HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO
de esa pasión
bajo el estiércol
a bifurcar tu ética
y labrar tu casa entre los escombros de los castillos de arena, y esquina del burdel nº3, donde tu lluvia fue mi perdición
y a astillas y boquetes
tu pie de página se hizo la exequia
esa suciedad que nunca pude lavarme
hambre de psicóticos al cabaret de la autopsia del cordero
de tanta verdad tantas noches perseguida
ganó el circo
y de esa pureza defendida como el único camino, en vano, durante todos esos años, del Ideal
ahora nos han crecido las ratas y los mares
para volar junto a las iglesias y la dinamita

y de tanto que le dimos, a lo que creímos infinito
y nos escupió el hueso y la sima
quemó tus papeles
emborrachó tu esperanza
y te hizo vagabundo como a mí

ahora se lo damos todo a los payasos
seseando en el asfalto un cielo mejor que el de cristo
con ese piel roja en el aullido de tu perro
con ese apocalipsis ganado en el olvido

y ya no eres verdad, te tragó la insistencia de mi paraiso

somos los antidestinados

sólo tenemos los mendrugos de gorrión
los amores de verano en el cuarto de baño de una gasolinera
con tu coche entre las llamas y esos billetes muriendo
porque somos religiosos
porque somos obstinados
porque nunca nos creimos la pared de la realidad
y el suelo no recogió el fruto ni el vómito

cuando amamos lo hicimos como larvas, como hielo, como whisky, como cuchillos y como el semen de dios
cuando dejamos de amar lo hicimos igual

nada se quedó para contar un resumen

y el sentido de tu obra no la querían escuchar ni los perros

yo sólo quería un cuento que me encajara con mi alucinación y la flor que fumabas en el parque cuando llovia del revés
y tú eras muy malo haciendo literatura, mataste de aburrimiento a todas las estatuas, el amor se hizo un cheque en blanco en las manos de la merca ambulante
y con la lengua para afuera encajamos el error y el disparo
y el champán cerró tus cicatrices a cambio de nuevas heridas, nunca se sale intacto, la palabra no gana nada, la justicia murió con Durruti.
no tenemos futuro
nada que arreglar con las facturas ni con los papeles
nadie con quien quedar bien
las palomas no nos ajuntan sino les llevamos gusanos robados del cementerio
hoy tenemos para hacer lo mismo que mañana, cerveza a la deshora, parabrisas de hachís y tus lentes de certa como crucifixión del dadá, te dije que por aqui no se llegaba a ningún lado

ya hemos llegado todo lo alto que íbamos a llegar
ahora bájate semen por sus labios
pide el taxi que pague otro
y mete dentro tus montañas de basura

acá ya nada espera nada de mi espiritualidad
mi oficio no alcanza a pagar al mediodía ni a su desfalco
mi amor es una chapisteria dentro de una catedral y un prostíbulo

yo abro las piernas al viento
encinto agujeros, islas y fracasos
y todo me nace parricida

de la seriedad, nos quedó un papel de calco en los dedos del asqueroso cura pederasta y meó el cielo espadas y bares cerrados cuando tenías sed

no tengo credo
ni principios
ni porqué
no tengo tierra
ni ley

no tengo nada qué hacer con tu olvido
mi contestador automático es ese tripi que te subió entre colores al infierno
las flores se comieron a todos los huesos
y a las flores no hubo forma de incarles el diente
por eso desparramadas de hablan de un santo apedreado en el callejón
 y tú tan paria, te sacas el abrigo, saludas con hash y perdición, todo lo que no existe te lo debo a ti, el amor no pregunta antes, no asegura mañana
sólo la locura nos hará libres, hoy estoy aquí, me emborracho al ritmo de esa guitarra, sorteamos a la muerte subiéndonos en sus rodillas, suplicándola su amor de paracaidistas y extintos esquimales... perdemos el tiempo todo lo que el tiempo nos ofrece en su derrota, sólo sabemos fingir que estamos escribiendo una canción, para absolver las huellas en el fango, para no morir del sinsentido, para que quede algo que traiga más cervezas y alguien que nunca ha llorado aquí, que todavía no se rompió los huesos donde nuestras esperanzas, y enseñarle la ciudad, y robarle el billete de tren

el amor ya no es ni siquiera el agujero de la carcoma
es ese grumo del ácido en la foto de cartón de la rata que te salvó la infancia
de ir rompiendo aros nos hicimos materia negativa  cabalgando en tu sexo la coacción de la ley de la gravedad
bucólicos amantes de velatorios de cortar y pegar y que la raya se quedé en tus alas, que no te haga gotita de sangre, que no venga a levantarme ladrillos

de entregar el futuro, dárselo sin nada a cambio a la nitroglicerina
la cordura la justa para no pagar el recibo de la luz

amaneceremos osos partos entre relinchos, los duendes abrirán camino donde lo cerró la humanidad con golpes sobre tu espalda

cuando él se muera, yo me convertiré en una muerta buscando el orgasmo de Marte, todo estará justificado si dignifica mi delirio y mi pasión de pólvora

tus brazos no podrán calmar el incendio de mis huesos
y tendrán que llover balas que recojan tus páginas vacías y el vino al que invitarás

nosotros no nacimos para envejecer
pasados los treinta habrá que buscar la muerte desatada haciéndonos mar

no nos alcanzaba el pensamiento a sumar tus pares y el mármol
y las tumbas de la memoria ya estaban llenas
tú llegaste tarde y por un sitio equivocado

el dios al que rezaba cuando era niña me ha abandonado
ahora le rezo a los vagabundos

te dije que quedarte conmigo, sería quedarnos putamente a solas, y sin buzón
pero me hiciste caso
tú que eras el fervor de la depresión en el pianista y yo pidiendo una caña, y tú asegurando que la presión no da ni para llenar un vaso ni para matar un recuerdo, y yo haciéndome la tonta y bajándome las bragas sobre tu culpa, porque queríamos morir y ser indestructibles en el mismo vals, y dios se cambió de bando, tú le pediste a satán lo que no te atreviste a pedir al espejo y yo que no tenía nada lo amarré a tu semen, me ponía tu decadencia, tu manera de fingir una canción de amor, cuando sólo éramos animales, quería tu sangre para cerrar la carta y enviarla de una vez, pero te hiciste tachón en el verso, penúltimo trago, y estábamos los dos muy sucios, y no pudimos sacar al amanecer de debajo de la cama, y los poemas no eran mejores que los mosquitos, y el futuro era, eso que sentías cuando tomabas esa pastilla, decías que sin ella eras un muerto, yo nunca pude amar a tus muertos, por eso se partió el asfalto en tu boca, y jugamos a la rana y al whisky y acábamos mucho peor de lo que empezamos
ese síndrome
de la palabra pulverizada en el corte de tus vídrios cayendo en mi bañera
y ese lodo de lo que te abro, cuando la noche no tiene esperanza
y se usa y se mata de ti, para prevaricar la estrella contra los poemas o ese engaño de tu casa en la cicatriz de la muñeca de cristal, ahogándose de tu belleza, y en mis patios todos esos pozos, atrapándote en el silente de mi corazón, curvatura de la cuchilla, calle sin salida, y música de martillos y alcohol
estoy cansada de despedidas, de borrar postales con lo que no sobró de tu mesa, de acudir ebria y extraterrestre a perderte en un callejón cualquiera y nunca recordar qué ocurrió, despertar en el lago de la amnesia, con esas heridas en los codos, con esos moratones en la piel que no pudo olvidarte y esa náusea repitiendo el estribillo de una horrible canción... y de perdidos, miles de trenes dentro del vaso, y apenas un abrazo de espantapájaros para asustar a la muerte

ya no tengo nada qué hacer en ningún sitio
pienso en un desvío de tu masturbatoria de urracas, tal vez pueda aguantar de aquí unas semanas, pero luego ya no tengo lo que necesitaría, y sólo los bares tienen ese polvo, esa suciedad cantada que nos deja dejarnos caer y subir por la espuma de la cerveza

y ese celo del amor, con la nada, un tarde asquerosa y sólo nos daba de sombra una grúa, y el porro te empezó a sentar mal, porque viste el significado del universo y te hizo trizas, te tiró bajo su infierno, y como un animal jadeaste nuestra desventura

hoy le dije a X. "necesito encontrar un destino" y me dijo "pues vete a una empresa de esas de vuelos de avión que tienen la ostia de destinos, algunos de los que nunca oiste hablar"  pero no hay plata para tal, hay plata quemada en tu cuarto de baño, hemos vuelto a caer en todos los vicios que caimos a los 15, porque el mundo ha empeorado, los sueños fueron privatizados por los cerdos burgueses, la utopía quieren meterla en una carcomida e infecta urna para clavarnos la bandera en el lomo y matarnos, porque sólo ese loco, condenado, al que todos dicen "estuvo muy mal" al que señalan los de arriba, los de abajo, los de su lado y los del otro,  sólo ese tipo que harto de estar harto tomó el fusil y fue contra gigantes, tiene un cacho de nuestra esperanza, en el teatro sólo para locos, matar era un blues, en éste prostíbulo planetario cargarse a un rey es entrar derecho al paraiso.
Tengo un poco de dinero. Qué coño hago aquí. Todo carece de significado en ese hervir de la otra soledad que tanto se acercó a tu precipicio para deconstruir la ínsula de otra voz, rota. Tal vez debería irme. A probar. Con la mochila. De camino e intemperie. De pasar y de perder. De hacerme otra persona. Coger una mochila, irme a Gijón. Y empezar a caminar siguiendo la mar. Estoy en una crisis existencialista y su única salida es la hoguera. Todo ha perdido su raíz, su cobijo, la continuidad de la urdimbre, bajo el destierro del amor, del futuro, de la puta cláusula de la nieve en los ronquidos de tu ausencia ensangrentada en mis papeles, y al volver del izar de la luna y el sortilegio, inundadas e infinitas distancias de coñac.
El insistente agujero del lenguaje y la evanescencia de la soledad. Golpeada y sumergida, contra la pared que sujetó tu equilibrio cuando el vino rompía en pedazos el suelo. Hoy es muy ancha la intemperie que nos niega otra vez. No hay trabajo. No hay dios que arregle el incendio de la puerta. No hay destino que atar a tu botella de ginebra. No hay nada legible sobre el porqué ni el después. Bandoneón debajo de la lluvia, con esas pinzas de ayahuaska y derrota, atropellándote otra vez mi vacío, no pudiendo tomar de ti, ni la salida ni el desguace. Ni mañana a las 7, tráete la luna que faltó. No sé cómo llegamos, y a nadie le importa si de aquí uno se puede marchar, o nos quedaremos con los borrachos del puerto a esperar una pleamar que diga adiós, que se olvide de las monedas.

Si caigo será a solas. Con ese gato en la ventana. Con ese diario de aplastados lirios hablándote del mástil y los palos que cantaron por tu motín. Y al volver, congelada la fe, en el borde de un vaso. Y otra vez navegar sin sentido la combustión de un surreal movimiento.

Deserté por amor. Porque era la único que le quedaba a la dignidad. No busco la muerte, pero tampoco quedarme aquí ni cuidar de tu casa. Todo lo perdí. No duele. Es un duende de coñac. Es un bosque que se pone azul. Todos los caminos están abiertos y no queda ningún camino. De tanto amor se despellejó el alfabeto, tus libros flotan en la mar, izo sobre su olvido, lo poco que me queda. Nunca fuimos consecuentes con ningún axioma. No le dí mis esfuerzos sino al viaje. Y acá. En medio de ningún sitio veo cómo se pudre tu credo. Cómo doblan las campanas en tu exilio. Y junto a mí, un chucho, tres estrellas, un adiós.
El desvarío de tu ausencia entre aristas de hollín y olvido. Desengaño endémico de tu boquear de whisky en el sótano de un endeudado quizás. Y esa herida trashumante, de repetidos vencimientos, con las manos abiertas en ese huerto donde tus lágrimas son machetes y las canciones no saben, no han cruzado, no han llegado entre ese verano a pervertir tu nostalgia ni atados al vals ni a esa porno metafísica de los que siempre llegan tarde. Y a cintura de marihuana, verticales que retornan la tristeza que dejó tu camino en el márgen de mi página. Vuelvo a escavar la perdición del horizonte en la cuchilla de tus ojos. Y endeudo tu silencio donde la vid ya no tiene brazos que mullan los barcos en esa grieta de la mar que perseguí equivocada en tus canciones.
Estoy en la ciudad. Estaré aquí hasta la noche. He estado probando con la cámara y me da mejores resultados que la anterior que tuve, tiene más posibilidades, aunque todavía no estoy acostumbrada a ella. Los poemas hoy están sumergidos. Detrás de la arena que llenó tu voz de obligatorias distancias, entre mi mañana y la despensa de vino y moho. Ya no hay nada qué hacer allí. Irse. Tapiar con sal y otro indeterminante el baile del coñac, borrar esas huellas con bocanadas de un todavía que no ha sido manchado por los nombres. Y marcharse. La parte amarga, llena de ausencia seguirá así, hasta que se haga una rasgadura en el bodegón y pierda del todo su viejo deseo. Hasta que el olvido no sea retórica. Y pan y hueso y vino. Sin pedir casi nada. Otros caminos ya te han amado. No había reciprocridad en la pupila ni falta. Tampoco lloraste ni gastaste conmigo el alcohol de abril.
Se oyen los gallos, los pájaros, las grietas del sol en el interior de la savia. Trato de despertar. Me voy a ir dentro de media hora en el autobús.Volveré a la noche. Sobre tu exilio voltearon palabras que alguna vez se ocuparon del futuro y de ese cáliz de la montaña abierta en canal sobre los pájaros. Cada herida de la ausencia, debajo de tus pies, cuando arde la tundra escribió esa luz vertical que volvió a mi casa vacía para traer el humus.
Hoy soñaba algo místico, algo que tenía que ver con X. y también con mi escritura. Algo que empezaba a creer en la vida y lo escribía y luego ocurría y se recuperaba con estrépito la felicidad. Era algo que siento que me falta desde hace unos meses. Esa esperanza, ese arrojo en el vivir. Creo que tengo que transformar algunos hábitos y evocar la vida. Soñar con insistencia esas orugas y esos peces y esos pájaros, roncando en mi piel la pasión del mar.
todavía dan los rayos de sol en las cumbres de las montañas, yo te amo aquí, sin ti, sin mi, y la pleamar iza sobre tu motín,  una ciudad destruida, ¡cuándo nos reimos allá abajo! cuando perdimos el norte y los papeles, y ya nunca más pasamos por el aro ni por las fechas, la esperanza olvidó nuestros nombres, nos hicimos parias, partidos en mil cachos cuando alguien quería hablar en serio y creía en una verdad.. y así, con esa bicicleta oxidada, con su caja de pescado para llevar las naranjas y las decepciones, nos fuimos de aquí, de allí, de lo posible... nosotros no podemos morirnos, porque a la mitad no existimos, da igual lo que pase ahí afuera, seguimos volando por el primer sueño, sacando paladas de tierra de la primer derrota y echándolo todo al canuto y al viento...
Sólo el teatro podrá arrancarte la careta. Porque el teatro juega sucio será la única pureza que absenta y retrovisor, alfiler en la boca del tango, tirando del hizo, echando esa zancada a la lluvia anochecida de tu exilio. Y un nombre. Nacido de las palabras muertas. Levantado en tí como espantado crisantemo que fue esa puerta que serramos como sacrificio a los peces, a nosotros, a la promesa que no podríamos defender. 
Y tú te pusiste hablar. Atrancado de ese perdigón. De mi piel frente a ti como papel de calco, como desmemoria. Mi incapacidad para acariciarte. Esa insensibilidad que siempre me recorre como la nitroglecina cuando es de urgencia abrirse a un tajo las venas. En esos momentos siempre me vuelvo cristal. Me devoran las metáforas. Por eso quería que te cubriera el iceberg, porque después dejarías de amarme. Nos ahorraríamos un engaño. Estaríamos más contentos de las mercantes nubes. De la desolación dentro del jazz. Y sería mucho más lógico no tener que dar explicaciones ni tender un perdón, ni un yo también. Que por otro lado acabaría sonando hipócrita. Qué hipócritas fuimos siempre que alguien necesitó el amor o un cacho de cielo. Qué poco sabíamos. Nos rodeamos de los neuróticos. Para evitar esos problemas. Para atajar de gatos y de insomnios. Para hacer lo mismo que hacíamos con las migas de pan y las gotas de sangre.
Yo siempre fui de respuesta retardada cuando alguien exigía un eco. A no ser con los perros. Con los perros nos oliesqueábamos desde el mismo desfalco de la luna. Y no había inconveniente en meter las patas en el fango ni rascar pulgas con la culpa ajena. 

Esto me fue así también por la múltiple identidad y la antagonia. Me hacía sentir una falsa llorar en los cementerios. Y tuve un exagerado pudor desde que era niña al sentimiento. Por eso se lo dejé a los poemas. Yo me hice una mezcolanza del taxi que se quedó esperando en vano a que le fueras a pagar y de mi jazmin muerto de hambre entre tus libros y esas esquelas que coleccionabas por si algún día alguien se acordaba de ese sombrero del vikingo y el suicida. 

Desde que era niña tenía esa sensación de que estaba mintiendo. Por eso nunca me pude vestir con las máscaras sociales. Tenía dentro de una hoguera que no me lo permitía. Tenía dentro varios yoes.  Contigo era fácil porque sufrias el mismo fango. Aunque tú eras mucho más oscuro y menos generoso. Eras demasiado atormentado para salvar el vino de mi velorio. Tenías dentro de ti, encarcelado a un fascista que se arrepentía de serlo y por las noches buscaba un lugar para matarse. Yo entoncess no lo sabía. Sólo pensaba en laa maría y en que me pillara la lluvia al cruzar los andenes. Todos los solitarios tienen  un olor extraño. Generan alergia. Generan una abrasiva suspicacia en el otro. Pero en el fondo son sinceros como los niños. No saben fingir porque no pertenecen a nadie. No fingen, mienten deliberadamente o dicen la verdad como los psicóticos.  Todos los solitarios tienen una antagonia que nunca pueden solucionar en otra vida. La antagonia se pelea. Tal vez sólo en el sexo, hablan los dos polos y ninguno se tapa ni construye otro teatro más complejo. Pero al final ese nudo de intereses del éter, les devuelve a su soledad. Destruye el resto de la historia. 

ha pasado ya mucho tiempo de convivencia con esas criaturas de mi interior y ahora les da igual, anteponen el teatro, se horfanan antes, se van solas antes, se cuelgan de su  fuego y de su precipicio, nadie puede entrar, nadie puede quedarse, ellas se soportan porque son y se van, porque yo ya no las pido un cielo
Se puede ser feliz sin esperanza y sin motivo. A través de la sinestesia. De la promiscuidad de un escalofrío y un tren que dobla tu esquina cuando se rompen tus pasos. Como las hierbas. Como los relinchos rompiendo bajo la lluvia el órden de tu fracaso. Se puede ser feliz sin amor, sin oficio. Con la articulación de una acuarela dadá, con la vehemencia de un charco manchándote, desviándote, subiendo la graduación de tus náufragos.
Tal vez habitemos un lugar más sombrío. Y siempre falta una pared para salir de la intemperie. Falta una dirección postal para que nos traigan noticias desde el olvido y desde el mañana Falta una pila a la radio y los cables de los enchufes se los comieron los ratones. Pero la luna es enteramente. Y el viento atraviesa como un nuevo axioma. Porque nunca nada qué hacer, la fotosíntesis nos roba las manos y escribe ella en nuestros cuadernos.
Tengo una sensación de irrealidad, urdimbre de urracas, lluvia retenida entre las piedras. Fantasmas bailando entre mis botas, con esas pieles de manzana donde sueñan los ratones con descoser en tu ropa un hueco para mi muerte. 
Y vuelve a cobro revertido, una pulsación de paredes horadadas en tus simas, en las cuencas de tus ojos, como una posibilidad, como la billetera que tiramos al lago, con esa culpa ajena allí embalada. No me ahorré tu tormento ni en el bar ni en esa sombra que me esperaba en el escritorio. Malgasté muchas palabras para que aún me quisieras, sabiendo que ellas nunca podrían cruzar. Era tarde porque habíamos sido nosotros dos extremamente. Agotamos todo el licor. Matamos las flores de tanto llevarlas en la boca. Los corderos murieron de hambre en la cintura de tu noche. Lloré sobre sus cadáveres todo lo bueno que me diste. Y mis lágrimas se hicieron agujeros que criaron malvas y esqueletos de pez. Si hubiera sido un poco más cínico, más triste y polvoriento. Tal vez hoy conservara en algún finde del verano una noche sobre tu cuerpo. Pero fue demasiado bonito. Y eso lo convierte en un insolvente muerto. 
Yo sigo haciendo lo mismo que hacía. Menos amar. Al menos ya no amo lo concreto, ni lo asible. No rebelo la fotografía ni de dónde viene ese olor a podrido. La estrella se queda dentro de la jeringa. Juro expresionismo e infidelidad. Me cambio con el bando de los pájaros y de los espectros. Nadie llama al 112 si tardo en regresar.
Trato de devolverle un hogar a ésta casa de ruinas amontonadas sobre la abrasión de una pérdida profana. Como si al salir del baño tu botella de vino estuviera debajo del chopo. Y en tus ojos se reflejara una esperanza. Como si al abrir los balcones los aviones de papel trajeran noticias de tu paradero.
Me encuentro con muchos objetos que pertenecieron a historias que amé y ahora son testigos de su quiebra. Lo hice sin sentimentalismo. Sin nostalgia. Como soplar gotas de rocío en los troncos de la hiedra. Como mojarse los pies en los charcos.
Me puse contenta cuando el salón se quedó casi vacío. Como si pudiera arrastrar en él tu ataúd sin sufrir las rosas. Como si un olor de tomillo sustrajera de tus fechas un tren para mí. Como si aquí hubiera un futuro para los niños y los perros. Aunque todo fue en una literatura anacrónica y bucólica que trataba de atraer la pasión de un vampiro sobre las heridas que tu belleza dejo en mis bocetos.
Aquí estoy de paso. Aquí estaré kilométricamente sola. Y sin embargo es lo más parecido a un lugar en el que dejar mis huellas grabadas con sangre en los espejos.
Ya no me sorprendo por la decadencia. Ya no es un recurso literario el naufragio. Está aquí visceralmente. Yo me remuevo como cactus y gata, entre su amor y su desapego.  Miro el monte. Desmiro el monte. Un pigmento flota, traiciona tus pinceles y mis noches. Sólo amo el humo. Me acicalo por cenizas canciones de amor que no cubre el espanto, que no llena los huecos. Y soy ámbar y duda. Deambulo como una pastilla de jabón debajo de tus pies cuando te rompiste la cadera, como esas gasas en tu frente cuando tenías fiebre, como la promesa que le hice a él, no porque la creyera, sino porque siempre la había querido oir, aunque fuera en mi voz, aunque a mí nunca me tocara.
He estado despejando el salón. Ahora en el piso de arriba, sólo están dos habitaciones completamente desastradas. En las otras ya dan mano los erizos. Me he parado a descansar con una cerveza y un mapa de libélulas y de enamorados fracasos. Es raro pero aún le quiero. Él tiene un interruptor con una zona de mis sentimientos que suelen revertirse y abandonarse en la tundra. Él tiene un alcohol que vuelve a hacer que corra mi sangre en ese puerto de absenta taciturno. Y se oye una canción. Y empieza una hoguera del horizonte a acercarse. Pero eso ya no le importa a nada. Y al que menos le importa es a él. El es un pasadizo entre algunas metáforas de humo y rocas de mi interior, una especie de vehículo. Pero está destinado a la muerte. Mis sentimientos no pueden sobrevivir en mi vida. Eso hace que mi alma tenga una bifurcación de datura. Me dará mucho más el camarero y el enterrador y la inexistencia que él. Aunque para mí fuera la última verdad del amor antes del alzar del cinismo y los actores del peyote. Él convertirá, en agujeros las canciones. Es como si una prisión cuántica y anacrónica conservara el poema que escribí junto a él, en una orilla de esqueletos de espantapájaros y constante destierro. Un lugar que no puedo asegurar que existe y tampoco puedo deshacerme de él. A medida que pasan los meses, le crecen más calaveras y simas, impenetrables agujeros de gusana, desgajando todo quizás del alcance de mis manos. Depravando mi sentimiento. Rompiendo en cachos el caballo de madera que bajo su estrella una vez relinchó un sueño. Yo vuelvo allí. Sobretodo cuando estoy un poco borracha, cuando no tengo mundo, ni fe, ni cordura. Pero volver allí, es irse contra algo. Es desaparecer. Lo he hecho durante tantos años que el sentido de irrealidad y de pesadilla, de bucle y de mal viaje de setas, se ha acostumbrado tanto al grito del vino, que los muertos de él son parte de mi vestidura. Cuando más lo quiero, más perverso es el poema.
X. me decía que el mejor sitio para mí sería vivir en una prisión, así podría escribir sin preocuparme del pan, ni de si ya ha salido el sol y se ha muerto otra trucha o ha crecido una pared, una culebra con su alma o han empezado a llover martillos y batiscafos

y creo que si será algo así

estaré en el interior del poema que no he escrito

mi camino será hacia el agujero de Alicia
amor de gatos y estrellas
campanarios de cicuta y catedrales de benceno planchando palomas en el cadáver del amor

esté donde esté
no estaré en ningún aquí
y cada vez seré menos yo
y recordaré menos lo que aprendí en la escuela
lo que trataron de inculcarme esas cajas de cartón con traje y monedas
lo que dijeron los que pusieron las señales
los que nunca tuvieron ni puta idea de bailar
y esos, los peores, fueron los que tuvieron poder y gloria
y levantaron paises de mierda
y votaron a la mierda
y taparon nuestros bosques y trataron de matar nuestros sueños

las personas con dignidad
no tienen espacio en españa, ni futuro

la justicia aquí no tiene voz ni brazos 

españa nació de la gangrena
y sólo lo infame y lo vil triunfa aquí

españa eligió ser gobernada por la mierda
y mierda será todo lo que aquí pueda vivir en paz y pagar su hipoteca y sostener su micrófono y su porvenir entre la mierda

desde que mataron a Durruti
aquí sólo tiene futuro la peste y la decadencia
quiero tener un amigo perro, y vivir con él, con los gatos, con las sombras del naranjo dentro del tequila y con mi juego de soldados y canicas, de escenarios de éter y de lunática soledad con timones y hachas... todo lo otro no es posible para mí, todo lo otro me haría sufrir lo insondable, perder el tiempo y el humor, cavar fosas en mi alma y crecer sepelios a los mercenarios... nunca podré pertenecer al mundo social, sé que alguien dentro de mí, a veces lo desea, sueña con esos salones de baile pinchados en la espada del quijote y tener amigos y quererlos como quería a mis amigos cuando tenía cinco años y que fuera de verdad y no estuviera herida por la metafísica ni los lobos esteparios.... pero es una quimera para mí, es algo que va contra mi natura, además hay un inmenso desierto que yo no sé cruzar y cuando me adentro, a la segunda noche, paso tanto frío que vuelvo rendida y suplicante a pedirle perdón a mis murciélagos y a mis algas... cuando sueño el amor humano, lo único que hago es volverme más débil y sufrir la ausencia y lo insondable, las muñecas de cristal y los títeres, las putas taquillas de la usura del teatro, y además traiciono a mis estrellas, y me pongo triste y mi tristeza deja de hablar mi idioma y me desarrapa

tengo que centrarme en lo mío, y lo mío es el éter y el amor de los animales, de las hierbas y de las nubes, de los ocasos y de los poetas muertos, el mar cuando calla en mi silencio, mi cerveza que brinda por la enervante farsa y por el apocalipsis, los recuerdos de mis abuelas y sus castores y aviones de marihuana, el aliento de membrillo de mis espantapájaros y la defensa de mi amor imposible que jamás se cumplirá en la tierra

tengo que recordar esto, para entregar allí mis caminos y mis canciones, mis desventuras y mi licor, mi sueño y sus motines, mi soledad y sus recursos literarios...

tengo que serme la amiga que me falta, el destino que no me existe, el futuro que vendí en el rastro, mi azúcar y mi hachís, mi lluvia y mi mármol, tengo que serme mi multitud y mi destierro, mi porqué de campanilla y de fusil, mi ausencia y mi valle, mi lágrima y mi hoguera, ser mi página vacía y el ansia del poema, mi suelo y su pozo, su fango y la piedrecida donde crece el musgo y van a dormir los caracoles, mi tinta y mi goma de borrar, mi duende y mi speed, mi culpa, mi diatriba, mi esperanza y el cielo que nunca me llamó, tengo que serme mi pan y mi cuchillo, mi credo y lo que he olvidado, el faro y la quema de las naves, mi encayar, mi naufragio, mi apostasia y mi paraiso

ahí afuera siempre ha estado sola mi soledad y me he sentido rota, marginada, herida, ahí afuera mi unicornio se moría desnutrido, y se me tiraban mis mosquitos a los ojos, tristes por haberlos abandonado
ahí afuera nunca me amó el sol, ni la noche, ni el quizás

tengo que quedarme en mis montañas, conmigo, con los perros, con mi sueño como un carro de combate

e ir más hacia dentro
allí afuera no hay nada, no tengo que volver nunca más, sólo hay paises gobernados por corruptos y criminales, rodeados de policías, fábricas y paritorios de esclavos y cajas registradoras, alli no hay nadie que me ame ni que defienda mi destino.
en mi soledad está y no está, todo lo que necesito
en mi soledad mi ventana es un timón
tu cadáver es mi vestido de boda
tus gusanos la aceituna en el vermuth
y ese olor a insondable muerto es lo que el viento canta cuando se oxidan bicicletas y la hiedra me devuelve la luna

en mi soledad soy lo que quiero
cuando quiero y la amanita me ofrece su vagina y su hacha

mis brazos son palas para partir fosas
y escaleras para subirme a la parra y acostarme con jesucristo
parir la rata que al fin destruya a Hamelín y mate al rey

y volver borracha a bailar el vals con el espectro de calígula
o con otro cualquiera que estuviera esa noche en vela y pensara en el suicidio
cuando de tu amor crecieron chimeneas de malditos barcos del inframundo

y yo tan blanca y tan rosa
juntando mandarinas con esquelas
haciéndome amiga de la nada

y cavando en mi huerto
los huesos de tu engaño

para otra vez no tener nada
empezar 20º bajo cero encima del sol
da igual dónde vaya
estaré siempre en la esquina bisiesta clavada en tu tenedor de benceno
destruyendo los recuerdos de la escuela, matando por lo que matamos a los 15
sufriendo ese amor que nunca fue nuestro ni supo nuestro nombre ni se manchó con nuestro fango, ni invitó a vino ni a velorio, ni culpó el infinito del universo ni el hedor descompuesto de las palabras

da igual que me rodeé el mar o un cementerio de barro
yo habitaré el agujero de la electricidad
el sueño de los leones y de las espadas
la imposición de un olvido y el abordaje de la lejanía

de esos 30 años sólo nos dio para hacer un porro
volar al infierno y dejar a deber en la floristería y en el bar

tal vez otros hacen algo diferente con el tiempo
no sé hablar de otros, me es mucho más extraño que pensar en el monólogo interior de las ratas

no entiendo a los seres humanos
nunca sé darles ni amor ni esperanza
ni sacar juntos la bombona de butano o ir a cortar leña o fotografías
fueron los humanos los que me hicieron desconocer completamente mi condición humana y renegar y enloquecer de ella 

yo siempre fui una pálida marginal
un boquete en el rebelado de las fotos
una butaca en llamas a las puertas del teatro al lado del cubo de la basura

cuando era inocente y aún no había sido herida por las costumbres de los capitalistas, abría mis puertas como se roba una farmacia, como se le llevan corderos a los lobos, como se dona sangre

fueron ellos los que me hicieron convertirme a la cucaracha de kafka, a la coraza de los psicóticos, a la farsa de los que nunca mienten
fueron sus flores de plástico y su hipócrita manera de hablar con los animales y con los niños, su exceso de afectación en los sonidos agudos, sus avaros y prostituidos por las monedas y el poder, sus apestosos creyentes de la buena educación y de su apoltronada ética de los agachados corruptos y siervos

fue su manera de hacerme daño, cuando creía que eran como yo, cuando los veía iguales, cuando los trataba de tú a tú, cuando los amaba sin profilácticos ni cuchillos, cuando yo era buena y no tenía armas, cuando mi odio aún no había nacido, cuando creía que sus intenciones, eran como las de mis grillos y de mis duendes, cuando los creía honestos como a los perros y a las estrellas

ahora sólo quiero a los locos
pero mi querer es un irreversible y pétreo teatro, de cabaretistas y migrantes sin casa y sin argumento

ya no busco la complicidad, ni la lumbre que me quite el frío, y me ayude cuando el precipicio son mis piernas y mis palabras, a cruzar al mar, nunca entre los humanos, prefiero buscar gamusinos,  bares de LSD, esquizofrénicos nacidos del tomate que nació Leolo y asesinos vengadores del Lobo de Gubia, prefiero hablar con las ortigas de mi patio, amar a extraterrestes y a fusilados del 36, darle mis credenciales a las anémonas, ser pulverizada y convertirme en una trucha flotando muerta en el río
ya no bajara¡emos ni subiremos
ya no andaremos hacia adelante, ni retrocederemos, no pararemos
la niebla son nuestros huesos
la voz es la tundra y la mar
el vacío de las manos es una metralleta y la muerte
la casa está volando por las aires
el acordeón entre las costillas diciéndote adiós, te amo, no podré recordarnos
no habrá faro, ni resumen
no le darás argumento a las hogueras
no llegarás nunca, aunque mueras por hacerlo

es demasiado tarde para que alguien sea un destino
para que un aquí, pueda sujetarnos
para que tu amor le devuelva el sentido al fuego

duermo abrazada a los escombros del teatro
mi rostro es un polilla de polvo, el cubismo de la ausencia de otra mujer que una vez en una gasolinera cayó en un charco y fue herida por la misma lejanía que yo

da igual desde qué agujero o paraiso mire el pasto
el bosque avanza contra lo que creía de las palabras

cada noche soy más extraña, soy menos soy, más vapor e incertidumbre, deriva y cualquiera y nadie

no tengo principios, no creo en la Obra, nunca me sacio, no conozco la paz, sólo el sueño de los espantapájaros

nadie me amó como hubiera necesitado para no haberme ido

ahora es demasiado tarde, sólo entrego arlequines y vino que pagará una noche equivocada

lloro la vida de los perros atropellados por la mierda de los coches de los ciudadanos
soy cada uno de sus huesos rotos
y me sufro madre y huérfana de sus ladridos
me sufro lo que no fue oido, lo que no pudo llegarme

un día saldremos de nuestra nada con machetes
vengaremos a los perros
y nos quedaaremos con ellos para siempre.
Dentro de un rato, pondré música y empezaré a recoger la casa. A veces estoy triste de la belleza de las cromáticas del verde entre la fotosíntesis y los rayos. Aquello fue culpa mía, seguí moviendo hacia allá el naipe, la apuesta y el whisky, con un pronóstico imposible, con una cuerda suicida haciendo de paraguas submarino, de escaleras de algas y pasiones de perro. Le dí muchas de mis fechas cuando lo probable era la destrucción, cuando lo único cierto era la ausencia. Y así malgasté esperanza y vino. Hubiera sido mejor amar así a un muerto, a una montaña, a un astro. Ahora me retiro, con la cima del fracaso. Con el piano de absenta rompiendo tus tacones. Y ese afecto del veneno de la avispa y el crisantemo en llamas.
Mis cuartos crecen de desolación y de noches estrelladas. Yo soy cada vez más paria y mi vehemencia nunca para por estas tierras. He escrito tanto que ya no distingo los esqueletos y el amor, ni de la literatura ni de los cubos de basura, cantando el eterno retorno del salmón y la amanita.
Se me enfermó el piso, de tanto agarrarlo con espadas. De darle la vuelta con ese sudor congelado de los barcos y las guadañas. Y de estar tan sola, cuando quería estar encima del ocaso contigo, las carreteras se volvieron bypass de un viaje de setas y de olvido. Nunca me recompuse, aunque no necesité psicoanalista ni futuro. Me quedé, pasada de vueltas de campana, amando al espectro de un agricultos que alguna vez me trajo los negrillos cuando tenía miedo. Y aunque nunca fue humano, pudo detener el precipicio en el amor blanco de esos cuervos cuando hay tormenta.
Aquellos sentimientos tuvieron que ser metamorfosis. Cuando no alcanzaban los violines a cerrar una despedida. Cuando noo nos conmovían la pobreza esos arrebatos. Y la vieja humanidad que tuvimos ya no sabía cómo soltar la botella de vídrio sin morirse de pena. Por eso cambiamos. No fue porque se nos hubiera ocurrido algo mejor.
otra vez esas horas de tu zapato-caja musical, alejándose desde lo que se aleja kilométricamente de mi vida, y sólo tengo las zarzamoras, una canción taciturna mojada en el raso de tu quizás y que nunca entra a casa, ni escribe entre recibos ni cartas que puedan llegar, no puedo renunciar ni acabar nunca un pensamiento, en la casa crecen las ruinas y tú desapareces cada noche un libro quemado del cielo que miro y desabriga mi horizonte con rotas bicicletas que es cuanto tengo para no cansarme
tendré que irme pronto.... echarme a caminar, traicionar el eco que persiguió mi pasado
He estado regando las flores. Oyéndome otra vez en la distancia. Ese ultraje de bocetos derretidos por trazos de llama y ausencia. Y los cajones entre-abiertos percuten tu voz donde van a dormir los matorrales, huecos del tacto que pudiera devolverte como un cacho del cielo al camino que traga los pasos.
Sigue el día, entre grietas de huérfana pintura. Cubismo contra el nombre y el argumento. Fetiche de un olvido desnudándote donde empieza a desaparecer la casa y el futuro. Con el cuerpo navegando en la mar, sin orilla, sin ti. Y pienso en irme. Un día deja de escribir, tomar desde otra luna el blues y el olvido. Sorber ese infinito sin que crezcan mis escombros.
Ahora todo es infiel. No me espera a cruzar la esquina. No liba de tu alcohol la noche en el maizal. Ni tus lunares son las estrellas. Ni tu sepultura los brazos que nos debían los negrillos. No dura nada, el te lo dije. Ni déjame que te cuente. Ni lo entenderás cuando llores la misma sardina que yo entre el desagüe y los poemas. No hubo nada fiable en la memoria. Yo no tengo principios. Tengo puntos suspensivos, arrebatos de hash y mármol. La pérdida se pone radical, quema  tu casa, me hace olvidar cómo encontrarte, y tampoco te lleva crisantemos. Estoy aquí de paso desde que nací buscando inútilmente mi planeta. Siempre me enamoré de farsantes. Y todo se lo di al juego. Ya no tenemos nombre ni verdad. No hay nada cierto. Sólo un infiel viaje enamorado de lo que nunca existirá. Los cementerios están llenos de nuestros trajes de payaso. Cuando salté al vacío por un sueño, encontré sólo su cadáver. Así fue como me hice pitonisa de datura y ausencia. Ahí afuera hay gente, algabaría, destinos que se suben al tren, y entran y salen de los bares, de los conciertos, de los purgatorios. Hay multitudes de óleo y fractales. Pero nadie cruza mi distancia. Yo soy su frontera de ácido, su utopía y su desgracia. Vago y erro. Me roban el corazón las termitas, las postales de harina de pez, la luna. No hay reposo para mí. No tiene rostro el amor. Ninguna mano puede sujetar la mía en la tranversalidad del murciélago y de la lluvia. Yo sigo escarbando y sacando paladas de tierra en la belleza de los gorriones. Cada vez tengo menos palabras y menos destinos. Mi amor es completamente inútil como todo lo que vale la pena.
Detrás de ti. Mi purgatorio de óleo y hojas secas y demacradas por el reflejo de la luna en tu lago de ausencia y robo. En tus ojos carniceros de lo que se fue y tenía en tu deuda el vino pagado de mi olvido. Vuelvo aquí, fotografía de cristal, blancos y negros del exilio colgando de tus cuerdas, con esas pinzas de la urraca y el tinte de las noches estrellas en ese andén, matando en tu nombre la piel de la lejanía. Vuelvo al caos y a los barcos del absurdo en el antiterritorio de una despedida. Y enfrento la soledad con las acuarelas y los sapos. Con la belleza furtiva de esos mares encayados en el dolor de tu piano. Eran tus lágrimas el epílogo. Nada pude darte. Nunca te fue suficiente mi pobreza. Cantan los pájaros. La cerveza echa burbujas. No así tu olvido. Tu olvido ya no hace nada que pueda intervenir en la formación e impago de mis esquelas. Escribo y todo lo escrito se hace moho de una ruta que tomaremos un dia de estos para alejarnos y no volver a dar explicaciones ni del viaje ni del grito. Tú también causaste dolor a mi espantapájaros. Él te amó en su lodo. Te perdió ahí. Y en tu calavera empujó sus raices con peyote y gasolina. Hace ya mucho que las butacas no lamentan la impenetrable distancia del alcohol y el teatro. Utilicé tu ausencia como maquillaje de cactus y caja b de la literatura, desordenando los hechos y rompiendo los mapas.
No podré estar aquí mucho tiempo. No podré seguir escribiendo sin penetrar del mar la muerte de la carretera. Hoy todo es posible y nada es mío. El amor es el mismo amor, anterior a la palabra y a lo asible. Nunca tuvo futuro. Nunca fue devuelto al torcer de la luna. Ni en mi desierto escribió un quizás que calmara mi abismo. Por alguna razón se entregó al fracaso. Tú eras la oligarquía del esperpento y succionaste en la música mi fe y mis días de moras y whisky.
Ahoraa me estoy yendo. Nadie me detendrá. Nadie me devolverá el vino esparramado del callejón y del sueño furtivo. Será la mar. Será el éter. Motin de vagabundos, descorazonados del porqué y de los mástiles. Insistente viaje contra la orilla. Mugre de promesas que nunca limpiaron las palas ni cerraron los libros.
Ese silencio que regurgita, avanza sobre la despoblación de tu voz en mis cauces. Sobre un sentido vertical y ausente de la reciprocridad de un roto abrigo. Ensalivando con ínsulas desaparecidas el ámbar que espeja tu escópica renuncia. Y lo vuelve a mí, desarraigo y promesa que de tu mano, como pájaros quemamos de la noche. Faz de los perdidos. Amontoné tus derrotas en el humus de las mías, con esos insectos abriendo el camino de la noche. Despojando sobre tu belleza el bifurcado camino de un tango nómada que no volvió a entregar a nadie la sangre de su alcohol.
vuelvo al hueco que espera un poema, miro en la ventana la isla furtiva de tu desaparición, tiemblo el jazz de las palabras carcomidas con su oreja pegada a tu suelo y a tu maldad tímpanos de alga y perdición, remando otra vez contra tu tierra... y el tiempo no se mueve cuando no están las metáforas y entre ella nunca conoce ni la salida ni la llegada...
la muerte de mi abuela ahora es más penetrante, ha subido el alcohol de sus bodegones, y los rizos de su pelo cuelgan urracas que mi vida llora cuando los peces del río son agujeros negros que me viajan al mar
y vino anacrónicamente mi destierra y mi pasión, piso de puntillas y con machetes un camino que nunca es camino, amo lo que nunca tomará mi mano, escribo por tristeza, por la patología de una soledad invertebrada, vehemente y llena de piojos y de barro, ésta soledad que ha olvidado tantas historias y sigue enamorada vete a saber qué destino
no tengo nada qué ver con el sistema, me confiné contra sus frutos y sus casas, me confiné contra los títeres que trataban de imponerme máscaras, radicalicé el quebranto del teatro, y la casa se llenó de ratas y de gatos, mientras se marchaban todos los demás
porque eras triste, siempre tenías la boca de la lluvía como un tren entre nieve y tequila, mordiendo la música de mi desesperación
porque habías perdido la fe, podía quedarme en tu piel, como una página vacía, cruzar esos viajes de la ceniza y la guerra y llegar siempre a tu mar anochecida
hasta que se pasó de excesos el crotorar del horizonte en las guadañas y te hiciste sima y sangre insecable en los vestidos de salvia, huracán de los huecos, mi madre abortista robando mi futuro de los ciervos muertos
Estoy con Hierro. El día todavía aquí no empieza. Aquí plegamos el ardimiento del mismo olvido sobre la salpicadura de marte en tu jamás. Ayer le buscaba una solución, y vi condensarse esa historia como una metáfora captora y compleja, incluir todos sus años y meterse con un zarpazo en mi alma. Buscaba un después. Un final. Un fue esto extremamente y ahora ¿qué? Pero no encontré una salida. Sólo esa grieta de benceno extendiéndose por mi habitación. Y tal vez sólo es eso. Hay historias, pocas en la vida, pero las hay de las que nunca se vuelve y no existe el olvido, ni un poema las acaba, ni la fiesta del vino en los puertos. Se quedan ahí furtivas y condenadas. Como la semántica de la ausencia y a veces algo peor. Como el fervor del fracaso.
Me despierto. Soñaba con la mar. Había una inmensa tormenta. Íbamos por unos acantilados. En una parte era muy díficil cruzar porque rompían las olas. Y luego ocurría algo más que no recuerdo. Me he mareado y todavía estoy medio dormida. 
Ayer fue muy extraña la noche. Me embriagué de ese sentimiento voraz y cautivo. Y siempre acaba en el mismo sitio, desolado y condenado a extinguirse. Cada vez que me permito adentrarme ahí, sufro una ruptura, un hueco, un muro impenetrable. No me hace bien. Vuelvo a un punto muerte, antitemporal y lleno de fantasmas y ausencia. Escarbo en los huesos del olvido y fado su sangre fresca. Y todas las péridas vuelven a perderse apostrofadas en los labios de la guerra.
No sé dónde meter ese sentimiento. Tal vez sólo echarlo a la mar. Abrazarlo con mástiles al vino y llenarlo de espadas. Arrancarle su corazón. Irme a dormir con las cigarras, debajo de la luna, con un violín de hachís. Hasta aquí no llega ninguna voz. Mis margaritas de metal están de fiesta. El cementerio de mi corazón abre sus tumbas y me devuelve pájaros. Y al fondo empuja esos huesos. El amor que aún le tengo, es petricor entre esa tierra y una llamarada en medio del océano. Nada tiene él para mí, lo poco que tenía lo tuvo que reservar a la muerte. No le queda ni una gota de amor, ni un poema. Yo siempre fui una puerta abierta entre las piernas de un fauno. Al lado de la nada y del olvido, donde las flores azules se quitan las bragas y entre las guadañas dejan volar mi vida contra la tierra. Y aunque te quiera. Sólo el alcohol lo podrá soportar. En un puerto encayado bajo tu bolígrafo. Escondo esa canción para cuando venga la nieve. Me protejo entre los ornitorrincos de decir la verdad y empezar a arder. Estoy aquí junto a mis calaveras y las grietas de la pared. Suena una canción y levantamos el alma y lo que nunca hemos tenido al éter de un cielo que nos lo arranque. La soledad es de cristal. Entra la luz de la luna. Salen las barcas y los cantos. Nosotras no podemos salir.
me pasó algo, un sentimiento que empezó a arder, el alcohol, esa música, llorar y caer en un vaso, secarme las lágrimas con la luna que baila ahí arriba, sólo estoy yo acá, si caigo que sea hasta el fango y ya sus guitarras me subirán, no es transferible un escalofrío,  de mi pena sólo la nieve cruzará, vendrá con perros a mi puerta, con la pleamar muy lejos de aquí, esto no es un drama, lloramos como los caracoles y las medusas, las procesionarias y la resina de pino, nos hundimos de raíz en el humus y el moho del llanto, y una vez, vestidas de ruina y destierro, el cielo se abre, bajan las estrellas, los barcos empiezan a salir
da igual dónde vaya, estaré siempre sobre el suicidado punto cardinal, virtiéndote mi deriva en tu adúltero vaso, en tu mercante sed, y la infidelidad será compartida y ecuánime, del valor que encargamos al camello entre el callejón y la eternidad, la flor parricida la recogiste de la casa robada, y yo de tus guantes, con las huellas de Carmen cuando cambió tu amor por un libro de madera, y yo la amé, carcoma y salvia, y la preferí antes que a ti, porque sus ojos vieron lo mismo que yo, aunque yo tomara la perspectiva del cieno bajando sus escaleras, acuchillando sus geranios, y usándote, como inevitable inconveniente de la literatura.
la punzante insatisfacción que sólo calma el delirio de las noches combustibles entre rasgaduras de cristal y hash, en el desequilibrio amotinado de sucios borrachos partiendo los peldaños y devolviéndonos el amor
ya no es tiempo de ningún tiempo
no habrá ni llegada, ni perdón, no cicatrizarás la pérdida ni lo que tuviste, andamos como esa tabla de náufrago vendida de tercera mano en la merca ambulante, empeñé los pendientes de la bisabuela para devolverte el esqueleto del mosquito y que siguiera amándonos azul, pero no salió bien, la usura de tu melancolía despagó mis añicos por poco más que nada, cerraste la puerta sin recoger la pala ni los huesos, no te reproché porque dejé también allí los míos
llegué después de que el último tren se crucificara en tu espalda
de allí bebieron antes que yo todos los pájaros paralícos
tú caiste en cama, como la desnutrición rodeada de la carcoma
como las alas de la gasolina
con mi tierra atormentada en esos hilachos de saliva que de tu boca y de los cuchillos
volvían a llevarse en mi alma, los motivos, el sol que pastaba con las reses una montaña que de una vez acabara con Sísifo

y también en tu nombre hice mal
y fui culpable y sucia
lavada junto al excremento de tu religiosidad
abandonada en el mismo grito en que te hacías el infierno

no lo dejé estar ni irse
no lo enterré con tu culpa donde ese perro yacía
ni fue tu perdón, ese bar, después del sepelio, borrachos de tinta y de luna
devolviéndole fosas al hambre que empujaba, y le di, tus años atados a ese violín de huesos de mi tristeza, pero no se sació mi mano vacía de verterte y ver sangrar en las nubes mi verano
sigue la curvatura de tu pérdida, se vacían los vasos brindando con la nada por una lejanía que cave primero la vuelta que no se recoge cuando se apura la noche desangrada sobre tus labios, ni empujar para salir primero,  ni siquiera me quedé en la esquina del bar, para ver cerrar los ojos al amor en tu vómito de vino.. somos náufragos que amamos la luna y perdimos por ella los otros caminos.. y acá, desvestimos la herida y el coágulo se va con otra, ya ni de ese cauce, hueso que salvar en la capa de tu hoguera, ni sombrero de arcilla en el que contener el desmantelamiento de mi alma sobre tus  brazos... ninguno recuerda cómo ocurrió, un día al cruzar el prado, el espantapájaros sangraba cuervos de la epifanía que te hizo caer, agarrar al suelo con tu cabeza y envenenar mi nombre en el cielo que no bajaría ni para ser testigo ni para parar nada

yo seguí escribiendo, seguí cogiendo ese autobús a las menos cuarto, dándole los escombros del vecino y el tributo de tu fe a cambio de nada, seguí insistiendo el recurso literario de nuestra desaparición, el sabotaje de la fecha en tu agónica belleza bajo los martillos, y mi dolor se hizo el libar de los invertebrados entre los grumos de los libros que denigraron un futuro por un vals y un cigarrillo de flores, mi amor dejó de ser de aquí, ya nunca tomé nada de los puertos y migrante entregué mi fracaso, como un bien y una entelequia, sino revertí tus cristales de mi bañera fue porque nunca supe darle futuro a lo que me ataba

esté donde esté, estoy condenada a estar fuera, no sé si por el éter o porque nunca entendí tu letra, no la pude verticalizar en mi espalda, ni serte horizontal entre la noche y la heroina, el gozo fue también el filo, la primera tumba fue el primer brazo
he visto naufragar con estrépito y sadismo, muchos de los sueños por los que maté, desde el interior de tu tumba, de tu vino, de tu ramo de flores, a la autopsia de mi cielo, a la armadura de amapola, a la espada de tu cama sustituida por ese matojo de escombros que mis brazos te acogieron cuando tenía frío y miedo, y tú eras todo lo qué, y como tal desapareciste con esa escarcha como mueca del diablo entre mis piernas

y ahora estoy aquí abajo
al otro lado de tu sentimiento
al irreversible
al herido por astas, por hachís, por luna llena
a la suela de tus zapatos como picaporte a Babilonia
matando los poemas
como ratas que aparean en tu cielo a mis espías, con tu cianuro y tu tango y tu vergüenza
sin afectación
ya no pactamos tierra
ya no salvamos plural

y sin embargo a veces se me pudren los cráteres de la luna en ese lugar de la memoria donde encarcelé tu recuerdo para seguir esa canción

pero me voy llorando con las gaviotas y las piedras
no detendré el tictac por miedo a verte caer o verme desaparecida en tu espejo, encayada en tu cicuta y en tu mediodía
no detendré nada

huyo porque lo que me conoció me hizo daño, y pasé mucho frío buscándole una palabra que lo acabara en la ginebra
no me quedo en ningún sitio
y si maldigo a veces, y parece que la vida nos abandona, no es por mal, ni siquiera por tristeza, es que cruzó en el cielo un rayo de belleza y no tenía ni carne ni hueso, para distinguirlo de la muerte.
sobre mis ruinas
desató esos mástiles donde tu destino me romperá en mil pedazos
y del gérmen
porque recuerda nacimos de la herida cuando al hervir la sangre, ahorcadas sirenas te besaban el paso
porque ninguna muerte era tan profunda, como la muerte usando tus recuerdos entre mis piernas, usando tu voz en mis cerillas y en mis palas, en mis pozos y en las alcantarillas que bautizó tu espanto cuando dijiste que me querías
porque nos llevó a su cintura y a su fango la antagonia, mucho más fuerte que el amor de mamá
porque te negué sobretodo la noche que te dije mañana, que me entregué suicida al gozo de tu precipicio y te lo di todo, porque me daba mucho más miedo quedarme con algo
No hubo venganza. No hubo justicia. Ni moraleja. Ni siquiera lo contamos borrachas en el bar con ese vestido de pinchos rosas y el cuchillo de mercurio. Y si lo hicimos no pudimos recordarlo al día siguiente. Fue alimento de malvas y piedras. Como tu legado en mi cuchillo y en mi corazón. Como tu destino en el crucifijo de los cadáveres de los ciervos. Y la tierra cuando abandona y sobre el vómito del payaso escupe un horizonte que por fin puedas atar en tu exilio.
Alejándome a través de la sigergia. Eres un túnel de ruinas afilando espadas del crujido de un blues lleno de sangre, al vencer de mi renglón torcido y náufrago, cosiendo LSD en los labios que fueron cáliz y espías de ese sepelio pactado con tu madre.
No sabes cuánto, durante esa largura de la palabra decapitada en el infinito. Cuánto tiempo y fosa placentaria de tus tumbas de mirlo y de machete. Cuántas noches inconmensurables a la cuchilla de afeitar ese óxido de tu música y la carne. Nunca entenderás porqué ni hasta dónde. Nunca podrás pagarme el maquillaje a los muertos, ni esas flores de estiércol que abonaron durante siglos el suicidio de tus fechas y del tiempo. Eres el único que podría cruzar. Pero en el interior de una maldición de eternidad y hachas, de haces polvo antes de poder albergar ni un milímetro de mi sombra.
Y los anzuelos fueron cortados por la oscuridad de los peces, entre mi vaso y tu sed. Tú no puedes entender hasta qué perversión del horizonte puede llegarse cuando no se ha tenido la suerte del olvido. Tú olvidaste. Lo hiciste antes de que la noche rompiera su hímen en mi papel. Lo hiciste antes de que los huesos royeran esas catedrales del insomnio en la zona de mi cuerpo que juró amarte.
No hay nadie en mis poemas. Ni siquiera estoy yo. Ni siquiera son ya poemas. Escribo desde un estado de nitroglicerina y desaparición.
Mi soledad crece como una bomba en la grieta que parió vides sobre tu muerte. Mi soledad me quita el eco de algo cierto, la reciprocridad de algo humano y continuable. 
Entro con los lobos al suburbio que mataste en mi cuerpo aquella noche. Pero miento. Porque tú no podías intervenir en ninguna canción. Fuiste mucho antes devorado por la nada que aquellas playas encayaron entre mis piernas. Tú no eras ni bufón, ni asesino, ni farsante. No eras punto de retorno, ni horizonte ni cementerio. Te dijeron así, las metáforas y no lo habido. Nunca lo amado. 
Y aquí no llega ni el olor de tu podredumbre. Ni la esquela que abriste en canal en mi caligrafía. 
Aquí ya no hay nadie. El delirio de la soledad, multiplicada en el cubismo de una soledad alquilada por algo que nunca fue mío. Avanza conmigo y se lleva, mi identidad social. Mi pertenencia a. Mi traaducción del espanto en base a un amor o a un ideal. 
Soy algo mucho más perverso que la zona sucia del nihilismo. Porque ni siquiera esto es verdad. Todo es un azote fugaz e infiel. Oigo mis dedos tecleando. Caen icebergs del mal que hiciste a mis canciones. Pero ni siquiera eres algo asesinable.  Yo cada vez entro más dentro. Tengo una granada en la tripa. No me conformo con pasar. Empiezo a cavar fosas, a descoser cielos. Y cada vez soy más rara. Más desaparecida. Estoy infinitamente lejos de otro ser humano. Me desvela el candor de los metales y los sombreros de tripa de pez. La existencia me llega como un duelo y como una vuelta de campana. Vomitar la voz que hizo eco. La mano que sobre tu mano mató aquellos gatitos. Cuanto más escribo más lejos estoy.  Soy atraida por la fiebre de Kafka. Por el frío.  La perspicaz ausencia de amor horada en los versos, cuervos pétreos y llenos de whisky. Cada vez es más díficil que alguien me conozca, que yo pueda mostrarme a alguien como de verdad me siento, sólo el benceno soportaría el reflejo. Por eso no puedo sentir amor. Sólo en segmentos del teatro. Mi soledad cada vez tiene más armas y más cementerios. Mi ternura es cada vez más clandestina. Mi vida me empuja a la periferia de la vida de un lobo y un cangrejo.  Nadie me ha querido como he necesitado que me quisieran. Nadie me ha dado algo que pueda conservar en mi alma cuando viene el infierno. Tal vez yo tampoco se lo he dado a nadie. Mi camino son los precipicios y las metametaforas. Soy descendiente de un oscuro éter que te hizo de madre cuando suicidó a tus hijos.
Creo que no podré quedarme aquí. Hay una profunda resonancia de la ausencia. Una sima que me atrae y que se ha llevado ese licor de las palas que pudieran partir bajo tus pies, la lejanía de ese amor desaparecido en qué lugar tan raro. Sufro el ataque del vacío. La inmensidad en la taxidermia de una claustrofobia que desola las calles y me pronuncia como una sombra hambrienta. Echo de menos ese alguien que retorne de la inefabilidad un pájaro que poder volar sobre un horizonte cualquiera. No debo enfrentarme desde mi soledad a la página vacía, he de hacerlo desde la taberna, desde el viaje. Acá me estoy cayendo en un mundo que ni siquiera existe. Enervantes fantasmas me persiguen sin conocer ni una sola palabra. Y tengo frío. Y tengo un devorador espejo entre las mandíbulas del rosal. No debería estar tantas horas sobre una mesa buscando la palabra, sufriendo su exilio, mi pétreo desvío, la repetida ebriedad. Ya no me sirve. Ya no lo colma todo. Una vez escribir fue todo cuánto necesité para salvarme de la lejanía. Pero he ido ya muy dentro. Me falta una pasión. Me falta la urdimbre que una esas cabezas arrancadas de gorrión con tus tizas. Escribí con abrasión durante los últimso quince años. Y la escritura ya no me deja vivir en paz. Ya no me quita la sed. En la escritura no vive el amor, no se calientan las manos en la faz de los perros y el hervir del vino. Creí que podría quedarme aquí, un par de meses. Pero no creo que pueda. Hoy he sido atrapada por una homicida soledad de la degradación de lo palpable. Antes yo huía de una realidad para transformarla en la metáfora y que cantara libre aquella canción clandestina y atormentada. Las metáforas se fueron poniendo delante de todo. Y eso una vez fue mi utopía. Pero ahora, de mi yo, a sus girasoles y cuchillos, sólo me crece la distancia y da vueltas a mi cintura y me separa en el interior de una lágrima de sima y fuego. No se puede dar la vuelta. Sé que nunca formaré parte de la vida que alguna vez conocí antes de escribir. Pero acá ya no puedo quedarme. No hay amor. No hay sentido, ni épica, ni una obra que pueda acariciar mis labios y mi muerte.
Me falta con violencia algo. Si no escribiera me volvería moho y miseria. Pero la escritura ya no me trae alas. Me sujeto del brazo de los rinocerontes y de los muertos, amanezco rota, mucho más sola. Y no me resigno a la tristeza y a la desolación pero tampoco la puedo esquivar. Cuando pasan años y no amas a nadie, y no eres, ante la excepción de la ginebra de nadie, sufres la extorsión del cubismo, la destrucción de la identidad, una maldición de la sinergia y la deriva y la datura. Cuando todas las palabras que conoces, tu historia, lo que has vivido, lo que allá abajo sientes y sueñas, no llega a ningún piano que devuelve el incendio de una rosa o un espantapájaros, te vuelves una oquedad de una ola de nadie, la vulcanización de una pregunta sin sujeto ni tiempo.  También entregas la fe a los animales y la sacas de la calle. La hierba ensilada ameniza la orquesta. La realidad es devorada por los faunos. Porque nadie sopla en la grieta y salva la sidra. Nadie camina conmigo. Y he olvidado articular un horizonte, distinguir un rostro entre el carbón. Es ya mucho tiempo. Sólo sé del teatro. Cuando estoy con gente soy un escenario lleno de basura y botellas acabadas de vino, esperaando a un gato que vuele. Me doy a la ebriedad porque la tierra me quita lo poco que tengo para cruzar la noche. Todo esto sólo lo pueden comprender los que han estado solos lo suficiente para hacer que su soledad sea un ejército y un viaje de peyote. Yo no tengo ningún ejemplo. No puedo darme la vuelta porque aquí no llegue por ningún camino, ni abrí ninguna puerta. He desarrollado mi voz de calima y agujero, y su corazón y sus conexiones neuronales, sus afectos y prisiones y suicidios y fiestas, sin nadie, durante un infinito y un barco de ron. Y allá, volvió de la cicuta un campanario. Anidé junto a cuervos y cigüeñas, la crucifixión de tu despedida y seguí, pero no era hacia delante, ni atrás ni abajo ni arriba. Era  a fractales. A agujeros de tiempo. A dadá y tormento de metal y helio.  Me separa una muerte, de una vida que sujetar, amar y creer. Me separa una muerte de mí misma. Allá, a trece tumbas de distancia, hay ruidos y algabaría, alguien sueña y saca a bailar a payasos. Yo sólo puedo entrar borracha y furtiva y no puedo quedarme. Mi destino es desenterrar cadáveres de cordero y hacer faros con la nada para que coma la desnutrición de haber aprendido a hablar.
El monte parece un mar en movimiento. El pasto tan alto se mueve gimiendo manchas más blancas y parece trepar y bailar un vapor absolutista. Hay una belleza onírica que baja todo el universo al paisaje y lo alza como una paraiso impenetrable y a la vez abierto. Una intensidad de la existencia sinestésica y a la vez desolada. Y estoy aquí y a la vez no puedo estar. Con esa vertical insatisfación, con ese hambre y necesidad y pavor de las palabras, de la quietud, de la belleza y tu ausencia. 
Hace ya muchos años que elegí escribir para caminar, para mover de sitio el verbo y el olvido. Para amar y para vivir. La escritura me unió a una estrella infinita y también me separó de muchas cosas. Y sigo en su atracción. Bordeando los límites de su condena y su canto. De mi extinción y la paz de calima y el gozo de lo proscrito.
Estoy sola por muchos motivos y ninguno es concluyente ni capaz a manipular las hoces del viento que gravitan entre mis precipicios. La soledad sigue siento un motivo que hace carnaval en los grumos de tu ginebra taciturna y ladrona de mis exequías de esqueletos de pez. Es un camino combustible que azota todos los otros caminos. Rasguña la idea de mi identidad y enjambra el desdén de los montes en tus alas partidas de murciélago y petricor. Cuando estoy en mi soledad, no me necesito como un sujeto, ni como un principio o objeto del hablar. Me padezco y me celebro a través de la inefabilidad y las cajas de cartón coleccionando manchas de acuarela. Estoy en el espacio como un cubismo de la fuga del espacio. Y me adentro donde no necesitaré regresar ni quedarme. Porque nada puede asegurar de que ese lugar exista. Y la cuántica que tranforma la materia desde mis ojos es también la misma que la desaparece en el fervor del mar o de esos trenes de benceno que galoparon contra tu amor la muerte de mi nombre.
Aquí me dedico a escribir y cada vez escribo sin mí demasiado tiempo. Miro por las ventanas. Muevo de sitio los esqueletos y la savia. Muevo de sitio el sitio por haber tenido manos y siempre vacías. Padezco una nostalgia que nunca ha estado en mi vida. Que no ha tenido un verdadero afecto que regresar y que no me conoce lo suficiente para atarme a ella.  La noción del tiempo es también alambique y alcohol de un fractal apasionado y maldito. No tengo paz pero tampoco sufro desgarradamente. Miro el monte y el monte es mi humanidad, mi reflejo y mi matriz. Y pasa exactamente lo mismo si miro a los ratones o a las grietas. 
Tengo un enervante sentido de irrealidad respecto a mi y otros yoes. Un inevitable teatro de pérdidas y franquicias del exceso y el lunatismo. De la insorteable farsa del creer que es viable alguna creencia o que hay algún final y eje para los caminos.  Y si tengo frío y quisiera un alguien que me devolviera a la dicha de las cigarras, me veo obligada a buscarlo en la fractura del dadá y no en la tierra. Esto asevera mi olvido y mi desaparición. Hace de mi atmósfera un barco en guerra bajo las mandíbulas de un mar imposible. Y me adentro cada vez más en éste hipnótico soliloquio, sin salida. Es tal vez el fulgor que empuja a los solitarios, a los que nunca han sabido ser parte de nada, ni mantener otra vida, pegada a su amor o a su muerte. Esa promiscuidad de las polillas entre las noches de metal y de mercurio. Haciéndonos como bosques y quitándonos de la humanidad una historia. Ese metamundo de la lucha contra la palabra y la hechura, a través de llamaradas y distancias cada vez más cristalizadas del éter y de la diferencia.
Vuela un águila. Los caballos pastan a unos metros de aquí. El río sigue cayendo. Las nube voltean, giran y se van. Soy cómplice y ausencia. Estoy aquí y me oigo desde el roer de los ratones, desde el moho de tu diario rompiendo remos en mi vida. Luego me pondré a recoger esas montañas de ropa. A engañar al olvido que persiste en ensangrentarte sobre los objetos que no están ya en la casa.
La soledad cambia la perspectiva del olor a goma quemada, en el cauce de esa liturgia de alcohol y piedras. Y alza el destierro y el vaho. Y me quita la necesidad del pensamiento, la manipula sobre las ramas que gimen debajo de tus pasos, un camino cualquiera que no se cruzará en mi vida. 
Es distinto el sentimiento cuando viene y se comparte, con la hierba. Las preocupaciones humanas respecto a una sociedad, a su cultura, a un plural, se siderurgian en algas y tierra removida. Se evaporan. Se llega a una esencia expresionista del crear y de la desolación. Tampoco es determinante quién he sido o lo que he tenido. Acá sólo el viento agita la manera de abrir la mano y atarse a las lluvias primitivas de los libros enterrados. Y el pensamiento sigue pero no cumulga con la negociación del pensamiento de un sistema de valores o de pasiones humanas. Hay otra salvajidad y es mucho más intenso el silencio y la pérdida. Ando aquí descalza, con un vestido rasgado. Miro mi soledad en cualquier sitio al que mire. Pero ella no tiene rostro ni frontera. Sale y entra de mí, sierra las puertas y abre las ventanas. No hay mucha diferencia entre yo y el gato y esa flor muerta. Temo el silencio y por eso escribo. La escritura esparce la anchura de mi distanciamiento. La ausencia de los amigos se derrite en las azaleas y escala el insabor del jazz sobre esas tormentas de mapas desaparecidos. La idea de ese lugar bajo la noche estrellada, con esos carros sumergidos en los esqueletos del maíz y tu piel incendiando la mía, sólo es un teatro que atormenta mi literatura y que nunca cruza mi sentimiento y asimila algo que pueda sembrar o crucificar en la cicatriz del cielo.
He estado haciendo una pintura. Hoy estoy distante, cristalizada por ese poema imposible que rompió tu casa en un punto cardinal desaparecido de mi vida. Hoy las palabras son grietas temporales de hogueras sumergidas danzando la deriva en la coacción de tu ausencia sobre mis cajas musicales. Y estoy triste ebriamente. Con una soledad, reflejo y limadura. Inmóvil ante la hechura. Cuenco de lluvia que recoge los escombros del paisaje, sopla y se desencuentra. No sé por qué cambio tanto del silente del mar en la embergadura de esa tumba dentro del canto que te nombra. Ayer me encontraba casi eufórica del vivir. Y hoy todo son tablas de pintura de un naufragio en la desembocadura de tu distancia. Y miro por la ventana. Y mi cuerpo habita demasiadas habitaciones de la soledad mientras crece la intemperie. Me hago pértiga de un boceto de madreselva cubriendo en tus lágrimas los desvanes de las mías, y no siendo aquí, ni tránsito ni canción. Sosteniéndome como duende sin casa, la atracción de un hechizo que todo lo aleja.
Ya no busco nada en mis diarios. Las palabras son también su inutilidad y su cortejo de fantasmas. No me reconozco sobre otra vida. Me soporto como una danza de termitas en los juncos verticalizados por la maldición de una despedida inabarcable. Horado sobre mi soledad en busca de una isla que recoja de mi huida un hueso que enterrar en el patio. Todo se aleja empujándote por las escaleras, culpándote las afirmaciones que me trajo el callejón cuando dormía escondida de mí y de tu alma. Los chopos se mueven. La casa huele a vino avinagrado y a jazmines. Se oyen pájarol. El sol me pervierte la clorofila en lo amado. Yo estoy en ésta mesa, escuchándome como lo ilegible. Buceando otra vez el rastro desaperecido de mi voz. Mientras no hay nadie. No hay un mecanismo que pueda hacerme cómplice de ningún hecho. He perdido de mis huellas la traducción de la materia y de algo asible que ofrecerte como dádiva y taberna. El soliloquio crece y crece la soledad y ese absurdo arrebato de la absoluta ausencia. Aún así, es bella la naturaleza que me espía y me atrapa, sobre ese rubor vagabundo de un yo sin historia.
Es díficil estar sin ninguna clase de sujeto. Sin una escafandra de una postal con grumos de nieve y callejuelas de lluvia y pis de rata. Sin un quién que rescatar del olvido. Ni un porqué con más consistencia que la nada.
Me alejado demasiado de la vida de los otros, de mi fe y mi deseo en la pertenencia. Del amor. Y acá oigo los mástiles retorcidos por la luna llena, vaciando en mi alma, los puntos suspensivos que cruzaran tu abismo y te volvieran licor en mi destierro.
Y avanzo el lenguaje de ésta desesperación, mientras las huellas dejan de incluir tu tictac en el firmamento. Hablo y la voz choca con una pared que se vuelve espejo dentro de tus heridas. Y lo aleja todo y me aleja a su vez en forma de bodegón y melancolía inefable y sin cuerpo. No puedo quedarme aquí. No me sacia saberme ni temblar las genistas en el naufragio de ese sentimiento. Y la soledad sigue multiplicando mi propia rareza. Sueño con duendes carnívoros. Miro desflorados todos esos años en la sangre de tu insomnio. Pero tú no eres tú. No me has amado. La atracción al rizoma es mucho más perversa. La sombra suicida de los álamos me ata a su iceberg y me hace un campo desolado bruñendo corazones de payaso al viento que sigue. Mis pies se despegan de la territorialidad de tu odio. No puedo cansarme, ni seguir la inercia. No puedo habitar el mundo de los cuerpos. Y he estado demasiado sola en ese lugar en el que las palabras nos vuelven éter y nos arrancan la vida. Ha sido durante muchos años. Yo no puedo regresar. Desconozco el camino. Sigo cosiendo mis grietas entre las sobras de óleo de esa noche contigo en el puerto. Pero tú nunca podrás evitar ninguna palabra.
Cruzan golondrinas. Se escalan y distancian las preguntas rotas. Eso que no está, rompe las fotografías. Canta pegajosamente un esqueleto sobre el vacío de tus manos y me ata barco que naufraga el roer de las ratas en tus sonetos. Yo lo dejo alejarse porque siempre le ofrecí lo que nunca podría tener, como a tu futuro, jugando al duro en ese parque, con kilómetros de sed que el vino no pudo acabar. Y desatornilladamente contra lo que dijimos de las palabras, nido de beleño en el insomnio, amarrándote mástiles de fuego, al aullido de mi renuncia. Y al volver te mentí esa probabilidad que ya habían desertado las estrellas. Porque era muy grande el mundo y debajo de las tizas los fantasmas te conocían demasiado. Y se parecían a lo que prometimos y la mar borró.
no lo olvido
porque pienso en él cuando no hay nada en qué pensar
y me hiere literatura
musgo sobre la teja
mi arlequín de viento y ceniza
sobre tus rodillas matando en tu noche la mía
con esa apuesta a doble o nada, a 200 metros bajo tierra
lamiéndote la  traición de las urracas, con mi sumidero de derrota

siendo la nieve del verano, un tachón en tu carta, un porqué que dejó de serlo para irse donde no volviera a herir la memoria

bajó por tu cocina
el oficio que no pude aceptar

me fui dando vueltas de campana que dobla tu velorio
y me acogió lo que huía

con esos restos de ruina bendecida por tu patria muerta
llorando la belleza de las amapolas
el agujero negro de tu buzón en mi alma

y oigo esa canción etílica
y descruzan los trenes fronteras de pan y hachís

el amor no está en esta dirección
lo dejaste atrás cuando creiste ver dos alas surgir de la montaña de basura

ya no hay dios que lo distinga de esa atracción a la grieta
del ir
olvidándote
con ese cristal que derrite en tu pupila mi voz
beben las piedras
bebe el cáliz congelado de tu infierno

y agujereadamente
invoca mi nunca más
el doblar de tus incendios en el cuaderno del delirio

pobre, de costilla a costilla
el poema que voló en tu fango
me roba la continuidad del petricor en tus cuchillas

y me oscurezco, muñeca de trapo abrazada al ciprés
otra vez de la lejanía
de no poder sujetar en una madre, el residuo de lo que ya no está

ni regurgir entre estrellas el pecado que alquilé en la heroina de tu adiós

y me desaparezo, manchando página
 soñando que un dia, nada de esto estará
y entre extranjeros, quemaremos la ropa, saldremos con espadas y violines, sobre la mierda de la ciudad, y nada habrá sido inútil
He ido a comprar cerveza. Las montañas tenían un cenizo y a la vez ardiente verde. Y las genistas en flor rompían el ronquido de tu ausencia. Había unas caravanas aparcadas en la plaza y gente de esa que nunca para de viajar, porque pararse es morir, me causaron simpatía, mientras mis pasos no sabían nada de la pertenencia. Y crucé medio ausente este pueblo. Tan sola de todos ellos. Tan distinto a lo que alguna vez fue. Hice cola en la caja para pagar, silenciosa, mientras pensaba en juncos y tormentas, sin saludar a nadie, sin reconocer a nadie. Al volver a casa Hierro vino a cruzarse en mis piernas. Él es mi amigo. Con él, todos los sentimientos son de luz. Estoy triste de vez en cuando por irracionales pasiones que se olvidaron de hablar. Tal vez por esa ausente hoguera quemando el cielo que encima de mi cabeza regurgita el abajo.
paso de la desesperanza a las legañas de las cigüeñas
del no tengo nada qué hacer con la soledad mercenaria ocupando todas mis habitaciones
tirándose suicida a la intemperie, pinchando el horizonte con glóbulos que intoxicó un exceso que desnutrido pretendía enviarte un verso de amor
y es la violencia de lo que no está, afilando mis lapiceros, echándome a la tierra, como sangre de salamandra, como resignación de lluvia, trapecismo de grietas adulterando en tu olvido flores alucinógenas
oyéndome anchura de un cubismo soterrado
cayendo jauría de nieve en tu cabellera de benceno y de inexistencia
aviantándome hacia tus cadáveres porque fue tan bella aquella mar debajo de tus pies cuando bailas el infieno
y del tiempo, máquinas de escribir que vuelven a abandonarte entre el cuchillo y el ansia de mi vaso, borrando sobre mis textos, el cuerpo que hiciera de frontera, de pared de frontón, parando el hechizo de tu muerte en mis lágrimas

da igual cuánto reclame a tu merca ambulante
cuánto haya amado o qué me ofrecieron para doblar la esquina y enterrarte entre el maíz

aquí no llegan noticias
vuelvo al helio y lo sufro
la ausencia de esa mirada que detenga la mía, me expulsa a la fiebre de los desposeidos
y el tiempo en un agujero en el cielo, colgando hilachos de calima, mugriendo en tus sentimientos los míos, y tan cansada de no  llegar nunca ni hallar un definitivo whisky que zanje la deuda con el pianista
si ahora siento la desolación, sólo puedo provocar el cambio de vertical, a través del préstamo de un verso de la lejanía y tus extranjeros desahuaciando mi equipaje y mi destino.. me envuelve el vacío de las habitaciones, la ausencia del eco entre la carcoma de la escalera y las manchas de vino en tu camisa, vaciando contra el dogma y el sentido, la médula de una belleza en fuga... no hay ese quién aquí, vuelvo sobre el borde de esa digestión de Mercurio entre los barcos partidos a la mitad, y me oigo y me desequilibrio, sobre un latido antiterritorial que nunca ha conocido un nombre.... y sufro ese ensilamiento del amor en expresionismos que derruyen tus casas sobre la intención de mi regazo, pero la melancolía ya no ha conocido a nadie allí atrás, todo lo que hay, cuelga evanescente en el quizás que agita la tundra y el olvido... si siento la atracción a dejar de hablar, también me agito por la materia inerte que hace agujeros en tus calderos y me da de beber la descomposición de los peces como pigmento para cerrar de una puta vez la carta

habito en ésta sima de la distancia.... con la soledad como una placenta, un tejado y una botella de vino, como lo que me hace daño, y lo que siempre se pone delante de mí, me cuida con su macabro amor, su sentimentalismo de navajas y pueblos quemados, no puedo evitarla,  su monólogo nunca se sacia, magrea las palabras como si un verso al fin fuera a destruirlas, me confina en mi castillo de ámbar y cristal, y lo anega de jaurías y viejos tangos, deshumanizándome, porque no hay calor, y los carámbanos del verano sadifican el recuerdo de tu belleza en un suicidio cualquiera que trajo noticias de tu abril, robándote del resto de la historia
algo ha ocurrido en mi silencio de escarcha que mulle frente a la distancia la disposición a robarte, ha habido una transformación que todavía no puedo escribir ni abarcar del todo, antes vivía pegada a un persistente escalofrío interior, una búsqueda, el exterior me expulsaba y me metía más dentro, los rostros cenizos de mis arlequines cortaban con cuchillas mis sábanas, me poseían, me obligaban, ahora hay una atracción a la intemperie, un cambio de luz en el fondo de mi huella rota que va a torcer en tus campanas las lagunas del vino, y ya no me cuelgo hacia el interior, me vacío sobre un incierto horizonte, me entrego desnuda, sin un verbo, sin un porqué, padezco las sensaciones y el cubismo, y la soledad me cubre en el monólogo interior de los tejos.... es la semántica de una separación, algo que me desconsuela y me hace salvia nocturna, alejando el motivo de tus labios bañados con tierra.. esto a veces me lleva a un exalto del hueco, a la destrucción de las palabras y a un sentido de la percepción de las hierbas, las piedras y los despojos, me exterioriza sobre un éxodo, y yo me muevo en esa deriva, buscando la querencia y el fuego, alejándome de lo que había creído, es un estado parecido a la depresión, pero más desapegado y etéreo... la soledad me enfrenta al alfabeto del petricor y me abandona de sus pasiones... me muevo exasperante entre esa tumba y el humus... pertenezco al paisaje como tu mano vencida hacia la barandilla que da al mar, con chorros de lluvia y de olvido, con un nombre desaparecido en la raja del diario, sin la interjección de un aquí, ni un afecto..
esa abrasión de la grieta, borrando las palabras en tu puesto vacío de pájaros de madera, repite en mí el canto de la desolación, con todos esos silencios amontonados en mi ventana... y busco esa voz que los palcos rompieron en tus párpados de resina, sustituyendo en mi intemperie las vencidas huellas de esa escapada que negó haberte querido cuando encapotadas noches te cubrieron de barro en la fractura de mis sentimientos

hoy por alguna razón vuelvo a ver esas sillas del teatro aplastadas por los hombres de mimbre y de cerillas,  ahogando en mi voz el territorio del agua, e hiriendo ese cúmulo de pasos, cortados de ginebra sobre los bares de los que te expulsó ese hacer del vacío, con tu espalda marcada por las zarpas de la nacionalización del olvido... y los escritorios amenizan ese polvo que obvió tu alma en la ruptura de mi lienzo y te obligan a esa enamorada desesperanza...
A veces despierto en la ausencia y me cuesta un poco regresar. Las palabras entonces me son pactos que el horizonte no pudo oir. Tengo que volver. Entregarme a una pasión aunque sea infiel. Desentrañar ese alambique de lo solitario entre algunas canciones que no acaben sobre la misma cicatriz. Y de momento la vigilia de esa introspección agrietada por tus dudas. De amarrar tu destierro a mi vaso y al temblor del sol dentro del mar, te perdí, miles de noches en el mismo pentagrama.
He hecho café. Todavía no estoy despierta. Soñé algo triste.Y el día empieza algo atropellado. Busco las palabras, esa conexión que escale este collage de escombros. Se oyen los gallos. El día está hermoso y los huecos de la habitación abren su cuerpo hacia la palabra que falta. Tengo que escalar esta tristeza. Ir al acto. A esa metáfora que desciende tu piel en los hilachos que el río ata sobre lo que hemos olvidado.
de vez en cuando me siento sola
sumergidamente
sin ese promiscuo poema que iba entre mentiras trepando el esperpento
y le gustaba el vino y no sabía nada de lo demás

cuando se va la esperanza, sólo se puede sonreír

de los espigadores
tu sombrero de ceniza
en mis pies con ese agua del lago, con esa rana y con la gota de sangre que me robó tu futuro

yo siempre amé a mis antagónicos
a mis incurables 

y ellos siempre tuvieron que irse, sin mí
porque nuestros destinos ardieron desde el principio separados

no he encontrado a nadie que sueñe lo que yo sueño
y que haya estado en el mismo fango
para tantear así la ginebra y mear en los coches de la policía

en mi vida me espera una explosión
no estaré preparada
no tendré una casita en la que esconderme debajo de la cama junto a las bailarinas de cera y a los soldaditos

cuando ocurra, buscaré el exorcismo del delirio y de la apocalipsis
y será así porque ahora lo escribo

no vendrá un rostro del callejón del humo con un pétalo rojo

mientras no tengo miedo
me pego a los grillos, a las fotografías rotas
amo algo sin el algo
digo y nada vuelve, pero tampoco me abandona

amo las historias de amor de otros, las que he leido alguna vez en los libros, nunca las mías, las mías nunca tuvieron nada bonito que pudiera quedarse
amo el amor de los otros
el mío es demasiado suburbial y utópico, para ser humano

lloro por esas cosas que nunca me pasarán a mí
y fado sus vidas, más fuerte que si fuera la mía

los gatos lo saben
la mar me abrazó
pero nunca llegó hasta acá la segunda persona 

nadie descifra las metáforas
nadie tiene tiempo a los tiempos de los migrantes

has de pedirle a la tundra
sólo ella lo dará