HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto, todavía medio dormida. Soñaba algo del capitalismo
Suenan los pájaros. Se desliza un canto de fuego. Pregunto a mis distancias, a las palabras, a los motivos.  Al hueco que embruja tu mágico deterioro en ésta vieja memoria, arrugada de fraguas que no acabaron bien al final del camino que rompió en tus ojos las manecillas de mi tiempo.

Mi vida es una continua desclasificación de mi yo frente a la cultura. Del exterior en la lija del papel
El soliloquio ama en el crepúsculo lo que mi piel olvidó.
Voy como un animal de lo que ha hecho la civilización a lo que habita en el fuego de los pájaros. Golpeando antipátrida mi embargo de luna, sin ellos, eternamente.
Vivo en la contradicción perpetua de mi cuerpo marginado y el zumo de la rosa. 
Me tomo hacia la arista del horizonte como sombra desaparecida que entre las esquelas desentierra el peso de una voz.
No mido. No sumo. No me dan las en punto, nunca son las pares cuando se trata de dos. No hay ganancia. No hay armonía. Desconozco el nombre de las estrellas. No hago puerta. No hay camino de ida ni de retorno. No hay ningún oficio. Escribo, sólo escribo y cada palabra ya ha quemado antes de nacer su importancia en mi pecho. Se desperdiga, inevitable, hacia la deriva amotinada de vivir entre olas y vacíos.
Vivo de una pensión por loca. Limosna estatal, que me la tomo como justicia, como venganza por sus oscuros hospitales militarizados y fascistas. Porque el estado es jerárquico y capitalista, y arrimar el hombro es bajarse los pantalones. En otro tipo de pueblos, arrimar el hombro, es ganar dos brazos y es honesto y urgente. Aquí no. Aquí es echar tierra encima y levantar tumba.
Defendí mi derecho a no participar en el sistema desde que amé la luna. Fui de rama en rama, de agujero en agujero. Busqué una isla. Conocí el infierno, el amor y las despedidas.
Nunca pasé hambre.  Aunque hubo tiempos díficiles, tiempos de no pagar el alquiler, ni la luz, ni tener monedas para un billete de tren, ni leños que echar a la estufa. Nunca olvidé a aquellos que no tuvieron pan ni techo, aunque cantar al derecho al pan, no es lo mismo que ir a tomarlo junto a lxs hambrientxs.
Me volví egoista de mi agujero negro. Cuando la soledad era el único alambique que muy adentro no quería pegarme un tiro. 
Me nací Franquestein, y todo un cúmulo de gente que por azar y por vivir en una alcantarilla con luces de neón y ambientador y publicidad matando sus neuronas, me recordaron y me aseveraron y continuamente. Me alcé Franquestein y aprendí a quererme sólo en sus brazos. Y a ladrar en su pasión.
Asimilé en mi inconsciente, por trinchera y por ruina, que yo soy antiquerible, antimatrimoniable. Que siempre me voy.  Que el amor de los otrxs, es un cementerio que en mi vagina hará vudú y volverán los cuervos a llevarme a la mar. Esto fue por lo empírico. Por lo que abrió el poema en los pozos.

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