HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Soñaba algo extraño, creo que representaba un recuerdo de mi niñez. Me he despertado algo triste. Ansiosa, con un grito de silencio en una palabra paralítica.. una inquietud de lava, un paso sobre un camino mordido por el otro lado de la luna. Soy alguien jodidamente atada a lo subjetivo. La soledad invoca en el soliloquio el capricho del instante huérfano y ocaso sobre la atmósfera mutante. La línea del tiempo, es sal y aire. Mi aquí es tu allá. Mi porqué, es una distancia fría que no te moja el corazón.
Todas mis horas son para el poema que no ha nacido, para el perro y la hierba, para la elaboración de la luz del esperpento, la multiplicación de la despedida y la paranoia de la salvajidad del verde y los caballos. Pero la total ausencia de un actividad social, puede crear fantasmas entre el verbo y el grito. O hacer la belleza y la dicha. El único modo de controlar el dolor delirante del aislamiento, es la creación, de lo que sea. Nutrir el pensamiento y los sueños, amar las montañas.
El aislamiento... también provoca una especie de nostalgia perpetua. Porque los pródromos afectivos y de las vivencias plurales y horizontes colectivos, están atrás, al otro lado del río, siempre al otro lado el que nunca está cerca. Y esa melancolía ha de ser creadora, musical, recurso poético, y no desgarro. Aceptar también su reclamo de nubes de salitre en la tormenta.  Sin reprimir su necesidad del quebranto, porque sea el que sea si se censura un sentimiento, éste se pondrá agresivo y más triste. Pero tampoco dejarle un monotema, que sea infiel, metamorfo, como todo lo demás.

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