HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He salido por ahí, ahora me gusta tomar esa senda hacia el norte, al oeste del río. El otro valle al que iba, está la hierba muy crecida y los segadores, irán en verano. Kavka y yo ya hemos hecho muchas sendas de cabra y espirales pisando la hierba. Hoy me sentí especialmente jóven, sana, tal vez por esos amigos con los que hablé, ese latido de vino de verano, de esperanza, aunque no exista en lo empírico ni en lo filosófico, sino al dadá, a la esdrujulidad de una pasión sin frontera ni raíz. Caminé rápido. Corrí. No me cansé como en la mañana. Y por allá arriba, en medio de los pinos, hay una isla secreta, es un poco triste, porque está hecha con pinos cortados y tirados allá, y hay unas antenas de la luz que rompen el bosque. Pero aún así hay una sensación de estar en la placenta.  Para entrar allí anduvimos como las cabras, porque yo quería ir por el camino más rápido, pero los pinos muertos, las escobas y el cauce entre esos montículos, hacían díficil pasar, así que anduvimos al seseo de serpiente y luego retrocedimos para coger el camino más largo. Pero es muy divertido ronronear en la maleza. Allá me senté en un árbol muerto.  Sentí tanta inmensidad, al estar rodeada por pinos que daban sensación de infinito, de paraiso, de buque verado en el crepúsculo.... Y aquella mata, era mágica, era mullida como colchón de heno y grito de nube, tenía ese suelo de millones de hojas de pino, y una rugosidad vertical hecha con escaleras que hicieron los viejos árboles que ya no estaban y el curso del agua en la pendiente y al rodearlos.....  Era tan bonito... que tuve un instinto de correr en una especie de circunferencia amorfa, subiendo y bajando esas escaleras, y Kavka corría detrás de mí, parecíamos dos chimpancés, saltando troncos y acertando el pie entre los peldaños.. Y yo cantaba algo raro, sobre la escalera de los duendes. Y luego al mirar la antena de la luz, grité "malditos" y lo volví a gritar a pleno pulmón, con voz ronca, como un mantra, como una expulsión del grito y la rabia, de lo que representaba esa antena, contra el bosque, contra nosotrxs, contra todxs.. Y Kavka se puso a gruñirle a la antena y ladró hacia allá.
Luego salí de allí y seguí la senda. Vi tan bello el pueblo y los montes. Me sentí feliz, sana. El atardecer ebullía opio y violines. Encontré un nido caido... era hermosísimo, en algunas zonas era muy verde, tenía también alguna hoja de árbol, y una especie de pelos negros, a cientos, haciendo un cosido extraordinario. Yo nunca había visto un nido que tuviera colores verdes, como de musgo. Lo olí y olía al hogar que siempre soñé. Me lo iba a traer a casa para ponerlo debajo de mi almohada, pero luego pensé que tal vez algún pájaro lo pueda usar otra vez y lo dejé allí.
Jugué con Kavka. Correteamos. Cuando se quedaba atrás yo corría a toda velocidad y como era cuesta abajo cuando me alcanzaba tardaba un par de metros en poder detenerse. Ahora ya no me tumbo en la hierba para que no se me suban las garrapatas, me tumbo en la tierra. Y allá abajo estuve un rato panza arriba... feliz otra vez. Como si la vida se multiplicara en la naturaleza, aunque yo ya no tenga camino, ni me importe casi nada de mi hacer o no hacer, ni el futuro. Como si en algún lado, el amor abriera la agitación del agua, del fuego, de la tierra. Y todo recobrara la armonía de la deriva y la pasión.

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