HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

4 esquinas tiene mi cama (videopoema)

Él sería tan diferente que no se atrevería a hablar el ocaso cuando mi cuchillo cede a tu colchón derrumbando la montaña y sacando estampida esas polillas de mi pelo.
Porque podría matarme.
Y sin embargo las rocas, sellan en tus labios, los mares que agitó el hombre de hojalata conmigo en el río empujando la mendicidad y la casa, a la tráquea que echó fuego desde ese poema al fin del mundo.
Barro para debajo de la cama, la epístola de sangre que no tuvo a bien enviarme aquél sobre el que corté mis venas para conocer el nombre de la mar.
Y tengo un montón de bichos allí debajo. Muchos juegan a doble o nada, con tus nichos eyaculados sobre la virulencia precoz que nos abortaron los cipreses cuando íbas a poner en el epílogo las cicatrices que corren de mi cuenta. 
Callé también por tu vergüenza, pero sobretodo para evitar echarle la culpa al perro, de ese orín que el callejón perfumaba en tu corazón. Y era mía. La pagué con otro que nunca supo de ti ni de mí. Y él a su vez la endeudó sobre alguna luna. Y así se repite el acorde sanguíneo de los lunáticos. Siempre fuimos bestias encarceladas que no sabíamos hacer cola, ni sacar tikets, ni poner firmas, ni pedir trabajo. 
A veces me encarceló tu belleza y me impuso la fragua de la dinamita. A veces fue mi silencio. Mi retroactividad cuando me crecen en la tripa salamandras y bolsas de maría, silbando los mecheros.
Atardece. Se despega de mí el sumidero que pretendía la poesía. Y me sirve esa nube que se parece al mosquito que te picó esa noche desde mi corazón. Ya nadie envía flores. Cuando las mandaba aquél las hicimos un enjuague bucal para disimular el sabor de ese cuerpo en la boca. Echarle licor de vino callejero a la deshora cuando nos equivocamos de cama y de esquela. 
¡qué precariedad del romanticismo! ¡qué poco provecho le saqué a la luna sobre tus rodillas!
Y hoy andamos con palomas disecadas congelando el agua de la bañera al entrar.
Qué de culpa tan insolvente y tan absuelta, saqué de tu alma. Qué pérfidas y putas pueden volverse las palabras entre las piernas que ofrecieron espadas.
Tal vez por eso hoy pago con la nada de mi bolsillo, el vudú de ángeles caídos en tu alcoba a la que entré como al circo y como se va a robar whisky al alimerka.

se vacia la casa videopoema

Se nos va vaciando la casa.
Algunos se murieron.
Otros los matamos en las pinzas del cangrejo cuando perdimos la cobertura. Y nos sintonizó la vieja el aparcamiento del último día en la tierra, al lado de las llamas, debiendo toda la vergüenza ajena al vaso que escupía postizos poemas de la hambruna.
Nos vamos quedando solos.
Algunos en la pleamar irguieron los negrillos y la absenta y cuando ibas a llorar, se pusieron paranoicos y mojaron con cocaina el cubismo de tu llanto, brotaron así fotografías de los azulejos rotos, y llegó la marea, con esos huesos, como el tinte del alba. Sin miedo y sin futuro.
Hoy miro en las habitaciones cerradas esos huecos crucificados en mi corazón. Y alguien amasa el pan con huellas de lluvia. Y nadie necesita ni el perdón ni el afecto. Porque vamos como van los que no llegan a ningún sitio y la mayor parte de lo que tenemos o es robado o de la luna.
Yo no lo sabía del todo cuando cerraron esa tumba y X. lloró retorcido como la hiedra la grieta que nacía del grito como el nuevo colchón.
Ahora yo también bebo el vino que él bebe. Y ya no me hace tanta gracia. También sufro la multiplicación de lo arrancado y vencido en la mar por mástiles de dinamita.
Nos vamos quedando solas. Y hay muchos calcetines que ya no tienen pies. Y muchos pasos que sin camino avanzan la letanía de los gaseantes. 
Y no nos dio por hacer poemas al amor perdido, al tiempo desperdiciado en algo que era ya de la derrota. Tal vez eso hubiera sido lo mejor, para curar las heridas. Pero aquél cinismo de los soterrados ya agotó sus pasiones en el muerto equivocado. Y hoy andamos cambiando gato por liebre, con los tristes y arrugados vecinos. Y nos importa una mierda lo que cuecen sus cocinas y lo que su esperpento alza señalando nuestros rosales y nuestras cicatrices.. Porque tenemos más que ver con su perro que con su madre. Y por no llorar nos dedicamos a hacer música con los cacharros de metal que beben la escayola que la gotera deja para los olvidados y para nosotros y no se la devuelve a la pared ni al suelo.
El otro día vino ella a la casa. Y se llevó las manos a la cabeza. Y la cabeza debajo de los surcos de los ortigales. Y mi corazón allí era un añico. Y tu esperanza un chiste. Y sólo se reían las pompas de jabón y las cucarachas.
Y dijo "esto no puede seguir así". Y le dije "confórmate con que siga, porque no será por mucho tiempo". Y le parecieron horribles mis palabras y me lo parecieron también en sus ojos. 
Y luego puso manga por hombro y mano debajo de la tierra, todo y también mi desencanto. Y esos calderos iban desbordando la histeria de las sardinas al bajar y subir las escaleras como si pudiéramos lavar algo. Yo ya sabía que no. Y me limité a sujetar ese cacho de madera mientras la conga bailaba el poso de vino y ya eran cinco vasos sin el cielo encima y con un abajo tan largo e inconmensurable que las raíces de los naranjos nos crecieron en las venas.
Y la iba decir "no hace falta" o "menos mal que has venido" o "qué haría yo sin ti". Pero me entró una risa de marihuana y me quedé balanceando los cristales como una obsesa cazadora de disparos y polillas.
Ando bebiendo zumo de lima, para evitar el alcohol.  Antes sólo me apetecía cuando cierto blues abría en mis ventanas la insolencia de las brasas que te robaron todo en mi corazón, y a mí me despojaron cuando tu coche empezó a arder en el aparcamiento, y te tragó la tarjeta la sucursal y se mearon de risa los murciélagos encima de nuestras cabezas. Y empezaba la esperanza porque ya no habia nada más.
Luego me empezó a apetecer cuando estaba triste del coral o alegre de luna llena. Y luego también cuando estaba triste de la calle vacía, de la página que se torcía a los huesos de tu escritorio, al otro lado de tu cuerpo, cuando en medio las piedras o la mar. Y cuando estaba alegre de los ratones que acaban de nacer y de las madreselvas que centelleaban y cuando el trigo anidaba cerca de los cuervos y cuando cortaban el trigo, y cuando caía escarcha encima. Y cuando miraba tu foto. Y cuando te mandaba de broma, insectos muertos en un sobre, con esa palabra paranoica, llorando a través de la espina. Y me volvía la oscuridad a vuelta de correo a llorar de verdad las lombrices de las estrellas, cuando sin armadura, ese vaso temblaba la puta angustia de vaciarlo y llenarlo, sin haber arreglado el fin de ninguna palabra.

Y ya no quiero hacer eso.
Por eso exprimo limones y limas. Y el síndrome va acidulándose. Y el silencio de mi habitación cerrada no me acusa.
no tengo absolutamente nada qué hacer
escribir, pintar, desvestir en los chopos el sueño de una voz, que en la alucinación de las brasas, escupió en el suelo de tu servicio, una flor azur, y se anudó a nuestras almas como los libros del estiércol con los que lloramos pleniluniums a las rodillas del ciprés

y ella se murió hace ya tres años
y luego él
y luego seremos nosotros, y esos otros del nos, y el no, y el so, cuando arre la impostura de creer que algo filtrará en el tiempo y durará más que el volcán del amar

y son posos del pasar sin pos, ni hasta dónde
sin recompensa, ni una casa al doblar en la esquina la hiel de la soledad

vagamos
fue nuestra la pistola de la duda
y nuestras las ruinas que habitaron en todos los sitios en los que quisimos un mañana

lo otro es del viento
siempre inalcanzable
y abres la mano porque quieres tragar un corazón con el puño
y el peso de la lluvia y de la distancia, nos la cierra en la faz de un perro
y entregamos la nieve
y ese puto frío de no saber ni de estar de acuerdo con nada ni nadie
la tristeza sólo es tristeza, cuando se la creé así
cuando se la llama y se la oxida junto a las cuchillas que la dieron su placenta y al líquido amniótico de una puta tarde quiso tu legado en los brazos de sangre de mi angustia
si se la toma pigmento y distancia... disfraz de absenta cuando se han ido los trenes y no podías coger ninguno a tiempo, porque abrir una puerta era hacer tratos con la muerte, y andábamos ya muy pálidos y frías de la afirmación que la nada desgració en tu álbum de cromos

sea lo que sea, tú ni puto caso, y al púrpura y al alambique a la antigeometría
se cansará de ser polv, cuando pedaleés en tu bicicleta el amor de un nuevo vino, y el descalzar de otra desmemoria, al circo que intravenosamente, desamó lo que nunca tuvimos

y esos viejos sacan sillas a la acera
un perro también viejo duerme a sus pies
y tú, lejos de ellos, 7 de muertes, conoces sin embargo el precipicio que ataja a la muerte semántica que juntaste en sus labios con los tuyos

y en la casa, acumulo tus decepciones, sin teñir con mi puta subjetividad, la insolvencia de lo ausente
hay polvo en las mesas, en las botas, en los libros, en los huecos
sobre los colchones, el licor del barro, ocupa más sitio que los parias que vienen aquí a engañar a la enfermedad del tiempo
sopla el viento y trae lagunas de lluvia
la máquina de escribir envuelve tu angustia en los trapos que secan los pinceles y esparcen en el suelo amores de verano que no llegaron nunca a buen puerto, y a la medianoche, bajamos las escaleras como murciélagos y despedidas, cuando empezaba a  bostezar tu necesidad de patria y tu cuerpo enroscado a mi cuerpo, me era la asfixia y el muro, porque después de tres noches de amor, tiene que venir el olvido, sino algo peor romperá en el alma la desgracia... y la escritura hambrienta, manchando las ventanas de una habitación que nunca da al futuro, se verá a obligada a desterrar pero será en vano y una y otra vez se tirará suicida a la noche con la urgencia de un fin que no llega, y en su defecto, la tristeza de un poema empaña en la sangre otro abandono
pago un luto
con lo que tenías en la cartera
mucho antes del azur y del plomo
a la salida de ese bar con la calavera puesta
con tu poesía entre las piernas, matando nuestros hijos
porque la noche abrió para que no hubiera sitio para nadie
y yo sólo recorda las erres en tu voz disparando marihuana y estrellas
en mi pozo como arpones, de haber hablado tanto, durante tanto, para nadie, y tenía hambre el cielo, tragó todo lo que juramos
y a la vuelta, en los escondites de tu éxodo de enero, enterré lo amado, por si venía el frío y entraba y ya no tenía en el hueco de mis manos tu hueco, o fue por rabia, esa que amamanta el callejón, cuando hermanos nos hundimos porque las cabezas que flotan en la ciudad ya están cruzadas en la espada que la distancia beberá de los que no sobrevivimos a la tierra
Creo que tomaba alcohol para evitar el sentimiento de vacío y pulsar algo sanguíneo entre esas grietas que la tramontana esparció en tu escritorio. Pero no es producente, porque me llevaba a una nostalgia punzante y algo paranoica. Tengo que encintar con otras atmósferas. Aunque a veces me jode sentir toda esa anchura de la soledad perdiéndose en borradas arenas que sobre tus labios secaron el petricor. Pero no será el alcohol el que me devuelva lo que no trae la luna. Así que ahora camino el bosque con las criaturas de mi ansiedad esparciendo las pinturas y los pozos. No es tan mala la angustia, hincha en el verbo la puerta de atrás, empuja aunque duela mientras estemos tan lejos del mar el ocaso a la punta del bolígrafo.
Me conozco y sé que enseguida todo se vuelve escaso. Tiendo a las adicciones como los barcos destruyen tu voz en la maleza y rompen sus quillas porque un naufragio pueda de una vez abarcar el primer grito. Y no tenga que deverte la boca de incendios cuando tu papel gime la tempestad que aquí ahorcó a esas estatuas.
Ésta hora extraña, de campos pastados en el vacío de tu página, buzones anegados por las costumbres rotas de las cigüeñas en tu desolación y en la mía, mintiendo las orillas que esculpieron la violencia de la mar en las calles de las que nos fuimos histéricas de la vuelta de correo del peyote en la noche que no te dejaba pasar.
Y son las horas de la escritura cuando la niebla cubre de tu rostro lo reconocible por la orilla que aquél hostal quemó en tu cuerpo. Y luego no hubo, ni después, ni nuestra culpa, ninguna dignidad que dignificar porque la cabra tiró al monte y nosotros detrás, sin nostalgia, sin nada qué hacer entre la gente.
Gestionar la angustia para que se despache en el corazón de la madreselva, tus sudarios del whisky, sobretodo esos que sin hacer pie en la atracción del naufragio volvimos heridas cuando éramos intemperie y no había manera de recuperar la primera palabra que ardió cuando entramos.
Y ahora vamos hinchando en el hueco, una manera de llorar sin usar los ojos ni los extintores y sin que parezca algo urgente ni provechoso. Como pigmentos de tierra en los retratos que tragaron los bares cuando tu vaso rebosaba historia que tu vida nunca comprendió y partieron en mis suelos noches de insomnio y de bala, al acallar de las jaurías en el golpe seco de tu llegada en mi frente como el último país.
La tarde va adentrándose donde el sol alejana tu voz hacia los cobertizos quemados por el hielo. Y todo se levanta del amarillo. Las islas ensañan lo que no teníamos para darlas en pornógrafas luces del antisentido volviéndonos a los abrazos de los naranjos.
Vivo dentro de una metáfora separándome de ti. Y nunca estoy lo suficientemente lejos. Ni ninguna certeza vuelve para darnos un nombre. Ni un oficio. Ni un aquí ni todavía. Somos interlunio de cigarras en la huelga contra el tiempo y la jerarquía de la palabra.
Todo lo que hay para hacer es amar hasta rompernos los huesos algo que jamás podremos tener ni tostar de los poemas que cargan las pistolas.
Y en éste defecto insaciable del verso, vamos haciendo el camino de la hojarasca y el whisky, con todas esas toneladas de la ausencia afinando la caligrafía del escombro y el rock.
No soy feliz ni infeliz. No conozco la tristeza ni la alegría. Sólo vivo entre el éxtasis de una metáfora y el hundimientos de los bodegones. Como los suelos de musgo. Como las tormentas eléctricas. Como el desgraciado pronombre que nunca aguantó más de 20centímetros.
He estado grabando en el patio unos insectos, también las madreselvas, y no pensando en absolutamente nada, como aquellas noches que tu cuerpo todavía olía a mar y era la única frontera con la luna y con la muerte y no había aduanas ni nunca se llegaba a ningún sitio. Y el gozo era también el olvido y todas las playas.
Hoy estoy lejos de la humanidad. Me he abierto moderadamente una cerveza. No quiero hacer como antes y acumular botellas vacías y nostalgias insaciables masticadas de lava. Pero tampoco quiero pasarme al bando de los abstemios y creer que voy a evitar el precipicio con arreglos florales.
Se oyen aullar a las águilas. Amo su sonido. Me recuerdo a montañas paleolíticas en las que nunca estuve. No las he podido todavía grabar. Hoy tal vez vayamos a las hoces a comer río. Quiero zambullirme como si no existiera el futuro que me quiso mamá y no tuviera que andarle de luto entre cantinas y lagos de barro.
A él lo amo. No sé si por la dilatación de la luna en el moho de mis cuadernos cuando los caballos invaden el agujero de mi cama. O porque vale la vida y descorcha el vino como si todo fuera a acabarse ahora mismo. Pero todo esto lo miro, desde mi telón de peces y piedras de cuarzo. No lo miro con la hechura. La hechura se llenó de arena, se cayó por el agujero negro de un reloj y todo se llenó de gatos espeluznados por el infinito.
Hoy quiero pintar un poco esas paredes. Borrar el nombre de K. dejarlo sólo en el océano. Escribir sobre los poemas que esperaban de esa grieta la lluvia. Dejarle a las astas de los ciervos la humedad exiliada y su canto. Y que ya no sea el pronombre de K. ni su ejército de muertos revistiendo el barro de mis patios con hierbas incendiarias. Fuimos las últimas en salir, cuando la puerta ya no era una puerta, sino hierba ensilado subiendo los grados del alcohol de un atajo-dadá y sumergido. No quedaba ni el enterrador y sus armónicos. Y el bar tenía bajadas las persianas sobre una epístola que boca abajo sangraba tus secas heridas en papeles que sólo podía leer el fuego. No quedaba ni un trago, ni un rostro de hollin para remover el vaho de las ventanas. Las bombillas eran agujero de gusano cantando la de volver a los topos. E insistí, obstinada tu amor hasta la desnutrición de todas las farolas en los charcos. No fue por eso. Fueron los cielos cuando en su guerra quisieron atrapar en sus manos el nombre de una flor. Y sólo huesos de cordero se quedaron sentados al piano.
A nadie le importa ya que yo siga esperando o que me haga prófuga y también prostituta de tus libros. Las arañas y los ratones aman de igual modo el sí que el no, el hacha que el agua desasfixiando los crisantemos. Y el resonar de la tipa de mi espejo no pregunta por los detalles. No importa que me ponga a quemar lo poco que queda, o que lo cargue en los hombros de la literatura como si fuera un bien. No importa que te hable con dulzura cuando la tormenta no deja dormir o que traicione una vez más el quién que salvó aquella noche el muñeco del incendio para que las guitarras nos sacaran de allí. Como te dije no quedó nadie. Y el sentimiento no tiene capacidad de elegir ni de labrar ni de rescatar nada. Es más bien un inconveniente en la noche cavernícula de los que siguen.
Vivo adherida a lo que huye.
Con el cielo encapotado en tu talente del impostor, desmembrando el whisky en la retórica de los sedientos que bajo los puentes colgantes fuman esos siglos al suburbio de una hoguera que nunca quiso el provecho de la sociedad ni su futuro. Y no supo desde que tuvimos ojos, aceptarnos en sus escenas sino como el fuera de campo que jode el argumento cuando los locos tienen ganas de amar y de pelear el solsticio de los desheredados.

Y a pies de plomo en el teclado de los que se fueron con el olvido. También te devuelvo con los huecos, las zonas que el opio volvió un cruce de caminos entre nuestras muertes.

Y avanzo sombriamente el destierro que insiste en llevarte noticias de arena y de flor. Como si pudiera despegar de mi cuerpo la atracción de tus brasas y deshacer la historia que atamos al naufragio. No sé si sacrifiqué mi casa o la tuya. Las ruinas ya no preguntan cuántos hemos quedado ni quién coño pagó por última vez la luz.
La vida sigue con estrépito y también con la mística de los desaparecidos. Moja la salvia divinorium cuando no haces pie y rompen en tus epístolas mis cicatrices lo que dista de tu mano y de mi pozo, encharcado por el perfume de lo que no vuelve, y sabe también a aquellas mañanas entre alpacas y vino, desmenuzando contra el futuro del que ellos hablaron, jaurías de tiza y de brasas que sólo el viento impuso en nuestro idioma.
Verticalicé en tu lecho, mis lágrimas, deshumanizadas del grito de tu tango y de la tierra. Como placentas de ciervos avalanchando en la noche lo que no teníamos y al vértigo de los colibríes era puñal y dictadura de estrellas.
Y del fondo de ti creció la tundra y bebió en mi alma, cientos de lugares a los que no volvería y de mujeres que no fingiría ser para salvarte en el verso, ni para lavarme de tus crematorios cuando en la mar sopla el viento de la nieve y las quillas se llenan del grito de los borrachos que remaron todo hacia la luna y gracias a ellos hoy tiene guitarras el fango.
Mi angustia de ortigal y cuarcita. Del envés de tu coñac y tu manada de elefantes ronroneando la tormenta en la casa que se cae y abre en canal en mi corazón las ruinas del Sena, con tu suicidio como la página que sigue a la obtusa búsqueda de la luna en tus brazos.
Y siguieron escribiendo con anemia los espigadores a la medianoche de tu exilio. Rompiendo en mi suelo la pena de las camelias con hachas que mancillaron en tu espejo aquella borrachera que tan bonita había sido corriendo delante de la policía el fervor del viento y de los duendes. Encima de los tejados saltando las combas del olvido. Apretando contra el pecho, lo desaparecido para ser por una vez madre de las pérdidas.
Se marcha enamoradamente el verano. Se tosta hacia el mar el desfiladero de tu ausencia y no pregunto nada a lo que podría negociar en los bares con tus escombros, ni con esas canciones que bastardas quedaron a empujar la despedida que no se bastó con nuestras palabras, ni los hechos fueron fieles al aullido de su cólera, cuando los poblados, como peces que van a morir a la orilla, gotearon en tus garras las noches que no podrían sujetarme en la tierra.
Hoy la soledad se ocupa de lo que no quiso la escritura acabar en tu piel ni en nuestras vidas, y lo hace vagabunda, marchada. Mientras los chopos devuelven un luz que rasga en las ventanas otros motivos para irse.
Ya no tengo nada qué hacer en la tierra, junto a las cosas que se hacen.
Me quedo como los perros encharcando en las montañas quizás de pólvora y cromática verde. Como ellos me desposó con lo que la luna se lleva para ella. Los sentimientos son ríos de ceniza devolviendo los negrillos a la vertical de tu lecho, desencaminado en mi corazón como un veneno que el blues agitó cuando ya no queríamos nada. Y sí seguimos fue para conocer en las mandrágoras lo que el lenguaje robó.
He dado de comer a Tramontana, Molotov no está. También he estado con Hierro. Y ese viento que remueven los mástiles del secano que yacen en la mata, como poemas que murieron en tu boca y escarcharon en mi casa las ventanas que torcían hacia tus ojos, las ruinas. Pero nunca volvimos.
La mañana carga sobre papeles el soplo del carbón... la madreselva tirita tus soledades donde mi vida no acude. Y otra vez el camino empieza en el bregar de los chopos, en el silente de la tierra. Sin tener ninguna funcionalidad entre los humanos. Sin haber tenido un cuerpo en el que reposar la horfandad de febrero cuando nos atormentan las nubes la soledad del plomo. Ni un alma en la que cicatrizar los poemas que no se pudieron escribir en los pozos.
Pero esto es así desde siempre. Nunca me marché de mi región de perros y duendes que conquisté en la infancia sobre la raja del cielo. Nunca tuve otro destino. Ni creí que pudiera salvarme. Tal vez con K. durante un tiempo, pero luego se extremizó la mar en la bravura de los que se van solos. Los animales son mi humanidad. Y chapotean en los bosques las tijeras que el viento corta contra el futuro. La página sigue, ella es independiente y también desdichada de lo inexorable.
Me desperté violentamente. Y se me arrancó el sueño. Miré por la ventana para ver si era de día. Mi ventana da al este. Bajé, hice café. Se oían maullidos en el patio. Lo que acaba de empezar empañado en los chopos mascaba muy despacio en mi piel el fuego de la distancia. Siempre escribo la distancia, en los primeros textos del día. Tal vez es porque abro los ojos en sus fueros, cuando todavía las palabras no son, ni pueden cubrir lo que se marcha.
Ahora el paisaje está hermoso... las montañas parpadean muy dentro de los pájaros que empiezan a bailar.  Mugen las reses. Por la madrugada también lo hacía, hechizando la noche y yo imaginaba que corrían y se peleaban en la oscuridad, protegidas por la maleza y por la luna. Es muy agradaba escucharlas, recordar que hay vida resistiendo fuera de las civilizaciones, avalanchando sus espíritus donde las palabras no son una jaula.
Ya no me muevo en la línea de la memoria ni en la del olvido. Son mordiscos de expresionadas postales desteñidas en los huesos del mar, encayándote el fuego de los olivos y las cunetas de enero amándote lo que ya no volverías a decir.
Y así hoy, mil distancias saborean en el firmamento esos suelos de paja junto a los corderos durmiendo las tardes de verano en las que no necesitábamos para nada existir, lo hacíamos como entrellas y como sombras. Y alcanzaba la lejanía a amarrar a todos los muertos en el nombre del mar y devolverlos a ese hueco en el que crecíamos.
El fetichismo de la ausencia tenía demasiados mártires en la podredumbre que tus piedras enviaban a mis grietas, y a vuelta de correo, la nada enjaulaba tu piano en mi corazón, como una escavadora, como el final de mi camino. Sin embargo nunca me crucé con tu amor. Eso sólo eran residuos que te daba el poema para moldear en el mármol otro destino, y sabías que no era tuyo, insististe por música y por tristeza, sin recordar que yo iba en serio.
Luego volvió Marzo. Porque siempre vuelve cuando se acaba en la orilla el daño de la distancia y hierve grumos que recogen las montañas cuando se dan la vuelta de tu lecho congelado. Y así me fui yo también.
La noche vuelve a borrar de la despoblación del silente oscuro que retorna en la brecha semántica que nos deshaució la atracción de tu morada y ni el fuego parte las astillas por descansar en tu regazo el precipicio que viene de frente y que da dos pasos cuando tú das uno, y conoce mucho más de la ausencia que tú y que yo.
Desde mi ventana se ven dos farolas iluminando pálidamente un camino de tierra que cruza el río y sube hacia el monte. Antes desde mi ventana veía tus ojos dando cuerda al reloj que acercaba al blues cuando el suelo desaparecía. Los escombros ya no tienen alma. Son sudarios de tierra seca golpeando los bodegones. Borrando esas cartas de mi mesita, inculpándome la vida de otra y llorándola en mis cicatrices. Yo soy del todo ajena. La soledad se hincha cada vez que busco un motivo. La gente es de cristal y de esparto. La gente no sabe nada de mí, yo no sé nada de ellos, sino me lo dice la autopsia de la rana en mi vaso de vino y arena. 
Cada vez camino más centrífugamente y mi corazón está lleno de literatura y de cuentos que escuchaba en mi niñez y hacían que pedaleaba más rápido y que cuando me rompía un hueso al rodar el monte, se cerrara mucho más rápido, como si las camelias tuvieran tus besos cuando desaparecía del todo el sentido y el futuro.
Por eso me separé también de ella. Porque hablaba a mis disfraces, porque yo moría por ser vísceras y jugar en la luna, con las criaturas clandestinas liberadas en nuestro fusil de mazapán. Pero ella también me leyó números, y moldes y cajas que amasajar hacia su idea de la verdad. Y yo no tengo verdad. Y me mata neuróticamente que alguien me crea algo. Y por eso me harté. No sé si elegí a cambio el polvo y el vacío. Pero era mejor. Porque el desierto latía alpacas de fuego que ninguna guadaña podría vender, ni ningún suelo mercar cuando andamos en la cuarentena del exilio.
Y me puse muy triste, en mi palacio de ruinas. Y cerré todas las ventanas con motines de papeles demacrados y amarillos que ni dios lee, ni dios salva. Y elegí quedarme como huelga indefinida de pompas de hachís, de tangos de cuchillo. Y fui perdiendo el norte, y las monedas para cambiar con el cartero la latitud del mar cuando alguien piensa en morir y se sienta sobre mis piernas y me mata libros en los ojos.
Hay un erizo grande en el patio. Le dejamos leche en un cuenco. Por alguna razón creemos que los erizos beben leche. Como creemos que los muertos hablan a veces con los ácaros que flotan en los rayos de sol y reviven las putas fotografías que descarrilaron trenes en nuestra nostalgia. Y es un acontecimiento ver al erizo, corretear detrás de él hasta que se esconde. Y acechar para ver si nos deja un minuto más olvidarnos del olvido. Cuando vemos al erizo del patio, no nos duele nada, no tenemos miedo, toda la alegría y toda la desesperanza se queda mirando al erizo y se marcha todo lo demás. 
También desmigajo pan y lo mojo con leche y lo dejo en la cochera para que coman los ratones. Aunque ya no tiene gracia desde que la abuela murió. Porque para la abuela era un sacrilegio darles de comer. Ella que se ponía de punta cuando veía a uno de ellos y sacaba los pies del suelo como si fuera a morderla el fango... aunque cosas mucho peores vio de ese suelo cuando nació en un país homicida, en el que los buenos, resultaron ser los fascistas y asesinos, a los ojos de ese dios que tanto palco y medallas y batallas ganadas tenía.
Yo amaba a la abuela cuando me insultaba y me tiraba con los rodillos porque daba de comer a los ratones.
Ahora hay demasiadas soledades en las ramas de los rosales. Y hay muy pocos erizos y muy pocos ratones para poder dormir dentro de la mar.
Mañana quiero seguir con las pinturas. Concentrarme en la introspección de tu agujero de gusano atajando en mis epístolas el abrasivo adiós que los cubiertos desmantelaron en el corazón de esparto de esa criatura que parimos cuando de tu cabeza colgaba la soga de mi suicidio. Y cortó la cuerda el cierzo porque siempre le fuimos extraños y pobres. Porque las palabras que seguían a las palabras no tenían nada ver con nosotros, ni tú las podrías herir en tu morada de muertos y claveles pisoteados por esa herida de la tierra que ofreció la atmósfera a las noches sin dormir en el interior de los metales.

Me quedé congelada en tu regazo.
Y olías a calima y los olivos del sur.
Y sin embargo en mi casa todos esos extranjeros ahorcaron tus costumbres en mi corazón.
Y no podia pegarme a ti, como a un río, ni como a una epifanía. Y no podía separte del poema no escrito ni de la pasión que mi muerte desvelaba en todo lo que oculté. Y lo hice porque había hablado demasiado tiempo con la literatura. No porque temiera ni quisiera algo de ti.
No pudims repartir el silencia cuando empezó a arder en la acera el golpe seco que nos unió en Marzo, al agitar de esa desventura, que desnudas y a caballo caimos a la pleamar de los antisupervivientes que vociferaron tu poesía a los pozos.
Las nociones han cambiado. No hay una linea en los hechos. No hay recompensa ni castigo. No hay una caseta entre los abedules donde resalcir tu amor ni tu sepultura. No hay detrás del paso el paso que llegue a un horizonte que termine de una vez de hablar. Ni un cuerpo que sacie el exabrupto del gozo cuando somos alimañas en puerto ajeno quemando naves contra todo lo que nos pudo conocer. Y de alquiler permutado entre ladrones. Las monedas eras martillos. El sí era un agujero en tu bañera.
No tengo ni puta idea de los sentimientos. Ni de permanecerlos ni dar de comer con ellos al ciprés ni a las liebres. Ni ahogarlos en las goteras, ni protegerlo en tu coñac. Sólo él es todavía la bala que en mi pistola estrangula el camino de vuelta, y sólo por eso es morada que las noches de luna llena hincha en mi corazón las ganas de más. Y por un instante, ahí entre cadáveres, la felicidad brota como una jauría antes de volver al callejón y escribir la tristeza de no poder recordar el canto de los que pudieron amar.

Me he vuelto una persona extraña.
A él lo quiero, de un modo lo suficientemente irracional para que se haga oligarquía del océano y de la muerte. Y sin embargo soy demasiado triste para salvar sus ojos de los valles devastados y para ofrecerle un camino que no haya atraido la inexistencia en mi corazón.
Hoy lo supe. Y me hizo callarme. Correr otra vez el telón. Abrir mis cajas de caracolas y las botellas de arena. Aviantar un ladrido. Y dejar que lo no me ofrece nada, sea todo lo mío. Y no apurar un blues que yo no podré quedarte ni en tu cuerpo ni el vacío retardado de mi buzón.

Y luego está todo eso que me pasa. Y que cuando me cae encima lo doy por muerto. Y lo doy por muerto cuando cruza las vías del tren y se acerca. Y sé que hacer eso también mata mi vida. Y sin embargo el papel de calco escupe las costillas de esa luna que perforó todos mis sueños. Y yo soy como la tundra cavando tumbas en eso que tanto "quiero" "yo quiero" y ni el fango respira su todavía, porque estabamos muchos subiendo la escalera y yo iba hacia atrás con una esquizo-fe en los detalles que no volví a llevar a tus islas.
Me he retirado del mundo. Ésta casa tiene muchos fantasmas que levitan en los grumos de la pintura corroida por el verano que favoreció tu irreversible marcha en armas contra éstas costas, contra el lenguaje que robado a los pozos, cayó en tu vino como un armisticio que tragarían los cuervos.
Sólo me interesa escribir y acolchar con caracolas los cráneos profanados de lo ajeno en las cadenas que sus oscuros mundos soldaron contra el mío. Pero yo nunca entré. No quise nada de ahí.
Hoy me adentro en mi vacío. Tal vez no soy feliz. Pero ésta decadencia es mía. Su anchura infinita aún conserva el alcohol de tu belleza intacto a pesar de la sangre. No pediré nada ahí, lo tomaré cuando esté jodida o me vengan por las putas las alcobas del sol. Lo tomaré suciamente y yo también seré sucia por haberlo sabido. 
Sólo escribiré.... mientras la muerte baja el ascensor, asa en tu cocina las castañas, abre el orujo y las letras que también tienen tu nombre y crujen el mío desoladas.
Me quedaré con los olvidados, a descifrar la canción de las persianas cuando la tormenta no nos deja dormir.
No podré librarme del absoluto esperpento cuando la nada tenga más corazón que yo. No podré devolverte a la mar como alguna vez soñó mi amor y mi fuego. Y de mis cicatrices tampoco cerrará el 24 de agosto ni nada irá a dignificar sus fangos ni a lavar nada. Eso siempre les ocurre a los otros. Aparece  un fulminante horizonte que les otorga un porqué. Acá hemos crecido a través de las grietas y ellas rizoman en el verbo barcos de humo, marionetas de absenta quemando el teatro y multiplicando el delirio invertebrado de los que vinimos con la muerte por delante a cortarle la tráquea a la literatura, masticar y tragar, llevarlo a la viento y desaparecer.
Las habitaciones vacías desdoblando el calor que dio la leña en el invierno del 2013 en esos rostros de hojalata que me traga la tierra en el papel vacío. Y tu distancia son todas las distancias levitando el silente como cuchillas de afeitar oxidando en tus manos los juncos que en aquella orilla doblamos como un amor. Hoy la anemia empuja entre las palabras el siguiente hueco al que acudo a descenderte contra mi tacto mientras la arena me lleva a la entropía.
Cada vez me siento más lejos de una posibilidad para mí en la tierra. Pienso como esos viejos pastores, solos, en cobertizos, cuando la nieve refleja en la noche un siglo que cayó en el fuego de los lobos, y al alzar la voz, el eco de la soledad rompía todos los quizás, en un matorral que gemía en los ciervos viejos puentes volados por dinamita. Y no había nadie.
Así sólo tengo la flaqueza de un verso.. agitando sus sombras, en cristalinas llamaradas de lo que fue invasivamente adulterado en tu amor cuando te dije de un mañana que ya no tenía.
Hoy me alimento de fantasías. Y nos expropio hacia todo lo que callan éstas montañas. Siento que nada es real sino la cromática del amarillo trayendo esos cuerpos tiernos y desfilados que los mares del abismo pegaron a tus mejillas en forma de mis rotas porcelanas sacudiendo el viento que no nos dejaba seguir.
Aquí no pasa el tiempo.
Tu callejuela sigue amarilla en la frente de esa estatua tuerta que punzó en los huesos el exilio de los elefantes. Y desde entonces tú y yo, somos parturientos de un vientre que soterrado amparó la vid, para deshacerse del tiempo y de todas sus putas leyes. Embudos de sacrasantos cagados de la tierra al puñal que en tú luz él nunca lo hizo. Y fue porque estabas fría. Porque no entraba mi aborto entre tus brazos para recogerte cadera del sol en las brasas. Y haber amado.
Todo pasa todavía muy despacio. En la rasgadura del viento. En la atracción de ese destierro sobre la isla que destruye en tu alfabeto la percusión de los idos. Con hollinadas vueltas al punzar de lo que nos separó y trepó en las cortezas del ciprés el perfume que el fondo de tus vasos penetraba en mi cuerpo como una pandemia de impares deshorarios que la literatura nunca pudo atar a un sentido que sacará de aquí el olor de muerto.
Todavía un silencio. Esa atmósfera de lo que huyó. Goteó en tu boca y se voló, rompiendo en mi pared esos lienzos, esa singladura que una vez hace mucho a tu lado, cuando jadeábamos las ventanas entre dos cuerpos que devolvíanb a los pájaros y la hierba traía noticias de la mar y tu mechero siempre quemaba lo que era necesario empujar hacia la luna. Pero ya nada de eso está. 
Alguna vez soñamos tener una guarida para nosotros dos nada más. Cuando andábamos de habitaciones de alquiler, y de colchones de maiz y arena mojada. Cuando migrantes, sólo lo lejos, era suficiente para no doler un puto carnet de identidad que nos recordaba las esquelas y las flores de plástico. Y ahora es demasiado tarde. Llené cien páginas explicándote algo que no me atreví a enviar. Porque la noche ya no quería.
Ahora duermo con los topos tu entierro cada vez. Y los guijarros cuando llueve sonríen, aunque esté muy lejos tu pintura de la grieta de mi pared.
Los pinares ronronean callejuelas que soltaron la jauría de tu otoño demacrado. Y sólo el verde puede comprender. Yo soy un préstamo que he olvidado. Saltando en los charcos nuevas decepciones.
Acá vuelvo a ensilar en la cicatriz semántica la obsesión de los álamos. La curvatura de tus manchas de hollín donde el lenguaje escarba esa bastarda herida que amamantó a tus hijos desde la crisálida que la miseria hinchó en mis noches, con los recuerdos elaborados y malditos de tu voz en mi máquina de escribir, dilatando más el espacio vacío en el que nunca hubo hueco para aquél febrero del 2011. Ni a la vuelta dejarlo todo como estaba. Ni devolverte esas fotografías evitando el agravio de la noche. Y`putas! No sé por qué ahora lo recuerdo. Y las palabras tan tristes y rotas, tartamudean sus cadáveres, si a la salida del cine,  evitamos mirarnos a los ojos, evitamos la verdad porque nuestro cuerpo no podía sujetarla en el mundo ni en la muerte.
Llego al pueblo. El viento frío, los chopos, las madreselvas. El silencio y su resonancia agrietando en las voces los murmuros del monte escalando sobre los suelos gastados por el rocío tus huellas imposibles.
Sentí algo en el viaje, relacionado con esa inmaterialidad chorreante de la posesión de algo que pulverizó el cuchillo. Y creí ver extenderse un desierto en la curvatura de la patada que preñaba en el valle la obsesión del vino y de la distancia. Con todos esos papeles que te desangró mi ventana en la partitura que tantos años negó la solvencia de tu lágrima cayendo por las palabras que caían hoces y líquido amniótico de la luna, en el purgatorio de tu cristal bordeando mi cuerpo, como espejo, como pasillo en la inscripción de la crueldad que sobre el fuego desgajó todos tus caminos, y señaló en mi vida una salida equivocada que se ocupó del mar, cuando debajo de la tierra congelábamos el alfabeto que nunca dijo, te esperaré.
Ahora el magreo del amarillo en el punzar de la tierra sobre tus secadas fotografías de calles jodidamente vacías cuando se cruzan en tus pasos... los pecios sangrientos de esas cartas que el tiempo no salvó.
Me encuentro otra vez desolada. Mientras la arena muge en las nubes el cubismo-arpón de tu casa rota en los zapatos de la bailarina de cera. Dando portazos en mi habitación a todas esas fechas que se tragaron tus cicatrices. Y vinieron a mis brazos a cortar la aurora que allanaba en las ruinas de tu casa mis restos del barro y del amor que pinchado en un condón eligió abortar su legado en el pólen que guardabas en la guantera sangrando el futuro que perdimos. Dando vueltas en la luna, al alternativa de un suicido que empezó donde la tundra rompió en tus sentimientos la primera palabra.
Hoy me iré al pueblo. No sé cuándo. Ahora vengo de la calle, de esparcir los rostros que no dicen nada y penetran la niebla en adoquines que doblan el fuego de aquellas orillas donde tu voz no cubre la moratoria de las palabras que persiguieron destino que no volverían.
Me he desviado de la escritura al haber salido. Aunque estos días en la montaña volverá el confinamiento y el ansia. Con esa puerta grapada entre tus párpados y los matorrales que agitan horizontes que no se quedaron en tu vino a cortar mi vida como rizomas que la ceniza alzó cuando demacradas caminamos la infidelidad de lo tenido y el vaho todo lo quema.
Hoy también soñé con el Jack. Hacía años que no aparecía en mis sueños. Y se removía como el alma del mar y cuidaba mi muerte. Con su zafarrancho perruno devolviéndome a los brazos de los tilos.
Luego bebo el secano de las astas de los ciervos en las heridas de la tierra.
Cruzo esas calles que te separon 50km de mi soledad y a mi soledad de tu vaso de vino, una vuelta de campana donde las palabras son insuficientes.
Ayer me llamó X. Estaba en el hospital por un intento de suicidio. De ansias de morder el sol  y nunca conservar la luz ni el camino desgajado bajo las patas de los caballos del fin. Ni siquiera me conmoví. Ni siquiera me dio espanto mi propio frío. Al suicida se le culpa por haberse matado y por haberlo intentado y no conseguirlo, sobretodo si ya suman una decena de veces.
Yo tenía un ovillo de tiniebla. Él nunca tuvo el lenguaje que descifrara mis mentiras. La mirada que penetrara en mis ojos y me dijera lo que yo trato de ocultar. Por eso. Y porque espero la nieve y todavía es agosto. Porque tengo toneladas de golondrinas pudriendo en mis balcones el sadismo del barro.
Vuelvo a tu cárcel... a remover los huesos del lirio y a tragarlos en esa tráquea que alquilamos de los ferrocarriles que iban a morir entre la nieve. Tenían tus ojos y tu voz. El órden de tus maletas y de mi rabia. La anemia de lo que nunca pudimos sujetar en el peso de nuestro vacío. Y mi sucia margarita haciendo metal con el derrame de tu amor en la nada y en las pesquisas de esas tumbas anegándome el alma con vidas que no podrían cubrir los poemas.
Me preocupa tanto eso... que he penetrado un iceberg de la sinergia de una caracola y una orilla que se deshuesa. He puesto en mis tímpanos plomo derretido y la curvatura de un ave agujereando la oblicuidad de un cielo. La abrasiva desnudez de un golpe seco entre el balar de los corderos y el campo de trigo. Mi propia muerte nadando en la mar el fundimiento de todos los mundos. Y allá dentro el arpón de una amapola, bebiendo el tiempo con un alambique de éter y de jamás. Ni siquiera el poema dice la verdad. Porque aquello es tan intenso e infinito que me destruiría. Hay crípticas metáforas disfrazando su cuchillo. Porque sólo de saber su existencia me convertiría en una enana blanca.
Desde entonces habito la combustión de un extraño paisaje que me zarandea por las noches, y me arruga rosa de jericó en un desierto de llamas.
Quiero despertar para escribir esa PI. Huele rico al frescor, aunque no haya chopos ni montañas, aunque la mar no llegue hasta aquí.  He estado rozando la decadencia y también mi escritura. En un sótano con luz de ácaros y tablas de madera que crujen el olvido. Y tengo que luchar porque otras metáforas lleguen al incendio del viento y por salir de aquí. Tengo que amar algo abrasivamente para que la luna se atraiga desde mi corazón a lo que revuelca los motivos y no a éste fango. Cuando yo estoy triste mi escritura es precaria y angustiosa. No bebo del cáliz de la combustión, sino de la tierra vomitada sobre los pies de una casa en ruinas. Y esto me jode. Porque retroalimenta el hundimiento.
He estado en lo ausente, levantando persianas de hollín a la embestidura de auroras de polvo. Porque yo he querido. Porque no me acuchillado del humus de la rosa. Porque no me ha bastado la oceanada revirtiendo en el vacío de mis manos el deshuesado verso del ir.
Empiezo a desvelarme. Por la noche escarbo mis heridas... las abro junto a las ventanas por las que entra ese viento intoxicado de estaciones cubiertas por exceso de horas cruzando el pasillo y arrastrando sombras con dos ruedas, rompiendo en tus nervios la salida del cine, con esa mancha de culpa en tu pantalón dándole la espalda al único sí que quedaba en el cielo. Yo tampoco lo tenía. Yo tampco quería que nos saliera bien. No tendría entonces esperanza que devolverte con el pronóstico reversible de esa jeringa en tu álbum de fotos, en mi neurótico sepelio de los veranos que se fueron a la mierda cuando una canción de amor rompía en las fachadas todos tus huesos y ensañaba mis pozos con muecas de cartón y mircromina, cuando los fumadores de hachís, eran la lluvia y todo lo encharcaban usando tu desmemoria en la navaja que daba vueltas sobre mis labios succionando lo que pude volver a decir al espejo sin que ardiera mi vida, mientras tú te hacías arena y tragabas como la mar el 13 de marzo, al borde de Madrid.
Ya no juego.
Todas mis cartas van en blanco.
A vuelta de correo te rebobinan mi sangre y la pegan en una hoja comida por una oruga que nunca supo de Marzo.
Ya no lloran tu nombre cuando se llena de hambre el asfalto y los naranjos abortan cuchillos que mis palabras ahogan en la lluvia.
Ya no creen que puedan amar ni correr en tus poemas los jadeos de mi noche de pólvora.
Y si llaman del hospital me meto entre la chaqueta del espantapájaros, me pego a la urraca, lamento con otra vida el cuerpo que ya no tengo para que me maten.
Es la medianoche. Los papeles se abandonan de la voz que los manchó en tu ausencia. Tiemblan y cuelgan de mi mesa, abandonados, libres en su abandono, sabiendo que su nostalgia se extenderá cientos de kilómetros sin que ningún cartero mueva de sitio sus heridas.
Lo amé con la última verdad que me quedaba. No fue a ningún sitio aquél amor, ni siquiera a la muerte. Se siguen muriendo los veranos. Y espero llena de esperanza la nieve en los montes. Aunque tengan todavía que embarrarse mil páginas antes, de otras distancias que fueron las mismas en tu boca, soga de la mía.
Soy tan extraña de todo lo que sabe hablar, que mi voz hunde en la tumba de mi abuela las conchas del mar que recogí dentro de tus ojos, para dormir una noche, sin deber tus balas.

la marcha atrás videopoema

muy dentro videopoema

mástiles derramados (videopoema)

Ninguna vida conoce aquellas palabras que olvidó mi infierno. Nadie me las devolverá. Tendré que robarlas a la muerte que trepa en tus balcones el son de las gaviotas del éter y el alcohol. Y abre en tus párpados lo que cerró con gasolina mi corazón sobre las ruinas de tu casa, usando tu cuerpo como la marcha atrás que saldría tan mal y volvería a joder la dulzura de la noche, en sendas que se trepan como bestias de ceniza empujando el fin. 
Mi flor de loto hoy es una guillotina que en mis senos espera tu cabeza. Sé que sólo tu sangre podría apaciguar mi camino de nadie, debajo de las raíces de los olivos, desapareciendo el latir de la mar.
Y mi sufrimiento ya no es de éste mundo, ni ninguna tierra podría verbalizar como un puente ni como un hacha. Es todo tundra y polvo. Las bicicletas bajan suicidas el monte para sacar de tus gusanos, la estación, menguar esa luna que eligió tu muerte para no elegir la mía. No fue fácil. No fue bello.
Y hoy en la zanja de la sombra de los naranjos hundo tus huesos cuando el viento se levanta. No valdrá de nada llorar. De aquí no se puede salir. Bebe del ocaso el vino que te haga abrir los ojos hasta que esas estacas remuevan en el viento un lugar para sacar el incendio de tu corazón y propagarlo hasta que las ciudades desaparezcan.
De frente está la tramontana. Y muy dentro. Y donde el tiempo nunca volverá para echar tu nombre al océano ni a la muerte.
Los pasos ya no rozan el camino.
La guitarra bebe el vino de tu vaso, me roba de tu mármol, de tu arpón y de tu esperanza. Me prende aguja al cielo que huye e inyecta el carbón 14. Despiertas y es ya muy tarde. No se borran esas heridas. No se lava el agujero que esos cuerpos afilaron en tu espada y hoy vierte en tu vientre, como la blancura que alzó tu sangre donde la voz no llegaba. No te quitarás de nada de lo que te hizo tomar esas piedras, darle una patada a la puerta y entrar. Borrar llena de locura el nombre de ese papel que en tus manos temblaba como un hijo muerto.
Sólo tengo fuerzas cuando sale ese tren, atraviesa el túnel de tu olvido. Descarrila sanguíneamente donde tus cuerdas vocales son mástiles que sacrifican al tiempo en mis cuervos.
Luego estoy muy cansada. Lloro la arena que derramó el reloj. Se me encharca en tus lágrimas por almanaques cautivos y se corta las venas el cielo sobre tu naufragio.
Mastico murciélagos desde la pintura que dejaste en mi mesa y fado sus secretos a la puerta giratoria que estercola tus poemas en la búsqueda que me tiene la muerte a la orilla del mar.
Y así vuelvo a la cumbre de la desesperanza a embriagar tus epístolas quemadas al primer vino que recoja.
Del enredar de la perdición, en tus mástiles despellejados cuando el viento trae el olor de las cocinas de las casas abandonadas y la madera escribe con la carcoma el destino que nos ofrecimos.
Cuando da igual subir que bajar. Porque el nombre de la noche nunca nos deja sobre las latitudes la esperanza ni en la tierra un colchón.
Cuando nos morimos de pena y de asco, al principio de la tarde, y las palomas tostan en los edificios arpones que los cuadernos llenan de la humedad de tu vino cuando pones ahí la mano y penetras como si algo tuviera sentido. Pero no lo tiene. Porque los maizales abren en el vuelo de los cuervos lo que el alma nunca salvó de los bares de los que nos fuimos acorralados y con tierra en la boca.
Y pasan hoy todas las tardes del mundo, con sus páginas de cristal, enverdeciendo en el mango de tu cuchillo, mi vieja datura. Y rompen en tu espejo de manos, la mentira que dejé en tu esperanza, para amarte todavía mañana.
No salgo nunca de ningún sitio. Se apilan en las cabezas de las estatuas, los sueños gozados en el suburbio. Y se ensanchan a través del vino que nos llevamos del callejón, como abortos semánticos que nutren en tu casa, el romper de las porcelanas.
No llego al reposo, ni a ninguna certeza.
Voy del desierto, a los ríos congelados. Con una insolvencia dándole el saludo al vecino, como se pide un verdugo al mediodía. Siempre indiferente a los ojos que puedan amar. Porque yo nací de lo excluido y fue la noche la que desabatonó el único vestido que me separa de la sangre derramada. Sin pesquisas del vuélvete, ni del a tu lado.
Tengo 30 años. Y se me amontonan los disfraces y los títeres, en el suelo derruido del teatro que se me abandonó en los posos del vino. Ya no tengo ningún "creo". Ni es recíproca la duda de la bala que viene hacia mi cabeza.
Lo que amé hasta el delirio, se convirtió en la cromática de la podredumbre. Y fue allí la creación y no en lo conseguido.
Los caminos que tomé cuando no quería tomar ninguno, ardían en mis ojos inasibles. Y son los que hoy quedan.
La existencia ahora rodea en tu sarcófago la lluvia de amapolas que el agujero revierte en el boicot de tu sed cuando el bar desalma la luna intravenosa, y los dos hambrientos cavamos en las canciones, el alquiler de una orilla ortopédica que desvie para siempre el lodo que juró la 1ª personal a la sierra de la puerta cuando la habitación abría tu muerte en la mía.
Ahora andamos entre el fango y el éxtasis. Como caracoles que equivocaron el futuro, entre postales que golpearon tu invierno. Como gotas de lluvia que precipitan su asfixia en el llanto de tu guitarra, cuando avanza el secano y trae la ropa de Carmen como si uno de los dos tuviera que morir.
He escrito una docena de esquelas al gorrión que se estalló en mi ventana cuando pensaba la forma de decirte adiós para siempre y que pareciera un chiste, con tres sobre de azúcar, una botella de vino y una expresionista sin-razón que al final fuera la única que tuviéramos para comprender porqué.
Al absurdo y al baile de los agostos tristes. Embuchados por las huellas enterradas en los cuerpos de las gaviotas. Sin contarte la tristeza que separaba. Porque el destino tenía otro nombre y otra autopsia que el tiempo alquilaba en los bares a los que ibas a hablar con la muerte.
Ando entre dos polos.
El de tu tumba, con esas falanges saliendo de la tierra, anudando el lirio, ahorcándome la luna en el imposible de volver y de quedarte y quedarme entre tus Impostores a cantar la casa del blues como si no fuéramos a ser devorados al alba.
Y entre el del nicho de la mar, revolcando en los surcos de la tierra, equivocados territorios que sólo el fuego ordena en su supremacía, cuando no vuelven a existir los pronombres y ni dios se salva, ni acierta con la bala ni con la despedida.

Ando atormentándome por mi huella. Por lo que mi vaso ebulle cuando se marchan espantadas las palomas y esos charcos de cieno salpican tu máquina de escribir y me traen a vuelta de correo las noticias que tragó la alcantarilla desde tus ojos a mi caja de pinturas. Cuando amar era empezar a arder y perderlo todo.

Voy cayéndome en la oscuridad de mi propio idioma al espejo que quiso reposarte las orillas en mi piel y abrazarte con ese mundo que no tendríamos y que sería el único en el que dejar morir todos los poemas.

Y así, siempre equivocada. Con gasolina debajo de los pies. Como las migajas de los pájaros buscando la escopeta que ilumine a través de lo perdido, la intemperie que todo se lo llevó.
Con esa mujer suicida sacando las monedad para pagar al camarero los problemas de la semántica. Escupir y sentir que se anegan los pasillos con las flores que murieron en tu alma. Para tener por una vez en las manos la resonancia de una guitarra que no se haga herida al recordar.
He vuelto a fumar y a beber. No me alcanza el porvenir, para hacerme abstemia. La muerte no se deja engatusar por las buenas intenciones que se piensan cuando el suelo se vuelve cera derretida. No me deja la atracción de la hoguera cicatrizar el vestido de flores en otro cuerpo que no haya ensangrentado como tu semen el exilio del cielo en mi corazón. Todos somos transeúntes de una espada que pobló en tu pared una puta puerta dibujada con tiza que no pudimos abrir ni con martillos ni haciendo montículos de huesos y papeles muertos. 
Apura la pleamar que apostilla tu anemia en el canto de etanol y en mis sentimientos. La amorfosidad crece caníbalmente mientras la tierra se vuelve un error lingüístico y tu memoria un cementerio que guarda demasiados cacharros y ningún destino, ninguna mano que pueda sostener su inexistencia. Mis sentimientos no te sirven ni como colador para escupir la gaviota de piedra y de barro y hacer sitio a la nada. No te sirven ni como robo a la farmacia cuando tu tristeza la miden con monedas y jeringas. Ni a mí me sirven para nada. Son arrugas de la fiebre y la convexidad que trata de explicar el agujero, pero cada vez penetra un nuevo agujero en su cavidad que exorciza una metáfora de gas y patadas en la que ya no sirve ningún nombre, ninguna morada.
Mi escritura se ha visto afectada por la decadencia que ha pisoteado en el olvido tu nombre rompiendo en mi pared el lienzo que compramos en un 2X1 de la nada y la pistola.
Y ella llora torcidamente como llora todo lo pétreo y lo inaccesible. Como tu madre te soltó cuando decidiste volver al callejón aquella noche en las que las flores cristal derretido quemaban tu habitación y te desterraban para siempre del futuro que quisieron amarte.
Hoy miro todas esas ruinas que se nutren de mi memoria, de la inocente belleza que alguna vez tuve en mis manos y hoy huele a animal muerte rasgando en las rosas ese abril que en tu cama, dio el primer nombre a mis tumbas.
Y luego viento que vino prestado, en el vaso roto de tu mesa, comprándome vino desde tu boca al infierno. Cuando salir de aquí es una quimera. Porque nada puede afirmar que hayamos entrado. Ni que alguna vez alguien salió.
Y apostrofada tu derrota, cada pestañear en mi vida. Como mi cáliz. Como el amor materno. Como la certeza del cuchillo. Mía. Jodidamente mía. Porque debí ser yo la ruina que la convirtió en parte de ti, cuando pegajosamente, en esos autobuses que cruzan el agosto del hedor del alquitrán y las botellas vacías de sidra en la fiebre del secano, cuando ni dios puede dormir, ni llegar a casa. Porque aunque fuera tu voz la que oí en aquella pesadilla, era mi cuerpo el que dentro del tuyo, robó de ese cielo, el grito que hoy empuja. Da igual quién de los renunciara. Eso aquí no tiene ninguna capacidad para cambiar la semántica que destruye mis crisantemos. Da igual quién, tragará antes las piedras. No es algo personal ni terrestre. Vino con el líquido amniótico que abortó en ese violín el reguero de una muerte y nos poseyó sin preguntar qué queríamos ni a dónde iríamos a acabar.
No es tan jodido. No está todavía lo suficientemente abajo.
Sólo que derramó tu vino, sin contar con tu dignidad sobre mis rodillas, escanciando ese whisky de la puta pared que te golpeó el rostro y el verano, hacia el barco que ardía. Yo fui pobre y limosna de tu oscuro tango. Estaba muy cerca la muerte soplando sus margaritas de etanol. Y los tiernos eran los primeros en morir. No pude arrepentirme de tu descomposición en mi sangre, porque ya habíamos sobrepasado la tasa y el parquímetro, y el camino de vuelta nunca volvía a tu casa para coagular las heridas. Y nunca éramos los mismos allí.
No elegimos lo más fácil, no te engañes. Fue lo que dejó la noche porque nadie lo quería, porque no servía para preñar en el piano el futuro muerto.
Son tiempos de moho de escritura y rostros de hollín y de tiza en paredes que abrazaron la hiedra contra tu memoria en mis huesos. Y te traicionaron para salvar un poema que nos olvidó a la medianoche cuando los adoquines resbalaban la nieve y tú pedía otra botella porque estaba muy cerca de nosotros la muerte, y no queríamos tener miedo, ni pedir perdón, ni arrepentirnos de nada mientras el blues empujaba el alcohol sobre imposibles islas a las que suicidas acudimos quitando todo el peso de la historia.
No tengo ni idea dónde voy. A veces creo que estoy en un cobertizo zarandeado por la tormenta, aguardando ese rostro amado que termine todos los poemas y que tal vez es la muerte.
Voy con un precipicio en mi mano, sujetando en la mano de X. la profundidad del mar. Y vamos a zancadillas sorteando lo que quiere devorarnos con una vieja canción que tuve el beso de los marineros y de los tilos, al levantar de un cortante vino que surcó en la desmemoria el éter que nos empuja aunque ya nunca sepamos en qué lugar nos quedamos a dormir.
Estamos en algún lugar sin salida física, sin tu cuerpo sujetando el corazón del bar en el suburbio de mi alma, ni empujar el transeúnte gozo de los perdidos en esos lechos que nos hicieron de estrellas cuando no había ninguna casa a la que volver.
Y así hoy recojo pecios del diccionario en las rasgaduras que tu patio derramó en el vino usando tus poemas como soga que al apretar el puño te preñaba de crisantemos el silente del callejón y cortaba en mi vida el fuego del salto al vacío.
El sudario bebió de tu insomnio lo que el tiempo no quiso limpiar en nuestra casa. No sé si necesitaba un pozo aquella memoria o tu llanto en la bañera quería aviantar coñac que mis brazos no volvieran veneno al prometerte lo que nunca tendré.
He ido al bar a tomar una cerveza y a escribir. Ya he vuelto a fumar. Es muy triste la voz que muestra el camino hoy para quitarse de vicios. Eso sólo se hace en la orilla. Y distan demasiados cielos acuchillados de la atracción de tus mástiles y mis despojos. 
Me ocurre algo. Y viene de muy lejos, con una memoria inaccesible que compra esas flores prohibidas donde tu tristeza se olvida de mí para siempre. Y mis charcos se llenan de muerte al no tenerte en las pistolas de la tormenta ni como arpón ni como pecado.
Escribo cosas triste últimamente, sin el favor de la poesía, porque ando cavando fosas, separando los cuerpos de los peces en los vídrios que recuerdan. Y eso te lastima en mi cuaderno y se ensaña en mis ojos, desamándonos a los dos donde la mar crece.
Las calles sombrean en tus huesos rotos, los pecios de mi pintura, deshablándote la mar, cuando mis zarpas en tus brazos aviantan ese piano que el suicidió usó en las palabras que dejaste en mis suelos, como las últimas noticias y los últimos arpones que quedarían para quedarte. Pero no era habitable. No era para mí. No podría hacerme vivir. Y era lo único que quedaba.
Y a las 11 y algo empezó esa orquesta, con esas horribles canciones que suenan en la radio. Y al lado de la barra llenamos con vino lo que no llenaron las paladas de tierra. Seguimos caminando. Pero ya no era hacia ningún sitio. Humus de tormenta y gritos. Girando la oscuridad en esas lágrimas de fuego, soterrando el punzón de tu alma, en mi piel, con machetes y libros malditos. Mientras las manos abrían lo que el cielo vomitaba y no alcanzaba haber nacido para conocer el nombre de la muerte.
El camino que sumerge en tu regazo los cipreses, fuma en las estrellas la puta salida. Y nos sin ella. Ensanchamos del olvido la caligrafía de la tierra mojada. Decimos ese nombre, en la lejanía, y se tragan en las huellas las orillas que alguna vez nos mantuvieron a salvo. Hoy ya no hay reposo. Hoy entre las astillas de ese grito que rodea tu adiós, doy de comer a la lumbre, bucólicos febreros que los bares desgarraron en tus sueños rotos que en mi voz hundieron no sé qué tiempos que no pude llevarte, ni en tu comisura mojar con aquellos montes que alguna vez contigo sostuvieron el amor hacia las cumbres que empañaban la luna y el tequila, como si fuera la última vez, y cuando lo fue, ya no supe acercarme.
Tengo ganas de la nieve. De esa galería con la escarcha por dentro. El rugido de las torvas. Las garzas congelando tu recuerdo en el rio al que no van los ojos, ni nada va para llevarse una promesa ni una razón. 
Del callejón a veces sólo se sale, cavando hacia abajo. No me preguntes por qué. Arde el etanol del cielo. Los espejos se parten. No sé hablar. La corriente tira esas paredes sobre otras paredes que clavaron tu lienzo donde el cuervo llora. Y en tu rostro distante y vertical, mi voz no puede hablar nada del valle ni del volver. Me voy sola con mi agujero a un lugar mucho más abajo, mucho más sólo. Sólo he aprendido a mover a través del extremo. Y hoy todo me lleva, al parpadeo del suicida encima del tejado. Con esa belleza que las aves, desenterraron en tu tumba, para alimentar al desierto. Y se llevaron de mi vientre, aquellos viajes que no cruzaban por tu puerta pero mataban en tus trenes lo mismo que en los míos.
Vuelvo a ti, y en ti nada de mí se halla. Nada se quedaría mucho tiempo. Vinimos aquí migrantes, precarios del arcoiris que se moría en la cuneta y se llevaba lo que juramos. Tú tampoco serías una excepción y aunque lo supiera, nunca lo escribí en mi noche, nunca lo acepté en la mar. Vuelvo a ti aunque ya nunca te encuentro. Las calles nevadas ruedan las tinieblas. Y aunque la muerte te empuje a llorar en los pozos balas, nunca será lo suficiente para que me busques, ni entre las tumbas ni en los vasos de vino.
Desde hace un tiempo, voy clavada en un espina, caminando mis perdiciones, con los insectos, con los bodegones, con lo que la lluvia calla en mis huesos. Y ya no sé por qué. Caigo con furia en el verso tachado. Sueño mariposas suicidas acabando todas las palabras. Sellando en tus labios, la pleamar y mi vida. Pero nunca toco nada, lo suficiente, para que su hueco entre en mi hueco, para que un llegar, cierre en un copo de nieve, nuestra historia.
Me he ido con los tristes a despellejar el cielo en las ruinas de un piano. Ya no sé por qué.  No sueño con esos puertos, salpicando la luz de tu whisky en los charcos que remuven las redes y agravan las algas donde la ausencia grita.
Voy cayendo... con ese bolígrafo penetrado en la muerte de la tierra, calzado en mis huesos, en el cielo que explota y ya no te cuenta nada. Y sus palabras no pudieron morir, se quedaron en un sumidero permanente dibujando tu voz en el hedor que los ciervos matan en mi alma.
No puedo andar quejándome de todo lo perdido. Es demasiado y la noche no lo acordona en el aullido de mercurio sobre tu libro muerto.
Aunque sólo queden ruinas. Tendré que hacerlas mi batiscafo y mi cuchillo. Yacer su elegía de ciervos, cuando tus ojos son la tiniebla que llena de humedad las huellas dactilares que la ventana riega sobre esos fantasmas que en mis paredes maldicen nuestras vidas.
Ya se me han quitado las ganas de dejar de fumar y de dejar el alcohol. Me embosco en esa laguna de la atracción de la salamandra, sobre la perpendicular de tu crucifixión en el pentagrama que siguió el doblar de la esquina dentro del whisky que como una fortaleza al filo de tu cuchillo tragó todas esas historias que nosotros no pudimos traer hasta aquí, ni darle del todo a la muerte.
Hay decenas de cuadernos escritos. Cuando estaba el amor. Cuando las cigüeñas penetraban en la nieve un surco de luna y nutría con tu cadáver el canto que por la noche buscaba la inclinación de la espada en la hora de la arena regurgitando el fervor del mar.
Hoy estoy mucho más abajo. Donde la palabra no se sostiene en la resonancia de la palabra y el tiempo. Y la idea del amor es una amorfosidad que cayó donde mueren las palomas a regurgir un blues y una borrachera que nunca acaba bien cuando se cruza con tu vida. 
Me siento tal vez todas las derrotas, con los pies en el río, fadando las zarzamoras que cuelgan hacia tu nombre destruido. Con ese grito que gangrena en mi la luna y hace que se vuelva algo doloroso saber hablar.
No me resigno a guardar silencio. Si un día ocurriera me pegaría un tiro. El lodo ha cubierto los retratos de carbón. La deriva sigue empujando el desliz de las guitarras. Y yo no tomé ese tren. No me quise intacta sobre tu tumba. Ni me quise en el después.
No hay dónde huir. Todo se abre del sarcófago a la mancha de tu lapicero en el tango que mató todas esas ciudades entre tus uñas, con restos de mi piel entre tus vasos mordiendo el paraiso que defecó esos puentes colgantes que hicieron del único techo para guardarse de la lava del naufragio.
Y fueron muchas historias que dejamos de defender, cuando desnudas en la intemperie, éramos todo lo desprotegido que el poema en su espina ensangrentó hacia el viento.
Me acostumbro oscuramente a la desesperanza. Dando vueltas de colibríe y arcilla. Desdiciéndote en el agujero del cielo, con las camelias pegadas a tu oscuridad para devolvernos al interior de la lluvia y que se joda la tierra que lo recuerda.
Ese naufragar en los esqueletos que los poemas dislocaron sobre tu sombra cuando nos empujábamos los bares en la noche equivocada, cuajando un rocío lleno de sangre en las exequías de los crisantemos dentro del coñac.
Con todas esas huellas voladas sobre la intemperie que nos maltrató los huecos cuando tus ojos no supieron permanecer en los lienzos, el suicidio que los almanaques ataron en tu espalda.
Y los pájaros se alejan de esos cielos de la guerra que en tu voz cubrieron tantas noches. Hoy distantes y rotas de la mano que en tu mano calzó el pulso del fuego, y sobre mi piel ahorcó las flores en el secano del valle.
Todo es extraño. Sangrante del desahucio de tu belleza. Del sádico destierro que tu voz acuchilló en mi petricor, en el deletreo de las caracolas a la abrasión inerte que la mar incendia en el pintor que agita su silente de islas y motines, con los pigmentos de historias que la mar tragó.
Los sentimientos a veces se atrofian. Cuando de exceder sus fueros, se cavan 200 metros bajo tierra y no hay ninguna palabra en la que detener el olvido. Cuando se visten de llamas y ningún aullido sujeta en su perdición la razón de un motín. Ni sobrevive la esperanza cuando en la ruleta rusa la bala atraviesa dos cabezas y no gana ni pierde nadie.
Y ya ni siquiera la nostalgia ha tenido alguna vez un cielo en la escopeta.
A mí me ocurre eso. Ya no son sentimientos humanos. Son calambres de lo arrancado, desentrañando huecos que en tus ojos me lloran ortigas y me clavan algo imposible que perpetra un aullido sin que yo pueda agitar en su piano ningún destino, ningún otro final. Esa herida se vuelve vanidosa de la inefabilidad y agujerea cada  vez más profundo el desconsuelo bucólico de las invertebradas despedidas que lo poseyeron todo en mi cuerpo.
Esa isla desgarrada en tus labios, centelleando un oblicuo resplandor que la noche enterraba en mi faz, nutriendo los cipreses, con ese ansia de que todo acabe y se lo quede la mar. Y no vuelva ninguna tierra a reconocerme cuando los mástiles empiezan a arder y sólo la luna podrá llevarnos.
Sigo sintiendo que no respiro bien. Creo que es la angustia. Esa que nace del sueño suicidado y erosiona en el viaje un cobertizo para guardar el quebranto del secano y las cromáticas del amarillo removiendo la tierra.
Alejanándome como una maldición de la reciprocridad de un sentimiento. Enviudándome de la otra vida y de sus ojos clavados en mis ojos, deletreando en la mar el barco que nos lleve.
Y se vuelve un sentir-precipio. Un dolor existencial que aulla contra los mapas, contra lo que empieza, contra lo que se puede entender.
Y viola en tu sala de espera un charco de sangre que mi noche esnifa de un papel vacío. Luego escribe esas formas de largarse quedando mal con el tiempo y con el personal, con la tierra y con ese desvío de la esperanza.
Un grito que en tu sonrisa pétrea ahorca esas sirenas en la playa que bebió de tus pasos la jodida salida que nunca encontramos.
Y se cambian de latitud las huellas que en tu carne hincan el hueso que las reses roen en los valles. Y yo siempre estoy demasiado lejos, con cientos de litros de agua estanca, destiñendo de las goteras que no volvieron a cantar hacia ti, la despensa de los lirios de mis ruinas.
No sé dónde huir. Oigo en todos los sitios esa grieta de la muerte abriéndose para que yo pueda entrar. Cuando he sido feliz lo he sido con salvajidad. Cuando me hiero lo hago también así. Se vuelve un extremo. No anda con concesiones, no duda. Se tira animal. Me poseé con radicalismo. Y parte en mis nervios la atmósfera que el óleo había dormido en tu patio.
Hoy volveré a la montaña. He fumado un cigarrillo. Tal vez haga eso, en lugar de dejarlo radical, fume 3 o 4 al día. Aunque sé que eso es menos efectivo. Pero el síndrome de abstinencia no me deja del todo escribir y sino escribo todo se emponzoña y se pone suicida y abisal.  Algo me ocurre desde hace un tiempo. Estoy gritada sobre una lágrima de etanol y pólvora. Estoy perdiendo la esperanza. La que tenía era infiel y algo delirante, pero me era siempre el incendio de un sueño. Ahora me he vuelto triste y mucho más vagabunda, ajena, y rota de lo que la voz pueda llegarme cuando las huellas son naufragios. Tampoco hablo de verdad con casi nadie. Dejo las palabras que me hieren, ante un papel vacío, las que me importan, las que podrían devolverme a la orilla. Y ellas se ponen hostiles y amargas en la atracción de sus guijarros y tormentas. 
Hay demasiadas soledades cubriendome la transparencia de la mirada. Y algo que se ha puesto a sangrar y no me espera, lo hace borboteando cuando el asfalto todavía es un cadáver. Lo hace con violencia cuando al avanzar se hunden los batiscafos y la palabra no llega a nombrarte.
Por alguna razón me siento en un precipicio. Sufro una zorra angustia que me desquicia y me rompe por dentro, su razón parece expresionista, bohemia de algún macabro entierro que entraña en mi tripa el fruto de la mandrágora y del fin. Además esa angustia física que cuando me da me impide respirar, y esas náuseas que me dan desequilibrio y la sensación de estar a punto de perder el conocimiento. Todo esto me abre una zanja en mi vientre. Un deseo de llorar escavadoras y martillos. De tragarme todas las montañas y ser devorada por los gorriones.
Me despierto, triste, preocupada por no haber escrito casi ayer. Soñé con mis pensamientos y sueños de hace unos años. Y hoy lo sentí todo descompuesto. Algo me pasa. Un grito que viene a herirme y se desfallece sobre algo que se abandona, se tira al precipicio y fada allí las ausencias. Es una jodida desesperanza que punza en mi interior un canto suicida que se comen las estrellas cuando lloras mordisqueados caminos que la mar coagula en el fondo del callejón.
Creo que he elegido muy mal momento para dejar de fumar.  Le he dado alguna calada. No puedo permitirme separarme de la escritura, porque es lo único que queda. A veces pienso que estoy enferma. Y fantaseo con que si tengo algo grave, me suicidaré e iré a hacerlo cerca de la mar, en un barco que nunca más volverá a la orilla.
Hace calor. Los balcones escarban en tus ojos esos lugares que orillamos sobre una epístola equivocada, lesionando la pleamar en el murmuro de tu insomnio, golpeando en mi hueco el suicidio del cartero.
He estado escribiendo en un cuaderno. Ya siento el síndrome del tabaco. Pero tengo que expropiarlo de la atmósfera que busco panza arriba en el océano.
Dejar de fumar me separa un poco de mi escritura. Porque me mantiene al acecho del síndrome. Tengo que permitirme una semana de puntos suspensivos y escombros, mientras se marcha el mono. Otras cosas peores dejé. Cada segundo que pasa, estoy más cerca de que se vaya la angustia. La abstinencia retuerce ese grito, y mientras hiere también se aleja.
Mañana volveré a la montaña. Hoy todo es confuso, escavado de ojos abiertos como zanjas en tu pena de madera escribiendo ese tango al barco que agitó tu marcha.
Hace un horrible calor. Y ese grito de hofandad descoloca tus papeles del sueño que cerré sobre un olvido prestado. La soledad corta en cachos el nombre que supura tu voz de escafandra en las ruinas de mi habitación. Y nos retorcemos deriva multiplicada sobre el ausente libro que quemó tu casa y me usó espía y allanamiento para sustituir en tu botella de vino el hueco que la hoguera petrificó en tus labios en forma de la cuarentena de los pájaros, robándonos, cuchilla y desvencijamiento.
He dejado de fumar. Estaré una semana o dos, escribiendo con angustia, con boicot, con la neurosis del desierto. Partida en cachos sobre la tempestad del hervir de esa gota de lluvia que desentrañó tu ausencia en mi cuerpo. Estaré mordida por la tormenta, hasta que el síndrome vuelva al mar. Llevo fumando más de 15 años. Y últimamente fumaba unos 40 cigarrillos. Y algo me ocurre. Siento que estoy enferma. Cuando no puedo respirar se me rompen esas acuarelas en un kamikace sueño de irme para siempre. Tal vez sea angustia. Tal vez sea el canto del callejón. Lo peor será los tres primeros días. Luego irá desapareciendo la necesidad del tabaco. 
He limpiado la mesa. He quitado el cenicero. He hecho unas infusiones.
Sé que no podré concentrarme al principio. Me costará mucho escribir. Desearé volver a fumar, mil veces cada día. Me subiré por las paredes como araña que sólo tiene dos patas y está tuerta. Pero sólo será la primera semana. Lo más importante es que la escritura siga ocurriendo. Que haya vehemencia, deseo, o al menos la mística transeúnte de lo abandonado, aunque sea paria, aunque no pueda amarte, que siga siendo.
He pensado que dentro de unos días, tal vez pueda irme a la mar. Para pasar allí el mono e interiorizar otros modos de llegar al poema. Lejos de los ordenadores. Sólo de mar y bosque. A algún lugar apartado. Cuando ya vaya a llegar el otoño.
Siento que no puedo respirar casi. Una angustia en mi vientre que incendia balcones y me mata palomas donde mis lágrimas descuelgan de los tejados el perfume de tus tilos. Voy a dejar de fumar. Fumo demasiado. Y algo me ocurre. Tengo procesos de asfixia y fiebre. De un bucle de pesadillas y planetas que se matan en mi corazón, borrándote la voz. Me dan náuseas y el cielo se hace plomo derretido cayendo con los cadáveres del gorrión. Cuando siento que me ahogo vuelves a mis ojos como el llanto de la tierra y todo es devorado por una extraña música.
Ese camino cerrado en la tráquea de la golondrina. Y las zancadas de indigencia de mi lágrima por tu espalda, cayendo donde las piedras sueñan con gigantes. Y el cielo se aleja al amarte como escavadoras que pronuncia el suicidio de los libros, al llegarte, nueva ausencia que la noche agita.
No sé qué tengo. Me siento enferma. A veces no me entra el aire. Me siento hierba ensilada en el caos de un piano que obsesivo canta letanías a las pieles de la tierra mojada en tus labios de abismo.
Y siento que bajo a vueltas de campana donde todo termina. No sé si es mi angustia o algo físico. No sé dónde está la frontera que pudiera amarte sin abrir el daño del imposible.
Hoy todo es lejano. El moho del amarillo enjaula en tu alma, aquél puerto que una vez atamos a los labios de un "quédame contigo". Hoy han separado las estaciones tus pasos de óleo de la voz que mi ausencia te guardaba entre los tilos. Y no tengo el incendio de aquella canción rodeándote, hacia mi sueño, apretándote contra mi corazón, al fuego de un horizonte que nos vea llegar juntos.
Y tampoco tengo tu tumba para comprender por qué nunca más.
El hueco sigue expropiando las calles en un sucio vaso de vino. Sísifo llora en mis párpados tu belleza. Y por fin se acaba agosto. Y el otoño te mudará hacia una playa que puedaa olvidar, aunque sólo sea cuando llueve y la arena abre sus surcos que los diccionarios olvidaron.
Me despierto en una resaca algo abrupta de un grito. Anoche no podía respirar bien, y sentía una febril pesadilla, un desarraigo. Una sensación de abismo comiendo en mis tripas una vieja canción. Y un raro deseo suicida. Hoy todavía siento esa angustia acariciando en mi insomnio la ruptura de una ventana. Hacía un calor insoportable. En la madrugada metí mi cabeza debajo del grifo. Saqué el colchón al balcón. Y me quedé mirando la vertical de los edificios, con la luz de las farolas. Sentí un inmenso deseo de saltar y tuve la sensación de un vuelo. Y luego me dormí por fin. 
No sé qué me ocurre. Pienso a veces en K, con ahogado sentimiento, con una angustia carrasposa y abisal de algo que el poema ya no puede escribir ni cuajar en la noche con los gritos de los ciervos. Y luego se sucede el absurdo de las miradas que se abandonan en las callejuelas, revierten en los pasos habitaciones rotas que cierran en tus ojos una luz golpeada por un imposible destino.

Llego ahora a casa. Con el vino y el olvido. Y las ganas de más vino para no volver a decirle ese nombre a la noche. El expresionismo de las calles en esa belleza desolada del exceso sin el quién, sin el hasta aquí ni tu cuerpo será descanso. Y qué bellas estaban las calles cuando volvía un poco ebria sin pesar ningún futuro en mis pasos, sin recordar ninguna vida, ningún lugar, ningún poema.
Dentro de un rato saldré a mezclar las heridas de tu blues con los bares, esos en los que nos sentimos extranjeros pero todos van de paso y se van y no hieren en ningún nombre propio la necesidad de quedarse, ni mañana te encontraré junto al mar, quemando la luna en el bolsillo, y al calzar de tu alma, en la bala, hemos quedado los últimos con todo el viento besándonos las cuchillas.
Y compartir un trago, con alguien que como tú desconoce la fuente de la que bebemos, cuando en el abismo no elegimos la muerte, ni volver.
Alzar la desesperanza en la curva del arlequín, pedir la jarra de vino, mojar las estrellas hacia tu vida como si no hubiéramos desterrado.
Mudar la sombra del vaso que ya lloró la pérdida del cielo. Y que sean los que acaban de llegar los que avianten el humos en el aullido del éter. Todo de los lobos.
Todo roza la decadencia. Y nos vestimos con su guitarra. Abrimos en la noche, la quilla de la barca que en tu espalda dejó el poema de los perdidos. Y golpeó en el vacío hacia el que viajo como si alguna ciudad aún quisiera ofrecerte sus secretos.
Ya no es una casa, ni la cantina ni la estación.
Pero hay que seguir porque la mar espera sobre las rodillas de un piano, tu eterno amor.
Hoy es un día raro. Envuelto en el moho de una semántica que separa... desciende tus brazos en el Leteo que lloró la sal que tu suicidio dejó cuajada en la pared en la que saqué todas esa tierra a paladas para acabar la pintura de la ventana de la espina. Y en tu habitación los ácaros embistieron los esbozos de ese puente volado por dinamita entre nos.
Nunca le ofrecí ningún destino. Lo dejé secarse entre las islas de los horizontes que empujaron para abandonarte. Y teñí entre sus garras, los cuerpos de la ternura que alquiló la tiniebla en esa pizarra en la que escribías con la indigencia lo que nunca confesaríamos a la noche. Pero no éramos nosotros. El latido seguía sadificando el hueco sobre el que levantamos el camino del viento y de la nada.
Han pasado muchos años en el anti-reloj que conoció tu historia y pasó sus agujas en mi cama.
El pasillo está lleno de mierda. Y no hay forma de pasar sin arrastrarla hacia dentro. Mi tristeza es profundamente irracional y soterrada y aún así la furiosa belleza de los álamos francotira nieve que me rompe el suelo. Tan abajo. Sin porqué, sin hacia, ni después de ti. Hay belleza. Esa de nadie, limosnera de galernas y cuchillos de montañas. Despojada. Imparable.
Porque ya no importa ni mi vida ni la tuya.  Mis sentimientos son suspensivos de tu violín de heroina entre los cielos púrpuras. Achucho sombras en la fotografía que dejaste grapada a esa revista. Y me veo allí, hace 15 años, aguardando ciervos de etanol para poder dormir tu insomnio en mi costado. Pero todo fue muerte amor.
Ésta ciudad no me ama. Soy migrante desposeida y eclíptica. Ofrezco la mayor parte, ausencia y un sueño cautivo para dar de comer a los murciélagos que por las noches traen tu canto a los parques.
Me resigno a morirte cada vez en la metáfora. Congelado en mis labios. Desalmándome la soledad que te nombra.
Pero no hago tratos con monedas, ni con mapas, ni almanaques.
Todo es la evanescencia de una deriva que pudo deshacerte contra la escritura, jauría. Ese hielo en el whisky desbancando tu nombre de mi abismo. Todas las canciones que tu amor volvío escarcha hoy menguan en la luna llena la navaja que nos empuja por las noches, al sesear del callejón contra todos los dueños.
Hoy no he escrito casi nada. Hace mucho calor. He estado cambiando la música del mp3. Las canciones me llevaban a una nostalgia demasiado conocida y llena de grietas que inevitablemente rompían en tu vida los balcones que cuajaron el adiós oblicuo y lleno de pedrada y ausencia. Y no había salida. Una pared que cedía en tus párpados los cadáveres de los pájaros y lo que alejanaba un libro demasiado muerto. 
Ya no beberé más cerveza. Beberé vino tinto, pero no en casa, cuando vaya de bares, engañando a mi exilio, haciéndome creer huésped de algo, mueca de hash en alguien, aunque nada es palpable ni estará después de la noche.
Hoy he quedado con dos compas y espero no volver con los suelos encima de mis hombros seseando el alfabeto de los peces en el maldito asfalto que no salvó al reflejo de tu luna.
Las razones que me embriagaron a la despedida están codificadas, escondidas en la convexidad de una mirada que empuja un latido donde el eco parte, ínsula que vomita, todos esos escombros como pigmento, como enjuague que sacude en tu aurora, el otro lado del grito. Y al volver esa angustia de lo incompleto bordea palabras que no abarcan el espejo derretido que tiembla en tus manos la nieve con todas esas fechas boicoteando la posibilidad entre nosotros.
El rubor es confuso. Detrás de tu vaso se insostenía mi vértigo empujando en tus escaleras escafandras de whisky. Y la náusea de lo existente derramaba en la mirada que leía, el expresionismo como una jauría que todo lo volvía robado y en tu casa había demasiada basura para recordar el nombre de la azalea.
Ya casi nada es cierto. Esa crónica nostalgia se fue con los sauces a crujir en los cuervos un beso de arena en tu sepulto y la saliva de la ola, levantándote el vaso, donde la noche de cuclillas te avanza lo que te mentí para salvar un amor que moriría a la madrugada.
Encierro mi corazón en la curva que los adoquines bajan por tu vino y alquilan ese pronombre para que siga con la historia, cuando los dos nos hemos ido.
Es una época retroactiva, llena de niebla, de casas rotas en tus labios de whisky y síndrome de una perdición enjaulando en los ferrocarriles tu puta dirección yonky de mi cuerpo.
Y me voy. Espero ansiosa el invierno para cruzar calles vacías con el cierzo congelando en tu memoria todo lo que alguna vez tuvo que ver conmigo.
E inhalar de las reversibles palabras balcones que tiriten en las historias acabadas formas de desamarte con fuego en cacerías que la tierra no pudo acariciar.
Llego ahora a casa. Estuve escribiendo un poco en un bar. Algo en el diario, y en ese tipo de intimidad y de palabras que se envían en el soporte del olvido y del adiós, se construye más fácil una arquitectura, como si se palpara mejor el motivo que enmascara a la ausencia. Y un órden a través de la pasión de la ruina se solapa en esa voz del trigo y de la distancia y parece que llega siempre desnuda a la arena y avanza el soliloquio de lo olvidado.
Son muchos versos los que hablan de la muerte. Yo misma me he intrometido en la trampa de la tristeza del etanol y tal vez he gritado contra la vida las canciones que contigo robamos del callejón. Y ahora desciende desde lo que no puedo abarcar una mirada que gravita el llanto del metal. Y expira en tus cadenas el cuerpo de los colibríes que en nuestra alma fueron la cuarentena del verano.
Todo va despacio. Se repite esa ausencia en el desprender del horizonte y acude en mi papel como una herida. Tengo que salir de aquí. Aunque el único camino es el incendio de una metáfora. Los otros caminos han sido despojados por tu lágrima de nieve y gritos de venado. Ahora vivo en el aparcamiento de una soledad a la que se acerca el fuego y el quebranto de los maizales. La escritura es lo único que tengo, y últimamente es algo triste y elíptica de lo que engaña el espacio en tus ojos cicatrizados sobre una guerra.
Todavía la extrañeza. Una melancolía que suda en la distancia una trampa que remueve lo que se ha silenciado dentro de tu olvido. Pero es ya muy viejo, incapaz a conocer las palabras que pudieran conmover en mis paredes la voz enclaustrada de ese jamás.
Estoy algo triste, rodeada todavía por una ausencia. Pregunto en lo que se ha marchado nombres que dan vuelta de campana al hueco que recogió todos esos pensamientos y agitó en su herida. Ella perpetra y ensancha el cadalso de la pérdida y los horizontes ensangrentan otra vez lo que no pudo contenerte.
Ahora se despieza la lejanía de un piano en los brazos del monte. Estoy recuperándome. Cerca de los mirlos y de la soledad que abrió tus manos en los labios del mar para embestir el interlunio de los que se alejan. Ahora ya me voy al viaje, muy lejos de tus ojos. Sin herir más nostalgias. Sin pesar los territorios que el poema no ha incendiado contra la propiedad o esa atmósfera que el cubismo atacó cuando un olvido nacía en el callejón.