HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He soñado algo de una casa, en la que vivían marroquís... era una familia.... y en una parte yo les decía que se vinieran conmigo a no sé qué pueblo que les saldría más barato el alquiler y que ya encontrarían otro trabajo, y una mujer decía que no era posible y luego explicaba cómo quería que fuera su casa cuando fuera suya, y señalaba unas sillas con unos tacos negros debajo de las patas para evitar la carcoma.

Me despierto sintiendo el vacío y tratando de luchar hacia lo vivo. Hacia la sonoridad del eco del horizonte. De un motivo para seguir. Tengo que descifrar esa sensación de quebranto y desasosiego, porque no llega con la palabra, es un cúmulo de abstracciones del desconsuelo que no es racional. No sé cómo entré aquí pero he de salir. He de dejar de darle profundidad a aquello que sólo lleva a la muerte. Recuperar la ilusión y el presente.
Y todo esto es cómo no decir nada, porque son intenciones que no cumple su enunciado. La prosa no sabe.

Es esa otra vuelta, en la mirada del callejón, subiendo los peldaños del rocío lleno de moratones en tu piel cuando los charcos reviven en la casa abandonada los brotes del olmo.
Es soñar todavía, aunque esos párpados hundidos de sal, hayan quemado todas las puertas. Y en ese vereda tu esqueleto y yo, encharcamos los sombreros rotos del vino, amarrando un corazón roto, a la guía de las estrellas en medio de ninguna parte.

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