HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Escribo a veces insignificancias sin ningún interés ni pasión literaria que son, la antiescritura. Sin camuflaje ni protección ante esa pobreza que salta entre charcos y espinas.  Eso es un ultraje a mi poesía. Una necesidad para lavar las manchas de la ventana. Para no quedarme sola con ellas, golpeada por el infinito de lo que se fuga entre ausencias. Cuando la soledad es el emisor y el receptor, la palabra de lo mundano, del he ido a comprar una lechuga y un tomate, del se chocó un insecto en el cristal, de un raro vecino me miró con el entrecejo de una rata o de esa puerta es rectangular y el pomo sólo entra en un raro triángulo. Ese tipo de narración de lo obvio y aburrido, de lo descartable obligatoriamente para llegar al poema. Es un síntoma del aislamiento. De un abono expresionista contra la pared que adentro mío, lo devoraría, sino lo expresara.
Pero con sus razones aparte, esa voz me estaba llevando muy lejos de los sueños de la escritura. En un denso cubismo que mezclaba el verbo y la nada, el olor de los pinos, el gas de las procesionarias, la ruina y un sádico adiós. 
Que era también síntoma, de las elipsis del sol en el caos de mi vida.
Una horfandad y viudedad que me trajo el amor de la lluvia. Y que he de arreglar, aunque ya nadie se case con nadie en mi interior, he de besarlo, en los diálogos entre los versos. Aunque no llegue a ninguna parte con todo eso, al menos tapar el anacoluto, con el reverso de otro anacoluto que al menos sepa bailar.

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