HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Sacar un puñado de monedas del bolsillo, junto a hierbajos y plumas, semillas de pólen y trozos de algodón y no saber cómo llegaron allí, avergonzarme un segundo delante de la cajera de mi mano tan sucia, avergonzarme luego de mi vergüenza, y darle el puñadito todo a la vez, sabiendo que la mierda en realidad era la moneda.
Luego daba el mediodía en tu cuerpo no en el mío. El silencio preñado del agua. Hablar por los codos, con el agua, por los dedos de los pies... con el tiempo y su destrucción. Desobedecer mi verbo con el de la montaña. Desaparecer de mi noción de existencia, con la de la roca. Hablar a grumos de tierra... con todo lo que amé y era nada... y era lo que queda ahora.
Detenerme un segundo, en esa ventana, con su persiana bajada, acariciar la verja impenetrable con mi mano, jugar a la prisión y al regreso. A saber que nunca espiaré a la abuela debajo del sol, mientras ella sentada en la cama, mira viejas fotografías. Ni de allá vendrá ese olor. Canturrear luego sapos, con mi mano acariciando el cemento del resto de la casa..... Entrar al patio. Amar ese tulipán rojo. Y los escombros de hierba y palo.

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