HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Al final vuelvo al poema, porque es volver al agujero por el que te enterramos, cuando nadie sabía ni de dónde saliste ni si alguna vez tuviste corazón. 
Hoy he vagado absurdamente por la ciudad. Con una bala señalándome el pecho, desde el final de la carta que jamás escribiste. Pero tú no eras tú, ni yo esperaba leerte. 
Ahí afuera todos hablan cosas muy raras. Creen que son normales, porque se oyen como bufones que vomitan esqueletos de peces en todos los sitios. A mí me resuenan en los oidos, como la ausente flor en la tumba de mi abuela.  Y me hacen sentir un cangrejo y una rata. Me meten dentro una cacafonía que no puedo soportar sin que mi máscara se haga pis de arlequin escribiendo en la pizarra del colegio.
Yo antes iba de intérprete. Y para eso hacia una vasectomía a mi lenguaje interior y escupía una cebolla acaramelada con laca y perfume pestilente lleno de sangre que me hacía llagas..., para que el otro dijera "ah si, sé por dónde vas" y me dijera su divina comedia y su bella teoría. O para que me llevara a su cama de espinas y whisky. O para que me amara. Y yo tomaba el amor como una prostituta. Porque el verbo nunca fue el mismo entre los dos, entre ningún entre dos y nadie iba a ningún sitio.

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