HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se ha deteriorado la pasión por la lírica. Pero sólo la escritura puede salvarme.
Y aunque las palabras me lleguen como su antagonia y sepulto. Debo hacer una trampa que me empuje a escribir cada línea, como si fuera lo último que decirle a la muerte. 
Debo cultivar mi aislamiento hacia la complicidad de su compañía y que sea legión y que sea circo. 

La escritura, aunque es un ejercicio solitario, oculta extrañamente, una cáscara, un corazón social. Una especie de orilla o hoguera hacia el entendimiento, hacia la seducción, la política y resistencia. Hacia el amor o el espanto. El enfrentamiento o el acuerdo del blues en el callejón.

En estos meses, he ido perdiendo, en una extraña fiebre, la médula social de mi existencia, y mi escritura también lo ha hecho. Y ese abstracto quién del otro lado de la luna, a veces me parece una tumba dentro de mí, esperando también mi muerte.

Por eso he de hacer una metonimia, en el acuse y recibo del verbo, del grito, del sueño. Hacia una tercera persona, que esté frente a mi mesa, esperándome y que sea plausible (en su segunda acepción) del hacha y del olvido, del seguiremos cavando el camino entre las nubes.

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