HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todas mis canciones de amor, se vieron obligadas, a cantar milongas y cuchillos.
El amor permaneció en la destrucción, nunca en un poema que aún fuera hacia su horizonte. Todo detrás era literatura, porque mi identidad era la amorfosidad del éter. Y para el cuerpo era deshonesto llegar a un lugar que pudiera dar abrigo y permanencia. Los ojos se cegaban, si la mano alcanzaba lo soñado. Y en la nostalgia cósmica que acogió a los hijos que nacieron desterrados, el vino venía en barra libre y el desencanto era el lapicero que nos enseñó a dibujar los árboles y los caminos.

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