HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Se oyen los pájaros. El verde está muy verde. Pero a veces siento que soy una despedida que me espera desde el centro de la nada y en el grito de la mar.
Que ya andamos dándonos la vuelta sin haber llegado nunca a ningún sitio y sin reconocer ni una piedra del camino, ni el poso de vino traduciendo tu belleza invicta en la bala que rompe la cresta de la luna.
Arrastro su fantasma. Le tiro piedras. Lo apapacho en mi regazo como una flor de cicuta, como un serpiente y una luna llena. Mi pensamiento sabe, conoce mil motivos, existenciales, empíricos, espirituales, de luz de guitarra, de crepúsculo, para saber que he de dejarlo marcharse con las aves. Sin pena ni gloria,  ni reclamo ni grito, en paz y risa. Pero mi corazón nunca ha comprendido. El hueco de mi soledad en el fuego del horizonte sigue siendo parte de su hueco. Aunque hayan pasado ya larguísimos inviernos y el olvido me fusilara a los pies de aquella playa. Mi no sé. Mi no comprender. Porque acaban dándome tantas razones las sin-razones, tantas pasiones lo inabarcable. Que mi puto monotema es un anacoluto.

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