HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Estoy bien acá hoy. La crisis, el hierro fundido, en la relación de la saliva y el verbo. Ocurre, en los primeros días de transición. Cuando abandono mi soledad, soy hipersensible y rabiosa, al sonido de ellos.... y a mi propio sonido afectivo y antiafectivo. Los cambios de casa, han estado presentes estos últimos 15 años. Por otras circunstancias, hoy desaparecidas. Pero esos cambios siguen siendo hoy, en otro lugar, abriendo y cerrando otra puerta. Y siempre los viví con inquietud y angustia en mi escritura y en mi soliloquio, en su transición.  Es como si cambiara mi identidad, como si resurgiera un alma distinta en cada casa y paisaje.  Y entre ellas no se llevaran bien, ni conocieran los mismos poemas, ni tuvieran la misma memoria ni búsqueda.
Aunque en el fondo, me adapto a cualquier sitio, cuando encuentro la isla de mi soledad.
En mi pasado, algunas veces escribía, en un salón, con otra gente allí hablando y entrando y saliendo... porque era la única mesa de la casa, porque mi habitación estaba en el otro lado de alguna otra calle que aún no existía. Escribí en casas llenas de gritos de desesperación y esperpento. En casas de sordos que ponían el sonido del horrible televisor a todo volumen y se comunicaban entre ellos con alaridos de los que no podías escapar. Escribí al lado de la habitación de un tipo que ponía horribles canciones a toda pastilla.. Escribí en manicomios encerrada contra mi voluntad, donde todo lo que me rodeaba, me era una soga en mi tráquea. Escribí borracha, sola, pensando en matarme, en servilletas de bares de una ciudad que olvidé. Escribí en mi cuaderno, sentada en una escalera...mientras el cadáver de mi abuela estaba en una iglesia a la que no quise entrar.  Escribía cuando iba al instituto y la clase me aburría. Escribía en el recreo cuando no soportaba a nadie. Escribí mientras el abuelo agonizaba en la habitación del hospital. Escribía ciega de porros. Escribía en medio del brote psicótico y las alucinaciones de los muertos. Escribía cuando no soportaba las palabras y odiaba con locura todo lo que salía de mí y lo que me rozaba en medio de la depresión catatónica del cielo ahorcado. Escribía cuando el jefe se marchaba del taller. Y en el autobús que cogía para ir a trabajar. Escribí en playas, en piedras de acantilado, en el monte, en tanatorios, en mis casas en ruina, en mesas sin pata.

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