HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado por el otro río. Feliz. Absurda. Correteando. Y luego me metí río abajo y llegué a un lugar donde la vegetación hacia una especie de cueva abierta y el paisaje se volvió ardiente, me quedé hipnotizada mirando unos chopos que al principio me parecieron poderosamente amarillos, y luego empecé a verlos verde y durante unos segundos todo era verde, las rocas de las montañas, las flores, las piedras y la tierra, miles y miles de verde, y hasta el cielo me pareció verde, un pigmento del verde infinito de verde, eso me causó tanta alegría que grité muy alto "el cielo es verde, jódete raza" y eche a correr de pura alegría y el perro vino a morderme y jugamos. Y tenía un deseo aún de gritar, cuando se grita porque sí, se halla un placer de libertad, porque no es habitual, reprimimos demasiados alaridos..., porque la sociedad nos ha ido imponiendo hablar en voz baja y sin molestar y guardar los gritos de puerta para adentro, y entonces estuve un rato imitando el aullido de los lobos y los kakareos de gallo raro medio perruno... y Kavka ladraba a mi lado. Eso me hizo soltar un poco de adrenalina y relajarme. Y luego a la vuelta, al pasar los túneles de las cloacas, había otro túnel de otro puente del río, y un camino de piedras a unos metros de altura del agua.. y quise ir a ver dónde acababa con la idea de luego tomar el río y llegar a casa primero. Y me metí en un sitio de tierra fanganosa y ortigas.... y se me iban cayendo los pantalones porque me quedan grandes y pensé que si los mojaba entonces se me irían río abajo ya de forma inevitable.  Pero me metí por un prado, había que trepar unos dos metros, pero había unos pedruscos que hacían de escalera. Le dí un empujón a Kavka porque estaba patinando. Pero allí no había salida,... era una finca llena de ortigas y cicutas, cerrada a muro y candado, llena de inclinaciones y montículos de escombros de naturaleza muerta. Y tuve que desandar el camino, agarré a Kavka en brazos para que no se me descalabrara al bajar. Pero me gustó estar allí, cuando era guaja, hasta que no saltaba el muro para ver lo que había detrás, no me quedaba en paz, y me encataba entrar en lugares derruidos y olvidados.

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