HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He ido al cementerio a hacer unas grabaciones y de pasó llevé a la tumba de mis abuelos un rosa que estaba ya marchita y un cacho de caracola... Me quedé allí un rato mientras caía el atardecer. Lo que no me gusta de los cementerios es que parece que la muerte es cristiana, hay demasiadas cruces y cristos sufrientes... pero la muerte es cuántica, pagana, pangea y ácrata, es de los nadie, de los que no tienen dinero para levantar mármol ni para pagar coronas, es proletaria, es rojinegra, no compra nicho ni agujeros en la tierra, y creo que se ríe y es dulce y haschiana.
Ahora me he echado un poco de vino. He metido la ropa en la mochila para el viaje de mañana. Miro la oscuridad del monte y a veces estás dentro. Luego me doy cuenta de que es un error metafórico, una trampa de la precariedad de las venas en los lagos, una pobreza del verso demasiado apegada a lo que no existe. Y me doy la vuelta infiel y algo rota. Restituyo la amnesia en puertos. Ir a beber con un desconocido y a maldecir el capital y su futuro. Ir a descamisarse con los monstruos, pacer la noche que empieza en el desvío de una linea que impagó tu canto. Todo es absurdo, a veces enardecido de amor, a veces de grietas. Como si fuéramos a algún sitio sacamos la bolsa de la basura, cerramos un sobre y lo ensalivamos con coñac y adiós. La mar nos aguarda como una fortaleza, como la última palabra.

con las ballenas videopoema

muecas (videopoema)

He estado haciendo una pintura que se desvaneció y se volvió un grito, un borrar y embadurnar la hoja, tu recuerdo, tu cúmulo de piedras en la soledad del valle. Todo se insostiene sobre el pomo de la puerta que revuelve tu canto de robles en los escombros de la hoguera. El tiempo no pasa por aquí, se asoma a la ventana, inclina la luz y los rayos y huye. Las palabras esperan en un cajón de ausencias que remueva tu hálito otra vez la tempestad que nos anude como animales a la vida, como el rocío calzado en esos hoteles de paso con olor a mar y a whisky. Tengo que volver a mi escritura como si creyera que un ser vivo me espera dentro. Son días de cigarras columpiándose en viejos huesos, masticando  en las canciones tabernas noctámbulas que hirieron cada una de tus fechas en el talar de los callejones sobre mi salvia. Y aún así, no todo está perdido. Una luz en el otro lado de la calle, tartamudea tu alcohol cuando las selvas abren las piernas en el grito que persigo. No me sacian las palabras ni la interpretación de esa puta amnesia que hincha con la fotosíntesis de la datura tu retrato en la cuneta. Andamos en una guerra, vomitando señales y pasadizos. Con un amor vaciado en la barra del bar esperando que los ladrones no lleguen muy borrachos.
Voy a pintar. Las palabras no me dejan tranquila hoy. Algo azota una vieja herida con la crueldad de la belleza desahuaciada. Algo rompe hacia la atracción de un error enamorado. La montaña mientras agita el viento que besará nuestras tumbas. Necesito el exilio, el lazo que unir a la luna está roto en mi interior y sólo la soledad podrá devolvérmelo. Unirme al mar, aunque en la tierra no haya nada.
A veces todo se pone frío. Un viento magrea la materia inerte y la inunda donde antes te amaba a ti. Las calles desalman tus juguetes en las alcantarillas. Y el cierzo espera que nos traguemos el corazón cuando se acercan las vocales de esos poemas malnacidos a los que dimos todos los años. Y me pongo triste como un cerilla debajo del agua. Con todos esos huecos alejando mi esperanza de mi vaso de vino. Escalando las grietas que perpetró tu soledad en la mía. Sin ese subterfugio para abrazar a Fransquestein y detener las ganas de salir volando por los aires.

Mañana me iré al mar. Y hoy soy todos los agujeros escuchando otra vez ese nombre de perpendiculares y muertos. Con un sueño en el suelo roto volando las flores que se cerraron entre nuestros labios. Un día estaremos lejos, donde la mar se abandona a sí misma y pueden ser otra vez todas las vidas sin putos cerrojos que el papel tenga que contar.
Estar sola tanto tiempo.  Y pensar cómo estarlo más y recuperar la hoguera de los aullidos en la ternura de las bestias. Caminamos hacia el final, suburbiales, sin obra, sin argumento, sin gloria, ni legado, ni qué buenos éramos. Sin nadie que llore cachalotes en nuestras tumbas. Y crece el desastre, desgañita en tus tripas mi insomnio. Las margaritas son plomo que tocan el piano en un vómito de vino. Y al final sólo tuve tus ojos antes de que fueran la tiniebla. 

Sólo quiero desaparecer en la mar.
Mi corazón se fue con un incendio hacia un pais en el que yo no era bienvenida. Y allí rompe los acordes y el centro. Cuando en tus cielos parten las hachas el valle. Y mi voz desaparece. Nada irá a buscarla. Se pondrán encima los animales y los dedos del infierno. No vendimos nada. No cedimos la inexistencia por un puto sueldo. El hogar en un grito rompiendo el silente del vacío. Me sujeto a tu abismo para deletrear el poema de las cimas a los pozos. Nunca hicimos algo que costara trabajo para conseguir la música. Hicimos lagos de acuarela, hachís en la radio, suicidas del escenario de nuestro sol muerto bajo la ropa. 

Sin equipaje, con el interior del secano, con la mar callándolo todo, nada tenía tu recuerdo.

Vivimos entre el tormento y los pájaros.
La sed parece literatura. El dolor un puto chiste de nudos de negrillo. La verdad es el escalón partido en tu espalda.  Yo sigo caminando hacia el mar.
esa pena es infinita, y yo sólo puedo evitarla, dejándola llevarse lo que es suyo en mi alma, yéndose a los corrales a levantar el suburbio que se tragó tus brasas y con cien llaves en tu festejo destrozando los cristales, sorbió de la tumba lo que el viento traía, sin preguntarte, sin colocarte entre los signos de la muerte ni de la felicidad

ando sin hogar, afilando piedras en los matorrales que alguna vez abrazaron las estrellas en tu piel, y luego fueron tus gusanos

hoy nada es de nadie
brindo con mi historia fingida, tus cualquieras en el cabaret
la llevo como ropa vieja, y a veces me disfrazo y parece que hablo de verdad del llanto de esa cigüeña, pero todo esto sólo fue literatura
no son puñales mis puñales, ni esos manicomio dejaron marca, todo fue del etanol, y esos que amé fueron la zona oscura de otro secreto que los perros bailaron cuando estaba borracha y tanteaba la pared para ver si encontraba el agujero

la identidad es una piromanía de bálsamos de mezcal, de mármol, de sexo de brujas.... los muertos de mi alma lo sabían antes que yo y no hicieron nada cuando lleno de sangre cruzaste esa calle que no volvería a unirnos

sólo queda la mar
pero la iremos indigentes, y no cocineras
la iremos como los que se marchan y no los que traen canciones

no estará allá detrás el dios que soñaban nuestros monstruos
sólo la huella que dejaste en el barro, lo que reíste allí animal y pistola, lo que pudiste amar
Me emborraacho despacio. Hasta que me eche a dormir. Hasta el fin de los tiempos de un personaje secundario decidiendo en qué cuerpo se queda el cuchillo.
Se apagó ese amor en un barco desgraciado. No diste la cara, ni las cicatrices. No diste el perdón ni la absenta. No liberaste el agravio ni la flor. Oía tus gritos debajo de mi cama. Y no podía parar en tierra de nadie, sin condiciones ensifando estrellas y olvidos. A un golpe seco me fallaron todas tus esperanzas. Cuando no había calor fuiste todas las tumbas, aplastando lo aplastado, rebobinando palabras del sepelio, cuando la peña salía a por whisky y escavadoras. Y abrazada a mi hermana la ausencia dormí a pierna suelta en el suelo, con tus malos pensamientos en la herida de mi brazo. Trafiqué tu inmemoria con los cualquiera que tenían ganas de amar y de morir. Y rasguño en esa tierra todos los que saldrán arrancados de mi corazón y la mar se llevará. Nos vamos muriendo. La prisa sigue siendo la musa de nuestros bares. Te acicalaste de drogas mangnéticas para mentirme un final. Yo fumé. También quería salir volando por los aires.
Hoy soplan todos los septiembres, la deconstrucción de tu mercado ambulante en mi cuerpo, haciendo caja en la carretera que arde, en el poema que vuelve a condenarnos, me separo del ansia de morirte en mi canuto, en el puerto, cuando borrachos cantábamos la de volver, marcada con serpientes y setas, con casas desavenidas que volvían a congelarnos los huesos.
Bebo un poco de vino que me sabe a sangre de cristo y de ballena, a una tierra que empieza entras las cenizas y vuelve a asombrarse de tu capacidad de romperlo todo. A toda velocidad, en la última fila, vendiendo hierba y escombros, y yo pegada a tu sed, como resina, con un mapa de carreteras lleno de vino y mugre, temblando en mi mano, el llanto del mar.
Vendrán todos los inviernos en el incendio de tus ojos. No volveré a casa contigo. No volverá el poema.
Ya estamos cansadas, no viejas, pero llenas de quemaduras y de atajos al cementerio. Ya sólo queda la inmensidad con eyaculación precoz en un puerto abandonado. La fe dura poco, trato de engañarla con tus engaños. Todavía queda mucho camino. Seguir a las aspas de molino en los añicos del espejo. Y ermitaños y yonkys seguimos pedaleando el calco del almanaque corrupto. Sólo somos barro y pólen. Sólo hemos hecho trampas a la muerte y nunca nada en la tierra, nada funcional, ni tributable, ni honroso.
Cuando tengamos miedo sólo quedarán las noches locas al lado del precipicio haciendo fuego con las palmas de la mano. Del drama no huirás, pero puedes traer alcohol y párrocos suicidados, un batiscafo, un cuchillo. El desatascador de la ética de la ciudadanía.  Por favor no te arrepientas de nada, ni de todas esas historias en las que sólo eras culpable. Lo hicimos por amor o por rabia, y la rabia siempre pretendió poseer la luna. Fuimos sinceros por venganza. Y también fingimos todos los llantos. Nadie llegará más tarde que tú, no te espera ni el fango.
Pateamos piedras y puertas para brillar la cuarentena de esos meses entre cuatro paredes. Al salto mortal se murieron los viejos. Elegimos la literatura, deja que se descomponga la inyección de las ciudades. No habrá más momento que el del amor y el de las bestias.
Vivimos con un agujero de gusano conectándonos con los desaparecidos y con la botella de whisky que guarda la hilvanadora entre bodegones. Con tu sepulto insoportable, y que acaba siendo aburrido, contando siempre piedras y tierra seca, sin un corazón de opio que quiera que volvamos a volar. Tu falta de fe secó mis crisantemos en los cadáveres de las ovejas. Y desde entonces se tiñó el alcoholismo con desafinadas guitarras que no dejaban dormir ni a dios.
Ahora ésta hora del desvirtuar de las montañas cuando tu página borra la isla acuchillada de todos esos meses inundando sendas imposibles en ese collage de olvido y naufragio.  Me he echado un poco de vino, he comido tortilla de patata y un tomate. He visto abrirse el cielo donde de cuclillas hablas con las hormigas y los charcos y te desvaneces, cuchilla de lluvia cuando mis ojos se abren como sarcófagos paa beber del tiempo una carcajada de salmones y hachís.
No sé qué pasa, se están muriendo todos. A veces sueño con Leopoldo María Panero, a veces quiere ahorcarme, a veces tiene una botella de vino y ríe como un bestia liberada, a veces llora en una esquina.
Yo tengo 30 años de pasos equivocados en la tierra, con el esqueleto de una cigarra llenándome de sangre el cuaderno.
Antes esperaba que un día todo daría una vuelta de campana y volvería a mi casa de algas y botellas de whisky, y sería más joven y no más vieja, y no tendría moratones en los huesos, ni en la quilla de las barcas. Hoy veo esto improbable. Creo que los naufragios van haciendo un sumidero que pone más grave la voz que canta borracha. Perdemos el afecto de la humanidad. Los vecinos no saludan. Casi nadie pregunta qué sientes. Pero ganamos anchura de perros en el infiel camino. 
Yo siempre viví entre las pulgas de una fantasía, soñando algo extraordinario que me volviera un kalashnikov y la mar. Pero ahora intuyo que la tragedia no tenía tanta gracias y que se nos van quebrando las excusas y la fe, y no es por nada, si acaso el delirio de un violín y la marihuana lloviendo entre las ruinas.
Ayer vi al erizo, estaba bebiendo agua en la cazuela que llenamos para los gatos. Estaba inmenso y hermoso. Ya no se asusta demasiado de mí. Sus espinas también viven en tu alma. Eres todos los fríos que alguna vez escarcharon mis ventanas y mis huesos, y vivieron también en otras casas, con los diccionarios muertos, con las palabras tragadas debajo de la tierra por la enfermedad de los huesos y del desahucio del norte, por el cierzo matando los manzanos, por la pregunta que es un vómito visceras desterrada de la voz y del cuerpo, del sentido y del mañana. Dejando un cuchillo en la mesita, lavado de tus manos, de tu pensamiento y de tu poesía, lleno de mierda en mi corazón, revolviendo las tripas del vino en mi papel que sigue. Descarrilando trenes donde no volverá el paso a dejar huella, ni Itaca a ser el fin.  La muerte tiene tu rostro, pero sólo por tristeza, por el abandono adulterado de las costillas rotas en los libros del mármol. Por el robo de la nada por la nada, del suicidio sin cuerpo en que sellar la luna.
me he ido, contra tu corazón, contra el desposar de mi anacoluto en tu esperma, cada noche, cada palabra torcida del quinto vaso de vino cuando el suelo es un encefalograma plano de tu anterior futuro destruido al crujir de las palomas
me he ido del mediodía en los tendales, hablando con las rosas, con el canto de la abuela bajo el sol del invierno, amasando pan y búfalos, a la atracción del ciprés y el río, negro de los tiempos rotos
me he ido de la amistad en los arrabales fumando hachís y comiendo nubes, cuando no había mundo, pero éramos una barca, y maldecíamos muertos de risa al cielo, a la civilización
me fui sin querer del amor, siguiendo la gruta de la arcilla y el mezcal,  siguiendo las impares tórtolas del delirio, de la pangea de perros, de las estatuas con corazón

hoy ya no queda casi nada
una página que quiere manchar la historia y persigue el olvido
un mar que nos espera para que ya no esperemos nada
un amor eterno lleno de gusanos y prisiones

el puto cigarrillo que fumamos con alegría y ansia aunque nos mate
y esos lugares convexos a los que vamos a autodestruir el eco y la esperanza, a veces, porque se nos mete la noche como una bala en la sien, porque es cansado vivir sin no haber matado a ningún presidente, ni haber parido un lobo.. y ciertas flores venenosas, nos dan trance, un tren de madera, una crucifixión del ocaso

y luego esa enfermedad que crece cuando yo duermo, y abre las montañas en canal y viste a la muerte de gala, y tratamos de no saber lo que quiere decir, de evitarla, de caminar contra ella, de chupar LSD para poseerla con amor alienígena, pero ella camina con mucho más pasión... y nos peina y nos lava los muñecos, cuando creemos que estamos a salvo
Hoy estoy silenciosa. Herida tal vez de ese tren de mercancías de tu angustia en la lija del cuaderno. Las habitaciones vacías revuelven en los rosales tiempos hermosos y perdidos. Todos caminamos hacia la muerte y la mar. Los desengaños fueron un pentagrama de whisky silbando en los callejones medias tintas de la trasfusión de un olvido, y en tu suelo mis bragas tocaban el fandando de otro verano de serruchos y fueras de campo que tragaría la literatura.
Traté de salir ilesa, usando retórica y mandrágora, pegando metáforas a los cráneos, bebiendo el gozo en habitaciones extrañas, cuando todos éramos gatos y ausencias. Pero aquél poso de tu naufragio permaneció insolubre en el aletear de las plazas y la pólvora. No engañamos a nadie por el poema no permitió ni compasión ni otra historia. Se quedó espina, certeza de esos huesos rotos, amor de un abril sin coartada ni tiempo. Y duró tanto el frío en mi aliento pegado a ese vidrio y al alcohol verde de los avasallados que poco a poco fue desfigurándose del todo la isla del sentimiento. 
Hoy es un día cualquiera, de un año cualquiera en el que siempre somos nadie. Desempolvo pianos y decepciones cerca del afilador. Me estoy convirtiendo en hierba y barro. Con esa zanja abierta como puñales donde el canto no sabe morir.
Los chopos pestañean tu casa llena de escombros, y hacen mía también la culpa del portazo que tiró la pared. No hay quién. No vendrán las fechas a dejarte vivir en paz.
Fuimos hijas del viento... ahora somos huérfanas de su hechizo. Las palabras son una trampa. Y no hubo nadie cuando ellas se hicieron tumbas. Los caminos sólo los resuelven los lobos. Y ya es demasiado tarde para formar parte de otras vidas.
La literatura pidió demasiado a la muerte y a lo que se marchaba. Rompió mil veces el espejo para dárselo todo a los sapos. Yo me acostumbré a la relación del humo y de la soledad. Al puto teatro de los que no tienen ni sujeto ni destino... y mienten el coñac y la luna, porque si no la perderían para siempre.
Mañana a éstas horas estaré en el viaje. Volverá la mar a esculpir en mi desconocimiento otro camino que desvie el desencanto. Que remueva en las sombras los cobrizos que tu tiniebla dejó cae en los lirios como mortaja de Marzo. Y no dolerá demasiado la ausencia ni ese agujero que tu tráquea abre en mis pinturas. La mar es siempre un hechizo que revierte el suicidio y el cadáver de la paloma. Me conecta con la sensación de libertad, de infinito, de un lenguaje que no está atado ni al verbo ni al sujeto, ni se mata a sí mismo en medio de la noche por no poder nombrar la distancia.
Ese grito desfilado en el interior, conoció tantas veces el destierro... que sólo anuda al oleaje la reciprocridad del verso que la noche destruye, y en las huellas, deshojadas huellas no le preguntan al camino dónde estás, porque te saben enterrado donde la luna toca la guitarra y cae el vino del techo para sembrar en la ausencia una semántica que pueda leer el olvido y avalanchar la jauría donde ese papel borra los hechos.
No se vuelve nunca atrás. Hay heridas que se quedan como un macabro recurso literario que se vuelve la guadaña cuando las habitaciones cerradas murmuran el exilio y golpean un rostro en el cristal líquido del cielo, pero lo hacen con el abandono y con la marcha atrás de la fractura de la estrella. Desconocen el fruto porque fueron demasiadas tumbas. 
Esa tristeza tiene su huerto y sus perros bailando encima. La precisión de la lágrima-espía y taladradora de una amnesia utópica y llena de tiniebla. Con esos bocetos de los peces remojando en tu copa de vino, la extorsión de la senda. Una y otra vez, la sangre maquillando el sueño, golpeando tu historia en la pared y en el fango, robándola de mí, haciéndome extranjera, viuda.
Ahora empieza el día... un poco ladeado de la luz cortante de la lejanía. Todavía todo es absurdo. Las palabras juegan con tu rareza, se despeñan en la inclinación del horizonte y escriben esa letanía que recogen las mareas cuando tus ojos imposibles entrañan algo desaparecido. Cantan las ocas, y su sonido me recuerda a los elefantes cuando están roncos de lugares demasiado fríos. El sol entra en la ventana y cae en mi piel. Hay un silencio de sal y pasos que se pierden en el incendio de camino, huellas que perpendiculares invierten en tu ausencia y traen tímpanos de mar donde tú naciste muerte, con peces en el alma, con abismos en los dedos, detruyendo todas mis palabras cuando acerca la lluvia lo que no será nunca nuestro.
me despierto tarde.. dormí profundamente, no recuerdo casi lo que soñaba al final, algo de una mujer que se descomponía, que se hundía en mí y se destruía, y en medio de la noche, soñaba que la casa de León se iba a otra casa, porque el piso primero tenía que ser sepultado, y había un raro ascensor que llevaba a otro barrio, la casa nueva conectaba con otras casas y allí había una fiesta, había vino y gente rara con pinta burguesa, yo quería irme de allí..  insistía a ellos que nos fuéramos a recoger cosas en la otra casa, pero cuando ellos se fueron, me quedé allí, y empecé a mirar las habitaciones, había una muy pequeña en la que sólo entraba una cama y una silla, y tenía un balcón muy bello de madera y entraba el sol, luego el salón tenía pintura verde, y había una galería llena de flores y suelos de madera que quedaba en un extremo y al fondo había una habitación que no conectaba con nada... yo quería esa para mí.. el piso tenía puertas que metían en la casa de los otros, luego fui allí y tomé un poco de vino... al asomarme a la ventana, había una esplanada sin casas y a lo lejos había unos edificios amarillos... también estaban los obreros moviéndose por allí....

el esqueleto de la musa videopoema

Mañana tengo que hacer la mochila. Por la noche iré a la ciudad. Y el martes me voy. No sé cuánto estaré, hasta que se me acabe el dinero. Voy sobre el fuego. Es una época jodida y combustible. Paso de la alegría a la completa desesperanza. Con los ojos de un perro cavándome en el corazón montañas nevadas. Y esa obsesión de él, durmiendo en un campo de esqueletos de grúas, con charcos de vino, con farolas a lo lejos, y condones usados encima de la hierba que oyó el primer crotorar. Y ese hueco de hogueras que no dejan dormir tornando su voz como hierro fundido en mi piel, como el naufragio del horizonte en las astas de los ciervos.
Tendré que recuperarme. Olvidar todo eso. Comenzar como si nunca hubiera tenido moratones, ni hubiera conocido esos hospitales de chapa oxidada y lágrimas de etanol. Como si él no se fuera a morir. Como si la mar nos fuera a devorar definitivamente en su aullido.
Lo único que me salva son los momentos de inspiración. Aunque ahora son más infieles y taciturnos. Cuando esté en la mar quiero hacer muchas grabaciones. Quiero conocer a Molot. Será un invierno largo y con cavadas soledades. Cuando viene el absurdo no se va así como así. Y reconozco que mi antiguo optimismo se sostenía en el delirio. La tristeza también se encarga de profundizar la lucidez, la de los ahorcados del sena en mesas mugrientas de polvo de luna. Los que vivimos como hogueras, también morimos así. Un día las espigas cruzarán sus piernas en nuestras cartas vomitadas sobre hombres muertos y se abrirá camino en la vagina de la mar. 
Quiero conseguir ese perro negro. Y ya sólamente escribir. Conocer a Molot. Creo que éste momento tan jodido para los puertos, es bueno para ese tipo de obra. Nuestro corazón se llenó de nieve para protegerse de la posesión de la tundra. Los otros detalles se los tragó la pata rota de tu cama. A nadie le importó una mierda. Todos están demasiado ocupados con su propio abismo, con comer, con cantarle algo al vino y a las farolas, con salvar una flor. Y hay tantas pandemias ahí afuera que nos quitan las ganas. Que cada segundo es un baile con la muerte. Yo también ofrecí el mismo silencio cuando mi espantapájaros se acurrucaba lleno de miedo a la sangre de mis piernas. Yo también traicioné a la luna, cuando mis papeles escribían tu nombre aal plomo. Todos se van a morir. Todos van a perder a alguien amado. Todos necesitan salvar la música. Y vivimos en el agujero de un sombrero de una onomatopeya de marte, con demasiadas huellas de cuchilla y de árboles talados.
Estoy segura que cometí en otros las mismas mierdas que quejé de ellos en la pistola del piano. No fui inocente. No fui nunca transparente porque tenía la atracción del surrealismo metida como un puto traductor de nitroglicerina. Y como no tuve muchos amigos, aprendí de la pangea del vino en un lugar despoblado, con tormentas oceánicas, con ladridos cerca. Y del amor, fui siempre el fraude de la literatura. Sin literatura no secundaba sentimientos, y la literatura hacía inviable que fuéramos certeza. Necesitaba el poema para amar y el poema me separaba del hombre y de la posibilidad en la tierra. Hoy desentierro mis batiscafos hacia el destino de la escritura. Quemo allí mis vestidos, las fotografías que corrompieron las hogueras de san juan y sigo persiguiendo lo que no existe.
Creo que el tiempo nos va llevando a la amargura de los transeúntes, de los que no tienen nada. Yo misma me he alejado de demasiadas cosas a cambio del éter. Por eso la soledad es un puto ejército inalterable y ella camina delante de mí y va encendiendo y apagando las luces, eligiendo el licor, el suelo en el que vomitar y el agujero de la tierra en la que echar el soliloquio de la lluvia. Ella hoy es más cruel. Y cada vez más nihilista.
También me he vuelto alguien tímida, con cientos de corazas de puta poesía que pongo delante del otro. Y eso hace que nadie pueda entrar aquí, ni que yo pueda salir recordando la historia. Y es algo que yo no puedo transformar, porque cada vez ensancha la atmósfera del hambre de la escritura y de sus vicios.
Ya sólo sueño tener un perro negro, un huerto, y escribir hasta que muera. En la sombra del negrillo, en la vera de la mar. Escribir aunque se haya ido el mundo que ofrece las palabras. Aunque la humanidad sea una alucinación en medio de la tormenta.
Hoy es un día absurdo, revuelto del vídrio que compartió tu ausencia con esa voz serrada del ocaso cuando huye. 
Un día de magreadas pinturas en la atracción del naufragio. Sin amor tantos meses que los abedules cambiaron la versificación de sus muertos en los mástiles que asaltaron tus desvanes de sombras.
Con esa angustia, del nada llega, nada hunde lo suficiente, y no hay motivo. Mientras bailo en la coacción del olvido los restos punzantes de esa fiesta cuando sólo queremos perder, volver despedazados al líquido amniótico y olvidar los nombres.
La escritura es algo decadente. Tal vez la ausencia del sujeto, lapidada cuando junto mis brazos como si abarcara del horizonte la cocina en ruinas y ensalivara en los retratos del payaso la tristeza del mezcal y al abrir de la intemperie, una apuesta y un trato de callejón hundiera la necesidad del abstracto subjetivizado a tu manera de ocultar en la fundición del campo de amapolas aquellos huesos y sacarle algo al vacío para acallar esos párpados.

no todo está jodido (videopoema)

Cuentos rotos en las ínsulas que cuajaron la sal en tu camino. Un día quedarás secreto entre los andenes como un trebol de carbón, me pararé en tus ojos, quemaré la ropa, el futuro, el siguiente camino después de tu ausencia.
No sé cuando agarraste la tierra y lloraste los huesos abrazado a esa mano imposible, forjando en mí todas las distancias. No he sabido vivir sin ti. Engañé con el vino al afilador, al autostop entre dos playas y un cementerio. Pero no supe no saberte. Sigues atado al paisaje como un aguijón de éter. Sigo conmoviéndome en tu música perdida. En la alegría crucificada de tu colchón cuando se cerró esa puerta y empezó a llover el círculo polar con tus ojos rodando por la escalera.
Me quedo sola.... mirando el pasto, bebiendo un poco de vino, cosiendo en el resplandor una senda que unía tus bares y mis venas. Moviendo de sitio tus huecos. Y el poema ya no es feliz de contarlo.
Ahora la tarde y el absurdo besado de ese cielo que se rompió en tu espalda. Las noticias de las postales en el moho y en el exilio,  sin dolerte todavía. Me hecho un poco de vino. Todo está bien de momento.  Pronto nos iremos con las ruinas a otra parte, tal vez volvamos más heridas al cautiverio del mezcal y ese viento de tierra mojada que tu soledad insiste en cortar en mis brazos. Las palabras que te he escrito se quedaron a la mitad sangrando en la nieve, trayendo el corazón de un perro, llevándose el hachís donde tú no volverias. No queremos todavía morir. Todavía nadar en el mar, jugar a que somos cangrejos, huellas borradas en la piel de las ballenas. Sé que tuviste miedo cuando retrocedí tres pasos en tu ginebra, cuando lo supe ya era tarde para comprar dos billetes de tren. Aquí hay demasiada gente que se viste con las paredes para gritar al lado de mi espanto. Algo ocurrió en esa mirada que chupaba del atardecer la sal que quedó de ti en mis labios. Me cegué por su vehemencia. Doblé cien esquinas en la noche borracha sin recordar dónde tenía que ir. Y ese párrafo del asfalto escribió algo casi bonito y nos quedamos colgando los pies como pianos rotos. Tu mano tiene 13 kilómetros de sombras alejando mi luna de llegarte. Y aunque a veces empujé la ceniza. Allí nada me ama. Otros locos salen de las fábricas con elefantes en el agujero de su mano. Y siguen cantando a la fe, aunque el mundo ya se ha ido.
Me he dormido. No solía dormir antes la siesta.  Soñaba algo de cómo salir de un laberinto. Había algo primero oscuro y doloroso y eso encontraba una salida. Yo volvía a repetir el sueño en mi mente. Soñaba que estaba despierta y lo escribía. Ahora ya no lo recuerdo.
Hay una luz hermosa y pálida cayendo en las espigas. Un recuerdo que embriaga en tus ojos una posibilidad noctámbula que inyecta en la tierra removida algo que vuelve a marcharse, sacude tus motivos y los zozobra donde vuelve a recogerlos el fuego.
El cielo está hermoso con cúmulos que recogen la sombra del universo que no se deja ver y la explosionan en la sinergia del silente removiendo las pezuñas de los caballos donde el barro es la primera palabra del fuego.
No sé cuando empezó a darme igual el desvío del camino en tu ausencia. Me des-sujeté del porqué, de lo que quería el tiempo y mi memoria. Me di a la ética de la cigarra y de los patos. Al tacto del salitre en el granito. De la voz escondida de los pecios de las ruinas en el fervor de amarte. Y declaré un suicidio a los hechos y al civismo. Hoy la soledad es ancha y evanescente. Tiene demasiados rostros de papel de calco y carbón, en los posos del vino. Ama algo que nunca vendrá a mí. Mata por lo inasible las zarzamoras de tu guitarra en las grietas. Y huye, junto a las promesas de los perros en la nieve.
Vivo una irrealidad alimentada por la literatura y por la honestidad de la materia inerte y del vacío. Camino sin humanidad la búsqueda del amor y de la razón para quedarme, sin tierra la necesidad de mi casa, sin cielo el incendiar de las estrellas.
En la mar quiero despetelar esa flor de mercurio, y darte un poquito de mi alma, para que ninguno los dos nos envenénemos. La inmemoria no nos dejó seguir emborrachándonos intactos en el puerto. Sulfatamos del agujero del cielo la siguiente puta línea que escribimos atravesadas por el esperma de los olvidados, con esa intemperie que fue líquido amniótico y destierro. Tu cuerpo era una excusa, y el hachís del cinismo. Los carros abandonados con cadáveres de maíz siguieron dando pigmento a tus pinceles. Y el olor de tu habitación quemada insistió en quedarse conmigo. No tengo amigos, porque amo demasiado la lluvia, porque la escritura requiere una despedida que no siempre devuelven los bares. Y la escafandra del teatro lloró tiza en tu botella de champán, cuando amarte era matar algo de mí. Cuando nunca encontraríamos la puerta. Y porque fue infiel cada beso que nos dimos, la muerte amarró una insolubre ola entre nuestros huesos. Lo saben los grillos y los lobos. Lo sabes tú cada vez que miras los restos de la pasta de dientes en el espejo de tu servicio. Y te echas espuma de afeitar y te entran ganas de morir... porque amaste en Francia un ocaso demasiado profundo. Porque te prometí algo demasiado bello para que ocurriera en la tierra. Yo fui maldita de cada belleza que robé al cielo para darte, de cada canción que te entregó mi vagabundia. Porque era verdad en ese lugar donde las palabras duran una penetración y un jadeo. Porque era la única verdad que tuve.
Tostan los avellanos convexas ramas de tejo en el blues caníbal de tu desaparición. Y lo que te ama es lo mismo que me condena. No sé qué eternidad perpetró tu cuerpo en el mío. Tu poesía en los cráneos del abismo pisoteados por flores en la hambrienta ginebra. Te veo en el ocre del valle, como el centrifugar del fuego en los versos tachados, haciendo cicatrices de viento en el camino que elijo. A la vez que otra identidad ha seguido saltando en el río la venida de la luna, en el fondo de los pozos que regurgitaron tu eco en mi tráquea cuando habíamos demasiado y matado neuronas por una música telúrica, llena de impiedad.
Hoy vivo como Emily Dickinson al libar de las avispas en la grieta en la que nace la nieve. Nada puede ocurrir con los objetos. Hay un motín anacrónico chupando del paisaje los colores que acabaron en el amarillo, y echando armas en la pobreza de mi huella, mientras los sentimientos se hincha de antisentimientos y sólo las alpacas bajo la lluvia guardan nuestra memoria.
Hay muchas cosas extrañas que ocurrieron en mi infancia, como hierro fundido y que sé que forman parte de los sótanos de los laberintos en los que mi inconsciente a veces se convierte en una bestia. Hay muchos aullidos de nitroglicerina y vestidos blancos secando con las muñecas decapitadas el canto de los perros. Algo que a veces me hace actuar de forma irracional mordida por el éter y por el vacío cuando se rebela y toca con heroina las campanas que doblan la voz de los ornitorrincos. Algo que nunca he escrito del todo. No sé si por miedo a sentirme desarmada, o por no andar afilando cuchillos. Algo que todavía tendré que escribir para mover de sitio la cascada y la noche. Es demasiado complejo. Hay muchos sentimientos y antagonias, algo visceral que se pega como mantra de la oscuridad y como perfume de flores. Algo que a veces me levanta la ira de las estrellas y el polvo, y a veces el amor cruel, el perdón de las cicutas. Mi familia era muy extraña. Y esas historias atentaron en mi manera de conocer el poema de forma sinestésica, francotiradora. Dejaron en mí un sumidero de naufragios intempestivos, de pecios de caracola llorando sangre en el ahorcar de los faros. Recuerdo una vez que estaba en el manicomio y el psiquiatra llamó a mi familia para que le expusiéramos lo que ocurría dentro y empezó a hacer preguntas. Yo le dije algo así "nosotros no sacamos el circo si no nos pagan la entrada, no vamos a hacer el payaso gratis" A mi padre le entró la risa. El psiquiatra se dio por vencido.
Mañana por la noche iré a la ciudad para recoger las cosas para el viaje. Tengo muchas ganas... de deshallar lo conocido en la arista combustible del océano. Amar a las menos cuarto de un lugar equivocado en el borde de la inmensidad algo que no recuerda ni las palabras ni el tiempo. Grapar algas en esos adioses que dejamos de mala manera en los martillos de un camino. El bautismo del agua fría cuando los animales salen de sus guaridas para bailar con la muerte.. y sentir que los poros son espejos de anémonas bebiendo el humus del cosmos con las branquias prestadas de los olvidados. Desde niña tuve un vínculo fuerte con la mar. Dentro del agua sentía que recuperaba la ingravidez del vuelo. Aunque mi madre nos volvia locos. Yo me iba nadando mar adentro y mi madre desde la orilla gritaba enloquecida que volviera. Y yo seguía nadando.... Más de una vez llamó a los socorristas para que vinieran a buscarme... Recuerdo que mi hermano le tiraba arena mojada y la hacía aguadillas. De niñxs éramos ingobernables.  Tal vez porque mi madre ponía demasiadas normas, porque ella tenía miedo a la vida. Y nos retorcíamos en gritos de tempestad y de caos. Dentro siempre había un grito como que se iba a acabar el mundo. Pero la mar nos devolvía a casa.
Suena una desbrozadora. Un hombre da agua a unos caballos. Cantan las gallinas y los gansos. Mi gato se mueve entre mis pies. Los chopos están hermosos. En mi sueño aparecía el monte de enfrente, completamente verde, de ese verde de Asturias, y había arbustos rojos. Era inmenso, brillaba como si estuvieran naciendo cientos de venados. 
Un día le olvidaré. Ya debería haber ocurrido hace dos años y medio. El desamor sólo debería durar una botella de vino y un poema roto. Nada más. Ni una lágrima. Ni un todavía te espero. Ni qué felices fuimos. Regenerarse como las hogueras, ir dónde van los búfalos cuando están tristes, ovillos de mariposa, lejanía de mezcal. Y tomaremos nuevos barcos. 
Como fue con ellos. Alzar una borrachera donde arden las naves, conservar el vuelo de un orgasmo y ni una marca en la piel, ni un tango en la alcantarilla.
He ido a comprar tabaco y pan, haciendo malabares para poder pagarlo. Fumo demasiado, como si me mordiera un síndrome de un eclipse y un cielo de etanol. El pueblo me es extraño. Me siento huérfana de aquí, extranjera. Tal vez porque fui tratada por la gente como una maldita en los tiempos en los que iba a sus bares, y alzaba mi grito y mi piedra. Porque hace ya muchos años que no tengo qué ver con nadie de aquí. Y la gente que sabe mi nombre, me son fantasmas de algo que no debió ocurrir.  Tal vez porque nunca hubo sentimientos con ellos. Cuando estaba en la caja hablaban dos mujeres de no sé qué tipo de sartén una dijo "son fantásticas, me regaló una mi madre y me cambió la vida". Sentí pudor y humor negro al oirlas. Pensé, todavía no soy tan desgraciada.
Ya estoy algo mejor. La palabra a veces enturbia la opacidad del abstracto, duele traducir el pétalo de la rosa en los cráneos y la tijera de los puntos cardinales ensaña esos lugares donde los búfalos destruyeron tu voz. Y es a través del espanto donde surge el movimiento. Despecho de la tabla cromática en la punta de tu bolígrafo, dibujando ese bar del puerto donde iban a secarse la violencia los apátridas y menguaban en mis vídrios también las oquedades del amor, obligando al cinismo y al festejo de los que quieren salir volando por los aires.
Fabriqué descensos de las ruinas de mi casa, en el sepelio que cantaste sobre las margaritas con sangre y hambruna. Y fui también producto de tu ausencia, de tu caligrafía en un papel de whisky despellejando en la noche lo que nos mató del olvido.
Siguieron volviendo las cigüeñas. Yo salía por las mañanas a ver el río. La neurosis de la mandrágora te conocía demasiado en el agujero de mi bolsillo. Alguien se moría en una casa. Y mirábamos nuestros propios cipreses como un desvío de la historia. En esa pared una hiedra penetraba como si se fracturara el cielo también en nuestros libros. Pero no éramos nadie. No penetrábamos esos ojos ofreciendo una mirada, nos manteníamos con la distancia del óleo, contando nuestro precipicio, buscando su vino y su adiós, atraídas por una navaja en el fondo oceánico, frías como el mercurio cuando desvelaba el tango la idea de un cuerpo.
Me despierto de una forma oscura. Tenía pesadillas. Y el día empieza algo torcido, como si no tuviera fuerzas, como si una profunda tristeza deteriorara lo mirado. Trato de recomponerme. De evocar algo que agite la vida. Soñé también que el monte se había vuelto muy verde. Pero luego soñaba que perdía mi inteligencia... me volvía materia inerte, y había escenas angustiosas que me llenaron de sudor frío.
Ahora se oyen las vacas, y unos perros ladran a lo lejos. La palabra duele su profundidad donde tus ojos son un corte vertical de un sentimiento en el exilio.
A veces duele existir. Hay una atmósfera perpendicular de algo que había sido amado y que nos mira desahuciado de nuestra piel y nos penetra, arista, ínsula digerida por el cristal, y se vuelve un agujero tener sentimientos, reconocer las palabras. Hoy es un día de esos. Estoy exaltada por una intuición oscura y herida. Por la lejanía de una mano en mi mano, de un afirmación en el camino que se mueve. Tengo que recomponerme. Saltar esa náusea. Buscar al pájaro azul. Creer en lo que se ama. 
Algo me ocurrió con el olvido, sobretodo en los escombros de tu voz rodeando mis tierras devastadas. Algo que corta las venas de una búsqueda antes de posar en tus labios la nieve del norte.
No me puedo permitir el espanto. Tiene que estar la palabra como incendio que sacude en tus cicatrices la ruta que persiguieron los colibríes en nuestro abismo. Algo pasará que cambie la inclinación del esperpento. He hecho muchas estupideces para olvidarte, nada puede atar a tu silencio la invasión de la noche que rompe en mi alma la gangrena de aquél marzo.
Sé que debería cantar las aristas del alba, con la felicidad de los que no tienen nada. Celebrar la vida con la insolencia de lo que van a morir. Y sin embargo no sé qué me atormenta, tal vez sólo es una perspectiva, un Leteo que navega entre tus verbos la extensión de mi ruina.
Ya anochece. El tiempo todavía vira absurdo y despeinado. Amándote con la insolvencia y perdiendo dinero, canciones y futuros. Alegre de la rana que salió contra lo que quería tu madre, tu razón, tus pronósticos.
Porque fuimos desertores primero de todo lo que supo nuestro nombre. Luego de lo que nosotros juramos a la belleza y al bien, a la cordura, a la solvencia.
Y ahora somos descosidas, juntando con los rotos, el amor oceánico, la fractura, el anacoluto, la cresta del hachís apostasiando lo que dijeron las escuelas, los libros, las tumbas.
Somos nadie, con un exceso gaseante en la desarquitectura despareciendo nombres y viabilidades. Porque el imposible convenció mucho más que los grumos de tu ginebra en la cicatriz del camino. Y de no tener nada y perder lo amado, nos alzamos caracoles con metralles al humus de la mar, sin dejar esa guitarra, ni pagar las deudas con los bares, ni con las flores azules de los parques que nos oyeron amar.
no todo está jodido
todavía queda el fogón en las vías del tren
desenterrando en tus huesos el canto de la jauría, cuarentena de esa sombra espía del whisky, cuchilla en mi espejo rasurando Mercurio
todavía amamos a los perros, y el canto de los sapos espanta a la muerte
y no hemos aprendido nada ni del fango ni del paraiso
aunque tu muerte fuera muchas muertes, no me convenció tu olor a podrido, no fue el fin de la obra, no me arrancó del todo el corazón
la hierba ensilada y la putrefacción del vino tenía nuevos amores a las bragas del verano echando por tierra la avalancha y el fruto

no todos los que amamos se murieron
no todos los sueños se cambiaron de acera por el arrabal de esa noche de pirómanos
no todas las locuras acabaron en el manicomio, aunque los capitalistas siguieron con vida y con fortuna, el fuego no les concedió nada, no agachó el camino su tierra de nadie para darles el mañana

todavía algunos sueñan con la revolución y ven las tripas del presidente dibujándole bigotes a las estatuas

aunque yo soy papel de calco entre la nieve y las orugas, aunque me he olvidado de conjugar el verbo y el destino, no tengo calcetines pares ni llaves que den dos vueltas, mi puerta es la enfermedad de la intemperie.. pero allí el vaso levanta la cacofonía de la hoguera, aunque hemos estado 200metros bajo tierra todavía alguna canción nos derrite la espada y vuela por los aires el cielo, como si volviéramos a amar.
Un día nos iremos definitivamente donde se van las ballenas cuando se mueren.
Y no sabremos ya para qué sirven los zapatos, ni las puntas, ni las palabras, ni los códigos, ni las verdades.
Sólo seremos marisma e inexorabilidad de la vida y de los pájaros.
Con un esquela postparto llenándote de absenta el pozo.
Un día, no sé cómo, volveremos a casa. Y todos los ojos serán hachís y barcos, apostasiando la tragedia de la tierra al arder de los mares.

Mientras estaré triste. De cuarzos en el río. De las aves que no vuelan. Del centeno alrededor de las llamas.

Hoy me permito la inconsciente ante todos los futuros. Por amor al pólen, a la cigarra, a la luna muda.

Y voy equivocada de todos los caminos. Con un poco de vino en la vuelta de la esquina, en tus párpados dentro del mar, en tus huellas en la espada.

Somos como los animales que duermen con los ojos abiertos a pierna suelta en el valle, abrazados a la nieve y a los precipicios, sin miedo y sin esperanza, sin legado y sin cielo.
Me mantendré a la vuelta del viaje aquí, con la artesanía del precipicio y el libar, mezcalita y siempre detrás de ti cuando ya no quede mundo. Tal vez venga la tormenta. Empieza a acechar el petricor. Las vacas de otra manera cuando va a llover. Hay una tonalidad que reflecta el blanco en los nidos de tierra. Y tu recuerdo borbotea libre y cruel en las rutas que no nos verán juntos. En el viaje espero lo extraordinario. Algo que me devuelva con violencia a la vida, a la sensación de algo que afirme como las hogueras, como una especie de casa. Hace un tiempo que nunca sé qué camino estoy pisando. Porque ya no estoy atada a nada, ya no llevo mi dirección a ninguna meta, ni umbral, ni cuerpo. Y a veces me atormento con la sinestesia del humo y de la llave oxidada. Aunque seguramente estos serán buenos tiempos en un futuro. Y lo importante es bailar. Eso quiero hacer en la mar. Volver al nudismo, al baño en las aguas frías con el éxtasis, con la esperanza en la mar. Recuperar mi unicornio azul. Un motivo para amar sin tener que andar discutiendo la obra de la sombra.
Me gusta mucho ir a Antromero, porque no he estado nunca allí. Y hay varios kilómetros con muchas calas a las que no va nadie y cabos y puntas y roquedales e islas. Un lugar tal vez donde pueda esconder tu voz en las caracolas y nunca más pedirla en mis noches. Un lugar para escribir y para nadar. Para conectar con el puto anacoluto que hoy pone del revés mi habitación. La casa que he alquilado está a 50 metros de una playa, desde el balcón se ve la mar. Hay un bar cerca para buscar el espectro de los piratas o para remojar la hambruna del ocaso cuando todo me lleve a ti.
Tengo muchas ganas de estar allí. De creer que sigue la vida rompiendo el mármol y brotando malas hierbas con encendidas flores amarillas que magrean la luna.
El cielo se ha cubierto. Huele a arroyo que remueve truchas y tus objetos personales hechos trizas en mi corazón. Cuando los espigadores están hartos de la tierra. Cuando los niños pirómanos se mueren de pena al entrar al supermercado. Y los kamikaces ya no le cuentan nada a la Osa Mayor.
Cuando de tu tú, se me cae, la botella de ginebra y nadie se quita la sed, ni el peso del cielo sobre los hombros. Vamos suicidas, al reverso del cieno. Y allá abajo no entiendo una mierda, pero veo tus ojos, reflejando aquel túnel, la palabra rota en mil pedazos.
Y no hay absolutamente nada qué hacer en el sistema capitalista. Yo me declaro ausente, inservible, coleccionista de humo, de bares en quiebra, de botas de espantapájaro. 
Ya no quiero ir a ningún sitio. Ya no espero una rosa entre los muertos. Escribo. Miro por la ventana. Han traido al prado de enfrente gallinas negras, ocas y gansos. Hay un nuevo canto en el borde de los escombros. Suena triste. Tal vez las aves que no pueden volar suenan obligatoriamente como balas cuando cantan, y están tristes cuando miran las nubes. Como nosotros cuando salimos de ese antro y vimos cruzar en el autobús el suicidio del s.XXI y no hicimos nada, sólo dijiste, vamos a tomar otra.
Ya nunca llegamos. Ya no tenemos ni la nostalgia de haber sido. Es el fervor de la derrota cuando rompe paredes y echa el canto de los dinosaurios donde esos labios son plomo y absenta.
Somos viudas por obstinación del puto revés donde todo cae y decide.
Mi vida es un completo caos. Sólo me dedico a escribir. Cuando no escribo miro las hormigas, echo leche con pan a los ratones de la cochera, abro los armarios donde sigue la ropa de la abuela y del abuelo, como si no se hubieran muerto. Nadie ha tirado nada. Nadie ha puesto pilas al reloj. Nadie ha vuelto al cementerio a dejar palabras.
Todo es algo precario desde que te comieron los sapos en la herida del camino. Contando todas esas noches estrelladas a favor del atracador, del yeso comido por enjuagues de absenta en los pechos que quitaron el hambre cuando los alambiques envenenaron con rosas los puñales que quedaban.  Te recordó la soga del sol en los pedregales, cada gota de agua, en el agujero de mis manos apaciguando la guerra que la tierra maldijo sobre nosotros al nacer. Pero era con literatura. Yo lavaba esos cristales mientras alejaba tu voz del viñedo. Sujetándome a un nuevo camino que traía el simbolismo del cuervo entre el maíz y la sal. Me ataba allí como un aborto y como la única esperanza.. herida de muerte por tu belleza, por el amor que te tuve y que no sustituí con otros muertos.
Las tardes se bajaban las bragas en la fiebre de la madera y el martillo. Nosotras, pálidas, movíamos peonzas para engañar al futuro las lágrimas de Carmen. Al dormir caímos por un agujero. Todo se iba volando por los aires. Al día siguiente había que reconstruir al menos una palabra que cuidara de los saucos. Y eso nos llevaba la mayor parte de la fe y de las ganas. Todo eran ciclos de unicornio de la esquizofrenia. Con el desgaste de la tabla cromática del verde y el amor de la salvia divinorium, negociando la harina, la ventana, el después. 
Era para quemarlo todo. Pero nos anestesiábamos con las llamas que fingían amarte, conservarte en el fuera de campo que atormentaba la memoria de la hoz en mi valle. 
Y se iban los veranos, como se caen las cuchillas de afeitar por el váter, como se caen las monedas en el futuro del camello. Nadie se quejaba. Nadie rezaba por las noches, ni encendía velas a satán. Si acaso abríamos una botella de vino, juntábamos esquinas con tijeras. Esperábamos que llegara la nieve.
magreamos en el suicidio de ese puente
la epístola que podría sacarnos de allí
atar en el poema el cráneo que partió el infierno al leer sus puertas en tus ojos

yo cargaba la calima de tus memorias en los narcóticos que la carretera penetró cuando no había ningún sitio en el que quedarnos

nos arropamos con un muro vestido de hiedra del cierzo, del aliento congelado de tu madre, entre los muertos de la noche
y junté mi cabeza en tu pecho, como si una urraca encima hablara de la sombra del diccionario
y un mañana nos dejara un barco en el que irnos

pero mientras todo era una metáfora compleja y cruel
y nosotros su grieta y su embestida
simulando un núcleo que la obra no defendía

creo que me quedé colgada de ti a través de las tumbas
con una atracción prohibida de la que ya habían hablado los libros y las ciudades destruidas y nunca nadie ganó nada, ni el poema

y así, llena de hielo, volteé en tu caligrafía la obsesión del whisky

era muy tarde para nosotros y el mundo estaba viejo

nunca me quité tus huesos rompiendo el horizonte
todo siguió nombrándote, sabiéndote extinto y depravado, del faro, del perdón de la mar
la tramontana cargando contra tu pecho
la espada y la pared que aquí trocea el absenta
empuña un corazón digerido por el jugo gástrico del buitre volando la sabana
con los arpones de la tempestad escribiendo con tu puño y letra, mi anacoluto de la fe despedazada
mi canto de sangre derramada en el balde de tu exilio, del mío al girar la puerta
darse de bruces con la alucinación del rayo entre tus piedras
pandemia del amanecer en cicatrices de polvo
volver cuando es imposible tocar una mano, al cementerio de tu guitarra y atarte mi todavía

luego dan las en punto, fuera de lugar
y también nosotros estamos fuera de lugar
bebiendo otra cerveza para espantar la vejez
mientras los tejados pisan las pesadillas infantiles con ferrocarriles que suicidaron tu amor
y me lavo las manos en los huecos de tus huesos y me ensucio al decirte mañana, y me quedo, porque es muy larga noche, porque da lo mismo
La desesperación pasando páginas en tu hambruna. Goteo del cristal en todo lo que no recordamos decirle al valle. Y esa despoblación en el rocío acusándote de ese recuerdo roto en los adoquines con un charco de whisky remangándote el infierno.
No hay pronombre aquí. Estoy jodidamente lejos del amor. La soledad se acostumbra al goteo del carboncillo contigo vendiendo esos lienzos en el parque, perdiendo luego monedas en el bar, en el río, en la convexidad del horizonte que tirano se alzó contra la memoria que podíamos conservar de los tiempos que fuimos felices.
Y el remojo de los perros en el bautismo de sal. Cada vez más extraños. Escribimos cosas tristes porque las montañas inundan en las sendas oquedades que vomitan aquél Paris en el alcohol y nos empujan a cometer los mismos errores, estáticos y violentos del doblar de la tormenta en los libros destruidos.
Ando buscando la esperanza. Aquello que vuelva a entrar en mi corazón y a darle vida, a todo lo que ahora son fotografías sepias colgadas de un tendal, donde hay cagadas de golondrinas y muecas de ventana a punto de partirse.
Tengo que creer en mi sueño, aunque mi sueño sea difuso y abstracto, aunque a veces esté triste como los ríos evaporados con huellas de garza entre el lodo y tu dirección postal.
Es mi interior lo que tiene que cambiar. Antes cantaba, era feliz haciendo pinturas y creía en ellas, amaba mucho más a lo que amaba y bebía el vino como si fuera a desaparecer el mundo. Ahora estoy dentro de una caverna en la que me llega luz líquida y mordisqueada por la misma orilla que escupió tus huesos.
Ando madrina de sombras y burdeles, con un collar de huesos de mariposa, desandándote las putas odiseas que nos atrapaban en un violín imposible, lleno de drogas, de pozos lisérgicos que levantaban en armas una historia que ni siquiera podíamos comprender ni acabar.
Empieza el otoño. Los montes vuelven a ponerse verdes. Las rosas se secan. Tu voz se seca en el ron. Los pájaros hablan de tierras lejanas. Esa pintura huele a aguarrás y a hachís, alguna vez pudo conmoverme hasta el delirio, hoy tal vez los topos robaron entre nuestras vidas la puta salida y andamos con sopletes y con cuchillas, negociando con las piedras.
Mi alegría a defraudado a hacienda todo lo que dejó tu equipaje de muertos en mis cunetas. Luego pasaron los grillos y las perseidas. Alguien lloró de amor en un campo de amapolas. La cerveza helada se olvidó de tu rosa de jericó. Yo seguí escribiendo esa historia creyendo que podría cambiar el destino de aquella aurora entre tu semen y el champán. Sin que salgan heridos los erizos ni las putas verdades. Pero todo fue trampa y cartón en ese juego de chapas, encima de la arena, con pecios de caracola, con restos de plástico contaminante y de la suciedad de tantas civilizaciones destinadas al esperpento.
Durante mucho tiempo creí que amarte me daria alas. Luego me convención el suelo y los 200metros bajo tierra. Así de simple. No era algo épico ni romántico. No era un poema. Era el cansancio de perder. El no querer ni darse la vuelta ni cambiar de opinión, sólo alimentar a los cuervos y a la lluvia. Que se vaya a la mierda. Que la luna de los tambores y del yodo beba la última y para ella la casa.
Y la herida se acomoda. Se hace cínica o se posterga a una obra de arte y entonces no hay dios que la libre del nihilismo y del opio. Nos vamos formando hacia los nadie. Con un corazón que de tantas cuchilladas se hizo de éter. Y una historia que de meterla en la ruleta de apuestas y echarle encima whisky y polvo, se cansó de contar lo que podría hacernos inmortales y matarnos a la vez, lo que podría desvestirnos, amarnos, sernos, y por eso se volvió a la antagonia, anacrónica y yonki del cubismo y de la supremacía de las ratas de Hamelin contra los objetos personales. Y nos hicimos puraa y decadente literatura, dedicándonos a coser ramas de tejo al espantapájaros cuando venía el hastío a acercanos la navaja a las venas. Pero ya no lo hicimos por amor ni por horizonte. Lo hicimos por absurdo porque sólo por eso estamos vivas.
Nunca estuvimos tan vacíos como entre aquellos ojos del ahorcado y la sota de espadas, en las arrugas del escritorio que se hicieron alcohol cuando ese tango volvió a contarte cómo acabó la historia.
Todo es expresionado. Hieren las palabras porque ocuparon muchos kilómetros en el fondo de tu vaso cuando beber era quemar la casa, desaparecer como ladrón, dejar masticados los cielos secando en tu ropa. Con mi primera persona retorcida de hielo debajo de tu cama, tanteando el fraude de un paraiso. 
Y blablabla. Demasiadas palabras que defienden el desencanto. He estado muy lejana de miradas convexa asomando en mi pared el desteñir de los bodegones. La crisálida de la violencia galopando en mí cuando las sombras ya no tienen nombre ni rostro que atar a las algas.
Voy moviéndome a través del humo. Estoy triste por alguna razón metafísica, críptica y compleja, que se abraza a mí por las noches como los escombros de una hoguera e insiste el despecho de tus bares de marzo.
Y no es momento de echar cuentas, ni de ordenar los añicos del corazón de trapo de Molot.  Ahora hay que seguir. Despellejar en esa entropía la mecha que movió de sitio el interior de los lirios y averiguar porqué te devuelven aquí.
Ahora el café. Se asoman las águilas en los picos del monte. Se derraman esos recuerdos como hechizos que la mar contuvo. Sólo son tres o cuatro días... aquí, en el borde de tu silencio. Luego la mar dirá. Volverán los caminos a incendiarse cuando esos ojos soplan las vértebras de la nieve y detrás las llamas aguardan cubrirte y echar al viento lo que la noche quiso destruir.
El cielo se ha cubierto. Las pisadas pliegan retos de golondrina... y ya se van.  El otoño vuelve para esconderte entre esos cajones de postalas y cicatrices de música.
Te he amado todavía cuando ningún camino podría acariciarte desde mi cuerpo. 
Son días de anestesia de aguarrás en las raíces oblicuas de ese gérmen del romancismo haciendo grietas en el mármol. Con la culpa de tu caligrafía sobre el temblor de manos de una resaca sin recuerdos cerca del mar, con moratones dibujando el aurora donde la vuelta de campana de tus gritos insiste demasiado en la perdición.
ésta hora siempre dormida, naufragada de la salvia, de la nostalgia de la voz de mi abuela en la oscuridad de los negrillos
cuando vuelven a contarse las ausencias en la aspereza de un papel calado con tu vino, expuesto al desconocimiento, al abandono ajado de las guerras de la lluvia en los escombros de tu casa, entre nosotros como la intromisión de lo destruido vendimiando sombras donde tus muertos exponen el sepia de las mitadas repartidas insaciablemente por la pérdida, cuando no suman los gritos la pintura de los graneros, cuando el amor es una enfermedad extinta en pájaros de madera, haciendo momias con tus ojos enroscados a la misma perdición que bebí de tu exilio
Esas historias se van. Se suben a los hombros del hollinador, desnucan las brasas, acaban toda la ginebra y cuando ya no quedan suelos contra los que caer inconsciente y grabar un hálito de etanol y hacha, nos vamos, desperdigados como el vaho de las autopistas en esos canutos que devolvían a la mar a los muertos del pasado. Y somos sus esquelas, su líquido amniótico, su quizás antes de que lo tragara la vergüenza ajena al vomitar mariposas en la pared.
Nadie puede salvarlas. Ni siquiera la literatura.
Si insistes se volverán fantasmas anoréxicos, retorcidos de las noches del exceso y de la nada.
Hay que voltear debajo de las piedras el agua estanca, vestir a las margaritas y correr. 
No fuimos culpables de ninguna crucifixión del tiempo ni de la letra. Fuimos si acaso, síndrome de herida y de gozo, al alzar del caos, porque sólo el caos fue la almohada, el reposo, el vínculo con el humus del universo. Y allí sólo fuimos andrajo de vagabundas y de trileras. Jugando a la eternidad y al amor, perdiendo extremamente lo habido y lo amado, y recomponiéndonos por la irracionalidad del dadá y no por otro destino.
Al abrazar los violines en el alcohol. Echar al vuelo la atracción de mi sepulto. Elegir perros en lugar de trabajos. Elegir la música, y no la tierra.
Con la tragedia como el pomo de la puerta, como la flor del cigarrillo. Marcada en tus botas como la ruta del opio. Y al volver, amnesia, golondrina del éter, el norte pinchado en el helio. Apostasia de las buenas intenciones cuando gritaba más el naufragio que el reposo.  Y si alguien pregunta, saca vino y queso, un arrugado horario de trenes con las huellas dactilares del pez y el queroseno. Y al pairo lo demás. No quieras salvar nada, ni el propósito, ni la razón, ni tu casa. Nosotros vinimos de la grieta, fuimos sus hijos desnutridos, su credo, su esperanza. Otros vinieron a dejar semilla y a levantar faros. Otros se aman hasta la locura en las cementerios de las ciudades, con las cunetas como rifles en sus comisuras. Otros escribirán obras que valgan la pena. Nosotros no. Nosotros vinimos del hueco a ensanchar su sombra, a remar la tierra vomitada para que los ciervos nos miren a los ojos.
cuarzar la propiedad de tu ausencia en mi paisaje
desenmascararla en los gritos de la noche dentro de esa botella de cristal
después la bala y los ojos que parpadean un fin y una deuda gramática con tu cubo de basura
fadar el sacrilegio del yo-soy entre el vapor combustible de los rostros demacrados por el nombre, por la exactitud de la derrota
cuando dije adiós, para no hacerte daño
para no endeudar más bares al olvido

y en tu bondad se partió un tejo en mi suelo

luego remontamos literatura en las aristas

siempre llorando la desequilateridad de un desconsuelo entre la matriz y el golpe

con morosos gestos escalando en el barro lo que se iba
pegándolo luego en tu voz atropellada en mi colchón

mientiendo la puta esperanza que quedaba para cicatrizar la herida
y de su orificio nacieron todos esos argumentos que la vagina de la noche germinó sobre la niebla

porque éramos muchos y ninguno podía cortar el cable
ni decir algo definitivo

y cuando borrachos negociábamos dónde empezar el incendio
el gramófono nos hizo cantar esa horrible canción
sin patria, sin porqué, sin te estaré esperando

todos hijos de la infidelidad y de la ruina

con esa maldición que nos amamantó cuando la tierra se levantaba en guerraa
y nosotros fuimos víctima y arma del poema que olvidamos

yo no lo sabía entonces porque sólo tenía 7 años, y pensaba en cómo sobrevivir a aquella pesadilla, mientras pelaban habas en el patio y un perro compartía conmigo las pulgas y el porvenir

en ese papel tu nombre no había prostituido el verano
ni yo te dibujé con ceras el parricidio de las ciudades
ni fingi tener algo para ti

fue luego cuando nos hicimos complejos
fue luego cuando quitarse la ropa era quemar un teatro y sacrificar al cartero y romper una escuela

la ternura siempre fue cosa de bestias
lo otro era cobardía

por suerte había mucha escarcha en el cristal
El martes me iré al mar, sino vuelven a torcerse los calendarios. Ahora los chopos danzan con el viento. El silencio del huevo de la serpiente germina espías y asesinos en tu escritorio. Estamos a la vida volcadas hacia el vacío. Con el suicidio del muñeco borrando tus poemas de amor entre botellas de vino, semen de arena mojada, agrietando el granito, donde la noche entró más que tú. Hay un camino obscenamente detenido, entre una pared y un hacha, sacando puntas de tormenta donde ese amor ya no puede vivir. Y refriega en tus instrumentos el orificio del lodo y los cementerios de fotografías pervirtiendo en el olvido algo que ya no mueve los grados del cubismo en tus heridas. Ni a mi puede conmoverme mientras los días succionan los rostros de cartón que la lluvia empaña en mis ventanas.
Mantenerlo en secreto. Huirlo de la página. Desarraparlo del tictac, de la arena, de la mirada de los ferrocarriles y de la verdad de la rosa y de la espina. Que sólo la metáfora en su jeroglífico lo diga y que nadie lo entienda, sino mis huesos en el interior de las olas. Tengo que conseguir que las palabras lo olviden. Al menos las palabras las desnudas, las que no tienen coartada, las que miran de frente a los ojos. Sólo hay un modo de cambiar el infierno que "ello" me provoca. Y es transformar radicalmente mi relación semántica con su tumba y con sus elefantes, con su ocaso y con su guadaña.  Tiene que formar parte del subconsciente del poema, pero no del mío. Sé que por las noches como una trágica adicta vuelvo allí. Me abrazo con las aristas de su esqueleto y me clavó la ausencia, las ganas de morir y de matar. La palabra tiene que hechizarlo con el peyote. Convertirlo en una capa secreta del éter y de la inexistencia. Separarlo de mi piel, de mi vagina, de mi sueño.
Hay un yo que se me ha desaparecido. No sé si fue en ese cementerio cuando exprimíamos del vidrio un canto del tejo. O al dar vueltas aquél callejón cuando el cuervo trajo noticias que no queríamos conocer, e insistió con la inexorabilidad de la inocencia de la tiniebla, y nos dobló en el camino la espalda con la saliva del Leteo cavando fosas entre las palabras y las huellas que sobre tu mármol dejó mi lágrima matando vencejos.
No sé qué coño fue. Un trueno removió entre las tejas el diccionario de los caracoles.
Y se marchó la alegría, dejando flores secas colgando del balcón, salvando el sol a pesar del naufragio. Yo lo busco. Cuando estaba conmigo, cantaba y reía desquicidiamente, todo me parecía poesía, el amor era combustible a pesar del muro y del hielo. El paisaje inundaba música clásica en la absenta. Y todo fundía como arpón en el agujero del cielo la vehemencia de estar vivos.
Hoy estoy en otro sitio. Haciendo espacio para el chantaje de los sepelios. Para el sudor de ladrillo y de cicuta negociando con tus fundiciones un cacho de la flor que tatuar en la carne y decir ya fue suficiente, recoger todo y marcharme.
ahora soy también el lado contrario
el secano de los girasoles en tu bicicleta rota rodando viejas ciudades destruidas donde los ojos empiezan a arder y desvirtuan tus brazos atados en mis agujeros
han sido tiempos violentos e irracionales, con esa caja musical llena de sangre en la cacería de tu voz frente al olvido
de tu huella en la hoguera que el camino agita contra la llegada

y han sido días de hielo, bordeando la infidelidad crónica con la palabra, también en tu cuerpo, en lo que hablé con tu madre cuando caía la noche sobre sus hombros como la misma maldición que en tu infancia unió nuestros caminos

ahora miro entre el centeno aquellas fechas esparcir maneras de marcharse, siempre me marcho de algo y llego desarmada a la deriva que empuña lo que creí saber de los significados y los vomita, como esencias divididas en la opacidad del sol, mientras a lo lejos, una sombra llora saltando desde el octavo y escribiendo en el suelo lo que tú escribiste en ese papel que hizo de pistola la medianoche de aquél 24 de agosto cuando se acababa la fe del camino que habíamos elegido

tuvimos que cambiar de dirección, yo no le pregunté nada entonces a las orillas, tomé los colores de los escombros, los metí en una botella, cargué las carreteras en su dolor, y soplé, todo iba muy rápido, la derrota no dolía entonces, porque ella era el motor

luego se fueron denigrando las canciones que le cantaba al hueco.. se ensilaron con demasiado alcohol y turbió la profundidad de haber vivido durante tanto tiempo algo que ya no tenía ojos ni movimiento... y engendró dentro una criatura de la guerra que se alimentaba de la gruta del llanto, de la escopeta de lo huido, y tú y yo éramos pelota y pared, puente y dinamita, de algo que en el fondo nunca fue nuestro ni pudo conocer nuestra historia

yo seguí amarrada a la paja del espantapájaros, deseando en la lluvia la embestida de un territorio que alejara para siempre ese sentimiento de la tumba... y a medida que afilaba el movimiento hacia esa médula punzada por el éter, iba olvidando oscuramente lo que tenía en las manos antes de bajar por tu piel la jodida esquela de ese verano... pero aquello pesaba como el plomo y fue despojando en mí la idea de la llenura, del hechizo semántico, promulgando juegos eclípticos que volvían violento al abstracto
Hay un día hermoso. Las vacas pastan y se agitan por el monte. Hierro duerme.  Yo busco en mí algo que me retorne en fusión con la vida. Sé que es un proceso lento.... volver a abrir las metáforas que tomen de otras la ventana, el nado, el ejercicio del fuego y esculpan los ojos que quemen la vehemencia hacia el seguir y que nada sea inútil ni circunstancial, que todo sea la pasión, el amor, el juntar de la piel en el salitre y explosionar estrellas donde el horizonte se haga muchas casas y ninguna ate propiedad.
No vendrá de forma fortuita. El desencanto es complejo y tiene muchos motivos. Será un camino de resistencia. Las metáforas irán acudiendo en la huella, la bifurcación de la ruta, la multiplicación del gesto. Necesito disciplina para escribir pero sobretodo a la hora de maldecir contra el cielo mi existencia. Todo ha de ser un acto creativo, al que no le importe tanto mi historia, ni mis ausencias. Yo tengo que ser un personaje terciario avalanchando el humus, el pétalo y el cuchillo.
Me he vuelto a dormir. Y soñaba algo más luminoso y profundo. Me veía a mí misma en los últimos años, veía mis escritos, mis pensamientos, el abstracto, había un escritorio, y un objeto expulsaba esa mirada como en un cubismo, yo estaba allí, pero sólo me veía un trozo, y también estaba fuera.  Creo que he tenido una época algo depresiva y destructiva, algo que no me unía a la vida, ni a las ganas de ser ni de seguir. Y en éste sueño aparecían viejas pasiones y necesidades intelectuales, búsquedas, rostros de arena y de sal. Algo que cobraba un sentido con muchas capas.
Soñaba algo con una bruja. Era de porcelana pero luego cobraba vida. Había un mercado medieval y una especie de fiesta. Pasaba algo con el sombrero de pico y con otros personajes que ahora no recuerdo. El sol ya entra por la ventana, hoy no hay niebla. Los cristales están empañados. Tu soledad ha estado muy dentro. Todo comienza despacio, enfrascado todavía por alguna herida. Esa tristeza que se muda de piel y verticaliza en la naturaleza un porqué que no sé proteger y que sufro como una desbancada.
a veces me canso de saber hablar
No estoy en tregua. No hay ningún pacto que convezca a la soledad, ni que deje tu sepulto lejos de mis pasos. Ya no hay casi quimeras encima, ni tampoco está debajo el suelo, ni levantaremos una casa. Somos los que se van, sin nada, aunque tengo atado tu colibrí en la luna que se dio la vuelta aquella noche en tu cuchillo, siguió clavando los ojos de las cigarras donde los veranos eran pandemias y siempre salíamos enfermas pegadas a sábanas de cristal espantando los trenes. Hoy la nostalgia es patológica y también esos números que se vuelven locos y se van con los patos que van a morir ésta noche antes de aclarar nada de aquél marzo. La noche dura demasiado tiempo, mientras saltamos en las vidas ajenas el fuera de campo que crucifica la poesía en el amanecer que desata la lluvia y las barcas, donde tú nunca vuelves a preguntar por aquellos hijos de nuestro hambre.
Ya no debía volver allí a profanar el mármol, ni a quemar el coñac. Aunque no me he ido de allí. He puesto delante la dignidad de una esquela. La ilusión ida al ron de los barcos. El dadá que nos dejó, cuando las cucarachas sabían mucho más que nos de los encuentros. Tuvimos tantas despedidas que la lágrima era un puñetazo en el gas, escupiendo postales de arquitectura a los adictos a los agujeros. Si se murió el amor y no fue del todo, porque trágico dejó media vida abrazada en las espadas, sin el favor del olvido. Y hoy todavía nos llama. Y los bares han oido demasiadas veces esa historia y ya nadie paga el vino si empiezas por ahí.
Canto sumergidamente tu boca debajo del agua anegando con absenta la proa que cayó en mis brazos cavando tierra con esa abrasiva memoria del mar que nunca más nos dejó quedarnos.
Ladran hoy los valles tu escalofrío. Por la noche los zorros afilan sus dientes en las palabras que ese papel que guardas donde no alcanzan tus manos gime en mi luna el fruto de las tumbas.
Hay tanto cansancio que llegaremos bailando a la muerte, abriendo botellas y grietas, donde ese invierno escuchamos esa historia tan triste que secó las lágrimas de los abedules y ya nunca volvimos a conmovernos cuando la volvimos oir, pusimos esa mueca, pedimos un trago, algo nuevo a la carretera y un adiós. Hay veces que cuando se llora algo con la osa mayor, se va para siempre, como un barco entre las llamas. Y así en las corolas de tu hielo, cayó mi nicho, acumulando en tu sal, exequías lisérgicas que malvendimos en los callejones que no quisieron saber quiénes éramos.
La esperanza es una vagabunda que pega su aliento de vaho en mi ventana, hunde la profundida del mezcal en esos cristales que se parten cuando las aristas dibujan tu rostro al cielo que huye. Y cambio mis heridas en las suyas, como dos amantes de tiniebla, cristalizados en el ámbar que bajó por tu espalda como mi sangre. Y magreo en su suciedad la mía como si fuéramos a llegar a casa, atadas, verticales del último poema del suelo antes de partirse en el cráneo de la gaviota.
La rareza. Esa pintura del verbo cuando se deshuesa y deja para después el grito y las manos que recogen en el horizonte subjetivo que huye esa sombra que ensañó sobre tus labios los bares rotos del invierno atajando caminos en llamas donde nunca más supe de tus dados ni ese doble o nada de la lágrima de Franquestein entre nuestras ruinas.
Guardo silencio como se secuestra a la luz y en las armas de los horizontes se entrega todo lo tenido a cambio de un desgarro metafórico, áspero e hiriente.
Mi fe ya no está. Quedan collage pegados al piano con el petricor y el olor de la goma quemada. Sin amor tantos caminos sudando el insomnio de las palomas respirando tu alucinación. Oxidando mi máquina de escribir. Es necesario seguir. Sortear la tiniebla, sacar de su vientre la leche materna que calme el precipicio. Hemos perdido a mucha gente mientras seguíamos. Esas pesadillas tiñen tus cartas con los huesos de mi soledad dando de comer a la espina del pescado el ansia del sol.
Seguimos arriesgando la palabra y el futuro. Aunque nada asible fue la digestión de la ginebra en esas lteras que de vuelta enterraban el puñal en una mano de madera. Y deseé en tu fuego un final que nunca vino. Una razón que se sobrepusiera a tu muerte. Y fue el expresionismo violento entrando a la fuerza en esas casas y secando los salmones en sus tendales.
Ya no duermo en paz. No llegan noticias del norte que sobre el cadáver de la urraca nos dejó un lecho.
La deriva se ha vuelto más cruel de lo que pensaba. La ausencia del sujeto ha invadido en el interior de tu oscuridad el pecado de la mía. Los carruseles dejan payasos muertos en nuestros patios. Yo sigo peinando esa muñeca como si estuvieras detrás de la puerta. Hemos llegado demasiado lejos como para renunciar. Y aunque no entiendo nada de las señales ni de la obra, la mar abre sus piernas, el fuego promete arrancarnos el corazón, estremecernos con las vísceras de los olvidados.
Es tiempo de arena. Palabras que cayeron como pintura entre las grietas de tu perdición. Días de campos de cultivo que se secan en esa bala que atraviesa tu techo, quema el caballo de madera, persigue un imposible abril que ama también en tu amnesia las ruinas que te envió mi buzón cuando el cartero suicida no quiso jugar más.
Y no hay quién. No hay un motivo que explique una vida, ni que defienda ninguna identidad entre el humo. Voy como la sombra de la madreselva hacia el vacío y la perpendicular. Espero ese viaje con urgencia. Como si fuera a hallar un sentido. Algo que hoy no puedo tocar ni desear. Como si la mar al abrise descubiera el tacto de los peces en la espalda cuando los brazos son barcos, cuando la memoria es el velamen que arde en la tormenta. Y la escritura está, como lo inasible, como la tierra cicatrizada del migrante en el pájaro que cruza y vale todas las vidas. También como el pecado, como la ausencia. La soledad abre sus latitudes hacia ese lugar donde nace la alucinación. El amor es una espina clavada en un dinosaurio. El tiempo no juega a nuestro favor, ni la razón, ni el futuro. AMo todavía ese violín rompiendo en la noche tu caja de ceras.
Le cerré mi puerta, porque mis paredes tenían un rito de absenta llena de grumos de recuerdos torcidos y caminos subterráneos que lloraron incendiadamente cuando la urraca se acercó. Porque me hacía sentir opaca de la noche. Como si tuviera que ocultar algo. Como si mi historia fuera un error. Como si en sus manos un puto paraiso e idea de la perfección y de la verdad, hiciera mi camino una pandemia de ventanas rotas en el acordeón de la enferma amapola.
Ya no queda casi nadie, pero a veces prefiero la compañía de los perros, que los dogmas de los que usan el diccionario. Sé que todos estamos en la selva, sobreviviendo de casualidad y que somos animales heridos, sin casa, sin porqué. Cada cuál se mete la flor que quiera en la jeringa. Cada cual ama un dios al que traicionar o al que vestir de gasolina y credos. Y pierde en su amor, parte de su identidad y gana un rizoma, una mentira, una guitarra. Y todos vamos arenas movedizas simulando una arquitectura que no existe, que es éter, pupila dentro del mar, canción de los quemados. 
Yo tenía muy frías las habitaciones de mi casa partida a la mitad. Como para incluir un frío ajeno y tener que andar alquilando muñecos de nieve para esquilar las lágrimas del tiempo que no dejó nada. 
Me hirió porque le amaba. Porque mi escepticismo ya estaba demasiado sangriento y se avalanchó la furia de la soledad.
Acumulé en el fondo del río, circuitos de peces que masticaban en tu sombra rutas de cangrejo. 
Hoy las montañas abrazan como el luto la huella inefable de los que nos iremos.
Mis musas son esqueletos de materia inerte vomitando sobre los girasoles la sombra de un erizo, o un tejado en la escarcha, petrificando la huella de la urraca cuando tu casa está vacía y me odia. 
Es raro éste constante pulso de ser nadie y amar agujeros que alguna vez en una tierra inaccesible pronunciaron un nombre que hoy no recuerda ni el mármol.
No tengo fe. Tengo que empezar por aquí para explicarte porque mis puentes no hablan de esa Francia donde repartimos el cubo de la basura y las flores. No tengo una marca en mi piel lo suficientemente apasionada para explicarte porque hoy vivo en el fuera de campo de tu amnesia y de tu alcohol. Ni porqué al cruzar la calle, mirando el suelo, con el semáforo en rojo, el canto de los sapos anega tus pasillos y nos expulsa como hoja que se cae y se traga el petricor y escribe allí a los muertos una rara oda.
De mis bolsillos, salen agujas de coser que atan el retrato de los espantapájaros en el humo que queda para olvidarte. Pero es paralítico. Tiene demasiados vicios para poder hablar del inconsciente colectivo y de la pangea. Anuda hogueras a los bares a los que va cada noche como si le fueran a dar una muda para la cama y para el futuro. Como si un tren rompiera en tus costillas la ardilla que viene por las noches a comer los ojos del que habló del agua en mi oscuridad.
Todo se borró.
Una huella tartamuda removía debajo de los charcos el olor de tu chaqueta con esos truenos rasgando en la introspección del camino tu calada de hachís, patada de luna, mañana ya no estaremos.
Y subías todas las tardes a ese autobús, cargando la arquitectura de la margarita y la guadaña. Obstinado de hallarle un lugar donde estirar el diccionaria y la vala, abandonarlo contra el viento y la noche. E ibas alfarero y coleccionista de bar en bar, con esa fe esdrújula y combativa, que me daba la vida y el sol.
Pero un día dejaste de creer. Seguías haciendo lo mismo. Cargabas esos pétalos de pólvora, como rios subterráneos de Rusia regurgitando en la nieve la huella de sangre de los lobos. Pero tus ojos se volvieron más oscurso y más frío tu pecho desarmando en la madrugada tu sombra, tu precipicio.
No sé por qué lo hiciste. Sé que yo lo hice al mismo tiempo. Las migas de pan que el asfalto envuelve no notaron la diferencia. Ni todos esos extraños que a veces seguían ofreciendo la risa y el imposible.
Pero acá dentro, rompía el tiempo todas las llegadas. Una palabra dejó de decirse. Se apagó el fuego, no sé si porque eras demasiadas ausencias para tan vacias manos y las cicatrices nunca dejaron en paz a la inspiración del pintor.
He estado jugando con el gato. Mirando por la ventana, la mordisqueada ventana que al lado de la mar vi en tus ojos y era todo lo que quería. Hoy muy lejos del hacha del horizonte rebanando cráneos para que esos búfalos coman el verde que sobró en nuestra alma a la salida de esos bares. 
Todo es raro. Y la idea de la normalidad sé que ya nunca la tendré. Hay un grito de campos de cultivo derramados, cuando tu alcohol cautiva esa calle en tu cama y me ata el atajo al cementerio donde sellamos el quizás que el cuaderno enterró entre nuestras bocas. Y no lo sabíamos entonces. Luego no importó una mierda saberlo. Ya era inevitable y demasiado complejo para que el poema sirviera.  Las tardes se bajaban las bragas cuando tu bolígrafo dibujaba esas palabras rotas en mil pedazos en mis paredes. Le otorgaban un sentido a la tercera persona que fuiste en esa boca del metro, empujando conmigo una ciudad que saldría malparada de la historia, de la curva, del coma etilico cerrando los párpados como cuervos que nacen.
Y todo ese ruido de la sociedad, de la cultura, del chicle pegado en el asfalto, de lo que era el bien, el mal, la belleza, la pobreza o el camino equivocado, como el trakatrá de una onomatopeya llena de heroina que no nos dejaba en paz. Unos con que es al mediodía cuando se espanta a la muerte. Otros que si con un patio y columpios. Colección de estampitas de la vírgen. De tickets de mediamark, de la filosofía de las botas de plomo bajando una escalera mecánica. Y el canto de matrimonio, del acné, del vino tetrabrik, de la amnesia y la silicona. Y lo que decía la tele, lo que olía a mierda en la tripa del burgués y el metanol haciendo más grande el agujero de la capa de ozono, y el sudor malgastado en la escuela, en la cola del supermercado, en esas chimeneas insaciables del olor del cianuro, de las palabras cuando ya no sirven para nada. No había forma de dejar de oir esas cacofonías, caníbales, hambrientas, manchando el silencio con el sonido de las monedas, con la hambruna del espejo, con la enfermedad del civilizado..
Y tú que sólo sabías de perros, lo perdiste todo por seguir tu amor.
Hoy caminamos despegando lirios del suelo, acuchillando nubes, buscando descreidamente una casa o una hoguera. Un fin que sea retroactivo, que devuelva el poema o el nunca más.
A veces es una burbuja de gasolina flotando con un coche que subí hacia el cielo meándose autopistas de peaje en los escombros de tu cocina, con ese canto de amor en el semen reseco de tu sabana, acariciando selvas y rascacielos que se parte en el Paris de 180º del demonio entre tus venas. Girando y golpeando la lectura de mi pupila en tu carne, en los abalorios de esa fiesta cuando subió el alcohol y bajó el abismo a retorcer en tus botas lo poco que le quedaba a mi esperanza para darte una explicación creible.
Y vivo así, acuchillada por la inexistencia. Amando a los patos que vuelan en manada y nunca les alcanza el disparo del cobarde cazador. Ni el suelo les atrapa cuando cantan los cementerios las historias que el s.XX dejó en las cunetas.
Y somos huérfanas de todo lo que defendimos, si al reverso de la playa, los cangrejos lo dijeron mucho más alto y ningún argumento pudo discutir la abrasión del fuego contra las palabras. Oigo tu voz entre las piedras que me recuerdan que nunca podré volver atrás. Te veo perderte por una calle, adentrarte en la multitud como un lobo confundido, ansioso y triste, subir y bajar de esos trenes, de esos libros, de ese número colgado a la puerta, donde alguien da una patada a tus zapatos, hace sitio a nuevas rutas y en tu espalda un colibrí olvida mi sangre. Y alguien dice tu nombre en una fábrica abandonada, aquellos lugares del norte, con nieve cerca de la mar, donde las velas duran un suspiro de whisky, donde las mantas pesan 200km sin hogar y llevando esos papeles en un maletín descosido, encima de tu cabeza con cerveza y aspas. Y te amo inútilmente mientras el carbón rompe en mi cocina la supervivencia de los corderos. Hay algo irreversible y maldito en mi amor, en los 30centímetros que nos separan de la muerte que nos une.
Ese quién se ha borrado hace ya mucho tiempo con la atracción una orilla-cuchilla y matriz. Raíz de la deriva, tempestad cromática que multiplica el diccionario del poso de whisky en tu sótano-conchón de mi desencanto. Alicia se cortó las venas pensando en ti. Y acusó mayo la nieve olvidada que las cigüeñas exiliaron en tu casa, con mis platos rotos entre otros objetos personales que tenían demasiados sentimientos para poder irse. Pero no había ninguna otra cosa qué hacer.
Echo de menos aquél lugar de la infancia en el que andábamos saltando entre zarzamoras, succionando de la página no escrita la saliva de la ballena y tornando jaurías de barro y de bichos que extendieron sus alas donde no hacía falta ninguna explicación.
Es raro no amar, y andar unida a su canto, como una bacteria, como un espejo cóncavo. Nutrir su fruto donde la noche no responde y soñar opio, fachadas arrancadas con calderos de pintura, y ese serenata del alcohol y los cacharros de metal en el mestizaje de tu tercera persona y mi olvido, enredados lluvia y éxodo. Ser como las pulgas, como las aceras desaparecidas en un parpadeo de hachís, como el combate y la ausencia.
Me he dormido sin querer. Sólo me había echado para ver si encontraba el susurro del hombre de madera. Sonó el timbre. Sentí mi corazón latir a toda velocidad, durante un segundo sentí que mi cama subía y bajaba a toda velocidad. Volvió a sonar el timbre. No abrí. Me hice café. 
Vuelve despacio el verde al monte. La soledad inflama tu mirada del cubismo donde la primera lágrima afila esa guitarra y el whisky y zarandea caminos de polvo que borraron tus papeles.
He echado mucho de menos a K. estos días. Mis cosas ya no las cuento. Se quedan cosadas y acosadas en la infidelidad del queroseno y de los trapos de ciprés. Se hacen turbias e infieles. Se marchan suicidas hacia carreteras que ardieron. Hay demasiadas ruinas a mi alrededor. Pero me iré a la mar. Allí volverá la esperanza. Allí no me sentiré enferma ni presidiaria, ni la puta coleccionista de vidas de tinta y de limadura.
Necesito descansar saltando entre las rocas. Inhalando del ocaso la sal que sobre tus brazos perpetró un canto que siguió la luna aunque tuviera que traicionarnos a los dos.
He escrito un montón de palabras todos estos años para poder vivir sin ti. Ellas ya no me pertenecen. Mi vida no baja ni sube las escaleras. No hace pinturas aguardando el eco del viento ni de tu aquí. Es un error endémico de ostras y de perros. Yo ya me he retirado. Ya no le hago juego ni coso sus bordes, ni hablo de tú a tú con las azaleas. Ya me he ido. Sólo quiero vivir con un perro, un terraanova negro, y estar en cualquier sitio, porque ya no hay ningún sitio. Escribir mientras nos hieran las estrellas.