mi sufrimiento es maleable, mutable y absorvible
mi pesar es suicida, camaleónico y cínico
y me hace, otra, para amarlo, otra para odiarlo
mi quebranto es sólo para hoy toda la vida
y mañana siempre tarde y de ayer, ácido en la lengua
o verás que todo es mentira
mi pesadumbre es el detonante de una lluvia de polillas
y cien cuencas para darle a una lágrima
de cien ojos que vieron venir y nunca vieron
un cielo de cobalto oxidar la lluvia
mi dolor es psicótico, como cuando era niña
y se vuelve hoja en blanco y boomerang e imán de lo opuesto
y de lo eternamente atraíble
y me hace opaca falsedad de la alegría de la urraca
y agua embarrada del deseo de la arcilla
y a veces un cuchillo y soy yo su lascivia
mi pena me perpetra las infinitas personalidades de una extranjera
y ya me salgo yo, para que entren todas las líneas y la patria
ardiendo en una bandera negra.
a la espera de la no acción de los ventanas en los lirios que acusan tu sombra en el suelo
a la espera, roja, abierta de que no ocurra, mis manos, mi boca, abierta, de que no haya sido
a la espera, lasciva del piano, para no haber oído, tu puerta y esa noche, intermitente
como una jeringuilla, como un disparo, en mi cuerpo
a la espera de que no llegue, impaciente de los relojes que se han parado
ansiosa de no mirar esconderse mis ojos como una guillotina que se abre a la muerte
Cuando haber separado, de las palmas de mis pies, el hogar.
Y de mis manos, el calor. De mi consuelo, una esperanza.
Cuando haber arrancado, de mi oficio, la utilidad.
De mi patria todos los míos. Y de mi soledad, la no ficción. 
Cuando la intención es un abstracto. Y el surrealismo la única forma de sinceridad.
Cuando no soy entre las personas, nada más que una herida. Cuando quiero engrangrenarme sólo en un papel. Cuando tu amor, es de los óleos mi pincel de horizonte. Y los pasos, sólo flotan. Sólo suspiran salirse del mundo y exhalar la gravedad como una bala al océano y la mar es, lo mismo que la felicidad eterna, lo mismo que un suicidio. 
Se desvencija en mi interior, un afuera de puntos suspensivos haciendo sutura en una puerta de la expulsión. Sucede que soy menos hermana del quizás cuando el coñac se ensaña con las huellas que no desinfectan, ese doce de mayo, ya tenía el billete, la muerte y las ganas y sin embargo todo volvió a empezar mucho antes de saberlo. Cuando sumaban las muñecas de lana, un hospital degradado de arcilla o era ésta sed, repitiéndose en la garganta, como una aguja con el hilo de un suicidio que amaron todos mis sueños después de haber visto la crueldad del verano, en tu cuello, separándome como un virus o un ferrocarril que venía de frente y las vías eran sólo en el antebrazo, cicatriz de la luna. 
Hallar fuera de mí la palabra que falta para sembrar el fuego en la casa y traerla arrastras de la urgencia del adiós. Como una última vez, sangrando por la boca, el amor. Como una última vez, entregando al vértigo el viaje y el suelo no es para caer, sino para no empezar por el mismo sitio a morir de los elefantes. 
Un silencio de siderúrgica arrastrándome las palabras al triángulo de un recuerdo, que ya no sé si alguna vez fue mío o me llegó por el abandono de los olmos a la muerte. No hay paz. Aunque todo se quiera simulacro en la costura de la voz al estertor de los vencejos. Estoy dolida de los árboles y ya no de ti, mi diatriba, es contra la belleza y no contra tu distancia. Estoy herida de algo que no ha ocurrido.  
Todo lo que diga cuando estás muerto en mi palabra es dolorosamente abortable.
No era en serio. Ya lo serio lo desmemorió el presunto de tu muerte en el pico de la urraca. ¿cómo va a quedar algo serio en esa cicatriz?
Claudica en ti la palabra, suicida. Escuché que era demasiado tiempo a los robles y no ocurrió sino en un recuerdo de otra, que en tu cama ensangrentado el olvido era un buzón. El camino sustituía a los ríos con la lascivia de ese 3ºC nº17, espera a la madrugada y no dirán lo que decían las cartas, de la muerte, espera y en mis ojos, el cambio de raíles, espera y las jeringuillas ya no serán sólo esa página en la mitad de la amnesia de un libro, espera y en el fondo de mí, tal vez, algo todavía no sea obligatoriamente excluyente. 
Era hacia ti. Los mares.
Hacia aquí, lo carnívoro, la lascivia de quemar taxis, el amor al cuervo.
Hacia ti. Lo que salvaba las olas.
Y tú caminas ahora, hacia lo carnívoro, hacia la lascivia de quemar taxis y el amor al cuervo.
Y en tu espalda los mares erupcionan mis ojos, como una hoguera de algas y arden allí y todas las olas.
Si fuera un pájaro quisiera ser un vencejo y dormir volando. Quisiera que bajar donde viven los reptiles y andan los reptiles y hacen patrias los reptiles fuera un peligro para el vuelo y sólo acercarme a los tejados. Sólo volar, al lanzarme. Necesitar el salto. Desear la vertical. Continuamente. No tener más suelo que las heridas en la arquitectura.
No sé por qué siento traición mi tinta. Si allá callan los vencejos todos los suelos que les son muerte si se posan. 
No sé si podré estar para la noche que dejes de quererme. No sé si ya me habré ido, cien noches a la izquierda, sube al tren, la lluvia detrás, todavía es pronto. No, no estaré. Me harán planes los buzones de la luna, al amor.
Escribe en el olvido, mi vida, las porcelanas de ahora y tu parpadeo de lluvia cuando se muere de sed el camino, en el olvido y esas huellas de whisky en la intención de hablar y lo que dicen los hórreos y tejados, barracas de tus cuencas, en el olvido y el aliento de los chopos helados. En el olvido.
Todo está justificado. Desde el calambrazo que nos dio ese verso. No te excuses. Todo nos entra. Todo nos sale. No necesitamos ni un perdón. Todo está justificado desde aquel whisky bebiéndonos la voz y sacándonos la esquina. No te censures. No digas remordimiento. No te ates alambres en las ganas. No te pongas una virgen estreñida entre las manos. No te midas. No te espejes. No quieras hacerlo mejor. No vayas a suplicarle a la belleza de los astros su fuego en la cuneta. Todo nos vale. Desde aquél muerto que no quisimos enterrar. Ábrete las ventanas que va a llegar la noche. Suéltate la sombra que viene negra la luz.
me espero al cruzar el callejón
para atar golfos al burdel del sentimiento
tomar del pasado la medida para estirar los brazos
y con los dedos abrir el hundimiento que siempre después
te busca para llegar al mismo tiempo que los muertos al entierro.
Es la página que necesito para decir que ha acabado el día de ayer.
Y la tienes en la usura de tu sombra, como una lluvia seca.
Es la página que le urge a mi muerte y a mis planes con el atardecer.
Y la escondes en la amnesia del whisky, encerrada del amor.
Es la página que me prefacia el anhelo de la orilla.
Y la haces rencor contra el jazz en una cuneta de un exilio.
Es la página que me devuelve la patria al anacoluto de la tierra.
Y la mueres de melancolía en la embriaguez suicida de los mares.
perpetra tu olvido en mí, una ciudad
desdeñosa y violenta, boca abajo del asfalto
asfixia del vino, costuras del coñac
escribiendo la puerta de emergencia
debajo de los pies, como un agujero
pernocta tu olvido en mis burdeles
inquina de la sangre sobre cubierta de la melancolía
escurren las persianas cabezas cortadas de los libros
y un muerto de más, para ser dos personas 
ni haber sabido leer cuando eran los metales
alaridos de los charcos y ha empezado llover
fuera de nosotros, una manzana
injuria de la descomposición para un plural de margaritas
tatúa tu olvido líneas de la curva, sed de la amnesia
debajo de la estación, submarinos de la lepra
en el vestido manso de los síes
todo un mapa a mortaja de tu olvido.
hoy no hay ninguna razón para vivir
así me llena la lujuria el juego de cometas
y me hago viento a la espera de tu muerte
carnívora del epitafio del amor eterno
velándote las ranas y mariposas
con mis pequeñas y tristes polillas
queriéndote toda la sombra
que es tan larga como mi olvido
amándote cada tristeza, como si fuera la única palabra
hoy no hay ninguna razón para vivir
así de pronto me abro la costura
como un submarino del deseo
y todo se agita como el sexo de las sirenas
llenándome las porcelanas
de la salvia de las ortigas y las madreselvas
y todo se hace
océano
inmensurable
del ejército de los párpados
intermitente inacabable
del imposible.
Golpean en la ventana
palabras prostituidas
y responde sólo la mudez
el estertor de su muerte
vienen de frente
como esas ambulancias del veneno
accidente de las fechas
en el vómito de la nada
y es consuelo sólo el baile negro
de los cuervos de la anorexia
vienen a la contra
como hallar en el fondo
una certeza que se estrangula de sí misma
amante de los lagartos en la lengua
porque sueña metamorfosis
el cuchillo del pecho
y ese tango que se hizo cadencia
en las noches de insomnio
desea mutarse como una hervidera de opio
en mi corazón
hasta que me salga de las costas
el canto de la flor del diablo
haciendo artesanía de árboles muertos
y esculpiendo el más bello ataúd
en mi penumbra
lleno de polillas y ranas y abejas
y lobos
para sacarme la humanidad
con la tierra.
Mi confidente 
se hizo mudo
de septiembre
mudo
de las cuencas
mudo
de las llamas
como un abismo
mudo
de la usura de los pájaros
esculpiendo los secretos
de un verso a un arrojado
de carne
mudo
en mi entraña
mudo
en mi sombra
como un estallido
mudo
de todos los años
abriéndose las piernas, el quizás y el sueño
a su silencio
como el encuentro con todos los vacíos
mi confidente
se hizo la nada.
Levantar soledad como un sueño
sobre los suelos y caer ciudades muertas
levantar vertical del dolor del vencejo
y caer abandonados ríos llenando el silencio
levantar abismo como la intención de hablar
y caer hojas vacías que sobrevivan la palabra
levantar odio como una súplica
y abrir el sentimiento como una costura de olvido
salvando a los árboles caídos
arráncarse todo el amor, como una música
y escuchar otra vez las orillas siendo arena.
Dolió. Y como una alquimia del acero. Se arrancó. Se desmemorió de ti. Cuando una sola palabra, lleva una vida y se quema como la sosa cáustica en los pies de un extranjero. Ha de exhalar en el exilio a todos los días que hicieron sombra, a aquella hora, sobre la nada abierta, como un alga a la deriva. Cuando un sólo instante, lleva al muerto, hay que escupirlo, como sacándose el alma por la tráquea y cuando nada allí, sino el deseo. Otra vez subir. Otra vez los cuchillos y el amor. Otra vez, virgen la tierra para abrigar otros muertos. 
Si quieres vivas las mariposas. No te pares aquí. No hagas estertor de tumba, a la llegada del cadáver sobre el cuerpo de esas líneas. No te mueras aquí. No te dé la pena, antes del cuchillo. No te dejes convencer por la inercia de un quebranto sin la saña de la luna. No esperes allí, la caricia, ni el tango. Sigue. Sigue hasta que se abra el agujero y tus ojos allí abajo sean más de los árboles que de la espera. Más del empuñe que del acabado. Sigue hasta que haya pasado la codicia de la herrumbre. Y no esté viva la lágrima en las cuencas. Sigue hasta que no recuerdes entre qué palabras se paró la marea para tomarte la sombra. Hasta que hoy sea, sólo una erupción de cuántas noches te quisieron callada.
Abrir los ojos con una pérdida penetrando el día en los orificios de un mapa de coñac. Extiende sus ángulos como una mariposa envenenada en mi cuerpo. Como si algo arrancara de mí una historia y dejara su deseo hiriente en la lengua. Prostituir las palabras en el tránsito de una asfixia, baño de metales, opaco decir de las puertas. Y se repite, helado, un verbo de la muerte. Como un isla hundida con la saña de los agujeros. Un hueco dentro, como una página quemada. 
Las horas. Corrompiendo las golondrinas. Arde una casa y se queda allí el buzón, hambriento, vencido. De las llamas al romper del calendario en un grito de nadie. Despertar en la vertical de un aullido. Triste de que hoy siga, el río avanzando. Triste de que crezcan las flores. De que no se haya detenido el tiempo, en aquella playa. Con la cólera de que me sigan llamando, las cuencas secas de aquel verso. Triste de la cocción de los metales en un tango de la usura. Y hace un día de verano. Aún no me encontré sentada en esta silla.
Cada vez más. Negra la distancia. Cada vez más. Profundo el silencio. Y un poema que es la diatriba contra la vida, amanece deseoso. Cada vez más. Engañaban los autobuses. Cada vez más. Las uvas fermentaban el vino del veneno. Y tú, ajeno al arañar de la lluvia en los lienzos de las mariposas. Y tú, detrás de los siglos, hasta que éste día, no es más que una ilusión. Cada vez más. 
Me das el desconocimiento en la sobredosis de melancolía
y me bajan las manos al sueño de hundir cuencas en la arquitectura que levanta las ciudades
me das, la página en blanco, para no acabar nunca el epitafio de septiembre
como un molino de tinta soñando alguna lanza del quijote
o de pronto volver, desnuda, a por los restos de río en la ventana
ahogarlos en mi vaso y beber océano de lo vagabundo
subirme al cristal que llueven los negrillos y creerme asesina
o inocente amnesia, violencia del azúcar o burdel de los vencejos
me das la droga del silencio que me hace exilio y guerra y rendición
contra la inquina de la amapola y ofensa de las montañas-cicatrices
en mis ojos de un poema que se va y se va, como una maldición.
Te prometo lo incumplido
con lágrima de cal y quebranto en la roca
te lo prometo, con la pena de la urraca
e iracunda voz de la cuenca de los ríos
deshaciendo el viento en el whisky del revés
y a tu vaso que te juro la traición
con melancolía de bueyes y casa de barro y paja
es juramento que todo lo defraudaré
desde aquella primera cigüeña que vi muerta mientras pensaba en las orillas
y era verano, tarde en la que venía la lluvia, tenía tal vez diez años
y lo juro con sangre,  una vez querrá irse, todo en mí
al estertor de aquel ave caída entre la hierba.
imagen tomada de internet
Se entregaba de tus brazos abiertos a la herida
el vértigo del fracaso de la intención de hablar
golpeándome en la ausencia todos los libros
y era en tu cuerpo, donde desaparecía el final
de la historia que necesitaba para cruzar el olvido
y haber estado aquel agosto en ese tren del veneno
aquel agosto por tus ojos, una vez, y era el calor y
agosto, una orilla que era hemorragia, agosto
tu nombre o sólo el desencuentro y abrías las manos
y absorbía tu piel, toda la sangre que oí que alguna vez
corrompió la poesía hasta que te hiciste, soldador de deudas
y agosto se levantó herrumbre, de todos los agostos que cabían
en nuestro grito de agosto cuando queríamos decir, espera
o era amor o era el delirio de no haber estado solos, aquella noche.
Darse el salitre a la urgencia de una inconsolable sombra
que haya tenido antes que ocurriera al olvido en arbolada
como ayer, en tu orilla, patria de los destinos y naufragios
aquella carta, como nosotros, como lo mismo, como si tanto, como otra vez que
hemos encontrado el surrealismo del simulacro de la eternidad al elegir no sernos para la muerte
en nuestra boca, casi amarrados a la nada, la madrugada que vendrá ya escrita
en ese deseo que nos saca despotricados a la plata de la luna.
Escriben esas espigas ennegrecidas que se mueven como cuchillos de amor, eco de la roca, lo que ya no escribe, mi sombra. Y fuera de mí, me leo, las entrepalabras del viaje y la botella de whisky. La violencia de los vidrios y el deseo inacabable de un verbo en tus manos. Y allá también te cuento qué es de los trenes, del tiempo y de los horizontes, cada noche, lo que todavía pregunto a la última palabra, allá.
Se ocultan en ti, las heridas de mi sombra
no sé cómo que cayeron en tus ojos y ya no me pertenecen
más que en tu mirada al clavarme el invierno, pasando de hoja
por tus libros del coñac y tus poemas del olvido
no sé cómo que sólo en tu vida, me viven las urracas
y son a ellas, que mis noches ciegas se entregan
y tu cuerpo, orilla, también de mi muerte.
Hoy estoy triste y abrirse mapas en los ojos y enviolentar al destino, a cada poro de la tristeza, por los tejos, antes que por los hombres, por la lombriz en el pico del cuervo, antes que por ésta casa, o ésta vida. Pero triste, por vadear al ras del silencio, las construcciones derruidas de viejas cuadras y cicatriz en el pueblo de un asesinato que se atrevieron a olvidar las cunetas. Y estirarse los acentos al chillido de las indiferentes urracas y monte y serse en su tiranía extranjera, boceto de vapor. 
A veces me canso de que me conozcan.Y sueño buques de la guerra de lo mudo. Ahorcándose sobre un mar de distancias que no dejan de alejarse. Una erupción en mi tristeza, me devuelve, extranjera, a mis sueños.Y se rompe, como una herida en los ojos, lo que había sido después, todo lo que había sido, después, de aquella vieja balsa de la ausencia que me llevó en aquel hospital. 
No quiero darte un motivo. ¿quién necesita motivos para enredarse a una nota olvidada?
No quiero escucharte ni una explicación. Ya tengo el arrebato de los cipreses en el camino al río.
No quiero decírtelo todo. Ni oírtelo todo. Ya tengo un presunto en el ombligo desde el día de mi nacimiento. Ansioso del estallido de los volcanes del vacío. No necesito el porqué de los porqués que se ahogaron o se echaron a la deriva con nuestros nombres. Ya tengo el grito de la mar, cuando se muere de ganas del suicidio de algún verso. 
Y empezar en donde todo está perdido
no vivirá, te juro que no, ni una sola de esas manos
que hicieron monte de agujas de las canicas de un astro
no quedará, ni una de esas ramas que extendimos
para abarcar el olvido y perdió, en nuestros ojos primero y luego en lo que amábamos
no recordará a pesar de todo, haber sido una vez el cuento que nunca quisimos dejar de creer
porque después de las abejas necesitamos tanto vino
que empezar allí debajo, donde no queda ni una salida
y la entrada es una hemorragia en algún papel, que no es ni nuestro
pero empezar allí detrás de todo.
Encontrarse viejas huellas del abandono de las noches a la deriva
sobre ti, sobretodo sobre ti, como un metal en incandescencia
hacia delante, hacia arriba, corriendo envenenado de la luna
encontrarse olvidadas huellas que habían sido un lápiz y un papel
una cicatriz en el brazo, un prólogo en la fe del alcoholismo
aquí debajo, como si siempre hubieran esperado el caer de los ojos
y siempre supieran que no había más camino que perderlo.
Acallarse de la tristeza, los lirios
escribir palabras como aguacate
como yeso, como herradura
y nombrar al faisán, a la garza, al azor, al ganso, a la carraca, al cisne, al tarro y a la lechuza
y sus alas serán garra de un dolor sin descanso, barraca del dime que sí desgarro  la carnuza
en el hambre y el cuchillo, carnívoras del olvido
las palabras de una tarde como ésta en que ocurre todo tan afuera
que decir que vivo es sin quererlo una mentira y sólo poder hablar
de palabras como hórreo, arcilla, prefacio y despedida
del cómo eres, del dónde ha sido que estabas cuando me abandonó el mar.
Volver a hacer fotos. Volver a pintar. Esculturas de hojas, pegamento de amnesia, tejidos de muertos. Volver a la arcilla. A los proyectos de la niebla. Debería hacer algo, contra la absorción del olvido. Lo que sea.
Cada día que pasa, se aleja la arena, bajo la arena. Y le crece a los espantapájaros una lluvia en la sombra. Cada día vivo más en lo que gotea, se difumina y huye, que en los sólidos. Y te hablo más con lo que ya no sé decir que con lo que te digo. 
Hoy te vi, vieja. la muerte en la cara, más cerca que otras veces. Menos escondida. Menos censurada. Y pensé granos de carbón y un tango. Las ganas de correr y el mismo sitio quedándose como una soldadura de silencio. 
La tristeza toneladas de silencio. La callada de las pinturas a la deriva. La de ya no tengo palabras allí debajo. E indiferente naturaleza no me mira. Salvaje. Hiriente. Lejana. Se tornan los relojes, otros que una vez dijeron adiós. Y tu nombre es ausencia. De decir se han cansado las letras de la boca. Y todo ocurre en la inercia de un abandono. Como que otra vez es vacía la arena. 
No sé qué tarde de mi infancia me eligió la vida, ser siempre un regreso. Y ya podían venir los relojeros, artesanos y hombres de la lluvia. Que dentro de mí, como un faro, sólo el volver. Ya podía, caminar hacia delante, un tango o una guitarra eléctrica, el sueño del ciprés o los mirlos que se acercan. Que ya allí atrás, mi utopía era volver donde no tenía recuerdos de haber estado. 
Llegó retraída, la carretera al jamás. Y la ciudad. El puerto. Los amigos. Ese whisky de la usura de la sed. Y esa tumba de mi abuela. Y todos los siguientes a mis ahoras. Se inmolaron de pasar por el filtro de otros cuerpos. Ya eligió, en mí, otra vez, como cada vez, que chillan los bodegones, mi vida marcharse donde las otras vidas, sean un boceto de un olvido. Ya me entró sin querer, la vanidad de la soledad, y romper las sábanas, hacer con sus trozos cuerdas para ahorcar las golondrinas. Ya me vino incontenible el abandono del mundo y hacerme el surrealismo de una tristeza de avutardas y nada más, nunca nada más. Mi intención es la materia inerte. 
Tengo una muerta que vive dentro de mí. Y tiene un desencadenante del capricho de las orugas. Me viene como una bala, a veces cuando me miras. Y ya no hay nada de lo que puedas decirme que sustituya sus labios de nada. Me entra súbita cicuta. Y todo me sale. Me hago de las piedras, un quizá que le siga al silencio la puta hoja arrancada para escribir después. Y se me callan adentro lápidas sedientas del cantar de las urracas. No podrás ser jamás con esa muerta, la continuación de la página, ni yo puedo ser, ni fingir que no está. Cuando ella ocupa. Sólo un paréntesis inconcluso. Un suicidio que urge a mis manos.  No podrás amarme entera nunca. Nadie podrá amarme entera, nunca. 
Otra vez palabras atrincheradas de la cueva de la lluvia. Escribir. Por qué siento que hace días que no escribo, que me abandonan las horas a la cubierta de un naufragio, que se llena antes que la voz, la palabra de fragmentos del tiempo....... escribir, como si nadie leyera jamás, como si supiera que algún día todas las palabras caerán con el mármol a las polillas de polvo del vacío. Escribir. Otra vez. Cada vez. Del dolor que me dan tus ojos. Y todo éste espacio. Este espacio que me absorbe y me golpea los ángulos. Todos estos días, cada noche. Escribir lo que sea que haga la metamorfosis de las horas. Más tiempo. Sin medir. Hasta que mi vida sólo sea una circunstancia, de la crisis de escritura. Una amnesia entre dos versos. 
Había un espacio furioso. Lleno de objetos que se movían. Y una voz. El sueño es éste agujero. Estas flores (y un ramo gris, como de polvo de piedras) y estas telas. El sueño es este cuenco y estos peces.  Y la voz decía con cólera. El espacio se movía atraído por la voz. La voz decía maldiciendo. Y desperté. 
Me avergüenzo íntima, de la leña, del vuelo de la urraca y de la arcilla, de haberte dicho con la angustia, la sed de los ocasos, me avergüenzo con los mares, del reclamo de la costa, como si cayeran todas las lluvias, me hace silencio, haber dicho, me hace muda. 
VAN GOGH
Volver. Con las palabras sopladas desde el campo. Valles que abrían tus ojos, ciegos de ti e intermitentes de algún verso de la distancia y sed de tormenta. Mares de espigas, como aquellos campos de Van Gogh, atormentando la belleza con lo inmensurable. Arcillas, alfalfa y centeno. Aves de la arena y furia del silencio. Allí la mano del tiempo, era una sombra de la lluvia y una anciana amando su primer amor, allí entraba la muerte, como una huella en el barro, y los siglos, como el estertor de un ave acuchillando el viento. Allí todo se iba y retornaba y nunca ocurría y no dejaba de ser. Allí, sólo allí te pude hablar. 
Salir ahora. Montaña. Ríos. Y árboles de la copa que perdimos ayer. Salir a no escribir nada más que tus ojos como una hoguera ardiendo la eternidad en el último verso de algún libro, como las hachas, como la primavera, abriéndose de piernas, para arrojar contra mí, un otra vez, que se va y se va, al imposible, para decir que ha sido. Salir donde viven las avutardas. Donde vive el olvido. Otra vez, otra vez, la deriva constante. Salir donde soñaba no estar para conocerte. Salir donde sólo los valles quieren saber qué ocurrirá. 
La boca de la nostalgia en algún piano que se vuelve, una autopista. Irse con las teclas en las articulaciones y la eternidad en el vuelo suicida de las águilas, llegando a una ciudad en la que no quedarse. Ya del desencanto, tuve tres kilos de plomo tatuándome en la piel, un mapa del tesoro, de alguna usura de los astros. Ya no voy a dejar morirse los rosales por el mismo eco de las cuevas. Me escribiré siempre allá, detrás de la distancia, la primera letra que amé, vendrá conmigo. Y sólo cuando el vino quiera probarte las coordenadas, llorarán las mariposas, entre cuerdas de guitarra, el mismo verso. Pero y correrá el viaje. Cada vez. Cada vez.
Despertar con una isla de nada en la boca. Como a vueltas de una búsqueda lanzada contra el asfalto. Poner a Tom Waits y todo me recuerda a ti. No escribir nada, no pensar nada, durante cinco minutos, un agujero blanco en la pantalla. Mirar el vacío deshaciendo en la ciudad, esas voces, pasos y prisas, de anoche, arrojándonos contra el olvido. 
Te dará la nostalgia. Tanta que bajará a verte lo olvidado de mis ojos a tus ojos. Tanta que nos faltará una vida para ser dos personas. Te dará tanta, que tendré que ir a sacarme de la garganta las palabras que digas, como escarbando arpas, en un ataúd. Te dará tanta que todas las copas serán una última copa y siempre estaremos a un día de menos para poder dormir. Te dará tanta que dejarás de hablar. Tanta que encomenderás tu historia a la voluntad de los pájaros que queden sobre nosotros, tanta ¿que quedará alguno?
Cuando quedo contigo, se me abren las esquinas, dos cunetas y medio burdel
para decir otra vez, para decir precipicio y era verdad que no llegaríamos tan lejos como para tener que contarlo, cuando quedo contigo, se me abre la sed, el alcohol que no podremos pagar, cuando perdamos del equilibrio, tres partes de la ciudad y nos quede sólo la del no deberíamos estar aquí y nos ensuciemos los pies con el adónde vamos y no por el inquino origen de ese verbo que corrompimos cuando creíamos que estábamos escribiendo y sígueme cuando todo se vuelva un perdón que nadie quiera perdonar, sígueme, cuando te exponga las razones de vivir a bocajarro de amnesia y me olvide de ti, de mí y de la razón, sígueme aunque sea con tus ganas de morirte, no me dejes sola, cuando la ebriedad espante a nuestros cuerpos de las palabras, cuando todo sea, el desencuentro y una guitarra desafinada, sirva de gravedad, rasgándonos las aceras en el corazón y sacando tres escaleras, un hospital y una rosa de polvo tan negra que daría miedo que se nos fuera a secar.
Quiero llenarme el cuerpo de alcohol hasta que se confunda con un accidente y bordear por la saliva del aliento del fondo del fondo, tus labios, como pisar el acelerador y ya no retornar nada más que el revés del cielo dentro del desequilibrio. Quiero beber hasta que olvide todas las formas de comportarme y esculpir en las aceras el dadaismo de los paraguas de whisky absorbiendo todas las lluvias, quiero beber hasta que tu nombre, sea el borde de vidrio de algún vaso que acabará en el suelo flotando los verbos del abismo. 
Ya me cansé de sentirme hueca en ésta ciudad hueca, de ésta casa y éste cuerpo, de la página y de la intención hueca. Así que voy a llenar las fosas del vértigo de deshuecar en el whisky, la palabra y derramarla con tu vaso sobre el vacío. Y desvaciarme porque vacía, de algún anacoluto del tropiezo y correr por tus ojos que gritan agujeros, tan grandes que los míos, allá, son sólo llena más el vaso y vayámonos por dónde no hay regreso, ni podremos decir que estuvimos, ni nadie querrá saber, ni nosotros.
A veces, digo a veces, sólo a veces,  de las de casi nunca, a veces, de las de alguna noche de cristales y se lleva los recuerdos el whisky, de las de rara vez y rara vida que las recuerda, a veces, quiero creer que sólo a veces, es hoy lo que me pasa.
Nunca debí expresar esas palabras. Tenerlas todas juntas en la boca. Y dejarlas salir, como el desahogo de una cuerda asfixiando un cuerpo. Nunca debí. No evitarme. No medir. No pensar. Y tener esas palabras juntas en la boca. Dejarlas salir, como un cartucho del vuelo de las cicutas, abrazándome con las ortigas negras de la tristeza de los olmos. No debí. Lo sé, con lo que sé saber. Y ahora me es imparable la corriente hacia el canto macabro de las cicatrices sembrando en esa inercia de metales una luna zorra, llena de las ganas, de pastar a solas, todas juntas en la boca, esas palabras y llevarme ya, a la siguiente hoja, viuda de todas las hojas. 
Encontrarse otra vez, viejo puñal, en el asfalto. Subiendo desde tus pies, la huella de una herida virgen por estos cielos de mercurio pero no por aquellos de los añicos del cristal con el que cortaste, una vez tus muñecas. Otra vez, como el presagio de un verso que ya estuvo escrito en tu cuello goteando un aullido de fosas interminables y estuvieron todas ya, donde terminas. Y ahora es su retorno, tinta, ya vomitada, otra vez, en ti, como el simulacro de una macabra bienvenida.