HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Sólo me calma el perro y el gato. Creo que en estos momentos tan raros de mi vida, usar las palabras con seres humanos, me implica violencia. Un fantasma presidiario aguardando entre los huesos a tejer su emboscada. Una mentira. Tal vez es esto lo que soñé. Las palabras me obligan a mentir. A matar a alguien dentro de mí. Una zona de mi corazón está clavada en un cuchillo, y las personas me lo recuerdan y obligan a mi fuego a tomarlo en alguna noción del expresionismo. Cuando yo echo mi carga, sobre la idea del amor, la ausencia insolubre de mi ser entre los humanos, hace todo lo contrario dentro de mí. Y ese amor me sabe a óxido como me ponga a pensar. Me es muro, me es una bañera con hielos.

Por este motivo debo vivir lejos de las personas.
Porque me hacen ser alguien oscura. Alguien que yo no quiero ser. Y cuando les amo, ese amor se hace una función y un circo, si tengo que seguir amándoles más de 20 minutos.
Me vuelvo una suicida.

Todo esto no lo hubiera escrito nunca, si hubiera permanecido en la montaña con la soledad.
Porque no hubiera sentido de esa forma el sepelio de mi hueso en la deriva.

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