HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Si algo me duele del aislamiento social, es la distancia con el activismo político. Con lo que se cuece en las casas okupas, en los centros sociales de resistencia y construcción del barrio, del grito de la calle, del teatro callejero subversivo destruyendo la fascista paz de los paises del primer mundo, del enfrentamiento plural contra las instituciones, el proceso de las relaciones horizontales y la manera de usar la palabra y el verbo y sus debates, de estarse compañerxs y el único futuro... y el amor libre y la asamblea y la relación con el arte, como un fusil con balas de viento y piedras en llamas.  Yo sé que las palabras cobran miles de vidas, a través de lo colectivo, y la lucha de los de abajo, cuánto más plural y unida es más peligrosa para el capitalismo, más invencible. Cuando hay una lucha y un horizonte común, el ego desaparece, el yo pienso, se convierte en una guitarra. El yo he hecho, yo he dicho, yo quiero, ya no tiene importancia, porque somos nosotrxs, y ese nosotrxs nutre y eleva y multiplica cada gesto y cada palabra, cada motivo. La siempre esperanza, porque el pesimismo en la revuelta acaba volviendo retrógrado el grito y en su frigidez defiende los motivos del estado. Porque hay que creer en ella, como si se fuera a beber toda la luna.

Y sin embargo, no puedo huir de mi soledad. Y la soledad en su necesidad de expresión, escarba el delirio de las palabras del humo y de la distancia. 
Tal vez he tenido una horrible asimilación empírica del adiós... del nunca nadie vino a tirar piedras a mi ventana para separarme de la atracción del cuchillo de la noche. Una reciprocridad del daño que me hizo desconfiar del sentimiento humano.  Una metafísica contra el rostro social. Un lobo estepario sin Amanda y sin Pablo.  Un cúmulo de experiencias que acabaron afilando hachas en los jardines rotos del manicomio. Un exilio provocado por mis huesos para sentirme abrazada por la mar. Historias de amor que acabaron en el crematorio de un infierno. Y una inercia del fuego agasajada en mi corazón, como nunca más mi querido cuervo.  Un espejo que nadie rompió lo suficiente y que yo cosía con mármol cada noche. 
El ambiente, el cotidiano, tiene una fuerza hipnótica, en el legado existencialista, en la siguiente palabra que arrojamos hacia el horizonte.  Y en mis últimos 13 años, ha habido una evanescente ausencia de la falta de los compañerxs, sustituida, por poemas, por soliloquios, por espantapájaros. Y aunque ha habido una marea que siempre buscó el amor y a mi gente, mi orilla, me empujó a la soledad y al canto de los perros. Aprendí a desarrollar mis palabras y mis sentimientos en una página vacía, y no en la gente, perdí su reflejo en un pozo interior. Y mis escritos a veces hacían inviable el retorno, porque acorazaban en mi pecho un mundo de éter que no era libre cuando había personas. Y mi lobo estepario me mordía más fuerte la yugular y la música no era lo suficientemente incendiada para calmar a las bestias. 
Y yo también tengo la culpa. Porque me gustó el destierro, lo alimenté, lo usé como el orgullo de mi mandrágora insomne y mi aullido. Como la musa garrapateada de los caminos volados por los aires.  Me acostumbré a recibir frío y desprecio y desconfié de mí, cuando me llegaba el amor, desconfié de mi poesía y tuve pánico a mis sentimientos de vidas plurales, de aceptación, de caricia. Me sentía vulnerable y terriblemente frágil, cuando amaba a alguien y me sentía amada. Como si sufriera una ruptura de múltiple identidad.  Me crecí en un macabro carnaval, con disfraces que siempre dejaban incompleto y censurado, algo interior. Y en su envés reclamaba el poema y mi despedida.

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