HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ha sido un rato hermoso. El frío otra vez como un barco que agita cierta anchura en el viaje, aunque hace ya mucho que no importa dónde voy. No había casi nadie por ahí. Me sentí más viva de la palabra, de los motivos en su alegato de absurdo, y por su absurdo, se volvían hermosos y profundos, por su inconclusión en el argumento y en el después.
Mi aislamiento sin queja, sin fobia, sin obsesiones. Me hace caminar leve ante la gente. Me hace mirar como un papel vacío espera un borrón de guitarra. No me grita en mi grito. No me hace sentir extraña porque soy ya la extraña. Por lo tanto el discurso y la pelea del reflejo ya no argucen el verso. Porque el reflejo ya está demasiado atrás y delante de mí. Yo no estoy tras el cristal. Cuando estaba en el reflejo, sufría la distancia y mi pedrada, hacía canciones a la contra, al desastre, a la borrachera, al verso roto dentro del viento. Ahora es otro después el que hace canciones con las piedras.

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