27.6.09

De la miseria quedó tu rostro siniestrado, las manos queriendo tocar y no llegando la cruz que colgaba del cuello sangrado, una pesada losa escribió el fin del recuerdo, ya no había nada que sustituyera el oxígeno, lloraba la muñeca y las heces hacían sombre sobre la psicosis que nadaba entre el lodo y los sapos muertos, una carta triste y desolada te nombraba en la última noche y un abanico de tumbas guardaban los libros que quemados expiadaban el final.
Ojala hubiera habido alguna oportunidad.