HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Al final cambiaron los planes, me iré por la noche. He estado en el río con el perro ahora... detrás de esa otra palabra que se quedó derretida en tu pared. Tengo que volver a entregarme al poema, a ese órden de su caos, a su pasión y su llave de lava en la grieta de tus ojos demacrados sobre la distancia que a los dos nutrió de la lejanía del piano de alambres en las rosas furtivas de tu destrucción cuando mi papel rehusaba tus artimañas y las mías, tan lejos, tan inuniblemente de tu casa ventilada por mi pólen atormentado.

Estos días de atrás, busqué el cielo. Busqué la pureza, la vehemencia del Silencio, del beso del musgo y de la garza, lo sagrado del amor cuando no quiere nada para sí. Y hoy vuelvo a mi callejón. Vuelvo a mi deshacienda e incertidumbre, a mi casa de cenizas y de sueños pirómanos y advenedizos.  Y sigo creyendo lo mismo que creí en el infierno y en la orilla. Todo es voluble del clavo que se desintegra en tu lienzo de mazapán y hachís. 

Estos últimos días.. he andando hablando con desconocidos... y me he sentido Zaratustra cuando meaban pis y latas oxidadas sobre sus ojos de fuego y de vacío.  Me he sentido un extraterrestre.  Esto, me ha recordado a mi guerra existencialista de mi adolescencia. Y comprendí con aullidos, porqué tomé el camino de la locura.  Era un juego inocente al principio, de erótica y de arista, de te doy y lo quemo en el espejo del techo adyacente de tu caballo de madera muerto de miedo en un charco de sangre. Y tu flor, tan frágil, tan desnutrida, en mi regazo de abuela psicótica con marmotas en sus pechos chupando luna. 
 
Esto ha sido importante. Para desvelar en el fondo de mis cicatrices, el asco y distancia que me provocaron aquellos que creí mis amigos, cuando empecé a seguir el camino de mi espíritu. De todo aquello que me rodeó tantos años, cuando yo aún buscaba una manada y me sentía una humana tal cual a ellos.  Cuando me hacía preguntas peligrosas que destruían nuestra forma de vivir y cuestionaban los vínculos de nuestra supuesta amistad, cuando las compartía con aquellos que creía mis hermanos,  y a ellos les causaban tanto pavor, que sacaban sus lombrices... y ensuciaban mis oidos y mi corazón. Y me hacían sentir Franquestein. Porque ellos jamás se preguntaron, porque la ignorancia es muy vanidosa y quiere vivir a salvo en su sucia prisión. Y poner florecitas a los muertos.


He visto lo mismo estos días... en aquellos con los que hablé. Se ha despertado en mi pecho de nuevo el calambre del lobo.... la humedad de la cueva, la noche de los jabalíes del exilio.

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