HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO
Recoger las maletas en tu sudor de mandrágora. Y despoblar la noche de nuestra noche. El vínculo es también una autopsia. Somos como ese eco que dilata el envés de la palabra por la que mató su canción y la entierra con pasadizos lunares que vuelven a los niños olvidados para darles pistolas y nunca envejecer. Nuestra historia fue devorada por la literatura. Tu amor hizo de circo y el mío de felpudo. Sólo se acuerdan los puercoespín de la recámara de la sangre dentro del verso. Ya no eres tú cuando digo tú, es el vicio de la dialéctica de los diluvios o de las ciudades en quiebra. Como coser arañas en la herida y bailar con los cartones el olvido que nos pagó el vendedor de alfombras a cambi de una noche sin tierra.
lo abstracto lo devorará
ya las credenciales firmaron su suicidio
y su sumisión a la vehemencia del vino que los nómadas escancian de los agujeros negros

todo es un simulacro para la líbido de la abstracción
bajo ella usamos esa cama y dejamos salir el jugo del pecado que mintió un amor para quemar la luna
bajo ella escribimos el plagio de un futuro en pieles de manzana y estragos de autopistas que boicotearon la ruta de la transparencia

todo es para ella

nuestra historia, es un pecio reproductor de su música y de su sepelio.... siente la sinestesia, no le importa ni tu vida ni tu nombre, desde el inconsciente, sintetiza el éxtasis y el asesinato de la patria... sólo somos viajados por sus frutos y por sus pistolas, con la lasciva e inquebrantable sed de las palabras y los gestos, pero alevosamente agrietados por lo desconocido
Tengo las manos heladas como si se expiara tu historia entre los charcos y recogiera en mi vacío las palabras que no se mataron entonces.

La liturgia vuelve a desordenar los armarios y la nostalgia, con la urdimbre de la carcoma en la violencia del vino que no pudiste tragar y su canción cuajó en el suicidio de mis muñecas.

Me dejo anochecer con los zapatos rotos sacados en la ventana. Me miro en la música que desmira mi historia e innoblece tu asesinato en el crepúsculo. Fue el poema el que hizo de profiláctico. Lo otro fueran las tardes descarnadas del invierno, coleccionando historias de amor, para dar de comer a los peces y a los agujeros.
Llego ahora a casa. Empieza a caer la noche y a desabrocharse el blues de la distancia. La hojalata de tu olvido sale a bailar y a maquillar con marihuana la herrumbre del diluvio. Ya nos hemos curado del futuro porque no quisimos nada. Y nuestro pasado es una nota disonante en una composición de manchas que corrompen y embriagan tonadas y fractales. No hay nombres propios. No hay gloria. No hay realización. Sólo estremecimiento.

Ahora voy a dejar los papeles. Ponerme debajo de los árboles. Necesito recordar que existe un mundo y que es del fuego y de nadie. Necesito partir en cachos de salvia mi monólogo interior y exteriorizarme imitando a las hierbas. Detener a la escritura y arrancarla su obsesión de mi cuerpo. Ir a ver al río. Comer una manzana. Grabar las huellas dactilares en el viento que todo lo olvida. Jugar con los animales. Seguir con esa pintura. Quitar las telarañas de ese timbre-cerebro de espantapájaros. Jugar a aburrirme hasta la fotosíntesis. Abandonarme sobre una abstracción que no necesite que esté viva. Cantar pecios cósmicos. Regar las flores de la galería. Poner a ventilar al tango contra el despecho de otro tango que nunca ha sabido seguir la frase. Y espigarme de la dicha de los caracoles y las palas que parten el hielo.
Canturreo esa canción "el aire de los chopos y vuelvo a recordar(...)" y una irracional alegría se me pega al desgarro y empiezo a tener ganas de todas esas cosas absurdas que hago cuando nada me recuerda. Me pego al perro en el corral. El laurel está hermoso. Y vuelvo a cantarla. Como si cayera una isla encima de los escombros. Como si siguiera viva la trepadora que ahogó el vino aquella noche dentro de nuestra alma.
los espacios intermedios de la escritura
a veces son detenidos y goteados sobre el espejo marmóreo de una ventana sin paredes
como si ese lapicero buceara en tu sangre la caricia de las urdes

una especie de inexistencia dictada en grupos de caminos que hierven en la súplica que lijamos a los pájaros....
hemos vendido algunas tristezas, algunas a la autopsia del whisky, riendo como locas el derroche del fracaso, irrespetuosas con los que sufren y lo pesan, obscenas de nuestra sangre en la boca
a otras tristezas las peinamos con los perros y fueron abono de olivo, y fueron poema y una hoguera cuando baja la helada y no existen los nombres propios

pero la tuya, vino para quedarse, fue inmune a las artimañas de la tinta y de la belleza del océano, se autoreproduce, en el estremecimiento de la materia inerte, y dentro de mí, como mis propios huesos...

tal vez será esa diario que quiebre de mis diarios y ese bodegón que brote de las huellas de barro, tal vez ese infinito que no supo amarnos, insolubre en el cuchillo de la metáfora y del viento... como una canción inquebrantable, como los ojos de los ciervos a un milímetro de nuestros ojos...
nos empezamos a marchar hace ya muchos años, antes de que los años fueran una úlcera de urraca dentro de la luna

te amé y a lo que se ama, se ama siempre, se ama hasta que haga agujeros en nuestro cadáver, hasta que haga pozos de agua en los que bajen los lobos a arbolar su queja y arda el crepúsculo
La casa hoy vuelvo a estar abandonada. A veces creo que ella es un ser vivo. Y nos empuja y taladrea y nos llora encima trozos de mimbre y de porcelana. Y se abandona en nuestra agujereada ternura y se dispone a marchar y a sembrar nuestro olvido en barcos de cartón que se llevaron los gorriones.

Veo los pecios que sopló esa sepultura en el hambre de los olmos. Y brotan por éstas ventanas, como aullidos desgarrados. Tal vez todavía buscamos la muerte.  Tal vez un día nos traguen los relinchos. Y no podamos acabar de escribir nuestra historia en la paralelidad de las metáforas. Y seamos cubiertas por arcilla y el deseo de venganza de los peces. Tal vez el verdadero abismo esté por venir. Aunque no hay nada qué temer. Sólo existe el rubor. Y el rubor viene pulverizado y en combustión dentro de nosotras.
da vuelta a los brazos
la soledad de los faros
y usa tu boca para maldecir el vino
para cerrar mi cuerpo en la página que arda

a veces me gusta la idea, de llevarte conmigo hasta que todo acabe
como un bote de gasolina, como la escarcha ya olvidada, como el mar que sacudió el verso que no supimos escribir

como mi país del nunca jamás
con una clavada hoguera en el infinito que dejó de existir
cuando te oigo ya no necesito oir nada ni de mi vida, ni del tiempo, ni de los pinceles, cuando te oigo tu voz desborda los ríos y levanta sus criaturas, como la memoria del trigo, como la danza umbilical del sol cuando se cansa de ser sol y se avalancha ave al fondo de las palabras
Ese puñado de amapola en tu cajón de muertos. Cuajado por las polillas que esperaron para verte dormir. No he sabido quemarlo. No pude olvidar. Los caminos no esperan. El abono de la luz, estertora vencejos, a ese llanto de cristal y sabotea tu voz, en los interlunios que atormentan mi vigilia. Es todo farsa. Escanciar crujidos, abandonar patadas, dejar que algo se ensangre, mancharse, y desnudarnos sucias. Pero todo es excluyente. La fe, es una fractal que bebe con los sepultos, el fruto y el cuchillo.. Cruzamos de un lado a otro. Nada nos toma. Nada nos calma.
Luego seguiré con ese cuaderno. Creo que necesito ocultar mi voz en metáforas que la ceniza lavó en tu cuerpo y manchó irremisible en los espejos.A veces la recuerdo casi aquí. Aunque el fuera de campo ha exigido el conjugar de los verbos. Y ya no me mancho con la tristeza prevaricadamente el secado del cerebro de los espantapájaros. Ahora me siento fría del paisaje y ajena. Como si hubiera abandonado la naturaleza de tu rostro en los grumos del óleo. Como si remitiera en la herida que se abre esa cinematográfica angustia y todo fuera la dilatación de un ollvido.  A veces echo de menos un horizonte contra el que arrojar el grito, la piedra, la búsqueda. Pero sé que las palabras me trajeron a ésta no verdad de todos los no caminos incandescentes del sueño de un pájaro que no ha nacido. Arranqué esas huellas con la abrasión de una armónica. Elegí el predicado de los animales.  Y chispea en ese estremecimiento la materia inerte y los buzones del exilio. Vagar, sólo vagar. A veces incendiar el vino, a veces verlo morir.
La soledad de ésta hora con los teatros durmientes en el relincho que espesa la memoria a través de los patios. Ahora una decena de gallinas pasta el prado. Todavía hay nieve en algunas zonas. Y el paisaje inunda una sensación se surcos y poemas olvidados. Era distinta mi ventana cuando estabas vivo para la noche. A veces no sé qué hago aquí. A veces todos los renglones se queman para buscar el silencio de las montañas. Tengo una pintura del mar y unos acantilados, en la que pegue trozos de arena y pequeñas corazas y corazas rotas de animales marinos. Pero no me gusta. No expresa el oleaje. No expresa la mar que amé.  Tengo que pintar encima. Tengo que beber el vino de tu palidez.
el otro día con A. pisando esa ciudad que nunca nos amó, le dije, que ahora en algún lugar, esa persona, tocaba la tierra como se hunde el fuego, que en algún lugar ya lo estaba sufriendo y respirando con rocío y con metralla, que tal vez ahora pensaba en la muerte o en una tierra lejana en la que abandonar la memoria, que soñar siempre, que beber de su copa...., y que procurara que fuera triste, porque los felices a nosotros nos matan, que tenga un tristeza afiladora de cuchillos.... y luego dimos ese trago, y luego quemamos esa piedra  y hablamos del gozo ilegítimo de las estrellas y que ni a dios le importe donde metes las manos, y él estalló en un ataque de risa que se me contagió como una marabunta y nos fuimos desclavijando las aceras con lágrimas de beleño cayendo por las mejillas
a veces quisiera tenerte para crujir el portazo del cielo en una charco de sangre que pueda hablar de la soledad de los náufragos y llenar de vino mis pulmones

¿qué más puede ocurrir?
¿qué temer?

si resquebrajarse de estremecimiento, y volver con el sudor de la sepulturera en la cuchilla de afeitar

o sentarnos con los perros a la mesa, agotar la canción y pasar página con las tripas colgando de la muerte que sólo podrá darnos la mar
me saludó esa mujer cotilla y quiso empezar su interrogatorio, y me fui con los gatos dejándole la palabra con las chinches, me cae mal por idiosincrata y tengo una copla de un cuervo albino reclamándome la lluvia y un zapato abrochado a una nube que huyó, y un trozo de mi vida, en el pretérito de tu olvido, derramada en las palabras que ya no dirás, en los abedules que no se volverán a poner en medio....  sé que ya no la recuperaré, sé que juró su locura al infinito, y que es obstinada, como el amor al fuego, como los poemas desconchados en la sangre de las azucenas, bélica de esa prófuga belleza y portadora de esa droga que nos cayó de la muerte, para empujarnos al escalofrío
Me encontré con ese chico, caligrafía del fuego. Nos sentamos a fumar, muy cerca de la nieve. Con el sol ahí y la soledad de los náufragos. Hablamos del suicidio. Hablamos de la psicosis. Hablamos del arte hundido del arte. De las setas, del estramonio. Del abismo. Le grité por lo menos tuvimos la sangre de volvernos locos y no vivir como esos sapos escupidos que ahí sacan las sártenes y pagan sus facturas. En un instante, quise quedarme para siempre en sus ojos. Tan bello. Tan profundo. Tan distinto a los enfermos ciudadanos.  Le dije que a veces, tengo monstruos en mi memoria. Y que buceo al lado de sus muertos. Dijo que ciertos viajes psicotrópicos se quedan dentro. Le dije que yo entonces quería morir y no encontraba sentido a la vida que ahora no lo encuentro ni lo busco pero amo a los gorriones. Vamos temblando con el suelo que tiembla. Lloramos por los lagrimales del cosmos. Maldecimos en la maldición de los lobos, con sus fauces como el único credo. Toneladas de tristeza avarician nuestros lapiceros. Pero a la danza no le importa la historia. "Mueve tus caderas"
Vengo de comprar tiritas y yodo, para un corte que se hizo el abuelo, al tocar las hoces de la nieve. Curo su mano, como si las cigüeñas, bajaran a beber en su sangre.
Una melancolía quema el crepúsculo, en el olvido de la hojarasca. Pisamos encima, como se abandona un sueño en la mar.
los trapos sucios
de tus sótanos en mis cajones
grabados con cuchillo en la transfusión de una página
utilizando mi desesperanza para aullar la carretera que rompe, en tu piel, el calendario

si pudiera magrearte como escarcha en el fondo de los negrillos
o alojarte en lo que no existe y dilatar las cuerdas vocales en la suciedad del tiempo, como si perderte cada noche con otra pobreza del destino, con otra cometa de lo que ya no, y aunque los aunques, persistieron los gusanos de seda en la urdimbre del otoño, es tarde para abandonar en ti, el abandono o la pistola

canción aquí
me lunatizo
a través de la retórica de los escombros
que vuelven a tu amor a amordazar los versos y a cavar sepultos donde el escupitajo no pudo acabar la letra, ni fingir otro destino

sufro la alergia de las flores en ese desierto que hizo de tintero al dictado de las estaciones
y usó tu suicidio para pintarme en la boca algo más profundo que el abismo que no cedió su ojo a la labranza

cayó como semen por tu piel, en el espejo de la arista en la que la ternura se desposó con lo desconocido

ya no tenemos nada en ésta tierra, una huella-guadaña para apretar las pinturas que el tiempo nunca corrió debajo de nuestros pies... una obscena apostasia, con el otro lado del rizoma y un incandescente estremecimiento para medular el ocaso que te hizo una insolubre herida entre la palabra y la noche
los patios fadan la memoria de los rosales, antes de que ella muriera vi su muerte, en la savia indetenible de sus ramas de inviernos, siguieron las espigas, apretando nuestras bocas a la angustia de la luz y se hizo un recuerdo encinto de recuerdos estáticos, ese cerebro de espantapájaros, bajo mi vestido, clavamos abismos en la piedra que no cayó al suelo y fructificó la tierra la tierra que no quiso raíces, rezo a la lluvia, lo que ya no sé confesarte, y te lloro con los vagabundos, todo lo que ya no podré ofrecerte, todo ese amor que ya ni tributa ni sostiene, ni se muere, ni tiene ni puta idea
todavía da más de sí
porque su no estaba loco de ginebra
¿y qué? si tu lágrima de arlequin vale todas las noches cavadas en mi noche
y tu belleza era como esa horca que pudo nombrar al olvido
y agotó los calendarios en la hoja que tembló la insecable sangre y tenía tu caligrafía el suicidio del horizonte....

ya no le pido nada al olvido, me dejo manchar y usar, por sus desiertos, me dejo llevar por el pájaro que quiere morir, miento la tragedia, a los botes de aguarrás, y a veces confundo la alegría y el dolor, en la deuda de una página
Colocar los réquiems y sus verbos en ese tendal al que el cuervo baja a beber los pecios del sol. Y dejarlos descomponerse en su placenta sin prosa. La rasura de las carreteras ha poblado el sur que mataste en mi cuerpo. Seremos esa agricultura sin futuro en una tierra robada, como todas las tierras.
Nunca te sufriste oportunista. El vaso temblaba la ciudad muerta en tu boca. Y caminabas beleño en el mapa destruido. Mi cuerpo en tu cuerpo, era la ruina del futuro y la abrasión de un libro suicida. No sabíamos llevar nuestro plural a la orilla. Sólo en el fuego. Sólo sin la historia.
Hoy soñé contigo. Parecías la tiniebla amada por los lirios y por las ballenas. Con hollín en tus labios y fuego en tus pupilas dilatadas. Subíamos por un agujero subterráneo. Que en algún momento salió a la intempérie como una avalancha. Lahierba era de un verde muy oscuro, como urdes cavadas a la mitad. apretadas por el viento y por las hogueras. Trajiste un poema. Me acompañabas. Me traías amapolas trashumantes.
el laberinto usa los campos semánticos de la inmolación de la causa-efecto.... abrirse a una tajo la quiebra de la playa en el dictado del vino a las derrotas... me quema en tus ojos la polilla del espanto como si alguna vez hubiera usado tu cuerpo para agotar las palabras y saltar al vacío, aunque tú sólo respondes con brechas a la alfabetización de mis heridas, en algún lugar la distancia renuncia con la vehemencia de otra vida, aunque somos ajenos y fantasmas del cabaret del verso, ordeñamos al olvido, cuando no había ninguna razón para quedarse y sus yagas, escamparon la lluvia, en la desesperación de las porcelanas sobre el puto cajón que nunca supo destruirse, y desde mis brazos, abría sádico tu aliento en las montañas que ya no nos amaron
Hoy sólo he tomado un café. Tengo demasiado euforia desde hace unos días. Como si me abrieran los ojos los cuervos y un carrusel de opio, cruzara en mis piernas, la quiebra de los puntos cardinales. Soy la sombra y el olvido, de un cuchillo alfabetizador de un estrago. Me intrometo en la metáfora sin misericordia y me amputo en alguna brecha temporal. El monólogo se trafica con cieno y con alambres de luz. El equipaje se ha ido con el canibalismo de las urracas. Mi casa es también la destrucción de mi casa.

A veces necesito literatura. Hablar de otro yo. De otro desengaño narcotizado por algo que nunca ocurrió. Dejar mi existo, por el simulacro de adobe de sangre de golondrina en el barro que nunca perdonó el cielo. 

Hablar de las noches de botellón con tu cuerpo en el purgatorio. O mentirle consonantes al alarido de los búfalos. Fingir que tengo algo importante qué hacer. O que el efecto dominó se cambió de llaves en tu sepultura. 

Mandarme con la soledad de los espigadores. Y dictar micromina a los escombros del patio, a esa voz abrasiva de las otras voces. La compra-venta de un papel, en los ojos de los perros.
Prostituir el rocío en tus ojos. Volver a usar esas palabras porque esas palabras nunca hayaron sepultura ni realización. Volver a mancharlas en los pecios de los huertos. Y en el trágico trago de las constelaciones rotas. Y ser indiferente con ellas a la prosa del territorio, al tacto de la luz, a la posibilidad.

La sed es inagotable. Ni cuando se cierran los ojos por última vez. Cada palabra escrita, oculta el síndrome de abstinencia de otra palabra.

Esa angustia tenía que venir. Sólo esa angustia es capaz a abrir surcos. La necesito para atrincherar el sonido del gorrión en mis desfiladeros. La necesito para no volver a perder la cabeza en la hipnosis de esa pasión, adulterada por la herida que hayó su cicatriz en la vanidad de un ser que no existe.
Ya cruzó la tormenta en la palidez de tu poesía y escupió vértebras de pez a la espinada búsqueda de mi muerte. Ya es irreversible la pasión que cubrió esa pasión con cuadernos quemados. Perseguimos la excepción de marzo en el asiento vacío de un autobús. Yo cargaba entonces con una memoria abandonada y cicatrices de distancia en el puño americano del olvido. Al pasar la curva, las fechas brotan en mandrágora. Nuestro plural metaboliza el incendio del horizonte y huye. No nos necesitábamos para sernos. O el engaño, pasado el insomnio de ese cruce de bibliotecas destruidas, confunde las palomas con las gotas de sangre.
Tengo monstruos en mi memoria. Y sé que a veces tienen hambre. Y vienen a través del subconsciente con renglones devorados en el movimiento de la sinestesia y zarpas de mercurio al acecho de mi yugular. En mi memoria, vive la locura. Vive el abismo del estramonio. La inmolación de hogueras en el escarpado de un interrogante. Y estoy sola, todas mis vidas, para hacerlos callar. Para hundirlos otra vez en su fango.
Los hórreos y esas manchas de ceniza del abandono de la prosa. Se amotina en las porcelanas, un grito de sangre de libélula.  El desgarro no tiene piedad. Porque también lo usamos en nuestro beneficio. Y taladra el comienzo y la mortalidad de la letra. Elegimos no salir ilesos y mancharnos cada estación que arde debajo de las uñas y en el pecho. Deja que onomatopeye tu grito el abandono de la tierra en el descampado de la memoria. No hemos dejado de sentir las bujías de la casa cuando arde. Nunca he sido eficaz entre los quéhaceres humanos. Nunca puse mis pasiones en algo viable, ni cotizable, ni tenible.  Y fui atraida por esos escombros de los significados cuando se hacen insostenibles.  Lloré contra tu cuerpo, las vidas que suicidamos, entre el trigo, aquél agosto que acabó con el pretexto de la literatura.
Hoy es tu cumpleaños. Hoy hace un año que murió Panero. Hoy es luna llena. Los ciervos devoran el corazón de la noche muy lejos de nuestros ojos. Oigo ese temblor del cielo cuando tirita una pasión ilegible y despedaza en nuestras vidas el tránsito a su cuerpo. Te hablan los chopos desde las ruinas que no dejaron de buscarte y callan con mordazas de viento, en mis labios, el ejercicio del poema.
Ese teclado que mueve de sitio la puerta. Se persigna en tu olvido un trozo de mi alma. Y todo sigue. Nada se ha parado. Nada lo sabe hacer. Me quema esa incertidumbre y tengo que llenarla de palabras. Dejarme llevar por la dislocación de fechas en los rosales. Alguna vez todo fue distinto. El salitre aprieta el puño que ha golpeado el abandono de las calles en mi pecho. Tal vez me siento en un lugar que arde. Tal vez tu voz agujerea la arcilla. A veces hiere conocer las palabras. Me siento agitada desde hace unos días de una forma a veces corrosiva para mis pronombres. Y tengo que hacer mi espacio con ese filo debajo de mis pies.
Abrir los ojos y preguntarme por mi calma. A la vez que se descomponen los paisajes en ese vaho del subconciente. La montaña está muy hermosa. Los animales corren uno detrás de otro. Trato de despertar. Mientras siento esa angustia-formación de las palabras. Soñaba con México y ella estaba allí. La ventana está empañada.  Las manchas de la sidra han empezado sin ti a engañar los calendarios. Nos hicimos daño para seguir ese camino pulverizado entre los caminos. Todo está desordenado. También tus lágrimas sólidas entre las azaleas. Mi angustia es mi casa. Sólo ella conoce mis interrogantes.
volver al ovillo de ácaros
mi daturación ya se ha calmado
ya no siento un tenedor de sangre clavado en mí
tal vez cierto temblor de paredes, pero se puede avanzar con la mosca en las cuerdas vocales, ya vuelvo a intuir mi condición humana, una especie de esencia a la que asirme, un sudor reconocido de mis desvelos, unas raices de vaho en mi isla...
en el fondo creo que esos ataques son productivos para mi poética, porque me avalanchan el escalofrío, lo separan todo, lo gotean, lo esparcen, lo mancillan, lo rizoman, me dejan ensangrentarme en lo decible, en lo olvidable.... pero tengo que controlarlos, buscar el vientre, bajar el estado de conciencia, musicalizar el deterioro de las llaves, escupir un blues.....

sé que a veces me ocurre, sé que es lo más parecido a la locura que recuerdo, y para que no me venza, tengo que levantar los surcos de mi voluntad, de la arena, del oleaje, del rubor.... y reir con los perros
a pesar del cuchillo
fue más bello lo nadado
aunque se hiciera trizas y ni las carroñeras palomas quisieran los restos
grabó más hondo su escalofrío que su jamás, su canto que su amnesia...
tu ausencia también tiene la belleza de tu noche, también tu guitarra rota, levantando a los muertos a bailar
no me arrepiento, no lo cambiaría, aunque la herida se quedara en la arena, fui feliz contigo, la apostasia de una muerte...
Enciendo una vela para ver una gota de fuego y calmarme en su semántica, la voz despedazada del olvido que se vendió en otros cuerpos y compramos a la indigencia para cantar barcos de cartón que cruzaron como desbandadas de cuervos en el temblor de la hoja. 
La noche parece más alta. Y es clara de luna. Oscura de tu  repetida muerte, sin fosa ni cansancio, tu muerte sin renuncia, ni violencia que la agote, ni poema que la sacie.
es el acto
es lo que quema el sueño cuando los puertos mueren
en ese cuerpo que fue todos los cuerpos y ahora es polvo en las yagas de un piano
que vuelve a mis noches, viajero de arrancar el centro de la historia

te amo con las lágrimas abiertas en canal sobre una pintura que olvidó tu nombre

se adelanta tu no ser a mis pasiones, y los trenes de madera retroceden el durmiente sol en tu sepulto 

la hojarasca ermita el dulce recuerdo en la hiel que el vino oferta a las procesionarias, no fui yo ni fuiste tú, y sin embargo no puedo olvidar, soy poseida y golpeada, por ese fuego que nunca nos bendijo  pero nos sobrevivió, más allá del cuchillo y de la súplica... sé que no me buscarás aunque todo te busque, "nunca vi granada"
pongo música triste para regazar ese rojo de las nubes que platea en la nieve el predicado del olvido,  y lo escarpa en las urdes como requerimiento de lobos, a veces vivo con el espectro de la locura en las zarpas cóncavas con las que la luz digiere el desierto, como si cruzara la línea y entrara en la náusea de la descomposición de las palabras o un exalto de desfiladeros, cuando me daturizo, las puertas se derriten en sombras de barro que boicotean el espacio y el tiempo, y me convierto en rituales de metáforas y vaho oceánico y me pongo alerta de labrar el camino, de abrir surcos en la hipnosis de esas manchas que desfiguran las nociones, y trato de tocar algo fiable, algo capaz a quedarse en mi mano, a cavarme su tacto, su marea....
Me he empapado los pies en la nieve. Y te vi huir otra vez del barco. Con esa amapola entre los dientes. No hubo culpables. Y las victimas lo fueron porque se embriagaron en su vehemencia. Ni tú, ni yo, ni los mapas que matamos. Amarte me hace mejor persona. Amarte devuelve semántica oceánica al silencio, a la grieta, a las amputaciones del barro. Recordarte como te amé. Y no lo que dijeron las liendres, ni las ausencias y cuchillos... ni el rencor de las estaciones y la descomposición de los versos... Ni el ansia enviudada por el exilio. Conservarte en algún lugar del imposible. Como aquel cómplice aullido de los viajes sin suelo ni destino. Como aquel coñac sombrío que brotó hojarasca contra el infierno.
El bosque. Ese silbido de piezas de mimbre y ojales. Las huellas eléctricas de una sombra que hollinó tu voz en los pasadizos que mi olvido despeteló entre lirios de fuego. Estoy ansiosa. Como si me apretara una vehemencia desconocida.  Y se hubiera despertado un trapecista desde mis escombros a las ronchas de las luciérnagas en la sobredosis del insomnio.

Necesito acariciar a través de la mirada de la montaña el rubor de un diluvio embalsamado en tu canción de púas. 

Tocar las puertas en la artesanía de los charcos. Ocupar el espacio con el tacto de la rosa de jericó. E incubar el acto en el desgarro musical de las ruinas. 

A veces me meta-pienso. Como si me creciera un tacto de conexiones neuronales. Como si hiciera el despiece acotado del paisaje, de mí misma e hiciera abrirse en canal la idea de la consciencia, la sensación de la vida, del tiempo y del espacio. Y perdiera la espontaneidad.  Y cuando me ocurre eso me urje la continuación y dilatación musical, el pronunciar de la hojarasca, los pigmentos de tierra, el amor, los bodegones, el viento. Para no daturizarme. Para que la náusea no fracture el rubor.
Hoy el abuelo me contó algo que no sabía, su hermano no llegó a ser fusilado, murió súbitamente unos minutos antes que de que salieran las balas fascistas. Y se me sonrió el hollín de los tilos. Él se fue con una muerte roji-negra. Con la suya. Con sus pájaros. Los fascistas se quedaron con los buitres, con el fango, con su victoria de enfermedad. Los fascistas tuvieron que llevarse así mismos arrastrados y enfermos por la tierra, sin conocer jamás del viento ni de las aves ni del mar. 

 Lo peor que le ha pasado a Rajoy y a todos esos, es haber nacido y tener que encontrarse en su propio espejo, tener que sentarse en su servicio y cagar sus enfermizos alimentos y no encontrar ni una cloaca que le acabe la frase ni la digestión. Ellos nunca oirán la música ni la mar. Ellos son los más miserables de la tierra. Y ponerlos a secar en el alto de la plaza, es un acto de misericordia.
Poner una canción que amé una vez en ti. Y cantársela al gato, clamando el centeno que olvidaron los nombres en los buzones que alquilamos a la tristeza de un ave que nos olvidó cuando la lluvia habló de los olivos.

Se acerca la luna llena. Y lo noto con la fotosístesis de la planta que saco a pasear de la mano de las irregularidades de la duda.

El miedo es el que genera la locura. El que ha levantado toda la tristeza y la vejez de los poblados. Rezo apretada a la música la continuidad de la música. El abismo siempre nos toma una mano, para poder alzar las armónicas sin dialéctica.
me digo "alimentar la vida, abandonar también el meta-pensamiento" e imagino a los ciervos, pensándose así mismos e imagino a los maullidos, haciéndose un eco en el centro de la lluvia y me digo, no necesito crearme, sino expulsarme, jugarme, abandonarme, no me necesito en continuo acecho, del yo y de la guerra del yo, todo está en las venas, dejarme llevar como un pájaro, como el rocío, como el poema que prostituyó tu muerte en mi cuerpo....  no me necesito como ente, todo lo qué, ya lo es con vehemencia y también con exilio, con parpadeantes extinciones y renacimientos, derrotas y encuentros de nieve y de vino....
Hoy puse una vieja banqueta en el centro del patio. Cuando caían copos de nieve a la vez que había sol. Y los gorriones comían los trozos de pan. Y lloraban de alegría las urdes. Y el cemento traía el sabor de la harina de tu risa hoy muerta en la supervivencia de las palomas sobre la luz. Y sentía que todo se rezaba sobre la dilatación del río en los ácaros de las brechas de mi historia. Como si fuera feliz. Como si comprendiera algo del olvido y de la memoria.

Todo son exaltos. Todo es rubor. La casa no se queda quieta. La casa se mata, para que la habitemos. La paz huye con el rencor del viento, para que alimentemos sus venas y cerremos sus puños. Vivimos como los gorriones, como las hienas y como los guijarros. La fantasía rompe las puertas de los vecinos para que encontremos en sus cadáveres una razón para no matarlos.
Vuelvo a amarte a veces, para probar la sangre, con el pincel del robo. O para hablar con los chopos de aquella playa del norte en la que nunca te tuve ni pude dejar de tenerte.
Yo no quería la materia. El realismo me mata. No te quería como hombre. Te quería como insaciable exalto. A ti. Y a mis propios cementerios y paritorios de hojalata y de estrella. La utopía de los inefables. La exageración del cubismo y de la salvia. La supremacía del poema. Lapidando al realismo. A la prosa. A lo tangible. Por un fuego avaricioso y multiplicador. Por la pureza de lo incandescente. La apología a lo ingrávido. La eternidad de los cuchillos del Quijote cortando y destruyendo a la tristeza de los suelos y de lo ciudadano. 

Vivo en el meta-mundo de mis rizomas, de mis heridas de tierra y de mis apostasias. Los perros me hacen volver de la casa sin paredes. Sus ladridos se hacen una canción de cuna, cuando una metafísica apadrina un suicidio. 

La escritura me lleva a otra realidad que la escritura sopla como polvo de polilla en mi habitación. Y cambia incesantemente el cotidiano y la idea de mi identidad, el territorio de mis percepciones y la renuncia y la trinchera de mi esperanza. 
Pactar con el fracaso cada verso, cada huella, y amores de perros y amores de charcos. No quiero cargar de un renglón a otro renglón, la necesidad de un territorio, ni la vanidad de una composición. No quiero el poder ni la sumisión. Ni en la placenta de mi escritura, ni en la simbiosis con el paisaje.
Quiero la anarquía, en cada gramo de letra, de viento, de olvido y de memoria.
espeluzna
tu aliento la crisálida de la melancolía
con empujones de muros
derretidos entre las piernas del pecado que le compré a tus sepultureros

y luego nos dedicamos a la lluvia y a buscarle amorfosidades y anacolutos a las nubes

lo otro es para los viejos que tengan algo qué hacer

ya no tenemos nada en la tierra
ni en la luna ni en el otro lado de las palabras

lo que tenemos es una hoguera ingrávida al alud del estremecimiento del licor y del olvido
fantoches de la metafísica con los piojos de Diógenes como salmo

un amor agujereado y secundado y submultiplicado, en otro amor que nunca pasa a la hora, ni se queda para matar pecesni para hacer patria, ni para ver el fin del mundo
a veces te noto aquí cerca, con un serrucho en las manos de robar, con los esqueletos de los naranjos en el agujero de la biblioteca y del nunca jamás, con una música insolubre, qie a pesar de mi y de ti, sigue amando a los ríos, en la ausencia de los ríos, como una sombra insobornable, como el alfabeto del otro lado de la luna, aunque tuvimos que matarnos, para poder sernos en su extremismo....

a veces también la recuerdo a ella, como un embudo de la música rota, como una promesa de la selva, como un poema, al que rezar la continuación del poema.... tal vez en la composición de la barricada de un sueño, de algo que lucho por conservar, de algo que me empuja a una esencia.... aunque sea con monólogos de ultratumba


he dado pan viejo a los gorriones como se abandona una plegaria, clavé mis ojos en los ojos del perro, para rezar violines a la noche, y me agarré a las arrugas del abuelo, como si un campo de cultivo plegara nuevos calendarios, cuando estoy muy agitada, necesito la abrasión de alguna materia, del esqueleto de un verso abandonado en la tierra, como si todo ardiera a mi alrededor y me urgiera sujetarme a través de una composición física, de un movimiento, de la lírica de un viaje y escenarios de pájaros y alpacas y cascajos...
He puesto a hacer la comida y echado polvo de esas flores y viejos amores de leña en extinción. He espalado con él, zonas del patio. Y el sagueiro había sido decapitado por la nieve. Vi en su saliva derramada un trozo de tu voz en botijos de olvido y de tequila. Sentí muy bellos los colores, en los espejos-escópicos del sol.  Y los ojos del perro se tragaron en un segundo mis abismos. La pena me salva de las drogas del éxtasis. A veces la nostalgia me ayuda a hablar madreselvas a los acantilados de mi pecho.

Llevo unos días versátil de euforia y pecios de tormenta. Con una nueva e indigente esperanza. Con una hipnosis de una metáfora partida. Y a la vez la sensación de subirme al tren de madera. De llorar por última vez, ese verso.
Escribo desde que dejé de amar al mundo. 
Y soy consciente, de que la escritura, ha provocado en mi interior y en mi exterior, una isla arisca y misántropa a veces. Una noción que aleja el materialismo de la felicidad y de la hechura. Un tipo de existir, ajeno a lo que me rodea, aunque incandescente sobre y debajo de ello. He desarrollado mi identidad en las metáforas y no con otros humanos. Esculpo mi mundo en el mundo inefable y mortal de las páginas. En un incesante monólogo interior que es también derrota y sombra y no camino. 
Escribo con obsesión. Escribo yonky. Escribo mi hábitat. Para sentir. Para ser y para no ser. Para tener ojos. Para haber tenido pasado. Para amar a los perros. 

Mi escritura me separa de otras vidas. Y a la vez, es el único tránsito, para amar otras vidas.

Tengo que estar en el estar. Como si toda la arena cayera de los gorriones. Hacer en el ahí, el ahí, de la música, el juego, y también cierta inexistencia.  Cuando no esté escribiendo, tengo que estar en la tierra, aunque sea con un maullido goteando en mi boca. Oler los abedules. Arrebatar la hojarasca. Tocar la tierra y retornar de la oblicuidad y extorsión de las páginas.
Amar. Cantar. Gozar. Cada instante.Y también aburrirlos. Y despoblarlos. Excluir cada cosa que juré. Cada fuego que codicié. Renunciarme y volverme, en la ventana y la no ventana, con el cartero y el cartero ahorcado.
Hace sol. Y se escapan copos de nieve. El silencio es la intemperie. El destino es el fuego. Todo es frágil y a la vez pasajero y mortal. Mis verdades flotan y se abandonan. El rubor. No tener miedo a la locura. El fractal oceánico nos recoge en su nostalgia. Los chopos siguen ahí. Tu voz se fue con las urracas. Vendrán los hollinadores cuando se parta la noche en ciento trece cachos. ¿qué es la esencia? sino esa grieta que nos taladra cuando buscamos el significado, sino esa inefabilidad, de un juego de agua y peces y elefantes y lunas. Sino lo desconocido como un pentagrama imposible vendiendo un trozo de su alma a la supuesta materia y verdad de lo real.
necesito componer ahí afuera, un desierto, que lo borre todo a través de suspiros de tierra removida, para calmar a mis daturas.... para no llenarme de fuego.... como inventar un paraiso-cocina y retrete. Desconectar de mis obsesas conexiones inefables. Y sintonizar con el salitre y con la materia inerte. Un lugar en el que dormir de mí. Ponerme en huelga de mí. No recordarme. No necesitarme.
Elegi vivir como las polillas.
No tener nunca el mismo pasado ni la misma intención del futuro.
Elegi no ser humana. Sino ser la condensación de sus anacolutos, vejigando en el meta-mundo del poema y las hogueras. Con un felpudo de marihuana para volver al patio y hablar con los olivos y los perros.
Elegí tener un teatro ahí afuera para salvaguardar, la utopia y los vicios del yo existo y el yo renuncio.
Elegí meterme por el agujero de la liebre y cambiarla por cientos de gatos.

Y su precio, es a veces, la angustia de la incandescencia. La soledad de los mapas muertos. La ausencia. El vértigo y la deriva. El no ser. El no tener. El no saber.

Para sobrevivir necesito el poema y necesito que el poema muera. Necesito el fracaso. Necesito ser también como los animales mirando la montaña, debajo de la lluvia, tocando la tierra.

Mi ansia.
Ese crujido de hojas que taladran una hoz que se derrite en la pupila de la urraca que clava un calendario en el suicidio de la arena.
Esa sinestesia de ataudes y amorfosidades de lunas, en la pobreza de un cuerpo.

A veces me resquebrajo. Me salgo de la tierra. Me muerde la vehemencia de la amapola blanca y creo que soy poseida por la locura. Me sube la dopamina. Se acelera mi corazón. Soy hipersensible a la lágrima del ácaro y al azote del tejo. Me hortensio la palabra de la lluvia. Y las musas se avalanchan sobre las pulgas del perro.

Mi pensamiento empieza a acelerarse y mi mente provoca aludes expresionistas que me abren la carne y la trituran en el corazón de un ciervo.

Tengo la sensación de que el único control es el orgasmo de la ruina y la danza de los fantasmas. Y de que la deriva me frie el corazón y lo desconocido me enreda todas las huellas.

Vivo esos estados constantemente. Como si en cualquier momento la locura, cavara cocodrilos y águilas, en mi cadáver y en mis inquilinas y salieran estampidas de huertos ingrávidos de metáforas comidas y violadas por metáforas buscadoras del éxtasis.


A veces quiero el vino de tu boca. Y sobretodo la erótica del cuchillo. Pero ya somos fantasmas. La pasión que ha seguido hablando, ha sido perpetrada por la grieta, hipnotizada y herida. Todas las palabras que aún afilan las tijeras y las estrellas, son palabras que flotan en un mundo que no existe. Todavía me mojas la muerte y la luna. Pero es una humedad condenada al poema. Tu carne es carne de muerto. Tu semen es dialéctica. Mis instintos homicidas hacia ti, son del beleño. Mis ganas de amarte, son de las arañas. Como una pintura. Como música clásica, que se desposa y se ensangra, de un anacoluto.