gime, sol pisoteado por montañas y mares... y una canción verde... portadora de todo el pólen... y me miro los pies, y a veces lo daría todo, por ir a morir allí
-huele mal aquí
-te lo dije querido, no me digas que no te lo dije, aquella tarde de picnic al lado de ese río de agujeros de gusano, te lo dije cuando me mordiste, el lado contrario contra el que caes, cuando te finges sincero, el hedor no será inútil, el hedor, nos amamantará, como los pechos de lo cierto
-pero habría que darle una pasada de agua porque en boca cerrada sólo entran moscas. 
mi melancolía ya se pasó de vueltas, ya se puso del lado de la venganza de las cosas que no existen, ya no tiene solución, la salida todo de enfrente hasta que empieces a arder y descubras la meta-puerta del volcán y la muerte
¿que qué quiero? ¿que qué excepción? ¿que qué cadencia? un cuchillo que convenza a mis collage, un viaje que se trague la casa, y todas esas otras, y cuando vuelva, haya un esqueleto de rinoceronte envuelto en hiedras, con tu sombrero lleno de vino y cacas de paloma
Pienso en los cordones de tus zapatos. Como ovillos de coser, la zanja que nos separa. A veces los pienso en mi cuello, ahorcándome a sonrisa de gorrión. O entre nuestras manos, como un juego de seres de opio. Tirando y apretando el nudo. Sacándole semántica a los ríos olvidados.
le propongo a S. hacer un viaje a Salamanca. A aquél lugar en el que creció aquél que nos cayó muerto, antes de que naciéramos. Imagino alpacas. Imagino casas blancas temblando heces de paloma. Imagino un tipo de campo, capaz de sostener nuestros gritos animales y arrojarlos apología del olvido. Imagino un abrasivo sol, contenedor de la luz, que se nos derrama en las pupilas. Avasallándonos como raíces que se inmolan. Imagino campanarios con cigüeñas obscenando toda deidad. Y muros en ruinas. Con malezas amarillentas. Imagino el maíz, como el único verde, capaz de portar el puño americano. Imagino tus ojos, perdidos allí, tal como los míos. Diciendo luna. Bebiendo luna. Perdiendo luna.
la angustia de la belleza de los chopos, enconclavados como esa catedral destruida, desgarrando entre sus dedos, tu nombre, como la última bala que romperá en el cielo, el cubismo de mis ojos, ya no tengo moral, tengo la metamorfosis de una zorra ventana, en no sé qué indeterminado, que corre por mis venas como una jauría, soy como la ebriedad de un campo en destierro, saliendo y entrando, cada vez por un mapa más oblicuo y más hambriento, me entrego a las esquinas que se juran dejar de serlo, para parirse viudas en la intemperie, hay dentro de mí cada vez una mujer menos tratable que habla con los gatos lo que ya no hace gramática en esas otras escaleras
jugar a damas y caballeros, y nos sale maleante el modo de apoyarnos a la mesa, de recular el whisky y empujar el hielo, tengo un agujero negro en el pecho, se me cambia de color, a veces en tu cama, pero bajo mis ojos regresa con la alevosía de un destino, sabiendo que las ventanas son sólo gestos de ese libro que aún no hemos leido y conoce el marcapasos que la nube nos envuelve en esa manera de mojarnos, a veces me impían las ganas de gritar y entonces canto palabras que no existen pero pulsan ese ritmo devorador en el pentagrama de los sangrantes, me arrimo a la peor sombra y el árbol es como un avión, sólo cuando tengo angustia de aullidos de perro, soy entera, con esa antorcha portadora de mi sed, sólo cuando traiciono a todo, menos a los roji-negros, comprendo, la luz que no cesa entre esos pozos,  si pudieras sentir, esa brecha fosforita y floripóndica de mi pecho, no preguntarías nada
yo quiero un amor pipa de opio, entre un pajar, una taberna y una playa, yo no quiero estar siempre presente, sólo cuando los salmones aullen Itaca, con sus branquias en forma de cuchillos o cuando se mueran de pena las floristerías y el que extraperla con alcoholes se ponga a cantar, será a sangre que gotea y eternidad, sino tiene pretensiones de quedarse
llené esa carta-cuaderno, y la dejé dentro de la mar, entre los buzones que no cierran, limpía de ti y de mí y también sucia con esa pasión galerna, como si el agua lo conservara todo en sus fauces y tu código postal fuera más nítido
la contienda de esa gota, al corte de los vasos, tus ojos caliza, en el fondo de mí, los cuadernos detenidos en esa noche, demacrándose por la luz oblicua que los excita una y otra vez, al evocar de las aves del noctambulario, entre mis cajones, como el estigma que la tinta incendia, yo vuelvo cada vez, porque allá, vivió aquél pez, que portó los océanos, entre tus labios y mi muerte, de lo demás, los pies ennegrecidos de pisar tierra huérfana y ese fruto alucinógeno y colgante, entre mis párpados y la ruptura de una canción, la frígida ética de los cerrojos haciendo orgías de la tierra de nadie y esa criatura en mi interior, mordiendo insomnio con espuma en sus dientes y el desabrigo de sus pupilas, expirando trenes, en mi bolsillo, como escopetazos
ayer el abuelo bebió vino y vino triste y un poco borracho, triste porque no quise ir con él por el pueblo y yo no quiero ir porque no soporto a toda esa gente que le para a saludar, y el llegó, con su carga novelesca, es maestro en ese tipo de diálogos, diciendo hija, soy un hospiciano, nadie quiere salir conmigo, soy un hospiciano, vine directamente del hospicio, y yo le apreté contra mí y le conté y le canté y le apechugué, y fue dejándose sonreír, jugamos al dominó, y le dije, te toca hospiciano mío y me miró nubes, y acabó las fichas y dijo, ganó el hospiciano.
me he dormido, sonó el despertador que suena a las 9.13 y lo apagué y seguí soñando con esa trampa de avellanos entre licor, abrí los ojos al exalto de un hospital entre la almohada, me desperté queriéndole, me desperté con su nombre entre las colchas,  y la angustia de quererle o de no tenerle o de todas esas esdrújulas del despropósito de los puntos cardinales....
y sin embargo a él, le quiero con todos los síes de la tierra, con todas las piedras que obedecen y con las que desobedecen a la gravedad, con él, todo es la afirmación de la ballena, en el relincho de los bailes furtivos de la mar, libertarias lenguas dilatando lo imposible, barro cantaor y noches estrelladas, entre los posos de vino que se disparan como barcos al viento y al puño que destruirá a quien quiera someternos, incluida a la muerte
esa sensación de arista,  se lo digo a los cuadernos de esos cajones para quemar, no estoy ebria para ser cruel, me entrego al temblor de la noche de las ramas que desobeden sus articulaciones, me enfrío a sorbo de vino y canción agujereada, quiero mi angustia bocanadas de glaciar, mi angustia ha salido tiroteada la puerta, mi angustia custodiadora de cualquier traición  en el amor de la silente, la contradicción me es imparable, el canto del noctambulario me hace cruzar de acera, exhalar las rayas discontinuas, prostituir un taxi, llevar al fuera de campo la música que me amamanta, te doy lírica, "de lo otro ya no me queda".. o es que hay que esperar a la mandrágora,  los crujidos que ocurren en ese timbre entre mis venas, te serían veneno, te serían cuchillo, y no dejan de sonar ésta noche entre el frío de mis manos, me llama una polilla, me llama un carrusel que me aleja a esa cama flotante en mi cama, si te fuera sincera bajo ese coñac te espantarías, yo quiero jugar por horas, días sueltos, festivos incluidos si chorrea luna, no soy buena compañía, si no traes las falanges por fuera o es que tengo una sed que me blasfema y sólo puedo seguirla, no puedo serla desleal, ella me araña, en busca de mi dentro, ella me aleja de ti, ella te traicionará insaciablemente, ella me empuja al vapor de la cerradura en la llave de la mantis, a giro del eclipse, a tormento del pincel de los perdidos, necesitaría que aullaras como un bicho nocturno, algo que me socavara dentro una jauría, algo del ojo de la cucaracha, algo que apaciguara la inquina de mi camino contrario, soy evanescencia,  tal vez no entiendo a los amantes, sino en bañeras de opio, tal vez le exigo al amor, que arranque el olor a humano y lo extirpe y me incendie hacia el imposible... querido cuando me hueles sólo a un hombre, me sube una náusea terrible que no sé qué hacer con ella ni cómo meterla en tu cama, sin que nos hagamos daño
La herida. Titubeo el teatro. Me distraigo ventanilla rota en el coche que te llevas. Siento esa angustia. Me evaporo. Lloro de mentira el enunciado que escancia tu licor sobre el veneno. Doy un sorbo a la botella. Pongo esa canción. Quiero desaparecer por un día. Quiero que el atardecer hospitalice a las ciudades que aún sobreviven en mi pecho y saben llamarte. No sé si estoy enfermando de una lisérgica nostalgia o es parte del juego, del que hace ya mucho que olvidé sus reglas y que dejó de importarme ganar. Me falta algo que no alcanzo a describir. Que no estoy segura de que exista en algún lugar. Pero noto su ausencia, como lo que hace el sol con mis ojos para distinguir tu mano demacrada en los pianos, a través de esos campos que pronunciaron otra vida, entre nuestras vidas. El plural que utilizo, tampoco es definible. Es un abstracto gemido del abstracto que sostiene el vaso de alguien que maldice en un lugar parecido a éste lugar pero que nunca ha oído nada de los trenes. Me acostumbro al vino mientras me desacostumbro de ese vicio de conjugar la primera persona con irregulares o todo lo contrario si pinta espadas y van a dar las nueve y la puerta no deja de llorar.
Pierdo el sentido en el mismo sitio que lo hallo. Nada dura. Nada se queda. Ni pretende.  Sálvame sólo la razón para el tirachinas. Señales de humo de la filantropía de las plantas con el nº de tu puerta y dejándote sin dirección. Da igual aquí o allá. El que toca la guitarra desobedece su lecho. Me gusta oir la de "malena canta el tango con voz quebrada..." para guardarte la ronda en ese bar que siempre llega cuando nosotros nos hemos ido. Pusimos los relojes en sincronía a esa mala hora, del ahora o que te coman los cocodrilos, del ahora o que te parta un rayo y te vuelva a partir en el cielo que lo expulsa. Y nos salió irracional el espacio que nos exprimía como dos contradicciones folladas por el mismo eje, del si digo una verdad me devora el sol.
Tiraremos hacia delante aunque el horizonte suene a guadañas que se afilan.
Levantarnos entre nuestros vómitos y distinguir entre la melaza de la bilis la perfección del vino que escancia esa belleza furtiva que nos llevamos de los bares, dejando nuestra sombra sentada a la barra y al pago de las copas.
No nos mató aquel invierno cultivador de quimeras e improperios. No va a poder éste verano adicto a las esdrújulas y a los restos de pólen en la ropa sucia y virus en la lengua. No nos mató ni nuestras manos asesinas. No van a hacerlo, las de ese pentagrama de deslenguados mártires de la carne blanda.
Si no hay punto de sujección. Fraguaremos el brazo de la estrella. Si la esperanza es cosa de cobardes. La destruiremos en la nueva fe de los gases innobles. Despellejados a cuchillo de luz oblicua. En nombre de los nombres perdidos.
Si la ausencia nos taladrea. Le daremos broca. Y la pared será la ignominia de ese verso que tiembla en nuestras heces como la polonización de peces en las cloacas.
Tomo al muerto en mi regazo pescador de peces que hay que volver al agua. Y de vinos, que van de la botella al vaso, del vaso a la boca y de la boca a la materia negativa. Simulando en mis labios, esa puta novela que nos trastocó del todo e irreparablemente. Asaltarse moneda de cambio. Y robarte cuando pestañeas la zona erógena que prostituyes en tus versos por la mísera ventura de llevarse una maleta al viaje y sólo se ponen cachondos tus vecinos antes de marcar el 091.
Hallar la verdad de las y cuarto y en proceso de desformación y abuso de la crónica anunciada para desmerecer las estadísticas y los vaticinios, en esa silente al empuño del óleo. Hallar la súbita gracia de lo desgraciado en esa canción surrealista que canté acompañada del agua en la bañera y la ventana abierta al peral movido por el viento como se contraía en el puño de la anciana, el crinar del pájaro del destierro. Llenarme de la felicidad del tiempo antiespaciado. Fingir que estoy en esa obra y tomo el papel de los que van a morir. Ensayar y modificar la voz en ese verso de los heroicos suicidas. Sólo me escucha el gato. Que miaga, cuando mi voz se torna, amago de buhos.
Tengo que enfriarme al súbito de la mesa de apuestas. Purgar los radiadores en favor de los granizos. Cerrar mi ebriedad. Censurar ese opio que se me envenena en el hueso. Jugar a los llaveros y al ladrón. A la casa de putas del huevo de la gallina de plata entre eso que fuma F. cuando dice que quiere hablarme muy seriamente de, y nos sale la semántica por el servicio.
Encontré unas castañuelas en el comodín. Jugué a lo zíngaro. Taconeo de barro. Alegría de mis huéspedes ahorcadas. Luego esa ventana que se oculta entre los libros. Si me pongo sentimental empieza a llover marihuana. Tengo que cerrar el grifo. Hay que poner dinamita en las tuberías. Hay que encontrar un jabali que cante el bosque. Mi vieja alegría, en pos de venganza. En el bloc de acuarela o en la mirada del mastín. Despeinarme. Hacerme sólo lujuría. O cambiar todas esas porcelanas y muebles al chatarrero por una vieja lavadora.
Ese sueño kamikaze. Nos sujetamos con un pie. Rabiosos de opio, estaño y tijeras. Soy suicida de quererte. Tal vez porqe ahora sí, el Imposible, escancia sus uvas. Y aquel sueño, brilla con más fuerza, el ardor de los que no sueltan la luz que les devora. Mi mano hacia tu mano, es materia negativa. Soy adicta a lo intransitable.
Yo querría ser tu amiga. Como es amiga la zorra y la urraca, cuando negocian, la sombra de los árboles. Yo querría oir la tormenta en tus oídos. Y escuchar a tus bolígrafos, como una pata de la mesa que sostiene a los papeles. Yo querría tocar lo que te rodea, cuando todo es fuego y ceniza y grava y alcantarilla. Sería como una rata bailaora que no se intromete. A la silente del rincón. No te hablaría de nada. Para que no te sintieras incómodo. Para que nos nos comieran los techos. Nunca te diría que te quiero. Y si me lo preguntaras, lo negaría. Ni te pediría nada. Sólo mirar. Mirar la noche derretida en tus cristales. Mirar la muerte, en el cartucho de tu pistola. Y esa piano. En la luz absenta.
Te nombro. Para nombrar un terrón de whisky que cuelga de mis tejas, como alas de urraca. O ese embargo que tragaron los papeles. Por la prisa por tomar el camino más largo y más torcido. Miro los claveles del aire. Tu nombre en mi pared, con esa pintura. El buzón muerto que salió eyaculado de esa carta que me mandaste, cuando volvió la nieve, y los dos perdimos las maneras y el rostro. Los chopos son los mismos ahí afuera. Ese afuera que no sabe conservar a los chopos. Mi bicicleta llora en el garaje. Y los niños rien en el monte. Cuando bebo vino. Echo la parte de tu copa en mi copa. Y bebo para dos, el aullido del silencio. Me digo tengo que olvidarte o dedicarme a recolectar hierbas, hacer esculturas de madera o tratar de amestrar a la rata de la cochera.
Mi memoria está llena de elipsis y fueras de campo. Desde mis 16 a los 25, más o menos. Mi memoria es un hervir de amapolas. Confundo el orden de los hechos. Si detrás estaba el topo o el colibrí. Si venía con el billete sin pagar o era de ida y vuelta.  Si te conocí antes a ti o al olmo del camino del cementerio.  Recuerdo que estuve unas cuatro veces en el psiquiátrico. Otras tantas en el calabozo. Incontables veces en la sala de urgencias por intoxicación. Que me fui de casa, hacia quién sabe qué no lugar... con el desierto en la pulsera y volví con la pulsera en la saliva del ciervo. Que ahogadas noches entre paredes del suicidio. En ésta misma casa. Como una estatua de gas. Que las peleas con ellos.  Los periodos místicos que acababan todos con alucinaciones y con el cenicero lleno de hollin de hierbas.  El túnel. Las daturas. Los carruseles de los ahogados. Los papeles. La memoria a veces se vuelve abstracta. Pierde toda linealidad. Enseñanza a capricho de una metáfora. Orígenes que se amoldan a la letra que escancia el vino. Cuando se vive la psicosis. La memoria es como LSD o semillas para la página.
Anilla en el callejón. Tu voz de cubos. Golondrina de la pedrada. Mi márgen corrupto del cuaderno.
Si empiezas por aquí, tendrás que mancharte. Tendremos que olvidar a lo que vinimos. Y cambiar la hacienda por la espada. De demacradas flores se llenan mis bolsillos. Si tu aliento me toca,es como ese viaje de vagabundos. En el camino de santiago. Ya metidos en galicia. Con el estómago vacío. Y aquél mendigo en la puerta de la iglesia que nos aleccionó entre risas cómplices, de cómo rascarse la panza y sacar algo de harina de las estrellas. Seguimos tal cual sus enseñanzas. Hermanos a hermanos. Teníamos tal vez 22 años. Una mochila y un palo y tu yembé. Lo que menos nos importaba era llegar a compostela. Quien asegura que hay un camino y un lugar de llegada. Es que no entiende nada del viaje. Y así aquel monte en el que dormimos cuando no sabíamos si eso era el sur o una salamandra, sigue flotando.
Me llamas que estás dejando de fumar. Que cómo lo había hecho yo. Te digo, cuando me apetecía un cigarro, tomaba una cerveza y tomé tantas cervezas que me dije, me es más saludable volver a fumar.
Despeinarme. La melancolía se va, a disparos de plastilina. A ese deseo que tus nómadas me pusieron ayer en la copa de antes de la copa puta. Soy variable bajo el denominador incomún de esa entropía amante del anacoluto. Si me mancho hasta que no sale hollín del grifo, no sé parar. La rueda sigue. La geometría muere. El eje se hace una orgía. Mi bisiesto se enloquece en tus labios. Tengo una bata llena de acrilícos, detrás de la puerta de la habitación de los ausentes. La imagino entre tú y yo. Y sólo eso como ropa. En el suelo. Como cuchara en la cazuela al fuego. Como mi promesa, de conservar la memoria para darte los detalles del pronunciamiento de mis intenciones.
El abuelo dice que hago mucha comida. Y que tirar comida con toda la gente que pasa hambre es una vergüenza. Yo lo sé. Pero quiero que el perro coma más y engorde un poco. Lo siento frágil. Con esa mirada tan triste. Que ya le conocí, cuando aún no era "mío".  Lo recuerdo con sus antiguos "dueños". Silencioso.  Se acercaba a mí con suspicacia al principio.  Lo recuerdo como un viento verde. A la mitad vagabundo. A la mitad, del universo de los olvidados.  El día que vino a casa. El Thor y él se pegaron. Y se pegaron aún muchas veces. El Thor dominaba. Pero el Jack arriesgaba siempre. Hasta que con el tiempo, iban siempre juntos.
El abuelo me habla en la comida de sus vacas. Yo le pregunto por los perros. Quiero saber su color, su nombre. Quiero imaginar la sombra de la noche que custodiaba entonces los inviernos. El abuelo me habla que una vez en una verbena nocturna le llevaron preso. Porque dos guardias fueron desarmados. Y le acusaron a él. El abuelo calla entre medias. Resopla. Y me habla otra vez de los montes y sus vacas.
Pienso en ti. Cuando sólo quiero pensar en los cantos rodados cubiertos por hierbas marinas. Entre aquellas rocas, descubiertas en la marea baja. Cogí una piedra. Con líquenes blancos y rosas y rojos. Con una especie de vegetación que nacía de ella, como pelos púbicos de la mar. De las miles de piedras parecidas a esa. Cogí esa como una hoguera. Pensé en el mundo no existe ninguna piedra como ésta. Que tomé en el instante, en el que grité desesperada, necesito una piedra, que haga que las otras piedras, sean polvo. Y se convirtió en mi piedra. Como una espada. Como una bandera negra. Como un asalto.

Del córtate las uñas fuera de casa. Que no quiero que me salpique la resta. Y del, clávamelas, donde la carne sea caramelo sobre la manzana. Y mi amor un prostíbulo.
Del todavía podemos degenerar por lo insólito y a disparos, si alguien nos dice te quiero, y nos volvemos gelatina y marabunta, de un llanto irrefrenable.
Del trátame mal porque si no me quedo sin cobijo. Si me conmueve me disuelvo como el helio. Si no me das las larvas, me hago como el aro luminoso encima de la vírgen, un puto DIU perpetrado en una nube desde mis agujeros.
Del oprobio. Esos tratos en los que dos salíamos perdiendo. Medidos a calculadora. Como dos imbéciles. Sonriendo al darnos la mano. Con el bicho, dentro de los ojos. Metafísica de los degenerados. En la balanza del si se hace añicos, habrá todavía leña.
La dueña de esa finca, da de comer a las gallinas. Tendrá unos setenta años. Siempre que la veo, me sabe a viento entrando entre el adobe y la paja. Como si pisara ligera. Como si rugieran en ella las espigas. Tal vez si la tratara me caería mal. Pero cuando la veo desde mi ventana, sola, caminando por ese prado, con ese bastón y esa furia de ríos. La veo niña. La veo como aquellas tardes merendando al lado del río. Con amapolas y libélulas. Con una buena razón para no hacer caso.
Esa canción raposa. Y quítate del medio que me tapas la inclinación de los tapones. La cobardía del silencio me atraganta desde tu ventana mis cuerdas vocales, como sosa caústica, como mechas de pólvora de un sueño de sádicos. Tanto. Tanto. Y no hubo ni la dignidad de los cuchillos. Ni de llenarse de mierda. Nos fuimos con las heces, como cordones umbilicales, a traicionar los orígenes. Y era tan largo. Que no quedó ni la tijera. Ni tu puto escupitajo. Ni la ofensa. Ni. Sólo el columpio de la niebla. Los niños olvidados con las cabezas en sus manos. Y el libro, sangrando por sus narices. En mí un agujero indisoluto. Una suspicacia de coñac que miro en todas las pupilas, como un crimen.
Perder. Volver a jugar.
El juego siempre ha sido, estremecerse.
Todas las ganancias se fueron por el pozo sin fondo de tus poemas.
En tu boca como una pistola señalando mi sien, al eco de tu sangre.
O la de aquellos otros que dijeron conocernos y conocían ese girón de opio, matando al cartero.

Estoy triste. Como si me hubiera mordido la lengua y me devoraran los valles. O ese temblor del vino desgajando la guitarra donde nadie dirá. Sirve como estiramiento de ese exilio que me compraste, para darle alpacas al bodegón. O ensayo post-traumático de las balas del silencio. En tu cartucho como el aparato reproductor de ese dadaismo en desahucio. Droga de los verdes en liturgia de genistas.

Necesitaría un segundo y un cuchillo. Contigo en aquella nube. Un segundo y la boca de la ginebra. El harakiri de aquellas páginas que una vez nos leimos. Como caracolas en el regazo de una ballena. Un sólo segundo. Y zanjar esos relojes de pulsera de las articulaciones de gas.

Pero no lo tendré.

Tendré el abono de un lienzo en la pena del afilador. Hacia la cosecha de un libro de hojas de cicuta y de geranios. Un kilo de silencio, para arreglar el goteo del grifo. Una suplente del insomnio. Maquillaje de hollín. Y tira hacia delante que aquí sólo quedan portadores del ébola y de los abanicos de olvido.
A veces desmantelarse.  Caer en las arenas movedizas. En esa droga de la melancolía y las ruedas de repuesto pinchadas. Ahora me lo puedo permitir porque las ventanas no son del todo calaveras. Puedo llorar con las bañeras, las estaciones de tren, en las que llegamos sin un duro ni un destino. Puedo ponerme como una polilla que ha caido en un vaso de café. Gritar ángulos sin cerramientos ni páginas. Hasta que las lágrimas vayan a secarse a la rasura de los fuegos.
"Estaba soñando con el mar y que me salía por una ventana". Me dice el abuelo. Y miro sus ojos como a un libro. Y sus arrugas, como a la arena que las orillas llena de trozos de conchas. Y pienso en esa ventana. Y pienso en el grito que tocará en los centenos. Al salir al patio, miré al Jack. Y la sombra del Thor, en algún lado. Cuando el Thor murió, durante un tiempo no jugué con el Jack y dejé de ir a ese puente y a ese monte. Hace ya cuatro años y aún lo pienso. Aquél perro me era la nieve. A veces aún giro en el patio y creo que está ahí.
Recuerdo esa noche de verano en la que salí de mi pueblo y caminé durante horas, con la intención de llegar al mar y matarme. Me sentía como el coñac. Una extraña y oscura vitalidad. En el andén de esa carretera. Con ese alcohol en mi sangre. Los grillos. Las ciudades de humo flotando en mi cabeza. Y entonces apareció el Thor. Vino corriendo y se tiró sobre mí. Y tenía miedo a que lo atropellaran. Y regresé. Y en el retorno el perro no se movía de mi pie. Y en su presencia, sentí que tal vez había que continuar.
Mi vida se fue a tomar por el culo cuando tenía 18 o 19 años. A súbito disparo. Un día me desperté y ya no estaba dentro de mí. Mis amigos se volvieron fantasmas. Mi pasado vudú. Nadie me entendía cuando hablaba. Me miraban con el miedo con el que se mira a un loco. Me hablaban telenovelas con la suspicacia de un guión envenenado. Y yo me sentía cada vez más animal. Y acumulaba dentro de mí un odio inflamable. El rencor contra el idioma. Contra los rostros. Contra el sentido. Contra la vida. Murieron todas las emociones que alguna vez había tenido. Excepto mi amor a los perros. Pasaba las noches en vela. Frente a un papel. O sentada en la galería a oscuras, ausente como los ojos de la montaña. Dormía cuando salía el sol. El hachís empeoraba todo. Elevaba el destierro, la pesadilla. Fue entonces cuando aparecieron las alucinaciones. Si alguien entraba en mi cuarto e interrumpía esos extraños viajes. Saltaba como la gasolina. Como un animal al morder. El aislamiento se hizo cuestión de venganza.  De esa venganza de flores incandescentes.
Suenan los gallos. Y oigo en ellos un invocar a la ira de los ferrocarriles. Ha pasado. Cayó como cal en los ojos. Como el absurdo en esas calles cortando en las muñecas ciudades del olvido. Como un llanto de cielos de azufre entre los dos segundos que ninguno pudimos salvar. Como caerá mil veces más, ese hospital de las paredes, en el camino que renuncia a hacer mapas. El daño vueve, siempre vuelve. Hay que armarse como animales que comen a sus hijos muertos y lloran con el estómago lleno.
Ayer cuando escribí tu nombre, sentí que sería la última vez. Pero soy engañada por el vino.La galería. Mi túnica rota por los lados. Rota de trabarse en todas las puertas. Y que me niego a coser y a dejar de usar. Con esas hojas de maría y ese azul fondo de algas que compré a una gitana. Como todo lo mío se derrite en el pronunciamiento del barro. Todo lo que amé sigue siendo amado por mis pozos. Eres nocivo para mis canciones. Y sin embargo. Luchar en busca del olvido, es perpetrar la memoria de los mirlos suicidas. Hay que tomar otra carretera de la que no hablen las señales.
No sé qué hacer con esa puerta que se llevan las ratas en sus cantos de la noche. Suena. Desliza las paredes. Te cambia el nombre y el cuerpo. Tropieza con la vanidad de una ruina. Se me acumulan las ausencias en las manos. Como hollín en la chimenea que nadie limpia y alimenta el fuego cada vez que algo calla. He dicho que estaba zanjado, pero la brecha tiene hambre. Miro tu silla, llena de cojines y rodillos. Reservada para los espectros. La casa se nos está perdiendo en algún agravio la sidra. P. no tiene fuerzas para nombrarla. Y mi sombra tiembla de intemperie. Me atormento por amor a las pinturas. Y los chopos chillan. Huele a peste la cochera. Como si llorara el código postal. Los agujeros llaman a los agujeros. Tus ojos al coche que nos dejó tirados en esa autopista.
No detendré al olvido. No lo engañaré con la cochambre enamorada. Me preocupa algo. Esa sensación de sandalias agujereadas colgando de una cuerda a grito de tenedores en bolsillos robados. Me preocupa, renunciar a mi odio, por esa infusión del psicotrópico de los fantasmas. O tal vez ayer me sentí sola. Sola de agujeros de plastilina. Sola de flaqueza de los tendales de ropa vieja. No sola como otras veces. Sola del alcoholismo de los trenes. He alimentado al piano de la criminología. A la melancolía de los cristales en el suelo. Y ahora exigen, su mesa y sus vasos. Lo he hecho porque iba sobrado el humo de las flores. Ahora bebo sus sepelios. Eran las 8 cuando Luis dijo que nunca más y tan sólo unos minutos después trajo la botella. Nos hicimos daño. Hicimos daño al porvenir. A la lágrima de mamá. A nuestro puto deudor.
Despertar envuelta en niebla. Rabiosa por mi pena de anoche. Y a la vez deslizante de sus suelos en esas pasarelas de mandrágora encinta de otras crueldades. La entropía ha llegado al cajón de las conservas, papeles demacrados en la violencia de tu oficio. Pienso en lo que debería escribir. En esa otra manera de quemar los cerrojos. Extirpar toda la vacuidad de la atmósfera en la que se derriten los relojes y se pregunta por los muertos. Mis manos solas, exorcismo, en la soledad de los prados. No he elegido la mejor salida para mí, sino para la página.
pongo las canciones que escuchaba a los 17, cuando quemaba el cielo en los bares la trinchera del destierro como un pájaro de gasolina y en lugar de llorar, bebo a liturgia el licor que en tus ojos, envolvió a la farmacia con ese sabor a navaja en el vientre y convénceme o dame tu sangre, me humillo ante el vino, como mis ojos ya no saben de las confesiones, la demacrada sombra que acabará ésta noche anuncia el grito que recogerán las persianas al subir temblando éste dolor de pasillos en circuncisión de tu voz en el asesinato que vela bajo los ríos, al amanecer, como si nunca hubiera ocurrido, déjame ese agravio, para que la piedra lleve también la mano, donde se juntan dos bocas y un pájaro suicida un callejón con su sangre que sella el derrumbamiento como se funde una llave
las ganas de funambular en el fondo de un vaso, fumar despacio, tiritando, la noche que huye, a vino amargo que desploma las paredes en esa llama en la que no existe el olvido, volver a ti como se llama a una muerte, poner la lista de reproducción de "canciones para beber el suelo", no busques razones sólo encontrarás esa tierra que tiembla, ese papel que escancia tu nombre como se rompen las puertas