HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He escrito el diario de hoy, en otro lugar. Una vez escrito desaparece su sombra y su peso. Su pregunta. Su piedra atragantada en el camino y en la palma de la mano. 
No quiero escribir prosa aquí.
Pero necesito escribirlo para agotarlo. E irme al otro lado del cauce. 
Han vuelto presencias humanas. Yo leo su sentimiento, su oscuridad, la ventana y la sierra, la flor y el humo, mi yo ante, mi no-yo frente. En un lenguaje anti-prosa. Mi mente no se formula en el pensamiento. Por eso escribo el pensamiento. Porque no lo tengo en esa noción. El pensamiento es una parte de la escritura.  Mi mente es sinestésica y cinematográfica, es instintiva del éter, de un balazo de tres direcciones a la vez en mi pecho. Por eso, cuando estoy unas horas sin escribir, entro en un estado de hollín y polvo.  Por eso tengo una obsesión con atraparlo todo en la escritura. Porque sino lo escribo no lo comprendo, no tiene palabras, tiene una masa efervescente que me llena de sacudidas y de fuego y no me deja en paz, se vuelve un síndrome de abstinencia y sed, hasta que la escritura lo dice. Y luego ya me olvido. Ya no me quema. Ya es ceniza que vuela y nada.

Mi soledad... me mantiene centrada, en la música y en el poema. En mi rubor interno. En la caricia de la naturaleza.
Pero cuando hay nuevos agentes y ruidos, humanos, urbanos, reclamos y afectos, luchas e insomnios de otros que se hacen mis cicatrices y mis fracasos y mis gritos, cuando no lo son pero lo vivo dentro, en mi puto dentro, rizoma.. y  me clavan zarpas fantasmas que avivan los ojos ajenos. Cuchillos ansiosos temblando en el suelo. Y se ponen rostros en mi rostro, que son también yo, pero no son el yo de mi soledad y de mi poema.  Cuando eso ocurre.. cambia el lugar de mi percepción, de mi escritura, me desdoblo extrañamente dentro de mí misma, hacia un mí que tomo de afuera. Y la luna se me pone roja. Y me cambia con extremo, la idea de la idea, del bigote del lapicero, de la lágrima de arena. Soy alguien que vive del aire y en el aire. No tengo orilla. No tengo un lugar al que volver. Soy extremadamente sensible a las palabras que me envia el ambiente, a los perfumes, al subconsciente ajeno en la urdimbre del mío y de la atmósfera común y de su vacío. Mi aislamiento social me vuelve mucho más perspicaz del tacto del humo.

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