Embriagar el predicado al perdón de las tormentas. Expiación de los calambres corporales en el cáliz que tu tiniembla brinda a la gangrena de mi olvido. Sabañón y cicatriz de cera, en la voz cosida a quemarropa del canto en el abono de la taxidermia de las flores, entre tu sudor y mi exilio.
Si es literatura, que no te ofenda el agravio del cieno, en la cerradura de la promiscua llave de una muerte intermitente que viaja cuando nos abandonamos al éxtasis de un poema que bautiza cada vez el fracaso.
Si hemos dejado de existir en el pedregal de un sueño-dinamita, que no nos hiera, el rencor de la resurrección de las bacterias-morada de aquella historia y sus ciudades vendidas a un enterrador ciego.
Si sólo la abstracción silba la tramontana que pagamos para irnos. Que no pesa ni tierra ni gramática, el alimento que el vampiro deja en nuestras noches. Porque ya hemos pagado el vínculo con la cochambre enamorada del devenir de la lengua de los ríos, en perdigones del fuego que ahora apura la destrucción de las raíces.
hay veces que el asesinato es la última defensa del poema... creo que tú imitas a la sosa cáustica para mojarte de sexo, el tanatorio que fuman tus lunáticos, la marmórea confusión de los suicidas, cuando entre el bar y el desfiladero, te llueven trozos de ojos, que eyaculan pinceles de inexistencia y venganza de la tabla cromática del olvido, creo que tú, ventilas en los huesos de los perros, el frígido porvenir de tus cuchillos

yo tenía un animal herido, vestido con tu sangre, con tu infinito derramándose en sus dientes, con tu nombre en cada uno de sus órganos, de sus alaridos, de sus tumbas, de sus guaridas y de su rabia, yo tenía una flor momificada con tu aliento, temblando en mis manos la tempestad de hundirse en tu carne, tenía una muerte kamikaze, un tango humillado, una pistola cargada con tus noches y con el aullido de tu semen en mis abismos

y te hiciste la indolencia del piano vagabundo, de la copa nómada, del préstamo del enterrador, más daban las piedras de mi odio, más daba mi mentruación a las ortigas, mis uñas rotas en el cieno, más mis paredes, mis cisternas, mi cubo de la basura, más conmovía la cochambre, el asco de los girasoles en las costureras de la muerte, que tú

que no diste nada, ni nada te llevaste, ni hollín, ni odio, ni guerra, ni lágrimas caducas de petróleo, de espinas, ni cristales, ni lunas del exilio, ni el poema, ni sus burdeles
eres la cura de todos los yonkis
tú que llevas el naufragio en tus botas de insolente hastío
tú que escupes kilos de abstinencia cada vez que te preguntas por los pájaros o por los cementerios
tú que asfixias batiscafos de silencio al parkínson de la criminalidad del olvido y de las tormentas
tú que eres la apología de todas las muertes en collage de cera y queroseno, momificación percusora de la transfusión de flores a los agujeros negros
tú que sólo sabes hablar con la lengua muerta de la luna, al oficio de todos los fracasos, eres el antídoto contra la natalidad de las polillas, los escarabajos y las estrellas, la inanición del aullido de los lobos en botellas de cicuta, la materia negativa de cada palabra del diccionario, el teorema de mi fosa y la lluvia ácida de mi sombra en la sombra de los cipreses
las alpacas insisten en desvirtuar tu rostro sobre el abono de memorias en el cabaret de los que de llegar tarde se han amotinado en el reloj-genital de un cuchillo yonky por umbilicar el fin de las palabras en el vómito de fuego del espejo-matrona de tus ojos cerrados por el soplo de mi tramontana ahora que en tu cuerpo vive la única razón de mi muerte y masticas mi venganza, cada vez que escribes de los girasoles o de los burdeles, de los asaltos de tequila a la alcantarilla del insomnio, y portas mi venganza, cada vez que te pierdes en los bosques de la nieve y conmueves los ladridos de lo perros en la fiebre de tu sed que es mi vigilia
se abre la mesa
sale una mano-cadáver que desflora los márgenes
y escupe tinta al quemarropa del asiento vacío de un autobús
que tomó mi olvido para atajar a tu fosa o al recurso poético de mi yo muerta en el fondo de tu vaso
resucitada con el rencor de tus versos a los campos de cultivo de tus fantasmas y la cromática de una obra de teatro armando a los campesinos con la anarquía del sol

vueelvo cada parpadeo de mi suicido prestado a los olmos
al agujero negro de mi escritura y la ausencia de mis pies en la morada

es la insaciable lucha de una lápida por extinguir la caligrafía
y de mi cuerpo-embudo de tu pasión vudú en el pago de la ronda que cae en tus narcisos como la venganza de la noche
(...) prefiero ya usar la tercera persona o la meta-segunda de una explosión de cerillas, ya que el significante no os ha sido como a mis huesos enterrados en la sangre de la paloma y no ha dejado la calima de silbar el despecie de los rostros en la no continuidad que arde en el fondo de los vasos
y tus manos, tiemblan, mi plural, como un cementerio abona la vehemencia en un libro sin páginas
El proceso de descomposición de un recuerdo en el cuchillo ingrávido de tu voz zanjando el drama del suicidio pactado en el hotel. Y quémate las maletas dónde metes las manos cuando temes encontrar tu culpa. Corre y déjalo macerar en la incomprensión que cabalga en la botella de whisky. Me da igual los efectos secundarios de esa ética en tu servicio, de esa luz en tu concupisciente ardid para con los nombres. Busco el subterfugio de un pretexto, para escupir metáforas al cobijo que me ha abandonado. No importa dónde la eyaculación precoz de tu honra malgasta tu descendencia en cloacas del amor de los lirios. Ni dónde mi propósito se desvencija de la gramática que fingi cuando fingí ir a algún sitio. No teníamos horizonte común porque era zorramente impropio, cada navajazo del éxtasis. Que los sepelios nocturnen la festividad de las calaveras. Baila.
Qué diástole que partió en tu boca el olvido masturbado de esos metales por los que pagamos la negación sintáctica de esa muerte y su floritura de campanarios quemados en el desdén de tu boca, goteándome la luz que el exilio tributó en tu cama.
Y una onomatopeya rasura mis muñecas de porcelana para darle a tu historia, gusanos-amor e hilos de queroseno en la costura de un infinito corsario por destruir la colateralidad del daño premetidato de ese ardor que descorchamos entre nuestros cuerpos.

Porque elegimos el fracaso para que la minicadena destruyeras las paredes y sudara los pianos donde el destino se puso en huelga de excesos y ojos cosidos al pincel de la decadencia, que era esa manera de reclamarte amor en los burdeles de la pérdida.
Despertar a las impías del escaramuzo de ortensias en el embudo de una boca-glaciar de la senda desvencijada. No hay luz. Escribo en ese cuaderno. Café de pote y el gas butano. No volverá hasta la tarde y ahora el portatil funciona con su batería y el pincho usb. Pienso en tus ojos estallados en el coñac que rasuró los timbres en la búsqueda de la salvia divinorium de un portazo de afirmaciones. Y si tal vez el desvelo, calibró el gargajo de espanto de los cipreses en las mesitas que llevan aún esos papeles como un vientre de alquiler que abortará otra memoria. En esos cuadernos me sincero sin recursos poéticos. Sin argucias de la deuda en la pretensión insolvente. Y hablé de medio cuerpo y la disputa sobre el vaso que quedó en tu habitación. Después el cinismo que vino por prisas de llegar antes sin usar jabones y por dilatación del hueco en el puro crematorio de la blancura de tu semen sirviendo a las páginas que eyaculan poemas para no dar explicaciones. Del amor una rasante. La taxidermia e un crisantemo en la boca cosida de la hortelana que apremia el discurso vagabundo de mis remordimiento y apela a tu sangre malgastada en mi vestido como mi culpa a tu cuerpo para migar mendrugas a los cuervos de la luz.
las ventanas ya están llenas de vapor y chorrean gotas como si tu aliento atravesara la ultratumba que pusimos entre los dos,  me lleva a ti, esa cicatriz del frío, en la retórica de las cristales, expresionando el ahí afuera en una vejiga de noche que tritura el alba como un poema que nace abortado a la máquina de escribir del olvido o de la infranqueable afrenta que esculpieron nuestros huesos al óxido que el viento ampara
sólo vives en las argucias de mi prófuga soledad, como una maldición o útero de la musa que pondrá su vientre en alquiler
ya no podré jamás mirarte lejos de la chapistería cromática de la sombra suicida, con ese olor a girasoles quemados en pinceles de lejanías que embarazan el idioma de aguarrás que diluye los trazos y hace de la frontera entre lo enterado y lo que sangra, un pájaro de fuego sin destino
ha vuelto el hueco a estercolar la silla que se parte donde le pedí a la azalea el dictado de un salmo
vuelve cada vez, como tractor que te ha amado en la muerte y trae el rencor de las campesinas de mi cadáver sobre el plural insurrecto de nuestra fosa común y maldita

se me mete a veces cuando se matan los vencejos al cansarse de tener alas en lugar de pistolas
o cuando el crujido de la escalera huele a la hierba ensilada de tu amor en las esquinas que compraron los perdones

y me aprieta y es la vuelta a la trituración de la luz en las cuencas de los ojos de los ciervos que se comen las tejas que partieron a cachos nuestra esperanza

todos los días viene y deshilacha mis buzones y agujerea mi cubismo y cambia el nº de mi puerta por algún insulto que exiilia a mis sombras

¿me cansaré algún día de quitarme la ropa para su vehemencia de muerte? ¿de espantarlo con señales de niebla o amanitas que interrogan sus préstamos? ¿de hacerle sitio en la mugre de los papeles y partir el pan para su codicia?
tal vez si me canso, de su indisoluta venida en mi no casa, la muerte se coma todos los poemas...
he encontrado una casa que alquilan camino a un cabo y estuve una vez por esa carretera, de pueblos arrasados por salitre, colgantes de diéresis viudas de terrenos, apostrofados como criaturas olvidadas donde no pasa el butanero y el correo llega siempre tarde y nadie lo espera, recuerdo perfectamente ese día, llovía a pedradas de mar y una carretera muy estrecha parecía llevarnos al lado contrario cada vez y la mar en toda la vera, glaciar de moradas prófugas, pensé entonces que debería buscar por ahí algún sitio para huir y hoy en un anuncio con faltas de ortografía, sin fotos, breve, ese lugar que me conmovió porque estaba lejos de todo menos de la mar.
si una clavija
o la sota de espadas que clavaste en mi espalda para chuparte cubismo donde mi rencor devolviera el sacrilegio del juego
si tu atascado grito no se va de mis manos ni con lejía ni con tu semen
ni deja de crujir en los alaridos que los animales sueltan cuando no queda nadie despierto
si no es quebranto ni pedidas, si no es por el propósito de algo, ni en la música acomete nuestro finiquito
pero persiste como rayo truncado por la vagina cósmica que tus maquinistas manipularon en mi ofiio de usar y tirar en la póliza de los maleantes
y si alguien pregunta le diremos la verdad porque no hay nada más engañoso que su sangre y la manera en que borbotea de tu boca como el pecado
me falto algo
que no logro echar en falta

pero lo sé porque marcaste mi teléfono y se me cortó el cable en la lágrima de la cartera que cuando llueve pierde en los párpados viajes al sur y lo confiesa con gargajos de tierra a las marmóreas pupilas de quién nunca se le acerca
y son entonces los buzones bichos en guerra e inamovibles dagas de búsquedas que se vengan al bifurcarse en la maldición de tus lirios

estoy triste y es pena de tubo de escape, o de curva que estalla en el abedul litros y litros de distancias meadas con ginebra en el váter que lo supo todo y no quiso velar tu náusea de mi olvido, ni mi olvido de tu cuerpo
rompo el lapicero en tu beso caduco
que va a invernarse a una muerte donde nunca lleguen ni mis dedos ni mi olvido
y crujen las pinturas machetes de cocina en manos de la que en tu cama cantó al cielo con su alma rota a puñaladas de la palabra que no dijiste o de la que dijiste y se hicieron los oidos ouijas soterradas de la fe yonky y su frecuencia y amanecieron sólo caminos que alejaban

yo allá, con la taxidermia como excusa
con el retrovisor como subterfufio de la espalda que te dio la espalda para escupir peces como afrenta que sacien el hambre al precipicio, de tenerte y jamás tenerte o no poder ya ser sincera porque se comen las pirañas todo lo que afirmo o me desafirma el espanto convertido a la ebriedad de las lucernas en pechos cavernícolas cagando hadas sobre la cicuta
tengo angustia de paredes y de ojos de cerradura, de intemperie y de noche arrastras de farolas rotas a machetes del olvido que ya no tributa en el hachís, ni hace favores en el sepelio, o micromina para vender versos que ya no quiere ni el asco, al desliz, de la escalera que rompe en tu timbre, mis costillas o lo que le mentí a él para que creyera en esa fe del estraperlo y del tráfico de influencias que ya no había quién se la tragara pero él quería en la boca en el néctar y sino hubiera sido muy cochino lo que tendría que poner para no extorsionar del todo a la fosa que prometió más alto
enfrasca la página que pasa en el estertor que custodia tu tiniebla en mi cama
mi voz a las voces desoidas de inefables del rencor de lo que no se quiere en medio
ni negocio ni media tinta ni manera de llorar perdón, escupirlo, a sacar la piel a tiras, del pago de autobuses y que cuando abras los ojos el sol esté en el fondo de la copa del que aprendió tu nombre cuando sólo entraban agujeros debajo de los pies
nos busca
la sombra que pegamos
al oído que expió las tapias
en el golpe del licor
que dijo tu nombre para no deber tierra
ni causa, ni jamás promesa
porque no humillará la ternura
la necesidad que el rayo invoca de tu huida
y que no te conozcan
que nadie pida que te quedes
que no te encuentre sino lo que torturado empujas
al desconocimiento que las casas al partirse acuchillan en las botas
envolverte un abrazo de ginebra al portazo de nuestra cama para que no se presientan porvenires de scalextric ni condicionales que deberle a las brujas que se comen los corazones de los niños
desde muy lejos vinimos para maldecir el pluscuamperfecto del trago de luna para dos bocas en el mismo cáliz de la vehemencia y casas destruidas en el maquillaje del payaso, no se vayan a adelantar promesas de albañilería o un lugar que defender en la belleza si sólo podems defender que entre dos verbos nunca pase a la hora el mismo tren
dibujar fracturas de la memoria en esa pared que miró y perdió en tus ojos lo sido, lo desposado, lo que después y chorros de ginebra en el temblor del desabrigo que te compraron las meretrices de una brújula y apostaron en tu muerte, como si cavar en la tierra huracanes del vuelo que enfermó a los olivos

ya oscurece y momias santiguan la gramática en ese aullido que retumba como si confesaras otra vez el latrocinio

tengo las manos frías y una corrupta ausencia mueve en las puertas las puertas de tu sótano para clavar alfileres al poema que mataste en mi cuerpo pero se fue a enterrar a lo que nunca ni escalón que te parta la memoria
no quiero que me toque nada de lo que no haya elegido
es la líbido del egoismo que me cantaron las salamandras
y esas otras criaturas que bebían tiniebla para acurrucar nexos de queroseno donde no llegaban las sombras
mi soledad se da al boicot de lo que me rodea y de las voces que saben mi nombre cuando truena en la caja musical una herida del tiempo prendida de beleños que quieren perder de vista la tierra...
no me harás parte de tu todo si no convences al blues de embriagar el grito de los extraños

hay una extranjera a la que doy de comer exclamaciones y anacolutos y pongo enfrente de mis ojos y los otros ojos siempre, porque soy solitaria por extinción del futuro en la cremallera que el hachís bajó a tus pecados, porque entre los maullidos la intemperie es el cobijo de los desarrapados y nunca pretendí tener nada que sobreviviera al último trago de cada noche

coagular en lo que se llevan las arañas
tejedora trinchera del desenterramiento de la palabra en tus labios
para ocupar los trenes con la fe de los barcos al partirse
y a cachos para la despoblación de los versos en el filo

no es mi guerra, no me moja la pólvora, no me conmueve al lirio, aunque seas de mi familia, en esa disputa tu razón vale agujeritos de carcoma,y te miro como se mira la laca de la peluquería en manos polvorientas

y busco al bosque y te destierro y te aparto a pedradas de música en los pantanos

ese mundo no es mi mundo, jamás mancharé mi voz, para defender algo que desprecio porque forma parte de las liendres sociales y de las jaulas

y aunque te quiera veo en ti como camiones de estiércol el daño que hizo tu civismo en los rediles de las ovejas

y en esa medida me eres una mancha, un esputo de algo ajeno, corrupto por razones de especie o de ladrillo y no pretendas acercar esa causa paralítica al fuego de mi descausa porque no cederé empatía ni el soborno de los sentimientos frenarán mi profundo asco


soplan trenes que huyen a la página que arde, no hay consuelo, no hay reposo, intermitencias de un viaje tránsfuga de la Itaca suicida en el fondo de tus ojos o del ron que cambió la morada por el estigma de una luz en carnívoras voces del subterfugio de estrella en una muerte, y se parecía a ti, que te marchaste sin repartir el abismo ni agotar el canto ni  derretir el surrealismo, sin matarme ni salvar la barca del olvido
me podrías haber enviado un plan de defunción
un grito estomacal del gusano que enhebra la inexistencia en las chimeneas del lsd que inhala la mar para escupir leño al batiscajo del jamás
un trozo de tu cadáver, un boceto de los diluvios que traen a las cerrojeras ruinas a acampar entre las sombras patrias destruidas
una afrenta tan injusta y cruel, que lloren piedras las nubes, en el río del olvido o una legaña de micromina en el vudú de mi muerte

algo, aunque sea paralítico, aunque sea retórica, porque una vez, nadamos juntos en la oceánica guadaña del devenir

( y aquí iba a seguir algún verso de hospital o compra-venta, del cuervo o la sardina, de perdón atragantado en la ruleta rusa o rezo de pezuñas en el cieno escupiendo en los escaparates carnicerías del moho y del viaje a cuchilladas, o un envenenamiento de la rosa de arena sobre la momificación de la luz, un ruego a verdugos de la semántica o qué sé yo, pero se me hizo, un nudo de cuerda de guitarra el insistente agujero y un llanto de cal y pedrosas tangentes el mercurio roto de los termométros del olvido)
no me entregué
me diluí en la desvergüenza de tu coñac
para agujerear vasos en la impureza que el cielo atornilla en la neurosis que el pianista despelleja en tu carne

no te entregaste tampoco
te usaste abordaje de frutos del exilio en el arar de mis orillas

te quise a través de la literatura porque tenía un salvavidas maldito sobre mi querer
un pozo sin fondo frotando tildes en el hachazo de las ventanas que caen como guillotinas en el valle del olvido

ojalá hubiera podido querer con el hueso como una cerbatana y la sangre como un sarten en el motín suicida de la paloma carroñera

pero tenía una deuda con una pistola
arenas movedizas en el celo al perfume de tu orgasmo entre mis tumbas
un puto muerto, en el márgen de la página, justificando el delito de la agricultura del cohecho de las flores
se han ido a morir a las mandíbulas de la cama en la que acunas mi olvido
tantas palabras que los relojes de arena atascan en mi voz pecios de abandono que me obligan a usar los añicos para verbalizar la histeria del tango en el desierto-branquia de todas las lejanías
¿por qué de los infinitos posibles, elegiste ese silente-acuchillador de brújulas en el cadáver de la golondrina que murió de vieja cuando quiso morir del sur?
un pie
habita en el sacrificio de la hechura
tú estabas de ese lado como un espectro lascivo

yo me juré al fraude del realismo
para portar al gorrión como una bala en el vacío de mi alma

el meta-existo al boicot de los geranios que tu mamá dejaba en los balcones para llorar sólo con los serruchos
le pertenece a la mala hierba, diadema de deriva, para soltar la sombra donde bajan a beber los planetas el suicidio de sus galaxias

sólo había, la líbido de un teatro, como compromiso, de mi agujero a tu noche

no fue tu culpa, ni lo que tenías ni lo que tenías

me ataja con espanto el ojo de buey de un espejo que multiplica el gemido del abandono en el tacto que baila la mies en la muerte de los corderos

te lo dije, para mí es demasiado tarde, me desposé con la ausencia placentaria del cuchillo en el umbilicar de una lejanía que escupe trenes de juguete al éxodo del buitre blanco
no tengo propósitos
y debo empezar por ahí
para comprender por qué la suda el columpio de hash en tu boca, en tus metales y en las mudanzas que se estallarán con el autobús lleno, sobre un bloque de hormigón levantado por la especulación y el asco
me siento más cercana al hollín que acuna el otoño en la transición de la viudedad del viento sobre una muerte que caerá como arden las ciudades, que a mi madre, que a mi espejo, que a la historia, que a mi voz
no tengo amigos, tengo brechas temporales que traen metáforas a la bicicleta que huye contra el territorio y la soledad es esa antorcha que flota en la noche para llenar las bodegas de los barcos que no serán nuestros con galernas que francotiren todas las salidas en el pecio que navega la voz de Alfonsina donde los corales muerden puertos para la nada
¿qué iba a darte sino una deuda? ¿qué podría si mi ir va transversalmente opuesto a tu llegar? sólo el meta-cromático de una lágrima embarazada del campo semántico de la dudosa reputación de un significado en el pleito con su significado y a ver si llueven búfalos sobre los cementerios...

no te retendré, porque sólo te daría el alevoso tormento de la insidia poética en el pluriempleo de tus cuchillos
porque no tienes las patas de un escarabajo merodeando mi tiniebla, porque tú tampoco aguantarías en la bañera con hielos el suicidio del escaño de la duda...

de perder puedo perder el tiempo, la vez, palabras, pájaros, huellas, los papeles, el futuro
pero ya no quiero malgastar el desencanto, ni malversar mi desesperanza...
allá donde brillaba la indolencia
porque fuimos cantados donde la roca era el martillo que en el aparato digestivo de la roca
hacía clavijas con nuestra sangre para llover rocas hacia arriba y robar al niño su labranz de cometas en las fosas, de estiércol en el vientre de alquiler delos campos de cultivo de un imposible
que cayó como cae un hombre en la miseria de la huella de barro tatuada en la muerte
y caí en el precipicio de tus ojos, omo asaltada pregunta de colchones de cuervos en la nieve

no sé cuándo, pero un día dejará de ponerme triste, ese paño de hilos azules que conserva tu olor como mis manos nunca pudieron abandonar el grito de no tocar luna, de no mecer tu muerte

los ciervos sales de sus guaridas cuando hay que matar una memoria, yo los he visto agujerear mi cuerpo cuando no recordaba ninguna palabra después de ti
Por alto que grite.
Por vendimia que manipule.
O sed que secuestre del fondo de tu tiniebla.

No volverán a arar las luces esas muñecas de cal en el molino del óleo.

Las muertes se van metiendo en la artesanía de las cuerdas vocales para embalsamar alaridos que perder como se tirotea un gesto de agua. Como se quema una página a modo del subterfugio que epilogar en tu whisky. 

Si me traes el muerto como pretexto entre nuestros olvidos. O el suicidio del plural delante, para acunar la cantina donde nuestros nombres no son nombres, ni los cuerpos tránsito. No podré sino usar el alfabeto de las noches infamadas. Y estercolar lapérdida para cruzar entre los árboles.

No se agota pero no tiene salida. No renuncia pero ha perdido premeditamente todo lo qué su canto profesa.
Y el sarampión contagia a la lágrima-cola de pegar eltiempo en el préstamo del tiempo que maté en tu vida, y restar con las brechas, infinitos que superponen ese día de la semana, a la contaminación que tu vehemencia dejó en el parquínson del hilo que cosía nuestras vidas.
El café. El ocre de la senda tránsfuga de una herida que precipita tu voz al bocajarro de todo lo que quedó lejos. Tengo que escalzar la tristeza en el rasguño del collage que la lluvia lacera en las ruinas. Es distancia la aprehensión del verso al cubismo que cortea tus ojos en el poso de las nubes. A éstas horas huye la esperanza en suelas agujereadas de botas que mentirán en tus labios el camino que esquivó el porvenir. ¿qué tan terrible entre nosotros que ya no lo cuenta ni la cicatriz de ceniza en el pincel del hambre? Hoy su ausencia ventila los pasillos y parpadea calaveras en el patio. Tengo que marcharme. Dejar que se llenen los desagües de hojas, dedales y pelucas y se aneguen los lienzos malversando la casa en el alarido de las carreteras que bifurcan el agujero que nos oye.
El sentido es un punto de sutura entre la inexistencia y el ardor de la piedra indisoluta entre tu primer amor y el suicidio del viento en la apología del fracaso eyaculando semillas de túneles que enhebran tu olvido a la vía láctea de la flor que menstruó tu muerte en aquél cuerpo inocente que se tornó la líbido del delito que desde esa noche justificó cualquier desvío al callejón de los culpables.
Sólo te coge las manos, cuando tus pies sujetan el latrocinio de las coordenadas. Sólo te calma cuando la voz es la jauría que descose las huellas en el regazo de los volcanes.
Necesito un calendario de amanitas y calaveras.
Una eyaulación de retórica que desvie el peso de los hechos al regazo de las hilvanadoras de las costumbres muertas en el amor de la manzana que saca la piel a tiras a todo oficio por la insolvencia del viento pagando trenes al primer grito que la infancia eternizó entre los lobos y las noches de san juan y sin ti.
Ya no me sirve la medida de los presumible, ni de lo matable.
Los otoños son ejércitos de jugo de madera asesinando la causa por el yacimiento de muñecos de nieva debajo de mis uñas clavadas en tu espalda.
Cuando veo una urraca me caen los años en los tenedores que pinchan gorriones en tu corazón. Y ya no tengo nada qué hacer de aquí hasta que me muera que no sea buscar un arpa de opio para extorsionar al tiempo dónde llora el espantapájaros.
Tu recuerdo es el semen de baco malvendiendo las copas por una vid kamikace que agujereé con saña todo lo nombrable.
Ojalá pudiera matarte y recuperar la hoz que agita la mies en el agujero negro que vela por nuestros pasos.
He usado aquellos pretextos y el del vino si doblan las campanas en la taxidermia de la sombra del tejo anillada a tu cuello como soga de eternidad.
He usado la piedra del bálsamo de la gasolina, el harapo de cloroformo, el vestido rojo, como alimento de murciélagos y mis oquedades como embrujo de un suicidio o el subterfugio de tu olvido rompiendo mis puertas.
He humillado a la criatura nocturna, en mis manos, tomando tus manos. Rompiendo la jeringuilla en las manillas que el reloj dilata del grito de polvo de tu noche en mis alcantarillas, llorando peces azules, al canto de los sapos.
He cruzado sonámbula la frontera de tus ouijas. He pedido con la metáfora no escrita, con mi mano apuñalada en tus papeles, con el odio de las estrellas fugaces, con el maullido de los baules oceánicos de pecios del exilio.
He llorado con tu sangre que gotea la guitarra de ácaros de la metáfora indisoluta que perfora mi vida por yacerte.
He usado todas las artimañas que desaprendí en callejones, puentes y copas. En hospitales, playas y hogueras.
Y ha sido vano. No he movido ni un milímetro el aullido que despatria mi lenguaje al clamor de la selva de tu muerte.
No estoy en paz contigo. Maldito negociador del naufragio en los cabarets inalcanzables. Ni con tus muertos, ni con la zanja, ni con la fiebre, ni con el hueco, ni con el barco que nacimos de la exterminación. No estaré jamás en paz, ni siquiera en el fuego, sino acabas ese verso a mordiscos en mi infierno. Si no desvencijas al imposible a cuchilladas en el fondo de mis ojos.
Hablar contigo es un acto de fe con insumisión fiscal. Y luego esa ginebra para recostar la exclamación que desencaja entre el grito y la sordomuda pared del orfanato negociando entre los dos, un coche-nido de la recien estrenada viudedad del destino.

Contagio del verde enmarañado en la pulga.
Contagio de la manilla de la puerta entre tus dientes.
Contagio del tren en la fiebre de tu fosa, alud del contagio que esculpe, el subterfugio del fin del poema en tu cuerpo.

Soy la predisposición genética a la enfermedad de tu voz en los añicos de las porcelanas. Metiéndose en mi sangre como la apología a todas las alergias.
Canto mientras ayudo a vestirse al abuelo algo así como "que nos cuide la nieve, que nos empuje donde no necesitemos nada" y él me mira nogales y cascanueces, la grieta de la puerta. Es como rezar. Es como hablar con la cucaracha enganchada al ovillo de luna. Como llorar con huesos que hacen de lanza. O zumo de madera que apriete fuego en las palabras perdidas. Mientras él desayunaba, puse a tender en el corral la ropa y cantaba algo así como " ya no tengo vida tengo una pinza en la lengua del cocodrilo cavando lagos donde las huellas son preguntas" Y me mojé los pies en el charco, porque las zapatillas de trapo no están hechas para esculpir piedras. Luego me entró la pena de la ciencia ficción en la mesa-embudo de una mano escribiente que se ampute hacia la articulación del negrillo. Y me contagió el bermejo del peral, un horario de trenes que movía la legaña del monte en sus adentros.
"¿qué destino puede darte quién no acepta tu destino?"
Larralde
Y venimos a la contra. Del borrón de la puerta en la pistola que el ocaso deja en tu sexo, para traducirme el éxtasis e la muerte con teclados que abarquen el jugo del olvido que borbotea en tu boca como el libro del semen de los muertos.

Había un agujero en medio. Porque a los lados los desiertos usaban tu poesía como se usan los tenedores en la cacería de las palabras ahorcadas por lo onomatopeya que caiga sobre nuestras cabezas y eyacule la verdadera semántica umbilical del desarrapo.

Cargaba zapatos viejos en el agujero de mi bolsillo. Con un camino en su taxidermia que rezaba a las palomas el fin del camino por la polución de nuevas aves que tenían otro canto para precipitarse a su muerte.

Tu amor era el hash que pedían los cerrajeros para cobrarse sus servicios. Y quería inhalarte como el tránsito de una sombra a los lomos del caballo para gritar jinetes a la montura de una luna, que siempre a la mitad de lo alcanzable esgrimía cuerdas de metáfora para treparse como un fusilado que retorna para vengarse junto al canto de los lobos.

Seguía el movimiento en tu inefable lascivia como sigue la piedra el recorrido hacia la frente de la persona que pidió un nombre.

No pudimos saciar a la disyuntiva. Porque llegar era perderlo todo. Porque tener era volvernos fosas. Porque la tierra era la trampa.
Pase lo que pase. El tomate tiene que cantar en ruso. Y delinquir el regazo materno al cuchillo de la nube. Mi hechura será la amputación de la mano del cuchillo por la sustitición de un brazo de salitre con carros de combate de subterfugios marinos para prender de todos los suelos oleajes que aneguen los poblados. Lo demás es el efecto colateral de un anacoluto. La esquizofrenia del envés del canto, segará tramontana en la propiedad por la apología del desvencijamiento. Yo no vine aquí para defender mi vida. No me interesa ni mi tendencia, ni mi capricho, ni la vanidad de mi identidad disocieativa. Yo vine aquí a malusarme, a retractarme, a clavijarme, por la eyaculación de un sueño bélico que le de alas a los cocodrilos. Yo soy mi objeto. Una floritura de beleño. Un protozoo de cochambre. Un error válido como cualquier agujero, como cualquier paraiso. Ni mi experiencia, ni mi conocimiento, ni mi delirio, son tránsito, sólo sobres de azúcar en los que pone, no vuelva nunca más y pida el orujo al salir.
Cantan los gallos. Y un rugir de alba cae en los márgenes de la hoja que invernan hacia el cobijo de la nieve. No voy hacia ningún sitio. Sólo la escritura va. Sólo los timbres se rompen en la madrugada y prenden la fotosíntesis de una casa en ruinas estercolando a los olmos. ¿qué coño hacer? si no logro pertenecer a una idea, ni a una causa, ni a una sola soledad y ni siquiera tu réquiem se queda para darle migajas de pan a los cuervos.  Me exilié por vocación de ánima con los bueys sueltos lamiéndose luna a los 17. Luego intenté matarme. Luego amé el xilófono de la carencia. Y a ti que te hiciste la percusión de las musas en los cementerios. Mis amigos son metáforas. Mis amantes son meta-metáforas. Mi tierra una brecha que se quiere cerilla para unir dos olas. No tengo absolutamente nada contra lo qué arrojar mi propósito. Habito en la insolvencia de mi alter-ego haciendo pelucas de ortiga para las bailarinas de cera.
La claustrofobia de tu inabarcabilidad cosida a balazos en mi olvido.
Creces en medida que la fosa va tragándote. En mi cuerpo. En la calle de enfrente. En el fondo de la copa escópica de la ebriedad del préstamo. A veces te odio tanto que los montes fingen tu voz a la tristeza de las urracas. Y un túnel se levanta de la entrelínea del último recuerdo a las tráqueas de los jabalíes. Fuiste tal vez la ciencia ficción de la utopía de mi muerte. O el licor incandescente que desdibujó la hechura con la codicia de la barca que busca vivir en la barriga del pez.
Déjame las piedras en la almohada. Corre esos kilómetros en mi boca. Y la afrenta que se quede cuidando las flores. Necesito acudir a ese lugar debajo de la tinta que mece el tiempo. Y navegar el desvencijamiento de tu pecho en las metáforas de la guerra que sacuden sillas vacías en el tendal de esa cochambre enamora de la reducción de las letras en el crujir de tierra. 
Mi vida se apega a la pistola que señala el sacrificio del surrealismo en una bala atravesando mi cabeza. He renunciado a la vida social con las argucias de un poema que busca el fracaso para tocar el violin con los huesos fuera de la carne. El libro del delirio, está enterrado dond acaban las raíces del chopo y lo nutre con la presunción de culpabilidad de todos los nombres hasta que sus hojas, son gritos eléctricos que abortan la luz como semillas que coserán las heridas al principio del fuego.
Te di cuánto tenía. Más la irracionalidad del regimiento de sombras que muerden en las yemas de los dedos el tacto del imposible. Se partió. Porque el puente estaba cargado por recursos lingüísticos en guerra entre sí. O no entraba una soledad plural en el beso negro del olvido.
Expía tu boca la culpa de los escritorios con cobriza mariposa del hambre, acuchillada en mi piel. Estoy muy lejos del principio de las salidas y la entrada es un interrogante que suicida las llaves en el pleito de la distancia. No puedes ceder ni una gota de sangre al quebranto. Que se vayan como vinieron, criaturas lisérgicas de un poema que no quiere ser poema hacia un destino que no quiere llegar.
He mentido. Porque he usado la queja, para romper el espejo de la prosa en las jaulas que cierran mis labios a los charcos de la tempestad. Estoy sola aquí. Y llenará el rubor del vacío, la vejiga de la acuarela que apresa mi huida hacia tangentes que no vuelven a tu cama a cavar predicados. Temo el silencio porque escribo. Y hago su insumisión fiscal entre las paredes que no han dejado de gritar selvas en el desamparo de las sombras. 
Mi vida ha sido la alegoría de otra vida, desarrapada en mi regazo. Nada de ahí logra atrapar la deriva de los significados en las piezas desencajadas de la sed. Pero hay una puta razón mayor que todos los quebrantos y es tocar la luna, con los ojos de Mercurio. Aunque el sepelio me disfrace de una huella borrada.
Hay niebla en la mitad del bosque como una cicatriz de cielo. Un silencio rasura las preguntas que se alejan en el parpadear de la roca bajo la lluvia. Y aquí empieza otro día entre collage de tiempo no contenido por las ramas desnudas de las choperas. Anoche sentí una profunda sensación de irrealidad hacia mi pasado. Como si una penetrante ficción moviera los hilos de cuánto de lo que he sido. Como si dentro de la tripa de una cebra bajo atardeceres de fuego. Y tu amor, una ventisca de arena momificando crujidos de suelos en la tez de una polilla. Y taconeaba un licor sin nombres la articulación que los vasos arrojaban sobre barcas que huían. Y sentía que todo era teatro. Y un gozo corría telones de pinceles acuchillados en lágrimas caducas. Como si no hubiera sentimiento en el que yacer ninguna epifanía. Y me sentí libre, con vapor en las huellas y una soledad dentro de una antorcha, profesando canciones de humo.

Ahora tengo que encontrar el dictado de un viaje. Mover las clavijas de la disociación de las insaciables horas en su suicidio, dibujando en mis labios, otros labios que llamen al horizonte. A uno cualquiera que apriete en mi pecho el coral del olvido.
Ya cierro las páginas que desHabrir a hurtadillas de la puta noche en la que la paz es una pulga cantándole la nana a la transfusión de la copla y tanto polvo con el que vestiste de rocas, la última cerilla que tenía como sortilegio para visionar una tumba que no nos deje a deber marmóreas palabras que acercan los kilómetros que aleja el vino cuando debajo de nuestros cuerpos enlazados por la muerte hay una zanja que dice casa como se escupe la insolvencia a los ojos que esperan cualquier tipo de beneficio.

Luego cuando haga más frío. Se bajen las nubes a espantarme las costillas. O la escarcha pregunte dónde me guardas en tu olvido que los carámbanos han sembrado sus lanzas donde huyeron las rosas de arena, en ese rincón asfixiado en tu infierno, tan mudo, porque ya no tengo ni puta idea, sólo cuando la curva inhala de mi voz, cienos-tijera que el billete de tren se lleva de mi memoria. Y se amigan los cocodrilos con mi púa del véte antes de que te quiera, porque si llego a quererte ya no podré tirar la basura ni pagar nunca más la ginebra. Y me comerán las larvas el pretexto de las noches en vela.
Pintar esa trampa sabañón de tu legaña de opio en la persiana que astilla el alba en promiscuos días que pasan de mano en mano las plantaciones que crujen en la chimenea, la pobreza de los charcos. Hoy me dijo, que sí me sentía culpable y dije que no y dijo que lo pareció por mi gesto. Luego lo pensé con trenes que he perdido y he cambiado por el maletero de esa furgoneta camino a quién sabe y no preguntes si hasta acá se llega la llluvia. Tal vez, sí siento una fractura gramática, un fruto hervido en la mano que suelta el puñal que afila plumas. Pero no la culpa porque la culpa sólo la llevan los que tienen mucho tiempo y pocas deudas con el fuego que presiente la nueva noche que tal vez pierda para siempre en tus labios. Y yo no tengo ya ni tiempo "ni edad ni porvenir" como decía ⇉ésta canción
Ahora dejar el embargo de las páginas y mover como se compra queroseno, el pincel en la ranura que ya sólo espera a que traigas tu sangre en bolsitas, para dar de comer al corazón-piedra de mi hortelana de los trapos.

Cantar a media esquina, la turbulencia de un léxico que no encaja con el significante que expía el horizonte en un ácaro de polvo que nos viaja nómadas al desarrapo de los nombres.

Espantar al cúbico de la letra para no decir jamás aquí. Empiezo a desarrollar la claustrofobia de las frases acabadas y de los gritos serrados en pompas de jabón. Necesito no saber para que no lloren mis zapatos cabezas de jilguero, creer que si caigo por la escalera y me parto la cabeza, escucharé otra vez la canción que tu suicida dejó en los adoquines y será como volar, aunque ya nadie lo entienda.
Truena a lo lejos. Y la lluvia cae como ojos de rana que tienen prisa por perpetrar túneles del suelo al olvido. Veo la cajita amarilla en la que metí el puñado de arena de playa que dejé en esa losa y canto irracionalmente una canción a los cuadrados desde una boca triangular de la cuarta esquina de un sueño de orugas.
Si me dejo embriagar por la nostalgia no tendré campo para arar mis lágrimas caducas ni hueco en el que meter todos los kilómetros de huecos que el ron dilata en mis pupilas.

Tengo que dedicarme a portar la sensibilidad de las floristerias que sólo encargan crisantemos. O poner ojos de oficinista a la sed de la noche, perfume de pescadera a la branquia del cavado de brechas en memorias que huyeron. Ser cínica para no morir de hambre. Teatro que tribute en el ansia de mi ventana a la luz de tus gafas rotas en mi carne.

Sólo mecerme. Sólo velar por una bombilla verde en las farolas que van a mi infancia a cortar cables y hacer de los parques alientos de bestias escupiendo coches al viaje de la negada huella de la bota sino, en tu cuello, para beber de tu tráquea, el verso que retorna.
Ya no hay una gota de luz. Y esas farolas que iluminan a cachos la calleja del río, me llorar, el presunto de nos que se alojó en la mitad de una herida eléctrica. No sé que vizca luz ampara mi serpenteo de ladrillos de rosa para enterrar a la cucaracha que amó en el imposible los kilómetros de tu nombre en la punta de mi bolígrafo.

A veces me dan ataques repentinos de soledad en celo. Y me hago la fotosíntesis nocturna del submarino refugio de tu olvido, esa memoria, en la que ya no entran mis porcelanas ni mis clavijas de sal y abstemia de cuchillos de tango o sombras que me aten los cordones al aguijón de la lluvia.

Y entonces te echo de menos y empiezo a convertirme en la literatura que malusó mi literatura, con la única certeza de un crujido que onomatopeya el amor, en las brechas de la mar.

Tal vez no quería. Porque temo el daño. Tal vez me hipnotiza el críptico de una puerta de emergencia clavada a un tenedor. O tengo un agujero en la mandíbula de una emigrante pena, que ahuyenta y atrae estaciones, a rubor de una piedra que no cae al suelo.

Yo sólo quiero la lágrima de un payaso de pasta de papel, en las yemas de mis dedos, para marcar tu número de teléfono y que me robe tu voz, todas las flores, todos los cementerios.
Tengo que irme muy lejos, donde las palabras no tengan ningún poder de convicción y las páginas se manchen como piel sacada a tiras en el canto ronco de un noche que se nos cae al mediodía, dentro de un hórreo que nos hace barcos de papel hacia el suicidio del benceno.

Necesito una nueva ética para encajar las ruinas y la vehemencia de tu odio, salvando al colibrie de mi exilio de cualesquiera de las orillas que me llamaron.

Unos alicates para engatusar al tranversal cuando esté triste y quiera morirme y echar un papel, piedra o tijera, con la sombra que en el espejo gira la manilla.

Una certeza, aunque me caiga por el cohecho del yo existo y nunca he visto un jilguero ni he reposado mi cuerpo en una canción que quiera quedarse.

Volar sin culpa y no insistas en que friegue los platos, ni saque ese líquido que dejaste en el presunto de mi remordimiento. No quieras que te llore. No quieras que me ponga púrpura de fracaso y cabizbaja de cielos destruidos. Si era amor y ahora es un agujero. Para los dos el gozo, de la dilatación del verbo en la filosofia de los que se adaptan al medio a escopetazos.

No pienso ya sufrir ni una gota de decencia, ni de indecencia, ni de idioma ni de crujido, ni por un ser de dos patas, ni por una patria, ni por la falta de un oficio.

Ya que me voy a morir que lluevan trapecistas en los cantos de la niebla, que se nos acurruquen los osos hormigueros, los corales y las rocas con líquenes, que bailemos etruscos y a sota de espadados el alud del desconocimiento y si cae el vino, que haya para todos, que de faltas, tendremos eternidades en el cometa de los que no vuelven.
Ya no espero ningún tipo de nacionalismo de la banca-rota del blues desvencijado en el semen de la nube que hizo vela la noche de los desplumados en el casino de la muerte de la diplomacia.
Es más bien cosa de la mecha y que a caños iguales nos masturbe la duda la migración a cualquier parte, saliendo desde cualquier latrocinio y sin hora en la espera de recoger la momifación de la flor o la lascivia.
Es un desacato programado en la pena que de triste se hizo un protozoo de humor amarillo en tu porro del cromático de un exabrupto. Y no dejó de reirse a puñaladas la sombra para que nadie poseyera lo que es del viento.

Ya no es reparable la lógica en las manchas hechas a mordiscos de la puta biografía del afilador extorsionando la identidad del cerrajero.

Haga lo que haga no me encajará tu cadáver ni en el poema ni en el sadismo que el vino ampara contra el horario de trenes y no sé cómo pero es siempre tu madre la que mama y la que llora. Para nosotros cebollas y vinagre, amanita y destierro.

Tengo una mía dentro de su taxidermia. Pídele a ella explicaciones. Sólo él tiene el nexo de la amapola y el muelle de los tránsfugas. Y él está muerto. Se murió de ver el verde de los valles y no poder gritar girasoles ni delfines a la lejanía. Y es verde la epifanía que embalsama con ardid de inabarcabilidad su sangre verde en mi grito de mar.
mi corazón, es un bicho de sosa cáustica clavado en el arpón que a la medianoche se pone a la huelga y al boicot de las palabras que me habían sobrevivido al estertor de reptiles que tu váter enmarañó en mi romanticismo y empezó a cotizarme en un lugar que todavía no existe la reciprocridad del querer y el diluvio, del condón y el ocaso intravenoso de un porvenir de usar y tirar, antes de que se lleve el ladrido, una patria

todo en mí es un peine con púas-amanita de un daño colateral de la tipa de que detrás de mi espejo miento y al abrir la roca se traga la tierra

mi lágrima es un diu escupiendo sus herederos al versículo que aprendí en el sótano de los manicomios, carnaval y pinta negra que pagará el primero que se queje
El meollo de la cuestión es la meta-digestión de la luz que pagaste a mis putas y derrocharon mis viajeras de camino a la nada y masturbaste en tus cuadernos de jabón y coñac. ¿nos quedamos sin saber o por saberlo el lirio adorna los cables de la luz con alaridos de tramontana?
 Y se va toda apariencia y estilismo, en el aullar de montañas encintas de luna, en el atragantado poema que perfora la tráquea de todas las alegorías.
Hoy escribi algo así "¿quieres romper conmigo, como si lo nuestro fuera vitamina c, pegamento y hachís?"
Como si una cisterna cósmica nos aguardara el concupisciente sudor de una derrota y una eyaculación de flores a la taxidermia del yonky y del anacoreta?
¿qué clase de dobles intenciones empapan tus caliz en la idea de un cuchillo?
¿qué clase de caballerosidad compraría las bragas para el desfile de los viudos, como fetichismo de la razón de una violencia? asesinato amparado en la gramática
¿qué si juraste no amarme, malversar en el poema, para viiiolentar gritos de sangre siendo dueños de la noche, del cabaret o de la luz de los insectos?
¿qué clase de diplomacia estamos rompiendo y sobretodo en nombre de qué orgasmo?
yo quiero el ardor de la pena más puta o del dada más loco
yo quiero calderazos de sangre y de salitre o tangos indomables de tu voz en mis callejones
yo quiero fumar el hash con la conexiones neuronales de tu desvelo subiendo la dopamina a mi alevosa pérdida del destino
entiendo que quieras mantenerte al márgen de la oblicua transversal del nido de gaviota en la tripa del ciervo, por entender entiendo que todos los curas se corten el cuello antes de los 15 para llegar el cielo sin perder el raciocinio que le arrancaría irreversiblemente la religión, puedo entender la necesidad de un punto y a parte a éste hay que darle de comer, follarnos una fosa, un cementerio, pero déjame arroparte mi propio cadáver como una felación poética o ensuciártelo, apuñalártelo o bebértelo para intoxicarte el vino que nos pregunta en las noches desoladas por el barco de fuego y lubricar todos los perdones en la materia prima de las llamas
podemos entrar al útero del desamor, con la pólvora del conejo de Alicia y un alevoso orificio en la mano de la guitarra, podemos esculpir impensables y húmedos machetes en la violencia de la luz de los tránsfugas, podemos hacer herbicidas afrentas infinitas de polvos de estrella y  faros corsarios, aprender a llorar elefantes y a cantar cantos rodados al diu de la luna
podemos tocar la zona oscura con dedos de maquinistas y astronautas, de fumadores de opio y de lo que hacía juana inés con el estramonio
podemos hacer algo indómito con nuestra muerte, algo que espante a los libros de historia, a los melodramas atascados en putas cisternas burguesas, podemos cruzar todo lo impensado, con nuestra criminología enamorada de algo más lejano y profundo, de lo inabarcable de un corazón de clavijas y beleños, con Wherter empalmado al crujir de los lobos y de todos los cuentos en el sudor Diógenes y vals de manicomios, crucifijos y nihilistas vaginas de la manutención del Imposible
¿o acaso quieres que nos dejemos como los viejos y nos coman la pecaminosa pensión los proxenetas a los que paga el gobierno?
¿acaso quieres hacer de la flor una calcomanía en una cerveza sin alcohol y hacer un agujero del éxtasis del semen espectral del aullido?
no sé si eres piedra de hachís o de cementerio
si te ha convencido la muerte y buscas el subterfugio de una obra para un suicidio de la categoría a, con champán caro y razones de pajaros agujereados en pájaros estampados en habitaciones de hotel que pactan dopamina con el arrebato artístico y salga lo que salga pierde mamá sus inversiones
no sé si te comieron las chinches el tango que bailabas como cera derretida y ron indestructible
o si te atas los zapatos en la farola de los muertos
tal vez ya no te hace reír, la fractura de la cadera entre el cieno y el abono para que nos crezcan los vecinos fornidos con los de iberdrola y con un telégrafo en el culo
no me pidas ética
que la ética come en el plato de tu madre con el apetito de la urraca todo lo que perdiste por no querer perder
no me hables del engaño, cuando sólo sus frutos han bajado a nuestra intemperie a negociar barcas con los enterradores y no tener que pedir nada a los verdugos que esperan a llenar el vaso al cruzar la esquina...
si el verso es afrenta entre nos ¿qué será el horizonte?
me conociste cuando era la venganza de la arteria que me prestó el zorro que me enseñó tu nombre
tengo un extraño negocio pendiente con un agujero negro y mientras todo lo que haga está bajo los efectos de alguna sobornable equivocación, ninfomanía del dada o sólo vine aquí a pedir mi vino y la canción

nos hemos vuelto egoistas con el orgasmo y un imamantado jadeo nos empuja a fines oblicuos, el gozo ya no es cosa de la pluralidad y ni tú ni yo queremos ceder la alegría, ni domar al exabrupto
tú que eras el desierto clamando en el recto de un cabaret con la voz vizca de los atardeceres oblicuos pellizcando en los cementerios luces de neón estercoladas por la materia orgánica del olvido
¿cómo ibas a saciar ninguna de mis sed? ¿cómo ibas a devolver la criminología del despecho de las luciérnagas comiéndose los ojos de los gatos? ¿cómo ibas a pagar el vino, si le debías a los vagabundos todos los zapatos de ese camino que empezó transversal?
Yo esperaba el fracaso. O había cedido mi silla al puercoespín.
De vuelta confundí la calle con las heces de una paloma, lloré pañuelos de cloroformo y fui maldiciendo la incestuosa fortuna del ahorcado del espejo que se mete en las farmacias a masturbar la corrupción de tu código postal en la disociación de la jeringuilla y la eternidad. Y yo me quedo siempre con la nada y el bandeón en apostasia de la lágrima caduca. Si alguien pregunta, miento y pido que llueva micromina en el muñeco de nieve que levantó el abismo para bajarse por tus piernas el predicado que tu noche cortó en la sexta esquina. 
¿era un hexaedro? tendríamos que aclararnos, para saber hacia qué lado vaciar el caldero de especias de la extinción de un canto que luego mancillas cuando fumas esas cosas sin contar que nuestra tumba había usado otro alfabeto para no pagar la renta
¿cuántos estábamos allí? hay cosas básicas que no tendrían que ser la contundencia de un prostíbulo, tu alma me empuja a la retórica, tus labios, al pecado de tus labios, en promiscuos pozos, tu voz me tira, hacia la ética de los lobos, ¿qué podría tu cuchillo?
¿quién de los dos es reincidente del delito de malversar los frígidos fondos en la ludopatía de un amor, una garrapata y una luna?
tus bolsillos son bolas chinas ¿cómo ibas tú a ahorrar el verso? ¿a guardar el secreto? ¿a cavar una fosa?
Esa herida que larva el posible de un descaro, un cementerio o una noche de carnaval.
Tantea sin conocimiento de causa el armamento de las gafas rotas en tu charco de sangre.
Volvió la pulga desde que dije tu nombre a la muerte ambulatoria del atardecer a buscarme perros en el olvido.
Y ahora que se pasó la fiebre, obscenan cadáveres de óleo, tijeras-herbicidas de ese círculo vicioso que sólo muta encima del mechero.
El tango se dio a la alegría psicótica y el palazo de tierra al exhalo de la nube. El vacío del cohecho, ya se buscará una silla o una navaja, en el latrocinio de tu sombra.
Si no te sonrie el vino es que hiciste algo fatal.

¿quieres romper conmigo, como si lo nuestro fuera vitamina c, pegamento y hachís? ¿como si acaso hubiéramos hecho previamente un pacto que ahora hay que proscribir? ¿qué haces con los números que se te pone huella de yonky a la hora de lavar los platos? y se queda siempre la zona sucia por delante para pedir vez al tren que pasó y fue un atropello entre tu cama y el hospital... 

si no sé nada de la formación de la relaciones, menos sé, de la literatura de su desvencijamiento, pero me das a entender que hay una fórmula química para quemar las sábanas y las paredes, repartirnos la harina de pescado y el pudor del del piso de enfrente y salir por pies o por recámaras al pleito de nuevas humedades.

No sé en qué escuela aprendiste a cortar las uñas del existencialismo entre las amadas ratas del flautista y la luna llena. Pero no me convence la metodología de tus alicates.  ¿qué? Si no vienes borracho a escupirme un pez entre las piernas o el altar de un cuchillo en el fandango no entenderé nada de la pretensión de tu sangre.

La esperanza, el compromiso, el porvenir, hay que dejarlo a un lado, a patadas y boquetes, de guitarra y tránsfuga cubismo del desarrapo.  Además nunca estuvieron en la cama, con nosotros dentro.

Pero si vamos a romper, la X, en relación a la Y a un arrebato de cobro de revertido contra la hacienda, hay que hacer un mínimo común múltiplo que nos masturbe la luna en la cantina.
Tengo ese grito de resaca sin oxidar contra tu puerta. O kilos de palabras atragantadas en las periferias de tu olvido al encargo de los fantasmas que vendrán por nosotros a rellenar los vasos. Cuando se da un golpe en la mesa y se trituran los pales en la morada del destierro, acude ese otro lado de la ética a sangrar maniquies sobre el dictado de los cadáveres del amor.

Quieres ensuciar con lo políticamente correcto la tripa de pescado como arreglo floral. Te pedí algo carroñero. Un aullido que acariciara la destrucción del techo en las pupilas que se culpan del cubismo de ese ardor que enjambramos en la puerta trasera del sanatorio de las ortigas. 

No sé quién era cuando usé esas palabras en tu contra ni si eran las mismas que mullían los colchones que el beleño sembró en el insomnio.

La casa está vacía, sin contarme a mí, al gato y a los ratones. Cuelgan sus llaves del taxi que nadie pagará. Y estercola amor sin tribulaciones el rumor de parásitos que pagan con copla los favores del festín.

J. dice que cualquiera que viva en una sociedad capitalista es capitalista. Le digo que no con el sudor de Atila resbalando en el temblor de vidrios. Que yo soy un agujero negro para las arcas del estado capitalista y que me procuro el boicot a él, con cada protozoo de mi alma, que moriré siendo un nº rojo insobornable.
Luego me dan ganas de llorar. Porque me pregunta por el atlántico. La carretera deja atrás una espiral que hace burbujas en el pólen..
Tengo mal de amores que me ataca al aparato digestivo y borboteo la cloaca de Paris en cada pájaro que veo.
Qué torcida hacienda que suma en el hollín los esfuerzos del oficio. Qué ebriedad oblicua que se rompe el vaso en el burdel de un pronombre que iba para obra y se quedó heroina cambiando de país en un tren de la amnesia.
Llego al pueblo y la lluvia desarrapa un silencio que corre en el valle que desahucia los balcones del lienzo. Estoy furtiva de ese verbo en el grito de tu periferia. Ansiosa. Con las mudanzas colgadas de pinzas de mercurio y una angustia percusora del camino del medio destruido en la lascivia que tu cuerpo anega en los callejones.

Vi un ratón en la despensa, salir de la bolsa en la que iba a meter las manos y crujir maizales en el recodo de tu alma, abandonada en los desagües. Dice T. que según es ésta casa a los ratones no los saca ni el flautista de Hamelín. Y yo sueño paraguas-parapente de una luz amotinada salpicando con óleos las lágrimas caducas de mi otoño en el fondo de tu vaso.

¿qué tan mal lo hicimos que ni la micromina nos lava esos trapos sucios? ¿qué silbido perro que son viudos los ladridos que te asan las catañas donde nunca compraste la hierba que reclamaba mi desvelo