HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hacía muchos años, tal vez desde que tenía 18... que no sentía la tristeza de éste modo. Aunque mi juventud, estuvo llena de tormento, de exaltación, de excesos de la autopista volada por los aires. La tristeza de entonces, era fuego, era una acomodación al espanto, una asimilación con pinturas esquizofrénicas y bailes de callejón cuando responden los muertos. Aquella otra tristeza de cuchillo ansioso del fin del mundo usando mi cuello, duró tal vez hasta los 22.  Siempre la tuve miedo. Durante años tomé decisiones metafísicas para evitarla. Ese tipo de pozos, siempre cuajan una memoria horrible de la existencia.
Ahora me encuentro en una habitación de hollín. Y también busco el paso contra ella. 
Hacía años que no la recordaba. Estaba demasiado viva, para que ella fuera un lienzo de fantasmas, al lado de mi mano cuando duermo.

Ayer estuve 2 o 3 horas limpiando la casa. Pensé que mi ansioso deseo de ir a la mar y quemar ésta casa, sólo me provocará infelicidad, porque no tengo parné para irme. Y cuánto más lo deseo, más innecesario y prisionero, es el día, en la quilla de la barca del naufragio. Ya tengo demasiadas insatisfacciones contra la realidad, para alimentar más que destruyan el presente.
La casa estaba hecha un desastre. Había tantos escombros en el suelo... que en lugar de usar una bolsa de basura, lo metí todo en una inmensa caja de cartón. Ahora la casa está más bonita, se parece más a la casa que alguna vez amé.  Mi mesa para escribir ahora está casi vacía. También la de la cocina, antes tenía que abrir espacio para que entrara mi plato. Voy a empezar a recoger todos los días, un poco.
Necesito los espacios vacíos. Vivir con dos vestidos y un vaso. Quitar todo lo otro. Quitar todas esas cazuelas y tazas que sobran. Toda esa ropa que alguna lleva aquí 80 años. Hay un síndrome de acumulación de tres generaciones... y sólo acumula fetichismo de cementerios, de sentimientos compulsivos al cielo que arde, al tiempo que nos mata. Del dios que nunca ha estado aquí.

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