HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy en una terraza de un bar... encontré a ese chico que conocí una vez en el manicomio. Se llama David, tiene los dientes mordidos de heroina. Tiene en los ojos, la noche de cien siglos. Tenía la misma risa.. esa risa que parece que te clava los colmillos y el corazón. Esa mirada que se clava una milésima de segundo en la pupila y te hace arder.. y en la siguiente milésima se va lejos para siempre y tú ya no le rozas, ya no lo sabes, ya no existes en él.  Él también recordaba mi nombre. Nos abrazamos. Me pidió que le invitara a un café, pero ya no tenía monedas, le ofrecí un trago de mi cerveza, pero no lo quiso.  Ese chico me inquietaba. No hablaba con casi nadie. Te clavaba los ojos, y a veces reía, reía como una jauría de lobos, metiendo la risa para dentro, encharcando sus venas. Era un misterio. Siempre me fue un misterio. Qué tan lejanos caminos en sus precipicios... que sólo lo hablaba con sus entrañas. Al mirar sus ojos... y sentir su lobo estepario y el mío, mezclándose.. tuve muchos recuerdos. Me vi a mi misma en sus ojos. Vi tambalearse mi disfraz y atraparse en su noctámbulo brillo. Sentí una embriagante energía extraña recorrerme algo medio olvidado. Y ambos nos imamantamos. Y nos marchamos de allí como dos lobos negros con una violenta prisa en desaparecer vete a saber dónde.

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