HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Lo peor que puede pasar al que escribe, es sentir que las palabras no sirven, que ya está todo dicho, que de escarbar la tierra, la pala se pone de pelos de punta y traga para su adentro el réquiem y el pulso de los ojos. Al ring de un golpe de helio, cuando ya no queda nadie.

Son días de laberinto atando y desatando cuerdas al cuerpo de la estatua que se arranca de sus pies y cae como paloma enferma en el paso de tu olvido.
Pesa cien vidas, entre sus silencios. 100 siglos cuando buscas el nombre que abra el grifo de vino.
Es un tormento que se burla de sí mismo.

Mezclo cerveza con tu retrato desteñido echándome el color verde por la pared roja, roja y anémica de su rojo, sin esa voz ya nunca velando la sombra de los árboles.

Y el patio es una sala de espera, alguien pide vez, para calzarse un traje de mármol, guantes de marihuana, sombrero de flores muertas. Y mis zapatos son obóes que chillan.
Y no hay temor, porque nadie quiere quedarse. Porque lo perdido, ya fue hasta el desgarro. Porque de error en error, pude amarte y fuiste isla, por autopsia de montaña, por sumas de embargos.

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