HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El monte.... el silencio del horizonte, su latido hacia la mar, los pájaros. Me devuelven una idea de la continuidad, una especie de reposo. 
He estado jodida por algún cartón escrito entre el fuego y el adiós. Por una angustia metafísica de la descomposición del pan y esa música soldada a la siderurgia de tu ausencia.
Ahora debo volver al canto. Echo de menos un amigo. Creo que por eso, tuve ese arrebato místico, del imposible, y la idea de un más allá que cubra la carencia y la tumba del acá.  Lo que me faltaba era la afirmación del cóctel molotov y las barcas, en unos ojos que se pudieran quedarse detrás de mi escenario.
Dios no me sirve. Es una evasión que no puede ser, en sí misma. Si acaso metonimía en el dadá y en la belleza de los ciervos y del bosque.
He de fortalecer esa fractura que nace de lo que no está, a la posesión de lo que me rodea y corre por mis venas. He de cambiar de sitio la lágrima del olmo en mi espalda.  He de olvidarme de él en las noches putas y también de él en la belleza. Eso es también una evasión, y además es sádica, dolorosa. Que amarra a la supuesta felicidad de un mundo destruido. Y la nostalgia sólo provoca alcoholismo y suicidio. 
He de tomar el acto, el ahora mismo, el todo el universo ahora. Sin queja, sin miedo, sin tristeza. Sin regocijar el verso en los cadáveres.  Sin buscar nada que no me pueda ofrecer yo misma y las montañas.

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