HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Mi vida ha cobrado un aspecto de perpetua ilusión, de sangre de caracola, de motín del destierro. De agujero de gusano, sin la mano campesina, en mi mano, aullándome el pan, como cielo que desploma el único motivo para vivir.
Soy hija de la sobredosis, de la sala de espera de un hospital psiquiátrico a ver si por fin me encuentro detrás del mostrador a Franquestein y lloramos abrazados hasta mear ranas azules de puta risa de mundo en llamas. 
Soy hija del agujero y de la confusión, de un mundo que compite por alcanzar lo más gloriosamente posible la cima del esperpento y plantar allí una bandera, cerrar con verja y poner la propiedad a su nombre. 
Ya no sé qué es la poesía, a no ser que lo pregunte el cadáver mutilado de un maqui, el grito de rabia de una mujer que lucha en Turquía y esos niños de las chabelas. Poesía no es y tú me lo preguntas y poesía eres tú. Eso es lo que lo mató todo. Las nubecitas de colores y romanticismo, cuando la vida no valía ni un mendrugo. Cuando miles de personas padecían el horror y el sufrimiento. Esas gilipolleces beckerianas, esos pasatiempos de obispos y burgueses, esa intelectualidad de los que nunca se mancharon las manos, esos cánticos de los astronautas cuando acá en la tierra la luna meaba sangre y espanto, han dado lugar, al veneno armado de hoy. 
Porque la historia del pasado es la que no ha sido escrita. Porque sólo tenían acceso a la escritura y a la lectura los privilegiados. Porque muchas de las obras de arte que perduraron sólo vestían santos y sacaban retratos a reyes y eran una gran mierda de lameculos.
Y la historia de hoy, sigue siendo de aquellos que no tienen tiempo para contarla, porque si se pararan en un escritorio acabarían muertos.
No tengo ni idea de quién soy. No sé dónde está la cordura. No sé dónde el horizonte. 
He dedicado mi vida a la escritura. Pero no sirve para nada. Todo humo y farol. Porque el verdadero arte nunca se llama tal a sí mismo, ni es de museo, ni de biblioteca, ni de discurso y charla, ni micrófono, ni fotografía, es de calle y cóctel molotov. Es de los desheredados. Es el de no te pares a explicarlo porque te cae el cielo encima. No pongas la tilde, no hables, no te detengas. Aúlla. Afila los dientes y las venas, antes de que vengan los que se creen dueños de la tierra a someterte.

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