HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy tengo que recoger la casa.  Se ha vuelto a acumular el caos de caminar sin futuro. Tengo 4 días para acabar lo de Maraiz. Luego tendré que ir a la ciudad, para hacer la mochila y unas historias, antes de ir a la mar. Y allí sin internet y sin cobertura, se escribe mejor, se vive mejor la mar.  Tengo que arreglar la oscuridad de la entropía. Sé que no la erradicaré porque forma parte de mi motor para sentir y de mi vínculo al poema y al camino. Pero ha de ser efectiva en la creación. Si el pensamiento se dispersa en direcciones antagónicas y multitudinarias del vaho y del golpe seco, al final nada tiene la suficiente fuerza para arrancarme los ojos. 
A veces me voy a matalpolculodelpáramo en un parpadeo de ceniza. Me vuelvo la ausencia, la hervidera de opio y de desgarro. La incapacidad del verso en una pelea con el cielo y con la tierra, con mi cuerpo y con su despedida. 
Soy indisciplinada por natura, aunque lo compenso con mis obsesiones. Soy obsesa con la escritura y eso evita que se me vaya del todo la cabeza y que explote a la sombra de Marte. 
Pero aunque escriba permanentemente, a veces destruyo el fin y el cuerpo de la escritura, se vuelve demasiadas cosas, demasiadas nadas, con el aullido de la luz del fracaso en mi pecho.  Y eso es lo que quiero transformar, quiero tratar de tener un camino, no unilateral, no desembocadura, un camino independiente, donde los otros sigan siendo pero lejos de él, donde la escritura, sea una escalada y un esfuerzo, donde sea una  sublimación. Y ahora quiero que sea en la ficción, en la literatura.
He usado en mi pasado mucho el término "literatura". Con una ideación abstracta y emocional. Con su significado digerido en algo íntimo, no en su significado universal. Pero en realidad nunca he escrito literatura.  Excepto Maraiz.  Tal vez algún otro relato en mi pasado, de una hora o dos horas como mucho de escritura. Maraiz fue un proceso de unas 3 semanas. Más el tiempo de ahora de reescritura. Y con Maraiz descubrí la fascinación y el placer de ese otro tipo de escritura que necesita la arquitectura, el uso de la inteligencia, el pararse, comerse las neuronas para que funcione, para que haya una profundidad en los personajes, para que las contradicciones vengan de su condición humana, de sus autoengaños, de sus imperfecciones, pero no de mis apegos y vicios, no de la escritura, no en la obra.
Todo lo que yo suelo escribir no me supone ningún esfuerzo, no me rebano los sesos, no pienso, todo nace de mi entropía, de mi rubor, de lo que yo no puedo evitar porque quiere matarme, porque quiere que salte al vacío, que encuentre la vida en éste segundo antes de que me lleve el fango para siempre. No soy reflexiva, soy vómito. Busco el placer y el saber por el atajo, busco todo por el camino más rápido, por el que me traiga las estrellas ahora o valga la muerte.  Y si me dicen que si tiro por allá, dentro de cinco años hallaré una recompensa y felicidad mucho mayor, pero que me implica el aburrimiento de la teoría y formación 1400 días, ya no voy, ya me digo tal vez muera mucho antes, voy a tumbarme panza arriba a la hierba seca mejor, a lo mejor vuelan encima los tordos. 
Cuando me salió lo de la publicación del poemario la idea de tener que buscar entre mis poemas, los mejores, me causó angustia y rechazo, algo metódico que me separaba de escribir nuevas nadas y gritos.  Llevo muchos años escribiendo en la entropía, no en el cuerpo y el fin de esa escritura. Escribo en mi grito, en mi sed y delirio y pulso contra la muerte, evitar la renuncia y el saltar al mar y no volver.
Pero también sé que todo eso, en su radicalidad es malo para la escritura, para mí, para la evolución. Porque cada vez hay más multitudes sin eje, sin destino, sin pasado, sin que ya le importe una mierda hablar o pulverizarse o dedicarse a los ladridos.
Por eso escribir literatura puede salvarme de mí misma. Y darme una especie de método, aunque nazca de mi vicio y caos.
Yo tengo una horrible forma de ser. En mi adolescencia no me gustaba escuchar a nadie, sobretodo cuando trataban de convencerme para que yo perdiera los motivos, yo creía ya saberlo todo por una intuición que me llegaba a pedrada, y en las discusiones políticas, yo saltaba, y al otro lo oía con un "blablablablabla" un ruido de radio escacharrada, del canal plus codificado. Y así escuchaba a los profesores, a las noticias de la tele y del periódico, a mis amigos, a mi familia, a los vecinos, a todos. Yo iba siempre " a hablar de mi libro, quemado" y la necesidad de quemarlo todo. 
Sólo me calmaba al leer ciertos libros. Allí sí lo escuchaba todo, lo desangraba por dentro, leía con obstinación, con delirio, en la adolescencia. Leía odiando al autor y amándolo. Odiándome a mí y amándome, y a la humanidad, y al lugar donde nacieron las palabras. El primer escritor que amé fue a León Felipe. 
Luego se ardió mi mente y todo mi pasado y todos mis sueños de futuro. Tal vez por una mezcla, de hermann hesse, castaneda, artaud y niezschet y el fusil de durruti y el ansia de la revuelta ahora, no mañana, no con asertividad, ahora mismo, mi abrasiva fe en la luna, mi optimismo desgarrado.
Y mi forma de ser, se volvió mucho peor. 
Cuando conocí el manicomio y su violencia, diciéndome que todo lo que yo sentía, que todo lo que me pasaba, se llamaba esquizofrenia, que yo era una jodida enferma, que tenía un virus en las neuronas y que eso es lo explicaba todo, que no buscara nada más que dentro de mí sólo había monstruos y bacterias, que me metiera la inyección del castrador de las farmacias  y que por lo demás todo lo que yo diga, es parte de que estoy loca y que si yo no me considero una enferma tarada, es precisamente porque lo soy.
Entonces allí me volví mucho más radical. Y agarré un racismo ensangrentado a todos los cuerdos. Empecé a sentirme de otro planeta, de otra especie, de otra raza. Dejé de mirarlos como mis iguales. Porque recibí de ellos, el estigma y la violencia y represión, contra mi diferencia.  Yo hice de mi diferencia, el narcisismo de Mercurio. Mi apología de rata y callejón y lobos.  Radicalicé mi locura. Porque era lo unico que me quedaba para ser quién yo era.  Y viví unos 8 años como vive un animal.
Luego, hubo un cambio en mi vida, fue allá por el 2009.  Al salir de la planta de psiquiatría del hospital, llena de rabia, con todas las enfermeras y psiquiatras que allí me ataron a una cama, llamaron diez veces a los guardias se seguridad y me trataron con desprecio y violencia. 
Fui a una especie de grupo de reinsercción, de tránsito de los brotes psicóticos, a la vuelta a la tierra, era un hospital de día, yo ya estaba libre de la prisión de la planta de agudos... Y aunque los primeros meses allí, estuve a la contra y a la pelea. Las mujeres que trabajan allí, me dieron amor. Me hicieron reir, me acariciaron el alma. Me miraron como a un ser humano y no como a Franquestein. Me provocaron sentimientos. Ellas no eran como lo que había conocido de los psiquiatras y manicomios. Ellas eran gente hermosa, con la mente abierta, eran activistas, eran gente comprometida y capaz de amar, no juzgaban. Y para mí eso fue algo nuevo. Luego también empecé a trabajar y me enamoré de K.  Ese amor me reconcilió con todos los universos.  Ese amor quitó de mi pecho un dolor que llevaba 10 años ahorcándome. Y seguí escribiendo, mi escritura exorcizó la sombra de la locura y liberó su canto...exrcizó todos aquellos recuerdos tormentosos del pasado. También conocí a amigos del manicomio, que me acompañaron y nos acompañamos al amor y la lucha. Al sernos Franquestein llenos de risa y amor, libres, libres aunque el mundo esté lleno de mierda que tanto trató de ahogarnos. 
Luego perdí a K. Eso me trastornó algo. K. ponía en manifiesto en mi corazón todo el fuego de las estrellas, todo el vértigo a nacer de nuevo, a verdaderamente ser feliz y amar y volar tan alto que nunca nos alcance la tierra ni la tumba. Todo lo bello.Todos mis sueños. Pero también el grito de mis fantasmas, de las viejas heridas, del miedo al amor, a la pérdida.  Mi intento de llegar a él del todo. De hablar de forma normal con él por teléfono, sin que se derramara mi voz y mi pensamiento. De poder ir a aquella mar que tanto soñamos y dormir abrazados al borde del fin del mundo y en las olas. Me generaba tanto delirio, tanta presión y fuego y nitroglicerina. que lo apartaba de mí, sin querer. Había estado tan dentro de la escritura, aquél amor nació por quiénes éramos en la escritura, en la poesía. Y con él se unieron en mi corazón los dos mundos, yo llevaba muchos años escribiendo aislada, con una doble personalidad muy marcada, una era la escritura y era la única que me importaba, y la otra era la social, la que caminaba por la calle y esa me la sudaba, así se la comieran los piojos y la partieran los rayos. Pero con él, pude unir por primera vez, mi vida exterior y mi corazón.. el amor con él, detuvo a mis asesinas de mi teatro para locos de la múltiple identidad, porque en sus ojos, todo era vida. Toda yo, era, sin coraza, sin prejuicio, sin hipocresía social. Yo le hablaba a él, como se le habla al diario más íntimo. Él era parte de mi monólogo interior. Le escribí tantas y tantas palabras. Que me fue imposible decírselas al oido. Y cuando lo intentaba, el vértigo que ponía a hervir en mi corazón las antagonias entre la escritura y lo social. Me hacían hablar tan raro que sentía su rechazo como una bomba.
Era una historia trágica. Con un fin trágico e inevitable que yo nunca quise escuchar. Yo creía que llegaríamos al mar. 
Cuando se acabó la historia allá por el 2013. Volví al callejón, volví con furia, al despotismo y radicalidad de la escritura. No lloré. No caí. No tuve luto. Era tan doloroso, que si hubiera dejado caer una lágrima por mis ojos, hubiera muerto. Usé mis sentimientos de tristeza, para darles la vuelta, los asesiné en mi corazón, los convertí en punk, en nihilismo, en cinismo, en misantropía, en dadá. Rompí con hachas el deseo de esa mar y dormir abrazada al amor.  Empecé a hablar de los lobos. Me entregué a nuevas relaciones tripolares e infieles...donde jamás los necesitaría para nada ni me causarían dolor ni amor de entrega ni de necesidad. Porque sólo eran una especie de vibrador con pilas y hachís, en la masturbación poética y de mi venganza metafísica y delirante contra vete a saber qué cielo... .  Pero el dolor no llorado, los sentimientos que degollé, con K. Nunca me dejaron. Construí una rara ecuación en vete a saber qué neuronas y qué lado de la luna, donde todo encajaba en el fervor de un surrealismo insostenible en la tierra. Creo que por esa época empecé a escribir del Éter y de mi país de nunca jamás. 
Empecé a beber vino como si fuera la sangre de cristo y por fin pudiera volver a casa. Tuve borracheras de escándalo público, de catarsis, de peleas con viandantes, de gritos políticos en la multitud. De ladrar a la gente. De mear en medio de la calle ancha. Alguna acabó en coma etílico. Otra en un parque por la noche follando en la fuente de neptuno, con un peregrino polaco. Ese polaco me causó tanto fervor y placer, que seguí buscando ese tipo de placer con X. Por ahí entre playas y hoteles.  Durante un tiempo pensé que ya me había curado, que lo que no supe darle a K. y a mí en K. podría dárselo a otros, porque bajo el caracter nómada y desapegado es más bella la guitarra. Pensé que podría ser una persona medio normal, con el blues, el sexo, los bares, la gente.
Pero luego tuve otra transformación. Ese cinismo me estaba separando del alma. Esos excesos me estaban matando neuronas. 
Y luego mi padre enfermó. Y eso también me trastornó bastante. El mundo dejó de ser un lugar infinito, el horizonte dejó de ser infinito y posible, detrás de todo veía a la muerte carcajearse sobre mi cabeza. Adquirí una manera de andar suicida. Encima del absoluto descontrol y llamas de la deriva.
Y entre tanto me aislé otra vez, más radicalmente.  Y ahora ya no tengo ni puta idea dónde estoy.

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