HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo que irme. Siento que los murmuros como a Juan Preciado, me están llevando a una tumba en la que me encontraré con un extraño y ni siquiera tendré sitio para cerrar el puño.
Todo está cargado acá, por esos suspiros extraños que traen calima, sal que no chupan los corderos, retratos de amores, grabados en la guadaña, que ni al cruzar el cuello de la ortiga me devuelven dulzor de espuma.
Ya siempre es acá y allá, porque el aquí, me parece pretencioso de lo que no tengo. Y la i del allí, es como si acaso, pudiera tocar el último olivo, y es mentira. Por eso prefiero esa a, de laringe que se abre para vomitar o pedir vodka y las lagunas secretas del sol. 
Todo esto me parecería de locos, si acaso distinguiera la cordura.
Estoy en ese tren de plastilina, cayendo por la fiebre de las ramas afiladas del ciprés.
El ayer no es ayer, es un grumo de pájaro en la ventana. Todo lo tragan los lienzos, los que nunca pinté.
Mi mirada está tan lejos de unos humanos que me contengan un vals en el precipicio y en el peyote, que se me agujeran los cementerios de las rosas pupila adendro, cuando encayó la mar en tu casa destruida.
Tengo la horrible sensación de que soy un fantasma más en la casa. A veces cuando me quedo ausente, exaltada por mi propia ausencia, el perro ladra, y cuando lo oigo ladrar, mi corazón da un salto como si el perro me recordara la grieta de un mundo.
He de irme pronto a la mar. Porque sino perderé toda noción del marcharme y del quedarme. Del vivir y del morir. De la ficción y la realidad. De ti y de la prisión o el gusano en la sopa, o el pelo en la mano hundida bajo tierra.

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