HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo estaba tan bello que empujaba al suicidio. Tengo miedo a la belleza. Por eso la ensucio con mi cuerpo-muro en tu bala. Por eso saqué de mi armario a Franquestein para acobardarte el amor y que te fueras.
Me gusta leer cartas de escritores muertos y el olor de la madera quemada. Y todas las mañanas abrir el buzón para no ver ninguna carta y leerte en esas dos hojas de chopo que están dentro.  Me gusta callar cuando cantan los grillos. Sentir la hierba en mi pelo, cerrar los ojos y tocar en la ley de la gravedad la placenta de la tierra abrazarme. Me gusta mirar mi casa desde el monte y escuchar a los muertos de ella en la ventana llamándome abril. Fumar un cigarrillo sentada en una piedra y olvidar las palabras, el tiempo, las arrugas de tu voz roncada de whisky en el pájaro que cruza. Me gusta estar sola cuando el hollín devuelve todas las canciones que me hicieron cantar. Comer una manzana y compartirla con el perro. Regar la madreselva. Abrir la puerta y ver los bodegones gotear violín y fuego de las ruinas. Decir "esto está hecho una mierda, pero hoy ya hice bastante, mañana si eso, si acaso mañana existiera" Abrir una cerveza mirando en la lejanía... ese piano tan cerca, esa mar que exhala los lunares de tu piel.
Me gusta que ya nadie me pregunte porqué. Que no me tomen en serio. Que no me quieran conocer. Que no se extrañen sino cojo la llamada. Que no suene el timbre. Que no salude por cortesía. Que todas mis damas yazcan en el tamblero a la sombra de los ladridos. 
Que me recoja la noche recien nacida en sus brazos de viento y me lleve sin paredes, sin yo limítrofe a tu alma ni a tu olvido. Sin resumen, sin causa, sin cúmulo. Sino la vida, incognoscible arañando en las ruinas una canción.

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