HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Es una tristeza, larga, de mango de cuchillo, debajo de tierra embarrada, asomando el metal, a la dulzura desaparecida de ese eco-boomerang de tu beso de muertos en la grieta del horizonte por el que huyen todos mis pasados.
Es el suelo suicidado de cien pasillos que avanzan a tu habitación, y al llegar, sólo están las astas de un ciervo, sobre heno seco, y una botella medio vacía de vino agriado de amarte contra la vida.

La ausencia de humanidad en mi casa, en mi abrigo de agujeros entre la niebla, en mi mano hacia la luna, en mi lágrima dranada en la guarida del topo. Sólo es responsabilidad mía, en ese lugar dónde el fuego es el único responsable.

Yo no coseché nada más que esa música de la materia inerte, y hoy, es lo que hay.

De los fracasos, el barquito de papel, ha empezado a bajar el río. A asomar su pico y su guitarra.
De no saber qué hacer con las estrellas, las líneas de mi mano, escriben en mi ventana sucia, un nombre que  no existe para que los tordos no me abandonen más.

La piel que no toca otra piel. El pecho que no arde en el poema de otro. El pan que no se pone duro, en la mano hueca del que busca líquenes al lado de tu mano. Se aja en las profundidades de la penumbra.
Se aprende a marcharse hacia la nada, a quedarse tras la nada en movimiento. A juntar ausencias y cuerpos en un papel amarillo, arrugado del charco que se secó en ese sepulto. 

Y las conjunciones que hicieron de bala y de motivo, fueron devoradas, por el hielo subversivo del benceno. No vendrán hoy a rescatarme, ni la nevera vacía, ni el tango rabioso, del colchón lleno de cuchilladas. 

No puedo absolver, ni separar, ni amar, ni reparar, ni despedir, aquello que nunca me dejó acercarme para hacerlo. Tenía de mí, los hilachos insignificantes que me dejaban tocar esa música, cuando el cielo cortaba en la sombra la cabeza sobre los hombros.

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