HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No sé dónde llevar las preguntas.
Todo sobrevuela en el humo, la salvia que se negó a fumarte los párpados cerrados.
Allí atrás, hay una casa hecha escombros. A la que vuelvo cuando tengo frío y ganas de morir, y hallo, un macabro reposo, al revolver las tablas del naufragio y encontrar el perfume de la belleza corrompida y disecada entre la sombra de esas ratas que cantan al mediodía.
Encuentro un sádico abrigo... en tu descomposición, abrazándome el hielo, donde apretaste el gatillo.
A veces las flores que me quedan son sólo esos ramos marchitos y aplastados por su propia atracción a la nada, entre el mármol y las borradas palabras que ya escribí sin sonido, en la arena de tu orilla del jamás.

A los 18 años, sufrí un tipo de tristeza tan abisal y suicida. Que siempre estuvo conmigo de alguna manera. No pude arrancarla y redimirla del todo. En aquellos cantos de felicidad sobre los capós de los coches, o los cuerpos amándose debajo de los pinos, ella, estaba en mi espalda sobre la hierba, acercándome el sonido de las guadañas.
También en los poemas de amor que te escribí... ella dictaba, en ese lugar que nunca confesé, la pesadilla de la noche que en su antagonia convertía en infinito el quejido del paso en la deriva y te tocaba armónica y vino tinto, bajo la sombra que ella desdibujaba en tus labios, para mentir una noche que estábamos a salvo.

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