HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Es fascinante la naturaleza, el paisaje es mutante, es completamente vivo, también la roca. Los colores se transforman, a través de la luz, de las nubes, de la inclinación del sol, del viento y las distancias, y la misma rama a veces es negra y la hoja se siente amarilla, a veces está tan brillante que es un verde blanco con ceniza de fuego y la rama es roja. El olor ahí afuera, es una cascada y embestida, a veces un olor a menta y tomillo, a veces a agua recien parida desde el fondo de la tierra,, al musgo de la teja, al fervor de los sueños imposibles o el quebranto de la nostalgia o el rubor de la abeja hinchando toda la atmósfera y libando el final. La luz parece influir también en los perfumes. Y los insectos y los pájaros, forman un rizoma que toma un lenguaje musical y abisal que el corazón acoge como si fuera a llegar a la muerte o la vida estallar tanto de vida que los ojos eclosionaran.

Hace unos años, éste mismo paisaje, me era sangriento y gris. Me provocaba un raro temor y odio, los dedos de los brezos y de las escobas. Los pinares me sabían a una guerra, al grito de los muertos, al desgarro.
Hay algo tan subjetivo en la mirada que cada vez estoy más convencida que nadie ve del mismo color ni una hierba ni una nube. Que aunque nos hayan enseñado a la arquitectura de la matemática y la hegemonía del molde, del significado y la RAE, cada ojo, tiene un pincel y un espejo, tan mágico y único, como lo inabarcable.
 

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