HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Son días de versos tachados. Palabras viejas de oirse, confundidas en lo que no te existe, de la llamada del mediodía, a esa oscuridad que tras tu ventana invoca los labios rotos de mi tiempo.
Todo ha pasado hace mucho. Tuvo su vaso, su guitarra, su callejón y la sangre de la rosa, ahorcando esas mariposas en mi tráquea. Tuvo la pedida del borrón de tinta de la esquela, cambiando mis huesos de sitio, cuando calada, arrastraba un equipaje por los caminos acabados.
Y al fantoche, de ese anacoluto impuesto por lo empírico, entre manicomios y botellas de whisky trasnochadas de lo que ya no quisimos reconocer ni otorgarle una belleza en la letra que esperaba la mar. Se quedó desangrado en la sombra, invocándote ventanas destruidas por las que mi mano cortaba una flor de muerte para que tu adiós pudiera darse la vuelta. Y ya tranquilo, todo acabó.

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