HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He cogido unos trapos veraniegos, para la mar, unos vestidos y faldas. Luego llevaré las cámaras, el ordenador para gestionar los vídeos, si es que me sale hacer alguno. Para cargar el aparato de música, y por si me da por escribir el final de Maraiz.  Luego los cuadernos y los bolígrafos. El djembé. El saco de comida del perro. Unas toallas. Dos pares de playeros. Y nada más.
He adelgazado en estos meses como 10 kilos. No sé si es porque me hice vegetariana, o porque se me quitó el hambre de todo tiempo y distancia y muerte al porvenir y al porllegar. 
Me he puesto un pantalón blanco de esos medio transparentes que hacía la ostia que no me lo ponía porque no entraba en él y porque hacía años que no lo veía... . Hubo un tiempo que me gustaba ponerme vestidos blancos. Aunque a los veinte minutos ya tenían manchas de tierra y de hierba verde y quemaduras de hachís. Me he sentido bonita y desaparecida. Muy lejos del amor, muy lejos de un beso en mis labios, de humedad de tierra compartida, de porque te amo yo no lo estoy, de porque existes ninguna muerte causará espanto. Pero ya no duele. Se lo tragaron las acuareles. Tras mi balcón, la cigarra te devolverá lo tuyo. En mí ya no queda nada. Fui cumbre de tu ruina, de tu desmemoria, de tu suicidio. Gasté sentimientos infinitos en borrar las huellas dactilares del gorrión en nuestro mármol. Bebí de las piedras, el vacío de tu cuerpo. Y hoy nada de eso importa, todo se lo llevó la mar.
Mi zapato impar no pregunta por tus balas, ni por la hierba.  Juega a la peonza con la nube kamikaze. Ya no existo en la necesidad de ninguna palabra. La palabra es un accidente azaroso y contradictorio de mi ausencia, de mi deseo. 
Acabaremos volando por los aires.
Seré del todo feliz, si en el último segundo, me vive la ternura subversiva de los perros.

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