HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Todo eso hizo daño a mi vehemencia y a esa fe de locos y arlequines, siempre disfrazados con la mar, invencibles de los barcos de papel. Yo no lo notaba entonces. Estaba ebria de callejones y nubes azules y amarillas. Pero al insistir esos violines hechos con pintura de payaso y humo de hachis, sobre algo mucho más frío que la muerte, y creer, durante tantos años, que volverían a batirse los caballos mar adentro inevitables, aunque nunca fuera a ocurrir. Se fue haciendo legítima una marmórea tristeza. Una nostalgia de ahorcados en el rubor de los pinares que alguna vez fueron sólo los suyos. Asumí oscuramente mi suicidio. Lo alimenté creyendo que alimentaba a la luna. Equivocada por los sueños de los ahogados. Confundida por la belleza de los malditos. Por los que bailan sobre lo que no existe. 
Porque defendí kamikace el amor de él, aunque ya no quedara ni una gota. En mi locura, creía tanto en él que dejé de creer en la tierra y en la realidad, para seguir creyendo. Busqué motivos en la heroina, en los poemas que se escriben en los manicomios y a la medianoche se hacen cóctel molotov. Y todo eso, sólo me trajo un irretornable nihilismo, contra el amor, contra el mundo.
Me agasajó una compleja piedra de lava, en mi humanidad. Por culpa de no haberme ido, cuando ya no quedaban ni las cenizas del barco, ni el aullido de sus fantasmas. En mi jodida locura seguí velando los velámenes insaciables de lo que sólo era muerte.

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