HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy he subido al monte. Fue un paseo que se volvió surrealista, onírico y en algunos instantes vertical. Se oían desde ahí arriba de un modo muy intenso los sonidos del pueblo. Un perro aullaba, de un modo lastimero, que se convirtió en algo doloroso. Me despertó algún recuerdo, no lo sé, algo subconsciente que me hizo salir volando. Creo que el sonido viene de unos perros de caza, que tienen siempre encerrados, en unas casetas pequeñas, como celdas de perrera y sólo los sueltan para la caza. La vida no vale nada para la gente que por diversión mata animales. El perro tiene mucha más dignidad que el que lo usa de intrumento para la muerte.  Luego el perro se fue cayando y me quedé mirando las nubes que cubrían las cumbres de las montañas lejanas. Había un olor muy intenso a naturaleza  y esa belleza silenciosa y mutante.
Luego crucé el monte, y fui a dar a una carretera medio abandonada, donde ya acababa el pueblo, y tuve una rara sensación de estar en otro mundo, como si aquello fuera nuevo o como si yo estuviera muerta... y eso convirtió el paisaje en un delirio de belleza. Hasta el asfalto roto y esas cunetas anegadas por agua sucia me causaban un resplandor. Una sensación de que estaba en la proa de un barco navegando los mares del olvido a toda velocidad. Me sentí dentro de una obra paralela a la de Pedro Páramo y el olor cobró intensidad y sinestesia. Y el perro me guiaba. Me ayudaba a no irme volando por los aires. A la vuelta volví a meterme al monte... y bebí de la fuente, el pilón estaba lleno de una especie de algas verdes, yo de niña creía que eso eran las babas de las vacas...  me senté allá un rato. Miré mi casa. El río. Y al bajar había una genista en flor. A la que saqué como 20 fotografías pero ninguna foto era como mi mirada, yo veí su tallo completamente negro y una poderosa y bellísima sombra rodeándola, surgiendo de la tierra y eclosionándola en el amarillo como la más bella arpa del cielo y del abismo. Pero en la cámara la imagen no tenía alma. Me hipnoticé por los contrastes. Y eso me dejó los ojos líquidos. Y al entrar en el patio, el abedul que ya ha crecido mucho y está verde... me volvió a provocar un delirio de belleza, era como si todo el universo fuera el abedul, como si mis ojos fueran un multiplicador de la imagen, como si estuviera en el medio de la selva y las estrellas y la luna fueran también una zona del abedul. El patio tiene mucha vegetación, "malas" hierbas que crecen mezcladas entre árboles y tulipanes y lirios y rosales y una pasión de la que no se puede escapar. Mirar mucho tiempo a las plantas puede enloquecer de belleza.
Luego entré a casa... le di un poco de comida al perro, y se oyó un golpe fuerte, algo que cayó al suelo. Y no le di mucha importancia, aunque me quedé un rato detenida. Cogí una cerveza de la nevera. Escribí éstas líneas. Y ahora he de atardecerme y descansar junto al silencio de la luna.

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