HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Llego ahora del monte. Se ven muchas águilas. Ha vuelto el frío y se han escondido los insectos. Me siento algo enyerbada, como si se hubiera hecho un agujero y se me escapara a remolino la liquidez del significado.
Hoy me he dado cuenta que he vuelto a beber demasiada cerveza. Y tengo que quitármela un poco. Porque ella sólo da más sed. Hoy he estado separada de la escritura, tenía muchas cosas que quería escribir y me he dispersado a esa sombra puntiaguda de los girasoles en las cuchillas. Se me ha pasado el tiempo demasiado rápido, no haciendo nada. Pero tampoco liberándome en el silencio... con el ansia de la canción, no disfruté de las canciones llegadas.
Aunque en el monte, al correr con el perro y un instante donde había decenas de flores silvestres distintas y muchas clases de plantas y hierbas, sentí esa pasión del instante y el gozo, sin angustia, sin tener que andar lijando la esquina del siguiente paso, ni pasando a estropajo los escombros del escritorio.
Padezco una extraña hiperactividad en lo innecesario. Cuando escribo me calmo. Pero no del todo, depende de lo que escriba, porque hay ciertos textos sobretodo de prosa que me hacen mucho más agujereado el grito que no acaba de derribar mi puerta y la ventana en cólera aplaude sus puntas en mi espalda y sangro tus montañas perdidas.
Tengo también una especie de autismo sobre la paz de mi caos vaciado, de mi sombra sin pellejo, de mi pellejo sin huella.  Y cualquier factor externo que me provoque una palabra sobre un futuro y que se haga deseo o crueldad, me pone loca la pastilla de jabón llena de rajas del viejo lavabo.
Durante un tiempo viví bajo presión, alguna vez yo también tuve un trabajo con jornada de 8 horas, y a mi cuidado a mis abuelos y sus reclamos y canciones. Y había sanatorios rotos en los timbres, fuego de sobremesa cuando se ahorcaba el cartero en una lágrima de lija, desacordes cotidanos a la perpetuidad del crujido. Y sin embargo hallaba el poema.  Mi cuerpo estaba acostumbrado a ir del pico de la ola a la escombrera. Pero desde hace unos meses... mis épocas de aislamiento me han hecho susceptible y frágil ante los cortocircuitos que me provoca el mundo exterior y su reclamo. Me he vuelto hipersensible al estrés. Tal vez más neurótica de la guitarra que flota en mi deriva.  Sólo sé moverme bien, en el cuando me da la gana. No me gusta llamar a los amigos, cuando es porque debería de llamarlos, o porque esperan aquella palabra y han pasado semanas, sino cuando a grito, aflora un sentimiento, un deseo de su voz. O porque escuché aquella canción. O por un PI del roto piano y el vino otra vez frío y casi negro. 
Padezco la procastinación de todo aquello que se mueva sobre un futuro, aunque sea al dentro de 20 minutos.  Si sé que va a llegar a casa, alguien a lo largo de la tarde como ese albañil a cobrar o lo que sea, ya me pongo ansiosa, porque ya no escribo tranquila, un mosquito en mi oreja me chupa la sangre diciéndome que ocurrirá algo que me desviará de lo que estoy escribiendo y de mi humo. Todo esto es una puta taradez que antes no me ocurría. Pero al acostumbrarme sólo a mí y mi deriva y mirar los arándanos e ir con el perro por la hierba, me he vuelto  más rara del capricho de mis rarezas. Más intolerante a todo lo que ponga una hora y un acto y que salga del exterior. A mi me gusta hacer lo que hago cuando lo hago para el viento y el humo. Si alguien espera un eco, ya no lo sé ni lo quiero hacer. Porque ya no me sale por ahí, por donde dan vuelta las vacas panza arriba en la hierba para arrascarse las pulgas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario