HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Me despierto, triste. Anoche tuve una desesperación muy amarga. Temo entrar en estados depresivos. Con esos pensamientos, rotos en los que me dormí. He soñado algo sangriento de guerras y violaciones.

Trato de recuperarme. Transformar ese poso donde el verbo se hace una aguja. Volver sin sombras, al presente. Vivir el gozo de lo vivo. Dejar arder todas las naves en las que alguna vez estuve.  Salir de éste purgatorio del alba.

Han pasado un par de horas desde que escribí lo anterior. He estado buscando alquileres cerca de la mar. 
Me joden los arrebatos de la destrucción de lo vivo, de lo que vale la pena, tan sucios, tan ausentes de la musicalidad de la metáfora, aunque sea oscura, hay oscuridades que se tornan motivos y trincheras. Pero no ésta que he venido llevando, con esos párpados hundidos entre la sequía de los charcos robándote direcciones en tus cartas muertas.

Amo la vida. Por eso no soporto cuando mi pecho grita muerte sobre ella, y yo bebo la arista de un pozo de niebla y me hundo, absurda, tenebrosa, inevitable.
He sido muy feliz, hace un mes, y todo era igual a ahora. Menos mi mirada. La piel bebía el sol y el viento, se entregaba libre al rubor. Y ahora estoy a mil tumbas de distancia. Por un cúmulo de acepciones abstractas e irracionales. De ese tipo de frases que arrojo a los andenes, con palabras que nunca deberían ir juntas.  

No puedo dedicarme a las maldiciones. No puedo permitirme el cansancio de los suicidas. Siento que he envejecido, 40 años, en estos 10 días. Sólo se debe ser viejo, la penúltima noche, y la última beber todos los tragos de blues y de locura y morir siendo un pájaro.

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