HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se oye el cuco. Me hace muy feliz su canto. Parece que se burla de mí y de todos los humanos, del tiempo, de la muerte, del soliloquio de los tormentos y las búsquedas. Y con su cú cú cú cú, abre una raja en el cielo y nos saca la lengua. Se tosta de la alegría del fuego y de la roca y embriaga sus alas, donde nunca lo alcanzará el pensamiento.

Ha dejado de llover, en un tiento iré al monte con Kavka.
Kavka y yo estamos fielmente comprometidos con todo lo inútil. De morder palos, de hacer agujeros en la tierra, de perseguir a las cigüeñas y a las lagartijas, de pillar garrapatas al rodar por la hierba, de cantar porque hace sol, porque llueve, porque es verano y han vuelto los erizos, o porque es invierno y nieva.

Yo antes había adquirido una especie de responsabilidad filosófica o de punta y martillo o qué sé yo, con la esperanza de la gente que quería. Ahora ya la perdí. Ya no se me ocurre ninguna solución, ni consejos al dos por uno y una botella de vino. Porque no veo ningún problema, o porque hay tantos, que no valen nada y el viento se ríe. Soy como la procesionaria de los pinos. Como el pájaro que te  caga el coche cada vez que limpias el cristal. Como el deliro del musgo. Como ese pañuelo caido en las zarzas con dos iniciales bordadas en la esquina. Ya no muevo nada por el deseo personal del poema. Ya no quiero ganar la canción, ni alcanzar la orilla. Cuando llueve me mojo. Cuando bajo la persiana me seco. Cuando oigo esos gritos por la noche, me trago una polilla.

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