HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado con el perro en el patio... he sentido otra vez la belleza, el rubor de los pájaros, del sol dando de comer a las flores y a la ausencia del tiempo. Me gusta sentir el viento y el sol, en mi piel. El amor del verde y su amarillo, apretando en su puño, la ferocidad de lo que cambia. Me gusta la vida, aunque estos días sienta su réquiem.

Estoy cansada de alimentar mis rencores. De hacer de la ausencia, un cuchillo. 

Ayer me di cuenta de que eso no era sano. Cuando me crucé con dos mujeres en el pueblo, y sentí asco, el chirriar de las ruedas de madera de un carro rompiéndose en mis ojos, un ansia irracional de vomitarlas encima, y a la vez, la angustia de la represión de no hacerlo y sólo irme lo más rápido posible.  Eso sólo me pasa en éste pueblo... no me pasa con los desconocidos, los desconocidos del mundo obrero y llano, suelen parecerme hermosos. En éste pueblo aprendí desgraciadamente a odiar y despreciar a la gente y a mí misma en su reflejo y en su sucia mirada. Por eso he de marcharme. Acá no soy objetiva, no soy caminante, no soy pájaro, acá me hago misántropa, y solitaria, pero solitaria sombría, solitaria en guerra.

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