Desconozco la nevada que me apretó entre sus brazos. Han pasado tantas cosas que sólo recuerdo un inefable escalofrío. Su voz ahora es un armadillo aplastado en la autopista con mi corazón de escabeche tiroteado en lugar de su sangre. Siento que no estoy lo extremadamente sola que necesitaría estar, tal vez tres metros bajo tierra, para escuchar el silencio que apadrinara la sangre de ballena en mis pechos. Ha sido maltratada con sadismo la fe en tus libros de humo. Y es una alucinación el único nexo que queda, para coserme las emociones a tus muertos. Y hablar al fin sin metáforas. Miro atrás y veo una intermitente luz succionadora de territorios, que me enreda como una soga de champán. Y suelta a mis cabras al monte. No puedo describirte el lugar en el que duermo. Ni qué criaturas trae el insomnio con trampas que me otorgan promiscua lectura sobre lo que vivo y lo que aseguro. Soy atraída por una abrasiva desavenencia. Mi lágrima es del carbón. Mi verdad es de un pez que huye contra el mundo. Mi sentimiento, es una materia inflamable y erosiva que ha sobrevivido con efectos secundarios y malamente a la muerte de un ornitorrinco. Y está lleno de harapos y de infinitos de LSD, de contraventanas, a la mar y al cementerio, de un cuchillo indisoluto y de un sueño de invertebradas.
Si algún pecado. Será amarte.
No puedo detener las mecanografistas ni de mi noche ni de mi pecho. Y viven opuestas. Malditas entre sí por un pentagrama de cieno y de lava.
Yo me absuelvo porque sigo el pulso que me abre las venas. Porque sigo el fuego.  Y la contradicción habita en mí con la vehemencia de un oblicuo destino. Porque la disyuntiva es el código lingüístico de mi sangre. No puedo elegir. Y sé que goteará la herida y afilará el cuchillo, la tormenta y ese cielo de ladridos y noches entre la helada. Y me miro las muñecas y ni resto del reloj, ni poso de suicidio. Presiento la guerra como el opio baja a los valles a beber pájaros. No me arrimo al fuego que más calienta. Entre dos palabras, masturbo un sacramento, que trae el canto de los ciervos y el de los lobos. No me lavo la suciedad ni el daño. Soy prófuga sólo del porvenir.
Lo que nace en el fuego. Se explica en el fuego. Y su pecado y su pureza, su cuchillo y su infinito, son del fuego. 
No me puedes pedir responsabilidad desde la tierra. Carezco de su lenguaje. Y mi rostro no es mi rostro. Ni el poema siquiera sabría. 
Jamás te daré lo que prometo darte. Porque no lo tengo. Lo tendría si no hubiera suicidado mi circo hace un año y un mes y me hubiera procreado utopía de la ultratumba. Pena de girasoles. Y palabra de caballito de mar a la infección de la salmuera. Aún así puedo asegurarte que no te engaño cuando te miento. Porque el "yo" que te lo jura, tiene una vida independiente, al "yo" que ahora escribe. Y lo cree y lo vive con fuego, con abrasiva vehemencia y febril fe de las mariposas.
Callé decenas de cerillas. Mi voz confesión juega a un exorcismo que manipula a través del carnaval con cierta perversión e inocencia, mi sed. Me lo trago para dentro. Narcisismo de la página. A veces tengo tratos de peluquería y de un nuevo porno adicto al cabaret. Yo siento el cinismo embadurnarme el cuerpo, con semen y culpa y sacramento y baile y hachís. Me encaja la ética por trozos, según el contexto y la líbido de un poema. Según cuántas manzanas muertas y cuántos ríos atragantados en una piedra de cuarzo. Creo que esto tiene que estallar un día, y hervir la sangre y cumplir cierto daño para planchar el eclipse en el sorbo de ginebra y manzanilla.
A veces busco un amor estacionario. Impertinente. Que me deje sola. Sola de los mundos. Sola de todas las promesas. De la belleza. De la lluvia. Que se vaya, como un grito de pólvora y no me recuerde. Para infarmar mis tubérculos de la nieve en el párpado de los girasoles. Para ser mi azada y mi tierra bajo la noche. Sin ninguna constancia. Sin palpar ninguna cadencia ni de luz ni de fuego. Un amor bisiesto. Amante de la ultratumba. Estepario. Hostil. Perro.  Para sentirme glaciar velando en una hoguera. Para que mi nombre duerma en la boca de la polilla de polvo. Y no manipule la semántica mis agujeros. Y tenga un dolor puro, casto, como la piel de una muerta entre las ortigas. Con mi no camino, abierto de tripas, al canto del violín de la noche.
http://amnistiapresos.blogspot.com.es/2014/09/reventaron-joseba-arregi-en-torturas-en.html

Testimonio fotográfico del crimen y tortura, a Joseba Arregi, que los supuestos demócratas y defensores de la ley y de la justicia perpetraron en 1981.

"y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente
y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar."
Ruben Darío.

Ante una democracia como ésta, con una justicia podrida como ésta. Sólo queda desmantelarlo todo. Y destruir todos los pilares que sostienen al monstruo del capitalismo junto a todos sus verdugos.
y me toca tu voz
y se muta cada palabra
del pozo y del arrecife
y el invierno de los cuadernos
se hace una gaviota en celo
y un helado de menta en tu boca
y se deshace el hórreo de mis guaridas
en la intemperie de tu olvido, tu esperma como equipaje
y mi cuerpo se empieza a delinquir por la lluvia
y mi histora se suicida hacia el sudor de tus emigrantes
y me nazco violenta otra y otra la muerte, cada vez que te acercas y se perpetra otro mundo
cuando tú estabas conmigo
no tenía miedo a la epidemia del nihilismo
defraudando la descomposición en los violines
ni a ese se caerá el cielo sobre nuestras cabezas y no tendremos hachís para dibujarnos un cuello de elefante
ahora tengo un alevoso miedo que se ha hecho no sé qué pistola que limpio por las noches y me promete bailes de salón y abismos
ya no son tan bonitas las cucarachas de la cocina, pero hay más perros del lado de los olvidados, levantando trincheras de nieve y de mar y cada ladrido me recuerda a tu mano sujetando el whisky y tus ojos de ahorcado cantándome el callejón
te amé
en inhóspitos burdeles
cuando se quedó sin gasolina el coche
y los proxenetas nos dejaron usar su teléfono
para llamar a un cementerio que cayera sobre Itaca como una madre
tuve que ocultarlo
para que no rompiera porcelanas mi pena verde
manipularlo desde dentro
para que no flaqueara el alter-ego del chubasco y la sidra

enterrarlo junto a esa amada piedra y un hueso que me encontré en una playa
para que nadie lo encontrara nunca en mi cuerpo ni pudiera preguntarle a mi vida por sus cajitas de música
tú eres como la maleza y el carbón y los cobertizos en ruina que ocultan la trashumancia de extintos pastores en viejas porcelanas fracturadas por la luz y eres como una huella de pintura en la no lengua de las manos alfabetizando el olvido y los trenes que preguntan por nosotros cuando huimos contra la tierra
ya no me hablas, como hacen conmigo todos los jabalies y los destinos y yo caprichosa, mal-acostumbrada por la tragedia y su desvergonzada dicha, rabio ya sólo estrellas de mar que no quieren dejar su esqueleto y se deshacen enteras en el secreto de los pecios
está empezando a llover en la montaña
cubierta de niebla, oigo desde aquí la lluvia, si miro de reojo al gato
y siento los matorrales impregnarse de ese sudor del viento y escurrir las gotitas entre las escobas y la calcita, anaranjada de olvido de luna
y si fuerzo los ojos, la veo en aquel acantilado, silbar en la arena del camino, el teclado de los toxos y del salitre cuando se enfada con el tiempo y abrirse en las bragas de la mar, con el cielo que baja a beber de los corales y la inmensidad a punta de pistola en lo mirado mirada que quiere que vayas más lejos para comprender... y mojarte sin lavar nada.
Pienso en la casa que invernar dentro de los rosales, para cuidar esas lágrimas en el aguardiente. Y pasar las heladas en la vagina de la nieve y el blues del monte. Una tenue luz entra esquiva. Como si descansaramos encima de las alpacas. Como si los muertos dijeran a media voz algo de la mar. Nunca se me dio bien, planear nada, ni cumplir ninguna estrategia, ni guardar para, ni la reserva, ni el por si acaso o será nuestra sangre la que cruja en el violín. Pero presiento el hierro incandescente de algo abstracto jugándome a los iglús y a la causa-efecto de los descausados. Y me digo, tengo que hacer un boceto de espantapájaros, con las grietas de la pared, y la materia orgánica del viejo gallinero. Hacerme un nido, como cagada de gaviota, a la galería en la que tronarán los sepelios. Primeras vistas y pupila al cubismo. Por una vez, adelantarme a la marcha atrás y guardar una gotita de vino cada noche en mi cajón de hilos de coser.
la época contra-histórica
del estiércol que aprendimos a cambiar a los 14, por un curso fracasado en la erección de un río, y cruzas el puente y adelante lo que olvidaste y detrás, lo mismo, con una calada de hierba
es igual arriba y abajo
arrastrarte que empuñar luna
cuando la misma canción embriaga la muerte y la promesa que no hicimos, si para qué, no ves que soy una desequilátera, entre el trato del amor y la nómina que se llevaron los vencejos, si vuelves en otoño tráete noticias de la distancia, buzón descompuesto en las ganas nuevas del piano, otros cuerpos cruzaran las mismas vías y el desacatado destino, pronuncia, sinestesia
tómame como lo contraproducente para que caiga la explicación en tu cama y desabroche lo incierto, ese jugo de viaje que nunca podremos acabar de pagar
Cruje el viento. Y la luz se pone cabizbaja, como mis diarios, al fuego de tu nocturnidad. Casquivanos de deshacerte el lecho, a cambio de una intemperie cosmopólitan del embrujo de los ciervos. Va a venir la tormenta y el amarillo de las espigas se lo dice en secreto a los pájaros que como heridas de gramática escarban oblicua afirmación en mis manos de romper la arcilla. Y parece que se desnuda triste la lejanía, para apadrinar a las lágrimas desorientadas de un camino que no quiere serlo. Cuando oimos por primera vez hablar de los ornitorrincos cambió para siempre la manera de decir adiós. Aún presiento tus ojos, agujeros negros de la insaciable eyaculación de un verso, en ese final en el que las cosas se vuelven naturaleza muerta. Y el daño que nos hicimos se convierte en un aroma de caracoles entre la hiedra y piedras de hachís en ese farmacéutico tirachinas del rencor de una marea. Y yo me dejo desdoblar los pronombres, al capricho uterino que mejor convenga a la página que sobre la página succiona el salitre. Como el desdoblaje de un amor abrasivo de exilios y colonizaciones de inabarcables, collage de sudores, en la humedad de fuego, de ese anonimato que otorgó el porvenir que perdimos, y que sólo a veces, me escancia tu cuerpo, como la utopía.
y sin embargo
la abrasiva luz
de tu noche en el horizonte
de tu aliento entre los árboles, arroyo que emana, la alegría de las piedras
y tu existencia inseminando el silente del verso, de la tierra y de la muerte

y yo esa bicha acorazada de intemperie

si oyeras el clamor del exilio persignándote en todo lo vivo a salvo de cualquier ley y final y realidad
si te rozara el mundo que no existe con esas trompas del falopio de una inmensidad como a mí, criatura muerta que vive a través de lo intangible
si te alcanzara el universo de la niebla para acariciar el derretido cielo, como una jauría, en el diente de la mar
y fuéramos dos fantasmas en el mismo agujero contra la tierra, habitados oceánicos de la lengua de la luna, tomando el baile, como un kalashnikov de Neptuno
si te crujiera lo imposible con la cruel vehemencia de una lluvia de caballitos de mar, como a mis pálidas invertebradas, ánimas de quién sabe qué no camino, para llegarte con la osadía de la omnipresencia del aullido
Amé más a lo que nunca me quiso.
Tal vez porque me moja la tragedia.
Porque me pone la utopía de una araña protectora y enamorada de la mosca que come heces, tejiendo a través del abismo, la trampa de la eternidad.
Tal vez porque tengo miedo a lo que pueda quedarse y amarme y no me fío. Y mis solas tiemblan y se ponen azules. Y persigo lo que huye. Tal vez porque sólo el amor de la medusa aquella noche tan larga.
O el néctar del imposible dentro de mí, como lo que da brizna al verso y abre los ojos dentro de la mar.
Yo lo defraudé en tu idea de belleza, para no quedar en deuda ni con la canción ni con la palabra de rata al agujero.
Yo no quería serte el blues. Ni la erección continua de un romanticismo. Era muy cansado ser amada por ti cada vez hasta el delirio. Y tuvieron que salir mis piojos, para traerme la pipa de hash entre la noche y los cementerios. Y salir eyaculada mi indómita fealdad y mis apátridas criaturas, para no tener que ser contranatura el celo de un salmo. Y bailar con mi urgente esperpento la dicha de mi pulga. Y serte esa comadreja, robándote el postre y rompiéndote la camisa nueva. Yo necesito el desamor de la punta y el lienzo, la herrumbre y la cochambre para dilatar mi gozo contra cualquier redundancia y cadena. El amor del puercoespín y la mantis. El trato de los monstruos follando contra la tierra. Sino me estreso como un colibrie y pierdo mis pianos.
Nunca sacarán de mí, beneficio, ni impuesto, ni honra, ni te sigo la frase, ni termino por ti el sucio trabajo, esas leyes de los humanos, en la sociedad gobernada por la peste. Yo soy una pulga. El mal negocio. El topo de los bichos espiando las alcantarillas y llevándole el amor de la rata a los desposeidos. Del ahí afuera sólo puede sacarme productividad el libar de las avispas, el despensario de los bosques en el baile de los jabalíes. Soy insolvente desde que me dijeron que por ahí no se va a Roma.
Los cajones que perdí dentro de tu cama. Los diarios amputados. Los horarios de tren convertidos en speed. Mi ética hecha el rizoma del exilio a la fortaleza de tu fuego. Dime quién soy cuando haya muerto y tu esperma sea el beso de despedida, letanía de los eclipses que soñamos en Babilonia. Mis sueños en el cargador de tu sombra de infinito. Y la calavera por delante. Porque sino olvidaremos para qué la jauría del vino. No te siento la última tierra. Pero te siento el último cuchillo eyaculador de mundos, ese verso, procreador de noches embalsamadas en el hash del viento. Mi última tierra es tal vez una alucinación. Materia negativa en el don de los desposeidos. Y ahora tu cuerpo es la prolongación del paraiso, el oficio que no quisieron darme nunca esos zorros con despacho,  lloviendo fuego en todas mis intenciones.
La alegría coñac. De tus súbitas humedades entre los óleos. Y esa fe de desarrapados deshilachándome tu néctar en las manos de soltar y poseer la luna. Inconsciente de mi historia, de las señales, de la maldición de la soledad en el canto del lobo.  Me dejo obscenar tu baile en las cicatrices. Y miro pobre las urracas. Y pobre soy dichosa de sus cuerpos portadores de las estaciones. Se me clava esa imagen de ellas en aquel lugar de la costa, entre la tiniebla y el vino caliente. Y viajo. Y siento romperse las inercias de todas las lágrimas. Como si estuviera desenterrando aquella canción y ese abrazo extinto volviera desde el olvido a cuidarme carbón.
El silencio de la montaña. La ausencia de los berridos de los coches. Se oye a los perros y tiembla la página de otoño esa posibilidad vestida con nuestra sangre.  Me calma mirar a los árboles y esa lejanía que se mueve desde la placenta de la nieve. Llaman a la puerta. Esa amiga que no veo desde hace tres años. Y que compartimos tantos inviernos al abismo y genistas que desperezan a la alegría de las heladas. Y ese barro y entrar con linternas por la noche a casas abandonadas, con cuentos de criaturas que viven donde nadie vive acuchillando el aliento. Y la alegría de sus ojos. De sentarnos bajo el chopo y fumar la distancia de dos vidas. Y se me pega esa melancolía de trenes que van hacia la mar y un fuego en el pecho de asientos vacíos llenos del perfume de la cera y el romero.
no sé si es porque me da a veces el recato o todo lo contrario si pinta espadas... ésta necesidad de ensuciarte
o que tan obscena amapola que cuando me la devuelves con tu boca necesito odiarte para no derretirme de mi propia lascivia
o porque hicimos todas esas cosas esa noche y mis ojos no tienen dónde esconderse en tu cuerpo ni en tu insomnio
o es porque el juego quiere un ir y venir sin señales de tus acantilados a la orilla del opio y preguntarte con las uñas, si estás seguro que era yo o un espejo de ese vicio del cielo y la ultratumba

a veces tengo que mancharte, hasta ese sacrilegio de lava que me otorgas, como la pulcritud de todos mis abismos, o blasfemarte porque me has conocido, cuando no tenía a quién confesar una muerte y sin bandera fui poseida por el escalofrío
jugar a serte perra y tener encendidos tus ladridos y fuegos, para la flojera de la rosa insomne, en mi cuerpo, como erección de Diógenes, obscena manzana, qué diría María, si nos oyera...
a ser el capricho de tus vicios, celo de tu celo,  cielo de tus obscenidades, los puntos suspensivos, de tus depravados, la insaciabilidad de la incógnita de la abrasiva llama que nos atraviesa como trashumantes en busca del esperma de dios
a ser tu puta, alabadora del prostíbulo de tus altares y contagiarte con el envés de mis intenciones, el fruto del delirio, trampa de la pérdida de los papeles, al inhalar el gozo, como bastardos y místicos perros defraudadores de las haciendas y, también la otra semántica, el salmo y si me traes eso, mataré por ti, a mi mamá
y acá dentro, donde sólo te dejo entrar con Aqueronte en tu glande, la metáfora que pone todo del revés, al jugo de la gasolina y el paraiso recien abierto de piernas, cada noche
es como el juego de la botella
y el líquido depende de tu vehemencia y el sadismo del olvido
yo bebo y giro
me embriago y hago añicos
me desmarcó e inhalo la raya lisérgica
de los infinitos puntos suspensivos entre la ética y el orgasmo...

tú eres como un perro que aulla la luna y a la parca
y al dígito del ladrido y del orín territorial de la abrasión de la noche
yo bailo

nadie ha puesto normas, sino el juego no sería un juego y sabría a alguna deshonra, a una de esas estrategias de la vejez y el control, sería ilegítimo, reprochable, obsceno

pero los dados de entre tus piernas comprenden la necesidad del peligro
y yo que siempre me abro como tijera y como ramera recolectora de lirios
te doy cubilete y deriva, y trabajo y maduro dentro el licor y la apostasia

la muerte nos mira encima, como el fulgor, fruto que recogeremos con el escalofrío de la ludopatía
Ese trato se cerró, con la pérdida. Y nos repartimos la avara negatividad, hasta que nos hicimos más larvas que personas y nuestra historia, se pareció más a una mancha de petróleo en el cadáver de una gaviota, que al escarceo entre dos perros. Y eso que aprendimos a ladrar hasta que los vecinos marcaron el 091 y se hizo un aullido la casa que marcó como orín el territorio en un agujero negro.
Mi sociabilidad es una infección que saco al tendal cuando llueven ácaros. Es mi pena verde y mi dicha cerilla y anacoluto. Lloro con los perros, esa viudedad intrínseca a la forma de escupir un nombre cuando se toca un piano y se estremece la alcantarilla. Y polulan por ahí exclamaciones de gas y vecinas que sueñan que alguien les corta la cabeza cuando se están haciendo la permanente. Los niños ríen. No dejan de reír mientras los tubos de escape prometen la inversión del civismo al agujero de la capa de ozono, con todos nuestros putos mercados y logros, en erección química. Y los niños ríen, soñando moscas más grandes que los rascacielos.
No hay marcha atrás.  Una vez que se siente el calor de la descomposición y la pérdida es como una penetración oceánica, cambia la empatía y el modo de pertenecer, entre los callejones. Peluca de carne y hueso, como arreglo floral, al oficio asesinado, a la cerbatana eyaculadora del circo que vendrá para explicarte porque fue tan estúpido todo y yo fui esa estúpida-madre, del feto de tu asco. De las enseñanzas que te robó el insomnio, a cambio del cementerio, al que nunca quisiste ir conmigo para despiojarnos.
Yo no tenía lo qué.  Eso lo tenía la calada de salvia haciendo de la ley de la gravedad la raíz cuadrada del jugo del ciprés y la nube de encima. Sé que era maldito y estúpido, fuera de la lógica de la tripa del ñú devorando el asfalto. No te lo dije claramente para no romper el encanto. Y escuché su destrucción como una estrella entre las trompas de falopio. Mentí. Podría decirse que mentí, fuera de mi contexto de cicatrices púrpuras y mentiría aún, mil veces más, si la luna se saca las bragas. El destino trágico, lo guardaba en la misma boca que el éxtasis. Y el perdón. Porque el gasto es del fuego.
De lo que alguna vez fue mi patria, sólo queda un agujero, con una liendre portadora de óleos, ceniza y las ganas de la mar. La pulga que se me metió en el bolsillo la noche que moriste. Y me juró las nanas de la sangre y transfusión oblicua para las noches putas.
El café. La espera de la lluvia. De algún estertor eléctrico que me arregle los problemas de la insensibilidad. Con y si me da alergia cierto sentimiento, sino se empalma de la abstracción que nos someta sinestesia anónima. Deriva y peces que en otros peces, portaron un agujero de mar. De niña me daba asco que me besaran y me frotaba la mejilla con tierra. Me gustaban sin embargo las babas de los perros y los escarabajos de la patata y ese niño que estaba triste y quemaba siempre cosas en el camino del río. Creo que todavía me da asco el amor sino me promete lo imposible y me jura ser una criatura mutante, despiadada con todo lo que se pueda quedar en la tierra.
Cruzar hacia la montaña. No me digas la hora. No me preguntes para qué. Ni qué ha sido de la letanía o las polillas que viven entre la ropa y se visten mucho mejor que nosotros de la ciudadanía. Sólo dame tu amor de carbón y de botella partida en el corral. Sólo la vileza que te guardas para ti en tu pobreza, en los llantos que te oigo a veces en la noche. Nunca te pregunté ni fui a darte consuelo ni canto. Ni tú ni yo queremos manchar esas amapolas. Me quedo unos segundos tras la puerta. Te oigo zozobrar. Y pienso en las huellas de madera dentro del fuego. Algo me abriga de esa animalidad que desprendes embalsamado en algo que seguro te resulta del todo vergonzoso y para mí es, la belleza, furtiva contra la literatura, visceral como la mariposa que tus pupilas sellan en mi angustia.
Mis papeles no tienen destino. Siembran la luz de la masturbatoria de un fracaso. Serán sordo-mudos. Cuando llueva la guadaña y al fin le dé mi cuerpo a la liendre del mar. Ni siquiera hacen poso en mí. Sólo mientras escribo. Mientras me angustia la palabra que aún no conozco. Mientras me ofrece la fiebre el verbo aún no desposado con el olvido. Nada de lo que yo hago o sufro tiene intención ni permanece. Y está condenado a la soledad de las espigas, hambre de urraca y baile de fuegos fatuos en la benevolencia de la podredumbre.
Hoy recoger. Luego. En los últimos dos minutos. Mientras no recordar para qué sirven las puertas, ni los telones, ni ese lubricante en los cuatros labios de un verso. Voy con mis fantasmas. Como quien siembra tornillos, para ver si crecen agujeros de metafísica y me despacho la deuda con el fontanero. Los rosales no se quejarán.
Mi casita de crisálidas. En mi pecho y en la tumba florida que te vive entre mis huesos. Canta la ruina y canta la descomposición de una nevada en los espectros que los espantapájaros frotan como jabón en mis bañeras. Amo el cuchillo que dejaste en mi espalda. Como la absolución a cuántas perversidades haga la soledad entre los trenes. Ciudad colorida entre tus gotas de sangre. Vaho negro de la rosa en mi pasión como una catedral en la que reza mi olvido. Amo ese valor de ultratumba que le saca ganancias al hastío de nuestros cadáveres en el mismo campo que perpetramos el amor cuando éramos dueños de la muerte. Esa sinfonía de cuadernos triturados en el canto que la urraca compromete en mi invierno. Ese olor a sexo que permanece indisoluto entre los lirios y el odio de la mar, con tu nombre, como esa orquídea de la tempestad, en mis manos verdugas y en mi inocencia exprimida entre el estramonio y el color verde que como una cremallera asesina, evoca tu canto.
Quiero tu amor de gasolina.
Hoy no soportaría la dulzura.
Hoy me haría agujeros de serpiente la masturbatoria de la eternidad.
Sabañones, la caricia de la lluvia en el poso del delirio de ese vino de todos los olvidados.
Hoy quiero la intención de tus piedras en el fuego verde del alquiler de ambulancias para manipular la memoria.
El estertor de un faro en el alfiler de la nieve para alimentar con cochambre a mis muñecas de trapo y que puedan bailar el esparadrapo del sol en la violencia de la sidra.
Todas las veces. Salió mal. Y ganamos un cadáver para la necrofilia. Y un cuervo para la banda sonora. Amor de mala ginebra para beber boca a boca con los vagabundos. Cruzar como espadas la frontera y vomitar la patria henchidos de estrella.
Todo apunta a que ésta vez será igual de cochino. Dibújate una sonrisa. Mastúrbate el esperpento. Saca el vals contigo sobre los cementerios y bajo el hedor de un cielo nuclear.  Con el estusiasmo y la vehemencia de la primera vez. Toda virgen y eléctrica. Vestida de fuego y guadañas. Dispuesta a la destrucción. Ocurrirá el milagro y el fulgor entre las piernas. Y las ánimas encendidas de hachís buscarán las trompetas y las pistolas.

Guardo una maldita rana. Para la noche que lluevan agujeros.
Coraza de los engreidos. Empalmados de fracaso. Violentos porque han estado solos cuando dios eyaculó su benevolencia.
Armadura de los que estuvieron muertos cuando el romantismo escupió champán y billetes de avión hacia lo paradisiaco, con el cadáver a salvo de la podredumbre.
Vileza de mis niñas rosas coleccionando semen en sus máquinas de escribir y la brecha de sus pechos.
Para decir, estuve allí, sujeté la pistola y la eternidad, hice todo lo que pude por Paris y por tus muertos.
El despotismo de mi sombra en la ginebra que escancia tu lascivia a mi idea del infinito, me anilla a ti, como opio.
Esa vileza que sólo tu sexo convierte en blues y tu insomnio en zumo de rosa y nocturnidad.
Esa doble moral que bajo tu cuerpo, es como un cuchillo de música. Y atrapada en tu crueldad desposa la luna en mis fangos, como esos pasos de baile, de mi oscuridad derretida en tu pecho. Y al fin, tanto engaño, se hace fuego, y mis cínicas, beben de ti, el pentagrama de un destino que también defraudaremos, hambrienta de tu sangre y de tus instintos, como si el callejón poseyera tu semen en mis periferias con la alevosía de una salvación.
Luego rayón. 
La vulva moja estrella.
Empieza justo sobre lo que negaste.
Como un orgasmo.

Me desdigo a través del dedo que me mete la semántica y sus malas intenciones.
Y se procrea la doble lectura en mi vagina, como la erección de un verso.

Soy esa juglar de una muerte que no pudo perpetrarse.
Me alimenta el canto del cuervo, el vacío de mis manos, como esa fuente de la noche que caerá lasciva en tu piel y jurará un paraiso de ventanas oblicuas y nombres descompuestos en la lírica que tu semen blasfema y canta, en mis cienos. Y se hace la luz, en las tumbas, como trompas de falopio poseedoras de las constelaciones y la música.
Me has hecho daño.
En la parte más vulnerable.
En los tuétanos de mi todavía.
En las sandalias que cuelgo del sueño de los mirlos.
En el jabón que insulta a los ancianos en las caladas de hachís.

Y lloro de mentira.
Y maldigo de mentira.
Y piso teatro en el cuerpo que ya no existe.

Cuando algo me hiere de verdad.
La historia deja de pertenecerme.

Y eyacula el surrealismo un hueco placentario de mi casa. Hacia los ciervos. Hacia la noche.
Me molestas a veces, como la intromisión, a mis juegos de la siembra de la calavera y los peces. Como el desvío del usurero whisky en el callejón de las letanías. O la voz de la maleza que quiere con celo la putrefacción de mi otoño, dando abono a las genistas, alimento al cuervo, al sonido traicionado de la barca bajo la mar. Y me convierto en ese motin de un mundo que no existe. Y siento la cólera despachar los juegos del carboncillo de mi lágrima y los patios. Y soy ese cuchillo que meatraviesa el corazón por una banda sonora que imaginó el embrujo del opio en mis niñas muertas.
Siento ese daño. Como un pentagrama del delirio. Y fantaseo con sus palabras, en el margen de la hoja. No escribo lo que dicen sus caligrafistas. Dejo que se haga abstracto. En mi pecho como el estramonio. Dejo que sea mancillado por la sed de mis costureras. Atragantado con la violencia de un fuego. Como la cura del vino, en la lejanía. He aprendido a no ser clara para mantenerme fiel a mi vehemencia. Avivo la críptica gota de sangre para que la memoria sea la portadora de cada sombra que murió en ese puerto. Y me cuido de no decir en voz alta, hasta que no lo haga, el fraude de la poesía, ese cuchillo del viento.
Es esa historia. Y esa otra historia.
Obligatoriamente será la mitad en el extremismo.
No puedo darte plenitud cuando los murciélagos traen el globo terráqueo de la gasolina.
Estoy partida ilegítima por un abstracto. Me hiere cabezas cortadas de ciprés en el amor del cuervo.
Y me hace sentir sola, como una vela que arde, en las manos de un suicida. Y me hace ser, esa cínica que no posee una mentira que me salve. Amante de las corrientes que rompen las ventanas. Y herida en los labios de un beso de muerto que me acuna en el insomnio como una pértiga de hachís.
Tengo ese odio enamorado. Como un pájaro sin cabeza. Volando entre el suicidio de las espigas. Como un cuchillo que amanece debajo de mi almohada y abona mi lágrima entre los metales. Un historia muerta de semántica que retorna cruel al pasadizo de la ultratumba de un verso. Ha pasado ya un año. Yo nunca supe hacer incendios. Perseguí siempre al mismo perro. Amé siempre al mismo perro. Y entre la liturgia, el mismo whisky desconchaba la sed de autobuses en llamas. El fuego era esa articulación de paredes tiroteadas en el mármol de una página poniendo a hervir las sombras y cayendo entre esos vestidos y frutas como el cloroformo en tus sueños.
La historia que nunca te contaré, es el fuego que determina, aquellas cosechas al hedor de la extinción. Y mi cuerpo ensangrentado manipula las palabras, para sostener tu cuerpo como una liturgia. Y que el amor sea, la violencia, la vendimia de los espectros eyaculando el gozo de lo incerrable. Pero dentro de mí, vive esa otra ecuación. Con el poder de un hipnotismo de ciudades suicidas. Con la atracción de una biblioteca emparentada con distancias insobornables frente a la noche que derrite mi casa. No es posible que se acalle ese puerto. Ni renuncio a la deriva de tus cosechadores del salitre, en mi boca y en mi destino.
Mi sentimiento de vacío es el único fuego que me queda para escarbar un porqué entre los esquivos pájaros que desangran los nombres propios en mis pechos cuando sangro por la nariz y tirito el sin sentido de todos esos tiestos. Es como esa guadaña de algo no va bien y la semántica está perdiendo liendres en las yemas de mis dedos. Necesito pernoctar con mi propia vida destruida, para comprender los girasoles que amotinó la luz en el trastero. Y si aquellos ojos, son al fin, dos luciérnagas que estertoran la montaña en vasos de vino. Y si ya estoy en paz, para que lo cruel, cerciore el verso que hay que robar a los circos en ruinas.
El cinismo buenos días, desgájate los bolsillos, no queda esperanza en el buzón, sólo hilachos de gas con la pasión de un tormento cotizada en esa risa-hachís. Yo antes perseguía una historia. Ahora es el borrón y te pareces a ese otro hombre y haces las mismas cosas con las manzanas. Convénceme con fantasías. De la racionalidad ha quedado un fantasma buscando monguis antes de que venga el frío. Y esa cosa tan fea en el tendal, con flores de burdel y una lágrima ilegítima, clavada en carne como un cuchillo.
Despertar manchada de cenizas.  Con esa pena, hay un vacío en el cuarto de baño que fermenta el sol. O esas malas maneras de extrañarte. Gritos de cristal al retrovisor escópico de un mundo extinto. Echo de menos la mar. Y las piedras juegan con el silencio que mis cajones descomponen en esa otra forma del olvido que no contenta a la afrenta de tu cuerpo entre las manzanas. Soy la falsía de un presunto adoctrinador de oblicuidades.
de hace unas días para acá
tal vez en algún invierno que leí en un graffiti o en una peluca rota y deshilachada, caida en el suelo de un parque
no tengo la vehemencia que tenía con los verbos, como si espectros de otras historias, interpusieran en mi vida un punto de excepción
y siento que finjo o que pisoteo cebollas cuando subo esas escaleras y temo encontrarté ahí y temo que no estés y no estoy segura de que quiera estar viva ni de que alguna vez entendiera algo de las estrellas
y tengo ese blues ahorcado en mis manos de romper los tratos y ese agujero que ya no es un agujero y es más bien un campo semántico, con esa pena que ya no es pena y es como el no me digas tu nombre y hazme esas cosas contra la pared, el lienzo mira, los humanos han muerto, sólo el óleo podrá culparnos
no estoy en mí
estoy en un presunto de la página
siento mi historia la historia descosida a puñaladas en un abrigo robado, en busca de un corazón que haga las ofrendas del sepelio del grito que quedó encerrado en el servicio de una discoteca
cuando tú y yo éramos, el mal ejemplo de las 3a.m y lo que no se debe hacer con las palabras
a veces no escribo con la sangre sino con un tubo de escape que pone celosas a las cicutas
o con esas gotas de semen resecas en la alfombra de esa casa abandonada que acoje a los que no quieren ir a ningún sitio
prefería el cuchillo pero tu delicadeza te impedía manchar la semántica en nombre del indeterminado y había que ser precavidos, como los zorros, el humo sabría qué hacer
o yo me creía diana de la incertidumbre y la inexistencia, y en el fondo buscaba la más profunda traición para componer mi amor de urraca entre los negrillos y obvié las otras señales por el favor de la disyuntiva, puño de barro, ahora somos muchas, ninguna sabe con exactitud lo que ha ocurrido, sino la fogata, lo que cargan los trenes cuando una patria va a morir en un vaso y eyacula el teatro para arreglar los problemas de la ética o era irracional el pacto y la balanza, el deshuesado dada, que nos quitó del medio para que los extremismos pusieran la música y se encargaran de la brecha, sin usura y sin propósito
Al desvelo que araña en los cajones con tu rostro mercenario.
El desdoblamiento de mi casa de putas y tus apuestas, por una disyuntiva que convenzca a la misma noche.
Somos presos de la sed de las polillas. Techos sobre techos, acarician la página que nos damos como se da la flor de la sangre y el amor eterno. Llenos de articulaciones de andrajo y salitre, de oscuridad y esperanza desvencijada en la líbido del propósito. Como opuestos que se hacen la cama y follan hasta la desintegración.
Oimos el crujido. Y ciegos de fuego sacudimos aún las ánimas que pondríamos delante para no flaquear. Nadie se levanta mientras haya pólvora en el pretérito y en las ganas. Ninguno volteamos. No hay renuncia. No hay marcha atrás. Es ese vértigo. El alimento de dos criaturas del exilio mezclando la descomposición de un teorema, salmo para cuando no tengas qué hacer con tus manos, pero todo esté sobre tus manos y mi reclamo tiemble en tus labios como opio.
mi credo del múltiple destino
de la lágrima alambrada
cualquier súplica la comerán los perros
y cuando sus ladridos rabien como la luz del sol
comprenderás el poso de las huellas en la copa del pecado al que le pusiste tu nombre

por ti, humillé mis fusiles, a cambio de una ruleta rusa que nunca consumió en mi sed la atormentada ginebra que brillaba en ese pozo que no dejó de volver como si un destino

y me desdije, incontables vergüenzas, en el juego del caníbalismo y el perfume de sangre que nuestras bocas robaron de los lobos y de las alcantarillas, en aquel Paris, del más bajo ya no podemos caer, porque hasta la tumba está por encima

y lloré como una magdalena en un cesto de cebollas, como una niña, como una muerta

y mis lágrimas fueron a comer con los jabalíes su violenta inutilidad y no hicieron en ti, ni gesto ni cuchillo, ni a mi cuerpo dejaron territorio

avergonzada me cambié los ojos, por escabeche y los pañuelos por ortigas y la pena, por un verso, robado como robada nuestra historia contra el agujero de carcoma que clavó como el designio el lado en el que nos tiraríamos a la luz

y cuando aún abro los brazos y llueve y presiento tu infierno, dentro de mis venas, hace ventosa el opio, de los mundos destruidos dentro de un papel, con tu daño, como una luna y las palabras que olvidé como el recurso poético de un columpio de hachís

sólo lo que duele hasta la desfiguración de las fauces de la semántica ha sido amado hasta la descomposición del cielo

ahora soy de trapo y de trapo es el suelo que me sostiene, tú eres una metáfora y metáfora la muerte que espero, la vida que ansio, la música que me hace bailar.


Cuando me vivo en ti. Y los vocablos terminan en tu cuerpo. Y lo que siento, presiento y desconozco, gime, en tus labios, como una pistola de aire. Cuando no hago la cama, ni barro, ni dejo mis opciones a salvo de nada ni recojo ni la ginebra, ni el salmo, ni el porvenir. Y todos los hilos de coser, caen entre tus noches, como puntos cardinales que me unen vehemente a tu delirio. Cuando no quiero oir sino tu voz y tus jadeos. Y la morada es tu intemperie. Cuando me haces otra mientras me penetras la historia de un trashumante y recoges cerezas en mi cieno. Cuando soy poseída por tus prados y mi muerte se hace un barco de papel en tu caja de pinturas. Cuando sólo estás tú y los mirlos me bañan de genistas y la mar se abre como un kalashnikov y la tragedia duerme en la oscuridad de nuestros ojos.
Hoy siento que el tiempo ocurre mucho más despacio.
Como succionado de la mandrágora que dejaste en el pasillo para descafeinar el velatorio.
Me empujan esos ojos. Esos dedos sucios. Ese espectro del incienso y las ambulancias quemadas. Las ganas cóncavas de tu veneno rompiendo el televisor, los armarios, las huchas.
Yo quería un color azul que volviera la sangre a su sitio. No esa transfusión de olvido que tuve que robarte. Ni esa pena de limones, entre las cajas de madera y tu chubasquero del agravio.
El encierro en tu huerto de agujeros. Quiero perder mis páginas en la gasolina de tu boca. Sacramento del destierro amarrado a tu fuego. Sentir que es destruida la historia, en tus párpados y que voy hacia ti, como un ave arrancada en las fauces del océano. Baño del barro y la niebla, en tu guarida. Hasta que no hay horizonte. Sino el centro en erupción de tu cuerpo y las orillas olvidadas en ese quebranto de blues que luego escurría por mis piernas. Mi amor de la botánica y la siderurgia. Absolución de los lugares que nos olvidaron y de la afrenta de pertenecer. Entre tus dedos, como flor de loto y aguardiente.
manipulo mi vacío con las flores de la guantera de tu coche
con el néctar de tu cuerpo y la camaredería de nuestros perros
lo lleno de retórica cuando te pasas con la canción y me hostigas un cielo entre el mármol y los insectos, lo masturbo con el viaje del parapente de tus infiernos y las lágrimas de serrín del ciprés de ese delirio que me compraste en el mercado para que olvidara de dónde vienen las cigüeñas

nos malusamos en nombre de algo que desconocemos, simbiosis de los perdidos que no quieren encontrarse, te ofrezco mi sexo como una piedra de hachís y con el mismo mechero tomo el tuyo, ya no tenemos ni la ética ni la alcantarilla del matrimonio, ni encima del cadáver, y del compromiso, estrategia de los maleantes, rosas de humo púrpura, en tu boca que escancia toda la esencia en mis oquedades, el hastío es ese lubricante con el que cruzamos la línea, cada noche, más sedientos y borrachos, el sin sentido que nos encharca las huellas, es esa postura de salitre que metemos en la cama para que la luna, nos engañe un día nuevo... cada vez con más torcida literatura y sangre.
somos esos pornógrafos
al encargo del guión de la amapola blanca
tu cuerpo es la ley de la gravedad
y mi muerte quiere llenar de manchas cada uno de tus suburbios
hasta que me inhales con el fuego la suciedad de haber nacido
y me limpies con abrasiva vehemencia cada misticismo que aposté en falso al gran circo
sólo quiero tu erección contándome las esquinas y las estrellas, las faltas de ortografía de mi oblicuo romanticismo, la onomatopeya y el asindetón de llegar por atajos a tu infierno y su calor envolviéndome el suburbio con universos de exilio, jadeándote la nueva morada de mis gotitas de sangre
Al fin vino la tormenta. Y el pestilente calor agonizó debajo de los autobuses urbanos como ese cordero que quiso salvar en vano la niña recolectora de sombras y alfileres, al collage del pegamento y los pétalos blancos y amarillos. Al fin, vino la electricidad y el granizo, y ese hastiado calor, se cortó las muñecas en la vehemencia de los emigrantes. Cuando oigo la tormenta, mis atormentadas se llenan de éxtasis y las letanías de mi sombra bailan la pasión furtiva del mar. Y siento que la naturaleza perfora las paredes y por un instante veo que el civismo muere envenenado por su aliento y hay una violenta libertad acuchillando la atmósfera.