HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He encontrado un olor recurrente de la casa de mis abuelos paternos en mi niñez, dentro de una habitación de acá. Ese tipo de olores tienen un poder tan sugestivo y punzante y hermoso que abren en la memoria todas las ventanas de la primera metáfora.
He estado apapachando al perro. Lo adoro. Lo muerdo. Lo aprisiono. Lo tiro al suelo. Y él se pone a veces panza arriba aguardando a la que acaricie la panza.Y a veces quiere pelear. Le beso la nariz. Lo quiero infinito. No ha crecido mucho, es un perro mediano, el Thor debía pesar 50 kg. Kavka sólo pesará 30. Puedo cogerlo en brazos. Y a veces cuando estoy en el sillón se sube en mi regazo como cuando era cachorro. Desde que era muy pequeña adoraba a los perros. Si veía uno a lo lejos iba corriendo para alcanzarlo. Mi madre me contó que cuando tenía 4 años, había un mastin en una finca ladrándonos agresivo y que yo metí las manos en la verja y lo agarré la cabeza y tiré de sus mejillas y se quedó totalmente tranquilo, que ella tenía miedo a que me mordiera, porque ella ya era adulta y los perros son como los niños. Son siempre puro corazón. Mi abuela paterna tenía mastines y yo me subía en sus lomos como si fueran caballos y me llevaban a pasear.  Los perros siempre me dieron esperanza, ternura y alegría. Cuando sentí a la humanidad como una prisión y puro hielo, yo me iba con los perros.. y ellos siempre tenían una estrella para volar.

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