HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO
Mañana volveré al pueblo.
Me siento la huésped de un lugar imposible. De una postal enterrada en tu vino, con sus tripas cortando aspas donde dejas de hablar, donde ensilo que yo le dije a la noche, cayendo sobre tus huesos el peso de la luna.
No hay amor. Esto despoja a mi espantapájaros de su baile de ceniza. Lo empuja al precipicio, con tu ropa sucia acumulada en el huerto, conservando el fervor de la tormenta, mi deshacienda, mi inmemoria.
Las palomas casi no se acercan. Los ríos abren sus fauces y te caigo conmigo donde la palabra es absurda e inevitable.
Si hoy cantamos a la nada y cantamos a la sombra. Tendremos que empujar allí los trenes. Tendremos que ser con abrasión, estos añicos que somos. Porque se cantará todavía.
Los pajares destornillan los cadáveres del reloj. Con jabón y estropajo trato de alejar la prisión de esa esperanza para que bailen los perros. Bajo tus escaleras con tu peso en el poema que nadie escribirá.
Entramos a la noche. Hay que echarle dinamita. Hay que abrir los ojos como guillotinas. Allá dentro, la mar acudirá.
Porque me siento cansada, es cuando no puedo parar.
Ni sacar la silla de la mesa, ni ceder a la fe de los espantapájaros mi fe.
Ni sangrar en tu bañera, la ocupación de los lirios en los incendiados pasillos, del hollín, del estampar de hojalata y matriz que te negó mil veces amarrándote mástil y adiós.
Porque me hieren los tejados que reflectan el fondo de tu vaso y me dan la intemperie de su belleza. No puedo dejar pasar. Ni pagar lo que se debe. Ni doblar la sombra de los perros en tus botas. 
Porque no puedo concederme. Ni volver a mullir esa sangre cuando la casa se derrumba y de tu escondrijo las bestias balan el vals que mi pesadilla cosió.
Caminar con las semillas de los girasoles entre los dientes. Crujir la onomatopeya de tu vino, cuando acá ya no quede nadie.
Y desenmascarar al cuchillo que el viento culpa sobre tu recuerdo.

No será que el poema hoy pueda sacar la basura.
Ni que tu voz reviva dentro el amor.

Fuimos huella de araña, el romper de la puerta, en los márgenes que el pintor embriagó sobre la muerte.
Hay un silencio que conserva tu voz en la tangente. Me invoca. Me desarrapa. Descuerda cada palabra y atrinchera el fuego que la multiplica en la bisectriz de la grieta, usándose de tus lágrimas de etanol, abono del verbo.
Si la tristeza ahora va vestida de blanco, en el luto de sangre. Habrá que seguirla la canción, pagarle su trago, ofrecerla su paraiso, aunque en los techos rompan sus designios como desnutrición de los ratones royendo en tus pentagramas la pandemia de ese pozo inquisidor del nombre.
Estoy sobre la soledad por la atracción del rizoma. Por el legado de un verso que en tus bares corrompió lo que le quedaba a mi diario para narrar el fuera de campo que abracé desde tu cuerpo al sepulto que la lluvia anegó otra vez por nuestras ruinas.

Hoy no vendrá la poesía. Es el paso que traspasa la noche en la merca que el ambulante no negocia y roba en tu casa, un poco de peyote y pedrada que vuelve a desvirtuarse en el asalto de tus bisiestas sobre la insignia que el reloj digiere cuando se mueren los peces de hambre en tus cuadernos.

Cruzamos el desierto que estercoló los balcones con rostros de papel y plata quemada. Sesgado matrimonio de la ausencia, cambiándote de calle, de sed, de cicatriz, la anchura de mi sepulto.

Desdibujo sobre tu lágrima, el pantano que tragó la luna llena, cuando los desheredados, daban vueltas de amanita sobre el arma que la noche amamantó en tu despedida.

Perdí muchas canciones de amor, enviando a tu cielo, el torcer de mis hogueras. Es Julio. Tus violines mugrientos pastan en mi vino la belleza del ocaso.  Los trenes no llegan hasta aquí. Nadie quiere ni puede irse. Porque llegamos más allá del territorio.

Si quemé tu llave cuando el picaporte escupía óleo. Si murió el destinatario cuando la obra acababa de empezar y se ahorcó el notario, y las butacas se vaciaron como cisternas de hachís, en la esperanza de Sísifo.

Piso piedras dobladas por el viento del sur. Me acuesto en ellas mientras se marchas los que pudieran comprender, los violines acuchillan tu nombre en mi papel. Y voy, helio. Y caigo, verso tachado, otra vez sobre el error de cuidar tu casa en el cementerio de cristal que las rosas cavaron en mi pecho.
es tal vez una horfandad en el fruto que la metáfora deja a los perseguidores de la luna cavados en mi cuneta, con los pellejos de las estrellas dando vueltas de suicidio en la esquina rota de mi papel
un vuelvo sola, barro la saliva del desierto en tu boceto de cartón, ato, el ejercicio de la ausencia, al sueño que desnudo y vulnero sobre el doblar de las campanas que vuelven a alejarte

y el hueco crece
pelando tus soldaditos de plomo en la fisura de la noche
trago sus balas y duelo tu belleza

la deriva es la anchura del universo
danzo el humo en la costra de la sal con los títeres que siguieron creyendo cuando todo se rompía
No hay espía ni cómplice, en el suicidio del reloj de arena.
Ayer bebí una decena de cervezas, embistiendo el lado desmantelado de mi teatro sobre el suspiro de la luna. Fue todo tan absurdo. Con ese calor reflectante del asfalto, de tu billete de autobús escribiendo una esquela. Y mascar pasos. El pensamiento se hace ovalado y se fuga. Las macetas de las flores artificiales lloran el pis de Juana de Arco. Mi voz no puede nombrar una tierra. Y creo que estoy bien, brindo por la ausencia y me digo, estoy bien, todo va bien todavía, todavía las guadañas cortan el espiritu del maíz. Me trago hacia dentro la instrospección del espantapájaros. Sonrío ebria y espinadamente el fuego de la nieva. Me hago ceniza. Escalón que se parte. La sed es un feto que me enferma desde el vientre el techo del norte.
No escribo para la escritura. Escribo para salir de aquí abajo.
Para constatar el rubor del asesinato de la nieve en la sombra de tu bicicleta.
Son jodidos tiempos. Sin amor, sin futuro. Pero lo que me duele es la desaparición del arpa del fauno en mis noches sin mundo.
No puedo irme de ésta mesa. No puedo callar mirando la pared. Tragando pared en mi cuerpo y haciéndome pared cuando letanía obliga a desahuaciar mi nombre. No puedo soltar la palabra en el agujero del afiler de los olvidados y escuchar el delirante tictac de un surco ajeno y desalmado, matándome la hojarasca.
Sea lo que sea. Que la escritura lo haya intentado hasta la locura.

Ese amor cayó en el vudú del alambique, me desprendió, se alejó 300m bajo tierra y abrió mi mano para escupir su sangre.

Es demasiado tarde para volver. Se abrieron los sarcófagos con tu cabeza rodando por el piano como una canica de cera. Parpadeé, te vi romperte en mi costado. 

Supliqué a tu frío. Llego una noche y otra noche y otra noche y otra noche y otra noche y otra noche. Y no volví a sembrar en el alba el esqueleto de tus lirios.
Ahora ésta hora sin tiempo. Algo que le falta a la posesión del dadá en el desprendimiento del sol sobre tus collage de arcilla y hierba. Algo se ha ido y sadifica en mi buzón la resonancia de lo ausente. Se me han quitado las ganas de dibujar la lluvia y embalsamar hacia tus ojos mis tierras perdidas. Voy como gorrión triste ensalivando muecas de estaño y marfil, a la oquedad de la ruta. Desaparecida. Sin una semántica que sujete el vino sobre el verbo.
Ya se han alejado precipitantes las palabras que podías alzar tu destierro. Y una tristeza de guijarro y agua estanca, hollina vértebras de amapola donde por alguna puta razón estamos demasiado cansadas para querer saber cómo acaba o cómo sigue la historia.
Esa grieta que entona entre tus dedos carrasposos pianos que la lluvia enmudece en mis paredes, cuando tu habitación pega la oreja al suelo y el equilibrio rompe el eco que nos volviera con vida bajo aquellos álamos. Y grito tu nombre a la nada que se queda en mis lirios como un declinar que el cielo enviolenta cuando cruzamos el callejón y te niego, para poder dormir, y no duermo, porque nunca me marche del quebrar de los negrillos.
ya no son las manos calientes
en el pan ni en la guerra, con su hueco, madre, del espanto ajeno
matriz de una lágrima que compartida era alcohol de medianoche empujando las vías férreas
ni a las menos cuarto, en el banco de tu calle, sentando a la luna en tus rodillas
aviantándote en mí, como desangramiento
y expulsándonos de través, con la mandrágora sellando las ruinas de la noche

porque no son, los viajes del domingo al cementerio
ese autobús urbano, tu piedra de hachís, el tener demasiado peso, y nada en la cartera
porque no compartimos del luto, la flor que se ahogó

es literatura esa forma de acechar la quiebra de los bares
pegar en mis labios tu veneno, creer que es la redención

y marcharme de la mano del diablo a limpiar tu casa en la cicatriz de mi antebrazo
a llevar crisantemos a tus antepasados con el vino goteando en tu piel la tierra que ahorcó el futuro
Hay un hueco frente a mi historia. Un desgarro del tiempo en las butacas que arden del escenario con nuestros rostros de etanol y grieta, supurando la sangre del sol.
Un tornar imposible y despellejado, cuando las pieles de naranja en la mesa, nos traen motines de vidas que se fueron.
Heridas que la luna reflejó en tu escópico lapicero de las letanías.
Y yo era ese inconveniente que ultrajé en el vacío de tus manos. El vino siguió punzando el desorden de los mapas en el interior de heridas que la hoguera descendió sobre la cicatriz de las pinturas.
Me soy miles de distancias, contraidas y combustibles, hacia la sombra que sujeta el suelo y lo sierra en la luz de los cipreses.
Y la tristeza tiene muchos motivos y no tiene ninguno. El camino ha hecho una raja en el molino de agua que alguna vez abrazó nuestro amor cuando las estrellas no miraban con la violencia de una belleza inasible. 
Quiero alejarme de todo. Volver a ser abrazada por la sonrisa de la nieve. Esconderme contra el eco que irradia del ruido una boca de incendios que traiciona tu soledad bajo la lluvia.
Y pesan hoy los cajones que anegó el lodo de fotografías imposibles en el urdir secreto de una venganza de luna.
Con tus brazos amputados en la mar que rema contra mi recuerdo la supuesta llegada que entre los dos destruimos. 
Me faltan 800km de rabia. Sé que de aquí sólo se sale con ella. Y hoy ando de mística sin cielo, bregando entre las hierbas cuerpos de arcilla que entierra la voz que rompe el silente, y bacía de tus bolsillos, los restos para volver a casa.
Me despierto. Todavía ausente. Triste por una inefabilidad. Por una separación que rasgó en tu palabra las procesionarias que el monte acunó en ese lugar donde nos olvidamos de volver. El día comienza en la lágrima de san pedro, con tu nocturnidad, destazando en mis diarios la próxima salida.
Busco con urgencia un verso que contenga la perdición. Volver a acercarme a la música, a la posibilidad creadora, a las ganas de vivir. 
Quiero irme pronto al pueblo, escribir, acurrucarme con la humedad de los bodegones, entregarme con fiebre a la escritura y desde dentro transformar la atracción al abandono.
Me sé sola y descendida del escritorio que apoyó mis ojos en tu página vacía. Y acabamos ciegos por un resplandor que el fuego embistió sobre las distancias.
Llego ahora a casa. De un baile de máscaras y escenarios de fuego y olvido. Reaparecen sueños que anochecieron cuando dejaste de oirme y embisten su reloj quemado en el hueco de mi voz invocando en tu aurora una casa para la mar. Muchas cervezas y deambular sin tierra con esa persistente equivocación hiriendo en el firmamento un regazo equívoco y demasiado lejano para poder dormir. Me acurruco sobre el marchar, al arrullar de la mar que todo lo calle.
He pasado al ordenador 4 de los 20 capítulos de Maraiz. Quiero hacerlo desde el pueblo. Aquí debo demasiadas palabras a la pared que se vino abajo con tu boceto de resina de pino pegando mi ventana al naufragio.
He soñado con las arevas. Se han vuelto un motivo. Se han vuelto lo que el poema esquivaba, culminando en el precipicio del verso, la vehemencia.
Todo lo otro está rodeado de ceniza y ausencias. Yo picoteo el desliz de tus botellas de vídrio bajo lunas que nos tomaron a la deshora. Y soy pálida del reflejo que pudiera en tus labios asir mi nombre a una certeza, y también del suelo que se resquebraja cuando avanzo en busca de los mirlos.
Y sin embargo habito la misma placenta que la que dentro de sueño nutrió a la vida de un motivo. Y soy su orificio y su intrumento, su nacer y su olvidar.
Ya no le digo a nadie lo que me dice la noche. El papel me espera. La mar todo lo acaba. Supura tu nombre la cordillera de la sombras enardecidas, somos olvido de hueso a hueso, de la oquedad del cosmos a la labranza del vino y de la lluvia, en tierras desabragidas bajo el terror de perder.
Alevosía del caos. Obligatoriamente la marginación semántica y temporal, impropiada de todos los territorios que alguien pudiera comprar o vender, con los ahorcados nombres propios dando de comer a los perros, las hachas y las exequías que bajo tu lumbre congelaron en mi esperanza el lugar común del amor sino es en el fuego.
a veces hay que ofrecer la derrota, antes de beber de la noche el jugo que la página cuelga en el cuerpo teñido por la lluvia y amamantado por el alcohol de los que llegaron sin mundo, y resistieron a través del abajo y su atracción de blues y tierra removida
si el petricor borró tu nombre en mis labios cuando no alcanzaba la palabra a defenderte a mi lado, ni a seguirte hasta el amanecer, no fue sólo mi tristeza, un designio de la música, nos quería, desnudos y pobres en la playa, mástil del viento, cruce de caminos bajo la zona cero, amando a los borrachos antipátridas
No hay tiempo para quejarse de la redondez de la tierra ni de la de esas cabezas. No hay tiempo para caer, aunque estemos más abajo del abajo del que nacimos. Si caeremos será por hacer camino más allá de la tumba.
Tengo un cuervo blanco y otro negro. A los dos los amo con vino. Cuando se mueven esas manecillas lloro mazapán y navajas. Tendré que escribirles la música que sobre las ballenas tiña de océano sus hambrientos picos. 
No le daré al pozo, el cobijo de mis huesos. Será el viento, porque nacimos cuando la nieve cubría la carretera y no se podía volver a casa. Mi primera palabra fue "akán" Me dijeron que así llamaba entonces a mi hermano. ¡Cuántos girasoles quemados llovieron sobre nuestras cabezas!
Del derroche de la desesperancia en los ojos de los camareros apartando una historia para llegar a la Isla sin pasar por hacienda, sin devolver nada a la escuela que nos quiso agachados antes sus doctrinas, si acaso un bidón de gasolina, un viaje sólo de ida donde la mar se queda.
Soy una farsante convecida y escrupulosa con la ley del teatro.
Duermo abrazada a los cañones de las estatuas de hielo.
Cuando echo de menos el amor de la tierra, me juro a la luna.
El espectro de mi perro absuelve mis errores. Ni un sólo pecado, porque sólo pecan los que frígidos se arrodillaron a la ley de un supuesto dios. Pero acá abajo, el cielo nunca dio nada, y se armaron los parias con piedras, ante fusiles, ante palacios y ejércitos, y supieron que de dios nada llegaría hasta allá. Y a veces, hay que arrancarse una costilla, para atravesar el cuello del burgués.
No tengo muchas fuerzas para defender tu risa entre los cráneos de los corderos. Por eso tengo que sacarlas de la fragua y de la lluvia embarrada por tu epístolas malditas de una suicida ginebra. Por eso ahora que todo es confuso y absurdo, de un hedonismo macabro, y soy migrante y prófuga, de cada palabra que vomito a la vera del mar o los cadáveres de los árboles. 
Por eso echo de menos tanto a los ojos agricultores y perdidos del abuelo. A su chocolate en la mañana y su vino cuando empezaba a anochecer, cuidábamos de los esqueletos de los barcos, del alma de los gorriones enterrados en la nieve, porque fuera hacía demasiado frío.
Por eso allá, donde nunca volverá ni pisada ni letra, vive la escafandra de Alicia buceando los mares muertos del fuego de K. y su corrupción creadora en mi página demacrada. 
Estoy sola y lo sé amargamente cuando las vides guarecen nidos líquidos y las alas son dinamita e iglesia volada por los aires, cuando tu cuerpo acercó un crisantemo eterno y condenado. 
Estuve en la mar más de dos semanas, y al volver, a mis cajones, les habían crecido las arañas y tú estabas 800km más lejos de la tumba en la que te vi por última vez. A mi buzón le creció un agujero, y el Leteo cuando se ponía triste y lloraba, me robaba las cartas, los quién, los es por aquí.
Tengo que gestionar el espacio vacío y el fervor de la decadencia. Entregar a la creación lo que se come la esquina de mi habitación abandonada...  Y escribir al menos durante ocho horas. Seguir con esas historias, que como no quiero llamar novelas, ni relatos, llamaré a partir de ahora arevas. 
Cuando hace mucho calor, y el tequila se toma a solas. Odio el verano. Me mantiene en un estado de ebriedad continua, en un cubismo desgarrado, en un perdición que remueve tus cajones y te escupe espinas del pez que juró venganza. 
Estoy rara. Por eso largué a mi amiga de mi lado. Por eso me ermité en un vaso de vino, desahuacido, anochecido, soñando las mil y una noches de la prófuga barca que apagara tus velas y devolviera el corazón a mi bicho de paja. 
Soy la desesperanza con todas mis costillas. Pero no por ello voy a envejecer. Lo soy por requerimiento existencialista, tabernario y reflectante del amor y de la nada. Porque el abajo, bajó siete peldaños robándote los ficheros en los que con sangre se moría tu casa, clasificados en mi piel, como amebas de veneno y astro.
Han sido ya tantos años por el camino equivocado que sólo puedo seguir obstinada el tembleque de la pared en tu hachís. Mi perdición, con amor y sin pretensiones, ni nada qué guardar bajo llave, ni nada qué llorar con la culpa.
pisar polvo de pared
en la grieta de tus ojos
inhalar y escupir una ventana
sangrar entre mis piernas las insomnes escaleras de tu espada
y clavar en mi vientre la lágrima que no te ofrecí
para que el vino sea más negro y azoté montañas cuando volvemos a recordar
la despojada equivocación de los nacidos por una muerte que no vino a resalcir tantas páginas gastadas en tugurios que nos sacaron las monedas y el futuro a cambio de una canción

se fueron como nuestra casa al abismo
como el bien, como el asalto a la sucursal, cuando robar era devolver
con esas cabezas de flamenco arruinando en los patios el abrigo de los olivos
sadificando la raja que todo lo tragaría
El domingo iré al pueblo. Quiero empezar con Molot. Hacer pecios de barro, inundaciones de cigüeña contra tu aquí, contra tu tú. Doblar sus campanarios cuando la letanía trae hash y barcos de papel. Mientras finjo una alquilada pertenencia, al barco que parte en añicos tu calcomonía de sol en la cicatriz de mi espalda, impaga tu sed al doblar de los títeres de la merca ambulante que tu madre corrompió en el alumbrar de los pájaros de la guerra.
Soy más pálida de la reciprocridad del oleaje, del despecho y la inundación de tu olvido mercenario en los papeles de mi basura, canciones de etanol y cuerpos secos de sapo, al tambor que amamanta en tu jamás la continuidad de esa pintura que la noche siguió donde dejabas de caminar y te volabas la cabeza.
Trato de despejarme. Creo que tomé 8 cervezas. Hacía un calor de su madre, y tú obstinado te quisiste huérfano, equivocado, tan bello y profano, en la calderilla de muertos que tragó la rejilla de la cloaca cuando el blues abría sus brazos, mi agujero en tu bolígrafo era un buque, era un jamás.
Ya no tengo tierra amor. Fuiste lo último de algo, tantas veces enterrado con la cabeza por fuera que las mandarinas se envenenaron de cuervos y en tu adiós embistió el bautismo de los suicidas, una caída de 100 metros con el suelo sobre los hombros. Porque nacimos inmortales, fue el amor lo que ofreció la muerte. Yo la tomé queriendo estar en otro sitio. Y tu reloj de pared maquinaba contra mi vida un poema de abono y en su tictac, viró la luna, la pala y el cuchillo, desmantelando el mañana en el que saldríamos de aquí.
Paso de todo eso. Ya no busco la reciprocridad, ni el perdón, ni que alguien pague el vino. Ya no pongo mi credencial en la mesa esperando un billete, ni siquiera de tren. Creo que erosiono el camino más largo, el de las sombras y los líquenes de la alcantarilla, con guitarra eléctrica, con granos de pólen y hoguera, disfrazándome de ceniza escondida en el fruto del limonero, arruinándote el vino con un puto poema que nunca debió haber sido, y fue por obstinacion, por la matriz-hueso de la que llegamos escupidas y como palas, al humus de la tierra, desprendiendo nuestra quemada casa.
Sigo escribiendo porque no quiero morir del todo. Ni dejarle al tiempo su mano en mi mano, anegando los buzones, esquivando otra vez la flor en tu sepultura y alquilando en los bares una almohada de madera, con vómito de vino y de poesía borboteando tu silente acuchillada del exceso de amor en un agujero negro.
Ya no hay quién. Los agujeros del sol pastan en tus estatuas esquelas de mi caligrafía.
Estoy jodidamente equivocada del debajo de mis pies y un sueño primitivo y destazado por algo inconcluso y carnívoro que usó tu cuerpo aquella noche en mi cama para matar Itaca de mi futuro.
Estoy haciendo cosas autodestructivas y de círculos y triángulos viciosos y kamikazes. Creo que fue en mayo cuando vino a mí el cadalso de los suicidas, en la periferia trágica de una búsqueda imposible. En el hervir de los puntos cardinales y el atentado de la luna de plata sobre tu benceno.
Sólo tengo la escritura. Y necesito escribir con más fuego, durante mucho más tiempo, hasta que la grieta de mi nacimiento me deje bailar. También en los momentos del cansancio y de la renuncia, sobretodo en esos momentos donde se elegiría una bala en la sien.
Espero el invierno para refrescar la trinchera de mi derrota, jugar en la nieve, perder las neuronas en bares con algas, en balas que pudieron conocerte.
Mientras me jodo y sigo como un bodegón en manos de un pirómano pintor de la URSS, antes de que el poder matara el ideal. 
Ya no me excitas. Recojo las ropas del naranjo, las pliso en el alcohol y me voy esperando no volver a saber nunca. Sin embargo escribo esas páginas cuando nadie mira y la luna afila las cuchillas en la gangrena de tu tango.
Lo he perdido casi todo. Tengo unas postal con la taxidermia de los arándanos, la búsqueda de un perro, de un amigo que no se pudra conmigo por culpa de las palabras. El navajear de los barcos del exilio, mi casa, ejército de ruinas, picaporte del ortigal en tu muerte enamorada, sin nosotros, sin el miedo ni la fe.
Ahora ésta hora algo absurda y sumergida. Cuántas palabras que se tragó la mar. Y esos sueños sobre tu orilla rotos en la quilla de la barca que boca abajo no quiso nunca salir del agua ni recordar unos ojos.
Son tiempos de siderurgia, de hambre y cristales consumidos en el doblar de tizas de coroles sobre la suicida muñeca de tu sótano.
Me falta algo, lo busco en el mundo imposible, lo duelo en tu belleza. Me voy detrás, donde tus pisadas destruyen mi casa y extienden trenes de la oscuridad que tus paredes descarrilan en mi piel.
Bajo la fiebre,  con tus porcelanas rotas en la voz que aún es plegaria de meretrices saliendo de la primera cerveza a la ciudad que se muere.
Estoy un poco ebria, de tanta cerveza, sin rostro que masticar en la cuneta que me expulsa. Divagar la oscuridad de tu buzón en el cieno de mis botas, osar un vehículo que aleje tu espanto y se acumule trampa y zarzamora.
No ha quedado nadie sujetando la pared. Y en tu noche la mía desangrada cavó la preferencia del olvido, con la deuda puesta, con lo que no alcanzaría al perdón. Y esos besos de la cacofonía del callejón subiendo los impuestos de la flor prohibida, mientras volvía a caer, y en tu descenso no llegaba mi voz, a mover la lumbre y secar la epístola marmórea de tu distancia, ni sacar cuerda del abismo.
Hace mucho calor. Estás demasiado lejos para ser un motivo en los márgenes de la hoja. Y sin embargo, a los 45 minutos, volvimos a mentir la palabra sólo de ida, con parada en el cementerio que salvó a esos cuervos en el fondo de tu tráquea. Para mí la sed. El camino se ha puesto zorro. Bailamos con la muerte porque el amor ya no nos busca.
Llego ahora a casa.. he estado tres horas por ahí, tomando cerveza, equivocando el camino, rasguñando esa deriva posesa de una canción demasiado lejana... hace un horrible calor, yo no sé qué hago que lo hago es contra la salud, contra mi salvación entre tus brazos, y al izar de despedidas ensangrentadas bajo las ruedas que ahorcaron tu voz.
Llegamos aquí por culpa de la tristeza obstinada de la mandrágora.
Y al palo mayor, crucificaron el hachís, no dejó la luna de sangrar tu belleza y tu jamás.
De página que arde, excusa que cubrir con tus tumbas en lo que ya no tendré. Y las palabras son chinches hambrientas escalando tus tierras perdidas.
La soledad adentra en tus pisadas de hojarasca el retrato del elefante dentro de la hoguera. Y desconozco sobre tu olvido el umbral que pudiera devolverte a casa, aunque fuera como un piano endeudado en los cadáveres de los olivos.
Hoy todo va muy despacio, atascado en la Osa Mayor, con esa elegía revirtiendo fotografías rotas sobre el espíritu de los ciervos y embistiendo al dormir de tus ruinas en mi pecho, con manos que amorfamente transliteraros las heridas y los cachos de hueso de tus pinturas en la raja del cielo apretándome a la madre muerta.
Ahora tengo muchos sueños, durante casi toda la noche, aunque ya no los escribo, los conservo en los poros de la piel que le rezan al frío, una fractura que despliegue el fervor de los que se alejanaron con su derrota como espada y como lirio.
Quiero ya que vuelva el otoño. No me gusta el calor. Este verano no me ama. Me empuja a una caverna de musgo y jabalíes, de collage de plomo, cicatrices de alpaca sobre el tajo de las venas, fadando la letanía de los prados. No me son sus fiestas. No me llevan sus trenes a un lugar en el que pudiera quedarme.
La inestabilidad patológica del pronombre en los cauces del sanguíneo amor, me usurpa la dirección. Me evita cuando digo aquí, cuando digo te quiero.
Anoche en la bañera. Sentí que la tragedia era inevitable. Y me cubrí de escarcha que ama para sostenerla en la voz, para esparcirla y que fuera libre en la mar. Pensé en todos ellos, y me dio algo de pena que nadie pudiera devolverles a casa, que nadie alzara en su canto, una barricada, y siguiera cuidando de sus árboles. Lloré un instante.Y nos vi a todos niebla que se traga el lago. Con la piel blanca como la pintura de la pared, subordinada por una abrasiva gota de sangre. No me dio miedo morir. Sentí un raro vals que desde los tuétanos de un poema, crecía negrillos en los abrazos abisales del amor.
Me iré, si puedo otra vez en septiembre o en octubre. Aunque camino yéndome. Allá en la mar, lloré la muerte del abuelo, él se murió el 3 de abril, y no lloré, hasta esa noche de luna llena. Desde entonces ha venido a mis sueños, a cuidado del valle y de la lluvia, y en su boca, los girasoles, el alma de los espigadores, y la arena anegada por la fotosintesis de los que no quisieron salvarse.
La tristeza a veces tiene su motín y su navío. Yo se lo daré todo a la montaña. Vago el recuerdo de un amor en el pinzamiento de los puertos sobre mi médula y mi vaso.
Ese precipicio me muerde, me ofrece la humildad de los perdidos, la pasión de los desheredados. Yo abro en canal el vacío de mi página... me descalzo, entro al agua, fado el oleaje y la belleza cautiva de tus versos, cortada en la voz oblicua que abandona mi tierra.
La desesperanza también es una rebelión contra lo que ató el verbo y la tierra. Un romper de cajas musicales en los labios que los violines hundieron bajo la mar con el vino como una pala desenterrando un nombre imposible.
Ahora es época de apartarse, volver con los animales, dejar que la tierra dé vueltas, no soltar el ocaso de los idos y entrañar en su saxo, una dictadura de tortugas y pájaros.
Llorar hacia dentro, balcones, pisadas de lava, amores que no sobrevivieron. Apurar el cáliz de la noche en las llagas de los extranjeros sobre nuestros cuadernos del delirio, de la fe hecha pedazos. Y armar, el vacío de las manos que acoge el frío.
Me despierto, teñida todavía por carbón, por una despedida que cavó en tus lápices fisuras que mi palabra bebió cuando no había nadie de las estatuas de cristal partidas en el pentagrama que siguió ausente el curso de tus sueños.
Tengo que salvar a la selva. Tengo que retornar la obsesión del aurora en tus fíguras de barro. Ahora más que nunca necesito la vehemencia para ser hortelana en mis ruinas. Alzar el motivo y las guitarras que en la humedad osaron el imposible con sus articulaciones de ciénagas y mandrágora.
Me pasa algo desde hace un tiempo con el destierro de las estrellas. Puedo notar el frío, las trompetas de un naufragio y una pálida avalancha en el amor que la noche entrega. Me mantengo en pie porque todavía tengo algunas cosas que escribir, luego ya no será necesario.
He estado trabajando en lo de Maraiz. Pero ya no es tan creativo. Ahora tengo que sacarlo de los cuadernos y pasarlo a la pantalla, para luego pulir. Y es un tanto mecánico, aunque a la vez, voy profundizando en ella, con cierta distancia que me ayuda a leerla desde ella y no desde mí ni desde mi síndrome.
Amo en el destierro. Entre cuadernos de hollín y despedidas insaciables. Interrogatorios de imposible acuerdo temporal aunque el poema seduce la puerta de incendios y raspa sus cerillas en tu frente para medular la anchura de mi adiós... el pan de moho que la letra moja cuando te busca en los bares equivocados y alquila del sueño de otro, una alcoba para alzar una tempestad sin eje rondando en tu cabeza la equivocación de mi camino. 
Ahora me voy a un bar a escribir. Quiero acabar esa carta, enviarla y olvidar. Con una cerveza fría. Con la crucifixión de la madreselva mordisqueando mi esperanza. Y esos hilachos, que ya no pronuncian ni la descomposición de los corderos, como un empuje de escenarios en la ruina-madre.
Ando al pio pio, a las pilas quemadas de un timbre que dio vuelta de campana y dobló donde dejaste de existir, mi mirada en la bola china de tu campanario de los incendios, boicot de mis postales, mortuoria de mi afecto cuando rodar es abrir a tajos la mano que nos sujeta y mamar de la noche que nos abandonó una continuidad y una deuda que cubrir en los bares del puerto, e irse.

Me iré pronto al pueblo. Quiero seguir escribiendo allí. Alejarme. Beber de los pinceles de cartón una mecha que ampare la anchura del olvido.

Ya no tengo casi nada y es siempre en ningún sitio. Bracear desiertos con la ternura que sobrevivió al naufragio, sembrar sus cadáveres, como nuevos libros y perseguir la llanura que nos amordaza cuando se asemeja a tu exilio la estrella que aún brilla y violenta en mi casa tus habitaciones vacías.
He estado pasando a ordenador la historia de Maraiz. Pero muy despacio. Sólo he estado unos diez minutos con eso. Tengo el pensamiento en el interior de otra grieta. Y se acumulan esbozos de óleo empedrado en la laguna de tu rostro y esa insolvencia voraz de la idea de una llegada, criznando en el envoltorio de tu alcohol un subterfugio al que no llegó ni mi vino ni el canto. Y nunca pactó nuestra voz la posible continuidad. Y sin embargo estoy escribiendo esa carta. Y la enviaré como la mar olvida y no como pasa un silente y ensancha un quizás o la impostura de un teatro en la alegría de los olvidados.
Ahora ésta hora desarraigada. La lentitud de los balcones matando pájaros en el desliz de mi página, interrogando sobre tu despedida otro nombre para el después y al que llegaríamos tarde cuando ya estaría consumida la mesa en el incendio y de tus ventanas esos rostros ejerciendo la destrucción de una obra, apuntalada en las estatuas suicidas con restos de tu dramaturgia subiendo la graduación de un despecho y una guerra, seseando bestias el desequilibrio.
Son las tres y algo. Es demasiado tarde para recordar la extorsión de tu código postal en las botellas de vídrio vacías y culpables de la lejanía de tu belleza. Demasiado pronto para remojar la pasión que podría esperar a mañana y se hizo vieja y yonqui de tu tictac en la vigilia de la muerte de mi espía.
Es muy simple ahora mi vida. Es la escritura y los matojos, un perro y la ausencia de un perro, un deseo y su antagonia acorralada en tu jeringuilla.
Coser muñecas de trapo y cuerpos de girasol enmacetados por oscuros espantapájaros del réquiem imposible.
Atardecer en la transversal de una literatura que no me perteneció. Y llorar mircromina a los campos devastados de tu tabla de pinturas cuando la mar ahoga nuestro tiempo.
Ahora sorben y sadifican tus nombres la gangrena de la luz en la esquina carnívora de tu mesa, pasapáginas del tango que pagó los cuerpos desnutridos de los pájaros en tus congeladores ensangrentando las pinturas de amor y rabia.
Y así ahora, paso indiferente y carnívora en tus despachos de la ausencia. Bebo de ti lo que el tiempo no dejó ni para el legado ni para la esperanza. Y me alcanza irme sin descender tu oscuridad como un pasillo-crematoria del camino perdido.

Y si me voy con tu canto, como un sepulto en las manos de robar, es porque no supe qué hacer con ese amor, ni cavar en el suelo, ni truncar del paraiso el credo de su adiós, y sacar partido de la ruina en los bocetos de tus nichos.
Esté dónde esté, estaré en la combustión del verso prohibido, de los labios que no alcanzaron a sellar la tempestad de la nieve y el tequila. Y da igual, la mar me llevará hacia su costado, en mi tumba nadarán mil peces y un barco pirata, romperá el nacimiento que venga después al jugo de su noche, a la misericordia que no llegó, al golpear de sueños clandestinos volviéndonos con los lobos y con todos los hijos prófugos de la tierra, ingobernables y desaparecidos.
Ya no me duele tanto no tener un porqué. Acá se afila la tinta que tu cuerpo corrompió en mi página vacía, y mi piel lloró lo que el cielo no volvería a escuchar. Y amarte o no amarte, era siempre excesivo. Al salir del autobús también vi la casa desde la que jugaste a morir usando mis canciones como pisapapeles y pisacabezas, con tanta pasión esnifado por un puto demasiado grande para quitarte el frío.
He empezado a escribir a ordenador "el cortejo de la datura" Todavia sólo he estado 5 minutos. Tengo que extender algunos capítulos, reforzar ciertos argumentos y descartar algunos pasajes. Hay unos capítulos que forman parte de una voz-recuerdo, y tengo que arrancar la voz narradora objetiva, pero a la vez es importante que sean claros los hechos. Tengo que mezclar la poesía con lo inexorable. Y dejar en puntos suspensivos la hambriología de Maraiz y su cicatriz de placenta descompuesta.
He vuelto a elegir el confinamiento. Dedicarme a la escritura, a la mística sombría de los juegos de lápices y al sonoro destierro frente al quién y al acto social.  Necesito que la escritura sea una fortaleza para los momentos jodidos. Emboscarme en mi madriguera rezándole a los brazos de Kafka. Cavarme en lecturas y pinturas sin futuro. Amotinarme junto al suicidio de las palomas. Y cuando el desencanto abre las ventanas a las odas suicidas, hallar la razón en el barro, en los ladridos de los perros.
En mi viaje allá, iba con una canción que no ocurrió. Se profundizó la soledad de la mar y el éxodo. Sólo salí de mi confinamiento, en alguna ocasión paria y desmantelada. Una noche con dos tipos que iban altos de vino... y esas conversaciones y risas de borrachos y amantes profanos y rotos. Sólo ese instante sentí a la luna acercarse y romper mis muros. Todo lo demás volvió a la lágrima de las caracolas. A su extensión sin eje y sin timón, sobre la mística de la sal. 
Y siento en mí otra vez los batiscafos armarme hacia dentro y huir. Otra vez las máscaras de cartón romper el quebranto de los títeres en mi mueca de gas y de cerilla.
Y por eso recuerdo a mis abuelas. Por eso los gatos mullen el abrigo de la osa mayor con sus pies de plomo derribando las fábricas y abriendo en canal el vino que acumuló tu sed en el impago al camarero.
Sufro esa negación de lo nombrado. El destierro de la mar en su lejanía. Pero tendrá que ser ahora cuando la abrasión embriague en la deconstrucción del cubismo un motín. Y si caigo, adentrarme en la maleza, sorber con los esqueletos de los peces, la oquedad de la pérdida y evocar algo que valga la pena, antes de que la casa sea debastada y no queden rasgos ni del amor ni del fuego.
Me oigo desde los escombros de tu escritorio. Y dan a luz sus cadáveres palabras torcidas que el vino ensila donde la soledad vuelve, te persigue, nombra a tu suicidio.
Le escribí allí decenas de páginas que no sabría enviar mi vida, porque el hueco de la insolvencia, ya no presta el tiempo de los puertos, del error enamorado ni del vagar. Y mucho menos cuando la tristeza es un motin. 
Me acuerdo mucho de mis abuelos mientras los patios asalvajan una postal de papel y de cartón. Vuelvo a escuchar el requerimiento del exilio y de la despedida, como un animal salvaje, como la única oportunidad.
Me separo con el magnetismo de la distancia borrando en esos pronombres, la territorialidad de mi tango y de mi sed. Y a solas en la tundra se caen esos edificios simulando sujetar en tus manos, el hueco de las mías.
Me he llegado rota. Algo que me roe en el vientre y esparce en el horizonte un esqueleto de libélula que parte en cachos la música que todavía agita el deteriorio del tango de los espigadores en mí como un estigma. 
Sólo se sobrepondrá el poema que aún no ha sido.
Tengo que escalar las ruinas que aprietan en mi casa el espeluznar de las paredes de benceno, aplastadas en tu página como hierro fundido, robándonos de la afirmación que ensanche el canto y que pueda atravesar un amor que dure más de cinco minutos.

No sé qué nuevo en ésta tristeza que vacía en mis cuadernos las cuencas de tus ojos y pronuncia el degradar de tu voz como una cadena que ensila mi verano.

Mi pensamiento se ha vuelto autodestructivo. Y me enlluvio de la ausente lluvia como animal en guerra.

Veo pasar la cordillera que mató en tu carne los restos de mis huellas y que ya vigilan el naufragio de los extranjeros que fuimos. Veo sadificarse la soledad, mientras los ojos de buey, quiebran como carros de combate la orilla de tu amor.
Sigo escribiendo los cuadernos. Me enganché a escribir a mano, sin eco, sin consecuencia sonora de la hora del romper de los huesos.
Hoy desperté entre ceniza. Golpeada por la mar ausente. Y he estado todo el día como una planta equivocada nutriendo tierra imposible con un cadáver que tanto amor y tiempo. Y a vaciado corazón cuando el blues se acerca.
He llegado con una nueva identidad fantasma y piano abandonado. He cambiado mi buzón por un ronquido de cangrejo. Y mi escritura ya no me necesita tanto.He escrito unas 60 páginas de la historia de Maraiz. Cuando se aleje un poco de mí, cuando yo esté en las montañas, volveré a ella, para cerrarla y perfeccionarla. Y ya tengo medio pensada la historia de Molot.  La mía ya me aburre y no me pertenece, se va, rasguño de sal, atardecida del silente oceánico en la cubierta de tus ruinas. 
Esos días del andar paria, picoteando en la mar, me han embrujado aún más la distancia, me he vuelto más esquiva, más olvidada, carente del acto social, de la pertenencia al sistema y de un eco que retorne. Y han sido horas sólo de escribir y de mar. Lo más bonito fue cuando nadé entre las lubinas. Cuando esa playa de rocas vacía con un paisaje de bosque y monte, sin restos de civilización me acogió como prófuga, como hueco enamorado y pude ser sin el tormento del ser. Y era, una cerveza fría, ser extranjera y amnésica de una vestidura, contra el porqué social. Caminar con el doblar de tus campanas donde llora la ballena y no dejar nada para el futuro.
Está todo por pies, con el agua borboteando en la tumba del maíz, ensalivando en tus pupilas una oscuridad densa que mi regazo vuelve en cristal si la luna mira.
Las habitaciones vacías espían tu naufragio en mis cicatrices.
Soy una farsante de la lírica que cubrió tu silencio y te pagó excusa y trago, para abrir más el hueco, salir sin el peso de la orilla ni de la memoria y flotar el desvío semántico de un réquiem prematuro. 
Hoy encuentro las cabezas de las muñecas de esparto preñadas por tu insomnio, rotas en mi buzón, me culpan, me zarandajan y desarraigan de la voz que pudo contenerte.
Y sigo, algo más torcida, el precipicio de los que no tienen nada.
La mar se quedó allí. Vine entre su sombra quemando barquitos de papel para alejanarte, para poder dormir.
Y equivoco, cada vez, la hacienda del adiós y la mano del camarero en tu mano dándote una pala y un cuchillo. Y yo era vómito de tierra y de lluvia. Sólo quería dejar de usar esas palabras. Llegué cautiva, anegada por un sueño que no caería acá, ni el suelo levantaría su agujero como un motín que cantar con los borrachos marineros cuando otra vez sin mundo amanecieras en las venas cortadas del norte, nutriendo a la amapola con nuestra sangre, y fadando lágrimas y espadas de vidas ajenas.
Me mantengo distante. Hacia el eco del girasol y del barro. Rasguñando la pérdida, el incendio vesicular del paisanaje que te deshaució y siguió pegado a tu aliento. Mi casa y su ruina, despellejada es la epístolas que contra si arrancaron el perfume de los ciervos y en mis patios cavaron esos sepultos que no podrían conservarte en esa cárcel del verso donde guardo, como mi mal y mi cielo, la huella de tu amor.
Ahora escribo también un diario que oculto, me oculta y zaparrastra la voz que pudiera conocerme. Los diarios me siguen siendo con hambriología pero es otro el cáliz que recoge sus escombros en mi piel y en mis ganas, y los esparce abono y manera de callar cuando la hojarasca esquiva tu lluvia.
El viaje me ha vuelto alguien más solitaria. Defensora de una mística pagana y desaparecida, de un hueco y una moratoria con el verso y con tu cuerpo destazado cuando los gorriones empiezan a cantar. La mar me apretó como el único mundo. 
En unos días me pondré a corregir la obra que escribí allí. No es como la poesía. Necesito desarrollar ciertos capítulos y labrar ciertas palabras para que sean sólidas del final, para que sean inexorables.  Me metí tanto en ella, que durante unos días ya no sufría mi piel ni mis ojos, sino los de Maraiz. Luego quise apartarlas unos días de mí, para mirarla con otra vida. Para mirarnos desde el mismo útero como un licor y error del mar. Antagónica y anacrónicas de la maleza.
Estoy perdida aquí, pero no es algo nuevo. La soledad es la misma. El canto etílico del puerto me aguarda mucho más paria y desvestida.
El quién hace mucho que es polvo en las garras de los mirlos. Yo me retiro. Rompo el equipaje. Me mojo con el silente el desabrigar de los puntos cardinales en tu vaso. Y voy despacio hacia el mar para que todo un día lo trague.
Tengo una historia pendiente. He empezado a escribir una especie de novela-relato, poético... y he encontrado en ese tipo de narración un alzarse contra el yo y sobre mi escritura. 
Y a la vuelta del puerto, había demasiado vino y muy poco amor en la sangre. Nos fuimos de mala manera, volvimos por vagabundia. Porque era muy tarde para nosotras. Y así, noches sin luna dentro de tu vaso, separándome otra vez. 
Los ferrocariles siguen inundando en tu hueco el roncar de los gramófonos. Seguimos yéndonos, sin aquí ni allá. Con una oruga en el zarpar de tu adiós, haciendo esos agujeros en el diario que arrancó las noticias y las rompió sobre el mar.
Allá fue la soledad.
El reencuentro con mi exilio, abierto, transparente para la mar,  vehículo y cuchillo del verso que busqué y perdí.
Nadar entre las lubinas, llamando a un cielo que no existía, y sirviendo eso para volar.
El canjeo del fuego entre las cartas y su olvido. Al pio pio, siempre sola, pero la soledad no existe si la mar te avianta en sus brazos.

Y acá me encuentro la misma grieta desmantelando el hogar.
Supurando sobre tus lagrimales una escalera de caracol que tomó para no dolerte.. para no haberte sido.

Bajo la misma palabra, el machete y la fe. Y aún no habido boca que la pudiera acabar.
llego, escondida
me pagó un cangrejo la soledad que retumba y acoge, lo que en la tierra, ya es perdición, hace mucho
llego... cautiva, ajena, degenerada del ensilar cromático, contra el tictac y el tú y el aquí

mi buzón tenía lagartijas y olvido

mis botas y la hiedra, guardaban en la esquina, el desvío de tu lágrima
el empujón del norte que nos vendió cuando la noche se puso tan bella y estábamos demasiado lejos

ya no soy la misma
ni la casa que esperó

ha cambiado mi relación con el olvido y con la escritura, ahora es escondida, petricor robado por un cartero muerto que trajo noticias cuando ya no había sobrevivientes

ya no contaré en Hoguera todo lo qué
me acostumbré al bolígrafo, al recibo y el incendio del mar y a la antireciprocidad de un verbo plural

aquí sólo bocetos del pájaro de madera en el incendio
puntos suspensivos de lo que huyó nombrándote y allá arriesgó tu equilibrio, nuestro futuro
Dentro de un rato ya me voy. Dejaré todo esto de ahora atrás. La rutina de escribir en mi blog, los videopoemas. La sal y la absenta de tu imposible olvido rasguñando mis techos y rompiendo en cachos el futuro para darle de comer a los ratones. Será un viaje a solas, contra la rasgadura de esa atracción del silencio en las legañas de fuego de esas estatuas que escribieron tu vida como un motin que arrojó el quebranto de la guitarra a esa queimada de astro y ausencia. Y se parecía a ti y a nadie.
Qui lo sá. La mar me acogerá. El arrojo del viaje. La abrasión del ir. Del a pesar de todo incendiar la risa, quitar el equipaje y la sombra, volar.
Allá te amaré aunque nunca lo sepas.
Ir sin el peso de las cicatrices. Sin ese alcohol del fondo de las quillas de esas barcas que zozobraron en tu belleza y eras tú el exilio. Ir, recien nacida, al piopio, al bosque, al cubrirse con arenas y algas, tostar la salvia y la resistencia, contra esas palabras que te hicieron llorar.
Ir como jauría. Como trashumante vino.  Como la esperanza que a pesar del capitalismo, no cede su risa ni su puño.
Hoy todo empieza de nuevo. Me iré lo suficientemente lejos para empezar desde la pupila de la luna, brújula de la mar. Con tu nombre como el coñac que mulle el trigo en los pájaros que acaban de llegar.
Será irme hacia el humus de la vida. Y no tener casi nada, ni coraza, ni subterfugio. Sino todo lo desnudo, lo irreductible, lo pobre y nómada. Lo que no desaparece y nunca hace patria.
Como si volviéramos a amar. Como si no nos hubiéramos ido nunca de la poza en la que nos tirábamos de niños a beber el sueño de las ranas.
Y aunque anden jodidos los tiempos, navegaremos. Itaca está en los huesos o no está en ningún sitio. Mi tristeza sólo me la puede quitar el mar. Y sólo el mar acompañar a mi soledad, cuando el cielo se rompe. 
Me encontraré con quién sabe qué, quiénes, qué olor de alga en los brazos de madera del hombre-pájaro y esa espada de estrella invitándonos a todo el vino de la tierra antes de que sea tarde. Porque un día será tarde. Y sino vamos ahora kamikaces al viento, un día no podremos nombrarlo. Sino apostamos todo ahora por el latido y la libertad, por girar como volcanes en la cintura de la madre tierra, con sus campos de secano y sus islas rodeadas de ron y de piratas, nos haremos viejas, perderemos el Instante y el Imposible.
Y porque ahora no hay casi nada y la fe dura muy poco. Es ahora que ir con metralletas y pájaros en busca del infinito.
Porque ahora estoy cansada. Porque a veces pierdo todos los motivos. Porque a veces no me hace llorar esa canción del 36 y se me congela el corazón. Por eso. Porque estoy jodida. Es cuando tengo que acudir con cada gramo de tierra hacia la abrasión de la vida.
Entregarme a la deriva, como renacuajo y serpiente, como desbandada, como marabunta. Con las pocas fuerzas que me quedan, todas dentro de la pistola y de la Osa Mayor.
Soñaba algo de un viaje y un videopoema. Por fin hoy me voy. Todavía me siento vertical y algo áspera, sin las palabras. Últimamente he estado caminando por lugares oscuros, demasiado aislada. He estado distraida y ajena. Antipertenecida. Hoy todo eso cambiará. No sé hacia dónde. Pero el camino todo lo transforma. Tengo que recuperar mi vehemencia y las ganas de vivir. Volver a estar en armonía con algo que pueda amar. Y también el océano es un incendio de encuentro y de belleza, algo que no está sucio por las palabras, ni por el peso de la memoria ni cárcel del tiempo.
Y estoy un poco triste, es raro, debería estar ilusionada. Creo que hay un residuo nostálgico que ha hablado miles de kilómetros en esa noche en la que estuve ausente con los ojos clavados a tus ojos. Y es eso lo que me hace a veces danzar humo.
Sólo podré gastar unos 15 euros al día. Así que tendré que comer de frutos y bocadillos y bocados de sal. Alguna cerveza. Y todo lo demás me lo tendrá que dejar el viento. 
Es raro no amarte. No contar contigo en las noches estrelladas ni en los aullidos rasgando el callejón. Y siguen las vueltas de campana aviantando esa estrella y fugando la huella del camino que tuvo solvencia.
Tirita un ocaso el sueño de tu boca empapado en salitre. Empujando los barcos donde no cruza tu voz el desolado valle en el que dormí congelada recordando una terrible canción, incapaz a quitármela de la cabeza ni de esa raja del cielo. Y plegaban en los horizontes rostros de cartón y mircromina y tenían una cicatriz con tus huellas dactilares envolviendo mis heridas.
Quiero juntar las migas de pan que me robaron los gorriones con el vino que se hizo piedras en nuestros labios.
La tristeza nunca tuvo formalidad. Yo siempre mentí. Me puse mi traje de payasa. Azucé motín de margarita de plomo. Y tras la luz del escenario en ruinas persigné tu casa quemada como mi único credo.
Todo es un teatro. Por eso sólo cuando seseamos ciegas y envueltas en llamas de éter, somos quién somos, y podemos amar y tener sombra y pisar la tierra.
Porque sólo me sentí humana en la pangea-hachís.
Me voy vagabunda, borrando tu recuerdo mientras entro en la mar. Y si vuelvo a recordar la luna no gritará, no llorará el izar del motín, cuando nos demos cuenta que no hay forma de llegar.
Prometí no volver a escribir tu nombre... que fuera sólo la mar.
A nadie le importa. YiraYira. No hay tiempo para ninguna historia. Nadie escarbará en tu alcantarilla para salvar al lirio, tendrás que ser tú, en nombre de la nada, del trombón de datura, de la risa del piel-roja. No quejes la ausencia. Si hace frío, apriétate al viento que nos saca a bailar donde no se necesita saber escribir ni hablar. 
Sólo los vagabundos repartirán contigo el botín que le robes al tiempo y a la tierra. Sólo los desheredados podrán amarte.
No preguntaré nunca más por la rosa de jericó. Tal vez vuelva a nacer cuando la mar agite mis alas donde yo no necesite quedarme. En ese lugar donde lo único que tenemos es una huella de perro en la metralleta apuntando al rey.

Oigo esa noche puta bailar debajo de tus huesos.

Y yo no sé hacer nada con las cosas que trabajan en las cosas que, y se parecen a lo parecido.

Yo sólo sé de las manchas de acuarela y de los grillos.

Todo lo que amé, era Imposible.
Y el Imposible me llevó. Y ya no puedo volver.
La nostalgia que me hace huir mañana en el tren. La nostalgia que tapó tus ojos con cubas de ron y agua estanca y hundió en mi carne aquellos barcos que la noche convirtió en cisnes y cristal.
Y la muerte tan cerca y no sabía que eras tú.
Sólo irme lejos de aquí, donde el viento no haya llorado lo que yo lloré.
Y que si abrazo contra mí a la soledad que tenga entre las uñas algas y sal.
Porque hoy bebemos el vino como los que lo han perdido todo.
Y sin embargo mañana cerca de la mar, arriesgar una canción, recostarse en una almohada de arena mojada.

Ella dice "estás acabando conmigo a disgustos" Yo le digo "¿y si pasan los años y un día te das cuenta que no has vivido? entonces sólo podrás volarte la cabeza y hasta para eso será ya muy tarde"

Yo busco agotar con vehemencia la vida. No creo que llegue a los 40. Pero igual éste verano encuentro la eternidad. 
No tengo corazón para enterrarte. Si achanta el whisky cuando quemamos el escenario y viene la tristeza de la tundra, habrá que remar galerna y hacerse un agujero en el cielo.
No me alcanza el futuro a perderte. Ni los poemas sabrían. Perdería los papeles y los huesos.
Perdona la inconsciencia, pero me voy donde las ballenas me juraron otro mundo. Donde tú nunca morirás.
Tengo la sensación de que se me olvida algo. Aunque está bien que sea así. El viaje cubrirá la ausencia con el amor de la incertidumbre. Aquí no tengo casi nada. Mi jaulita de grillos y cuchillas de salitre. El mármol que junto a ti levanta el vino y me acurruca por las noches en la perdición del pecho de los espantapájaros. Yo le quise a él, durante 50 minutos y un billete de tren destino a la luna. Y por si acaso lo olvidé. Y acerté, porque no me envió ese pájaro cuando acá caían los techos. La honestidad del amor la tienen inscrita con salvia divinorium los encefalogramas planos de los protozoos que rellenaron por nosotros el formulario.  Soy escéptica por necesidad. Porque siempre fue el humo el último en marcharse y ellos se fueron antes de transplantar las lágrimas. Me echarán de menos sólo dos personas. Soy una sombra de caracola recostada en una arena clandestina. Mi escritura se irá conmigo y me cambiará por la mar. Ya no hay identidad que custodie el éter. Es la explosión contra el soy y el puedo abarcar.
Acá lo amado es marihuana secándose en el ensilar de tu lienzo, pagando en tu letanía, un balcón de vino, una puerta de emergencia de peces y hachas. Es también mi olvido, lo que me ha abandonado.
Sólo tengo el viaje. La trashumancia. No pararme. No servir a ningún pensamiento ni patria. Ser viento. Defender la risa. De lo otro no hay nada.

nuestro! videopoema

acratar

te encontraré vomitando a la salida del bar con un cangrejo en la cabeza o no te encontraré nunca..  ya no estás donde sueñan castillos de arena los delirium tremens, ni tienes tú cobijo, ni sacristía, ni reciclado de hojalata ni de pistola, ni me lavas la herrumbre de tu hambre en mi página, ni tienes monedas para pagar el vino ni al vendedor ambulante ni al cabaret ni al enterrado, y como yo eres la puta literatura de una historia que debió habernos evitado y haber ocurrido cuando estábamos gastando la vida y la fortuna ajena en bailes de peyote y agujero... te amaré cuando los barcos pierdan la mercancía en la orilla en la que no te espero... de lo otro los dos sabemos arrancar el pellejo y hacernos vídrio aviantando la marea en la cartografía de un pirata que usó en tu noche el alcohol de la tierra que rompía bajo tus pies, mis planes y mi futuro y me entregaba a ti, cerveza helada, petricor y fuego que dentro de tu casa acababa con el espejo que enjauló una noche nuestra alma, porque dijimos amor y nos salió por tangente Wherter nadando entre cadáveres de ballena
y los dos dejamos de ser dos, y uno, y ciudadanos y cotizantes, y de aquí y de allá, y nos dimos a lo que no era nuestro, a lo que no podía amarrarnos, porque nunca nos encontraba, ni dispuestos, ni serviles, ni siquiera llenos de mierda y partidos en cachos del cielo que se fue
y nos fuimos con la mar contra una memoria ambulante que cambiamos junto a los camaleones en el rastro, por dos cigarrillos, una flor y un blues
no encontrar la esquina mordida de tu desaparecido abril en esas cáscaras que el bosque alza en motín... y si así poder amar, pero hay demasiado benceno! y yo nunca supe hace cuentas... somos tramontana y hachís, todo lo qué... por ti, y ya sabes lo demás, había demasiado vino y muy poca tierra para mear y no alcanzó mirar el cielo para llegar, nos hicimos etílicos y rumiantes jaj y yo pasé dos horas con un lapicero para dibujar tus ojos, pero no pude mover ni un milímitro la punta, porque tu mirada era mi muerte y a falta de puerto, nos tiramos de bar y de mata y no pudimos ya ser otra cosa que el amor de un desertor, su maldición, su cerveza... y de la anemia que nos dio dios, los gatos dieron estrella, la sed ron, la mar, otra noche para ser pájaros
Ahoraa ésta hora enrarecida. De ese quizás anegado de nocturnidad y el exilio que alquilamos a las cigüeñas. Poemas demacrados del roer de la ratas en las canciones de amor y otra vez cambiar gato por liebre cuando preguntan los vecinos como hemos metido eso en la casa. Y a patada y viento. Lloraron los girasoles. Hacía mucho fríos, nos separaba una muerte y un blues, y ninguno de los dos queríamos ser los primeros ni cerrar la puerta al salir. Y gira en el coñac el último tictac del capitán garfio. Somos el hedor verde del puerto. 
Cuando fracaso lo hago con estrépito y con tus credenciales acuchilladas en mi corazón. Nunca hicimmo nada moderadamente, ni perder, ni dejar deudas. Y fue el otro lado. Y fue su canto de absenta juntando en tus labios mis cicatrices. Y ese caos rompiendo almanaques, entregándonos recien nacidos a una nueva deriva. Porque sólo quedó lo que se canta. Nada del porqué, ni de juntaremos verbos, ni alzaremos una obra.
Y hoy miro a mi alrededor.. y el norte se aleja con tus huellas de lava penetradas en mis pasos. Y arden los papeles y las puertas. Somos expulsados, como la lluvia que rompe la escayola. La latitud es un escalofrío. Sólo rendimos cuentas a la mar. Hace ya mucho que no encontraríamos la salida. Por esoss nos metemos en esa taberna, abrimos a tajos la guitarra, nos vamos con la mar.
Ahora ésta hora siempre un poco maldita. De intemperie y de página. De las cáscaras del fruto de vino ahogadas en el barro que mi vaso levantó contra el cielo. Y acuna esa bohemia que nunca siguió la terminología ni el tiempo, y si te pierdo cada noche, la luna allá dentro, lo canta.
Hoy es el último día aquí. Y huele a bicicleta y a marihuana. Y las aspas cruzan tu cauce y meten alguna piedra de tus ríos en el lienzo de mi olvido, y frotan lumbre y adiós. Y seguiremos a la mar, nada tenemos pendiente con la muerte. Lo que queda es de la guitarra, de la pasión y de lo que vuela.
Estoy cansada de escribir entre cuatro paredes. Mi ventana enfermó de anemia. Por eso me voy. Cogeré el primer tren que no llore el vacío de tus manos. Al lado de la mar. Donde los perdidos beben y cantan y son todos los lugares la casa y no sobrevive ningún votante del PP. Porque venimos de la ola y del nunca y somos nadie, infinito y perros sin dueño.  Te seguí amando aunque hace ya mucho que supe que nunca volvería a verte. Y así te hallo en los barcos y en las cloacas, en la pleamar y en el ocaso, en la huella que se borra y en la salvia. Y estás en mí. Y nada es inútil.
Nadie esperará mi regreso. No echarán de menos mi ruido ni mi sucia guitarra. Será el viaje. Serán los que siempre se están yendo a alguna parte que nunca se queda.
Quiero amar a peregrinos y a parias. Gritar mi vino y mi espanto, a costillas abiertas, mi rabia como un jazz, el cielo que nos abandonó. Y seguir con una hoguera en la razón de seguir y levantar la risa y el abajo. Y ser con los toxos y con los peces. Con la luna llena. Con la mar mirando estrellas bañadas en su hímen.  Como si fuéramos inmortales, como si fuéramos a morir ésta noche. Hervir de vida y de música, arriesgar la boca, tu cartera, el porvenir que no quisimos.
Bailar cubierta de arena.... amar pájaros en tus labios de etanol. Aullar mares en la mar que tirará todos los muros.
No vine acá a encontrar una explicación ni una obra ni un sentido ni a escribir un libro ni a hacerme rica ni a salvarme. Vine sólo a cantar. Vine sólo a amar. Vine para ser libre. Porque sin libertad, llegar al dia de mañana es una deshonra. Porque si un Estado te quita las ganas de reír, es legítima la dinamita, el vómito de fuego, el abrazo del rayo. Porque soñamos una muerte heroica y estallarnos como ayuntamiento que se viene abajo y el abajo enamorado lo llena de pan y de flores y lo vuelve al pueblo y a los lobos y a lass amapolas.
Porque era una puta mentira el día de mañana del que nos hablaron en la escuela. Porque el HOY hay que conquistarlo. Porque hay que quitarnos de encima a todos esos políticos y banqueros y policías y empresarios. Porque la ley es más del grillo, de la rata y del gorrión que de esos corruptos tribunales que encierran a los que se levantan. Porque su autoridad es polvo y mierda si les miras a los ojos. Porque ellos no tienen corazón tu canción puede fulminarlos. Porque los de abajo, los nadie, somos muchos más, y si un día, exigimos nuestras alas, será destruido el capitalismo y sus cárceles. Porque si un día, unimos nuestra voz y nuestros brazos hacen trinchera, da igual cuánto oro y carros de combate tengan ellos, nuestra es la mar y la vida.
Dormiremos en la playa con una almohada de algas y una sábana de arena. Pediremos prestado al viento cuando no haya monedas para quitar la sed. Llegaremos caminando al infinito y al lugar donde nacen las olas. Nuestras piernas serán cuervos marinos, babas de caracol y metralletas. Todo lo que soñemos conseguir, será nuestro, porque nunca le dimos nada al capital ni al realismo. Alcanzará con el amor para cruzar el abismo y dormir a pierna suelta. Volveremos a los 15, con atajo y amanita. Y ya nunca más cumpliremos años, sólo cumpliremos éter, canciones y la anarquía.
Me paró una gitana por la calle. Y me dijo ¿tú eres gitana?. Y me hizo sonreír. Hablamos y reímos la desolación de la ciudad bajo el verano.. Me dijo que ella era bruja y gitana y que me reconocía como una de ellas. Luego me habló no sé qué de que hay gente que me tiene envidia y que yo tengo peligrosas pasiones. Y le compré con 1euro un telar que guardaba en el bolso. Y me fui al pio a pio en busca de la curva que no vuelva a la carretera.
Sólo pienso en la mar. Embriagarme a whisky en un puerto por la noche. Y atarme a un barco y ya no volver a la tierra. Caminar y ortigarme las piernas y tu corazón. Quemar la juventud y hacerla eterna. Amar a cualquiera que haya amado a Durruti y le guste el vino y la luna. Y no preguntarle el nombre ni el oficio ni verlo al día siguiente. Que todo sea amor de gatos y estrellas. Con la casa sobre la cabeza y los pies entre el fuego y la mar. Con el poema como el vino que dejamos a deber. Con el futuro como la cochinilla de mar jugando entre los dedos de los pies. Con la salud como una ruleta rusa jugando a la eternidad. Y haga lo que haga, hacer la pleamar y el fervor. Y absolverme al parpadear, al escupir, al beber cerveza helada, al nadar en la mar. Y nunca más volver. Y nunca más llorar lo que ya lloró el semen del firmamento y la memoria de la tierra. Y ser sólo libre, enervantemente, como un puma matando a un cazador, como un rinoceronte sacando las tripas al que va a verlo al zoo, como el toro vengando su valle y su canción con sus cuernos de justicia. Como los olvidados meándose de risa contra su excelencia y todos sus descendientes, y si no alcanza, quedará la dinamita.
Llego ahora a casa. He comprado jabón, tiritas por si me hago bojas en los pies, pilas para la linterna, un cuaderno, unos bolígrafos, mecheros y tabaco. Y ya está casi cerrada la mochila. Mañana a éstas horas seguramente ya esté en Asturias. Ahora bebo una cerveza. Escucho una canción, empiezo a soñar..


Iremos a ese lugar donde la vida se levanta contra las cárceles y contra la prosa. Y soñamos a ala suelta encima de la mar. Y somos mendigas y libres. Y somos mástiles y pájaros y nadie y si se acerca la policía alguien saca la navaja y empezamos a bailar.
Aunque no te encuentre. Aunque mi mar ya no sea tu mar. Otros extraños tendrán sed cuando el puerto suelta el vino. Otros migrantes querrán migrar conmigo a ninguna parte y tan precario el amor que dejaremos a la luna elegir.
Porque no tenemos nada, somos dueñas de las estrellas. Porque las heridas fueron a gangrenar a Venus y de allá centellean los duendes y las ballenas nuestra fortuna.
Porque no seguimos las reglas del juego. Ni quisimos envejecer junto a los que envejecen. Porque los grillos no callaron cuando tú callaste. Porque un maizal espera el amor. Porque iremos nudistas a romper la paz del burgués. Porque los perros siempre nos protegieron. Porque a pesar de todo no te olvidé. Y allá me llama una canción que no hará cuentas con la pantalla ni la cobertura, que no querrá ni la gloria ni la solvencia y que jamás cederá su pasión, ni su silla, ni venderá la voz ni la rabia.
Porque a los 30 años. Sin oficio. Sin hucha. Sin futuro. Sin marido y sin partido. Sin plan de pensiones. Sin funcionalidad. Sin ganas de formar parte del mundo. Sólo podemos ser nitroglicerina. Sólo podemos dedicar las palabras, el sudor y el camino, al hedonismo y al cóctel molotov. A los cangrejos y a los avasallados que se mueren de risa y el estruendo mata a la vieja apostólica. Porque las pocas fuerzas que nos quedan, las usaremos sólo en resistir, cantar y gozar orgasmos ácratas y cósmicos.

desobediencia (videopoema)

El gramófono descuerda el tictac de tu noche. Otra vez esa sangre reseca del amor que se pudrió y se hizo huesos afilados y punzantes entre el viento y tu horizonte. Atravesó en mi intimidad la entrega y la llenó de mandrágora y whisky para recordarme siempre el agujero que me dio la palabra, el callejón que velaba mi sueño, abajo, mucho más abajo.  Donde nunca habría humanidad.
Yo nací ahí. Mi canto es de su noche. Puedo beber el alcohol de los mansos, entregar flores y jurar cielos, luces blancas, dar sólo ternura, paso a todo lo tuyo, ponerte delante. Perder conscientemente mi guerra por la promesa de un bosque, por ti, por ellos. Pero adentro esa criatura, pedirá la palabra y el siguiente paso. Y sino la oigo. Y si la traiciono. Se volverá una jauría y me devorará para ser otra vez libre. Ella es mi duende. Ella fue ese océano de fuego en la locura. Un último motivo. Los ojos desnudos en los ojos, chorreantes de cubismo y vísceras, de éter y danza de datura. Ella fue la brujería, el candor, lo que devolvió alas y motivos. A veces la tengo atada en un callejón. La someto. La amputo su violencia. Pero como un nudo de lava, en mi vientre, come antes que yo, ella elige el trago, ella elige la curvatura de mi huella y de la pólvora. Nunca descansa. Me corroe si voy en contra de su destino. Es mi animal. Es mi destino.
Hoy soñaba que era un árbol. Durante unos segundos me convertía en árbol y me sentía muy bien. Ahora todavía no están las palabras. Me dan mareos a veces y tengo la sensación de estar enferma. Creo que el viaje me ayudará. Al final me voy mañana. Hoy tengo que cerrar algunas cosas. Y ya todo será del ir y avalancharse de océano y trashumancia. 
Tengo que recuperar la vehemencia y la fe. Una fe abstracta y rizomática que pueda quedarse. Tengo que equilibrar la noción del infinito y la escarcha sobre el tejo. El tiempo del vino y de la madera quemada. El del desliz de la tinta en esa canción de amor y el de la elegía debajo de la lluvia. El del interior del mar y los ojos ardiendo en los ojos de los pájaros. Me doy cuenta que me hiere un fuera de campo. Que hay una intensidad desequilibrada respecto al estar en la naturaleza, al vivir y gozar animal. Algo que a veces acelera el tiempo y a veces lo detiene en el filo de una navaja. Y esto me hace irme del Instante. Y vivir con angustia y síndrome. Tengo que regresar al presente. Y disfrutar.
Hay un azotar cenizo que incubre la destrucción semántica en tu cuarto y usa mis sentimientos para hacer el corte. Te malusa y te boicotea desde mi interior y pobla con tus ruinas la desfiguración de mis pinturas en el empapar de las brasas hacia el canto del hollin.

Tengo que hacer un ejercicio de aceptación de todos los yoes. De afirmación y también de su violencia en su deseo de volar. De serse con radicalismo. Sobretodo en el escenario social donde hay tantas energias que cubren y arrancan y grapan los labios. Yo he caminado sin tribu. Al aquelarre de metáforas de éter, de islas de helio. Se han llenado últimamente de tumbas mis antiguos cielos. Hay que empezar desde la espada del Quijote.  Intactas y evanescentes del doblar de los crisantemos en el fuego que te conoció.
Ya he hecho la mochila. Al final me ha llamado una compa que quiere unirse a la andanza, ella anda ahora por el cantábrico. Yo me puse algo contradictoria. Por un lado hacer comuna y acompañarnos y divertirnos y cuidar la una de la otra y hacer liturgia y zarrapastrar hippie y al piopio y metralleta. Y por otro lado mi criatura solitaria sacó un poco los dientes. Y le dije que mejor encontrarnos dentro de unos días para estar un tiempo sola.  Que sea lo que diga el viento. Que sea todo de la mar. 
Como no tengo pantalones cortos le he metido la tijera a unos que tenía por ahí. Y todo parece arder ahora con una hoguera primitiva, descubriendo antiguas islas desabrigadas en el corroer de los buzones de esa noche que escala en tu interior la epístola quemada. Y usé tu voz como el punzón que abría el jazz a tajos cuando la página vacía era un cadáver de cordero que balaba cielos rotos sobre mi cabeza. Y tus ojos estaban allí esperando algo que hacía mucho que no podía recordar.

Tengo ansias de viaje. De lavar en mi interior ese lodo acumulado del silencio y lo que impuso el olvido. De embriagarme de felicidad y piromanía, con lo ácrata, con lo salvaje. De libertar en mí la cascada de lo que rompe en la mar cuando las piedras ronronean en las huellas que contra los muros aullan su volcán. De volver a acunar una historia en el hímen de la mar y reirla viento al leitmotiv del rizoma y los pájaros. De los que no agacharon nada al sistema ni a sus relojes y alzaron hogueras por el sueño de abajo.

no somos de aquí (video-poema)

No tengo miedo ni futuro. Al batiscafo. Al hincar del carmín debajo de tu carne. A las vueltas que dimos en los bares sobre el hombre equivocado. Porque la inadaptación al sistema es lo único que nos queda para no traicionar los principios. Porque es más honesto robar que comer en la mesa del burgués y sonreír. Porque es más ético llevarse que pedir y servir al que ha privatizado lo que también era nuestro. Porque su paz es nuestra condena. Porque su bien es lo que nos hace hundirnos. Porque su ley legitimiza nuestra hambre. Porque sólo la desobediciencia nos devolverá nuestra casa.
También te marchaste de ahí.
Te lo iba a decir un poco antes, pero el vino y alguien puso esa canción, no me dio tiempo a llorar, ni a ser sincera, ni hablarte de lo que me importaba. Porque ardía un coche en la calle. El amor de mamá estaba haciendo fosas mientras sujetabas una pared para no comer el suelo con tanto whisky y tan desbordada esperanza, incapaz a pegar el sobre y enviar la carta ni poner una chincheta en la esquela y graparla al poste de la luz.
Así que me callé. Dejé que las descompuestas palomas se quedaran con la verdad de mi sentimiento. Y tú fueras cebo y abono de cualquier historia que tapara el pasado o distrajera a la cajera mientras alguien robaba las botellas de dyc. 
Tú estabas acostumbrado a callar y a perder, a callar y a huir, tragar las palabras a palo seco y echarlas al fuego. No echaste de menos mi canción. Nunca fuiste a buscar en la basura tus huellas dactilares escurriendo entre semen y amapola. Y a nadie le importó una mierda.
Éramos del otro lado, siempre del otro lado, juntos a los olvidados y a los que nunca conocieron un nombre ni nadie les ofreció ni casa ni trabajo.
Allá en la mar está todo. Da igual. Sé que no querrás saberlo. Y eso no cambiará en nada la posesión del fuego en los pasos. Al intravenoso cuaderno de los que dejaron arder el futuro.
Se oyen llantos aquí. Pieles de naranjo sin tus susurros, cavando en el suelo lejanías que no pudieron revolcar tus buzones ni llevarte las noticias de la calle en mi cerveza ni en mi paso.
Ha vuelto la angustia. El desequilibrio de la luz en las cuencas de la tramontana entregándote lienzos que en otro lugar lejos de aquí serán también despedidas.
Ese hueco vuelve siempre como mi espía y mi testigo, como mi destierro y mi casa. Y yo descabezo soldaditos de plomo y a veces me acuerdo de tu beso de arándano y coñac. Y nace un barco de la sombra placentaria de mi olvido y vuelvo a ser libre.
Necesito unas fuerzas que ahora siento que no tengo. Pero no puedo pararme, ni rendirme. No puedo darle ni una vocal ni una caricatura a la muerte.  Por eso mañana o pasado me iré a caminar. Me iré a la reciprocridad de los fuegos fatuos y el océano. A probar otras vidas. A jugar que tengo otra memoria. A contarles cuentos a los desconocidos. Al lado de mi cuervo albino, de mi bicicleta de ron, del espectro de mi perro muerto custodiando las montañas y los precipicios.
Acá todo lo que tengo está removido por la ausencia. Y no me quita la carnívora insatisfación del poema. Ni ese viudo amor con el que me ata la luna.
Estoy peligrosamente de acuerdo con la sombra pétrea de la soledad de los afiladores. Siempre tan sola yéndome a ninguna parte. Por eso tengo que extremizar esto y que lo sea hasta las últimas consecuencias, ardor de gaviota.
Ahora esa hora precaria. Un vencer de fiebre. Demasiado calor. Una angustia de la metafísica de los caracoles.... de un roer bajo tus lagos las brazadas del viento clandestino. Y ese retorno de la soledad, abrazándote como mi página borrada, mientras los caminos cruzan el sentimiento que también huyó y no te espera en el bar con esa canción destripada soñando océanos. A veces me siento enferma de pronto, incapaz a juntar un paso con el siguiente. Por eso necesito tanto la mar. La intemperie. No quedarme quieta. No ir como un fantasma en la búsqueda de la escritura. Sino crujir vientos y olas. Llegar a un lugar que pueda habitarme como ojo de buey y como amor, aunque ya no sepa nada de los que son supuestamente alguien. Aunque nada de lo que te envie pueda sobrevivir a la medianoche.

cualquier cualquier (videopoema)




Cualquier sitio es una taberna y una furgoneta destino a Rusia.
Cualquier sitio es el infinito y cualquier cualquiera, el amor y la muerte.. de mi vida. 
En pos de un agujero metafórico, de un estandarte de gasolina y barco pirata y circo y selva y tu tundra.
Cualquier palabra es mi placenta, mi sepulto y mi despedida.
Cualquier aquí, es allá, es escombro, es coleccionismo de helio, viento y no podré quedarme.
Cualquier rostro es mi lija, mi piano, mi vino, la inexistencia, la razón, el olvido. 
Cualquier a quier, es mi teatro, mi espada, mi memoria.

Ya soy muy vieja para hacer excepciones.
Ya he caminado miles de kilómetros desde ninguna parte, para que una orilla sea una orilla, para que una vida sea mi casa. 

Da igual que me quede mirando la ventana a ver si se estalla una paloma o caae una hoja de sauco. O me vaya detrás del afilador, de una vinoteca, del agujero de la capa de ozono, de un poema o de una supuesta  teoría.
Porque esté dónde esté. Estoy en otro planeta.
Ame lo que ame. Amo algo que no existe, que no es recíproco, que no me conoce. 

Porque cualquier camino, es mi camino. Y ninguno llega a. Ni se arrodilla. Ni paga impuestos, ni facturas. Ni vota a un gobierno, ni a ninguna afirmación del sistema, ni es funcional, jamás, para el flujo económico de esos avaros y miserables burgueses. 

Porque de amar con dictadura el amor que nunca me quiso. Me volví vaho, erosión de lodo y pétalo. Oruga y topo. Pájaro y perro sin dueño. 

Porque lo que me hace vivir no es tangible. Porque todo se lo debo a la mar y es ella y ninguna otra cosa la que me pedirá cuentas y me desaparecerá con ella siempre.
Era mi ego. Mi alter ego de la invertebrada. De la que quería hacer algo con la inexistencia. Con mi hueso que me nació clavado a las costillas roto en mil pedazos. Porque yo nací de su fractura. Y porque me dolía. Y porque no sabía hacer nada con él. Fuí vanidosa del lodo vistiéndote el crisantemo que ahorcaste en mi corazón cuando nos quisimos por ser otros y no por humanos ni nosotros. Y nunca en ésta tierra.

He escrito mucha vanidad de sapos y ratas.
De armaduras de etanol.
De alzar del callejón para no llorar por esas flores verdes.
Me he disfrazado de animal, de metralleta. Porque estaba triste. Porque tenía miedo. Porque nadie me traía una canción.

Y me volví también ese submundo agujereado por estrellas. Exagerando la decadencia del pellejo de vino y la sordidez de mi soledad.
Porque si dudaba, me comían las chinches.
Porque si me dejaba llevar me envenenaba la sombra del tejo.

Y el poema exageró el ego. Porque la soledad tenía 13 lunas llenas y allí no había sitio para nadie.

Ahora soy más pobre. Sólo robo cuando no me hacen caso los duendes. Sólo miento para no llorar.
Y cuando me pongo en plan superhéroe, la mar me lo quita todo. Vuelvo desnuda y muy pequeña, al diente del oleaje y sé que ella podría matarme sólo con hacerse mi eco.
Todos estos años, han sido devorados por la osa mayor. Por un regurgitar telúrico en ese nudismo y anemia del hueco por el que nací.
No quedó nada. Y tal vez ese es el verdadero camino. Desnudarse, ir perdiendo equipaje, peso del civismo y su cultura, ir matando sus ciudades, sus destinos, sus supuesto alguien y hechos. Ir a salto de mata y de tequila. Ir vagabundas. Desoladas y vehementes por el mismo canto. Zarrapastrosas del supuesto estar y ser. Ausentes del tener y del construir. Ir como van los pájaros y las gotas de la lluvia.
Tal vez esto es el extremo de la metafísica. El camino que obligatoriamente hay que cruzar para llegar a la música. Y es la radical ausencia del camino y el sentido. La puesta en escena del rizoma y el absurdo. Del inefable amar y abandonar. Del escalofrío sin eje ni umbral.
He tenido que llegar aquí, donde nada permanece, para estar en el semen del cosmos, tostando mi piel con nacimientos imposibles y gozos clandestinos.
Y de años en la puerta trasera del teatro, dedicándonos a la merca ambulante y a la filantropía de los vagabundos. Se han ido a tomar por el culo las construcciones en el territorio y en el espacio. Todo la fidelidad a la palabra y al otro, y al espejo y a la noche y la orilla y la tormenta y el paraiso.
Y éste endémico y persistente caos, es el tuétano que viaja, que sigue su apasionamiento ácrata y nómada. Sin el equilibrio de la farsa de un argumento. Sino raíz de fuego. Ir de evanescenci.
Lo que me falta. Corre por mis venas.
Si fado el absurdo y la desnutrición de las crisálidas. Es porque no he abierto bien los ojos y no he azuzado en la hoguera esos huesos y ese ron. No es porque se haya llevado nada el cielo. El cielo nunca pudo tomar nada de los que viven abajo, para el abajo, el suburbio y el rock de la rata y de la piedra.
Si lloro y me rompo en pedazos cuando los trenes se van sin dejarme noticias. No es porque sea víctima de la desventura, ni de la tierra, ni de esos asquerosos ciudadanos que nunca me quisieron. 
Si caigo. Es sólo por mi culpa. Porque de entre el fervor, he estado ciega. Porque no he sabido amar furiosamente al océano. 
La solución que necesito, no me la dará ningún ser humano. Ninguna creencia. Ni oficio, ni riqueza. Sólo lo hará el sueño como una metralleta entre mis venas y mi arrojo.
No necesito nada del mundo de los realistas. Lo que necesito es la furia de los ríos para defender la risa, la vida y la clandestinidad. 
No haré nada con mi rollo de "no tengo horizonte, ni pronombre, ni nadie que me ame". No iré a ningún sitio con mi vicioso discurso de la decadencia y la marginalidad. La ausencia no tiene capacidad para conmoverme.  Lo que me rompe en pedazos las ganas de vivir es lo mismo que me las devolverá. Y ni siquiera es fiel a mi historia ni a mi esperanza de vida. Porque yo nací del éter para el éter. 
Cuando tuve frío por la noche, salí a jugar con el perro en la nieve.
Yo nunca conocí el amor.
Estuve sola. Porque la soledad era el lugar donde las palabras mejor se parecían a mis vísceras y a mis sueños.  Donde menos máscaras y burdeles lloraban en mis ojos. 
Estuve sola porque cuando traté de no estarlo me comieron los sapos mi idea de la igualdad.
Yo no tuve semejantes. Sólo cuando estaba borracha y fumaba hierba.
Por eso ahora no hay nadie cuando escupe huesos la luna. Porque acá dentro, nunca hubo nadie.
Sólo yo puedo sustituir a la ausencia que me lastima. Sólo yo puedo crear el afecto que no existe. Y un horizonte que se quede.
de no tener ni idea ni eje
todo el monte es orégano y marihuana
cualquier camino es el camino a casa
y la casa ha volado por los aires
haga lo que haga, hago el poema y el réquiem
vaya dónde vaya, voy al centro del universo y al violín de la alcantarilla
y sólo pago por el humo, y ando a su compra-venta a ver si me crecen los ratones y los agujeros de la metafísica
y equivocarse es el pan de cada día, mojado en vino, y en tu obscenidad, desvelo de ultrajados y ladrones, amantes del amor y sin matrimonio, ni me quedaré a verlas venir, iré mejor a verlas marchar
de romper pianos con la boca
la autopsia del colibrí manchó tu cuaderno y mi alma
contigo entre mis piernas como la tundra y el réquiem
de la mano imposible acuchillando mi mano
con renglón de ácido borrando en el aurora tu futuro y el mío

y roncar
a paso de sangre, el bosque que te halló y te tomó madra y fin

y en mi piel las cicatrices
mojaron en tu tinta, el poema que ya nos había robado

lamento la tristeza
que ese vino de siempre te espere ladrón en la calle, y ya no el quizás
ni lo que me hacía vivir cuando todo dejaba de tener sentido

no puedo permitirme el cansacio, ni titubear el paso cuando cruzamos cerca de los corderos muertos

aunque nos falte el cielo
aunque nadie envie amor

hay que echarse a la mar como ocasos y pobreza

a veces el desierto desola del artificio de la significancia
y sólo somos calima buscando una fisura por la que nacer un lirio y abrazar un perro
y es ahí, cuando nada se llega lo suficiente ni aprieta ningún horizonte, cuando somos verdaderamente la esencia del candor
cuando todo se marcha, es cuando desnuda nos mira la luna y vocifera el humus

aunque hiera
aunque pierda el equilibrio
aunque a veces no tenga ganas de seguir

es ahora, en mi laberinto de savia, donde no quedan destinatarios, donde todo son rizomas vagabundos, donde todo se va sin dejar recado, ni buscar en mi el amor ni ninguna patria, donde soy sólo el navegar, sin pretensión ni equipaje, sin quimera

aunque a veces huela a desolación crucificada en el olor a goma quemada
aunque abra mi mano y los pájaros no coman los mendrugos

es ahora precisamente cuando demostrar el valor, porque no hay nada, porque ningún verso cruza conmigo la noche, porque vivo en el precipicio y el olvido son las pilas del reloj

es ahora, y no cuando amaba y me sentía amada, ni cuando lo que escribía me mataba a la muerte, ni cuando creí que iba a algún sitio y siempre había una mano amiga, quitando el hielo de mi mano, ni cuando estaba la abuela y me ponía paños mojados en la frente y me quitaba la pesadilla de la fiebre

porque cuando las cosas van bien, no es necesario el valor, ni la poesía, es cuando todo se tuerce, cuando todo vuela por los aires y se nos mueren desnutridos los unicornios, cuando hay que ser montañas, mares y metralletas