HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

De esa epístola envolviendo una piedra.... golpeando una frente a la medianoche cuando el arriba y el abajo comparten la misma voz, y el infierno y el cielo, son una moneda caida de canto en la llamada de tu herrumbre.
Nunca se olvida lo que se necesita olvidar. Se olvida lo que llegó infiel, juego de naipes, botella de ginebra asaltando una casa cerrada.
Amé la sinceridad de él, su crueldad indómita, su ternura, su palabra sin depuradoras, sin ataduras de moral ni de la hipnosis del fuego y la oscuridad, sin honor que salvar, sin orgullo que lo hiciera hipócrita, ni cobardía que lo hiciera ciudadano.  Su siempre aquí aunque todo muera. Su nudo existencialista, su trauma, su angustia, su laberinto y su selva, sin querer desatarlo, ni curarse ni lavarse en la metafisica ni el porqué, sino vivo en su animal, hambriento en su hambre, extásico en su danza, triste en su abandono, y salvaje cuando hay que pelear. Tan niño, tan bestia. Tan barrio. Tan tonto, pero con guitarra.
Yo nunca fui así. Yo perdí mi espontaneidad cuando era aún niña. Fingí y manipulé, la complejidad de la palabra frente al contexto que siempre me llegó como una tumba de cristal derretido. Fui un disfraz de disfraces de mí misma. Ocultando la herida y mi verbo. Dije lo contrario a lo que decía mi corazón, para proteger su integridad en mi papel vacío. Fui amiga a muerte de mis amigos, sin serlo nunca en mi soledad.  No les traje detrás de mi puerta de olmo entre llamas. No existieron. No fueron una llamada de urgencia a la quinta copa cuando se me caía encima el techo. No fueron cómplices de lo que buscaba mi angustia ni mi canto. Porque eran amigos de mi disfraz, no de mi espíritu. Cuando odiaba mi disfraz, los detestaba a ellos desde la crueldad de un poema y un aullido.. Cuando se rompía mi máscara en mis manos pobres, mi corazón  hacia ellos se hacía un cuchillo que temblaba en mi pared. Y me dolía amar lo que no amaba. Y no poder evitarlo.
Y los que fueron en mi alma...., no fueron nunca piel, ni certeza. 
La culpa no era de ellos. Era del trato de mis palabras con el horizonte de calima y la barca sola que se va entre la niebla.

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