HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Quiero escribir, otra vez, con abrasión, aunque sea sobre la desmemoria del mármol antes de que llegue la atracción de sus sirenas. 
Escribir sin eje, sin libro, sin fin. Sin para que me quieras. Sin para salvarnos. Escribir creyendo con fe ciega, en la desesperanza de cada palabra al motín del ron de tus ojos o el olvido. 
Todo lo otro ya está muy lejos. Tengo 31 años, y tengo la sensación de que tengo 200 y que estoy en  un sanatorio despidiéndome de las golondrinas.
La gente me es extraña, como extraña mi mesa, esa ropa en el tendal, ese color de mar que veo en las montañas cuando no hay nubes.  Esa postal con tu letra, lijando mi sepultura, aunque ninguno de los dos lo sabíamos entonces. 
Estoy cansada de fingir mi búsqueda de no hacerlo.  Me siento una mentirosa compulsiva cada vez que salgo de mi isla de náufraga. Todo lo que digo, me parece un engaño, de algún otro lado del verbo que arde.
Ya no sé versar el grito de mi hueso.
El poema es un fracaso. La ausencia del poema un suicidio. 
Mi escritura alguna vez, fue un motivo, en la sociabilidad, en la idea y vínculo de humo con la humanidad. Ahora ya no lo es, porque yo soy naturaleza muerta. Porque tiemblan los espejos la sangre de las procesionarias de los pinos.

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