HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer tuve una extraña sensación en el insomnio. Era un especie de deja vu, pero representaba un eterno retorno, una fractura espacial y temporal y semántica, una puerta entre la muerte y el fango donde crecieron aquellos poemas. Era como si hubiera vuelto a aquella habitación, durante mil años. Como si ella me atrapara, como si ella tuviera dentro una biblioteca de abismos y espadas y escribía en su oscuridad lo que yo tomaba fuera de ella. Pero era ella siempre.

Ya no me gusta hablar cuando me hablan. Sólo cuando yo quiero hablar.  Quiero volver a leer ciertos libros, cuando me den una tregua mis propias palabras. Quiero sobretodo leer a Rulfo.

Siento mucho más que hace unos meses. Mi mente está llena de evocaciones, de fíguras poéticas, de anacolutos y de fuego y rabia. El problema es que cuando hay tanto, la línea de la escritura tiene que cargar demasiadas direcciones... y a veces desechar algunas sin haber comprendido. El poema es la danza libertaria del animal, el poema no tiene moral, no tiene nada qué defender, ni un horizonte obligado, es y ya está.. Para llegar al poema, necesito la actitud de la guitarra eléctrica. Hoy estoy en prosa, porque hay significados en mí que necesitan, que nacen, hacia una formación más racional, más filosófica, aunque sea dentro de mi estructura poética y abstracta respecto a lo que hay.

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