HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Vendrá desde el otro lado, sin hablar de lo que allí ha visto. Sin distinguir la vuelta de la sombra en tu cubierto, cuando dan más de las 12 y el pescado parpadea desde el plato y clava su pupila en la escasez que alimenta tu guitarra. Y mueves la mano y clavas el metal, para sacarte la espina que el amor hundió en absenta cuando no había frontera entre el cuerpo y la nada.

Las historias de la sillita de madera en el patio, con piel de mandarina y esa comba y esa piedra de hachís y el tablero de las damas y la ropa interior. No volverán aquí. No evocarán en mi escritura lo que llamó mi pecho, ni lo que dolió la muerte.

Todo eso construía una macabra prisión en mi vida. Porque yo la creía dulce. Y su mortaja era el buclee insaciable de los ahorcados, con letras de acuarela escribiendo una maldición en la frente que golpea sobra la mar, la fe y su ruptura.

Hoy el plural y la punta oxidada del lienzo son iguales. 
Se murió el objeto directo.
Se murió el cuerpo que grabó mi primer error literario en mi cuerpo. La equivocación de una fecha, de la noción de 20 años. Del compás jodiendo la geometría. De esa tachón con boli rojo al lado de "muy mal". Y a la salida chupar charco. Y pinchar la rueda del autobús.

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