HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El recuerdo de la piel de mandarina, al lado del vaso con pinceles.
La roncha de un foto en blanco y negro, haciendo armas con tus lágrimas por mi mejilla.
Del espacio del tiempo roto cuando del humo del cigarrillo sonó otra vez esa jazz. He hiciste lo mismo que hace 20 años. Y Cármen lloraba en un rincón porque no volverías. Porque su amor marchito mentiría no haber sido jamás. Y de otra mano, saltando por la noche en los cementerios, volveríamos ser jóvenes contándonos mentiras en cuerpos explotados del placer y del naufragio.
Porque esto fue siempre así. Él lo había convertido en un libro, para volver a lo inevitable. Y en su cáscara de botella de whisky, hizo lo mismo que yo con el soborno de la luna.

No me suelo arrepentir de nada. Pero si algo me pesó de nuestra historia, fue sólo decirte que no era posible, haberme atrevido a decírmelo entonces. Que mi fe era mi autoengaño. Mi engaño llevándonos a los dos, a un callejón sin salida. 
Si hubiera sido honesta conmigo, si no me hubiera dejado robar por tu amor, un lugar que no era para mí, una mía que no podría sobrevivirme ni a ti tampoco. Hubiéramos mantenido a salvo, la puerta de salida de la casa, el patio, el camino a la taberna, al burdel y al naipe. Sin hacernos nosotros dos, enemigos de lo cierto. Sin tener que haber destruido la casa, el patio, el crepúsculo de afuera y el corazón de la mar que nos vio juntos.
Sino te hubiera usado, como mi vudú y lo Imposible.  Si no te hubiera amado como a un sueño. Como a lo que nunca tuve ni existía en lo humano, sino hubiera guardado tu nombre en mi tráquea, como un rezo, como una soga,  como una posesiva necesidad insaciable de nombrarte.

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