HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto tensa. Sin poesía. Con mala ostia. Con sonidos en la casa. Sin una habitación en la que estar sola para escribir. Me he vuelto más inadaptable al género humano. Una maniaca del silencio, de la anticivilización, de mis pasos invisibles en la hierba. Para mí venir aquí, es una vuelta de campana en mi voz interna. Es el desajuste de mi nervio boqueando de una hoguera el quejido del asfalto. Siento una bala a punto de explotar. Eso me distrae contra el poema. 
Anoche tenía un insomnio sangriento. Tuve recuerdos que aparecían en forma de visiones de épocas oscuras, recuerdos sinestésicos que me hacían sentir lo mismo que en su pasado. Eran atemporales. Eran instantes donde yo estaba completamente sola. Como drogada. Pero muy nítidos. Y era un abismo. Yo estaba muy inquieta, sentía fuego en mi pecho. Y cuando por fin me dormí, me despertaron. Serían las 3 de la mañana. Yo no quería mandarles a la mierda muy alto, porque sino la rabia me volvería a desvelar,  pero no lo pude evitar, porque seguían moviendo trastes en mi habitación y con la luz encendida.
He vuelto a elegir el camino de la escritura. No es que lo abandonara, pero había dejado de creer en él. Escribía sin estructura, sin fe, sin importarme qué palabra, ni qué recurso poético. Me daba igual el serrín entre ratones, que la viola hundida en tus ojos. Pero en mi soledad volví a hallarlo, y buscaba un proceso de depuración. De metonimia de los hechos... de exorcismo de golpe seco y que sólo quedara el poema. Pero la presencia de ellos, me agarrapata en el pecho un fusil abandonado. Y necesito la jodida prosa, intermediaria.  Necesito describir el lugar del grito. Asociar la mano vacía en el acorde de la sangre y succionar con mi respiración el jazz de los olvidados.

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