HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Soñaba algo muy lejano, desperdigado en la inmemoria de abrir los ojos.
Cantan los pájaros, el cielo está cubierto, pero filtra el sol, como esos cielos del amanecer sobre la mar. Se oye al cuco. Dentro de un tiempo, medio monte se pondrá amarillo de la genista, ahora es verde oscuro, con tinte marrón, de tu pupila dilatada en el alcohol del campanario del camino hecho ceniza al atardecer de lo que ya no se confiesa.
Hay un reposo y una melancolía que empuja las corrientes.
Los labios de piedra de esa escultura hundida en el lago, removiendo los vocablos de tu ausencia, con la voraz compañía del horizonte en la punta de las botas del piano que mulle a mis desaparecidos.

Hoy no me preocupo. No me duele la literatura. Antes he de hallar el reconocimiento y los juegos de dados y aves, con la atmósfera. Con la desnudez del agua en el paréntesis de la mirada que bebe la lejanía y escribe con polvo y nube el abrazo del hueco sobre la salvia.

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