HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado grabando un largo rato. Hasta que me causó dolor. Hay tantos objetos tan perdidos, tan solos de todos, de sí, tan enterrados a tumba abierta, a brazo saliendo del ataúd y agarrándome las entrañas hacia el abismo. Que tuve que parar. Por derribo. Pensé que iba a ser más fácil.  Tuve el error de empezar con lo hermoso. Con lo surrealista. Con lo que aún permanece en mi pasión. Porque fue nacido en el viento y en la hoguera. Pero aquello que tiene huellas dactilares y que he acostumbrado a tener a habitación cerrada, me ha provocado un síndrome de stendhal a la inversa, muy retorcido. Así que ahora he abierto una cerveza. Y lo dejaré para dentro de un rato cuando el vino vuelva a ser negro. 
Se oyó un golpe de la puerta principal y el perro empezó a ladrar, yo agarré un palo y bajé por si acaso tenía que usarlo. Pero era el viento. La puerta se había quedado abierta. Últimamente se me olvida cerrarla. Antes se cerraba sola y a portazo, muchas veces sin darme cuenta me quedé en la calle y tuve que romper ventana para entrar. Ahora se queda abierta. Ayer cuando volví por la noche estaba abierta. A veces me despierto y está abierta. Acá ya no entran ni las ratas. Pero cuando se vive sola en una casa de cacofonías en medio de la nada hay cierto resabio. Tengo un hacha en la entrada principal, en realidad la usé una vez para intentar romper una puerta, pero ahora la dejo ahí por si tengo que defenderme de algo, de algo abstracto, improbable, pero esas cosas improbables y fantasiosas suelen ser las que más solidez hacen en mí por si acaso. Tengo un bate de beisbol y muchos palos y martillos. Cuando oigo ruidos que dan la sensación de que alguien ha entrado cojo una de esas herramientas y bajo a búsqueda y captura de tres en tres las escaleras, aunque nunca hay nadie. Pero si me quedara inmóvil acabaría teniendo miedo.

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