HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La atmósfera es macabramente hipnótica. Teje telarañas que te convencen. Que te obligan a escribir su verbo, su espejo roto, su sangre en el retrovisor.
Yo viví siempre junto a los tarados. Mi familia fue la percusora de la amargura y la alegría del humor negro del dadá y del colgado en el puente atándose los cordones de las botas de mimbre y cantando una canción de cuna a una rata antes de morir.
Cuando estuve en el manicomio... todos me parecían normales... los más anormales me eran los enfermeros y psiquiatras porque rezumaban hipocresía. Pero todas las experiencias de nido de pez con  cinco ojos en la nariz de pinocho asaltando la luna y pescando un ciervo, me parecían completamente humanas y razonables.
Era como estar fumando marihuana todo el tiempo.
Yo nací fumando marihuana. Mamá me la dio cuando me enseñó a hablar, y luego me hablaron de cómo es el mundo. Fue un chute de heroina clavado en hueso, tratar de hallar la lógica de las relaciones de mis padres y del resto de la familia. Allí no había lógica. Eran todos unos divergentes suicidas y arlequines, trágicos y esperpentosos, héroes de la risa de pis de perro. Me obligaron al surrealismo con espadas clavadas en la noche del fuego.

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