HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me quiero ir de aquí y no volver. Soy infeliz aquí.  Sin la naturaleza, me ajo, me lleno de rabia, de paredes mugrientas y de ruido. Siento ese tipo de angustia de los suicidas y de los yonquis. Mi soliloquio se llena de grietas, de nostalgias y de sonidos que ya habían desaparecido en mi soledad.  Pierdo las ganas de escribir, porque las palabras me llegan como cadáveres, no como puentes. Además aquí no tengo un espacio íntimo para estar sola, ni para escribir.

Tal vez ya es muy tarde para mí, respecto al menos, al aquí de los otros, a su ahora, a su amor y su futuro. He llegado a la soledad por todos los caminos. Por los de la utopía y por los de los escombros. Llegué por fracaso y por victoria. Por rabia y porque sueño. Por descarte y por acumulación. Por sangre y por vino.  Para salvar la guitarra y porque había muerto toda la música ahí afuera. Y será el camino de mi muerte y de volar sobre ella para que jamás me exista.

La soledad genera en mi felicidad un mundo incompatible con el de los humanos. Me vuelvo jodidamente desdichada cuando siento la presencia de la civilización. Mi soliloquio empieza a generar un ataque y un raro recuerdo, que no me existe en las montañas. Mi poesía se traslada un tren descarrilado y el beso de una pistola.

Y cuando estoy rabiosa y desesperada, recuerdo a K. porque él es el poema de la desesperación y de las tumbas. Me llega como una perversa metonimia. Y me hace más desgraciada.

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