HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto... pensando en arreglarlo. Esas vueltas de campana, la inestabilidad, los giros de 180º, la desesperanza. Creo que he puesto mi atención en la brecha y he andado cavando en ella, el motivo del delirio y del hachazo. He mirado demasiado lo que no anda bien, lo que me falta, mis motivos de la inadaptación. Y se han roto en algún momento mis nervios. Como no ha estado el poema, la prosa ha desarrollado mucho más las razones de la angustia hasta esos lugares extremos. Creo que he de colocar encima de todo esto el silencio. Un hueco literario. Aquella metonimia que había sido capaz a cumplir en mi soledad y que aquí se me había averiado. Excluirme en el sonido de una guitarra. Apaciguarme a través del vacío que no pregunta ni anhela. Dejarlo estar junto a la canción. Volver con los pájaros. 
Ayer ha sido un día infernal. Perdí mi alegría y mis ganas de vivir, en algún radicalismo, medio esperpentoso del poema que salta por la ventana.  Y alguna parte de mí, les culpó a ellos. Y no he de hacer eso, porque eso me vuelve incapaz a encontrar una salida personal y me vuelve violenta. Debo ser sólo yo la responsable. Aceptar lo que me rodea, como un cuadro del Bosco, como un cabaret desvelado en el espejo de manos de esa suicida a la medianoche. Como lo que coño sea, pero sin afectación de mis anhelos, ni de mis vicios personales. Porque eso provoca la amargura. Cuando no depende de ti algo y no lo puedes cambiar, que sea del todo libre de su callejón y de su piano.

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